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—Nuestra edad no debe ser objeto de pesadumbre, sino todo lo contrario; es ahora cuando debemos amar la vida más que nunca y apreciarla con la sabiduría que nos ha dado la experiencia. Es ahora cuando debemos dar vuelo a nuestras aficiones y pasatiempos, a nuestras capacidades intelectuales, al arte y a todo aquello con lo que siempre soñamos y que no podíamos hacer antes por nuestras vidas tan llenas de ocupaciones. Nos quedan pocos años, queridos amigos, es ahora o nunca.
»En una ocasión, el director de orquesta italiano Riccardo Muti contó a un público que lo escuchaba en la ceremonia de entrega de un premio, que otro director italiano de nombre Vittorio Gui, le había dicho que era una lástima que a sus noventa años estuviera tan cerca de la muerte, justamente cuando estaba aprendiendo a dirigir. Se imaginarán ustedes lo que Muti sintió cuando escuchó aquellas palabras, tan llenas de humildad y pronunciadas por un hombre que había sido uno de los grandes directores de orquesta de su época.
»Sí, dirán ustedes que estas palabras son verdades conocidas, pero el problema es que las olvidamos. Vamos por la vida como si nunca nos fuéramos a morir, ¡oh, Séneca!, papando moscas como se dice en México. Hoy más que nunca, miremos el camino, dejemos nuestros vicios, abramos nuestra mente, pongamos nuestra atención y nuestras fuerzas en la búsqueda de un sueño, aunque pueda parecer imposible, porque de ello dependerá que nuestros logros, por pequeños que parezcan, sean una satisfacción y no una derrota.
»Recuerdo que siendo niño mi abuelo me regaló un puño de billetes nuevos. Me fascinaba su olor y la suavidad al tacto, la tersura del papel y la firmeza de los sellos aún no desgastados por las manos del comercio. Dinero que daba pena gastarlo de tan bonito. ¿A manos de quién pasarían esos billetes, y a qué lugares irían a parar cuando fueran intercambiados en las transacciones?, pensaba. Sería maravilloso poder acaparar todos los billetes nuevos, pero era absurdo porque con el tiempo se devaluarían hasta valer menos que el papel que los contenía. Y así es como funciona la vida: si no se gasta, se pierde. Se devalúa, se añeja y carece de sentido.
»La vida de cada uno es como un billete nuevo, ya sabrá cada quien si lo gasta o lo guarda. La vida es breve como el silencio entre cada suspiro. Debemos gastar cada momento en la búsqueda, no sea que nos ocurra como aquel de quien hablaba Eliseo Diego en su poema Se están yendo: “Da pena estar así, como no estando”.
»Crucemos los ríos y los mares que nos esperan allá afuera, en nuestra propia odisea, hacia adelante, siempre adelante. Cada tarde es la vida, o la muerte. Ahí donde se unen dos eternidades: el pasado olvidado y el futuro anhelado, como pensaba Carlyle».
En ese momento, el hombre de la última silla se llevó las manos a la cabeza, se cubrió la cara y se frotó la frente y las mejillas. Luego deslizó sus manos sobre el cuello, restregándolo varias veces. Cerró los ojos y comenzó a balbucear: «debo hacerlo, debo hacerlo».
Niágara guardó las hojas del discurso en la bolsa interior de su chaqueta, mientras todos se levantaban de sus sillas aplaudiendo y brindando con sus copas.
—¡Lo que nos queda por vivir! —dijo uno.
—¡Salud! ¡La vida es breve! —exclamó otro, chocando su copa de vino con los que estaban alrededor.
Ava, que ya estaba en ese momento al lado de Niágara, había traído desde la terraza una bonita guitarra de Paracho y se la entregó a Sugar, que estaba sentado junto a Patti en la primera fila. Refiriéndose a todos, dijo:
—Tenemos para ustedes una sorpresa esta noche.
Luego, mirando a Sugar, le dijo:
—Canta, Sugar, canta.
Los invitados se volvieron hacia donde estaba Sugar y dieron fuertes aplausos.
—¡Sí, que cante! —dijeron a coro.
Patti, que se había puesto de pie junto a su marido, lo besó y en voz alta y visiblemente alegre le habló de esta manera:
—Lovely, lovely, lovely… Sugar!
Sugar rio y le devolvió un beso en la frente, acariciándole las trenzas y sus cabellos sueltos.
