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—Trabajo mucho —dijo ella—, para vivir.
—¿Sigues con los viejos? —preguntó él.
—No siempre son viejos —dijo ella—. A veces son jóvenes que tuvieron un accidente de auto o que tienen cáncer.
Finalmente, llegaron a Blaise.
La idea de que se casaran había sido de Blaise. Después de la ceremonia civil de tres minutos, de la que habían sido testigos Dédé y la amiga de Elsie, la jefa de la agencia de auxiliares de enfermería, Dédé había organizado un almuerzo en el bar para ellos.
—Tendrías que haberte casado conmigo. —Ahora Dédé extendió el brazo y le acarició el hombro de modo juguetón. Él nunca se había casado y, según Blaise, no tenía intención de casarse nunca.
—En ese momento no me lo propusiste y ahora tampoco —dijo ella.
—¿Y si lo que pido es otra cosa? —Le pasó los dedos por la clavícula, los bajó hasta el primer botón de la blusa y dejó allí la mano unos segundos. En su mirada intransigente parecía haber alguna posibilidad de alivio o de compañerismo disfrazados de amor.
Por patético que pareciera, ella creía que amaba más a Blaise cuando lo veía sobre el escenario. La seducía algo en lo que ni siquiera pensaba que era bueno. La dedicación de Blaise a sus mediocres dotes le había derretido el corazón. Observar a otras mujeres suspirar por el cuerpo ágil y flexible de Blaise, y más aún la mirada penetrante que dedicaba a las distintas caras de la multitud mientras cantaba, también la encendía. Envidiaba que esas otras mujeres pudieran fantasear con él, quizá que imaginaran que la vida con él sería una fiesta de canciones sin fin. Pero muy de vez en cuando, la sensación iba más allá, en momentos cotidianos, como cuando lo miraba cocinar un omelette relleno con arenque ahumado, que después compartían en la barra para desayuno donde comían todas sus comidas. Ahí era que hablaban más a menudo sobre tener un bebé. Él la había convencido fácilmente de alquilar juntos un departamento y después, de casarse; ¿por qué no también tener un bebé? Sin embargo, ella había pensado que el mejor momento para tener un hijo sería después de comprar una casa para los dos, por pequeña que fuese.
—¿Supiste de él? —le preguntaba ahora Dédé. Lentamente, ella le quitó la mano del bretel de su corpiño.
—No desde hace un tiempo —dijo.
—Oí que se piensa quedar en Haití definitivamente —dijo Dédé, y le guiñó el ojo una vez que asimiló su rechazo. Sacó algunos vasos de abajo de la barra y se puso a limpiarlos por dentro con una toallita blanca. Y quizás esa fuese su venganza, o tal vez había estado esperando para decírselo, pero entre que apoyó un vaso y levantó otro, dijo—: Está viviendo en Haití con el dinero de la banda y un montón de efectivo que sacó de unos secuestros falsos que inventaron entre él y tu amiga Olivia. Te juro que tengo gente en eso. Si los llegan a ver…
Si le hubiera estado pasando a otra persona, ella se habría preguntado por qué esa persona no estaba ya caída en el suelo por la impresión. Pero ella tampoco se desmayó. Era como si quedara confirmado ese resquicio de duda que la había estado atormentando, ese atisbo de sospecha que en parte la había llevado hasta allí.
—¿Entonces está viva? —preguntó.
—Ah, ¿te dijo que estaba muerta? —dijo Dédé y bajó el vaso que tenía en la mano.
—¿No está muerta? —volvió a preguntar ella, solo para estar segura.
Quería reírse, pero lo que hizo fue tratar de encontrar algunas palabras más. ¿Cómo podía haberse dejado engañar, robar, con tanta facilidad? ¿Cómo podía haber sido tan ingenua, tan estúpida? A lo mejor había tenido algo que ver que Gaspard hubiese estado tan enfermo esa semana y que su hija hubiese estado ahí mirando. Había estado tan desconcentrada que había confiado en alguien a quien alguna vez creyó amar. Seguramente Blaise y Olivia se habían preparado, o habían practicado, durante semanas para quitarle más y más, para despojarla tanto de su dinero como de su dignidad. Tenían que ser tan convincentes que nadie hubiera podido dudar de ellos. A Dédé también lo habían engañado.
—Supongo que los dos somos unos boukis —dijo ella por fin—. Unos imbéciles.
—Unos tarados, unos idiotas —agregó él, y limpió el interior de los vasos con más fuerza—. Lo entendería si hubieran estado muertos de hambre y no hubieran podido conseguir dinero de ninguna otra manera, pero decidieron convertirse en delincuentes para poder volver a Haití y darse la gran vida.
