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Lo que para Freud tiene mayor potencia para buscar anular, dominar ese imposible de la no satisfacción plena, son las sustancias embriagadoras y tóxicas, ya que influyen sobre nuestro cuerpo, alterando su quimismo, y produciendo a su vez grandiosidad yoica.
En una perspectiva, esta es nuestra época: adicción generalizada y omnipresencia yoica. Seguramente el tercero es la intimidad como espectáculo y la elevación de los rasgos de goce a a la dignidad de S1 colectivizantes.
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¿Cuál es un segundo legado de este texto? El lugar de las mujeres. Aclaremos, más precisamente como posición femenina.
Las mujeres entran en hostilidad con la exigencia del imperativo superyoico de la cultura. No se trata de la hostilidad histérica, de la que habla Freud en “El tabú de la virginidad” y Lacan en el Seminario 17, sino hacia el imperativo de goce.
Es una hostilidad a favor del nudo deseo – goce – amor.
Dice Freud que lo que el hombre “usa para fines culturales (aquí superyoico) lo sustrae en buena parte de las mujeres y de la vida sexual: la permanente convivencia con varones, su dependencia de los vínculos con ellos, llegan a enajenarlo de sus tareas de esposo y padre”.
Lo femenino responde en este punto a la cuestión del padre como modelo de la función, revelando a esta altura lo que formuló en el último capítulo de “Psicología de las masas y análisis del yo”, respecto a que el amor a una mujer, al igual que el síntoma, tiene un valor disgregativo del efecto masa, y tiene el más alto valor en la existencia humana, ya que atraviesa todas las limitaciones nacionales, de origen, de religiones, etc.
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El otro gran aporte es el referido al mandamiento “ama a tu prójimo como a ti mismo”.
Las paradojas de este mandamiento lo van a llevar a formular tanto la dimensión del hombre como lobo del hombre y a su debate con los comunistas y los socialistas. Respecto a los primeros, debate la conceptualización de que la propiedad privada corrompe la naturaleza humana, pero al mismo tiempo Freud formula que “la posesión de bienes privados confiere al individuo el poder, y con él la tentación de maltratar a sus semejantes, los desposeídos no pueden menos que rebelarse contra sus opresores, sus enemigos”.
Y respecto a los socialistas, reproduzco el párrafo: “Paréceme también indudable que un cambio real en las relaciones de los seres humanos con la propiedad aportaría aquí más socorro que cualquier mandamiento ético; empero, en los socialistas, esta intelección es enturbiada por un nuevo equívoco idealista acerca de la naturaleza humana”. El equívoco socialista es creer que este cambio en relación a la cuestión de la propiedad eliminaría las pasiones oscuras. Pero esto último en su pluma, no invalida la cuestión de que ese cambio en las relaciones de propiedad tendría más efecto que un mandamiento ético.
Dice Freud que: al mismo tiempo hay hombres que se “permiten habitualmente ejecutar lo malo que les promete cosas agradables, cuando están seguros de que la autoridad no se enterará o no podrá hacerles nada, y su angustia se dirige solo a la posibilidad de ser descubiertos”. Estos hombres, en la Argentina, se llaman desaparecedores y torturadores.
La cultura no resuelve las pasiones oscuras. La Alemania de la que surge el nazismo, era la sociedad más culta del mundo.
Incluso, Freud va a formular que forzar a los individuos a ser mejores que lo que su naturaleza le permite, lleva a lo peor.
Ninguna educación, formación solidaria, eliminará la pulsión de muerte. Es más, todo forzamiento en ese sentido solo albergará el imperativo categórico kantiano y llevará a lo peor.
Es mi punto de vista, y que de lo que se trata es de crear las condiciones sociales que inhiban, que no posibiliten que se realicen en el mundo las pasiones oscuras bajo el modo de la crueldad, la tortura, el asesinato.
Una sociedad más justa, democrática, con pleno desarrollo de las funciones del Estado, garantizando salud, educación, vivienda, trabajo; permitiendo construcción de proyectos individuales y colectivos, permite la sintomatización de los modos de satisfacción pulsional.
Una sociedad donde no se garanticen los derechos ciudadanos, donde se promueva como ideales las figuras del cínico y el canalla, capturada en la ley de hierro que impone la relación de la ley del mercado con el desarrollo científico-tecnológico, no da lugar a la sintomatización, sino que promueve las prácticas directas de goce, sin la operatividad de los recursos simbólicos e imaginarios, para vérselas con lo real pulsional.
