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Ideología y la opinión pública
En los estudios empíricos de la ideología existe una dificultad para acordar una definición común (Federico, 2012), en parte porque el concepto de ideología ha tenido diversos significados a través del tiempo (Knight, 2006). En el estudio de la opinión pública, la ideología se entiende como un conjunto de valores y creencias interrelacionadas. En este sentido, es un esquema mental de amplio alcance que refleja la visión de un grupo sobre la forma ideal de organización política y social (Lewis-Beck et al., 2008; Federico, 2012; Feldman, 1988; Zaller, 1992). Comúnmente, la ideología se conceptualiza en términos espaciales en el continuo izquierda-derecha (Downs, 1957; Knight, 2006).2 Sin embargo, el contenido específico de lo que se asocia con izquierda o derecha pueden variar de un país a otro.
Las ideologías proveen un marco que le permite a las personas conectar ideas sobre áreas temáticas diversas y un conjunto de principios para desarrollar opiniones. En este sentido, se puede considerar que una persona es “ideológica” cuando organiza todo su pensamiento sobre la política alrededor de este marco (Jacoby, 1991). A pesar de la ubicuidad del concepto de ideología en la ciencia política, la idea de un electorado que orienta la totalidad de sus decisiones electorales y políticas (en un sentido más general) por consideraciones abstractas y conjuntos de ideas interconectadas y en si consistentes ha sido desvirtuada por muchos estudios en el campo de la opinión pública. La evidencia sugiere que la mayoría de los individuos no expresa ideas consistentemente de “izquierda” o “derecha” o que opiniones sobre temas políticos estén interconectados (Converse, 1964; Lewis-Beck et al., 2008). Es común encontrar, por ejemplo, una alta asociación entre la necesidad psicológica por seguridad y certidumbre con el conservatismo social, pero no con posiciones favorables al libre mercado (Federico y Malka, 2018).
Sin embargo, en algunos casos se han encontrado relaciones entre la auto-identificación ideológica (en el continuo izquierda-derecha), la decisión del voto y a posiciones sobre algunas políticas públicas (Jacoby, 1991; Zechmeister y Corral, 2012). En los Estados Unidos, por ejemplo, se encuentra que entre electores muy educados y con altos niveles de conocimiento político se puede detectar posicionamientos consistentemente ideológicos frente a políticas públicas (Layman y Carsey, 2002; Zaller, 1992) y estos exhiben una mayor estructura ideológica en el desarrollo de sus opiniones políticas (Jacoby, 1991; Lewis-Beck et al., 2008). En este sentido, no es sorprendente que personas con alto grado de información y interés en la política exhiban fuertes correlaciones entre su auto-posicionamiento ideológico y posiciones frente a temas económicos, políticos y sociales (Zaller, 1992) Las élites políticas, militantes de partidos o movimientos sociales o personas con fuertes afinidades a partidos políticos tienden a pensar en términos más ideológicos. Adicionalmente, son estas élites las que conectan temas aparentemente dispares (por ejemplo, posiciones frente a los impuestos y el aborto), dándole así un sentido a etiquetas ideológicas y extendiendo así las líneas de disputa política o conflict extension (Layman y Carsey, 2002).
El contexto en el cual transcurre la política también importa. Nie et al. (1979) encuentran que la exposición a contenidos políticos, en particular a opciones de política pública contrastantes, posibilitan mayores niveles de estructuración ideológica de las opiniones y el comportamiento político. Se debe observar un mayor “ordenamiento” ideológico en el electorado en ambientes polarizados donde las élites políticas ofrecen señales (“cues”) claras a los ciudadanos sobre su alineamiento político. Son estas élites las que definen qué significa ser de “izquierda” o de “derecha”. Además de la polarización, otras características de la competencia política tienden a afectar el grado en el cual el auto-posicionamiento ideológico es un buen predictor sobre posiciones políticas o la decisión del voto. Zechmeister y Corral (2012), por ejemplo, encuentran que la institucionalización de los sistemas de partidos –es decir el nivel de volatilidad entre las opciones partidarias en contienda– y la fragmentación de estos sistemas –donde existen muchos partidos que efectivamente disputan el poder público mediante elecciones– afectan la utilidad de las etiquetas ideológicas para explicar opiniones y comportamientos políticos, como el voto.
