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Se inclinó apoyando el mentón sobre las manos encimadas que descansaban en la tapa de la Singer. Otro domingo en Longchamps. El tiempo en la quinta era de una consistencia plástica y generosa, que duraba lo que una quisiera. Sonrió con el libro abierto. Siempre había un rato para leer otro párrafo. Se masajeó los párpados y luego se acercó los anteojos. El segundo sexo era su lectura ineludible desde que Alejandra se lo dio contándole que fue una especie de biblia del feminismo en su época. A los 18 años lo hizo circular como diario de cursada. A Simone de Beauvoir le iban muy bien los debates armados en sus páginas, y Lucía lo completaba con sus reflexiones en lápiz veinte años después, viajaba en el tiempo.
Por lo menos reconocía cuatro bandos, verde, rojo, negro y un misterioso azul del que no sabía casi nada. Su madre formaba parte de los rojos e inauguró la crónica en 1968. En la página 589 Ana, usando el verde (los lideraba) en tono tranquilo, planteaba lo siguiente:
“¿Por qué la mujer no iba a estar sujeta a la angustia por la finitud y la insignificancia humanas? La mujer-parásito refleja el carácter parasitario y patético de las comunidades a las que pertenece”...
Continuaba en negro el padre de Lucía, fallecido muy joven, al que no llegó a conocer. Rafael, amigo de la que sería su esposa y de la tía Ana. Era muy fácil de reconocer por su humor... le seguía el planteo con un “querida gusAna”.
Más tarde leyó lo que el extraño de azul escribió como respuesta a ambos:
“Sean los unos o las otras, la travesía se da por el mismo valle de sombras (salmos 23:04). La cuestión desde mi punto de vista es creer que la tierra es un oscuro lugar de sufrimientos”.
Lucía concluyó en que la letra era la misma que citaba eso del martillo de las brujas y la soledad de ciertas iniciadas. Apretó la pequeña bolsa de terciopelo púrpura junto al libro. Su abuela ponía una abajo de cada almohada para perfumar. Percibió claramente el olor a lavanda.
Se quedó pensando en la “o” de solo, en la respuesta de su madre durante el viaje el sábado anterior y en su propia soledad. Lucía era fuerte, pero a veces la soledad le dolía de cualquier modo. Esa sensación persistente había motivado que le contara a su mamá. “A veces todos mis compañeros se alejan y no me gusta. No sé cómo hacer para acercarme”. Ella le contestó: “Uno de los aprendizajes más importantes y difíciles de estar vivo es aprender a estar solo”, con un silencio de unos segundos subrayó su respuesta.
El libro había empezado a cambiar las cosas entre su madre y ella.
Escuchando que el lápiz rascaba la página 138, escribió los nombres de Nadia Comaneci, Margaret Thatcher y Khieu Ponnary del régimen camboyano, al lado de los de Diego Armando Maradona, Henry Kissinger y Augusto Pinochet. Se levantó y buscó a María en la cocina.
Capítulo 7
Ya a cien metros Mara olió el pan y adivinó que el horno estaba funcionando. Beatriz, la panadera, la recibió con unas palmaditas en los hombros que también le aflojaron la frente.
Con una actitud muy dispuesta limpió un depósito grande y armó los pedidos que repartían a tres locales más. Trabajó duro, hasta sacó las hojas acumuladas en un techo de la parte más vieja de la edificación.
Como era liviana y ágil, se subió sin dificultad. Quedó inmóvil observando a por lo menos quince gatos que la miraban como estatuas. Permanecieron así unos segundos y saltando en todas direcciones, huyeron. Entonces se animó cautelosamente a avanzar ordenando los materiales tirados alrededor.
Por fin, al ir acomodando las cosas que tapaban la entrada pudo acceder al cuartito delante del que habían hecho ronda los animales. Al mover una chapa y una cantidad de cajones encontró dos crías sobre un pedazo de goma espuma. Eran tan pequeñas que casi no se movían. Las acomodó lo mejor que pudo sin tocarlas demasiado, arreglándoles los objetos que estaban cerca a modo de nido y asegurándose de que no fueran aplastadas por ningún derrumbe. Le pareció que no eran animales normales. El blanco con una mancha negra en la cabeza en forma de corona tenía la trompa exageradamente achatada y el otro, uno negro, un rabito excesivamente corto en vez de cola. Bajó de un salto desde la pared más despejada, con la imagen de los dos bultitos “raros” en la mente.