Una sociedad burocrática y totalitaria, que tome a lo diferente como hostil, como enemigo, imponiendo una uniformidad que aplaste lo singular y realice un empuje a la masa, se transforma en una cruel pesadilla.
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Finalmente, el otro gran aporte. Respuesta fundamental al primero: a la no satisfacción plena por obstáculo interno, lo imposible.
Ese aporte es el superyó.
La paradoja del superyó, en tanto que a mayor renuncia de satisfacción pulsional, mayor incremento de la severidad superyoica.
Esta fórmula, perfectamente observable en ciertos fenómenos clínicos y comportamientos sociales, abreva en la primera construcción teórica de la cuestión que dice así: la renuncia de lo pulsional crea la conciencia moral.
Pero la segunda fórmula, nos habla de la renuncia de una satisfacción agresiva, vengativa.
“El superyó entra en posesión de toda la agresión que como hijo, uno de buena gana habría ejercido contra ella (la autoridad paterna)”. Se trata de la sofocación no de una moción libidinal, sino de una agresión.
Esta segunda fórmula es más acorde a nuestros días, ya que la primera ha estallado por los aires a partir del imperativo de goce del neoliberalismo. El actual es un imperativo sin deuda y sin culpa. Es un imperativo correlativo a la declinación del Nombre del Padre.
Pero cuál es el encono que alberga este superyó en su segunda fórmula. Encono contra esa autoridad inhibidora dice Freud. No se trata ya del padre. ¿Entonces? Es un encono superyoico contra lo imposible, pero la angustia permanece testimoniándolo.
Finalmente, respecto al último párrafo del texto: querido Sigmund Freud, lamentablemente el desarrollo cultural no logró dominar la “humana pulsión de agresión y autoaniquilamiento”. Pero su legado, el psicoanálisis, se presenta como aquello que revela que la pretensión psicopolítica de “intervenir hasta lo profundo de nuestra psique y explotarla”, se topa con lo imposible.
Además, su deseo ha venido a ocupar el lugar de la causa, para mí y para mis colegas psicoanalistas. Encontrarme con su palabra le dio un vuelco decisivo a mi vida, e impidió el pasaje al acto de mi empuje al sacrificio militante. Querido Sigmund Freud: le estoy muy agradecido.
Huellas freudianas en la conceptualización lacaniana de lo real
I. Introducción
Lacan, en su Seminario 23 llamado El sinthome, va a decir:
En la medida en que Freud hizo verdaderamente un descubrimiento (suponiendo que este descubrimiento sea verdadero) puede decirse que lo real (la categoría de lo real, que es justamente de lo que retrata en este seminario sobre Joyce) es mi respuesta sintomática. (1)
Lacan va a caracterizar a lo real como su respuesta a la elaboración freudiana del inconsciente. Respuesta que también le permitió decir que su único invento es la escritura de lo real, en la medida de responder a la disyunción en Freud de lo simbólico y lo imaginario. En la disyunción entre ambos, lo real, los anuda pero no los une.
Esta formulación realizada en los finales de su enseñanza, constituye en sí misma todo un programa de investigación. Las diversas conceptualizaciones, y los distintos modos de producción teórica al respecto, son solidarios de otras elaboraciones.
Implican tanto las diversas conceptualizaciones de lo que Freud llamó aparato psíquico, como las distintas orientaciones de lo que él mismo llamó “dirección de la cura”, y formulaciones respecto a la cuestión del final de análisis, y de lo “inatrapable” del invento freudiano: el analista.
Por lo tanto, las “huellas freudianas” las hallamos en diversos giros de la conceptualización de lo real, y cuando de la “mano de Joyce” parece desprenderse de Freud, nos encontramos –como ya fue dicho–, con la llamada “respuesta sintomática”.
Debemos considerar además, que en los diferentes momentos de elaboración doctrinal, hay “disonancias” fecundas respecto a los conceptos privilegiados.
Estas “disonancias” y el estatuto de “respuesta sintomática” a la elaboración freudiana del inconsciente, implican que no hay una modalidad hegeliana de producción conceptual, como etapas que se superan unas a otras, más allá del “privilegio” acordado al llamado orden simbólico en un momento, y su depreciación posterior.
II.
Si como se ha dicho, la conceptualización de lo real por parte de Lacan, es su respuesta sintomática al descubrimiento freudiano, veamos muy sucintamente ciertas huellas freudianas al respecto.
