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–Por favor no le diga que no me gustó su habitación. No ha sido eso. Es un buen lugar para escribir. Pocas distracciones y muy tranquilo, lo cual es perfecto para un escritor. Tal vez decida darse de alta él mismo del hogar de ancianos donde está, y regrese a su habitación allá arriba a escribir.
–No creo que vaya a regresar con nosotros. Tampoco creo que yo tenga oportunidad de decirle nada de lo que usted ha dicho.
–¿Tan enfermo está?
–Es lo que he oído decir. ¿Ahora qué voy a hacer con la habitación? Es de usted. Vi los papeles legales. Podría venderla, si usted quisiera, y hacerse de un buen dinero. De pronto este vecindario se está volviendo muy codiciado. El precio de un departamento, apenas un estudio de un solo cuarto como el suyo, aumenta todos los días. Y el señor Cochran tiene una reputación tan enorme.
–Realmente no creo que me pertenezca como para venderlo –dije–. Me lo dio para que escribiera, no para que lo convirtiera en dinero. Así que haga lo que quiera con él. Déselo a otro escritor. O guárdelo para el señor Cochran en caso de que su salud mejore y decida regresar, que es lo que yo le deseo.
–No conozco a otros escritores –dijo la portera.
–Esta ciudad está llena de ellos, de muchos países. O el abogado que manejó los papeles legales… él sabrá qué hacer. O la sobrina del señor Cochran. Probablemente lo reciba ella. Pero yo no quiero tener nada que ver. Pienso que es la posición más honorable que puedo asumir.
Salí del edificio, llamé a mi amigo para ver si estaba interesado en el estudio, pero su compañero de departamento dijo que repentinamente había tenido que volar a Cape Town, su ciudad, y no volvería hasta dentro de un mes. Así que tal vez debería venderlo, pensé. Pero eso estaría mal, y yo no quería tomarme las molestias del caso, y estaba satisfecho con lo que ya tenía. Al abogado y la portera y la sobrina de Cochran ya se les ocurriría qué hacer con el estudio. No era asunto mío y acaso todo fuese un error. Cochran solo me vio una vez durante apenas media hora. No tenía ningún sentido. ¿Quién sabe?, pensé. Pudo estar borracho cuando estableció la cesión de aquel lugar a nombre mío, o bien me confundió con otra persona.
Iba a parar en algún sitio a tomar un café. Pero tuve una idea para un cuento y volví a mi departamento a escribirlo. El cuento no tenía nada que ver con el estudio y no era sobre mi media hora con Cochran. Trataba más que nada sobre cómo había conocido a mi esposa diez años antes. Fue en el hall de un cine de arte en Nueva York. El día de Año Nuevo, la primera función de la tarde. Probablemente signifique que es soltera, pensé, y sin ataduras. Los dos hacíamos la fila para entrar. Ella estaba delante de mí, leyendo un libro en francés. Tenía una linda cara y un aire inteligente y me gustó que estuviese leyendo un libro grueso en francés mientras esperaba para ver lo que yo suponía una película compleja y rebuscada. Pensé en algo para iniciar una conversación y dije: “Excusez-moi, mademoiselle… de acuerdo, dejo de fingir. Mi francés es abominable. Así que otra vez disculpas, no quiero distraerla de su lectura, ¿pero cuál es el título en inglés de ese libro? Me resulta familiar”. Ella me dijo el título en inglés. “Seguro, ahora lo reconozco”, dije, “y usted es estadounidense. Un escritor interesante. Es escocés, pero vivió en Francia desde el final de la Segunda Guerra Mundial, y es casi tan conocido por sus cuentos como por sus novelas. Y desde hace muchos años escribe solamente en francés y traduce toda su obra al inglés. Grande en Europa pero no tanto en Estados Unidos, ni siquiera en Escocia”. “Exacto”, dijo ella. “Podría usted pasar a ser el primero de la clase”. “Disculpe. Supongo que soné un poquito pedante, sobre todo considerando que apenas he leído cinco páginas de uno de sus libros”. “No, no”, dijo ella. “Sabe usted mucho más sobre él que la mayoría de la gente, lo cual es una vergüenza. Es un autor que merece tener un público mucho más amplio aquí”. “¿Puedo preguntar si lo está leyendo por razones académicas o por placer, o las dos cosas tal vez?”