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Su tercer momento más feliz fue cuando nació su segunda hija. No está seguro de por qué no es su segundo momento más feliz, pero no lo es. Es solo un sentimiento que tiene. El nacimiento no implicaba ninguna ansiedad o alivio porque no había ninguna dificultad en el parto. Ella sintió algo en casa, tranquilamente le dijo “Me parece que ya empezó”, fueron con toda calma en el auto hasta el hospital, pensando que tenían muchísimo tiempo, y ella tuvo a la bebé en menos de dos horas en total, desde el momento en que sintió que empezaba hasta que aparecieron la cabeza y los hombros. “Ese es el parto más rápido que alguien puede llegar a tener”, dijo la doctora Martha, “a menos que no haya trabajo y que la bolsa ya esté rota sin que nadie se dé cuenta, y la madre dé a luz cuando está preparando la cena en casa o mientras es llevada al hospital”.
Su cuarto momento más feliz ocurrió durante el primer día de su luna de miel de dos días en un hostal en Connecticut, cuando el test de embarazo que llevaron consigo dio positivo. Ella gritó y chilló y dijo: “Perdón, esto es tan impropio de mí, ¿y qué van a pensar los otros huéspedes? Pero ¿no estás igual de feliz?”. “Por supuesto, ¿qué te piensas?”, y se abrazaron y se besaron y bailaron por toda la habitación, y después bajaron al bar y compartieron una botellita de champán. “Mi último trago hasta que llegue nuestro corazoncito”, dijo ella, y él: “¿Por qué? Puedes tomar un poco durante un par de meses”. “¿Después de dos abortos naturales con mi primer marido? No. Voy a ser extra-ultra-cautelosa. En el futuro, puedes tomarte mi copa si alguien llega a servirme una”.
Su quinto momento más feliz fue en enero de 1965, cuando The Atlantic Monthly aceptó un cuento suyo, veinte años y un mes antes de que naciera su segunda hija. Él tenía una beca de escritura en California, acababa de volver de pasar un mes con su familia en Nueva York. Lo esperaba un montón de correspondencia. Hasta entonces solo dos cuentos suyos habían sido publicados, o más bien uno publicado y otro aceptado, los dos en revistas pequeñas. Rechazo, rechazo, rechazo, pudo ver por el grosor de cada uno de los sobres de papel manila de 24 x 30 que él había enviado con los cuentos. Abrió el sobre tamaño carta de The Atlantic Monthly, asumiendo que no se habían molestado en devolverle el cuento junto con su nota de rechazo en el sobre de franqueo pagado como habían hecho los otros. Adentro había una carta de aceptación de un editor, con una disculpa por haber retenido tanto tiempo el cuento. Gritó “Oh Dios mío; no puedo creerlo. Aceptaron mi cuento”, y golpeó la puerta del estudiante de ciencias políticas que vivía en la habitación vecina a la suya. “Perdona; ¿te desperté? Pero tengo que decirte esto. The Atlantic Monthly ha aceptado un cuento mío, me van a dar seiscientos dólares por él. Tenemos que salir a celebrarlo, yo invito”.
