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—Muy buenas tardes, señor. Sea usted bienvenido.
El hombre no dijo palabra y ni siquiera volteó a ver a Julio, sino que comenzó a mirar los libros del primer librero. Julio sintió como si lo hubiera parado un tren, y atropellando sus palabras fingió que no había tenido la intención de decir nada, siguió la inercia de su movimiento girando sobre sus pies y regresó al patio balbuceando incoherencias para continuar con el lavado de las tazas de café. El hombre sonrió, sin que Julio lo advirtiera.
El día anterior, un vendedor de libros viejos había dejado a consignación en La Renga un hermoso ejemplar de La Ilíada y la Odisea. Se trataba de una edición griega de los hermanos escoceses Foulis, del año de 1756, proveniente de la librería Bardón de Madrid. El vendedor había oído hablar de La Renga, «esa pequeña y bonita librería en el pueblo de Ajijic», así que había decidido probar fortuna esperando que algún cliente pudiera interesarse en el libro.
—Es imposible colocar ese libro —le había dicho Julio al vendedor—. Es muy caro y solo sería apreciado por conocedores o coleccionistas.
—Tenga usted fe, antes de lo que imagine, la obra será vendida.
Julio había colocado el libro en el tercer librero. Cuando regresó de lavar las tazas de café, vio que el hombre se encontraba precisamente frente a ese librero, lo que significaba que estaba en el último tramo del ritual. El hombre tomó el valioso libro y lo abrió en la parte donde comenzaba La Odisea. Cerró los ojos y lo olió durante larguísimos segundos. Julio lo miraba, emocionado, petrificado. El hombre murmuraba entre dientes palabras que Julio no alcanzaba a descifrar, tan solo pudo escuchar que decía algo más o menos así: «partir… es la hora». Era la primera vez que Julio oía su voz, aunque de manera tan imperceptible. El hombre estuvo largo rato frente al librero admirando el libro, hojeándolo, sobando sus lomos con las dos manos, primero con la derecha y luego con la izquierda. Después se lo puso a la altura del pecho y lo abrazó pegado al corazón. Lo regresó a su lugar. Luego, como siempre, fue hacia el primer librero, tomó un libro y lo resguardó bajo el brazo; después se dirigió al segundo librero y tomó otro libro, que también colocó bajo su brazo. En ese momento a Julio se le pusieron los nervios de punta, como toques de energía que lo electrizaban por dentro. El hombre tenía que dirigirse al tercer librero. «Si se lleva ese libro, yo saldría hoy mismo de las penurias en que me encuentro», pensaba Julio. Dio un primer paso, luego otro y, justo cuando estaba por llegar al librero, un hombre corpulento, de cabellos blancos y barbas blancas, que llevaba calada una boina de marinero de color azul, vestía pantalones de gabardina y una camisa de flores, entró a la librería dejando a su paso una estela de tabaco y tequila, fumando profusamente de una hermosa pipa.
Era un estadounidense retirado, un baby boomer, en cuyo interior ardía el espíritu combativo de quien había arriesgado la vida por su patria, pero lo había hecho peleando en Vietnam con el corazón dividido porque odiaba la guerra. Defendía la libertad y el derecho de los oprimidos para manifestarse e inconformarse. Después de la guerra trabajó para el gobierno de Estados Unidos en el Pentágono, hasta que se jubiló. Se le conocía con el sobrenombre de Sugar y era propietario de un pequeño vivero en las afueras del pueblo, cerca de La Canacinta, con el que además de hacer negocio se entretenía en la ardua monotonía de los días. Era originario de Nueva York y tenía entonces sesenta y cinco años. Sus ojos eran azules, como la boina que llevaba puesta, y una graciosa panza se ocultaba debajo de su camisa de flores. Su mirada era parsimoniosa y no usaba lentes. Era de estatura mediana, siempre calzaba tenis y era aficionado de los Yankees de Nueva York. Era un amante de la música, tocaba la guitarra y el piano, y le gustaba cocinar escuchando canciones napolitanas interpretadas por Pavarotti, como lo hacían algunos inmigrantes italianos que había conocido en Manhattan. Hablaba aceptablemente el español luego de tantos años de convivir con la gente del pueblo y con sus clientes en el vivero, y lo practicaba viendo películas con subtítulos y memorizando las letras traducidas de las canciones que tanto le gustaban. Por las noches, antes de acostarse, procuraba escuchar la melancólica melodía Taps, como una plegaria por la paz. Hombre pragmático y sin muchas complicaciones, era un promotor de la vida en el lago para el retiro de los jubilados, y solía decir que no había mejor lugar en el mundo que Ajijic: ¡donde tenemos el mejor clima del mundo!