Entonces Patti, aún más emocionada, casi cantando y emulando una súplica, le dijo:
—Sing, sing a song… Sing out loud!
Sugar asintió con la cabeza. Volteó su silla hacia la concurrencia y se sentó, colocando la guitarra sobre su pierna derecha. Tomó su pipa con la mano izquierda, se jaló las barbas blancas con la mano derecha, y con esa misma mano sacó de la bolsa de su pantalón un encendedor con el logotipo de los Yankees. Hizo arder con el fuego el tabaco en el hornillo de la cazoleta. Fumó, sin dejar de sonreír. Luego tomó la guitarra, la acercó hasta su cara y olió el perfume del cedro, recordando la casa de la infancia, las calles de su ciudad, la primera sensación del amor atrapada en las ramas oliscas de los árboles de la juventud. El viento le mecía las barbas y los cabellos blancos. Dejó su pipa en una pequeña mesa que estaba a su lado, y dijo:
—¿Saben?, todavía no he podido cantar y fumar al mismo tiempo.
Se escucharon las risas, así como el tintineo de las copas mientras los invitados iban tomando de nuevo sus lugares para escucharlo cantar. Posó de nuevo la guitarra sobre su pierna y comenzó a tocar ante el silencio respetuoso de los invitados. Cantó un par de canciones y cuando la luna se mostraba plena en lo alto, comenzó a rasgar con el pulgar las cuerdas de la guitarra, diciendo estas palabras:
—Esta noche Niágara nos ha hablado sobre una de las grandes verdades de la vida, de nuestras vidas, y hay canciones que las han proclamado también, como esta que he escuchado desde que yo tenía un poco más de treinta años, y que dice así:
I have climbed the highest mountains
I have run through the fields
only to be with you
only to be with you… I have run I have crawled
I have scaled these city walls
only to be with you.
But I still haven’t found
what I’m looking for…
Los convidados comenzaron a cantar a coro con Sugar, llevando el ritmo de la canción con apacibles aplausos, meciendo las estrofas, sin opacar la música que provenía de la guitarra, engrandeciéndola como si las voces fueran elevándose como plegarias al cielo. Las lámparas de los árboles del jardín se mecían también con el viento, y Sugar cantaba utilizando el recurso del falsete:
—I have spoke with the tongue of angels
I have held the hand of a devil
it was warm in the night
I was cold as a stone… I believe in the Kingdom come
Then all the colors will bleed into one…
But yes, I’m still running.
But I still haven’t found what I’m looking for…
El hombre misterioso se puso de pie y se recargó contra el tronco del tabachín que se levantaba sobre sus enormes raíces. Miraba atónito a Niágara. Escuchaba a Sugar cantar. Miraba las raíces del árbol y luego levantaba la vista hacia la fronda que se extendía en lo alto del cielo infinito. Volvía a mirar las raíces. ¡Qué importantes eran las raíces! Seguía el ritmo de la melodía con movimientos cadenciosos de su pie derecho, pronunciando como un susurro cada una de las estrofas de la canción. Iba invadiéndole la emoción desde el estómago hasta el rostro, y cuando fueron cantados los versos …you broke the bonds, and you loosened chains, carried the cross of my shame, of my shame… But I still haven’t found what I’m looking for, el hombre se estremeció, entornó los ojos y le brotaron las lágrimas. Se tomaba con el índice y el pulgar las mejillas y lloraba sentidamente, sostenido por el árbol, y una y otra vez golpeaba el suelo con su zapato repitiendo los versos que le provocaban tan hondas tristezas. Sugar, que ya había advertido la presencia del hombre, al ver que lloraba dejó de cantar, y todo quedó de nuevo en silencio. Los invitados se volvieron y lo miraron con curiosidad. Ava se acercó hasta él, y tomándolo del brazo, le preguntó en su precario español:
—¿Está usted bien?
—No es nada —contestó—. Esa música me ha fascinado toda mi vida. Me emociona. Le pido que me disculpe. Me ha invadido un súbito recuerdo y no he podido evitarlo.
Los invitados se preguntaban unos a otros quién sería aquel extraño hombre. Sugar dejó con cuidado la guitarra recargada en la silla, tomó su pipa y se puso de pie. Mientras caminaba iba jalándose las barbas blancas, preguntándose también quién sería ese curioso personaje. Al llegar a su lado vio que ya lo acompañaban Niágara y Ava. Entonces Sugar se posó frente a él, se acomodó la boina de marinero y, sin esperar más, le dijo:
—Creo haberle visto a usted antes, ¿no es así? —le preguntó Sugar.
