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La primera vez que oyó cantar a Blaise con Kajou, no se llevó una buena impresión. Blaise maltrataba bastante su cuerpo, largo y flexible, arrastrándolo por todo el escenario; llevaba una de las camisas guayaberas y los pantalones sueltos que tanto le gustaban y cantaba una tras otra, junto con la banda, las mismas canciones de estilo efervescente, alentando a todo el mundo a levantar bien las manos. Más tarde le contó que había sido el aspecto indiferente, incluso desdeñoso, de Elsie lo que lo había atraído de ella.
—Parecías la única mujer del club a la que no podía conquistar —dijo mientras se acomodaba sobre la silla vacía que había junto a ella en el club de Dédé. Él nunca dejaba pasar un desafío.
—Conseguí un par de préstamos —anunció Blaise cuando la volvió a llamar otra vez, algunas horas más tarde. Tenía la voz quebrada y tartamudeaba, y Elsie se preguntó si había estado llorando—. Tengo cuatro mil quinientos —agregó—. ¿Piensas que aceptarán eso?
—¿Vas a mandar el dinero, así como así? —preguntó Elsie.
—Cuando tenga todo el dinero, lo voy a llevar yo mismo —dijo él.
—¿Y si te llevan a ti también? —Su propio grado de preocupación la impresionó. Se preguntó con egoísmo a quién llamarían si lo secuestraban a él. Al igual que Elsie, Blaise no tenía familia en Miami. Lo más cercano eran Dédé y los de la banda, que seguían enojados con él porque había disuelto el grupo por razones que se negaba a discutir con ella. Quizás por eso la había dejado por Olivia. Olivia habría insistido en saber qué había pasado exactamente con la banda y por qué. Quizás habría tratado de solucionarlo para que siguieran tocando juntos. Probablemente, Olivia creía, como Blaise, que él necesitaba dedicarle todo su tiempo a la música, que trabajar como guardacoches durante el día lo estaba demoliendo espiritualmente.
—¿Cómo sabes que no es una trampa para sacarte dinero? —preguntó Elsie.
—Algo anda mal —dijo él—. Nunca se iría tanto tiempo sin avisarme.
Poco después de que Olivia conociera a Blaise, también empezó a estirarse para darle un beso en la mejilla, como había hecho con Elsie. Al principio, Elsie no le prestó atención. Pero de vez en cuando, se los señalaba en tono de broma diciendo «Cuidado, sè m, que ese hombre es mío». Por su experiencia en el trabajo con personas débiles y enfermas, había aprendido que la enfermedad que se ignora es la que mata, así que hizo todo lo posible por que todo estuviese a la vista.
Cuando Blaise le pedía que invitara a Olivia a sus presentaciones, ella lo complacía porque disfrutaba de la compañía de Olivia fuera del trabajo. Y cuando él dejó la banda y no cantó más en lo de Dédé, los tres empezaron a salir a hacer las compras o a ver una película, e incluso a ir juntos a la misa del domingo por la mañana, en la Iglesia Católica de Notre Dame de Little Haiti. Pronto fueron como un trío de hermanos, y Olivia era la dosa, la última, nacida después de los mellizos; la hija que sobraba.
—Perdón por no haberte llamado en tanto tiempo. —Ahora, Blaise hablaba como si estuvieran conversando porque sí, con el tipo de charla indolente de alcoba que Elsie había disfrutado tanto durante sus cinco años de matrimonio—. No pensé que quisieras saber de mí.
No hablamos en más de seis meses, para ser precisos, pensó ella, pero dijo:
—Así son las cosas en los divorcios rápidos, ¿non?
Quería que él dijera algo más sobre Olivia. Era lento para administrar noticias. Le había llevado meses informarle a Elsie que la dejaba por ella. Habría sido más fácil de aceptar si él hubiese soltado todo de una vez. Entonces ella no habría dedicado tanto tiempo a repasar cada momento que habían pasado juntos los tres, ni a preguntarse si se habían guiñado el ojo a sus espaldas en misa o si se habían sonreído con malicia con ella recostada sobre el pasto entre los dos después de sus salidas de sábado para ir a verlo jugar al fútbol, con Dédé y algunos de sus otros amigos en Morningside Park.
—¿Alguna noticia? —preguntó ella, con la intención de acortar la charla.
