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—Me llamo Clara.
—¡Clara! ¡qué bello nombre!
—¿Cómo se llama tu hija? – preguntó tímidamente Clara.
—¡no lo recuerdo!, pero… me gusta Clara ¿no te molesta si la llamo así?
—¡Sería un honor!
—¡Sea entonces! mi hija se llamará Clara como tú. ¿Te sientes mejor… Clara?
—¡Mucho mejor!
—¿No quieres que busque a tu madre? no me has dicho su nombre.
—Contigo estoy muy bien, es como si con tu presencia no me hiciese falta mi madre; ¿espero no molestarte?
—¡Claro que no! Para mí también será un honor que me sientas como tu madre.
—¿Te parece que nos veamos aquí todas las tardes?
—¡Hecho mi querida Clara! Aquí nos veremos todas las tardes, cuando el sol comience a perderse en el horizonte. ¿Sabes? Mi esposo está de viaje, no sé bien cuándo regresará, pero vengo aquí todos los días a esperarlo porque… sé que volverá.
—Haces muy bien en esperarlo, estoy segura que en cualquier momento lo verás llegar.
—¿Tengo miedo que no me reconozca sabes?, hace mucho tiempo que no nos vemos y no quisiera que se llevara una mala impresión mía cuando nos veamos.
—¿Por qué lo dices?
—Porque no soy la misma mujer de antes, mira mis cabellos, son un desastre – le dijo mientras trataba de ordenar su cabellera en una actitud que llenó de ternura a Clara quien, tomando sus manos entre las suyas las besó y se paró ubicándose delante de su madre comenzando a dar forma a los cabellos de Eloísa que el viento mecía libremente.
—Si me lo permites, todas las tardes cuando nos encontremos aquí, te propongo peinarte para que sientas todo lo bella que eres y de esa manera estarás todos los días lista para cuando vuelva mi pa… tu esposo – le dijo corrigiéndose inmediatamente.
—¿Harías eso por mí Clara?
—Haría eso y mucho más.
—No te he preguntado cómo se llama tu madre querida Clara.
Dudando unos instantes qué contestarle le dijo con voz firme – se llama Eloísa – Creyó ver una reacción en el rostro de su madre al escuchar su verdadero nombre.
—¿Te resulta conocido?
—Tal vez…– respondió dudando.
—No te he preguntado cómo te llamas tú.
—mmm… no lo recuerdo.
—Si quieres, puedo llamarte Eloísa.
Meditando unos instantes, esta le dijo – ¿sabes qué? prefiero que me llames mamá. Tú necesitas a tu madre y yo necesito a mi hija, te propongo entonces que desde ahora seré Eloísa, como tu madre, y tú serás mi Clara ¿te parece?
—Me encanta la idea – dijo Clara besándola en la frente.
—Ahora vete mi niña, yo me quedaré unos momentos más aquí esperando a mi esposo.
—Por supuesto, te veré mañana y prometo traer todo lo necesario para arreglar tu cabello como hemos quedado.
—Aquí estaré, ahora vete pequeña, debes tener mucho qué hacer.
Clara se quedó mirando a su madre pensando en las últimas palabras que le había dicho… “debes tener mucho qué hacer”. Fue entonces que entendió. Fue entonces que los dichos de Alfredo cobraron sentido al escuchar a su madre. ¡Claro que tenía mucho qué hacer!
Y así se alejó de su madre con la tranquilidad de saber que todas las tardes iba a encontrarla esperándola ansiosamente, y al sentir esa seguridad corrió hacia el interior del castillo buscando a su tía; tenía mucho que aprender, tenía que prepararse rápido sólida y competentemente con el propósito de estar lista para hacer lo que debía.
11
Ana permanecía callada bebiendo su taza de café mientras escuchaba el relato pormenorizado de todo lo que había ocurrido en la vida de Clara desde que había abandonado el Instituto para trasladarse a Galway.
Escuchó palabra por palabra con la máxima atención posible tratando de imaginarse cada escena que su amiga debió vivir, azorada por el relato de los Thomas acerca de los seres oscuros que debió enfrentar.
Por suerte, siempre acompañada por Alfredo y el doctor Collins, quien en verdad no era otro que su abuelo, el gran Dellos elfo jefe de toda Bellitania.