Recientemente, ha habido un creciente número de análisis sobre la ideología y el posicionamiento ideológico de las élites latinoamericanas (por ejemplo, Power and Zucco 2009) y en la opinión pública. El estudio de la ideología en la opinión pública latinoamericana ha sido en gran parte posible por la realización frecuente de encuestas de opinión pública apropiadas para el análisis académico, como los proyectos LAPOP (Latin American Public Opinion Project) y Latinobarometro. Los resultados derivados del análisis de estas encuestas muestran que, en muchos casos, se pueden identificar grupos ideológicos en la opinión pública que se distinguen por opiniones sobre el rol del estado en la economía y como garante de una mayor igualdad social. De la misma manera que ocurre en democracias del norte global, la derecha política tiende a estar asociada con el apoyo a un estado menos intervencionista en la economía y a la izquierda con un mayor apoyo a la acción estatal en la economía y para la reducción de la desigualdad (Wiesehomeier y Doyle, 2012; Zechmeister y Corral, 2012). Esta relación se puede observar en una mayoría de los 18 países latinoamericanos. Sin embargo, existen casos significativos –como Brasil, Colombia y Ecuador– donde no hay una relación fuerte entre opiniones sobre el rol del Estado en la economía y el auto-posicionamiento ideológico en la opinión pública (Zechmeister, 2015).
Adicionalmente, estudios sobre la opinión pública latinoamericana han reafirmado la importancia de factores individuales y contextuales para entender los efectos que pueda tener la ideología en el comportamiento y las opiniones políticas. Como es el caso en otras regiones globales, el nivel de educación y sofisticación política impacta la habilidad de utilizar la ideología como una heurística para definir opiniones acerca de temas de relevancia política: las personas con mayor nivel educativo y mayor conocimiento político tienden utilizar rótulos ideológicos para entender y actuar en el mundo político (Zechmeister and Corral 2012).
El contexto político en el cual se desenvuelven también afecta la efectividad de las posiciones ideológicas para formar opiniones. Mientras que la polarización política tiende a fortalecer la relación entre el auto-posicionamiento ideológico y posiciones frente a temas políticamente relevantes y de política pública, la desinstitucionalización y fragmentación de los sistemas de partidos afectan negativamente esta relación (Zechmeister y Corral, 2012). La asociación entre el auto-posicionamiento ideológico y la forma como las personas votan es más fuerte con altos niveles de polarización y cuando la competencia política es altamente programática y mucho menor cuando el clientelismo es el modo predominante de relación entre ciudadanos y políticos (Zechmeister, 2015). En el contexto latinoamericano esto tiene sentido: la intermediación clientelista se basa en el intercambio de un bien privado por apoyo político. Si este es el modo de relación entre ciudadanos y políticos, el auto-posicionamiento ideológico no tiene cabida. Por el contrario, en contextos de polarización, las diferencias de posición más marcadas presentadas por las élites políticas hacen que los rótulos ideológicos sean más claros y útiles para el electorado.
Esto último ocurre aún más cuando las mismas élites hacen mayor uso de elementos retóricos que hacen referencia a las categorías izquierda y derecha en su discurso. Zechmeister (2006), por ejemplo, muestra cómo los significados atribuidos por las élites políticas a las categorías izquierda y derecha tienen un impacto sobre el contenido específico asociado a ellas en México y Argentina. En este sentido, el significado particular dado al continuo izquierda-derecha por la opinión pública variará dependiendo de las particularidades de cada país (ver también Wiesehomeier y Doyle, 2012).