Sugar miró al hombre y sin decir nada más que Hi, sir!, se interpuso entre él y el librero, y comenzó a mirar los libros. Julio sudaba profusamente pensando que la venta se esfumaría, porque estaba seguro de que el americano de las barbas blancas no iba a comprar el libro. Por algo pasaban las cosas, pensaba Julio, y ese suceso podía ser el presagio de que ese día no sería un día de suerte. Sugar tomó el valioso libro entre sus manos y comenzó a hojearlo. Julio se sobresaltó y miró al misterioso hombre que, impávido y sin moverse, esperaba con los otros dos libros bajo el brazo. Luego Sugar, con La Ilíada y la Odisea en sus manos, se apartó del librero y se dirigió al mostrador. Casi golpeó al otro al volverse, pero se limitó a decir sorry, esbozando una sonrisa. El hombre no contestó, seguía de pie en el centro de la librería, tieso como un fuste, sin siquiera pestañear. Sugar colocó el libro sobre el mostrador y sonrió de nuevo, enseñando sus dientes debajo de las barbas blancas, y dijo:
—¿Cuánto por esta joyita, mister?
Julio dijo el precio y de reojo miró al hombre que no se había movido de su lugar. Sugar soltó tremenda carcajada, dio un manotazo sobre el libro y lo dejó en el mostrador. Salió de la librería hacia la derecha, calles abajo, y solo alcanzó a decir entre risas, cuando ya había dado la espalda a los otros:
—Goodbye, mister… goodbye, sir!
Julio esperó un momento a que el hombre reaccionara, pero aquel seguía sin moverse. Entonces Julio tomó el libro, salió del mostrador y lo regresó a su lugar en el librero. Hecho esto, se colocó de nuevo detrás del mostrador. Luego de unos breves instantes de tensión, el hombre dio unos pasos hasta colocarse frente al librero. Tomó el valioso ejemplar de La Ilíada y la Odisea, y ahora sí, con los tres libros bajo el brazo, se acercó al mostrador. A Julio le iba a estallar el corazón, sudaba la gota gorda que le recorría la espalda. El hombre volteó hacia el arco del patio trasero de la librería, pero esta vez su mirada fue mucho más fija y penetrante, dando la impresión de que no solo contemplaba, sino que, conteniendo un grito interior, se desgañitaba por dentro. Tenía los ojos perceptiblemente húmedos y abría y cerraba los puños, inclinaba su cuerpo ligeramente hacia adelante y apretaba las mandíbulas. A continuación, volteó a ver la caja registradora en señal de que quería saber si Julio ya había terminado de hacer la cuenta. «¿Qué sería lo que le ocurría a aquel misterioso personaje?», cavilaba Julio mientras dejaba la nota junto a los libros. El hombre la tomó y la miró, sin inmutarse. Llevó su mano a la bolsa del pantalón, sacó el sujetador de billetes, y mirando la figura estampada de la Estatua de la Libertad, fue sacando los billetes hasta reunir la cantidad solicitada, que puso con parsimonia sobre el mostrador. Era, como se ha dicho, una suma considerable de dinero para los estándares de La Renga. Julio contó los billetes, la suma era exacta. El hombre tomó los tres libros y salió de la librería a la derecha, calles abajo hacia la laguna, retirándose de los ojos de Julio para siempre.
