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El fichaje de Jone fue mejor de lo que creímos. Su padre tenía unas oficinas en el barrio de Amara. Íbamos a ensayar los sábados y domingos a las cuatro de la tarde. Era una habitación que daba a la calle, como un escaparate, pero había unas cortinas muy bonitas con lamas como de los 70. Corríamos los cortinones y ensayábamos detrás. No pagábamos alquiler. Eso fue importante. A lo mejor si hubiésemos tenido que pagar habríamos puesto más pegas.
EL INSTITUTO PEÑAFLORIDA Y EL USANDIZAGA
IBON ERRAZKIN: Hice dos números de Interiores en el 84 y en el 85 hice otro fanzine: Imagen pública. Yo era muy fan de PiL. El primer número era una cosa muy finita con muy pocas páginas. En el fanzine hablaba más de grupos locales que de fuera, aunque si caía en mis manos algún New Musical Express fusilaba alguna entrevista. Pero la gracia era entrevistar a grupos locales, hacerles cuestionarios… En el segundo número ya entrevisté a La Insidia.
Hice tres números y con cada uno organicé una fiesta para presentarlo. Para el primero monté un concierto con La Insidia y La Vieja Escuela. En la presentación del segundo tocaron Duncan Dhu en Altxerri, una especie de galería de arte y bar de jazz. Ya había empezado a tocar con Teresa y teníamos planes de hacer algo, pero yo entonces me dedicaba más al fanzine.
La Insidia era un grupo de culto en Donosti. Para la gente de nuestro círculo era el mejor. Javier Aramburu tenía un par de años más que yo. Tenía una presencia muy especial y era muy carismático. La Insidia no se parecía nada a Family. Era bastante oscuro. Javier cantaba como Martin Bates de Eyeless In Gaza, desgañitándose.
RICARDO ALDARONDO: A Javier e Iñaki [Gametxogoikoetxea] los conocí por el programa. Ponía las primeras canciones de La Insidia, iba a verles en directo y era fan. Estuve en La Insidia en la segunda parte de la vida del grupo, más o menos del 85 al 88, tocando la guitarra y algún teclado.
TERESA ITURRIOZ: ¡La Insidia y Matrona Impúdica eran mis grupos favoritos! Tampoco eran tan distintos. La Insidia era muy desgarrado. Yo era joven y me gustaba lo desgarrado. Matrona Impúdica también eran desgarrados y me encantaba cómo tocaba el bajo Jose Gregorio Izkue: me recordaba al de los Stranglers, moviendo la patita mientras cantaba. Todo me parecía muy exótico y bonito. De La Insidia también me gustaban mucho las letras. En mi casa estaban aburridos de La Insidia, de tanto que los ponía. La única forma de oír esos grupos eran las casetes.
IBON ERRAZKIN: Había muchos conciertos en salones de actos de institutos públicos como el Peñaflorida y el Usandizaga94. Eran conciertos a los que iban fácilmente doscientas o trescientas personas. Ibas allí los viernes por la tarde y tocaban tres grupos. Allí vi a Duncan Dhu cuando empezaban, a Matrona Impúdica y a La Vieja Escuela, un grupo que parecía que iba a ser tan conocido como Duncan Dhu y La Dama se Esconde, pero que se separó pronto.
Esos conciertos los montaban los alumnos del instituto: gente de dieciséis y diecisiete años. El público era de su misma edad y los grupos, también. Y el ambiente era muy mixto. Había muchísimas chicas.
RICARDO ALDARONDO: A mediados de los años 80, los grupos pedíamos permiso en los institutos y montábamos pequeños festivales con dos o tres grupos, sobre todo coincidiendo con el comienzo de las vacaciones de Navidad o Semana Santa. Mogollón surgió en el Instituto Peñaflorida, en la Navidad del 78, tocando entre clase y clase y en los recreos. Nuestro primer concierto fue en la fiesta de fin de trimestre en el salón de actos.
TERESA ITURRIOZ: Es una pena que se dejaran de hacer conciertos allí porque si yo quise tocar el bajo fue porque veía que no era solo una cosa para la gente importante que estaba en Madrid haciendo música en discográficas. Tu vecino de al lado lo hacía y tú lo podías hacer también. No creo que entonces lo pensase con estas palabras, pero quería hacerlo y lo hice.
IBON ERRAZKIN: Los conciertos en los institutos duraron hasta el 87. Dejaron de hacerse probablemente porque la gente que estaba en 3.º de BUP en el 85 ya había dejado el instituto y nadie tomó el relevo.