Ante cada escena peligrosa Ana abría sus ojos como tratando de introducirse en ella y así, sintiéndose partícipe de la misma poder entender lo que su amiga debió haber tenido que soportar.
Sintió azorada el terror en su fuero interno, pero orgullosa de la valentía demostrada por Clara y el coraje al decidir abandonar todo lo conocido para enfrentar un futuro incierto, aunque ahora sabía que la decisión había sido la correcta.
A pesar de extrañarla profundamente, el relato de los Thomas aminoraba su melancolía sabiendo que se encontraba felizmente acompañada por su familia y por el amor de Alfredo que tanto bien le había hecho enseñándole a confiar.
—Si no hubiese recibido la carta y la cruz, sinceramente no creería una sola palabra de lo que me están contando. Espero no se ofendan por mis palabras, pero estoy siendo absolutamente sincera.
—Por supuesto no nos ofendemos querida; entendemos perfectamente todo lo que debe estar pasando por tu cabeza, y agradecemos que te encuentres aquí con nosotros y fundamentalmente que, a pesar de toda esta locura que estás escuchando, hayas decidido creer en nuestro relato. Te aseguro que lo valoramos muchísimo y estoy segura que Clara también cuando le contemos este encuentro.
—Por otra parte, queremos que te quedes absolutamente tranquila ya que se encuentra muy bien preparándose para desempeñar el papel de futura elfa protectora en reemplazo de ama Agnes.
—Y eso… ¿qué significa realmente? ¿Qué alcance tiene?, y ¿qué es lo que se espera de ella?
—Como te hemos explicado, ama Agnes es la actual elfa protectora de Bellitania, y antes que ella lo fue su madre Belice quien, por una treta maliciosa de alguien importante, debió abandonar su puesto antes de tiempo no sin antes preparar a su hija para reemplazarla.
—Esto es una tradición en nuestra tierra, las elfas protectoras delegan en sus hijas su mandato cuando llega la hora de su merecido retiro. Por ello Agnes fue preparada años atrás para desempeñar esta función.
—Y ¿por qué Clara debe tomar su lugar, acaso Agnes no ha tenido hijas?
La pareja se miró entristecida siendo Marta quien tomó la palabra para explicar con mayor claridad.
—Mira querida Ana, sé que es muy difícil de entender, pero trataré de ser lo más explícita posible. Tu sabes que nuestro apellido es Thomas y que nuestros nombres son Fermín (dijo señalado a su esposo) y yo soy Marta. Pues nuestros nombres bellitanos son Homos y el mío Salex.
—Si bien yo soy completamente humana, con el tiempo descubrieron un mecanismo por el cual los humanos podemos cruzar al plano bellitano sin peligro. Ello fue estudiado con éxito para poder llevar a Eloísa, la madre de Clara, a territorio seguro.
A esa altura del relato los ojos de Ana parecían querer salirse de las orbitas ante tanta información desconocida y tan difícil de asimilar, hecho que no escapó a la percepción de la pareja.
—Me parece querida que iré por más café mientras prosigues tu relato con la señorita Ana, creo que lo está necesitando – dijo Fermín partiendo rumbo a la cocina.
—Pero… Clara siempre me dijo que su madre había muerto mientras ella estaba estudiando, y que había llegado tarde para verla con vida, por lo que solo pudo ir a visitar su sepultura. ¿Cómo es posible? ¿Por qué me mintió?
—No te mintió querida, Clara siempre creyó que eso fue lo que ocurrió porque fuimos nosotros (Fermín y yo) los que armamos todo esto para poder llevar a Eloísa con nosotros a un lugar seguro, y poder prodigarle todos los cuidados necesarios en Bellitania.
—¿Fraguaron su muerte?…
—Era la única opción que teníamos para que nadie sospechase de la desaparición de Eloísa. Fermín es médico y manejó todo el tema.
—Pero… ¿no pensaron en el dolor que le causarían a Clara con ello? Ella siempre me relató lo mal que se había sentido por no haber podido llegar a tiempo teniendo que vivir con ese remordimiento.
—Lamentablemente tuvimos que elegir el mal menor para poder restituir a Eloísa a un lugar seguro y brindarle todo el cariño que necesitaba para tratar de encarar su recuperación. De todos modos, estamos convencidos que esta dependerá de que pueda volver a reencontrarse con Sarlo.