En principio, hallamos en Freud diferentes rupturas de las categorías kantianas de espacio y tiempo. Pese a las críticas en su momento por parte de Lacan al esquema freudiano del aparato psíquico en el texto “El yo y el ello”, que Oscar Masotta lo denominó “un llamado a la topología de Lacan”. (2)
Los tres freudianos de “Inhibición, síntoma y angustia” hallarán su preciso lugar en el Seminario 22. El primero, como intrusión de lo imaginario en lo simbólico; el segundo, con la represión de la pulsión y la “extraterritorialidad”; y el tercero, tomando la referencia de “Lo siniestro”.
La cuestión del yo y el cuerpo atraviesa la dimensión de la superficie en su estatuto de narcisismo, refiriéndose a las experiencias dolorosas como modalidad de “tener un cuerpo”, ordenando el caos autoerótico, sin suprimirlo.
Por su parte la urvergrängt, va a dar cuenta de lo real como imposible, y la realidad psíquica y el Edipo como cuarto, que anuda real, simbólico e imaginario.
La represión primaria articulada a la identificación primaria, escupe un nombre, dando cuenta de la nominación real. Ambos conceptos freudianos son articulables por Lacan, para dar cuenta de la institución del sujeto.
Por su parte, los llamados restos sintomáticos, dan cuenta de un nombre de lo imposible en el final de análisis, y responden a las fijaciones tempranas pero no nombradas como fixierung (fijación) sino como niederschrift (transcripciones), tal como las de la “Carta 52”. Estas fijaciones (niederschrift) son primeras transcripciones de las percepciones. No hacen cadena S1 – S2. Su estatuto es de letra.
Sostienen, en términos freudianos, las condiciones del spielerei (jugueteo de significantes, sin articulación y que no están destinados a comunicar nada a nadie).
Ese es el verdadero estatuto del sueño, y su referencia es la escritura china como materia prima. En Freud, el sueño no quiere comunicar nada a nadie, su spielerei es una ganancia de placer “autística”.
Se trata radicalmente de la diferencia entre lo escrito y lo dicho.
En esta perspectiva, la referencia de los restos sintomáticos es la letra.
Otra importante referencia, es lo que Freud en el texto “Recordar, repetir y reelaborar” va a denominar: piezas de vida real (stick realen lebens).
Estas piezas, que se presentan en el tratamiento, no son recuerdos efectos del retorno de lo reprimido, y son la causa del agieren (actuar en transferencia). Pueden tener el estatuto de transferencia negativa, y si el analista realiza un forzamiento simbólico de las mismas, la respuesta será la reacción terapéutica negativa.
Las referencias de esas “piezas”, no son ninguno de los que Freud agrupa en la “Psicopatología de la vida cotidiana”, ni el sueño, ni las fantasías, ya que no dan cuenta de un conflicto de instancias. Sino el deja vu, el deja raconte, el retorno de los restos visuales y auditivos del texto “Construcciones en psicoanálisis”, los instantes traumáticos de la “Conferencia 32” de Freud.
Pueden ser abordados desde “La negación” y el deja raconte del fenómeno alucinatorio del “Hombre de los lobos”.
Los “instantes traumáticos” a los que refieren, no son escenas traumáticas, sino que dan cuenta de los efectos de lalengua en el cuerpo.
Estas “piezas”, anticipan el concepto del “ello freudiano” y nombran un real diverso a aquel enmarcado por el retorno de lo reprimido. No es un real como imposible, como carencia de material simbólico, como atestigua por ejemplo el ombligo de los sueños.
En estas referencias freudianas, a la conceptualización de lo real por parte de Lacan, puedo mencionar el historial del Hombre de las ratas como paradigmático, aunque no exhaustivo. Aunque es un historial publicado en 1909, por lo tanto anterior al gran giro de 1920, hallamos en estado práctico, numerosas producciones que anticipan los desarrollos posteriores y que han nutrido la última enseñanza de Lacan.
La represión de la pulsión, como beneficio primario, el modo de defensa llamado regresión como desligadura pulsional, el síntoma en su dimensión de extraterritorialidad, la “conciencia” como zona erógena, el yo como síntoma, la prohibición mortificante del superyó, el inconsciente económico y la dimensión compulsiva, la irrupción de la angustia ante la conmoción de la nominación imaginaria. La transferencia dando cuenta de la doble perspectiva del objeto (anal el de la demanda, escópico el del deseo), el masoquismo del fantasma con el significante ratten como fustigador.
III.
El modo en que Lacan aborda la dimensión de lo real, en los inicios de su elaboración, presenta diversas aristas. Quizás la que más se prestó a desorientación y equívocos, es aquella en la cual nos presenta el término “realidad”.
Este término suficientemente desplegado por la psicología y las ciencias sociales, sin embargo se presenta diverso en las primeras reflexiones de Lacan.