. “Las dos cosas”, dijo. “Así que está haciendo un doctorado en literatura francesa, y Maitland Cochran es uno de los escritores, o tal vez el principal, sobre quien prepara su tesis…”, y ella dijo: “No, es solo para un curso. Aunque podría terminar por hacer mi tesis sobre algún aspecto de su obra. Incluso su poesía. Hay más territorio virgen, en ese sentido. Y es tan buena como su ficción, y ni un solo poema suyo ha sido publicado aquí ni en ningún otro lugar que Francia. Todavía tengo tiempo para decidirlo”. “Por todo lo que oí decir a gente que leyó su ficción, y también por ese par de hojeadas que yo mismo les di a uno o dos de sus libros… en inglés, por supuesto. Nunca se me habría ocurrido leerlo en francés, aunque tengo una cierta comprensión lectora en ese idioma… me pareció que puede ser un escritor muy difícil y quizás un poquito demasiado cerebral para mí. Intencionalmente difícil, eso es lo que quiero decir, y demasiado abstruso. ¿Hay algo de eso?”. “Para alguna gente, tal vez”, dijo ella, “pero no para mí. Yo lo encuentro muy cómico, en ambas lenguas, un gran estilista, y una vez que uno se ha adentrado algunas páginas en cualquiera de sus libros, fácil de leer y distinto de cualquier otro autor. Definitivamente vale la pena”. “Bueno”, dije, “una vez, hace mucho tiempo, me recomendaron ese que usted está leyendo, desde luego que en inglés. ¿Le parece que ese puede ser bueno para empezar?”. “Oui”, dijo ella, y se echó a reír.
LOCO
Tuve un sueño. En el sueño llevo a mi esposa en su silla de ruedas por una angosta calle de Nueva York. El barrio chino, durante la hora del almuerzo. Edificios de cuatro o cinco pisos, montones de pequeños restaurantes, veredas atestadas y gente que camina apresuradamente. “Disculpen, disculpen”, les digo a unas personas delante de nosotros. “Mejor tengan cuidado, no quiero chocarlos”. No tengo idea de adónde voy. Solamente empujo. Mi mujer va sentada en silencio, mirando hacia delante.
Entonces la escena cambia a una calle del lado este de Nueva York. En la calle 40; cerca de East River. No una calle sino una avenida: Primera o Segunda o Tercera. Las veredas son anchas y otra vez abarrotadas. La hora del almuerzo. Gente que camina muy rápido. A pesar de los edificios altos a ambos lados de la avenida, muchísimo sol. “Estamos en el distrito Gravlax”, le digo a mi esposa. “¿Me oyes, con todo este ruido? El distrito Gravlax. Yo solía venir por aquí únicamente para ir a alguna churrasquería o a un cine de arte” Dejo de empujar y miro alrededor. “Tanta gente”, digo, dándole la espalda. “Las calles nunca están así de atestadas donde vivimos nosotros. Ni el tráfico. Es excitante, ¿no te parece?”. Cuando vuelvo a girar, ella y la silla de ruedas han desaparecido. Retiré mis manos de las manijas de la silla de ruedas, algo que casi nunca hago cuando voy con ella por la calle y estamos en movimiento, ni siquiera cuando estamos detenidos pero hay gente que se mueve alrededor. ¿Adónde puede haber ido? Ella no se iría sin siquiera decirme algo. Debió estar en un apuro, probablemente para hacer pis. Se levantó, me dijo adónde iba y para qué –muy probablemente a un restaurante para usar el baño–, pero yo no la oí debido al ruido de la calle, y luego empujó la silla de ruedas hasta ahí, o bien hizo rodar la silla hasta ahí pero sentada en ella.