JAVIER SÁNCHEZ: Recuerdo perfectamente un concierto de Aventuras en el Instituto Femenino. Aquello era alucinante. El Instituto Femenino y el Peñaflorida estaban pegados. Una semana se tocaba en uno y a la siguiente en el otro. Ojalá volvieran a hacerlo. Que los menores de dieciocho años no puedan ir a conciertos me parece una aberración.
IBON ERRAZKIN: Tengo nulas dotes de mánager, pero al principio me encargué yo de buscar conciertos. Era fácil. Txuribeltz era un bar siniestro y de rollo valenciano. Traían mucho a tocar a Comité Cisne. Para el bar era bueno porque se llenaba. Movíamos gente de nuestra edad; unas doscientas personas, de las cuales unas treinta tocaban en otros grupos a los que luego también íbamos a ver. Todos tocamos en Txuribeltz tres o cuatro veces.
RICARDO ALDARONDO: Ibon era muy jovencito y tímido, pero yo ya conocía su buen gusto y sabiduría musical, que desde el primer momento se reflejó en las canciones. Me llamó la atención lo que luego a todos: el minimalismo —o quizá habría que hablar de modestia muy bien aprovechada—, las melodías encantadoras, un sentido de lo naíf nada infantiloide, las baterías primitivas de Peru… Todo estaba hecho con una naturalidad y espíritu artesanal que los hacía diferentes a todo. Además eran muy prolíficos y desde el primer momento tuvieron su sonido muy definido y claro.
JAVIER SÁNCHEZ: Unos cuantos seguidores íbamos a todo lo que se movía. Equiparábamos Aventuras de Kirlian con Radio Futura o los Pegamoides. Fuimos a muchísimos conciertos de Aventuras. El ambiente era de fascinación. Era ver a un grupo diferente que traía cosas que no habíamos oído. Y eran sencillas de hacer, en teoría.
No eran buenos en directo, pero eso era parte del atractivo. Pensabas, «no hace falta tocar como los de la tele, puedes salir a tocar dos cuerdas mientras merezca la pena y tenga un sentido». Hacían una música totalmente novedosa con la mayor sencillez y con melodías increíbles. Nosotros, que ya teníamos inclinación por las melodías, alucinábamos.
JAVIER SÁNCHEZ: A través de Aventuras empezamos a tener contacto con La Insidia. Mikel y yo íbamos a verlos y alucinábamos. Era un espectáculo verles. Se creaba una atmósfera alucinante. Estabas viendo algo único. Te das cuenta de que estás delante de alguien especial en muy pocos momentos de tu vida. Y teníamos clarísimo que con esa edad y esas canciones eran muy poco de este mundo. Estaban tocados por una varita. Estaban Iñaki con su bajo y los teclados, Ricardo Aldarondo a la guitarra haciendo punteos y ruidos varios y Javier a la guitarra y la voz.
Un día Javier Aramburu se puso unas gafas de lectura, sacó un libro y musicaron un poema de Lorca. Pero no era algo pretencioso, sino natural. En ellos parecía lo más lógico del mundo. A nosotros, las letras nos parecían un accesorio para formar la melodía de la voz, pero con las suyas te derretías. Te dejaban baldado, fueran o no de Lorca. Tenían esa aura especial en cada uno de los directos. Volvías totalmente embobado a casa.
MIKEL AGUIRRE: Aventuras de Kirlian eran un mundo aparte: unos Young Marble Giants de Donosti, una Velvet Underground menos ruidosa, un grupo extraño. Aventuras de Kirlian y La Insidia me marcaron mucho.
Si tenías oportunidad de ver a Javier Aramburu a finales de los 80, valía la pena. Era muy bueno, muy de vanguardia. Vi a La Insidia en la sala Komplot en un concierto en el que también tocaron Aventuras de Kirlian y 23 Ojos de Pez. En 23 Ojos de Pez también tocaban Ibon y Jon Iceta, el hermano de Peru. Eran una mezcla de Talking Heads y Orange Juice de Donosti.
RICARDO ALDARONDO: Javi Pez estaba totalmente conectado con Ibon y La Insidia. El primer disco que hizo como Parafünk me parece una obra maestra incomprendida y olvidada, y pionera en la forma de rapear y de mezclar hip-hop y soul, y en el arte del sampleado. Como no lo publicó con Siesta o Elefant y no encaja en aquella etiqueta de «pop de mesa camilla», parece que no forma parte de esa escena. Además, después Pez montó su sello discográfico y estableció conexión con la escena dance de Barcelona.
