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Recién en ese momento Bogul se permitió relajarse para escuchar también el relato de su amigo.
Obus continuó desde donde había quedado, es decir, a partir de la visita de Sarlo y Marco en la cueva. Omitió deliberadamente mencionar a Iris; no creía que sus sentimientos fuesen algo importante para estos orcos, y de esa manera la mantendría al margen como mecanismo de preservarla de quienes podrían en algún momento, no sabía cómo, utilizarla como su punto débil.
Además, así sería ya que depondría cualquier actitud por importante que fuese si ello pudiese poner en peligro la vida de Iris.
¡¡Sí!! Debía mantenerla al margen de todo esto.
Relató pormenorizadamente el encuentro con los elfos, la propuesta que le hicieron, y cómo trabajaron codo a codo con él en el armado de la estrategia para que la expedición a través del gran mar fuese exitosa.
El orco jefe le preguntaba los pormenores de la travesía y cómo habían pertrechado los navíos para enfrentarla. Quedó sorprendido ante la organización que tuvieron los elfos y lo bravíos que habían sido al enfrentar a las bestias marinas que tantas vidas se habían llevado.
Llamó su atención la valentía manifestada por los capitanes y sus tripulaciones para llevar a los sobrevivientes, a pesar de todo, a tierra firme. Pidió le hiciese un mapa en la tierra marcando específicamente la ubicación de la isla donde habían hecho noche, ya que no la tenían registrada en ninguna cartografía orca. Eso hizo Obus, explicándole pormenorizadamente cómo los monstruos marinos habían encantado a los elfos y habían sucumbido, a pesar de sus consejos.
—¡Te lo dije! ¡No nos toleran! Si te hubiesen escuchado no hubiesen muerto. Todos nosotros sabemos la existencia de estos monstruos, pero… creíamos que obedecían los mandatos de los elfos. Esto que nos estás relatando hecha por tierra nuestra teoría de que son demonios controlados por ellos para que nadie se acerque a Bellitania.
—Por supuesto que no lo son. Los elfos son seres pacíficos que no quieren la guerra en absoluto.
—¡¡Pero no te escucharon!!
—Con las creencias que como pueblo orco hemos tenido hasta ahora acerca de ellos, ¿tú los habrías escuchado si te hubieses encontrado en la situación contraria, o los hubieses desoído creyendo que se trataba de una mentira para mandarnos a una muerte segura?
El jefe quedó pensativo ante las palabras de Obus.
—Continúa – le dijo.
Prosiguió detallando cómo entraron al maldito bosque donde tantas bestias oscuras habían provocado la muerte de más elfos durante la expedición.
—Fue justamente allí donde yo aparecí – interrumpió Bogul.
—Y a ti ¿quién te ha pedido que abras la boca? – dijo el jefe, ante lo cual Bogul se trepó con miedo a la cabeza de Obus, quien hacía esfuerzos por sacárselo de encima.
—Tranquilo amigo, yo lo explicaré.
—Tiene razón mi amigo, fue precisamente él quien nos ayudó a atravesar ese maldito bosque minimizando los peligros que tuvimos que enfrentar de ahí en adelante
—Y tú; ¿quién eres? – dijo el jefe fijando sus ojos en él.
—Soy Bogul.
—No me interesa tu nombre enano, digo ¿qué eres?
—Soy un hada del bosque.
En ese momento él y todos los orcos comenzaron a reír a carcajadas, hasta que de pronto el jefe calló y, acercándose temerosamente le dijo:
—¡No te atrevas a tomarme por idiota enano! Te aseguro que no te conviene.
—¡Cálmate!… –le dijo Obus, intentando dirigirse a él por su nombre.
—Discúlpame, pero… no sé cómo debo dirigirme a ti. No sé tu nombre.
—Y tampoco necesitas saberlo, ¡continúa! – agregó el jefe.
—Entonces Obus prosiguió el relato sobre cómo Bogul había ayudado al diezmado grupo de elfos a continuar y poder atravesar ese bosque sin mayores inconvenientes.