Estoy en una esquina y veo un restaurante por la misma calle, unas pocas puertas más allá. Corro hasta ahí y le digo al hombre detrás del mostrador: “¿Ha entrado una mujer en silla de ruedas durante el último minuto más o menos?”.
“¿En silla de ruedas?”, dice. “No habría podido hacerlo. Hay que subir tres escalones hasta nuestra puerta”.
Corro más lejos hasta un parque que hay al final de la calle. ¿El parque Jacob Riis? ¿Llega hasta aquí ese parque? Como sea, un parque que bordea el río. Tal vez haya pensado que había un baño público en algún lugar por aquí, así que echo un vistazo. Abby no está. Sería fácil de ver, además, porque estaría en la silla de ruedas o empujándola. No puede caminar sola. Ningún edificio público cerca, tampoco. Solo un área de juegos rodeada de césped y de árboles.
Corro por la misma vereda dando la vuelta a la manzana. Miro a través de las puertas de entrada de todas las casas de piedra rojiza de ese lado de la calle, como lo hice del otro lado de la calle cuando corrí hasta el parque. Al fondo de un corredor sombrío veo lo que me parece una silla de ruedas volcada. Oh Dios mío; ¿está sobre ella? Toco todos los timbres, me abren con la chicharra. Corro a lo largo del pasillo. Es un cochecito de bebé que está volcado, no hay nadie debajo de él.
Corro a la avenida donde la vi por última vez, hago una bocina con mis manos y grito: “Abby, soy Phil; vuelve al mismo lugar, Abby, soy Phil; vuelve al mismo lugar”. La gente me mira como si estuviera loco. “Estoy buscando a mi esposa”, digo. “Estaba aquí, en su silla de ruedas; y ahora no está”. Vuelvo a gritar: “Abby, soy Phil; vuelve al mismo lugar”. Sigo gritando esas palabras mientras la busco con la mirada en todas las direcciones. Es mejor esperarla aquí que correr alrededor buscándola. Si viene a este lugar y yo no estoy, podría no saber qué hacer para encontrarme. No la veo, ni a nadie en silla de ruedas. La calle sigue muy concurrida y ruidosa. Y ahora oigo música, es música sinfónica que viene de alguna parte, y el volumen está tan alto que no podré gritar por encima de ella.
Me despierto. La música viene de la radio encima de mi mesita de noche. Estaba escuchando en la oscuridad la señal de música clásica cuando me quedé dormido. Pienso en el sueño. Al principio estábamos en el Barrio Chino y después en el lado este, en la 40. Tengo que ir ahí. Tengo que encontrarla. Esto es completamente loco, lo sé.
Manejo hasta la estación de tren, estaciono el auto en el garaje subterráneo y compro un pasaje de ida y vuelta a Nueva York. Cuando llego, voy derecho al Barrio Chino. Aunque no sé muy bien cómo llegar allí. Hace cinco años que no voy a Nueva York, mi ciudad natal y la de Abby. El distrito se angosta en el extremo sur, cerca de donde está el Barrio Chino, así que basta con tomar cualquier subterráneo hacia el sur y bajar en Worth Street o en Canal Street o en Chambers, lo que aparezca primero. Tomo el subte y me bajo en Houston Street –me había olvidado de Houston– y pienso que estoy cerca del Barrio Chino, pero resulta ser una caminata larga. Tengo hambre… salí de casa tan apurado que no comí nada, y en el tren no había coche comedor. Debería parar en cualquiera de los pequeños restaurantes que hay por aquí y sentarme ante la barra y pedir un tazón de sopa y un plato de fideos, pero no quiero perder el tiempo de buscarla.