JAVIER SÁNCHEZ: Cada grupo era muy diferente del otro. Y todos tenían una personalidad muy marcada. Decías, «madre mía, las cosas que pueden pasar en una ciudad tan pequeña». Nos preguntábamos, «si me voy a Gijón o a Bilbao, ¿pasará lo mismo?». No teníamos ni idea. Para nosotros Aventuras, La Insidia y 23 Ojos de Pez eran el trío de ases.
IBON ERRAZKIN: El boom de los sellos independientes ya había pasado. Grabábamos maquetas pero pensábamos que a lo sumo la pondrían en Radio Cadena. Era impensable mandar una maqueta a DRO. Era tan difícil como que en los 70 te fichara CBS. Esas discográficas se habían convertido en estructuras muy grandes. Aventuras nunca mandamos una maqueta a una casa de discos. Lo veíamos tan lejos que la música se convirtió en algo muy idealizado y muy arty.
Hacías una maqueta con una portada a mano, se la pasabas a tus amigos y se movía en un ambiente muy de exigencia. Tenías que ser muy artista. No había ninguna intención comercial ni de hacer algo bien grabado en un estudio para moverlo por discográficas. Era más de ideas y de evolucionar todo el rato, de dejar atrás lo anterior. No recuerdo hablar nunca de grabar un disco. Estos grupos estuvimos grabando maquetas tres o cuatro años. El modo de expresión era la maqueta. Grababas una cada tres o cuatro meses con las canciones nuevas y parecía suficiente.
OTRO GRUPO DEL SAN IGNACIO DE LOYOLA
IRANTZU VALENCIA: Nací en Donosti en 1973. Mis padres son de Navarra. Mi padre escuchaba música clásica y mi madre, Serrat, Battiato, Neil Diamond… Cuando íbamos en coche, a Battiato me lo sabía de memoria. Mis dos hermanos me llevan nueve y siete años y han estado en grupos. Ignacio, en La Dama se Esconde, y Pedro, en un grupo de ska, Página 3, que solo publicó maquetas.
Antes de La Dama se Esconde, eran Agrimensor K, la cosa más siniestra del mundo. Mi hermano se pintaba los ojos, se cardaba el pelo… Yo tenía nueve añitos y pensaba que todos los hermanos mayores eran así. Para integrarme en el colegio con mis amigas y amigos, oía a Hombres G, pero mi hermano tuvo una afición muy temprana por lo oscuro y en casa los Cure sonaban todo el día. Mi hermano fue a verlos a Pau, a Francia, con Nacho Goberna. Les tuvieron que llevar mis padres. Los dos eran bastante tímidos e introvertidos, pero superaron sus timideces, se hicieron pasar por periodistas y lograron entrevistar a Robert Smith.
Cuando fui adolescente mis padres ya estaban curados de espanto. Que yo tuviera un grupo les parecía normal. Lo mío les parecía muy naíf; de hecho, lo era.
JAVIER SÁNCHEZ: Nací en Donosti en 1971. Mi abuelo paterno tocaba el violín y la bandurria o el laúd en alguna banda local. Y mi padre de muy joven tocaba un poco la guitarra, aunque yo nunca le he visto hacerlo.
Mis padres estudiaron Económicas, lo que en su tiempo era Mercantil. Eran funcionarios. Tenían colecciones de música clásica de Deutsche Grammophon y cuando viajábamos por la geografía española oíamos muchas cintas de los Beatles, de la tuna y música española. De pop, cero. Somos cuatro hermanos y viajábamos atrás apretados. Eso de los cinturones de seguridad era cosa del futuro. Jugábamos al ajedrez de plástico imantado o echábamos la siesta cuando ponían música. Al final te aprendías las diez o quince cintas de siempre.
Mi hermano mayor, José Luis, empezó a tener gustos propios. Tenía cuarto propio y empezó a traer discos de la primera movida: Kaka de Luxe, Parálisis, los Gabinete de «Golpes» y «Obediencia y nada más», Polanski [y el Ardor], Derribos Arias… Borja95 y yo, que nos llevamos solo un año, empezamos a poner la antena y a alucinar bastante. Íbamos a su cuarto, donde tenía el típico tocadiscos portátil en el que no entra un LP entero. Ese fue el inicio de todo.