De los gobiernos de izquierda al regreso de la derecha en América Latina
Después de la década perdida de los años ochenta y las sucesivas políticas de ajuste –aperturas comerciales, privatizaciones, desregulación, entre otras– hubo un giro hacia la izquierda a finales del siglo XX e inicios del siglo XXI. Rápidamente, fueron elegidos gobiernos de izquierda en buena parte de los países latinoamericanos. Aunque en cada país hubo factores específicos que llevaron a la elección de presidentes y presidentas de izquierda, generalmente se apunta a las crisis económicas de finales de los noventa e inicios del siglo XX (Levitsky y Roberts, 2011) y el asociado desgaste del “modelo neoliberal” como la causa de este fenómeno. Las promesas de una prosperidad generalizada como resultado de las reformas de los noventa evidentemente no se cumplieron para una parte importante de la población y generaron una gran frustración en ésta (Weyland, 2010).
Frente a la denominada “ola roja” es importante realizar dos apuntes importantes que también nos ayudan a entender el creciente éxito electoral reciente de la derecha. Por un lado, existía una gran diversidad en los gobiernos de izquierda en la región, tanto en el tipo de políticas públicas (económicas, sociales) que buscaban implementar, como en las estrategias políticas para lograrlas. Definir que es “ser de izquierda” es un debate extenso al cual no puede dedicar mucho espacio, pero siguiendo a Roberts y Levitsky (2011: 5) se puede plantear una definición operacional donde nos referimos a actores de izquierda como “actores políticos que buscan, como un objetivo programático central, reducir la desigualdad económica y social”. Esto abre el espacio para entender como gobiernos “moderados” –por ejemplo, Michelle Bachelet en Chile o Lula da Silva en Brasil y sus programas de inclusión social manteniendo los pilares de la política macroeconómica de sus predecesores– son de izquierda, aunque contrasten notoriamente con las políticas económicas y sociales de “radicales” como Hugo Chávez en Venezuela (Weyland, 2010). Muchos de los moderados mantuvieron además un fuerte compromiso con la democracia liberal representativa y buscaron realizar reformas en alianza con otras fuerzas políticas de centro y derecha, como fue el caso en Brasil. En otros casos, gobiernos de izquierda fomentaron procesos de erosión de las instituciones democráticas liberales –Venezuela y Nicaragua, por ejemplo– que llevaron a transiciones hacia regímenes autoritarios (Gamboa 2017).
Por otro lado, aunque pareciera que el surgimiento de gobiernos de izquierda estuviera asociado a cambios de posiciones ideológicas en la opinión pública en países latinoamericanos, el giro a la izquierda no estuvo asociado a esto. Es decir: la entrada de la izquierda al gobierno no estuvo relacionada a un creciente rechazo a las políticas “del ajuste” económico causado por cambios en la opinión pública sobre sus convicciones ideológicas acerca del rol del Estado en la economía. El apoyo mayoritario hacia gobiernos de izquierda resultó del desgaste de gobiernos de centro y derecha con pobres resultados económicos. Los votantes, en este sentido, se comportaron más como actores guiados por una racionalidad instrumental y sancionaron a aquellos gobernantes que “produjeron” políticas que redujeron su bienestar y apoyaron a sus contendores (Ross Arnold y Samuels, 2011). La capacidad que tuvieron los gobiernos de izquierda de sostenerse en el poder posteriormente tampoco estuvo asociada a cambios “ideológicos” en el electorado. De hecho, no hay evidencia –en general– que los gobiernos de izquierda hayan generado un incremento en la relevancia de los rótulos de “izquierda” o “derecha” para predecir la opinión y comportamiento político de las personas (Zechmeister, 2015). La re-elección de gobiernos de izquierda en la región respondió a electorados que recompensaron a gobiernos de izquierda que gobernaron en momentos de crecimiento económico –en buena medida por el boom de los commodities– permitiéndoles implementar variadas políticas sociales (Levistky y Roberts 2011).