—Me llamaron directamente. —Tragó con dificultad. Los oídos de Elsie se habían acostumbrado a esa especie de trago forzado luego de trabajar con Gaspard y con otras personas como él—. Vòlè yo. —Los ladrones.
—¿Cómo sonaban? —Quería saber todo lo que sabía él para formarse una imagen coherente en su propia cabeza, una sombra chinesca idéntica a la de él.
—Como chicos, muchachos jóvenes. No los grabé —dijo con fastidio.
—¿Les pediste hablar con ella?
—No me dejaron —dijo él.
—¿Insististe?
—¿No te parece que sí? Deciden ellos, sabes.
—Lo sé.
—Parece como si no lo supieras.
—Sí lo sé —concedió ella—. ¿Pero les dijiste que no les ibas a enviar dinero a menos que hablaras con ella? A lo mejor ya no la tienen. Tú mismo lo dijiste. Es de pelear. Podría haberse escapado.
—¿No crees que pediría hablar con mi propia mujer? —gritó él.
La manera en que escupió esto último la irritó. ¿Su mujer? ¿Su propia mujer? Nunca había sido el tipo de hombre que decía que una mujer era de él. Por lo menos no en voz alta. Quizás el fantasma de su carrera musical le hacía creer que cualquier mujer podía serlo. Tampoco le había gritado nunca a ella. Casi nunca se habían peleado; ninguno de los dos era de ventilar sus resentimientos e irritaciones ocultos. Lo odió por gritar. Los odió a los dos.
—Perdón —dijo él y se tranquilizó—. No hablaron mucho. Me dijeron que me pusiera a planificar el funeral si no les mandaba por lo menos diez mil mañana por la tarde.
En ese momento, Elsie oyó que la hija de Gaspard la llamaba desde la otra habitación:
—Elsie, ¿puedes venir, por favor? —La voz de Mona estaba cargada del cansancio permanente que sufren los que tienen seres queridos muy enfermos.
—Llámame después —le dijo a Blaise y colgó.
Cuando Elsie llegó a la habitación de Gaspard, Mona estaba sentada en el borde de la cama con el mismo libro que venía leyendo el último tiempo apoyado sobre el regazo. Lo había estado leyendo cuando Elsie se escabulló con la intención de llenar el lavavajilla con los platos del almuerzo pero terminó por atender el llamado de Blaise.
—Elsie —dijo Mona mientras su padre apretaba la cabeza contra las almohadas y la llevaba cada vez más atrás. Tenía los puños apretados en estoica agonía; los ojos, cerrados. La cara estaba transpirada y daba la impresión de haber estado tosiendo. Mona levantó la máscara de oxígeno, se la colocó a Gaspard sobre la nariz, y encendió el compresor, que había llegado esa mañana y que emitía un zumbido que a Elsie le hacía más difícil oír.
—Discúlpame, Elsie —le dijo Mona en creole—. No estoy aquí todo el tiempo. No sé cómo trabajas habitualmente, pero me preocupa mucho que pases tanto tiempo con el teléfono.
Elsie no le quería explicar por qué hablaba tanto por teléfono pero enseguida concluyó que tenía que decírselo. No solo porque pensaba que Mona tenía razón, que Gaspard merecía que le prestara más atención, sino también porque no tenía a nadie más a quien pedirle consejo. La única amiga en la que siempre había confiado, la que había estado con ella la noche en que conoció a Blaise, se había mudado a Atlanta. Así que les contó a Gaspard y a su hija por qué había estado atendiendo esas llamadas y por qué eran tan frecuentes, pero modificó algunos detalles cruciales. Como seguía avergonzada por los hechos concretos, les dijo que Olivia era su hermana y que Blaise era su cuñado.
—Lo lamento, Elsie. —Mona se ablandó de inmediato. Gaspard abrió los ojos y extendió la mano hacia Elsie. Elsie le agarró los dedos como algunas veces en que lo ayudaba a ponerse de pie.
—¿Quieres irte a tu casa? —preguntó Gaspard con la voz cada vez más ronca—. Podemos pedirle a la agencia que mande a otra persona.
—Yo no sé qué pensará Elsie, papá —dijo Mona; parecía mucho más joven cuando hablaba creole— pero creo que lo mejor es trabajar. Pagar esos rescates a veces deja a la gente en la ruina.