El hombre asintió.
Toda vez que la música había terminado abruptamente, los invitados comprendieron que la velada había llegado a su fin y comenzaron a dirigirse hacia la puerta del jardín. Niágara y Ava fueron a despedirlos, dejando a Sugar y al extraño visitante solos debajo del tabachín. El hombre miraba al suelo, como si estuviera meditando.
De pronto, dijo:
—Debo irme.
Sugar le buscaba la mirada, mientras fumaba su pipa, pero el hombre seguía concentrado en el suelo sin levantar la cabeza.
—Quédese usted un momento —dijo Sugar—, a mí me gusta permanecer un rato en esta casa maravillosa después de las veladas. Niágara y yo somos buenos amigos. Nos gusta sentarnos en la terraza a conversar, acompañados de un caballito de tequila. Hoy es un día en el que no me siento especialmente impaciente. Vamos a la terraza y ya se tranquilizará usted.
El hombre no opuso resistencia y juntos fueron caminando hacia la terraza, desviándose Sugar un poco para tomar la guitarra que había dejado recargada en la silla. En cuanto estuvieron en la terraza, Sugar se volvió hacia el hombre y le preguntó:
—Y dígame, ¿cómo se llama usted?
—Mi nombre es Bob.
En ese momento aparecieron Ava, Niágara y Patti.
—Miren, él es Bob —dijo Sugar a los demás.
—Sea usted bienvenido —le dijo Ava con su modo amable de hablar.
—Sí, bienvenido, Bob —completó Niágara el recibimiento.
Patti lo saludó con un gesto, y Ava, dirigiéndose a ella, le dijo:
—Darling, dejemos a los señores que conversen en paz. Ven, vamos a la sala y tomaremos un poco de té y petits fours. Tengo muchas cosas que contarte.
Las señoras siempre hablaban en inglés entre ellas y cuando estaban con sus maridos o con los lakesiders. Por su parte, Sugar y Niágara si bien hablaban en inglés cuando estaban solos, es verdad que cuando se encontraban con alguien del pueblo lo hacían siempre en español. Era asombroso que, a pesar de que no era su lengua, la hablaban con gusto, mostrando con ello el cariño que sentían por Ajijic y por la gente que los había recibido tan amistosamente.
Al quedarse solos los tres en la terraza, Sugar rio, como siempre que se sentía a sus anchas, se jaló las barbas, se ciñó la boina y mirando a Bob, le dijo:
—Y bien, ¿usted de qué va? ¿Qué le acongoja?
Bob miró a Sugar, luego a Niágara, carraspeó la garganta y de modo respetuoso, aunque un poco afectado, les dijo a los dos:
—Les pido que me hablen de tú, soy menor que ustedes y les debo respeto.
Sugar soltó otra carcajada y mirando a Niágara le suplicó:
—¡Sírveme un tequila, que me han hecho sentir viejo!
—No es eso, señor —aclaró Bob.
—Oh, no es nada —contestó Sugar, riendo de nuevo y dando una palmada en la espalda a Bob—. Yo era mucho más viejo entonces y soy más joven que eso ahora, ya lo dijo Bob Dylan en My Back Pages, así que no te preocupes.
Bob se quedó pensativo con lo que acababa de escuchar, y Sugar rio de nuevo a carcajadas. Niágara fue a la cocina por el tequila. Luego Sugar exclamó:
—Está bien, está bien, nosotros te hablaremos de tú. ¿De acuerdo?
—Sí, señor.
—Son muy formales los jóvenes adultos de Ajijic, Niágara —gritó Sugar para que Niágara pudiera escucharlo.
Abrió la noche estrellada y cantaban los grillos. Desde la terraza podía contemplarse el hermoso jardín gracias a que Niágara había encendido las luces que iluminaban los árboles desde las raíces, y las plantas eran bañadas por la luz de unos faroles que sobresalían detrás de los helechos. Niágara volvió de la cocina con una charola en la que llevaba tres caballitos, una botella de tequila, una hielera, tres servilletas, tres vasos medianos y un plato hondo con cacahuates enchilados y charales fritos, además de una botella de agua mineral. La dejó sobre la mesa, y antes de que les ofreciera un trago, Sugar le dijo:
—Oye, Niágara, cada día es más bello este jardín. No creo que seas tú quien lo cuida. Hace tiempo que no pasan Ava y tú por el vivero, tengo unas azaleas preciosas que le vendrían muy bien al muro del fondo —dijo señalando con el índice un punto del jardín, riendo divertido.