En medio hay una hermana, Laura, que tocaba la guitarra española. Fue el primer instrumento que vimos en casa. Más adelante se aburrió y la empezamos a coger y a ver —por imitación— que se podían hacer cosas.
MIKEL AGUIRRE: Nací en 1974. Mis padres son vascos, pero yo nací en Madrid, como todos mis hermanos. Del 74 al 80 viví en Madrid. Mi padre era gerente de concesionarios de BMW y nos fuimos a vivir a Sevilla tres años. En el 83, con nueve años, llegué a San Sebastián. Mi madre tocaba un poco la guitarra. Siempre ha habido vinilos en casa: de los Rolling Stones, los Beatles, María Dolores Pradera, tangos, Sinatra, algo de jazz… Yellow Submarine, con esa portada con esos dibujos animados y esa melodía tan charanguera… es como un jingle que siempre he tenido presente.
Somos tres hermanos y una chica, la pequeña. La música me ha venido a través del mayor, Iñaki. Él empezó a tocar la guitarra en Sevilla con un profesor gitano. Con doce años yo ya andaba enredando con mi guitarra. Tocar la guitarra siempre me ayudó en el proceso de adaptación a los sitios donde íbamos, así que empecé a dedicarle tiempo.
Mi hermano Iñaki iba a clase con Ibon Errazkin. Hicieron un intento de montar un grupo de tangos instrumentales, pero les duró un par de semanas. A Ibon, además de como músico, le he tratado mucho por ser amigo de mi hermano, y es un tío con un talento, un amor y un conocimiento de la música terrible. Ya con diecisiete o dieciocho años tenía mucha habilidad y un estilo de tocar muy particular. Es un tío muy humilde y ha sido muy gurú. A través de mi hermano me llegaban cintas de Ibon con grupos de la C86 ingleses, Primal Scream, Felt, todo lo de Sarah Records, Orange Juice… Me dio muchas ganas de montar una banda y hacer lo que hacían ellos.
IBON ERRAZKIN: Pedro, Javi, Borja, Mikel e Irantzu iban a mi colegio. Eran algo más jóvenes que yo.
MIKEL AGUIRRE: La Buena Vida es un grupo formado en los Jesuitas de San Sebastián. Yo era el más pequeño. A Raúl96 lo conocí un día porque llevaba una camiseta de The Head on the Door de The Cure. Le dije, «buen grupo, buen disco». Mi hermano había vivido un año en Estados Unidos y compró un montón de LP de Violent Femmes, de R.E.M… Un día le llevé algunos y le dije, «escúchatelos y ya me dirás». Así fuimos trabando amistad.
JAVIER SÁNCHEZ: Un chico de mi cuadrilla me dijo que conocía a un chaval al que también le gustaba la música, y así conocí a Mikel. Yo tenía quince años y él, doce, pero me encontré con un tipo con unos gustos totalmente equiparables. Los dos escuchábamos a Killing Joke, a Bauhaus, a los Cure, a los Smiths… Yo pensaba, «¿qué clase de crío escucha esto?».
IRANTZU VALENCIA: Raúl era de mi curso, aunque no iba a mi clase. Llamaba la atención porque iba con abrigos largos, zapatos de plataforma, camiseta de los Cure… A Javi y Borja les conocía del autobús del colegio.
MIKEL AGUIRRE: Yo sabía que el hermano de Irantzu era el de La Dama se Esconde. Yo jugaba en el equipo de baloncesto y ella jugaba en el equipo de chicas. Un día le dije que me gustaba mucho La Dama se Esconde.
IRANTZU VALENCIA: En un 99%, mi afición musical me viene de mis hermanos mayores. Y eso es algo común en La Buena Vida. Todos teníamos hermanos mayores y empezamos a tocar porque nuestro hermano había descubierto tal grupo, y tú, como hermano pequeño, estabas allí mamándolo todo. En esos momentos, tener un grupo te parecía lo normal. Te juntabas con cuatro amigos, veías que todos sus hermanos tocaban y pensabas que eso pasaba en todas las familias. Yo asumía que todos los hermanos mayores tenían grupos musicales y que los pequeños nos nutríamos de eso.
MIKEL AGUIRRE: Algunos amigos de la cuadrilla de mis hermanos eran los hermanos de Javi y Borja. Javi era bastante mod. El piojo —la típica gabardina verde de los mods— era una prenda bastante habitual en Javi. Y la camiseta con el logo de los Who o los Jam. Un día dijimos de quedar un fin de semana a ver si hacíamos algo.