—Es mejor no esperar —dijo Gaspard, que seguía tratando de recuperar el aliento—. Cuanto menos tiempo pase tu hermana con esos malfetè, mejor va a estar.
Gaspard volvió la cara hacia su hija para recibir la aprobación definitiva y Mona cedió y asintió con reticencia.
—Si quieres salvar a tu hermana —dijo Gaspard con la voz cada vez más estrangulada— quizá tengas que hacer lo que te piden.
—Tengo cinco mil en el banco —le dijo Elsie a Blaise cuando volvió a llamarla esa tarde. En realidad, tenía seis mil novecientos, pero no podía desprenderse de todos sus ahorros de una sola vez, por si surgía otra emergencia ya fuese en Haití o en Miami. Él ya sabía lo de los cinco mil. Era más o menos lo que había ahorrado cuando estaban juntos. Había tenido la esperanza de duplicar sus ahorros pero no había podido porque se había tenido que ir del departamento de los dos a un monoambiente en North Miami; además, ahora les mandaba dinero a sus padres una vez por mes y le pagaba la escuela a su hermano menor, que vivía en Les Cayes. Pero lo que Blaise le había estado tratando de decir, y lo que ella no había entendido hasta ahora, era que él necesitaba el dinero para salvarle la vida a Olivia.
A veces, Elsie estaba segura de que podía deducir aproximadamente el momento en que Olivia y Blaise habían empezado a verse sin ella. Olivia comenzó a reunirse con otras auxiliares para trabajar en los hogares y a rechazar las invitaciones de Elsie de salir los tres como hasta entonces.
La noche en que Blaise se fue del departamento para siempre, Olivia estaba frente a la ventana del primer piso donde vivía Elsie, en el asiento delantero de la camioneta roja de cuatro puertas de Blaise, en la que a menudo llevaba los parlantes y los instrumentos para las presentaciones. La camioneta estaba estacionada bajo un poste de luz y, casi todo el tiempo en que Elsie se quedó mirando por una rendija que había entre las cortinas del dormitorio, la cara de Olivia, con su forma de disco, estuvo inundada por una dura luz brillante. En algún momento, Olivia bajó del vehículo y desapareció por detrás, y Elsie sospechó que se había agachado en las sombras para hacer pis antes de volver al asiento que Elsie siempre había llamado el asiento de la esposa durante sus salidas anteriores, cuando se sentaba adelante y Olivia, detrás. Recién cuando la camioneta arrancó, cargada con las pertenencias de Blaise, Olivia miró hacia la ventana del departamento, donde Elsie se hundió rápidamente en la oscuridad.
Sentada en el piso de su departamento casi vacío y con la vista en el polvo que había quedado escondido detrás de algunas cosas de Blaise, Elsie vio, junto a la puerta, una tarjeta de San Valentín que le había regalado a él el año anterior. Seguramente se le había caído cuando se iba. La tarjeta era blanca y cuadrada y estaba cubierta de corazones rojos. «El mejor marido de todos los tiempos», decía en cursiva y en mayúsculas por todo el frente. Dentro, Elsie había escrito un simple «Je t’aime». Había dejado la tarjeta sobre la almohada de Blaise la mañana de San Valentín mientras él aún dormía. Ese día, ella tenía doble turno y él, una presentación sin la banda en una fiesta privada. No se verían hasta la mañana siguiente, cuando él ni siquiera mencionó la tarjeta. La noche en que Blaise se fue, Elsie salió de abajo de la ventana, recogió la tarjeta y la apretó contra el pecho. En ese momento se dio cuenta de que tenía que irse del departamento de los dos. Ya no podía quedarse más.
Mientras hacía cola en el banco de North Miami, Elsie metió la mano en la cartera y acarició, nerviosa, aquella tarjeta, que había guardado ahí desde la partida de Blaise. La cajera, una joven con acento bajan, le preguntó si estaba disconforme con los servicios del banco y si quería hablar con un gerente. Ella dijo que necesitaba el dinero con urgencia.
—¿No nos permitiría hacerle un cheque? —preguntó la joven.
—Necesito el efectivo —dijo ella.
Transpiraba cuando le extendió el grueso sobre al anciano haitiano que atendía detrás de la ventana de vidrio en el lugar donde se hacían las transferencias.
—Este dinero va a terminar en Haití, ¿no? —dijo el viejo—. ¿Estás construyendo algo allá?