—La verdad es que Ava es quien se ocupa a conciencia —dijo Niágara—. Yo le ayudo como puedo. Tú sabes que las plantas y los árboles de La Floresta parecen ser su vida, así que yo estoy a lo que ella ordene. En eso tiene más afinidad contigo que conmigo. Le recordaré mañana de ir al vivero para que nos muestres las plantas.
Bob los miraba sorprendido por el buen español que hablaban. Entonces les dijo:
—Ustedes hablan muy bien nuestro idioma, ¿cómo lo aprendieron?
—Mira, muchacho —se anticipó Sugar—, la verdad es que yo me defiendo, pero Niágara es especialista. ¿No es así, my friend?
—Es verdad —contestó Niágara—. Lo que sucede es que yo trabajé durante años en una editorial en Ontario, que tenía una sección especializada en literatura hispanoamericana, y además realicé estudios a distancia en la Universidad de Harvard con la colaboración del Instituto Cervantes de Madrid, en un programa estructurado bajo las ideas de George Ticknor, el pionero del estudio de la historia de la literatura de lengua española en los Estados Unidos. Eso me permitió hacer algunos trabajos de traductor, nunca como los de Aurora Bernárdez, claro, pero aceptables para la editorial. Así que conozco, casi al dedillo, a todos los autores de lengua española, desde Cervantes, Quevedo y Lope de Vega hasta los más notables del siglo veinte, y todavía hoy vivo prácticamente inmerso en mi biblioteca siguiendo la pista de esas bellísimas letras. Ava y yo decidimos venir a vivir a Ajijic, hace alrededor de diez años, porque en una de mis visitas a la Feria del Libro de Guadalajara tuve la oportunidad de asistir a una presentación de una novela que tuvo lugar aquí en Ajijic, y quedé fascinado con la belleza de este lugar.
—Es usted un erudito, señor. ¿Conoce La Renga? —preguntó Bob emocionado.
—Oh, desde luego que la conozco. Aunque es pequeña, es muy bella, y tiene libros interesantes. El librero es un joven ambicioso, me refiero en sentido literario. Respecto a mi erudición, te diré que soy ahora un hombre retirado. No me gusta hablar de erudición, sino de conocimiento, y ese solo se obtiene trabajando. He leído por años a los autores del boom latinoamericano y disfruto mucho la lectura de los libros de Rulfo, Arreola, Yáñez, Azuela, Gutiérrez Vega, Alfredo R. Plascencia y tantos más. Ahora mismo trabajo en un ensayo sobre escritores más actuales de Jalisco y lo estoy disfrutando mucho. Solo trabajo para mí, y por fortuna tengo todo el tiempo del mundo para hacerlo en este lugar que me resulta ideal para el trabajo.
Después de escuchar lo que Niágara acababa de decir, Sugar miró a Bob y recordó el incidente de La Renga, pero no dijo nada, pues quería esperar un momento propicio durante la conversación. Niágara ofreció a sus invitados las bebidas y botanas que había traído de la cocina, diciendo:
—Los vasos son para el agua, que va de chaser, por favor. ¿O prefieren también una cerveza? El tequila no se mezcla, eso sería una afrenta a los productores.
—Toma uno —le sugirió Sugar a Bob.
Bob miró la charola y los caballitos de tequila, pero ignorando la invitación de Sugar, dirigiéndose a Niágara, le dijo:
—No bebo. Ya no bebo, quiero decir.
Niágara y Sugar se miraron. No dijeron nada. Luego dijo Bob:
—Le agradecería un vaso de agua. El alcohol me distraía. Me hundía. Tuve que hacerlo a un lado. Bebí como un cosaco hasta que un día desistí. No era posible seguir así. Confieso que me gustaba, tal vez demasiado. Creía fundirme con Dios en una copa de vino, pero ello ocurría solo en la primera, porque en la segunda Él se retiraba.
—¿Tienes mucho sin beber? —preguntó Niágara, que ya se había servido y paladeaba dando un sorbito a su caballito de tequila.
—Algunos años —respondió Bob.