—No está bien—dijo ella, aunque ya no sentía que nada estuviera bien.
Los interrumpió un pedido de tragos de uno de los meseros. Dédé se ocupó en silencio de armar los pedidos; después, cuando terminó, dijo:
—Te lo prometo. No van a disfrutar del dinero que me robaron.
—¿Qué vas a hacer? —Detectó el tono suplicante de su propia voz y sintió vergüenza, como si estuviera rogando que los ejecutaran.
—Tú tendrías que hacer algo —dijo él—. Por lo menos conmigo no se casó.
—Ella podría haberse casado contigo —dijo Elsie.
—Estaba claro que yo no era su tipo. No estaba a la altura de lo que buscaba. Tu marido sí.
Ahora Elsie se preguntaba por qué Blaise se había casado con ella. Había otras mujeres con mucho más dinero. Se preguntó si él esperaba que ella cometiera algún delito, como robarle los ahorros de toda la vida a alguno de sus pacientes más ricos para dárselos a él. Se alegró de que la hija de Gaspard hubiese estado con ellos esa semana; de lo contrario, quizá Blaise la hubiese convencido de robarle a él.
—¿Qué harías si fueras a Haití y los encontraras? —preguntó mientras también ella pensaba en esa posibilidad.
—Primero les daría la oportunidad de que me devolvieran el dinero. —Él alcanzó una botella de ron blanco de la mesa espejada que tenía detrás y empujó hacia ella uno de los vasos que había estado limpiando. Al principio, ella puso reparos, lo rechazó con un gesto de la mano, pero después se dio cuenta de que quería seguir hablando con él. También quería seguir hablando sobre Olivia y Blaise, y él era la única persona con la que podía hablar de ellos en ese momento.
—¿Qué le harías a ella en primer lugar? —preguntó él.
—La raparía —dijo ella—. Le afeitaría toda esa masa de pelo que tanto le gustaba llenar de gel.
—¿Eso es todo? —preguntó él entre risas.
Después de tomar un trago de ron, ella dijo:
—Yo estudié para ayudar a los demás, pero a esos dos les rompería la cabeza con una piedra enorme hasta que el cerebro les quedase líquido, como este trago que tengo en la mano.
—¡Ayyy! Eso es demasiado —dijo él, y se sirvió un vaso—. Nunca te enojes conmigo. ¿Estamos?
—¿Y tú qué harías? —le preguntó ella.
—Eso que les hacen a los terroristas. Eso del agua que vi en una película la otra noche. Les envolvería la cabeza con un costal de azúcar y les iría vertiendo agua en la nariz y los haría pensar que se están ahogando. Y no solo se los haría a ellos. Atraparía a todo el resto de los ladrones que le roban a gente como nosotros…
—Los ingenuos, los boukis.
—De nuevo, lo entendería si él estuviera en la ruina o si ella se estuviese muriendo de hambre —dijo él.
—Cuanto más dinero tienen, más codiciosos se vuelven —dijo ella, y sintió que se estaba alejando de Blaise y Olivia y que caía en un debate más amplio sobre la justicia y la impunidad.
—Tu venganza sería mejor que la mía —dijo ella y, con ese giro, volvió a Olivia y Blaise—. Esos dos sufrirían mucho más contigo.
No era la primera vez que lo habían engatusado. Una vez, había entrado en el bar una mujer que aparentemente estaba embarazada, en plena tarde. Simuló empezar con el trabajo de parto y, mientras él buscaba su celular para llamar una ambulancia, ella sacó un arma y lo obligó a vaciar la caja registradora. Ahora trajo a colación ese robo y dijo que prefería que lo enfrentaran cara a cara a que le robaran a sus espaldas.
—Esto no termina de la misma manera —dijo; el volumen de su voz iba creciendo y la velocidad a la que hablaba iba aumentando—. Esta no se la voy a dar a la policía para que termine en la nada. ¿Y a qué policía? ¿A la de Haití?
Ella estaba pensando en ir a la comisaría que estaba allí cerca y hacer una denuncia, por si Blaise y Olivia decidían volver a Miami alguna vez, pero pensó que no serviría de mucho. Blaise no le había apuntado con un arma. Ella le había dado el dinero por propia voluntad. Así y todo, él ni siquiera había tenido pelotas para recibirlo de sus manos. Había insistido en que ella se lo transfiriese.
—Pienso hacer que los atrapen —decía Dédé—, por ti, por mí y por todas las personas a las que les hicieron esto. Incluso si es lo último que haga antes de morir. Nunca lo voy a dejar pasar, y tú tampoco deberías.