Aquella tarde Julio había sido muy feliz. Con la venta del valioso libro saldaría sus deudas, pintaría la librería y le quedaría una cantidad nada despreciable para su economía. Pasaría algún tiempo para que Julio supiera quién había sido realmente aquel hombre misterioso que visitó por años la librería de modo tan extravagante. Por la noche, antes de ponerse a leer en su buhardilla, bajo la luz de la lámpara abrió de nuevo el libro de ventas para revisar los libros que había adquirido ese hombre en La Renga. No contaba con todos los registros, porque los que correspondían a los primeros años los había guardado en una bodega con el archivo muerto. Al ignorar el nombre de ese cliente, que además siempre pagaba en efectivo, lo había registrado en las partidas de venta con las iniciales HM: hombre misterioso. Mientras recorría los renglones de las hojas, sin dejar de sentir curiosidad, constató que el hombre había adquirido varias ediciones baratas de La Odisea, y libros como Pedro Páramo, La invención de la soledad, Kokoro, Resurrección, Don Quijote de La Mancha, El último encuentro, El hombre invisible, El proceso, La Barcarola, Rayuela, Libro del desasosiego, El paraíso perdido, Las ciudades invisibles, Walden, Elegías de Duino, El libro del amigo y el amado, El maestro de Petersburgo, Mortal y rosa, La novela de mi vida, Matar un ruiseñor, Zorba el griego, El impostor, Kioto, Éramos unos niños, El reino de este mundo, Coplas a la muerte de su padre y el Tratado de la brevedad de la vida, entre otros. Julio había leído esos libros y reflexionaba sobre las coincidencias que había en ellos. Tenían, en efecto, un punto de contacto, un común denominador: la búsqueda y la pérdida.
Capítulo V
La velada
Cierto día, después de aquel suceso de la compra del valioso libro, Sugar recibió una llamada de su amigo Niágara, en la que lo invitaba a participar en una reunión de expats que tendría lugar en su casa. Niágara era un jubilado de Ontario, Canadá, que llevaba viviendo varios años en Ajijic con su esposa Ava. Era un hombre de la edad de Sugar, de baja estatura, delgado y de cabellos negros, con la piel tan blanca como la nieve. Usaba lentes redondos, era asertivo y regularmente vestía con chaqueta de colores claros. Era un ávido lector, con grandes conocimientos de literatura y tenía una biblioteca respetable. Era sorprendente su capacidad para recitar de memoria pasajes de novelas y extensos poemas, y le gustaba hacerlo a menudo en las conversaciones con sus amigos. En sus diálogos con Sugar hablaba como si estuviera leyendo un libro, un poema, y Sugar lo hacía como si estuviera catando una canción. Los dos dejaban que sus conversaciones fueran conducidas por la trama de una novela o por la letra de una canción. Así eran ellos.
La casa de Niágara y Ava estaba situada en la parte alta de La Floresta, sobre el Paseo del Mirador. La Floresta era un fraccionamiento de Ajijic, partido en dos por el Boulevard de Jin Xi. En ese lugar, habitado por un gran número de expats y de familias de Guadalajara, Sugar y Niágara solían pasear durante tardes interminables conversando y admirando los tabachines, flamboyanes y jacarandas que florecían en primavera y tapizaban de colores las calles empedradas con las primeras lluvias. Sugar le indicaba a Niágara los nombres de las especies conforme iban avanzando: olivos, mangos, aguacates, araucarias, cipreses, magnolias, limones, guayabos, naranjos y mandarinos. Gran placer producía en ese mundillo de lares, la música que surgía cuando el viento atravesaba los altos pinos y los laureles, que eran también el hogar de golondrinas, calandrias, petirrojos y colibríes (llamados también chuparrosas). Niágara se divertía mientras Sugar recitaba el inventario: granadas, guamúchiles, obeliscos, almendros, galeanas, rosas moradas, lluvias de oro, buganvilias, sábilas, hules, ficus y rosales. Y en cada glorieta, un laurel, pletórico y vasto, colmado en su interior por el canto de los pájaros.
Era común ver a las personas sentarse sobre las bancas de las glorietas a admirar esa flora exuberante de La Floresta, mientras transcurría el tiempo inexorablemente y las palabras se las llevaba el viento hacia la laguna. Así era Ajijic, un lugar en el que el tiempo transcurría dentro de otro tiempo, que lo contenía, ordenado tan solo por los preceptos de la naturaleza, donde el compás era marcado por el silencio entre los árboles y la mirada hacia la laguna rodeada de cerros, ya de cerca, ya de lejos. La gente se miraba y se bebía la tarde con el olor de la tierra mojada por las lluvias, o gozaba con el manso calor del estiaje bajo la frescura de la sombra de los árboles, orientando los pensamientos hacia la esperanza, hacia el infinito que comenzaba justo detrás del cerro de García.