Pensó que su mamá se habría sentido orgullosa de su actitud. Jamás hubiese usado bolsas, jamás. Apartó el recuerdo de su mente. Una gran hembra azul de tan oscura, disimulada en un rincón le clavaba sus tremendos ojos verdes... “¿Decís que mi mamá puede estar tan cerca de mí, como vos de tus cachorros?... Ojalá”.
Afortunadamente a Beatriz le gustaban los gatos. Decidieron dejarle comida a la madre y se despidieron con un abrazo.
Regresaba cansada, pero feliz. Tocar su dinero en el bolsillo le aumentaba la sensación de incipiente seguridad en sí misma. A medida que caminaba hacia su casa sintió cómo el pecho se le contraía. Trató de aferrar un poco de ese gusto que había sentido y se imaginó una especie de laberinto interno, para guardarlo y dejarlo seguro.
Callada y tensa entró en la prefabricada. Marcela con gesto zombi ni se inmutó sentada adelante de la tele. Tomaba mate. Emilio revolvía todo con una alteración creciente. Quería seguir tomando y necesitaba efectivo. Mara tuvo la intención de salir corriendo, pero no lo hizo. Se quedó mirándolo con los ojos negros muy abiertos, suspendida como los gatos. “Hola, diablito lindo. ¿Trajiste algo de plata?”, le preguntó arrinconándola más. Mara se desesperó al ver unas hojas de su diccionario desparramadas en el piso. “Dale, que el papi necesita...”, insistió. “Dame”. Ella se agachó con la intención de recomponer su libro. Sintió que se prendía fuego, no tuvo tiempo de darse cuenta de que lloraba. Él la empezó a toquetear buscando billetes. Ella se quiso zafar y lo empujó. “Ah... pero qué hija de puta. Egoísta. ¡¿La querés toda para vos, eh?! ¡Entregá, boluda! ¡Te voy a hacer cruzar el Riachuelo de una patada, inútil! ¡De puta vas a trabajar, como tu tía! ¡Vas a ver si te hacés la mala!”. La agarró del pelo y le golpeó la cabeza. Ella respiró como pudo y sostuvo con fuerza la nuca para no desmayarse.
En una fracción de segundo entendió que, si lograba aprovechar la situación, su viejo terminaría por irse de boca. “Tengo que aguantar, tengo que aguantar”, se repetía.
La tormenta que estaba esperando era esta y así comenzaba.
Capítulo 8
Ahora podía buscar a Silvia que vivía cruzando el puente. Tan cerca. En un prostíbulo que se llamaba Insomnio. Por fin tenía un destino. La información que había soltado Emilio costó mucho, pero le señalaba un lugar para no huir a la nada. Intentó incorporarse y un dolor agudo le irradió la cabeza. Se palpó una costra de sangre en la mejilla derecha. La desanimó no poder caminar. De la nave del olvido venía una música, aunque sonaba triste la reconfortó. “Canción de amor para un vampiro”. Se quedó quieta y empezó a llorar. Estuvo así un rato hasta que se durmió...
Soñó con una mujer que la saludaba parada frente a su casa, mucho más oblicua de lo normal. Se fue acercando lentamente porque en la puerta y en la ventana vio revolverse una lúgubre niebla gris que le impedía ver en el interior. La mujer que la saludaba era extraña, porque su rostro no se definía durante el sueño, oscilaba entre ser familiar, desconocido y borrarse. Tenía el aspecto de pertenecer a una “alta” nobleza antigua. Cuanto más increíble le resultaba a Mara, más su ropa “de reina” se malograba. Hubiese deseado que fuese su madre, pero no, al final, reconoció el rostro y la apariencia de Beatriz. Aunque su cara continuaba sin definirse del todo.
Este personaje esperó a tenerla cerca para tomarla de la mano por sorpresa y metérsela hasta los codos en la oscuridad que se arremolinaba. Palparon algo vivo que a Mara le produjo una sensación nauseabunda. De a poco el efecto fue transformándose en lo que se siente al tocar el lomo de una enorme bestia, el abdomen de un caballo muy grande o algo así. Después de que se preguntó si sería la panza de su dragón, la superficie cedió y se redondeó, tomando la forma de dos cuerpos muy pequeños que entraban en sus manos. Las retiraron de esa nube grisácea sosteniendo a los dos gatos, esos que había acomodado en el techo de la panadería. El negrito tenía dos colas, y el blanco un enorme tercer ojo en la frente de su cara achatada.