—¿Quién es Sarlo? – preguntó Ana, cada vez más perdida.
—Perdón querida, Sarlo no es otro más que Iván, el padre de Clara – A esa altura del relato ingresó Fermín con más café que fue bebido intensamente por Ana, como intentando dar más sosiego a la angustia que sentía por no poder dimensionar en su totalidad lo que había vivido y debía aún seguir viviendo su amiga.
—Pues bien, retomemos el tema. Sarlo, el padre de Clara vivía inmensamente feliz con su esposa y su hija…
—Pero…– dijo Ana interrumpiendo, – ¿cómo fue que Sarlo, siendo bellitano vivía en este mundo junto a una familia como todos los humanos?
Los Thomas relataron pormenorizadamente la forma por la cual Sarlo o Iván, había llegado a este mundo conocido, y los motivos para hacerlo, y cómo sin quererlo, se había enamorado de Eloísa, – quien de hecho es mi hermana – agregó Marta.
Aclarado el tema, prosiguió con el relato.
—Un día, las fuerzas del ama Agnes comenzaron a flaquear y fue entonces que los elfos eruditos del reino decidieron que la única forma en que podrían salvarle la vida era consiguiendo la flor de la arcadiola que nacía entre las raíces de los grandes árboles de las tierras altas. Era la última alternativa hasta esperar que Clara tuviese la edad suficiente para trasladarse a Bellitania y tomar el lugar de Agnes.
—Pero… sigo sin entender la desaparición del padre de Clara de sus vidas.
—Es que, un día Sarlo recibió en su casa la visita de su padre Dellos, quien le explicó lo difícil de la situación de Agnes, siendo entonces que él decidió partir para dirigir la expedición que tuvo por objetivo la búsqueda de la arcadiola.
—Pero… ¿Por qué no les avisó?
—Por una simple y justificada razón. Sarlo jamás le había contado la verdadera historia a su esposa Eloísa. Nunca encontró el valor necesario para relatarle quién era, y por ende no supo explicarle que alguna vez, el más preciado tesoro que ambos tenían, Clara, iba a tener que trasladarse definitivamente a Bellitania.
—Pero… ¿cómo nunca se lo dijo a su esposa?
—Llámalo cobardía si quieres; nosotros preferimos aceptar y comprender que no supo encontrar las palabras ni el momento para explicarle algo que, a ti, sin tener ningún sentimiento involucrado te está costando tanto entender.
Al escuchar esas palabras, Ana supo que no tenía ningún derecho de criticar a nadie desde el lugar en el que se encontraba.
—Él pensó que podría regresar con su familia antes de que se diesen cuenta, ya que entre Bellitania y el plano humano, si bien los tiempos son paralelos, no transcurren a una misma velocidad. Pero todo se complicó, la travesía fue extremadamente peligrosa y prolongada, cobrándose la vida de valientes elfos, y entre ellos Marco, el lugarteniente de Sarlo y prometido de Agnes. Esto explica los motivos por los cuales no ha tenido hijos, ya que su corazón jamás ha dejado de llorarlo.
—Por último, para lograr que los que sobrevivieron a la expedición pudiesen regresar con la arcadiola, Sarlo tuvo que hacer un último y terrible sacrificio, quedar retenido forzadamente por la maldita Deargue Due, unos de los seres oscuros más temibles quien exigió tomar su vida a cambio de dejar ir al resto de elfos.
—Desde ese entonces no hemos sabido nada de él, solo esperamos que se encuentre aún con vida. Enterarse de esta verdad ha sido el motivo por el cual Clara decidió quedarse en Bellitania para convertirse en la elfa más bravía, con el objetivo no solo de ocupar el lugar del ama Agnes, sino lograr lo que más desea: rescatar a su padre de las garras de esa maldita y reunir nuevamente a sus padres. Solo espera que no sea demasiado tarde.
Ana estaba estupefacta con la mirada perdida en un contexto imaginario donde, como escenarios fantasmagóricos, circulaban seres desconocidos acechados por enormes peligros, y en el medio su amiga tratando de vencerlos para volver a unir a su familia.
—¿Qué puedo hacer yo? ¿En qué puedo ayudar?