JAVIER SÁNCHEZ: Yo jugaba al fútbol en la playa, como todos los chavales. Y allí empezabas a ver gente a la que le interesaban otras cosas aparte del fútbol, hasta que un día te ibas con unos amigos a ensayar sin darle más trascendencia.
Mikel y yo enchufamos nuestra primera guitarra eléctrica a una entrada de micro en el tocadiscos de mi hermano mayor para que sonara por los bafles. Todo el mundo te decía que si hacías eso te ibas a cargar el tocadiscos, pero ¡era una eléctrica! ¡Tenía que sonar! Debía de sonar a rayos. Mikel traía una guitarra española de su hermano. Y entre mi guitarra eléctrica, la de Mikel y la española de mi hermana empezamos los dos.
No llegamos a un acuerdo, pero hubo un pacto tácito de «tú buscas a uno de tu cuadrilla y yo a uno de la mía». Mikel trajo a Raúl y yo traje a Pedro97. Pedro iba a mi clase. Nadie sabía tocar nada, así que no había requisitos para entrar. Las guitarras ya estaban ocupadas, así que Raúl se puso a la batería y Pedro cogió el bajo.
Pedro no tenía ni idea de tocar el bajo, pero en seguida empezó a buscar notas que se podían tocar con otro acorde como base, cosas que a nosotros ni se nos ocurrían ni nos interesaban. En seguida aprendió a tocar la guitarra y con el tiempo se metió con el piano. Fue un fichaje de los de antes de la Real, que salía barato y luego era el mejor.
Al principio cantaba solo Mikel. Porque cantaba muy bien y, además, porque nos divertíamos mucho en los ensayos. Imitaba a Jim Morrison, a Morrissey, a Peter Murphy… ¡Los clavaba todos!
No sé si sería por influencia de Aventuras, pero queríamos a una chica.
IRANTZU VALENCIA: Yo iba a la escolanía de San Ignacio, un coro muy reputado que ha ganado bastantes premios. Son los cachorros del Orfeón Donostiarra. Yo estaba tan feliz con el Réquiem de Fauré. Era un contraste muy bestia porque allí cantaba cosas superclásicas y luego en casa escuchaba otro tipo de música.
Entramos dos chicas: Laura Franco y yo. Como cantábamos en el coro, nos dijeron, «¿os apetece venir un día al local?». Yo, que me apuntaba a un bombardeo, dije que sí. Estuvimos varios meses haciendo coros. Luego Laura lo dejó y yo fui cogiendo más peso porque les iba gustando la idea de que cantara una chica.
JAVIER SÁNCHEZ: El nombre del grupo vino por un amigo mío, Pablo. Estábamos un día en la playa, salió la expresión «la buena vida» y pensé, «qué guay». Fue en La Concha o en Ondarreta. La playa y la buena vida van bastante unidos. Lo planteamos en el local y todos dijimos, «sí, sí, sí, sí». No sé por qué hubo esa unanimidad, pero empezamos a ensayar regularmente con ese nombre. En cada ensayo nos salían dos canciones y te ibas a casa tarareando la canción nueva encantado de la vida.

MIKEL AGUIRRE: Ensayábamos en el garaje de los padres de Javi, el típico garaje cerrado con una puerta metálica.
JAVIER SÁNCHEZ: Teníamos que sacar el coche de la plaza para poder montar todos los instrumentos. Ninguno tenía carnet y había que empujarlo. Yo me sentaba al volante, daba la curva y lo dejábamos al fondo. Cuando venía algún otro coche, teníamos que meter el nuestro para que pudiera pasar.
IRANTZU VALENCIA: Al final ya era una rutina. «¡Que viene el vecino! ¡Hay que meter el coche!» Y otra vez a desmontar los instrumentos, meter el coche, sacarlo otra vez, volver a montar los instrumentos… Pero nos parecía que teníamos una suerte del copón por tener un garaje donde tocar.
JAVIER SÁNCHEZ: En el garaje hicimos un ensayo público para amigos. Vendrían unas veinte personas. Ese día Aventuras nos dejaron todos los instrumentos. No teníamos ni un ampli. Luego pedimos un crédito y compramos unos amplis cutrísimos y alguna guitarra. Fuimos a una tienda que acababa de abrir y nos dijeron que nos lo podían financiar a través de un banco que les daba facilidades. Fuimos con el contacto de la tienda y nos dieron la financiación.

