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Luego ya conoció a Antonio y dijimos de hacer una canción juntos para el Su, pero le gustó tanto la experiencia que dijo, «¿y por qué no hacemos un disco entero?». Y de ahí surge el Omega.
ANTONIO ARIAS: Enrique iba a colaborar en «La curva de las cosas»83, pero durante el 95, sabiendo que teníamos tiempo y queríamos hacer algo, empezamos a trabajar. Cuando presentamos Su en Granada, ya lo anunciamos como un concierto de Lagartija Nick con la colaboración especial de Enrique Morente. El bis fue [la canción] «Omega». Fue el 15 de diciembre del 95.
Con Su todavía tuvimos bastante presupuesto, pero al presentar la maqueta de Omega, ya vi que el rollo había cambiado. Habíamos reservado estudio para hacer un maxi al cabo de dos semanas, pero en Sony habían cambiado el A&R y me dijeron, «ahora has de hablar con este». Había entrado José Luis de Carlos, que había producido dos discos de Enrique. Yo dije, «de puta madre». Subimos a Madrid Eric y yo con nuestro abogado. Fue una reunión de crisis. Tan crítica que nadie se esperaba que fuese así. Llegados al minuto cuatro de la canción, nos dijo, «a la calle».
El cisma con el Omega fue tan grande… Oír una canción y que te enseñen la puerta de la calle no es normal en una compañía de discos, pero José Luis de Carlos ya venía caliente y tenía a Enrique enfilao. Yo no sabía lo que había pasado entre él y Enrique, pero cuando has trabajado con Enrique, tal como él trabajaba con las compañías, de esa manera tan caótica…
Cuando bajé a Granada a contárselo a Enrique, se partía de risa. «¿Qué te ha dicho?», me preguntaba. Y yo, «creo que me han echado». Ese golpe fue determinante. Fue un cambio muy gráfico que nos permitió entender cómo funcionan las multinacionales: «Aquí no mandas tú, aquí mando yo y, como mando yo, esto no lo vas a hacer». Te dejan flotar mientras les hagas gracia. Primero sientes el estupor. Te preguntas, «¿pero a vosotros que más os da si estáis forrados?». ¡Íbamos a grabar solo cuatro canciones!
ERIC JIMÉNEZ: Antonio estuvo prácticamente suplicándole. Confiábamos en que ese experimento podía salir de puta madre. Nos llamaba la atención que Sonic Youth estuviera con los Master Musicians of Jajouka y queríamos hacer algo así con Enrique. Pero no lo entendían. No había manera.
ANTONIO ARIAS: Era incomprensible. Llegó a tal punto la situación que, para poder salir en el disco, Sony nos quitó el 6% de royalties que nos hubieran correspondido. Esa fue su venganza. Incluso lloré al de la compañía porque llegó un momento en el que se posicionaron contractualmente y estuvimos a punto hasta de quedarnos fuera del disco.
Era llorar de frustración… «¿No nos queríais tanto?» Es la frustración más grande que he vivido. Por eso digo que trabajar con Enrique cambió mi manera de ver la música y el negocio. En la música es evidente por qué, pero en el negocio, si no llego a estar al lado de una persona tan potente, hubiera muerto de depresión. Lo sentí como si te roban a un niño chico.
A ellos cuando mejor les va es cuando lanzan a los perros. Lo que mejor tienen preparado es el gabinete de abogados. Como la SGAE. Pero al final de ahí también se aprende cómo había empezado la década y cómo se iba. Absolutamente como un terremoto. Un final muy sísmico.
Ahí aprendimos que has de saber cuándo termina tu relación con una compañía. Enrique trabajaba con unos, con otros, puteaba a este, al otro… El decía, «¡pues tendremos que sacarlo en otro sitio!». Y ahí es cuando varió el concepto del disco. Al principio era un proyecto más del grupo. Enrique lo convirtió en un disco más global, con mucha más gente. Y es mejor, porque le dio un aspecto más ecléctico y avanzado.
JUAN HERMIDA: Tengo las demos de Omega y eso era un disco de Lagartija Nick en el que colaboraba Morente. El resto del grupo no se podía creer que hubiesen creado ellos el disco y que Morente se hubiese apropiado de él. Pero cuando ya se publicó el disco, Morente contrataba a los Lagartija para hacer conciertos cuando él quería y le salían los números y, si no, tocaba el Omega con sus guitarristas flamencos. Eso desestabilizó al grupo por completo y lo rompió.