Eso significaba odiarlos toda la vida y soñar todos los días con alguna venganza. No quería eso. Prefería pensar en el futuro, aunque no estaba segura de lo que le deparaba ese futuro. La alegraba que Gaspard siguiera vivo, que no fuera uno más en la lista de aquellos cuyos últimos días le había tocado presenciar. Quería seguir adelante, seguir trabajando. Vivos o muertos, ni Blaise ni Olivia volverían a estar en su vida.
Los detalles. Habían sido muy hábiles con los detalles. Por ejemplo, ¿de quién había sido la idea de decirle que Olivia se había anotado el nombre en las plantas de los pies? También podrían haberle dicho que Olivia se había dibujado una cruz como símbolo de que quería un entierro cristiano. Esa última llamada, entendió ahora, era para asegurarse de que ella no iría al supuesto funeral.
Dédé le sirvió otro vaso de ron. Después otro. Y ya cuando empezó a asimilar la noticia de que Olivia estaba viva, se sorprendió porque sintió que se disipaba una especie de duelo en el que no se había detenido, que un lejano dolor de su corazón empezaba a aliviarse. Quiso pelear contra ese alivio. No quería recibir de buena gana, con los brazos abiertos, el consuelo temporal que sintió que se le concedía al enterarse de que alguien a quien creía muerta ahora estaba viva, como si a Olivia la hubiesen resucitado tras días bajo la tierra.
Le corrieron lágrimas por la cara, lágrimas que no pudo detener. No quería que fuesen lágrimas de alegría, pero algunas lo eran. Ahora su patria parecía más segura. Sus padres y su hermano, con los que había vuelto a hablar con más regularidad, parecían correr menos peligro de secuestro. Así y todo, siguió derramando lágrimas. También lágrimas de furia. Porque le habían robado un dinero que le había llevado años ahorrar, y por ver que su sueño de tener casa propia desaparecía junto con los hijos que ella y Blaise no tendrían nunca. Se sintió más sola ahora que antes de conocer a Blaise y a Olivia, más sola que cuando acababa de llegar a ese país y tenía una sola amiga.
Dédé no le quitaba los ojos de encima. Estaban más llenos de preocupación que de deseo. Las lágrimas de Elsie se convirtieron en sollozos; después, en quejidos; luego surgió una nueva fantasía de venganza. Ahora deseaba poder arrasar el bar de Dédé, incendiar todo hasta los cimientos. Metió la mano en la cartera, sacó la tarjeta de San Valentín que todavía llevaba encima y la rompió en pedazos. Los pedazos volaron como plumas cuando los arrojó hacia arriba, pero cuando cayeron, fue como recibir una golpiza de piedras y esquirlas de vidrio sobre el cuerpo.
—Te llevo a casa —dijo Dédé, y cuando ella se quiso acordar, estaba hecha un ovillo en el asiento de atrás del auto, el mismo Toyota negro que él tenía desde hacía años. De alguna manera, se las había arreglado para que ella le diera su dirección.
—Vives sola —lo oyó decir.
—Cuando no trabajo cama adentro —dijo ella.
El resto del tiempo, le habló dentro de su cabeza, sin que le salieran palabras de la boca, que estaba medio llena de vómito. Sí: estaba viviendo sola, en un monoambiente de North Miami, detrás de la casa principal de una pareja de ancianos jamaiquinos. Muchas veces le dejaban invitaciones a cenar con ellos, pero ella se la pasaba trabajando y no estaba casi nunca. Tenía la impresión de que la pareja era amigable con ella porque le tenían lástima, porque parecía que no tenía a nadie. Ella se resistía. Ya no quería hacer más amigos.
Cuando llegaron a la casa, le dio sus llaves a Dédé, que, mientras la mantenía erguida con una mano, trataba de abrir la angosta puerta metálica del monoambiente. Sobre la puerta había un cartel autoadhesivo del tamaño de un plato, con forma de señal de pare y con la silueta de un hombre con una diana en el medio del pecho. Arriba del contorno de cabeza y torso, decía Nada de lo que hay dentro vale una vida. Del otro lado de la puerta había un cartel del mismo tipo, pero tenía tachadas a mano las palabras nada y de, y arriba habían escrito todo lo, así que el autoadhesivo modificado decía Todo lo que hay dentro vale una vida. Al lado había otro cartel en blanco y negro que decía Si roba, hay bala.