Incluso difiere en un índice con respecto al principio de realidad freudiano. Ya que, como el mismo Lacan lo formuló, en Freud se trata de la continuidad del principio placer-displacer.
Muy tempranamente, en el “Seminario sobre el Hombre de los Lobos”, la sexualidad se presenta como una realidad que se escapa a la simbolización, nombra un fracaso en simbolizar ciertas relaciones simbólicas.
Vemos por lo tanto, que esta realidad, se define por su no captura simbólica y que además refiere a la sexualidad. Ya en este punto difiere de la referencia psicológica de realidad.
En la misma perspectiva, en el Seminario 1 (3), la “realidad pura y simple”, previa a la construcción de la vida fantasmática por parte del sujeto, objetos, instintos, deseos, tendencias, en una modalidad caótica y originaria.
El punto quizás más preciso, lo vamos a hallar en la clase 8 del mismo Seminario 1, en referencia al delirio alucinatorio. Cuestión ésta, que tendrá un destino luminoso en toda la obra de Lacan.
Respecto a una observación de la señora Lefort, va a decir:
Si la palabra alucinación significa algo, es ese sentimiento de realidad. En la alucinación hay algo que el paciente asume, verdaderamente, como real. (4)
Vemos aquí con total precisión, el deslizamiento realidad-real.
El sentimiento de realidad en el fenómeno alucinatorio, excluye en forma taxativa cualquier referencia psicológica del mismo.
Para no agotar referencias, indico las que ubico en “Variantes de la cura tipo”, (5) cuando en la página 113 Lacan formula: “No hay, en efecto, más realidad que ese toque de la muerte cuya marca recibe al nacer”. Y en la misma página, para el sujeto “la realidad de su propia muerte no es ningún objeto imaginable”, más bien da cuenta de que es un ser prometido a la muerte. Cuestión a asumir en el curso de un análisis.
Jacques-Alain Miller va a tomar esta perspectiva, en su curso “El ser y el Uno”, cuando da cuenta de la manera en que Lacan trata a lo real, como aquello excluido de la experiencia:
[…] en tanto lo real-realidad está excluido de lo simbólico, lo que resulta wirklich, lo que se muestra como real eficaz, lo real en tanto de él se desprenden efectos. (6)
Voy a aportar aquí, como lo demostraré luego, que es el fenómeno alucinatorio lo que da la matriz necesaria a tal fin.
Por su parte, en el curso Sutilezas analíticas (7) Miller, hablando de la experiencia en un análisis, se va a referir a otra realidad, que surge como piezas sueltas y perturba el relato de la realidad (digamos imaginaria) por parte del analizante.
Se trata, en palabras de Miller, de la narración que toma a su cargo lo que quedó como agujero en la realidad del sujeto. Hystorias que el sujeto se cuenta a partir del traumatismo de lalengua.
IV.
En el punto II me he referido a las “piezas de vida real”, ubicadas por Freud en “Recordar, repetir y reelaborar”. La puse en serie, entre otros, con el deja raconte, e hice mención del deja raconte del episodio alucinatorio del “Hombre de los lobos”.
No solo que es un episodio sin Otro, sino que al relatarlo se le presenta el fenómeno de “lo ya contado”.
Dije que solo podría ser abordado por los juicios de existencia y atribución del texto de Freud “La negación”, ya que no era un efecto del retorno de lo reprimido. Lacan, muy al comienzo de su enseñanza, se va a referir a un real que se presenta erráticamente, sin ley, respecto al fenómeno alucinatorio. No es un efecto de la verdad del inconsciente reprimido ni llama a la interpretación. No es hystorizable, ni opera con las leyes de la metáfora y metonimia, ya que es algo que no fue simbolizado. En este caso la castración genital efecto de la verwerfung, que Lacan traduce como expulsión, rechazo, cercenamiento, forclusión.
La alucinación señala, por el contrario, un real que supera lo verdadero, un real que surge en lo verdadero. La alucinación es el fenómeno o la manifestación de un real surgiendo en la verdad. (8)
Va a dar cuenta de un “sentimiento de irrealidad”, como fenómeno de franja.
Miquel Bassols va a afirmar que el fenómeno forclusivo, que Lacan llama retrancheé, en sus inicios, no se expresa solo en los fenómenos alucinatorios sino en otros episodios, como por ejemplo en el acting out.
Fundamentalmente, al generalizar el concepto de forclusión, hacemos de la neurosis una modalidad de suplencia, producida a través de la significación fálica (9).