El dinero, esperaba ella, iba a terminar por salvarle la vida a Olivia. Blaise le había pedido que lo transfiriese, no que se lo llevara, porque él estaba demasiado ocupado corriendo de un lado al otro, tratando de reunir fondos por todo Miami.
Ella había pedido la mañana libre en el trabajo para retirar el dinero y transferirlo, y cuando volvió encontró a Gaspard en el suelo, junto a la cama. Se había caído mientras trataba de alcanzar un vaso de agua que había en la mesa de luz. Mona ya estaba a su lado, con la cola en alto y la cara apoyada contra la de él.
Elsie corrió hacia ellos y, entre las dos, levantaron a Gaspard por los hombros y lo sentaron en el borde de la cama.
Todos jadeaban. Elsie y Mona, por el esfuerzo de levantar a Gaspard y Gaspard, porque lo acababan de levantar. Los jadeos de Gaspard pronto se convirtieron en fuertes risas sordas.
—Después de muchas caídas llega la grande —dijo.
—Gracias a Dios tenías la alfombra buena —dijo Mona con una sonrisa. Después, volvió a ponerse seria y dijo—: ¿Cómo puedo dejarte así, papá?
—Me puedes dejar y me vas a dejar —dijo él—. Tú tienes tu vida y yo tengo lo que queda de la mía. No quiero que te dé ningún remordimiento.
—Necesitas mi riñón —dijo ella—. ¿Por qué no lo aceptas? —Mona estiró el brazo y alcanzó un vaso de agua de la mesita. Se lo sostuvo mientras él tomaba algunos sorbos y después lo miró bajar la cabeza lentamente sobre la almohada. A Mona le faltó poco para perforarse los labios con los dientes por tratar de impedir que temblasen.
—Sé que tienes tu problema familiar —dijo esforzándose por no levantar la voz mientras dirigía su atención a Elsie—. Y sé que te dijimos que fueras a ocuparte de tus cuestiones, pero el asunto es que no estuviste aquí cuando mi padre se cayó de la cama. Creo que papá tiene razón. Voy a llamar a la agencia para que manden a otra persona.
Gaspard cerró los ojos y hundió más la cabeza en la almohada. No puso ninguna objeción. Elsie quiso rogarles que la dejaran quedarse. Gaspard le caía bien y no quería que se viera obligado a acostumbrarse a alguien nuevo. Además, ella necesitaba trabajar, ahora más que nunca. Pero si querían que se fuera, se iría. Solo esperaba que su despido no le costara otros trabajos.
—Está bien —dijo en voz baja—. Entiendo. Voy a ponerme a cerrar todo hasta que consigan a alguien.
Una noche, después de ir a escuchar a Blaise, que había ido a reemplazar a alguien a último momento en un festival al aire libre en Bayfront Park, en el centro de Miami, Elsie y Olivia caminaban hacia el estacionamiento cuando Olivia anunció que quería encontrar a un hombre que estuviera dispuesto a volver con ella a Haití.
—¿Tienes que enamorarte o puede ser cualquiera? —había preguntado Elsie.
Olivia arrastraba las palabras después de una tarde entera tomando cerveza.
—Cualquiera con dinero —dijo.
—Pero querida, ¿se puede vivir sin amor? —había contestado Blaise, con una efusividad que Elsie nunca le había oído antes, salvo cuando estaba en el escenario y trataba de seducir a las mujeres del auditorio con sus insinuaciones públicas («Pareces una piña colada, nena. ¿Me das un sorbito?»). Cosas muy cursis e inofensivas, a menudo medio cómicas, a las que Elsie estaba acostumbrada y que a veces la hacían reír.
—Ah, yo puedo vivir sin amor —había dicho Olivia— pero no puedo vivir sin dinero. No puedo vivir sin mi país. Estoy cansada de estar en este país. Este país te hace hacer cosas malas.
Elsie supuso que Olivia seguía pensando en lo que había pasado en uno de los turnos rotativos que cumplían las dos con un paciente atendido a domicilio a tiempo completo, un hombre de ochenta años cuyo hijo, un hombre blanco de mediana edad, agente de préstamos en un banco, había puesto de costado al padre, que estaba senil, en presencia de ellas, mientras hacían el cambio de turno, y lo había golpeado con la palma de la mano varias veces en el trasero arrugado.
—A ver si a ti te gusta —había dicho.