Se había encontrado los carteles cuando se mudó. Antes de ella, le habían alquilado el departamento por poco tiempo a un joven que cada vez tenía más problemas, hasta que la pareja le tuvo que pedir que se fuera. O eso es lo que le habían contado. Habían querido quitar los autoadhesivos y volver a pintar el departamento, pero Elsie necesitaba mudarse de inmediato y les dijo que no se molestaran. A lo mejor, el cartel de la puerta le proporcionaría una protección más contra los intrusos, pensó.
Ahora los carteles parecían proclamar algunas verdades más profundas. De repente, esa única habitación era su todo. Era su mundo entero.
—No me voy a morir ahí dentro, ¿no? —preguntó Dédé—. No hay nadie con un fizi,1 ¿cierto?
Ella trató de alzar las manos para hacer un gesto que lo despreocupara pero no las pudo sincronizar a tiempo. Él abrió la puerta y entró, de todas formas. Todavía la tenía entre los brazos cuando ella fue a los tumbos hasta el baño y vació la boca y el estómago en el inodoro. Cuando él la llevó hasta una de las dos camas que estaban del lado opuesto a la puerta, ella sintió que volaba, no de la manera buena, sino como cuando una va cayendo en el aire y tiene terror de estrellarse.
Recostada sobre un lado, en su propia cama, entraba y salía de una neblina en la que la esperaban Olivia y Blaise, como habían esperado la noche en que los tres durmieron juntos. Esa noche, había realizado actos y había dicho cosas que ya no podía recordar en detalle. ¿Les había dado permiso para que estuvieran juntos? A lo mejor por eso la habían abandonado.
Hundió los dedos en las sábanas y trató de abrir los ojos para pelear contra esa imagen brumosa de los tres, pero particularmente contra esa imagen en la que ella les decía que se marchasen y estuviesen juntos, porque era evidente que era lo que querían. Ahora ella era la que sobraba.
Sintió que un paño húmedo se le posaba con suavidad sobre la frente. Dédé le había preparado una compresa y susurraba palabras tranquilizadoras en el aire que flotaba sobre su cabeza. No lograba distinguir la mayoría de las palabras, pero después de una larga pausa, él dijo:
—Estás en casa.
Ella asintió.
—Sí, estoy en casa —balbuceó.
—¿Me quedo? —preguntó él.
Hacer que él se quedase la tranquilizaría, incluso si solo permaneciera sentado en el suelo, del otro lado de la habitación, y la mirase dormir. Pero, de todas maneras, ella se despertaría por la mañana agobiada por lo que había perdido.
—Puedes irte —dijo, ahora que sentía más confianza en sí misma por el hecho de poder hablar.
—¿Segura? —preguntó él mientras le acariciaba las mejillas. Con el dedo húmedo, le fue tallando un arroyo cálido en la piel, un arroyo que a ella le empapaba todo el cuerpo—. Ojalá te hubiera conocido yo primero —dijo, mientras ampliaba el círculo que, con el dedo, le iba dibujando en la cara—. Ojalá te hubiera visto yo primero. Ojalá te hubiera conocido yo primero. Ojalá te hubiera querido yo primero.
—Pareces una de esas canciones estúpidas que cantaba él. —Tartamudeando, se abrió paso con las palabras; dudaba de si a él le resultarían graciosas o insultantes.
—Sí que eran estúpidas esas canciones. —Él soltó una risita y se puso las manos sobre la boca como si quisiera suprimir una risa más profunda—. El tipo estaba arruinando una música que era un tesoro y ni siquiera se daba cuenta. O no le importaba.
—¿Por qué lo tolerabas? —preguntó ella.
—¿Y tú? —devolvió él.
—Tenía sus encantos —dijo ella. Y era cierto. Uno de ellos era que se ponía muy conversador antes del sexo. Para él, los juegos previos consistían en hablar. Le pedía a ella que le contara qué había hecho durante el día. Quería saber de los pacientes, de las dificultades que le causaban, de sus sueños, como si todo aquello lo ayudara a expandir o a reinventar a la persona con la que estaba haciendo el amor.
—Yo lo toleraba porque era mi amigo —dijo él—. Era como un hermano.
—¿Así que todavía te cae un poquito bien? —preguntó ella.
—Solo la gente que te importa te puede lastimar como nos lastimó él a nosotros —dijo él mientras se acariciaba la barba, que ahora era mucho más espesa. El mechón gris que tenía cerca de la frente también se había ensanchado.
—La gente a la que quieres —dijo ella.
No se había dado cuenta de que le quedaban todas esas palabras dentro, y nada menos que para Dédé. Él era el que estaba sacándole esas palabras con tirabuzón. Él hacía que quisiese hablar.