ANTONIO ARIAS: Siempre pensé que nadie observó el sacrificio que estábamos haciendo. Abandonarnos y quedarnos en un segundo plano era lo mejor para sacar el proyecto adelante. Me decían, «¿cómo te has ido con un gitano? Lo has dejado todo por un gitano». Y yo les decía, «¡que no es gitano!». Porque el aspecto musical o profesional ya no podías ni discutirlo.
Económicamente era perfecto porque viajábamos por todo el mundo con Enrique y ganábamos muchísimo dinero, pero volvías y te tenías que callar como una puta. Aunque lo contaras, a nadie le interesaba lo que hacías con «el gitano». Volvías a España y te topabas con esa pequeña incomprensión. Estabas en un barco muy bueno, pero a la deriva. Y completamente aislado porque todos te decían que eso eran chaladuras.
Estaban pegando El motor del autobús y los Dover. Veías cómo los cohetes iban volando por todos los lados y tú no sabías ni dónde estabas. No solo perdías tu posición en la compañía, sino tu posición ante el mundo. Con que cualquiera de ellos me hubiera dicho en aquel tiempo que le molaba el Omega, hubiera sido más que suficiente. «Una palabra tuya bastará para sanarme.» Pero a las corrientes más alternativas no les gustaba. Tampoco se lo recrimino. Lo mismo se compadecían por mí, pero nadie me lo dijo.
J: Antonio iba delante, a la vanguardia, y le han dado más hostias que a mí. Yo iba aprendiendo de las que le iban dando a él, y cuando empezó el Omega es cuando más se llevó: el grupo se deshacía, se peleó con el mánager… Ese proyecto no se entendía mucho. Nosotros tampoco lo entendíamos.
Antonio era muy beligerante. En las entrevistas, se desmarcaba de la escena. A mí no me parecía lo correcto. Había una escena muy interesante y todo el mundo junto iba a subir más parriba, pero él siempre ha preferido marcar su territorio como artista único que no pertenece a ninguna escena. Entonces yo pensaba que era un error. Ahora no sé si tenía razón él.
ABEL HERNÁNDEZ: No hay disco más indie que el Omega. En el indie español, donde hay menos obras importantes que actitudes, Omega es una de las contadas obras capitales. En la voz de Morente y en lo que suena a su alrededor, cristalizan muchas de las características del indie como estilo alternativo, del indie como fuerza de los márgenes, del que experimenta.
Es un disco de gente informada y apasionada por el arte en general; gente insatisfecha de manera crónica, inconformista. Choca de frente con cualquier clasificación o etiqueta. Se hace al margen de las estimaciones de la industria musical. Desprecia el éxito consensuado por el capital y el qué dirán de los expertos de los guetos musicales. Sintetiza fuerzas motrices esenciales del indie como estilo: la disolución en el sonido, en la textura y la expresión de lo intangible, y por otro lado, lo popular, en el sentido de lo folklórico y de la canción pop que se le pega a cualquiera. Asume ese aire loser tan propio de parte del indie español. Y es asumido como bandera por un público de insatisfechos con el rumbo de la cultura dominante.
ANTONIO ARIAS: No solo era un ejercicio intelectual, sino un ejercicio de progresión musical y físico porque desde el principio lo llevamos al directo. Y ahí notabas ese temor.
ERIC JIMÉNEZ: Jamás he vivido una reacción tan violenta como la del público del flamenco en el concierto con Morente en el Teatro Albéniz. El público del rock es más respetuoso. Nosotros hemos hecho conciertos que han sido una mierda, pero nos han dejado acabar. Pero ese día, la gente pegaba voces: «¡No hay derecho!». Faltó que vinieran los grises y disolvieran el espectáculo.
ANTONIO ARIAS: En el 98, tocamos en el Espárrago Rock y vimos que ahí estaba toda la gente. Al final, el éxito fue tan grande que llegó a abarcar las corrientes más alternativas tanto del lado de Enrique como del nuestro.