Camino por todo el Barrio Chino. Pienso que cubro hasta la última manzana. Esto es algo completamente loco, lo sé, pero pensé que podría encontrarla por aquí, o que al menos había alguna chance. No quiero que esté perdida. Se sentirá triste, asustada, incluso aterrorizada tal vez. Así de vulnerable se ha vuelto. Solía gustarle ir sola a lugares –incluso a países lejanos– en los que nunca había estado o a los que no había ido en mucho tiempo. Pero ya no desde que se enfermó tanto. Ella me necesita. Una vez dijo que yo la mantengo con vida. No me lo dijo a mí sino que lo escribió, hace cuatro o cinco años, en uno de los cuadernos suyos que encontré. “Phil me mantiene con vida. ¿Qué hacer?”, y le puso fecha: 6 de octubre; no recuerdo el año exacto. Renuncio a buscarla en el Barrio Chino. El único otro lugar adonde ir es la 40 Este. Tal vez allí la encuentre. Puesto que fue el último lugar donde la vi, es allí donde primero debí haber ido.
Tomo el subte hasta Times Square, y después el ómnibus de enlace que tiene una sola parada, desde ahí hasta la avenida Lexington y la calle 42. Subo y camino por la calle 42 hasta la Primera Avenida. Recorro la Primera Avenida hasta la calle 34, luego la Segunda Avenida hasta la calle 42, luego la Tercera Avenida hasta la Calle 34. Después camino a lo largo de todas las calles laterales entre las avenidas Primera y Tercera, desde la calle 34 hasta la 50. Miro en las tiendas. Miro en casi todas las casas de piedra rojiza ante las que paso, y también en los lobbies de los altos edificios de departamentos y de oficinas, e incluso en unos pocos cines. Esto es algo completamente loco, lo sé, pero por alguna razón empiezo a pensar que la voy a encontrar, que hay más que una ligera chance. Pero ni rastros de Abby ni de la silla de ruedas en ninguna parte. Ni una silla de ruedas en los pasillos de planta baja de ninguna de las casas de piedra rojiza, aunque sí hay un par de cochecitos de bebé, ninguno de ellos volcado.
Tengo que ir al baño. Entro en una cafetería, pido un café en la barra y voy al baño de hombres. Bebo el café, lo acompaño con un muffin y le pregunto a la moza detrás de la barra si ha visto a una mujer en silla de ruedas, hoy, aquí, y le describo a Abby, la silla y su bolso de mano colgado del respaldo. “Yo iba empujando su silla, me distraje uno o dos segundos, cosa que casi nunca ocurre, y o bien alguien se la llevó o bien se alejó por sus propios medios”.
“Si hubiera venido aquí, yo la habría visto”, dice la mujer. “Estuve de turno todo el día, sin la más mínima pausa. La puerta de este lugar es difícil de abrir desde afuera para alguien en silla de ruedas, así que siempre tengo que salir de atrás de la barra para ayudar”.
Pago y me voy. Camino hasta la esquina de la calle 40 y Primera Avenida, que es donde ella desapareció, y la busco un poco más y luego formo una bocina con mis manos y grito: “Abby, soy Phil; vuelve al mismo lugar. Abby, soy Phil; vuelve al mismo lugar”.
Montones de personas me miran. Un hombre se detiene y dice: “¿Algún problema, jefe?”.
“Sí”, digo, “perdí a mi esposa. Estaba en su silla de ruedas”.
“Si se alejó de usted en la silla de ruedas y fue capaz de moverse por sí misma, entonces volverá”.
“Es por eso que la llamo a los gritos”, digo. “Hay demasiada gente en estas calles, y ella va sentada tan abajo en la silla que no podrá verme. Pero me oirá, y entonces volverá al lugar donde la perdí”. Pongo otra vez mis manos alrededor de mi boca y grito: “Abby, Abby, soy Phil. Vuelve al mismo lugar”.
Viene un policía y me dice: “No puede ponerse a gritar así, señor. ¿Hay algo en lo que pueda ayudarlo?”.