—Lamentamos decirle que lo que necesitamos es que mantenga todo esto en secreto, sabiendo que significa tener que ocultar la verdad de todo a sus superiores. No podemos permitir que se sospeche que Clara está viva. Los hechos deben permanecer como han creído hasta ahora.
—Entiendo – dijo Ana. – Nadie sabrá lo que hemos conversado. Le diré al doctor Hopkins que he dejado las pertenencias de Clara con una familia conocida de ella cuya dirección me fue dada por el portero del edificio. Eso será suficiente no se preocupen.
Ana tomó sus cosas, y acercándose a la puerta de salida les dijo: – hay algo que no entiendo.
—¿Si? – dijeron los Thomas al unísono.
—¿Por qué ustedes siguen aún aquí?
Mirándose a los ojos decidieron que era necesario contarle todo, y que podían confiar en ella:
—Porque creemos que aún el peligro no ha acabado.
—¿A qué se refieren?
—A que tú sabes demasiadas cosas, y tanto Clara como nosotros tememos que puedan venir por ti.
En esos momentos la cartera de Ana cayó al piso y casi se desvanece, por lo que Fermín la retuvo fuertemente entre sus brazos.
—Ven pequeña – le dijo Marta, –sentémonos unos minutos más –. Así Ana dejándose conducir nuevamente al sillón se desplomó aterrada por lo que acababa de escuchar.
—Tienes que prometernos, y prometer a Clara que nunca te apartarás de tu cruz celta, y que siempre confiarás en sus palabras. Nunca te sientas tentada a desoírlas por más que creas que esté equivocada. ¡Debes hacerle caso sin ninguna duda!
—Pero… ¿por qué yo correría peligro?
—Porque fuiste su amiga, su confidente, por lo que has vivido con la doctora Andrews; porque has tenido encuentros con seres oscuros.
—¿Yo? ¿Cuándo?
—Recuerdas tu experiencia con el encapuchado cuando ibas a llevar las muestras al laboratorio?
—¡Sí! lo recuerdo; pero jamás me ha pasado nada desde que Clara se ha ido.
—¡No importa! Sabemos que siguen por aquí.
—¿Por aquí?, pero… ¿por qué?
—¡Por ti mi niña! eres el último eslabón que les queda por desarticular. No queremos asustarte, pero, debes estar alerta y no dudes en comunicarte con nosotros.
—Pero, ¿cómo haré para comunicarme con ustedes?
—No será necesario querida, así como Clara fue nuestra prioridad, ahora lo eres tú. Siempre estaremos cuando nos necesites, no lo dudes. Solo debes prometernos que siempre, pero siempre, llevarás la cruz contigo como la tienes ahora.
Ana abrió el cuello de su camisa sacando la cruz celta, y sin dudarlo, la volteó para leer que tenía escrito “confía”. Y así abrazándose fuertemente con la pareja salió del departamento acompañada por ellos hasta el ascensor.
Jamás se alejaría de ella, tranquilizándose al saber que los Thomas estarían siempre que los necesitase. Sin embargo, no pudo evitar sentir un escalofrío atravesando su espina al recordar esas terribles palabras “ahora pueden venir por ti”.
12
Obus y Bogul permanecían en silencio rodeados por aquellos atemorizantes orcos que instantes atrás los habían ayudado a abandonar la peligrosa caverna salvándolos de lo que hubiese sido una oscura y húmeda sepultura por toda la eternidad.
Estos los miraban con extrema desconfianza atentos a cualquier actitud belicosa de Obus dado que ostentaba un gran porte semejante a cualquier otro del grupo. Todos se miraban desconfiadamente, y dado el pequeño tamaño de Bogul, nadie se detuvo en él a pesar de que se aferraba con todas sus fuerzas a la pierna de Obus.
Las miradas eran desafiantes y ninguno emitía sonido alguno ni hacía el más mínimo movimiento que pudiese desatar cualquier ataque pasando así algunos minutos que a Bogul, estando a escasos centímetros del suelo, le parecieron una eternidad por sentirse terriblemente vulnerable.
Como siempre hacía cuando quería llamar la atención de su amigo comenzó a saltar sobre sus pies, aunque nuevamente sin éxito. Fue entonces que uno de los orcos que lo sacó de aquel agujero le dijo:
—¿Qué le pasa al enano que te acompaña? ¿Qué no ves lo que está haciendo?