La casa era de una sola planta, y estaba rodeada por un jardín de gran tamaño, flanqueado por hileras de hortensias sembradas a lo largo del muro perimetral, conteniendo la belleza. La velada de los expats tendría lugar en dicho jardín, aprovechando el extraordinario clima de Ajijic. Se ingresaba al jardín desde la calle por una puerta lateral en forma de arco, cubierta de flores, de modo que no era necesario que los invitados pasaran por el interior de la casa. El jardín se había trabajado notablemente con paciencia y sapiencia durante años, por un artesano jardinero que había cuidado con el esmero de un artista las plantas delicadas, y había conducido las guías de las enredaderas que colgaban de los muros. Su obra maestra había sido lograr que el jazmín adquiriera la bella forma de la comba, y que extendiera su olor por el jardín como una ola. Muchas veces Ava y Niágara participaban en la faena, sobre todo cuando se trataba de dar lustre a las grandes hojas de los helechos, de los cuernos de alce y las cunas de moisés. Mientras trabajaban, a Niágara le gustaba que se escuchara la música mexicana en el gran espacio abierto: composiciones de Blas Galindo y de Moncayo, la canción de Chapala interpretada por el Mariachi Vargas de Tecalitlán, todo José Alfredo, Chabela Vargas y Jorge Negrete. El agua que brotaba de una fuente que estaba al fondo del jardín, en la que había peces japoneses y bellos nenúfares que cubrían la superficie, corría por unos pequeños canales junto a los senderos de cantera por los que era posible caminar. Era su jardin des plantes, como muchos los había en Ajijic.
La biblioteca de Niágara estaba dentro de la casa. Era una estancia ventilada gracias a los ventanales corredizos que daban al jardín. Aunque era de modesto tamaño, los libros eran una selección delicada hecha por un conocedor de la literatura. Niágara solo leía novelas, poesía y cuento. Las paredes de la biblioteca estaban repletas de libros y en el centro había un escritorio muy fino, de madera de cedro, y una silla ergonómica que contrastaba lo clásico con lo moderno. Frente a su escritorio, encima del marco de la puerta, había hecho grabar estas palabras de Amparo Dávila: «Que no muera un día nublado ni frío de invierno, y me vaya tiritando de frío y de miedo ante lo desconocido»; y debajo de ellas, dos inscripciones más: Ars longa, vita brevis, de Hipócrates, según había investigado; y otra, anónima pero muy elocuente: Life is short, then you die.
Niágara era un hombre consciente de la brevedad de la vida y de la inminencia de la muerte, insondables misterios. Su conciencia era clara y le gustaba decir, siguiendo a Séneca, que los hombres vivían como si nunca fueran a morirse. «¡Vaya desperdicio!», decía. Niágara escribía, aunque no había publicado nada. Conocía la batalla que libraban la mente y la mano en el arduo ejercicio de escribir, y aquel día había preparado un texto que leería a los expats durante la velada.
Ava, la mujer de Niágara, era bella de pasmo, exuberante, de ojos verdes que te quiero verdes, enormes y claros como el agua esmeralda del lago. Era un año menor que Niágara, y un poco más alta que él, lo que daba a la pareja un aire de curiosidad. Apenas hablaba español, pero se esforzaba en aprenderlo con las lecciones que Niágara le dictaba. No había en Ajijic mejor anfitriona que ella. Recibía como una reina. Era de andar despacio, parecía que flotaba sobre el suelo, tenía una voz muy cálida y su trato era delicado. Había aprendido a hacer cajeta de membrillo y a freír el pescado blanco con la técnica de la región. Cuando tenía invitados en su casa, cubría las mesas de hermosos manteles de lino y las llenaba de flores; los jabones y los perfumes del baño eran finos; servía en vajillas y cristalería de primera calidad. Su casa estaba siempre impecable, limpia y decorada con buen gusto. En las paredes había cuadros de pintores reconocidos. Los pisos eran de mosaico con incrustaciones de madera y de los techos colgaban bellísimos candiles. En la terraza había dos hermosos candelabros de siete velas cada uno. Niágara le ayudaba con ideas magníficas que sacaba de las novelas, sobre preciosos enseres y elegantes ajuares para vestir la casa.