Cuando Olivia llamó a la supervisora desde el celular, apenas si había podido encontrar las palabras para explicar lo que acababa de ver. Después del concierto, para distraer a Olivia de sus pensamientos sobre pacientes maltratados, y quizá para distraerse y no pensar en la posibilidad de perder a Olivia, los tres habían vuelto al departamento de Blaise y Elsie y habían liquidado una botella de Rhum Barbancourt cinco estrellas. En algún momento de las primeras horas de la mañana, sin que nadie lo pidiera ni lo dirigiese, habían caído juntos en la cama; intercambiaron palabras desordenadas, besos prolongados y caricias cuyo origen no les interesaba averiguar. Ya no estaban seguros de cómo llamarse. ¿Qué eran exactamente? ¿Un trío? ¿Un ménage à trois? No. Dosas. Eran dosas. Los tres deshermanados, desamparados, juntos en su soledad.
Cuando se despertaron, cerca del mediodía del día siguiente, Olivia se había ido.
Blaise volvió a llamar temprano la mañana siguiente. Elsie todavía estaba en la cama pero se preparaba para dejar a Gaspard definitivamente. Gaspard y su hija dormían y, fuera del zumbido del compresor de oxígeno, la casa estaba en silencio.
—No tendría que haber dejado que se fuera —susurró Blaise antes de que Elsie atinara a saludarlo.
Cuando Blaise tenía la banda, a veces pasaba días sin dormir para poder ensayar. Para cuando llegaba la presentación, estaba tan tenso que la voz le salía robótica y mecánica, como si la hubieran purgado de toda emoción. Así sonaba ahora mientras Elsie trataba de seguir lo que estaba diciendo.
—Ya no nos llevábamos bien —murmuró lanzando las palabras aceleradamente—. Nos íbamos a separar. Por eso recogió sus cosas y se fue. Y por eso yo estoy…
La luz del pasillo se encendió. Elsie oyó que se arrastraban un par de pies. Se acercó una sombra por el piso de roble. Mona abrió la puerta corrediza de la habitación de Elsie y echó un vistazo mientras se frotaba el puño apretado contra los ojos para terminar de despabilarse.
—¿Está todo bien? —le preguntó a Elsie.
Elsie asintió.
—Ojalá le hubiera suplicado que no se fuera —estaba diciendo Blaise.
Mona cerró la puerta y siguió caminando hacia la habitación de su padre, al final del pasillo.
—¿Qué pasó? —preguntó Elsie—. Enviaste el dinero, ¿no? ¿La soltaron?
La línea telefónica chasqueó y Elsie oyó varios golpes. ¿Blaise estaba pegándole al piso con los pies? ¿Chocaba la cabeza contra la pared? ¿Se estaba dando el teléfono contra la frente?
—¿Dónde está? —Elsie trató de moderar la voz.
—Nos peleamos —dijo él—. Si no, no se habría ido.
Mona abrió la puerta y metió la cabeza una vez más.
—Elsie, mi padre te quiere ver cuando termines —dijo antes de marcharse otra vez.
—Disculpa, me tengo que ir —dijo Elsie—. Mi paciente me necesita. Pero primero dime que ella está bien.
No quería oír lo que venía, fuese lo que fuese, pero no podía colgar.
—Pagamos el rescate —dijo él, apurado por sacarse de adentro las palabras con rapidez—. Pero no la soltaron. Está muerta.
Elsie fue hasta la cama y se sentó. Inspiró profundamente, alejó el teléfono de la cara y lo dejó reposar sobre el regazo.
—¿Estás ahí? —Ahora Blaise gritaba—. ¿Me oyes?
—¿Dónde la encontraron? —Elsie volvió a levantar el teléfono y se lo puso al oído.
—La tiraron frente a la casa de la madre —dijo Blaise con calma—. En medio de la noche.
Elsie se pasó los dedos por las mejillas donde, la noche en que habían caído juntos en la cama, Blaise la había besado por última vez. Aquella noche, a Elsie le había costado distinguir las manos de Olivia de las de Blaise sobre su cuerpo desnudo. Pero en la bruma de la borrachera, todo le había parecido perfectamente normal, como si se hubieran necesitado demasiado unos a otros como para contenerse. Ahora las lágrimas la sorprendían con la guardia baja. Agachó la cabeza y hundió los ojos en el pliegue del codo.