“Mi esposa, en su silla de ruedas, estaba aquí conmigo y desapareció”.
“¿Podría describirme a su esposa? Haré que una patrulla la busque”.
“No”, digo, “eso no va a funcionar. Es algo loco, ya lo sé, hacer lo que estoy haciendo, pero tenía que pasar por esto. Se lo agradezco. Ahora me iré a mi casa. Solo necesito creer que ella estará bien”.
Paro un taxi, lo digo que me lleve hasta Penn Station, allí tomo el siguiente tren de vuelta a mi ciudad. Será mejor que tenga cuidado, me digo. Podrían arrestarme. Llevarme preso. Retenerme toda una noche. Encerrarme no sé por cuánto tiempo en un loquero. No es precisamente lo que me anda haciendo falta.
UNA COSA LLEVA A LA OTRA
He estado escribiendo la misma historia durante semanas. No parece que logre pasar de la página cuatro. El nombre de la mujer fue Delia, Mona, Sonya, Emma, Patrice. El nombre del narrador fue Herman, Kenneth, Michael, Jacob, Jake. De ahora en adelante la voy a llamar “su esposa” y a él, “él”. La locación es un suburbio de Baltimore. Época actual. El título fue Liebesträume, Nada que leer, Listas, La lista, Una lista, La marcha nupcial, Marcha nupcial, El banco ante la iglesia, Tarareando. Siempre pongo el título cerca del margen superior de la primera página del manuscrito. Así que siempre necesito tener el título antes de empezar el último borrador de la primera página de la historia, cosa que con esta historia habré hecho un centenar de veces. Creo que sé lo que quiero decir con la historia y adónde quiero que vaya. Tal vez ambas cosas sean la misma. Con lo que tengo problemas es con cómo decirlo, y con evitar que la historia resulte aburrida, pesadamente escrita y demasiado explicativa. En otras palabras, una historia que yo no tendría ganas de leer. Hasta aquí, ha sido como un encuentro de lucha libre. La historia lucha conmigo y yo lucho con ella. A veces pienso que me tiene en sus manos y otras veces pienso que yo la tengo en las mías. Finalmente lo que quiero hacer es sujetarla contra la lona en lugar de que ella me sujete a mí. Ya me ha ocurrido antes pelear así con una historia, pero nunca por tanto tiempo, y siempre gané yo. Pero basta con esta analogía de lucha. En todo caso, probablemente la haya usado de modo incorrecto. Esto es lo que tengo hasta ahora: el comienzo. Quiero seguir con lo que viene después de lo que ya escribí.
Hay una iglesia episcopal cruzando la calle directamente en frente de su casa. (En algunas versiones es “…justo en frente de su casa…”, y en otras, “…en frente de su casa…”. Cuando copio una página, aun después de cincuenta veces, siempre cambio una palabra o dos, o incluso una línea. Pero ya no voy a frenar la historia hasta que llegue al lugar donde dejé).
Hay una iglesia episcopal justo en frente de su casa. Cada tarde entre las cinco y las seis, él da un paseo por su barrio y casi siempre termina sentado en un banco delante de la iglesia. Hay cuatro bancos ahí, distribuidos en diversos lugares frente a la iglesia, y cada uno mira en una dirección diferente. Se ha sentado al menos una vez en cada uno de ellos, y prefiere aquel que mira hacia la calle que corre paralela a la iglesia. No la calle donde está su casa, sino la perpendicular a ella. Le gusta más ese banco porque a la tarde recibe más sol, y porque hay mucho más para ver desde allí. Por lo general, a esos paseos, se lleva consigo un libro y lee durante una media hora sentado en el banco, si el tiempo lo permite. En fin, si llueve mucho, no sale de paseo. En cambio si está nevando, o si es solo una lluvia ligera, camina pero sin llevarse consigo un libro, y sin terminar por sentarse en uno de los bancos. Estarían demasiado mojados para sentarse. Cualquiera de los bancos. Ninguno de ellos está protegido por un árbol. Si sabe que para el momento en que llegue a sentarse en el banco no habrá suficiente luz para leer o si ya está oscuro en el momento en que sale, no se lleva consigo un libro, aunque aun así podría llegar a sentarse en el banco durante unos pocos minutos. Pero si está cansado de la caminata o le duele la zona de las lumbares, cosa que le ocurre mucho cuando va terminando su caminata, se sienta más tiempo y tan solo piensa en diversas cosas –un sueño de la noche anterior y lo que podría significar, un cuento en el que ha estado trabajando– o simplemente deja vagar su mente. Incluso ha cabeceado un poco, alguna que otra vez en el banco, pero solo cuando ya estaba oscuro.