Miró el rostro de Beatriz que le mostró unos fieros colmillos en una sonrisa humeante. Daba la impresión de estar esperando para levantar vuelo. En su espalda se abrieron un par de extraordinarias alas escamosas. Recién cuando Mara aceptó mentalmente emprender el viaje que este ser sobrenatural parecía proponerle, la rodeó con un brazo y se alejaron volando, llevándose a los misteriosos gatos con ellas.
Se despertó. Si bien estaba dolorida pudo caminar despacio hasta el baño. Estuvo segura de que la música, el sueño y el tatuaje la habían ayudado a recuperarse un poco.
Marcela avanzó hacia ella observándola, se detuvo en el marco de la puerta apoyando su voluminosa panza y le dijo:
—Ah, estás viva vos. Otra vez como esta y me hacen parir acá mismo... −Mara la miró indignada−. Sí, dale. Seguí con esas miraditas... no sé quién te creés que sos. Dale. Ya sabemos cómo vas a terminar. −Mara tomó aire y le contestó temblando:
—¡¿Qué decís?!¡¿No ves que casi me mata?! Mi viejo está enfermo, y me dio para que tenga y reparta.
—Sos terca, ¿eh? La paliza no te sirvió para nada. ¿No te das cuenta de que tenés que aprender a hacer lo que te dicen y cerrar la boca?
—Dejame sola... ¿Justo hoy te ponés a charlar?
—¡Qué desagradecida! Nosotros te damos un lugar para vivir, te cuidamos... ¿y vos, cómo nos pagás? Yo sabía, sos mala. −Dejó salir la palabra como si su lengua fuera un aguijón−. Por eso te hicieron esa marca... pero no hay cura para bichos como vos.
Por lo general Marcela no le hablaba. Tal vez realmente pensó que estaba muerta.
—Tu viejo tiene razón... Diablo.
Capítulo 9
Los dos camioneros charlaban juntando objetos para encender un fuego. “Y... vos ¡¿qué podés hacer?! Callarte, negro... ¡¿Quién te quiere escuchar?! Somos ignorantes nosotros, nadie”. “No soy negro, che, no confundas. Soy marronazo. Más bien indio-feo”... Se reían. Estaba oscuro de ese lado de los altos acoplados y había una leve niebla. No hacía tanto la zona fue un extenso pajonal poblado de ranas que se empantanaba, era normal que estuviese muy húmedo. Cuatro arbolitos raquíticos decoraban la esquina. Se escuchaba llegar apagado el rumor de Escalada. A ninguno de los dos hombres se les veía la cara, sus voces sonaban alegres y tanteaban el pasto de a ratos para hallar con qué alimentar la quema.
Cuando Mara se acercó siguieron divirtiéndose con sus ocurrencias, pero bajando la voz hasta que se animaron a preguntarle, para que no se sintiera incómoda (cortesía de gente del interior), si tenía frío, si andaba sola. Iban midiendo sus respuestas con la intención de no molestarla. Uno debía andar por los cincuenta, el otro era bastante más joven.
Mara se arrimó hasta llegar bien cerca de la pequeña fogata y se sentó. El cansancio le tironeó de las piernas doblándole las rodillas. Anduvo todo el día, estaba transpirada y le latía la frente del lado en que Emilio la golpeó.
Se quedó mirando las llamas que la fascinaron y recordó el momento justo en que dejó su casa. Serían la una o las dos de la tarde. Desde la nave del olvido se escuchaba “Under Pressure”, aunque ella no lo sabía en ese momento, iba a recordar esa melodía cuando ya no fuese la misma.
Enfrente, la hoguera hacía volar incandescencias que se retorcían dando mínimos latigazos. Las lágrimas le brotaron del pecho, raíz, tallo y flor, rodaban una tras otra enredándose. Se le juntaban en la nariz y le molestaban para respirar. Tragó varios sollozos. Uno de los hombres le alcanzó un pañuelo. Ni quería asomarse al miedo que se le insinuaba. Se concentró en la paz y en la esperanza que le transmitía la voz del fuego y su tatuaje, el poder del cielo vibrante en las alas de “su” dragón. Cada vez más un escudo protector que le cubría la espalda. Un dibujo feroz mezcla de lobo y reptil alado en el que abajo señalaba una fecha en números romanos y un nombre.