—Pero hay algo más. No lo vas a creer —dijo ahora Blaise con una frenética gárgara de palabras.
—¿Qué? —dijo Elsie y deseó, no por primera vez desde que él y Olivia habían dejado de hablarle, que los tres volvieran a estar juntos, borrachos y en la cama.
—La madre me dijo que, antes de salir de casa esa mañana, Olivia se escribió el nombre en la planta de los pies.
Elsie podía imaginarse a Olivia, con el pelo tan salvaje como aquella noche de los tres, y salvaje una vez más al acercarse los pies a la cara y escribir su nombre en las plantas. Probablemente, Olivia se había anticipado a la posibilidad de que la secuestraran y había sentido que era una buena forma de seguir siendo identificable, incluso si la decapitaban.
—No le hicieron eso, ¿no? —preguntó Elsie.
—No —dijo Blaise—. La madre dice que tenía la cara, el cuerpo entero, todo intacto.
Puso algo de énfasis en «el cuerpo entero», advirtió Elsie, porque quería indicarle que a Olivia tampoco la habían violado. Se preguntó cómo podía saber eso él, pero no se atrevió a averiguar. Lo que hizo fue soltar un suspiro de alivio tan fuerte que Blaise la siguió con uno igual.
—La madre la va a enterrar en el mausoleo de su familia, en la aldea de ellos, en el norte —agregó.
—¿Vas a ir? —preguntó ella.
—Por supuesto —dijo—. ¿Tú…?
Ella no lo dejó terminar. Por supuesto que no iría. Incluso si quisiera, no le alcanzaba para el pasaje de avión. Ya había reservado un vuelo a Les Cayes para dentro de algunos meses, para visitar a su familia, y no solo iba a necesitar llevarles dinero, sino también enviarles todas las otras cosas que le habían pedido, incluida una pequeña heladera para sus padres y una computadora portátil para su hermano.
Justo en ese momento, el sonido se cortó por un instante.
—Es de Haití —dijo él—. Me tengo que ir.
Cortó tan abruptamente como había vuelto a entrar en su vida.
—Elsie, ¿estás bien? —Gaspard estaba de pie en la puerta. Respiraba con fuerza cuando extendió los brazos para sostenerse de los dos lados del marco. La hija estaba de pie detrás de él con un tanque de oxígeno portátil.
Elsie no estaba segura de cuánto tiempo habían estado ahí, pero fuesen cuales fuesen los sonidos que había emitido inconscientemente, fuesen cuales fuesen los gemidos, los gruñidos o los quejidos que se le hubiesen escapado, los habían llevado hasta allí. Se acercó a ellos mientras se ajustaba el cinturón de la bata de toalla. Entre gruñidos, Gaspard miró detrás de ella; paseó la mirada por la pequeña habitación y vio la sencilla cama con somier y la cómoda, que hacía juego.
—Elsie, mi hija te oyó llorar. —Los labios de Gaspard, ya casi sin sangre, temblaban como si tuviera frío, aunque todavía parecía más preocupado por ella que por sí mismo cuando preguntó—: ¿Tu hermana está bien?
El cuerpo de Gaspard se tambaleó hacia donde estaba su hija. Mona le extendió los brazos y lo sostuvo firmemente con una mano mientras con la otra mantenía en equilibrio el tanque portátil de oxígeno. Elsie corrió hacia delante, sujetó a Gaspard y dijo:
—Por favor, vuelva a pensar su decisión de despedirme, mesye Gaspard. Ya no voy a recibir más esos llamados.
Tenía razón. Blaise nunca la volvió a llamar.
Unos días más tarde, después de que Gaspard cediera a los ruegos de su hija y aceptara el riñón, Elsie tuvo un fin de semana libre y, como no tenía otra cosa que hacer, tomó el autobús hasta el club de Dédé el sábado por la noche, con la esperanza de que Blaise estuviera allí, de regreso del funeral de Olivia en Haití.
Todavía eran las primeras horas de la noche, así que el lugar estaba casi vacío, salvo por algunos universitarios de la zona a los que Dédé vendía tragos sin pedirles identificación. Dédé estaba detrás de la barra. Elsie se sentó frente a él mientras una camarera le gritaba los pedidos.
—¿Cómo lo llevas? —preguntó Dédé cuando la camarera se fue con los tragos.