Agregó además cómo los condujo a las tierras más altas donde, además del frío, debieron soportar el ataque del maldito Dullahan, el jinete sin cabeza.
—Te has enfrentado a Dullahan? – preguntó interesado el jefe.
—La verdad no nos hemos enfrentado, simplemente apareció de la nada arrojando las cabezas de tres elfos que habíamos enviado como avanzada para encontrar un lugar mejor para guarecernos del frío. No pudimos hacer nada y simplemente desapareció. Lamentablemente no fue nuestro último maldito encuentro.
—¿A qué te refieres?
—A que perdimos a nuestros valerosos comandantes, Marco primero y Sarlo después, en las garras de Dearg Due.
Ante ese relato el jefe les dio la espalda y se alejó unos metros del grupo, mientras fijaba su vista en el horizonte. Obus y Bogul no sabían qué hacer, no entendían si debían seguir con el relato o si debían esperar a que el orco regresase y les pidiese hacerlo, por lo que optaron por quedarse callados y esperar para dar respuesta a cualquier otro requerimiento.
Pasaron varios minutos hasta que el orco volvió. Ambos se dieron cuenta que el relato lo había movilizado; sus ojos estaban enrojecidos, haciendo dudar a Obus si era por ira o por tristeza.
Aunque pensó que ello era imposible, ya que semejante ser tan corpulento no podía sentirse conmovido ni triste por ese relato por lo que le parecía ilógico pensar en ello.
El jefe volvió a sentarse y les pidió le relatasen la situación en la cual los comandantes habían perdido la vida. Fue Bogul el encargado de explicar que en realidad Marco había sido asesinado por ella y que Sarlo, el elfo jefe, había intercambiado su vida por la de ellos para que pudiesen seguir en la búsqueda de la arcadiola y así poder regresar a Bellitania para salvar a la señora Agnes.
—Pero… – intentó comentar Obus.
—¿Pero? – interrogó el jefe.
—Decidí que no podíamos dejar a Sarlo en manos de esa maldita por lo que tomé la decisión de quedarme para intentar salvarlo de sus malditas garras, y mi amigo Bogul quiso acompañarme en esta locura. Así, llegamos con el grupo hasta la costa para aseguramos que nuestros compañeros regresasen sanos y salvos; fue entonces que pensé en buscar a mis compañeros, mi pueblo, en busca de ayuda.
—Yo no estaba seguro – afirmó Bogul.
—¿Por qué enano?
—Porque me preocupaba que no le creyesen y que ocurriese lo que justamente está pasando, que nos tomen prisioneros por creer que Obus fue en realidad un espía de los elfos, y ya ven que no es cierto.
—Luego, intentando salvarnos de la crecida del mar nos internamos en la maldita cueva del acantilado y el resto… el resto ya lo conocen.
Se hizo un gran silencio durante el cual todos los orcos se miraban entre sí como esperando ver la reacción de su jefe quien una vez más se alejó del grupo para meditar.
—¿Sabes algo de mi pueblo? ¿Puedes ayudarme a reencontrarme con ellos? Quisiera explicar personalmente a mi padre y mi hermano todo esto.
Entonces el jefe regresó acercándose a Obus mirándolo fijamente a los ojos, escudriñándolo tratando de encontrar en él algo que no le hubiese dicho.
—¿Conoces a mi familia? – le preguntó.
—La conozco – respondió el jefe.
—¿Me ayudarás a encontrarlos? Necesito verlos.
—¿Por qué los necesitas después de tanto tiempo?
—Porque somos familia; porque nunca he dejado de pensar en ellos, y porque quiero relatarles esto que te acabamos de contar, y…
—¿Y? – preguntó el jefe.
—Y pedirles ayuda para recuperar a Sarlo.
—¿Qué te hace pensar que está vivo?
—La maldita bruja lo quería vivo; lo deseaba para ella, por lo que debe haberlo mantenido con vida, y él debe haber hecho lo imposible para sobrevivir, si con ello aseguraba que dejase de intentar destruir a su hermana Agnes.