Ese sujeto de la castración, nos dice Freud, no quería saber nada en el sentido de la represión, er von ihr nichts wissen wollte im sinne der verdrängung. Y para designar este proceso emplea todo el término “cercenamiento” (retranchement). (10)
Se trata, en verdad, de que un sujeto puede rehusar el acceso a su mundo simbólico, a pesar de ser algo que ha experimentado.
Puedo por lo tanto señalar que aunque Lacan utilice en su momento el término realidad como homólogo a real, a partir centralmente del fenómeno alucinatorio del “Hombre de los lobos”, su real tiene una especificidad por fuera de cualquier referencia a la realidad de la psicología y por fuera del principio de realidad. Este último da cuenta del inconsciente reprimido, de lo que existe como símbolo. La condición del principio de realidad es la bejahung (afirmación).
Pero además el real que formula en la “Respuesta al comentario de J. Hyppolite”, es un real que se presenta fuera de toda ley, de todo orden, lo hace erráticamente. Esta característica tendrá un relieve fundamental en la última enseñanza de Lacan.
Pero además de este modo errático de presentarse este real, Lacan va a formular que “el hombre de los lobos”, en el episodio alucinatorio:
No se animaba a decir nada a su criada que estaba solo a unos pasos de él; se dejó caer sobre un banco y permaneció así, incapaz de lanzar una mirada más a su lado. Al fin se calmó, miró bien su dedo y –¡fíjense nomás!– estaba totalmente indemne. (11)
Ambos caracteres, el presentarse erráticamente y el sin Otro – sin Otro, en tanto la alucinación no está en la trama simbólica, en la articulación significante, en la operatividad de la metáfora y la metonimia, ni puede historizarse.
Vemos de este modo cómo la “realidad”, en tanto lo que queda por fuera de la experiencia (simbólico-imaginario) nos habla de un real localizado de este modo.
V.
A partir del Seminario 7, La ética del psicoanálisis, Lacan comienza a coordinar el concepto de lo real con el goce. Son notables las referencias a la elaboración freudiana de la denominada segunda tópica.
Se trata de un retorno a Freud diverso del de la primera época, que tenía como huella a la “Interpretación de los sueños”, “Psicopatología de la vida cotidiana” y “El chiste y su relación con el inconsciente”.
El giro freudiano de 1920 reordena el conjunto de la teoría, la orientación de la cura, la concepción del final de análisis y la posición del analista.
A esa altura, ya no se trataba de dar cuenta de cómo se producía una cura, sino cuáles eran los obstáculos para tal finalidad.
Si la clínica con las pacientes histéricas le permitieron a Freud construir su hipótesis del inconsciente, la tarea especialmente con las neurosis obsesivas implicó la necesidad de un giro completo de toda su elaboración.
El aparato psíquico pasa a estar regulado desde el más allá del principio de placer, cuestión que implica la producción del tercer modelo pulsional: pulsión de vida, pulsión de muerte. El problema del masoquismo como primario, las resistencias estructurales (del ello y del superyó) que llevaron a modificar la concepción del aparato psíquico: la necesidad de castigo en el núcleo del síntoma, la reacción terapéutica negativa, la respuesta estereotipada de los mecanismos de defensa, el factor compulsivo del síntoma localizado tempranamente por Freud, alcanza un relieve paradigmático; tanto es así, que la tendencia al conflicto no va a estar sostenida ni en lo reprimido, ni en la fantasía, sino en el llamado fragmento de agresión libre, fundamento de goce irreductible, incurable.
El das ding freudiano que se presenta como extraño y siniestro, será localizado por Lacan por fuera de lo simbólico y lo imaginario, por lo tanto su referencia será real.
Incluso el imperativo categórico kantiano, que siendo un enunciado simbólico, en su valor de superyó freudiano, se presenta como real.
El goce como real es inaccesible a no ser por una trasgresión. Lo simbólico y lo imaginario funcionan como barreras para alcanzar lo real.
Que el goce sea real, y que se ubique en oposición al placer, va a determinar una disyunción absoluta del significante y el goce; a partir de ahí no habría posibilidad de articulación entre la dimensión del goce y la del Otro que, construido a partir de los primeros Seminarios, encuentra aquí un impasse en su formalización.
El bien y lo bello tienen el estatuto de barreras frente al goce.
Lacan afirma, por otra parte, que:
Mi tesis es que la ley moral se articula con la mira de lo real como tal, de lo real que puede ser la garantía de la Cosa. Por eso les incito a interesarse en lo que podamos llamar el acmé de la crisis de la ética, que les designé, ya de entrada, como ligado con el momento en que aparece La crítica de la razón práctica. (12)