Sin embargo, la ausencia de una “estructuración ideológica” de las opiniones y el comportamiento político del electorado no quiere decir que no hubo un impacto en algunos votantes de los gobiernos de izquierda y sus políticas. En algunos casos –por ejemplo, en Venezuela– se puede observar cómo se crearon identidades partidarias o partisanship (Handlin y Collier, 2011). Estas identidades no necesariamente se fundamentan en posiciones ideológicas–aunque puedan serlo. En el fondo, son un apego psicológico a un grupo social (en este caso, un partido) más que una identidad ideológica (Green et al. 2002).
De la misma manera que un partido puede fomentar estas identidades partidarias en el tiempo –por ejemplo, el caso del Partido de los Trabalhadores (PT) en Brasil– es posible también generar identidades sociales en contraposición a una opción partidaria. En este mismo caso, el surgimiento del PT también fue creando una fuerte identidad social (anti-partisanship) contraria al PT que no se cristalizaba necesariamente en una opción partidaria contrapuesta (Samuels y Zucco, 2018) pero si podía manifestarse como una identificación social en contra de “la izquierda”.
Analíticamente, los mismos retos que teníamos al analizar la “ola” de gobiernos de izquierda, los tenemos al analizar los nuevos gobiernos de derecha que han llegado al poder recientemente. Aunque en general se puede pensar en actores “de derecha” como aquellos que defienden los intereses de unas elites en contra de presiones redistributivas, esto se puede manifestar por medio de múltiples estrategias y posiciones (Roberts, 2014). Algunas fuerzas de derecha pueden hacer uso de posiciones conservadores frente a temas morales y culturales para movilizar a las clases populares. Otras pueden enfatizar políticas de seguridad (la denominada “mano dura”) para buscar apoyo entre los votantes. Inclusive, dentro de la derecha no siempre se tienen posiciones comunes frente a políticas económicas. Mientras algunos grupos de derecha favorecen políticas ortodoxas fiscalmente y de apertura comercial, otros sectores (por ejemplo, sectores industriales enfocados en el mercado local) pueden favorecer políticas proteccionistas y de nacionalismo económico (Roberts, 2014). En electorado, tampoco se encuentra un patrón consistente entre opiniones sobre temas económicos, sociales o políticos para personas de derecha (Doyle y Wiesohomeier, 2014).
En el periodo durante el cual los gobiernos de izquierda contaron con un ambiente económico favorable en la mayoría de países en la región, las fuerzas políticas de derecha tuvieron poco éxito electoral y, por consiguiente, tuvieron que buscar otros temas –más allá de conflictos distributivos– para buscar nichos en el electorado. Dependiendo del país, el tema específico que enfatizaban los políticos de derecha podía variar por país (Doyle y Wiesohomeier, 2014). Sin embargo, con el alto nivel de violencia criminal observado en muchos países de la región, el tema de la seguridad pública ha adquirido mayor relevancia en la opinión pública y ha sido adoptado por muchos partidos y políticos de derecha para atraer sectores del electorado con sus propuestas de “mano dura” (Doyle y Wiesohomeier, 2014; Zechmeister, 2015).
Ante las fuertes crisis económicas que vivieron muchos países latinoamericanos recientemente –asociados en gran medida a las caídas de los precios de los commodities y las limitaciones para sostener gastos por parte de los gobiernos de la región– la mayoría de los gobiernos latinoamericanos de izquierda fueron reemplazados por gobiernos de derecha. Es previsible que el ascenso de la derecha, tal como sucedió a inicios de siglo con la izquierda, no esté ocurriendo por cambios ideológicos en el electorado y si como un intento de sancionar a gobiernos (de izquierda) que están presidiendo en situaciones económicas precarias y crisis políticas (por ejemplo, escándalos de corrupción).