Volvió de sus pensamientos y se encontró con el brillo de unos ojos. Sus acompañantes la observaban detenidos, atentos y callados.
Se dio cuenta de su silencio y de la actitud de trastorno que debía transmitir, por lo que agradeció un vaso de agua que compartieron con ella, pidió otro más, por favor, gracias, y les dijo:
—Trato de encontrar un bar de por acá, parece que está abierto toda la noche. Tengo una tía que trabaja ahí.
Había recorrido desde Lanús hasta Puente Alsina sin suerte. Bajó por Pavón ubicando 17 boliches y bares. Más de la mitad estaban cerrados. Y justo a la hora que abrían no le quedaba resto para un paso más. Pensaba en eso cuando el joven le propuso:
—Yo te llevo. Por acá hay. A la vuelta uno y a un par de cuadras, otro. No sé los nombres.
Le contaron que esperaban una carga nueva para el camión.
—Manejamos seiscientos kilómetros, necesitamos descansar. Nos va a venir bien acompañarte. A él le gusta bailar, pero es temprano todavía para ir. Descansá si querés, en un rato salimos. Me llamo Ismael, y el viejo feo: Hipólito −agregó. Mara se acomodó junto a uno de los árboles flaquitos. Se quedó dormida y tuvo otro de sus sueños...
Capítulo 10
Unas aves negras cruzaron el cielo rojo. Tenían caras humanas que no logró distinguir. Mara se vio a sí misma dormir enroscada como un perro o un gato. Despertó en el sueño dentro de un hueco poco profundo en el piso de tierra de un descampado. Reconoció el lugar, un terreno baldío en el que se escondía a jugar cuando llegaron con Emilio de Santiago, cerca del cementerio de Flores. Era una fría noche neblinosa. Parecía una niña de cuatro o cinco años. Sintió el olor a sudor en la gastada ropa que llevaba puesta. Hubiese preferido ir desnuda. Escuchó un tiroteo y ruidos de un operativo policial. Observó alarmada la esquina del paredón del que vinieron los estruendos y los gritos. Se paró, pero agachada y se dio cuenta de que tenía diez años de golpe... “¿Cómo se llamaba el cuento en el que a una niña le pasaba eso de achicarse y agrandarse? Alicia... en el país de la maravillas. Mara-villa”.
Después de unos segundos de silencio se escuchó, más lejano, el llanto de un bebé. Llevaba las zapatillas de su padre, viejas y destrozadas. Decidió avanzar hasta un grupo de árboles alejados unos veinte metros. Para seguir se sacó las zapatillas, aunque el pasto estaba alto y había escombros. Inmediatamente los pies le crecieron. Al retomar el avance se dio cuenta de que la ciudad se transformó en monte. Sintió un espeso olor a planta. Se movió con sigilo. Otra vez escuchó el llanto del niño, pero más próximo. Luego se sumaron los insultos de una mujer a los gritos, el sonido metálico y esa melodía que ya escuchó soñando otras veces. Siguió adelante, aunque su curiosidad estaba helada de espanto.
Detrás de una arboleda distinguió un rancho, los alaridos y la música provenían de allí. Al lado de la edificación había una especie de quincho, una camioneta, y un perro grande entretenido con algo del piso. Con mucha cautela se aproximó hasta apoyarse en una de las paredes, la ventana de ese lado estaba tabicada. Percibió en la superficie una grasitud pegajosa que la asqueó. Adentro unos hombres hablaban y la mujer que gritaba se lamentaba dolorida. El perro comenzó a ladrar. Uno o todos los registros de alarma que tuvo detonaron. Salió corriendo con desesperación.
Se detuvo agitada. Agudizó el oído para captar si la seguían. Las mangas de la ropa le apretaron los brazos. Como si su cuerpo hubiese crecido y las mangas la ciñeran demasiado. Entre los ladridos sonaron voces y disparos viniendo de la ranchada. Apareció detrás de unos troncos cruzados un niño como de seis años, moreno, con la cara paralizada del terror, que al ver a Mara pegó media vuelta y escapó. Su espalda estaba ensangrentada. Entonces apareció el gran perro que la acechó mostrándole los dientes.