Así que terminó su caminata y está sentado en el que ha comenzado a llamar, en su conversación telefónica diaria con sus hijas, su banco.
“¿Qué he hecho hoy?”, siempre habla con ellas de noche, más o menos una hora después de su caminata. “Escribí y fue a la YMCA, por supuesto, y di un paseo y me senté en mi banco a leer”. Estamos a comienzos de abril, alrededor de las seis y media, un poquito fresco. La hora de verano empezó hace una semana. Hay sol pero se está escondiendo. Los cerezos alrededor de la iglesia están en flor… un poco pronto, ¿pero qué puede saber él de eso? Ningún auto en el pequeño estacionamiento de la iglesia que también está en frente del banco, y nada de gente alrededor, como suele ocurrir a esta hora por aquí. Oye voces de niños, lejos en alguna parte, y de vez en cuando pasa un auto o una camioneta. Pero más o menos eso es todo, en materia de ruidos y distracciones. Ah, también pasaron un hombre haciendo jogging y una mujer que paseaba dos perros, pero eso es todo, o todo lo que vio. Así que: un sitio tranquilo donde sentarse y pensar o leer. Esta vez trajo consigo un libro: una breve biografía de Máximo Gorki, uno de los más o menos cien libros sobre literatura rusa que su esposa tenía en su estudio y que todavía están ahí. Pero ya no le interesa seguir leyéndolo, después de haber leído las primeras treinta páginas, anoche en la cama. ¿Entonces, por qué lo trajo a su paseo? Estaba sobre el secarropas junto a la puerta de la cocina que da al exterior, donde él lo dejó esta mañana; no había decidido qué libro iba a leer a continuación, así que simplemente lo agarró antes de salir de la casa. Lo apoya sobre el banco, junto a él. Cuando llegue a casa lo pondrá en la biblioteca de donde lo sacó. De modo que nada que leer, en realidad, y entonces cierra los ojos. Ve qué viene, se dice. No viene nada. Solo letras y números que rebotan alrededor de su cabeza, luego una línea vertical que se mueve de derecha a izquierda, de derecha a izquierda, después destellos, como relámpagos, pero no sabe qué son. Tal vez relámpagos. Abre los ojos y mira el cielo, y después las dos casas cruzando la calle, y se encuentra a sí mismo tarareando algo, una y otra vez, durante un par de minutos. El “Liebesträum” de Liszt. Solo el comienzo. No conoce el resto de la obra. ¿Por qué lo está tarareando, y por qué ahora? En fin, no tiene nada más que hacer. No, debe haber alguna razón mejor. No viene así de la nada. Seguro, es una hermosa pieza musical cuando es tocada en piano –no con los sonidos bucales que él estuvo haciendo– o incluso en chelo, es decir: él una vez la escuchó tocada en chelo en un concierto, pero hace mucho de eso. Antes de conocer a su esposa. ¿Ella la tocaba en el piano? No lo cree. O tal vez sí –conocía montones de obras para piano–, pero nunca la tocaba cuando él andaba por ahí. Y si ella tocaba algo… bueno, estaba por decir que la practicaba hasta poder tocarla sin leer la partitura, y para entonces él también llegaba a saberla más o menos de memoria. Pero eso no tiene el sentido que él querría que tuviera: explicar por qué él habría debido oírla tocar esa pieza, si es que la tocaba.