ANTONIO ARIAS: Val del Omar84 aún se lo tomaron peor. Los de Sony se creían que me había inventado el personaje de Val del Omar: las fotos, las letras, los aparatos… Yo les decía, «si me pudiera inventar todo esto, esta misma tarde me iba a Hollywood y me forraba». Cuando lo grabamos, ya teníamos claro que era el último disco con Sony. Ya nos habían puesto en Kaos, un subsello para grupos freakies, y no tratabas con el A&R, sino con un secretario del A&R. Era lo último que íbamos a hacer en Sony y dijimos, «vamos a hacer lo más radical que podamos y sepamos». Era una manera de dar ejemplo, y es de las cosas de las que más contento estoy: de haber entrado en Sony y que me hayan echado por hacer unos discos que no me han permitido volver a hacer.
Pero eso no solo minaba tu confianza en ti mismo, sino que fue el momento perfecto para que Los Planetas se llevaran a Eric. Le dijeron, «ahí no te hacen ni puto caso; eso que estáis haciendo no vale un duro, te vas a cargar tu carrera…». Fue la excusa perfecta para que Eric se largase. Pero, vamos, no hay nada que no me merezca, como dice la canción de León Benavente85.
ERIC JIMÉNEZ: La vinculación de Antonio Arias con ese disco fue brutal. Fueron dos años entregado a este disco, cuando mi idea era hacer el disco como un experimento y que luego Enrique siguiera con su carrera y nosotros con la nuestra. Nuestro público no iba a entender que saliéramos con un cantaor flamenco. A Enrique tampoco, pero él se va a un teatro, canta flamenco y tiene otra vez a la gente pillada. Nosotros veníamos de ser criticados por haber fichado por una multinacional. Era peligroso.
Me fui por tensiones con Antonio y porque el grupo estaba tomando otra directriz.
ANTONIO ARIAS: Val del Omar salió cuatro meses tarde porque exigían que quitase «Celeste», la canción que cantaba Enrique. Lo exigía Sony y lo exigía Enrique, después del feo que le habían hecho. Pero yo decía que no sacaba el disco sin esa canción. Además, a mi niña la llamé Celeste.
Ahora digo, «¿cuánto vale ahora todo ese tiempo pasado con Enrique?». «Pérdidas que aguardan ganancias son caudales redoblaos», decía él. Cuando Enrique se enfrentaba con las compañías, una de las razones era la propiedad de la grabación y la autoría. Yo no lo entendía. «Si te lo gestionan todo ellos, te dan dinero y te invitan a comer, ¿para qué quieres una editorial?» Enrique me decía, «Antoñito, nosotros hacemos discos para dentro de diez años». Él ya sabía que si luego quieres reeditar un disco, no te hacen caso, se pierden los másters y no hay manera humana de acceder a ese material.
J: Morente era un artista potentísimo y con unas ideas muy claras de todo lo que estaba haciendo. Era un artista auténtico e independiente como tienen que ser todos los artistas. Si no eres independiente, no eres artista siquiera. Y eso él lo tenía claro después de mucho tiempo de pelea.
ANTONIO ARIAS: Todo lo que aprendí del rock me lo enseñó un flamenco: ese es mi resumen de los 90. Manda cojones que te lo enseñe un cantaor, pero no te lo puede enseñar cualquiera porque el rock español no tiene esa longevidad artística. Uno se desvanece por sus problemas o por lo que sea, pero no hay ese estar siempre al pie del cañón, luchando y luchando.
J: El flamenco es el indie de hace cuatro siglos. Los flamencos llevan cuatro siglos haciendo indie, una música que pertenece no solo a una cultura underground, sino que ha sido perseguida. Para defender esa cultura, los gitanos se han tenido que esconder. Hay muchas culturas contrarias a la cultura mayoritaria y el flamenco es una de ellas. El flamenco ha transmitido esa tradición desde las cuevas, sin que nadie se enterara. Por eso los flamencos han sido recelosos de la industria y de la sociedad.
ANTONIO ARIAS: Como decía Joe Strummer en un documental sobre los Clash, nosotros cometimos todos los errores de este negocio y nos inventamos tres o cuatro más. J a veces me dice, «yo me he fijado más en tus errores que en tus aciertos». Los Planetas es otro grupo que, en cuanto entró en una multinacional, empezó a dar problemas. Siempre han sido muy porculeros con la compañía. Lo mismo es por ser de Graná.