Otro del grupo se acercó y tomó del cuello a Bogul arrojándolo contra un árbol, provocándole una terrible contusión que lo dejó aturdido.
—¡No lo toques! ¡Es mi amigo! – dijo Obus abalanzándose sobre el orco y tomándolo del cuello. En ese instante el resto del grupo se abalanzó sobre él comenzando a golpearlo mientras unos lo inmovilizaban.
Si bien Obus era muy fuerte la lucha era terriblemente desigual, sin embargo, pudo deshacerse de algunos de sus atacantes arrojándolos contra los árboles que se encontraban cerca dejándolos atontados.
La situación se estaba saliendo de control cuando Bogul comenzó a volver en sí, y agarrándose la cabeza tanteando el tremendo chichón que le habían provocado con el golpe, se sobrepuso a su situación, y levantándose como pudo corrió hasta donde se encontraba su amigo aferrándose a las piernas de los orcos para asestarles terribles mordidas con sus afilados dientes, que como delgadas agujas se clavaban en los dedos de los pies de las bestias haciéndolas trastabillar.
Ellos trataban de patearlo para sacárselo de encima pero su pequeño tamaño lo hacía muy ágil para escabullirse entre esos monstruos.
Fue entonces cuando, sin percatarse de ello, uno del grupo lo sujetó por el cuello y cuando estaba por quitarle la cabeza Bogul comenzó a gritar – ¡Obus! ¡Obus! – sin parar.
En el momento en que lo peor estaba por ocurrir y su amigo se encontraba inmovilizado por cuatro de los orcos del grupo, uno de ellos que no había participado de la pelea se acercó y dijo:
—¿Qué has dicho enano? – y como el orco que lo tenía sujetado estaba por cometer su crimen, le gritó con una atemorizante y potente voz:
—¡Detente!
—¡Suéltalo!
—¡Sí mi señor! – dijo dejándolo lo caer al suelo sin ningún cuidado, por lo que el pequeño quedó nuevamente aturdido provocando la reacción de Obus quien seguía sin poder moverse ante la sujeción a la que estaba sometido por cuatro de los orcos.
—¡No lo toquen malditos! ¿No ven acaso que no puede hacerles daño alguno?
Entonces el orco que parecía ser el jefe se acercó a Bogul quien comenzó a arrastrase por la tierra alejándose de él hasta que quedó apoyado contra el tronco de un árbol sin poder moverse.
—¿Qué has dicho?
—Yo…yo…no he dicho nada – dijo temblando. Solo quería defenderme y defenderlo como pude. Nosotros no empezamos esta pelea. No somos enemigos ni peligrosos, solo estábamos tratando de escapar de esa terrible cueva donde creímos que moriríamos hasta que por la gracia de los dioses ustedes nos sacaron. Si han hecho ese esfuerzo, ¿por qué ahora quieren matarnos?
El orco se acercó más y más.
—Te lo preguntaré una vez más, ¿qué es lo que has dicho?
—Yo no he dicho nada, solamente he llamado a mi amigo para que me defienda de ustedes.
—¿Lo has llamado?
—¡Si! ¡Solo lo he llamado!
—¡Repite entonces su nombre!
—¡Obus! ¡Obus es su nombre!
—¡Mientes!
—¡Te juro que no miento!
Entonces el orco jefe se dirigió al resto de sus compañeros y les ordenó: – ¡suéltenlo! Pero te advierto que si haces un solo movimiento peligroso morirás al igual que tu amigo.
Los orcos obedecieron de inmediato sin alejarse demasiado de Obus para poder responder ante cualquier intento de ataque.
Bogul fue corriendo hacia Obus y aferrándose a sus pies le pidió que lo levantara y fue así que este lo ubicó alrededor de su cuello haciendo que el pequeño se sintiese más protegido.
—¡Dime tu nombre!
—Me llamo Obus.
—¿De dónde vienes?
—Es una larga historia.
—¿Prefieres contarla o prefieres morir al igual que tu amigo?
—Pertenezco a las tierras altas, pero…
—Pero ¡qué! – gritó el jefe.
—Hace poco más de dos años, casi tres, formé parte de una avanzada hacia la tierra de Bellitania.
—Eso está muy lejos de aquí; el gran mar nos separa.