En este sentido, es importante en una primera instancia y como objetivo central de este capítulo, explorar si el auto-posicionamiento del público general está asociada a sus opiniones frente importantes temas económicos, políticos y sociales. A continuación, analizaremos –ahora en el contexto de gobiernos de derecha– a dos países: Colombia y Brasil.
Opinión púbica y auto-posicionamiento ideológico en dos casos latinoamericanos
En esta sección analizaré la relación entre el auto-posicionamiento ideológico y las posiciones frente a temas comúnmente asociados a posiciones ideológicas en dos países, Colombia y Brasil. La selección de estos países sigue la siguiente lógica: ambos países han experimentado recientemente un incremento en los niveles de polarización política. En el caso de Colombia, el conflicto central era la negociación y posterior acuerdo de paz entre el gobierno y la ahora desmovilizada guerrilla de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia). En Brasil, el proceso que llevó a la destitución (impeachment) de la presidenta Dilma Rousseff y las elecciones presidenciales del 2018 mostraron fuertes divisiones entre personas políticamente activadas y entre élites políticas. Mientras la polarización debería favorecer una mayor relevancia y congruencia entre el auto-posicionamiento ideológico y opiniones frente a temas políticos en estos países, la naturaleza de los sistemas de partidos en ambos debería tener un efecto negativo sobre la estructuración ideológica de las opiniones políticas.
Si bien el sistema de partidos brasileño logro niveles aceptables de estabilidad hasta el 2014 (Mainwaring et al. 2018), la crisis política reciente llevó –por lo menos temporalmente– a altos niveles de volatilidad electoral. Esto se ve con gran claridad a través de la elección de un presidente apoyado por un partido anteriormente microscópico y que pertenecía a los denominados partidos de alugel3 (Hunter y Power, 2019). En el caso colombiano, desde mediados de los años noventa inició un proceso de desinstitucionalización del sistema de partidos, que desde entonces se ha caracterizado por altos y persistentes niveles de inestabilidad (Albarracín et al., 2018). La ausencia de opciones partidarias estables en ambos casos reduce la posibilidad que tienen las élites políticas para poder señalizar efectivamente y consistentemente a la opinión pública que constituyen ideas de “izquierda” y de “derecha”.
Para realizar el análisis se utilizó datos de las encuestas del Latin American Public Opinion Project (LAPOP), liderado por Vanderbilt University (EE.UU.). Los datos de las encuestas utilizadas para Colombia y Brasil fueron levantadas en el 2012 (ambos países), 2016 (Colombia) y 2017 (Brasil). Siguiendo la estrategia trazada por Zechmeister (2015), escogí preguntas de la encuesta que me permiten medir el auto-posicionamiento ideológico de cada encuestado, así como sus opiniones frente a temas económicos (el grado de intervención deseable del Estado en la economía), sociales (apoyo al matrimonio igualitario), de seguridad y legislación penal (apoyo a penas más severas para criminales) y políticos (grado de apoyo a la democracia). Igualmente, para cada caso escogí temas de gran relevancia contextual. Para Colombia, busco relacionar el apoyo al acuerdo de paz entre el gobierno y las FARC con el auto-posicionamiento ideológico. En el caso de Brasil, se explorará si existe una asociación entre la posición frente al impeachment de Dilma Rousseff con la posición que toma el encuestado en la escala ideológica.
En ambos casos se realiza un análisis de la distribución de opiniones por grupo ideológico (izquierda, centro y derecha). Esto se complementa con regresiones que estiman la relación entre el auto-posicionamiento ideológico y posiciones frente a temas políticamente relevantes. En ningún caso, este análisis empírico pretende establecer relaciones causales entres estas variables. Sin embargo, como se verá a continuación, si nos muestra la poca asociación que hay entre opiniones y el auto-posicionamiento ideológico.