BEMBIBRE
CON LUIS CALVO (ELEFANT), MIGUEL MORÁN (FIB), MONTSE SANTALLA (ELEFANT), COVA DE SILVA (PENELOPE TRIP) E IBON ERRAZKIN (AVENTURAS DE KIRLIAN / LE MANS).
En esta localidad minera de León, situada en la depresión del Bierzo, un territorio orográficamente angosto donde en los años 80 no llegaba la onda de emisoras como Los 40 Principales, creció Luis Calvo, fundador del sello Elefant. Y a pocos kilómetros, en un pueblo de apenas treinta habitantes, nacieron los hermanos Miguel y José Luis Morán, directores del Festival Internacional de Benicàssim.

Un adolescente Luis Calvo en la buhardilla de la casa de sus padres en Bembibre. (Cedida por Luis Calvo.)
DE LA MINA AL UNDERGROUND
LUIS CALVO: Nací en Madrid en 1968. Mi padre es ingeniero de minas y mi madre, ama de casa. Mi abuelo, el padre de mi padre, era picador. Empezó a trabajar en la mina con catorce años, acabó comprando una mina en el Bierzo, hizo dinero y se fue a vivir a Madrid. Murió muy joven, de silicosis.
Mi padre nació en un pueblo al lado de Bembibre, Montealegre. Hizo la carrera en Madrid, donde conoció a mi madre, y cuando acabó la carrera se hizo cargo de la mina de mi abuelo porque era el único chico de los cinco hermanos. Y nos fuimos todos a vivir a Bembibre.
Yo soy el pequeño de cuatro hermanos. En casa siempre ha habido una gran afición musical. A mis padres les gustaba mucho la clásica, pero tenían discos de los Beatles, de los Beach Boys… Hemos chupado mucha cultura. Desde pequeños hemos ido al teatro y al cine con ellos. A mi padre le encantaba la música brasileña, el northern soul y tenía una colección de easy listening brutal. Era normal tener música sonando en casa.
Mi madre tocaba la guitarra y mi hermana, también. Eran un poco hippies y los fines de semana, cuando éramos pequeñitos e íbamos a merendar al campo, tocaban canciones de ABBA.
MIGUEL MORÁN: Nací en 1962 en San Facundo, un pueblo de unos treinta y cinco habitantes al lado de Torre del Bierzo. Somos seis hermanos. Mi hermano Jose es del 67. Entre mis hermanos y mis padres éramos el 25% del pueblo.
Mi padre era minero y se dedicaba al campo. Empezó a trabajar a los doce años en la mina y murió de silicosis, la enfermedad de los mineros. Mi madre se dedicaba a la casa y al campo. Tenían poca afición musical.
En el pueblito había una escuela, pero para los hijos de mineros con pocos recursos había unas becas del estado para estudiar interno en colegios. Desde los diez años estuve interno en Palencia, en Zamora… Con jesuitas, con salesianos… Solo volvía a casa por vacaciones. Me saturé de tanta iglesia y dejé los estudios pronto.
LUIS CALVO: Mi padre tenía un casete grabador, grababa los programas de Aplauso y los escuchábamos en el coche cuando íbamos a Madrid en Navidades o a Alicante en verano. También grababa muchas cintas. En una cinta metía a ABBA, los Beatles, Elvis, Los Ángeles, Serrat… No recuerdo que no me gustase algo. Nunca tuve ese rollo de «esto no me gusta porque lo escuchan mis padres».
Cuando salió el primer equipo compacto, con radio, casete y tocadiscos, mi padre lo compró. Estaba en el salón, pero no se podía tocar entre semana. Los sábados yo me ocupaba de limpiar el salón. Era la manera de estar cuatro horas escuchando música. El olor a Centella me trae el recuerdo de los discos de Los Pistones, Aviador Dro y todo lo que escuchaba mientras quitaba el polvo.