Se hizo un gran silencio que a la pareja de amigos le pareció una eternidad.
—El tiempo te ha hecho olvidar Obus – dijo el jefe.
—No te entiendo.
—Ya no reconoces a tu propio hermano.
Bogul quedó boquiabierto y Obus no podía dar crédito a lo que estaba escuchando.
—¡No puede ser! – ¿Farus? ¡No te reconozco; eres muy diferente a como te recuerdo!
—No hermano, no soy Farus, soy Fedor, tu hermano menor.
—¡Fedor!, pero si eras solo un jovenzuelo cuando partimos en la avanzada con Farus y nuestro padre.
—Es cierto, me llevas tres años y yo no tenía edad aún según nuestro pueblo para participar – Y así ambos orcos se fundieron en un abrazo estrecho, fuerte y largo.
—¡Hermano, qué alegría verte así convertido en un gran orco! ¡Qué orgullosos deben estar nuestro padre y hermano!
El grupo de orcos se miraban nuevamente entre sí desconociendo cómo seguiría la conversación.
—¿Qué pasa hermano?
—Te llevaré con nuestro pueblo, estos también son tus orcos, y así cada uno de ellos se inclinó ante Obus en señal de respeto.
—Gracias hermanos, agradezco vuestra actitud como así también agradezco a los dioses haberme permitido reencontrarme con mi hermano menor convertido en un gran orco. Ahora, no puedo esperar reencontrarme también con mi padre y mi hermano mayor.
—Debemos apurarnos Obus, para preparar un gran grupo de orcos guerreros que nos acompañen en el rescate. Te ayudaremos a rescatar a tu amigo, y de paso…
—De paso… ¿qué hermano?
—De paso podré vengarme junto a ti de esa maldita bruja.
—¿A qué te refieres?
—A que esa Dearg Due ha matado a nuestro padre y nuestro hermano.
—Fue hace unos meses, en una avanzada en busca de alimentos para enfrentar el crudo invierno, una columna encabezada por el gran Hores y Farus, se toparon con esa maldita disfrazada de una orca en peligro.
—Farus quedó obnubilado por ella cayendo en sus redes y desapareciendo del grupo. Al darse cuenta de lo que había pasado, nuestro padre, con unos cuantos orcos, fue en rescate de nuestro hermano, pero al llegar al maldito castillo se dio cuenta que habían llegado tarde. Farus yacía en el medio de la sala de esa maldita bestia, quien le había quitado el corazón.
—Ella solo reía ante los ojos nublados por las lágrimas de nuestro padre, quien alzó en sus brazos a su hijo y sin dudarlo caminó hasta el borde del acantilado y se arrojó con él. Ya te había perdido a ti y ahora a Farus; no lo pudo soportar.
—Así, al llegar el resto de orcos a nuestra aldea y relatarme lo sucedido me di cuenta que debía hacerme cargo de mi pueblo, pero ahora que te he encontrado y los dioses han vuelto a unirnos, eres tú quien debe dirigirnos y será un honor para mí y para todos los orcos encolumnarnos bajo tus órdenes y así juntos, ayudarte a rescatar a tu amigo y vengar a nuestra familia.
Los orcos volvieron a fundirse en un abrazo sincero, llenos de dolor por lo ocurrido, pero sabiendo que el odio que crecía lentamente en el corazón de Obus junto al que sentía Fedor, sería el motor que los llevaría a prepararse para enfrentar a la maldita Dearg Due.
Fedor tomó a Bogul subiéndolo a sus hombros:
—Ven enano, no temas; has ayudado a mi hermano por lo que te estoy muy agradecido. A partir de ahora encontrarás en nosotros un aliado, no debes temernos más.
De ese modo emprendieron el camino hacia la aldea de los orcos a paso firme, no podían darse el lujo de perder más tiempo en planear el ataque a la maldita bruja tratando de rescatar a Sarlo. Debían apurarse, el crudo invierno se avecinaba.
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