Le tocaron el brazo. Ismael se arrimó para despertarla.
—¿Estás bien?
Recordó la boca caliente del perro, el rancho, la partida, su búsqueda. Apoyó las dos manos en el suelo, respiró y tomó envión para acompañarlos. Los hombres le convidaron mate. La habían abrigado con una frazada. Tambaleó y se afirmó.
—Me llamo Mara, creo que no les dije.
El Sr. Indio hizo un gesto de estar listo. Estaba prolijamente peinado y vestido. Olía a perfume. Confió en él naturalmente. Pensó en la suerte de su padre, y en su figura maltrecha. Un algo se movió en su interior tironeándole el pecho, duro como una cadena que arrastró una sensación oxidada.
Ismael era bastante más alto que Hipólito. Aunque también se arregló para ir al boliche, llevaba una remera negra de Los Redondos, jean y alpargatas. Tarareaba una canción mientras acomodaba cosas en la baulera de la cabina.
—Una tipa rapaz como te gusta a vos, no es sincera pero te gusta oírla... −Cuando se estiró para empujar unos bultos, Mara apreció su cintura flaca, las costillas, y se dejó llevar los ojos por el brillo de la piel en la penumbra. Algo de su mirada quedó adherida al cuerpo del tipo.
Capítulo 11
A veces daba la impresión de ser alguien empequeñecido , débil y desamparado, pero Lucía ya le anticipaba los trucos. Quizá en algún momento lo fue, pero ya no, nunca más. “Sos frágil solo como estrategia para acercarte lo suficiente a tu presa, a tu rival, o a tu objetivo. Sos mi abuela-ninja”, reflexionó mientras caminaba hacia ella. A pesar de su silencio concentrado la abrazó y le dio un beso en la mejilla. Le estaba agradeciendo de antemano que hiciese su plato preferido: varénikes con crema y pastel de manzana. “Será que la comida es una manera de mostrar amor ¿Cuántos sabores habrá en el mundo hechos para acariciar el alma de la gente, para darle ánimo?”, pensó.
El aroma de la canela inundó la gran cocina. Lucía prendió la radio, su abuela frunció un poco el ceño, pero continuó picando albahaca y ajo. Le había dejado claro en varias oportunidades que no le gustaba la música. Carbonizó la piel de un par de morrones y los cortó en tiritas agregándoselas a la salsa. Se permitía variaciones criollas de la receta. En Eslovaquia no se conseguían de ese tamaño y de ese rojo encendido... aunque, si estuvieran allá, por su nieta los hubiera hecho aparecer. Otro truco suyo.
Empezó a sonar “Rhapsody in blue” de George Gershwin. Los dioses las premiaban poniéndoles frutillas en los oídos. La escena de las dos compartiendo ese momento se volvió mágica. Lucía sabía que no era sencillo convencer a María Doholov para sacarle fotos, así que no lo intentó, le bastó registrarla en su mente con el mayor detalle posible y ponerse a bailar. La abuela sonrió contemplando la gracia de Lucía que cada tanto le tironeaba el delantal. Pasó algo más de una hora y cenaron.
Antes de acostarse miró un poco Tato Bores. Le gustaban esos monólogos vertiginosos, aunque no los entendía completamente. Con el investigador de un futuro ruinoso de la Argentina se reía fuerte.
A María la llamaron de la casa de al lado. Tardó un rato en volver. Cuando lo hizo, guardó el centímetro en el costurero y le contó que el hijo mayor de la vecina estaba descompuesto. Le curó el empacho y el mal de ojo. Ezequiel. Ese buen partido. Su defecto principal: querer una buena chica... para Lucía “esto-recién-empieza”, ser una buena chica no era suficiente. Resultado: escuchar sin escuchar evitando que la abuela se diera cuenta.
En el hermoso sillón verde ojeó una National Geographic, casualmente del año de su nacimiento, 1975. Las coleccionaban. Leyó de la editorial: “Seguiremos viajando por el mundo libre de ideologías”... Se preguntó qué podía significar aquella frase. “¿Por qué alguien consideraría valioso ir libre de ideologías? ¿Es posible sacárselas de encima, de adentro? ¿Una idea, un conjunto de ideas, una compleja red de ideas sobre la sociedad, es una ideología? ¿Desde cuándo? ¿Dónde se guarda?... Uff... una más ¿Qué consecuencias traería extirpar a alguien SU ideología?” Ese órgano. La frase seguramente se refería al orden político del mundo, peor. La cosa se complicaba más. En fin, aceptaba ir con una especie de pesado edificio inmaterial en su cabeza.
Recordó una frase de su tía Ana (verde, sencilla y paradojal): “Hay que saber andar perdida”. Fue a buscar El segundo sexo al escritorio que se armaba en la Singer. Le costó un minuto dar con la página 241: “Hallar las respuestas dejando que solas encuentren las salidas del laberinto. Por eso hay que saber andar perdida”. Su papá en negro escribió en el margen de la página siguiente: “Futuro poblado de tinieblas, de oscuras buenas intenciones”. Abajo, Alejandra en rojo agregaba: “La oscuridad tiene que ver con una concepción equivocada, como mínimo retrógrada del sexo... ¿Es posible vivir la sexualidad de manera menos negativa? Es posible”.
Sonrió satisfecha, su mente tenía qué pensar.
Cepilló sus dientes imaginando que cada una lleva su propio edificio invisible sobre la cabeza. El de ella era una mezcla de una construcción viejísima con formas muy nuevas y pesaba.
Se fue a dormir y al pasar miró a su abuela peinarse tranquilamente frente al espejo sus cuarenta centímetros de pelo plateado. Reconoció el tatuaje en su espalda del que solo se veía una porción de cabeza y de ala. Fantaseó con el aspecto que tendría la torre en el cráneo de María.
Ya metida en la cama tuvo que moverse con frenesí para calentar las sábanas. Escuchó casi dormida el rumor de los árboles que susurraban algo de “prepararse”.
Capítulo 12
Los acompañaba algo retrasada. Varias veces se detuvieron para dejarla recuperarse. Continuaron avanzando en silencio por la vereda poco iluminada hasta que el Indio se puso a hablar de lo pintón que se veía con esas pilchas, Ismael se reía con ganas. En adelante intercambiaron una serie de comentarios criticándose mutuamente. Mara recordaría la situación con cariño cuando ya no fuese la misma.
Tomando la tercera esquina, a mitad de cuadra, le señalaron el primer local. Se lo distinguía de los otros frentes por una lamparita roja que iluminaba una de las angostas y desgastadas puertas. Los tres entraron siguiendo a la enorme morocha que les abrió. Los condujo por un extenso pasillo atravesando un patio, al interior del último PH devenido en bailable.
Adentro del departamento estaba casi tan oscuro como la calle, a no ser por los destellos de unas guirnaldas navideñas. Todo el resto del decorado lo constituían unos ramos de flores artificiales a los costados de unos parlantes sobre las paredes, y un espejo manchado con un marco antiguo que contrastaba con las tres mesas y sus sillas de caño. Los manteles de hule floreados reflejaban las luces titilantes. Al fondo del ambiente había una pequeña barra, con otra puerta abierta fuente de una luz más intensa.
Comenzó a escucharse “Quién puede detener la lluvia”. Esperaron a que la mujer trajera una cerveza que podría haber sacado de su escote. De la parte inferior del mostrador, tomó un canastito con maní y lo dejó con la botella. Se quedó muy cerca de Hipólito que arrancó:
—Cusco, lindura, esta hermanita nuestra está necesitando encontrarse con un familiar que trabaja la noche por acá...
—Señora, busco a mi tía que se llama Silvia y a un lugar que se llama Insomnio. −Mara miró fijamente la cara de su interlocutora y aunque pensó inmediatamente “sabe” esperó callada.
—Salen a Escalada, cruzan las vías por Palacios, siguen dos cuadras y giran a la derecha, hacia el río. Desde el puente se ve. El cartel es grande, cambió el nombre, antes se llamaba Abracadabra, ahora se llama como tú dices, Insomnio. Estos caballeros no lo conocen porque no son habitués. −La Cusco habló con Hipólito colgando de su cintura. Pegó la vuelta después de hacerle una seña y salió por el costado del mostrador. Él la imitó.