—¿Por qué lo ayudabas tanto? —preguntó.
—Tenemos la misma edad —dijo él—. Nuestros padres eran mecánicos los dos, en Limbé. Yo sabía que él no quería vivir esa vida. Y ahora parece que tampoco quiere vivir la vida de un músico.
—Tampoco quería mi tipo de vida —dijo ella.
—Al principio, sí —dijo él—. Después llegó Olivia.
Pero no podía haber sido solamente Olivia. A lo mejor Elsie no era suficiente para él en algún sentido. O a lo mejor Blaise no lo fuese, en algún sentido. A lo mejor Blaise solo quería volver a casa. Hay quienes solo quieren volver a casa, cueste lo que cueste. Hay quienes harían cualquier cosa por volver a casa.
—¿Te puedo contar algunos secretos? —preguntó él.
—Ya no soporto ninguno más —dijo ella.
—Uno chiquito —dijo él.
Grande o chico, no quería saber más nada, pero no lo detuvo.
—Esa noche, cuando te conoció, yo también te quise hablar, pero era tímido —dijo, y soltó una risa nerviosa—. A las mujeres les gustan los músicos. Son más divertidos.
—Querrás decir más arrogantes.
—Blaise se me adelantó y yo lo dejé —dijo—. Siempre me arrepentí.
Ella trató de imaginarse lo distintas que habrían sido las cosas, que se podría haber librado de la humillación de perder tanto a su marido como su dinero, que podría haber evitado desperdiciar todos esos años de su vida con Blaise. Pero tampoco pudo visualizar cómo habrían funcionado ella y Dédé. Así y todo, se oyó decir:
—A veces uno se desvía para ir a donde necesita llegar.
Él entornó los ojos, como si tratara de entender mejor. Ella quiso explicarse con más claridad, pero no estaba segura de cómo hacerlo. Estaba pensando en algo que una vez le había oído decir a Gaspard a su hija sobre el matrimonio fallido entre él y la madre de Mona.
Están los matrimonios felices, le había dicho Gaspard a su hija, los que son felices de verdad, en los que los dos se quieren mucho y parecen grandes amigos, pero le había asegurado que no eran el único tipo de matrimonio posible. También están los matrimonios perfectamente carentes de pasión, y a veces esos se prolongan durante años, incluso durante vidas enteras, hasta que uno de los dos cónyuges se muere. Pero a veces, tanto los matrimonios felices como los infelices se terminan, y ahí aparece la oportunidad de dar vuelta las cosas. Y algunos matrimonios, mirados desde la distancia, parecen simples desvíos (a veces, desvíos maravillosos) que tomamos para llegar a donde necesitábamos ir.
Ahora Elsie se daba cuenta de que quizá Gaspard le estaba diciendo a su hija que, en algún momento, la madre de Mona había dejado de quererlo y había caído en la cuenta de que su vida matrimonial era un desvío.
—Hola —dijo Dédé, e interrumpió sus pensamientos—. ¿Te estás durmiendo?
—Estoy aquí —dijo ella.
—No estaba seguro —dijo él—. ¿Te puedo contar algo más?
—Sí —dijo ella—. Es hora de confesiones, parece.
—Una tarde, después de jugar al fútbol en el parque, vi a Blaise acostado en el pasto entre Olivia y tú, y sentí los celos más grandes de toda mi vida. Estaba claro como el día: las tenía a las dos.
—No nos tenía a las dos —dijo ella, pensando que, en realidad, no quería que él las hubiera tenido a las dos.
—Tenía el corazón de las dos —dijo él.
—Eso no me va a volver a pasar —dijo ella, y deseó no tener que volver a pensar en Blaise y en Olivia nunca más.
—Quizá no sea él —dijo Dédé—, pero mientras respires, te pueden lastimar.
—Vete —dijo ella—, antes de que te pongas a cantar tú también.
—De todas maneras, tengo que cerrar el bar —dijo él—. Pero te tengo que decir una cosa más y espero que no la tomes a mal.
—¿Qué cosa? —preguntó ella, y sintió el calor de su aliento sobre los párpados.
—No sabía que eras tan floja para el ron.
Él se rio, esta vez fuerte y profundo, y su risa no solo estaba evitando que ella se derrumbara, sino que se le estaba metiendo de lleno en la cabeza. Trató de reírse ella también, pero dudó un poco de que lo estuviera logrando. En cambio, empezó a desabrocharse la blusa.
—Casi nunca soy tan floja —dijo—. ¿Solo esta noche? —le preguntó.
—Solo esta noche —dijo él.
1 «Arma de fuego» en creole haitiano [N. de la T.].
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