En Bembibre había tiendas de electrodomésticos en las que vendían discos. Los padres de uno de Guedeon Della86 abrieron una. Yo oía canciones en Radio 3, pedía los discos en la tienda y me decían, «no lo tengo, pero el martes viene el que los trae». Y los martes, cuando venía el viajante, yo rebuscaba entre las novedades que la tienda no quería. Llegaba con el coche y en la parte de detrás tenía los discos en cajas. Al principio no me dejaba meterle mano a los discos, pero más adelante, sí. Le pedía cualquier disco y, si no lo tenía, lo traía la semana siguiente.
Aunque vivía en un pueblo, había muchas maneras de enterarte de las cosas. Cada semana tenías en televisión Caja de ritmos, Pista libre, Musical express… Veía todos los programas. Y en La edad de oro veía a los Residents, a Parálisis Permanente, a Psychic TV… Cada semana podías descubrías uno o dos grupos nuevos.
MIGUEL MORÁN: Mi afición por la música viene de Radio 3. Era lo único que se oía en ese pueblo tan pequeño perdido en la montaña. En San Facundo vivía un primo un poco mayor y muy musiquero. Estábamos todo el día en la calle escuchando Radio 3. Entonces escuchaba a Bob Dylan, a los Rolling Stones, a los Creedence…

El carnet que acredita a Luis Calvo como mutante número 161 del club de fans de Aviador Dro. (Cedida por Luis Calvo.)
LUIS CALVO: En Bembibre solo se escuchaba Radio 3. No llegaban Los 40 Principales.
En el año 81-82 descubrí, sobre todo a través de Esto no es Hawaii, a los Zombies, a Alaska y los Pegamoides, a Radio Futura, a Los Secretos… El Diario pop era más música internacional: los Cure, los Psychedelic Furs… Yo escuchaba música de todo tipo: los Cure, Siouxsie, Kraftwerk, Talking Heads… Y me encantaba. Pero, para mí, escuchar a los grupos en castellano, vivir el nacimiento de DRO y de las compañías independientes fue muy fuerte.
La gente no creía en la música española en el año 81-82, pero para mí era muy importante. Lo mío entonces ya era una lucha personal por difundir todo eso. Con trece años grababa cintas a toda la gente del pueblo y estaba en contacto con DRO, Tres Cipreses, Spansuls… Les pedía discos por correo y me mandaban alguno de regalo. Era muy fan de Aviador Dro. Con quince años tenía mi «carnet de mutante». Mi trabajo de filosofía en el instituto fue sobre el primer disco de Aviador Dro, que venía con un manifiesto. Tengo todos sus manifiestos, me escribía con ellos, con Metalina 287…
En Ponferrada y en Bembibre no se pinchaba música española. Poco a poco fue ganando terreno hasta que hubo un momento en que todo el mundo estuvo concienciado. Pero para entonces ya no había nada que molara. A partir del 84, todo el rollo de Décima Víctima, Glutamato Ye-Yé o Sindicato Malone se había perdido.
En el 85 me empezó a decepcionar el pop español. Los grupos se habían vuelto comerciales, las compañías independientes estaban desapareciendo… Yo ya ni compraba los discos, porque lo que hacían era terrible. Grupos que me habían gustado, como Radio Futura o Loquillo, ya no me parecían tan interesantes. No me importaba que fuesen grandes superventas, pero, comparado con lo que se había hecho en el 81-82, los discos que salían eran malos.
MIGUEL MORÁN: Mi padre se retiró de la mina por enfermedad hacia los treinta y ocho años y en el año 82 mis padres montaron un bar en Torre del Bierzo, un bar típico de pueblo. Mi hermano Jose y yo nos encargábamos del local y a veces poníamos música en un equipito.
LUIS CALVO: Antes de entrar en el instituto, mis padres se compraron una casa. Encima había una buhardilla. Allí instalé un radiotocadiscos de mueble, monté un sistema de altavoces y me hice mi espacio. Las paredes estaban llenas de pósters: del último concierto de Parálisis Permanente en León, de Psychedelic Furs… ¡Los pegué con cola!