La Buena Vida. De izquierda a derecha: Raúl Sebastián, Irantzu Valencia, Javier Sánchez, Mikel Aguirre, Pedro San Martín y Gorka Sánchez. (Foto de Iban Martín. Cedida por Javier Sánchez.)

La Buena Vida durante uno de sus primeros ensayos en el garaje de los padres de Javier y Gorka Sánchez. (Cedida por Javier Sánchez.)
MIKEL AGUIRRE: En el colegio, el rock and roll no estaba muy bien visto. Durante años los curas prohibieron los conciertos en el salón de actos porque había habido follones cuando tocaron los de Duncan Dhu, que también venían de Jesuitas. Los de La Dama se Esconde también estudiaron allí. Todos venían del San Ignacio de Loyola.
JAVIER SÁNCHEZ: En ese salón del colegio se hacían obras de teatro para los pequeños. Allí mismo habían tocado Los Aristogatos, el grupo previo a Duncan Dhu, y Agrimensor K. Y allí dimos nuestro primer concierto.
IRANTZU VALENCIA: Era muy importante para nosotros tocar allí. Significaba compartir el grupo con la gente de tu colegio, con el peligro de que, a partir de ese día, te podían vacilar el resto de años que te quedasen en el cole. Pero nos daba exactamente igual. Yo estaba en 2.º de BUP. Mikel acababa de llegar de estudiar un año en Estados Unidos. Seguro que fue Pedro quien metió mano y dijo, «venga, venga, vamos a tocar este año en las fiestas del colegio».
Fue divertidísimo. ¡Un conciertazo! Y sonamos tan acelerados… Pero nadie nos decía, «qué guay, qué chulo, me encanta esta canción». A mis amigas siempre les dio igual La Buena Vida. No le daban ninguna importancia. A todos nos pasaba lo mismo. A nuestras respectivas cuadrillas les daba igual que tocáramos en un grupo. Y eso relaja.
DE GIRA POR PUEBLOS Y CASERÍOS
IBON ERRAZKIN: Fui a ver a Duncan Dhu a la playa, a las fiestas de Donosti. Era en el 88, cuando ya eran muy famosos, y vi que Mikel [Erentxun] tocaba una guitarra acústica y solo en una canción sacaba una eléctrica. Pensé que igual la querría vender y que, además, estaría muy poco usada. Y me la vendió. Fue una buena compra: una guitarra de caja, rollo Edwyn Collins.
Aventuras no tocamos fuera de Donosti hasta el año 88. Una vez tocamos con La Insidia y 23 Ojos de Pez en un cine de Azkoitia. En el gaztetxe de Cestona tocamos Aventuras y 23 Ojos. Había cuatro gatos, pero fue bien. No hubo hostilidad, pero era difícil salir de Donosti.
Zarautz es un pueblo costero muy turístico con muchas discotecas de playa. El dueño de una de ellas, Chanela, había decidido que los sábados iba a haber conciertos de grupos locales. El concierto era a la una de la madrugada. Todo el mundo estaba bailando las canciones del verano y, de repente, él cortaba y presentaba a un grupo de Donosti, que éramos nosotros. Empezamos a tocar y cortamos la fiesta a todo el mundo.
TERESA ITURRIOZ: Las canciones eran cortísimas. Duraban una exhalación. En una, Peru tocaba los bongos; en otra, la guitarra; en otra, el bajo… Tardábamos más en los cambios de instrumentos que en tocar las canciones. ¡Nos parecía que estábamos haciendo algo muy importante! Y eso está muy bien, pero desde fuera debía de resultar muy aburrido.
IBON ERRAZKIN: Era una situación un poco tensa. Nosotros no éramos conscientes, pero luego nos comentaron que había habido cierta violencia por parte de gente que nos quería tirar cosas. Josetxo Anitua estaba allí y disfrutó mucho. Luego vino y dijo, «¡me ha encantado! Ha sido genial, tan punk, con el público a punto de subir a pegaros, y vosotros tan sonrientes». Nosotros le decíamos, «¡es que no nos hemos dado cuenta!». Pensábamos que todo había ido bien.
TERESA ITURRIOZ: Cuando Josetxo decía que le parecíamos punk, lo decía porque no teníamos ni idea de tocar, porque teníamos una cara horrible y porque nos poníamos a hacer lo que nos daba la gana.