—¡Años! —exclamó Sugar. Luego, mirando fijamente a Bob, le dijo:
—Estoy seguro de haberte visto antes, ya te lo he dicho en el jardín.
Niágara, con voz apacible, dio otro sorbito a su tequila y le dijo a Bob:
—Quédate un rato a conversar, te hará bien, y así podrás soltar la pena, si es eso lo que quieres, desde luego.
Era evidente que Sugar y Niágara tenían personalidades diferentes, por algo se entendían tan bien. Niágara era más pausado, seguramente el fruto de tantos libros leídos. Sugar era, sin perder las formas, mucho más sociable y extrovertido. Niágara hablaba como si estuviera recitando y Sugar como si estuviera cantando. En fin, Bob permanecía sentado, sin moverse, mirando hacia el horizonte en el que se ocultaba el lago. Una cálida brisa meneó las barbas y los cabellos de Sugar y acercando la pipa a su boca, fumó. El humo se pintó de blanco a la luz de los candelabros, y contrastaba con la negrura de la noche. Bob no se decidía a hablar, todavía. Sugar y Niágara no se explicaban por qué había acudido a la reunión si no era un expat y no había sido invitado. De pronto, Sugar apartó la pipa de su boca y acercando su cara a la de Bob, que estaba iluminada por la luz, mirándolo fijamente, le dijo con voz sonora:
—Nosotros no nos avergonzamos de las lágrimas de un hombre, de hecho, no nos avergonzamos de las lágrimas de nadie.
Bob hacía gestos de agradecimiento, inclinaba la cabeza y sonreía, aunque era evidente que algo lo acongojaba. Miraba a Sugar, luego a Niágara. Entonces Sugar consideró que había llegado el momento, y alegremente exclamó:
—¡Pero claro, tú eres el hombre de la librería! ¿Acaso compraste el libro que se vendía a un precio ridículamente caro?
Luego, Sugar volteó alternadamente hacia Niágara y Bob, y dijo:
—Lo recuerdo ahora muy bien, Bob. Estabas de pie, al centro de La Renga, sin hablar, como una estatua, junto a la escultura de ese soldado francés, y…
Bob levantó amablemente su mano para interrumpir a Sugar, y asintió.
—Sí. Era yo.
Luego dijo:
—He estado muy interesado durante años en la vida de los lakesiders de Ajijic. Asistí de oyente a algunas reuniones, y supe de ustedes por medio de algunas conversaciones con otros expats. Todo mundo en el pueblo los conoce y me he dado cuenta de que los respetan. Todos saben quiénes son Sugar y Niágara.
Sugar miró a Niágara y guiñó un ojo sonriendo. Bob continuó:
—Entonces me interesé aún más y estuve buscando la manera de poder encontrarme con ustedes. Me enteré de la reunión de hoy, y me di ánimos para venir porque tengo algunas dudas sobre un viaje que deseo hacer, y honestamente no tenía nadie a quién preguntar. Cuando lo vi a usted en La Renga —dijo mirando a Sugar— no quise hablar de ello en ese momento. Deseaba esperar una ocasión más propicia. Varias veces los vi a ustedes en La Colmena mientras conversaban tomando un café. Yo estaba en la mesa de la ventana y desde ahí los observaba, pero me parecía que no era el lugar ni el momento propicio para interrumpirlos.
—¿Y qué es lo que te ocurre? —preguntó Niágara.
—Con nosotros puedes hablar con toda confianza —completó Sugar.
—Me encuentro en una encrucijada y tengo muchas dudas. Lo que se ha leído y cantado esta noche me ha confirmado la necesidad de llevar a cabo algo que he venido preparando durante años. Digamos que encontré algo de luz esta noche. Sí, compré el ejemplar de La Ilíada y la Odisea en La Renga, porque es un libro muy importante para mí, por todo lo que significa. He leído La Odisea cientos de veces, y ese valioso ejemplar debía estar en mi biblioteca, como un tesoro.
Niágara lo miraba enarcando las cejas. Sugar guardaba silencio y fumaba su pipa placenteramente, observando a ese hombre que se había aparecido furtivamente. Bob tomó un trago de agua, y les dijo:
—No quisiera quitarles más tiempo esta noche. Ya es tarde. Si aceptan, los invito a mi casa el día de mañana. Será un placer recibirlos. Allí les contaré. Quiero que comprendan que no tengo a nadie más con quien hablar o en quien confiar, y creo que ustedes podrían ayudarme.