Ahí pasaba prácticamente todo el día. Y en la buhardilla de al lado pasaba lo mismo. Estaba Uco, un amigo tres años mayor que yo con una colección de discos muy grande. En esas buhardillas se montó un grupo de amigos y la gente traía discos. Intercambiábamos cintas y nos pasábamos cosas de una buhardilla a otra. ¡Era un sitio muy guay! Había colchones, sillones… A veces, en vez de ir a la discoteca, poníamos dinero, comprábamos cosas y pasábamos la noche allí. Era muy grande: cabíamos quince personas. Mi buhardilla era la más sofisticada porque tenía un sistema de iluminación hecho con botes de Nesquik. A veces se quemaban o saltaban los plomos de mi casa mientras veían la tele.
Éramos una pandilla pequeña: los raros del instituto. Vestíamos raro, fumábamos porros… Yo era tirando a afterpunk. Iba con camisetas de Joy Division. Éramos un círculo de amigos con mucho interés por la música.
Cuando iba con la familia a Madrid, iba a Kentucky, Del Sur o al Rastro y compraba todos los fanzines que veía. En el colegio hacíamos una revista, así que me pareció lógico hacer un fanzine. Se llamaba Represión. El nombre lo elegí yo. Era un fanzine de tendencia punk, pero había artículos de todo tipo: de los Violent Femmes a los Smiths. Yo era muy fan de Décima Víctima y Parálisis Permanente. Me gustaban La UVI y Kortatu y, a la vez, Sergio Mendes, La Mode y Los Panchos. Tengo la primera casete de Desechables, el primer single de Último Resorte, de Kangrena… En uno de los números hice una lista de mis canciones favoritas internacionales y había de todo: Violent Femmes, Waterboys, Shop Assistants, Smiths…
Sacábamos un número y entre la fiesta y la gente del instituto se vendía en un día. El primer número valía cien pesetas. El segundo, cincuenta y ponía algo así como «este fanzine cuesta ochenta pesetas, pero gracias a la publicidad pagas menos». En la fiesta del primer número tocaron Ópera Prima, el grupo de Alejandro Díez anterior a Los Flechazos, y Los Vagos de Minnesota, un grupo de rockabilly. Me fui en autobús hasta León para fotocopiar el fanzine porque era mucho más barato que hacer las fotocopias en Bembibre. Un día lo dejamos y al otro fuimos a recoger las copias.
Cuando entré en el instituto, los viernes era el día de la discoteca. Solo había una en Bembibre, la New Brothers. Me hice muy amigo del dueño. Le caí en gracia y me hicieron un carnet. Y todos los viernes iba a primera hora, cuando no había nadie, y me tiraba dos horas escuchando las novedades con él. Al dueño le gustaba mucho la música soul y disco. Y yo iba con mis discos de Parálisis, de Los Pistones, de Décima Víctima…
MIGUEL MORÁN: Conocí a Luis muy jovencillo. Bembibre estaba a seis o siete kilómetros de mi pueblo. Íbamos a su casa a escuchar discos en la buhardilla. Luego empezó a pinchar en una sala y a montar conciertos. Una vez trajo a La Polla Records y a Kortatu. Nos grabaron el concierto desde la mesa y nos lo llevamos en una cinta.
LUIS CALVO: Con diecisiete años me puse a trabajar en otra discoteca de Bembibre que se llamaba Fito’s. Era una sala muy grande, para mil quinientas personas. Yo era el disc-jockey de la sala y programaba los conciertos. Cuando vinieron La Polla Records y Kortatu, el pueblo y la discoteca se llenaron de punkies. También vino a tocar Luz Casal. Y Paul Collins Beat.
Los viernes y sábados abría solo una planta. Era para los amigos, y entonces podía poner The Cure, Aztec Camera, Everything But The Girl, música española… Hasta venía gente de Ponferrada. Abría hacia las siete o las ocho y estábamos hasta las cuatro o cinco de la mañana. El domingo abrían las dos plantas porque venía gente de los pueblos de alrededor, y entonces tenía que poner italodisco y cosas así.
En la discoteca me pasaba la noche grabando a la gente cintas con la sesión que estaba pinchando. Mucha gente de Bembibre tendrá cintas mías. A Miguel también le grabé. Era uno de los amigos que iba a la discoteca. Muchas noches acabábamos en el bar que tenían sus padres.
Montse88 también es de Bembibre. Nos conocimos en el instituto. Montse iba la discoteca Fito’s a bailar. Yo era muy amigo de su hermana mayor y también le grababa cintas.