Para aquella ocasión, Ava había colocado en el jardín unos tablones de madera cubiertos con manteles de lino de Portugal, y las sillas eran de bejuco aparente a la usanza francesa. La sombra del tabachín daba a la velada una temperatura agradable, y el viento de la laguna que subía por la ladera se encontraba con el que descendía del cerro del Tepalo, refrescando el ambiente. De las ramas de las jacarandas colgaban enredaderas y macetas con diversas plantas. Una chuparrosa libaba del jazmín, mientras Ava se paseaba verificando los últimos detalles.
En los tablones había charolas con canapés, botellas de vino tinto y blanco, copas, vasos, hieleras y botellas de agua mineral, así como unas canastas de mimbre con gran variedad de los dulces típicos de Chapala que se vendían debajo de los laureles del Boulevard de Jin Xi. Los había de leche, conocidos como «chapalitas», de consistencia chiclosa; de jamaica ácida, llamados «gallitos»; y otros más de tamarindo, arrayán, jamoncillo, leche quemada y rompope.
A las seis de la tarde comenzaron a llegar los invitados. Los primeros en aparecer fueron Sugar y Patti su esposa. Ella era una mujer menuda, que se peinaba con dos trenzas un poco desaliñadas. Sus cabellos entrecanos, que no alcanzaba a sujetar entre las trenzas, le caían desde las sienes a las mejillas. Su rostro tenía un notable parecido con el de Marguerite Yourcenar, y por esa razón Niágara continuamente le recordaba que «las primeras patrias habían sido los libros». Tenía los ojos azules, vestía siempre de manta y huaraches, y usaba aretes y collares de piedras de gran colorido. Tenía la misma edad que Sugar, y por donde anduviera dejaba tras de sí el delicioso olor de sus perfumes. Era buena amiga de Ava, y al igual que ella, hablaba pobremente el español. Se querían y se entendían, probablemente por ser tan diferentes: Patti era franca y extrovertida, Ava prudente y calculadora. Las dos tenían un gran sentido del humor, cada una a su modo. Patti reía carcajadas, como Sugar su marido; Ava lo hacía discretamente, al igual que Niágara.
La recepción tuvo lugar debajo del enorme tabachín que extendía sus ramas protegiendo a los invitados del sol de la tarde. Se trataron asuntos sobre las actividades culturales del mes, las ofertas de bienes raíces y servicios comunitarios, como el dispensario y la asistencia legal a inmigrantes; se discutió calurosamente sobre la desorganización de algunos servicios, sobre todo el de la recolección de basura, y se anunció que en los próximos días se presentaría la obra de teatro Hamlet, en el Lakeside Little Theater, con la adaptación del libreto a cargo de Niágara y la participación de Sugar en la musicalización, «cosa nunca antes vista», y los personajes serían representados por expats que habían ensayado con ilusión y a conciencia.
Los expats fundaron en Ajijic una comunidad de solidaridad: «Gente que ayuda a su gente: Birds of a feather flock together». Tenían una asociación legalmente constituida para organizarse y hacer más llevadera y agradable la vida en una tierra que no era la suya, o que ya lo era. Eran felices en Ajijic, y así lo sentían en el corazón. Y eso estaba bien. Se habían adaptado a un nuevo modo de ser y se organizaban de manera bastante eficiente para ayudarse unos a otros. Tenían actividades religiosas, clubes de libro, organizaban clases de cocina y de historia del arte, se reunían a pintar, a tejer y aprender el oficio de los telares; organizaban dinámicas de escritura de cuentos, clases de canto y hasta formaron un coro; hacían excursiones por la ribera del lago y los cerros que lo rodeaban. Buscaban mimetizarse sin fundirse con el entorno al que habían llegado y al que todos los días mostraban su respeto. Participaban, cuando era posible, en las fiestas y carnavales del pueblo, que eran las festividades en las que se proclamaban las creencias y los ritos religiosos: sus santos y sus demonios.