Entonces se acuerda. Esther, una concertista de piano que por esa época era además la profesora de piano de su esposa, tocó el tercer “Liebesträume” completo, ese que él estaba tarareando, en el living del departamento de ellos en Nueva York, antes de que empezara la ceremonia nupcial. Para calentar las manos, o tal vez a fin de preparar a los invitados para la ceremonia. Después inició su interpretación de la “Marcha nupcial” de Mendelssohn, que fue la señal para que su esposa caminara lentamente desde el dormitorio con su dama de honor, y se parara al lado de él frente al rabino para la ceremonia. Él se largó a llorar inmediatamente después de que el rabino los declarara marido y mujer, el rabino y varios invitados le dijeron “Besa a la novia, besa a la novia”, y se secó las mejillas y los ojos con su pañuelo, y la besó y pensó que ese era el momento más feliz de su vida. Y lo fue y lo siguió siendo durante más o menos ocho meses, hasta que el momento más feliz de su vida ocurrió en la sala de partos de un hospital de Baltimore cuando su esposa dio a luz a su primera hija.
Aquí es donde siempre me bloqueo. Sé adónde quiero llegar desde ese punto, pero parece que sencillamente no puedo llegar hasta ahí o avanzar siquiera un poco. Un par de veces pensé que tal vez debería tirar a la basura la primera persona y hacer todo en tercera, y que eso me ayudaría. Y enseguida siempre pienso no, no ayudará, así que no lo hagas. Apégate a la tercera; suena bien, y eso es en lo que debes confiar. Quiero que explique por qué el momento en que nació su primera hija se convirtió en el más feliz de su vida, y el momento en que fueron declarados marido y mujer descendió un peldaño hasta el puesto de segundo momento más feliz. Y después dar brevemente el tercer momento más feliz, y tal vez por qué lo fue. Y luego el cuarto, y así sucesivamente, hasta el noveno o décimo, y que toda la última parte lleve no más de tres o cuatro páginas, y eso sería todo, a menos que de aquí hasta entonces aparezca algo más que venga a convertirse en el final.
Lo que yo tenía en mente era algo como esto: El nacimiento de su primera hija se convirtió en el momento más feliz de su vida por una cantidad de razones, y con “momento” quiere decir momentos, horas, incluso el día. Había querido un hijo durante unos quince años. Embarazó a tres mujeres en todo ese tiempo, pero ninguna de ellas quería casarse con él ni tener al bebé. Todas pensaban que él sería un buen padre pero que nunca ganaría suficiente dinero para mantener a una familia, y se hicieron abortos. Más importante era que en el hospital, su esposa estaba teniendo un problema en el parto. Hacía más de treinta horas que había entrado en trabajo de parto, y aquello se había vuelto extremadamente molesto, agotador y doloroso para ella. Lo más importante de todo: su obstetra –“Doctora Martha”, quería que la llamaran– dijo que la respiración de la bebé estaba en peligro después de un parto tan largo y debido a la posición en el canal de parto donde estaba frenada –su cabeza, o tal vez era su hombro, se había atorado allí–, y que iba a hacer un último intento de parto natural con los fórceps, pero que si eso no funcionaba, iba a tener que hacer una cesárea. Afortunadamente, era una experta con los fórceps y dio vuelta a la bebé dentro del canal de parto y logró sacarla. Así que después de tantas horas, fue el alivio de que la bebé hubiera salido viva y saludable y de que su mujer estuviera bien y hubiera logrado evitar la cirugía y de que él tuviese por fin una hija lo que hizo de aquel el momento más feliz de su vida, cosa que sigue siendo después de casi treinta años.