Bob les indicó la dirección de su casa, y se despidió de ellos, agradecido.
Capítulo VI
Bob
Al día siguiente, a las cinco de la tarde, Sugar y Niágara se presentaron en la casa de Bob, en la calle 16 de Septiembre. La fachada de la casa era un inmenso muro, de casi seis metros de altura, pintado de color café oscuro, en el que había una puerta muy sencilla de madera. Sobre el marco de la puerta había un águila esculpida en cantera, montada sobre un pedestal. No era posible ver la casa desde la calle, y detrás del alto muro se alzaban árboles frondosos, más altos que el muro todavía.
La puerta tenía una aldaba de metal con la forma de la cabeza de un toro, y por un lado salía la cadena de una campana. Sugar se acercó hasta la puerta y llamó golpeando la aldaba provocando un fuerte sonido. Transcurrió un minuto y no hubo noticias de nadie. Sugar y Niágara se miraron. Aquel fumó su pipa y con la mano derecha golpeó con más fuerza la aldaba. Una, dos, tres. Nada.
Luego, consciente de la existencia de la cadena, Niágara jaló de ella con fuerza y se escuchó del otro lado el sonido del badajo repicando la campana, con un tañido melodioso, uniforme y largo, como el que producen las pesadas campanas antiguas. Después de un instante, la puerta se abrió hacia adentro de la propiedad. Un hombre vestido de manta de color blanco y huaraches de cuero, les abrió el paso. Era Juan Sibilino.
Al cruzar el umbral de la puerta, Sugar y Niágara se quedaron estupefactos ante la belleza y el esplendor de la propiedad. Un jardín exuberante se abría frente a ellos, y en lo alto, a una distancia considerable, se alzaba un promontorio sobre el que estaba la casa. La campana a un lado de la puerta, era sostenida por un yugo de madera preciosa, dentro de una espadaña de tres metros de altura por dos de ancho. En la parte alta de la espadaña sobresalía un pináculo rematado con una cruz de hierro que coronaba una bola de metal que representaba el mundo. En el mundo estaban grabados en relieve dos mares: el Ponto y el Hudson. También en relieve, un poco desgastadas, se apreciaban dos huellas unidas por una línea punteada. Junto a la primera huella, situada a la mitad del mundo, estaba escrita la palabra Ajijic, y en la otra huella, en lo alto del mundo, estaban inscritas las palabras Nueva York. Después de advertir esos detalles, Sugar y Niágara se miraron con gestos de interrogación.
Juan Sibilino pidió a los visitantes que lo siguieran. Pasaron debajo de altísimos fresnos, jacarandas y tabachines que entrelazaban sus ramas en lo alto, dosificando el paso de la luz del sol de la tarde que arreciaba. En el magnífico jardín, Sugar se deleitó admirando la variedad de los árboles típicos de La Floresta. Los altos muros color terracota que refugiaban la propiedad del exterior, estaban flanqueados en sus cuatro lados por cipreses. En el centro del jardín había un grandioso laurel, cuyas raíces estaban resguardadas por un muro circular, tan común en las glorietas de La Floresta. Era majestuoso, de enormes raíces y gran altura, y sus hojas verdes brillaban en variadas tonalidades con el reflejo de la luz del sol.
Sugar tomó del brazo a Niágara y en voz baja, casi susurrando, mientras pasaban debajo del laurel, le dijo:
—¿Habías visto alguna vez tan hermosa casa?
—Solo en los palacios y en las novelas se aprecian estos jardines —contestó Niágara emocionado.
Mientras caminaban hacia el promontorio en el que se alzaba la casa, divisaron del lado izquierdo una estupenda terraza. Se accedía a ella a través de una gran escalinata de amplísimos peldaños de ladrillo rojo, tan ancha como el frente mismo de la terraza. En los extremos de cada peldaño había unos jarrones de talavera de gran tamaño. El piso de la terraza era de perón y el techo un tejado de extraordinaria belleza. Las columnas que sostenían la estructura eran de hierro forjado y el travesaño de madera sólida. Había dos grandes mesas de equipales y una sala espaciosa con una chimenea al fondo. El camino para subir a la casa estaba cubierto de ladrillo rojo, iba por un lado de la terraza y lo resguardaba un barandal de hierro forjado.