Colombia: la continuidad de la derecha
Colombia fue una excepción en la región. Mientras gobiernos de izquierda fueron electos desde finales de los años noventa, gobiernos de derecha y centro-derecha han controlado el poder ejecutivo en Colombia y la izquierda no ha tenido una opción real de ganar las elecciones presidenciales, con la debatible excepción de las elecciones de 2018. La longevidad del conflicto armado entre el Estado, grupos guerrilleros y paramilitares, así como las visiones opuestas de como superarlo han sido el clivaje central de política en Colombia. Particularmente a partir de 2002 con la elección de Álvaro Uribe, las opiniones frente al conflicto armado empezaron estar fuertemente asociadas con el auto-posicionamiento ideológico. Personas que se identificaban como cercanas a la izquierda tendían a apoyar una resolución negociada al conflicto, mientras que personas que afirmaban ser de derecha expresaban que el conflicto debía resolverse por medios militares.
Antes de la elección presidencial de 2002, los partidos tradicionales en Colombia (Liberal y Conservador) no habían dado señales consistentes al electorado, expresando apoyo y llevando a cabo tanto a acciones armadas como a negociaciones como potenciales soluciones al conflicto armado. Sin embargo, después de la elección del 2002, las elites políticas empezaron a indicarle a la opinión pública con más claridad que la posición que se tomará frente al conflicto reflejaba el ser de “izquierda” o “derecha”. Figuras claves de la izquierda como los candidatos presidenciales Luis Eduardo Garzón (2002) o Carlos Gaviria (2006) basaron sus campañas a la presidencia en la defensa de la opción negociada al conflicto. Representantes de la derecha política, en particular el presidente Álvaro Uribe, defendían inequívocamente una resolución militar al conflicto armado (Albarracín, 2013).
El conflicto armado era el eje central de la política en Colombia. No es sorprendente entonces que las posiciones frente al conflicto armado estuvieron fuertemente asociadas a el auto-posicionamiento ideológico y que predijeran el comportamiento electoral de los votantes (Olivella y Rodriguez Raga, 2009). A pesar de que el conflicto armado y el acuerdo de paz siguió siendo el clivaje central de la política colombiana (Milanese y Serrano, 2019) la clara alineación entre la posición ideológica y la posición frente al conflicto se diluyó en el gobierno de Juan Manuel Santos. El hecho de que un representante de la política de seguridad democrática del presidente Uribe y una figura de la élite tradicional bogotana buscará y lograra un acuerdo con las FARC rompió con las claras señales que enviaban las élites políticas a la opinión pública: por lo menos para una parte de ésta, se le indicaba que se podía ser de centro o centro-derecha y apoyar la negociación como salida al conflicto.
La cuestión de que no hubiera un alineamiento claro entre la posición ideológica y las opiniones sobre la solución al conflicto armado no quiere decir que este último no continuará siendo el eje central de la política en Colombia–la elección presidencial del 2014 y el plebiscito de 2016 muestran claramente la centralidad de este tema. Pero sí muestra que la coherencia entre posición ideológica (por lo menos para algunas partes de la derecha) y la posición hacia el conflicto se fue perdiendo.
La importancia del conflicto armado como eje central de la política colombiana también desplazó a otros temas económicos y sociales como clivajes de la competencia política. Posiciones sobre cuestiones socio-culturales (el aborto, el consumo de drogas, el divorcio, el matrimonio igualitario) y económicas (el rol del estado en la economía) generalmente no estaban asociadas a la posición ideológica que decía tener una persona (Albarracín, 2013). La poca asociación entre posiciones económicas y sociales e ideología también puede resultar de la distribución misma de las élites políticas y el consenso en la política económica moderada entre estas. Hasta recientemente, no había diferencias económicas fundamentales entre las fuerzas políticas electoralmente relevantes. En tema socio-culturales, los partidos políticos podían albergar políticos que representaban visiones radicalmente diferentes. El Partido Liberal, por ejemplo, tenía una senadora como Vivian Morales que se oponía al matrimonio igualitario y defendía restricciones al derecho de parejas del mismo sexo a adoptar, mientras que compañeros de su bancada expresaban opiniones diametralmente opuestas.