En una ocasión, Sugar, Patti, Niágara y Ava fueron a presenciar las fiestas de san Esteban del mes de enero. Lo hicieron por mera curiosidad y luego siguieron haciéndolo por gusto en los siguientes años. Iban entre la gente, caminando y danzando, comiendo los tachiguales que eran unos panes deliciosos horneados a la leña, transportados en andas o tablones durante la procesión para que todos los asistentes echaran mano a placer, y rieron sabrosamente al ver que unos sayacas, esos hombres que se disfrazaban de mujeres, llenaron de harina las caras de Sugar y de Niágara al doblar la procesión por la calle Emiliano Zapata, abrazándose y bailando con ellos como dos hombres ebrios con dos gordas que habían hinchado sus pechos con globos. La música y la algarabía religiosa quedaban separadas del desenfreno por una línea tenue tolerada por el cura del pueblo, y eso les divertía porque representaba la honestidad de las manifestaciones más precarias y simples, el desahogo espiritual por donde se soltaban los verdaderos demonios que todo hombre y mujer lleva dentro, justo ahí donde descansa el alma humana.
En otra ocasión, como se habían contagiado de la necesidad de vivir y gozar de esas tradiciones mexicanas, los cuatro fueron una noche de febrero al carnaval en Chapala, asistieron al desfile del entierro del mal humor y presenciaron la coronación del rey feo: the ugly king, decía Patti entre risas, y se deleitaron con las serenatas en la plaza principal que eran cantadas en honor de la reina de los festejos. En septiembre Patti y Ava no se perdían los desfiles de los rebozos en Ajijic. Podía decirse que los expats se sentían extasiados al mezclarse en esos ambientes de colores, el folklore representado con la música, cánticos, disfraces y ruido, mucho ruido, sabedores de que en la noche volverían a la paz de sus casas a dormir plácidamente, respirando el bromuro que exhalaba la laguna bajo el cobijo de las estrellas y la luna. Su vida era feliz en Ajijic.
Así pues, una vez que habían concluido los asuntos de la reunión y el sol comenzaba a ponerse, los asistentes fueron invitados a pasar a la parte más alta del jardín para degustar las viandas y el vino que Niágara y Ava les tenían preparados. Cuando el sol se ocultaba, vista a lo lejos la laguna adquiría las tonalidades del ámbar, y en el crepúsculo el cerro de García se pintaba de un azul frío. En los árboles del jardín fueron encendiéndose unas lámparas, y de fondo se escuchaba la canción de Leonard Cohen, Take this Waltz. Niágara pidió a los invitados que se sentaran en las filas de sillas que se habían colocado para la ocasión, y solicitó un momento de su atención. Solo la música y el trinar de los pájaros rompían el silencio. Las golondrinas, como aún quedaban resquicios de luz, volaban presurosas en sus últimos afanes para esconderse entre las ramas de los laureles. Niágara pidió a Ava que apagara la música y todos callaron. Sacó de la bolsa interior de su chaqueta unas hojas blancas, escritas por ambos lados, se acomodó los lentes redondos sobre la nariz, y comenzó a leer el texto que había escrito para la ocasión:
—Queridas amigas y queridos amigos. Quisiera leer en español, el idioma que nos ha dado esta tierra que amamos. Pero lo haré en inglés, ya que la mayoría de ustedes no habla bien el español. Deberían esforzarse en aprenderlo, porque además de que es una lengua rica y bellísima, el gesto de hablarlo sería como un tributo a Ajijic. Quienes vinimos aquí dejando atrás nuestras casas y nuestras ciudades, nuestros países y costumbres, hemos encontrado la bondad de la gente y de su clima. Cumplimos allá con nuestros trabajos y cuando el sistema nos jubiló para que los más jóvenes tomaran nuestros puestos, nos trasladamos a Ajijic. Esta noche quiero referirles algunas ideas sobre la importancia de la conciencia de la brevedad de la vida.
Niágara hizo una pausa para beber agua y seguiría leyendo en inglés. Cuando había dicho que le hubiera gustado leer en español, un murmullo de voces se escuchó, pero luego se perdió entre el trinar de los últimos pájaros. Antes de que continuara leyendo, miró por encima de sus lentes hacia la puerta del jardín y vio a un hombre que había entrado sin que los demás lo hubieran advertido. De modo sigiloso, el hombre se sentó en una silla de la última fila. Como Niágara vio que iba decidido y parecía una persona de buenas maneras, no le causó mayor problema y pensó que posiblemente se trataría de alguien que había sido invitado por alguno de los lakesiders. Además, creía haberlo visto antes en La Renga y en La Colmena, aunque no sabía realmente quién era. Entonces prosiguió:



