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–¿A dónde vas?
–A Nueva York. Mi padre es demasiado pobre para mantenerme y me dijo que, a partir de hoy, debo arreglarme en la vida como pueda –respondió el adolescente.
–Y ¿qué sabes hacer? –preguntó el marino.
–Mi padre me enseñó de muy pequeño a fabricar jabones y velas, y sé cómo hacerlas.
–Te voy a dar un consejo, Guillermo. Dentro de veinte años, alguien va a ser el más grande fabricante de jabones en Nueva York, y bien podrías ser tú. Vamos a arrodillarnos, y te invito a orar antes de despedirnos –dijo el hombre de mar.
El vecino oró fervientemente pidiendo que Dios dirigiera la vida de Guillermo. Al terminar la oración, ambos se pusieron de pie y, con un abrazo de victoria, se despidieron. Antes de perderlo de vista, el marino gritó:
–Recuerda, Guillermo. La clave del éxito es esta: entrega tu corazón a Jesús, camina con él y, sobre todo, sé fiel devolviéndole la décima parte de todas tus ganancias, desde el primer momento.
Guillermo llegó a la ciudad de sus sueños y estuvo varios días sin encontrar trabajo, manteniéndose como podía. Extrañaba el calor de su hogar, que ahora solo quedaba en el recuerdo.
Un día pasó, frente a una iglesia en donde se desarrollaba el culto divino. Se acordó, entonces, del consejo del viejo capitán e ingresó al santuario; allí respondió al llamado de entregarse al Señor y se retiró reconfortado.
Poco después, encontró trabajo en una fábrica de jabones. Con mucha entrega y dedicación, se ganó el aprecio del dueño y la amistad de los demás trabajadores. Comenzó también a entregar el diezmo a la iglesia desde su primera remuneración.
No pasó mucho tiempo y Guillermo obtuvo participación como socio de la industria jabonera y, cuando años más tarde su socio falleció, él se convirtió en el único propietario de la empresa. Entonces, instruyó a su contador que, de todas las utilidades, separara el diez por ciento para darlo al Señor.
Con el tiempo, la empresa creció y Guillermo comenzó a dar el segundo diezmo, después el tercero y el cuarto, hasta llegar a devolver el cincuenta por ciento de todos sus ingresos al Señor.
Esta es la historia de Guillermo Colgate. ¿Reconoces su apellido? Guillermo fue el dueño de la pasta dental “Colgate”. Por muchos años, fue un importante impulsor de la obra de Dios en Nueva York. Su nombre nunca quedará en el olvido.
Recuerda
Los problemas y la pobreza no son obstáculos para triunfar. Guillermo nunca se rindió, ¿y tú?; no te puedes rendir. Cristo prometió ayudarte. ¿Lo crees?
¡Somos un tesoro!
Que nadie te menosprecie por ser joven. Al contrario, que los creyentes vean en ti un ejemplo a seguir en la manera de hablar, en la conducta, y en amor, fe y pureza (1 Timoteo 4:12).
–Dios, tú envías riquezas a otros, pero a mí no me otorgas nada –se quejaba un joven descontento con su suerte.
Un anciano, al oírlo, le dijo:
–¿Tanto te quejas de tu suerte? ¿Crees que eres tan pobre como piensas? ¿No te das cuenta de que recibiste del Señor la fuerza y la salud de tu juventud?
–Sí, claro, lo reconozco. Pero ¿qué hago con todo eso y sin dinero? –protestó el joven.
–¿Dinero, dices? ¿Necesitas dinero? Pues, si de fortuna se trata, eso está resuelto.
Entonces, el anciano, levantando un poco la mano derecha del joven, le preguntó:
–¿Te dejarías cortar este brazo por cincuenta mil dólares?
–¡No! ¡De ninguna manera, claro que no! –replicó el joven, sin dudar.
–Entonces, la izquierda sí –insistió el anciano.
–Tampoco.
–¿Consentirías en quedarte ciego vendiendo las córneas de tus ojos por un millón de dólares? –continuó el viejo.
–Dios me libre de hacer eso. No daría ni un ojo por esa suma, ni por otra mayor.
–Entonces, ¿por qué reniegas contra Dios y lo culpas porque no te dio riqueza alguna? Usa lo que tienes para hacer riqueza, y no reclames a Dios, pues tienes capital en abundancia. Tú eres el tesoro, ¿no te das cuenta?
Recuerda
La verdadera riqueza no consiste en acumular bienes materiales. Como adolescentes, a veces pensamos y llegamos a la conclusión de que la felicidad está directamente relacionada con lo abultado de nuestra billetera, el auto que conducimos –si es que ya tienes uno–, las marcas de ropa que usamos o nuestra apariencia.
Detente y reflexiona un poco: la verdadera riqueza está en el potencial que Dios te dio. Valora tu salud; el tiempo; tu familia que, aunque imperfecta, te apoya en todo momento; los profesores que te aprecien y se preocupan por ti; tus amigos verdaderos. ¡Intenta cambiar un poco tu forma de pensar en relación a la verdadera riqueza! ¡Estoy casi seguro que ya eres rico en este preciso momento!
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