—Así es, pero teníamos naves que, aunque rudimentarias, nos permitieron cruzarlo y llegar así a esas tierras.
—¿Y qué pasó?
—Entre las cosas que no sabíamos, fue encontrarnos con un territorio bellitano muy boscoso y difícil de atravesar, además de desconocer que los elfos son magníficos arqueros por lo que fuimos emboscados.
—Continúa.
—Fui alcanzado por varias flechas en mis piernas y pies, por lo que caí al suelo golpeándome la cabeza con una piedra perdiendo el conocimiento. Cuando desperté estaba solo y había sido atado de manera tal que no pude soltarme.
—¿Entonces?...
—Me trasladaron a una fortaleza donde fui recluido durante todo este tiempo.
—¿Fuiste torturado?
—¡Claro que no! Fui muy bien tratado.
—¡Eso no puede ser cierto! Los elfos son seres malvados que solo buscan prevalecer y la peor de todos es esa maldita Agnes, su elfa protectora.
—¡Te equivocas!, ama Agnes es maravillosa, al igual que los elfos cuando llegas a conocerlos.
—¿Ama Agnes? ¿Cómo te atreves a llamarla así delante de nosotros? Seguramente has traicionado a tu pueblo para salvar tu vida, delatando nuestra posición.
—Te equivocas, jamás me han pedido ningún tipo de información. Me han mantenido con vida bien cuidado y alimentado, me enseñaron su idioma y he sido muy bien tratado por mis carceleros hasta que se convencieron que podían confiar en mí permitiéndome moverme con mayor libertad, dentro de los límites de la fortaleza.
—Y... ¿qué ha pasado con el resto de tu expedición?
—Me han dicho que pudieron escapar, no los han seguido para exterminarlos (aunque hubiesen podido) por lo heridos que estaban, simplemente se aseguraron que llegasen a la costa para poder volver aquí.
—¿Y tú les crees?
—Por supuesto que les creo, ama Agnes me lo ha asegurado, sobre todo cuando supo que en la expedición estaban mi padre y mi hermano.
—¿Quiénes?
—Mi padre, el rey Hores y mi hermano mayor Farus. No espero que me crean, pero si nos ayudan y nos llevan ante ellos, seguramente confirmarán lo que les acabo de decir.
Se estableció un silencio profundo, abismal, que podía palparse, los orcos se miraban entre sí como no entendiendo lo que estaba ocurriendo, fue entonces cuando Obus comenzó a desesperarse y preguntó:
—¿Acaso mi padre y mi hermano no han vuelto? ¿Acaso han…han… muerto?
—Aún falta que nos digas cómo has llegado aquí de vuelta y, sobre todo…, si tan bien te han tratado estos elfos, dinos entonces por qué; para qué y, sobre todo, ¿¿¿cómo has regresado???
—Es una larga historia.
—¿Acaso están apurados por llegar a alguna parte? Nosotros tenemos todo el tiempo del mundo para escucharte.
—Está bien; les relataré absolutamente todo, pero…
—¿Pero?…
—Solo les contaré si prometen llevarme a mi aldea junto a mi padre.
—Mira bien a tu alrededor “Obus”, si es que verdaderamente ese es tu nombre y de verdad eres quien dices ser. ¿Ves algo que te indique que puedes establecer condiciones?
Entonces, pensando en su amigo Bogul que lo miraba con ojos suplicantes, decidió comenzar su relato.
—¿Podemos sentarnos en algún lugar? Estamos verdaderamente muy cansados.
El jefe les pidió a algunos de sus subordinados que trajesen unas piedras para sentarse y prendiesen fuego, pues se venía la noche y estaba seguro que lo que iba a escuchar demandaría mucho tiempo.
Sentados alrededor de la fogata y mientras tres de los orcos vigilaban el lugar, todos se sentaron dispuestos a prestar atención al relato de Obus quien ahora sostenía a Bogul sobre su regazo.
En un momento, mirando a los ojos a cada uno de los orcos, tomó con dificultad los brazos de Obus poniéndolos a su alrededor. Eso lo hizo sentirse más seguro entendiendo que era una señal de que hacerle daño no iba a ser algo tan fácil, ya que deberían pasar primero por su amigo y sabía que eso iba a ser muy difícil para cualquiera.