El sexto momento más feliz fue nueve años después. Estaba subiendo las escaleras de su departamento en Nueva York con una mujer a la que había conocido recientemente. Para entonces –quince años después de que empezara a escribir– había publicado nueve cuentos, escrito unos ciento cincuenta, pero ningún libro todavía. “Otro rechazo de Harper’s”, comentó. Ella estaba frente a él y dijo: “Yo no soy escritora, pero supongo que es lo esperable en estos casos”. “Veamos lo que tienen para decir. Siempre sirve para reírse un poco”. Abrió el mismo sobre en el que había enviado su cuento. “¿Qué es esto?”, dijo. Sacó las galeras del cuento, una carta del editor a quien lo había dirigido y un cheque por mil dólares. El editor había escrito: “Soy consciente de que debe resultarle inusual recibir las galeras de su cuento junto con la carta de aceptación. Pero queremos imprimirlo lo antes posible, y hay espacio para él en el número siguiente al que está por salir. Tratamos de llamarlo, pero o no figura en guía o es uno de los pocos escritores de Nueva York que no tienen teléfono”. Eso era verdad. No tenía. Demasiado caro. Y el repentino sonido del teléfono en el pequeño departamento donde tenía su estudio, cuando estaba metido en su escritura, siempre lo sobresaltaba, así que había hecho retirar el teléfono. “Esto es una locura”, dijo. “Harper’s lo aceptó, en lugar de rechazarlo. Y a cambio de más dinero del que nunca he ganado con la escritura”, se puso a agitar el cheque en el aire. Estaban en el descanso del último piso y ella dijo: “Déjeme estrecharle la mano, señor”, y le pellizcó la nariz.
¿El séptimo momento más feliz? Probablemente en 1961, cuando una mujer, que lo había plantado dos años atrás y con la que luego, tres meses más tarde, habían empezado a verse otra vez, dijo que había llegado a una decisión con respecto a su propuesta de matrimonio. Estaban en el lavadero del edificio donde los padres de él tenían su departamento. Habían bajado para recuperar la ropa limpia de uno de los lavarropas y meterla en el secarropas. “¿Entonces?”, dijo él, y ella: “De acuerdo, me casaré contigo”. “¿Lo harás?”. “Bueno, siempre y cuando sigas queriendo pasar por eso”. “¿Que si quiero? Mírame. Estoy en un éxtasis delirante. En un delirio extático. No sé cómo estoy, excepto mareado de felicidad. Te quiero”, y la besó y metieron la ropa limpia en el secarropas y tomaron el ascensor para volver al departamento de sus padres, y les dijeron a ellos y a su hermana y a su hermano que acababan de comprometerse. Ella rompió el compromiso medio año después, a pocas semanas de la fecha en que iban a casarse, en la casa de veraneo de sus padres en Fire Island. Una casa vieja, grande, directamente sobre el océano. El padre era dramaturgo, la madre actriz, como su novia.
¿El octavo? Tal vez cuando lo llamó una editora para decirle que aceptaba su primer libro. Fue en el 76. Estaba feliz pero no en éxtasis. Venía tratando de que le publicara una colección de cuentos o una de sus novelas desde hacía unos cinco años. Pero se trataba de una editorial muy pequeña, ningún adelanto, habría una primera impresión de quinientos ejemplares y probablemente escasas chances de obtener alguna reseña o una cierta atención. Así que tal vez ese haya sido su noveno momento más feliz, y el octavo, cuando un editor importante aceptó su siguiente novela, y con un adelanto suficiente como para que pudiera vivir todo un año, si vivía frugalmente. Pero una vez más, no fue una gran felicidad cuando el editor lo llamó para darle la noticia, dado que la novela había sido aceptada en base a las primeras sesenta páginas, que es lo que él había enviado: el resto aún había que escribirlo.
El décimo ocurrió también cuando vivía en Nueva York y no tenía teléfono. 1974. El mismo año en que lo aceptó Harper’s, pero unos meses después. Había bajado de su departamento para salir a correr por Central Park. El cartero, a quien conocía por su nombre –Jeff– estaba en el vestíbulo del edificio, echando correspondencia en los buzones de los inquilinos. Extrajo una carta de su buzón y se la dio. Era del National Endowment for the Arts. Ya lo habían rechazado dos años seguidos para una beca de escritura, así que esperaba volver a ser rechazado. Abrió el sobre. “Dios”, dijo. “Gané un subsidio NEA.” “¿Qué es eso?”, dijo Jeff. Él se lo explicó. “Pero dice que es por quinientos dólares”. “¿Y eso qué?, quinientos no son como para hacerles asco”, dijo Jeff. “Pero yo creí que todos los subsidios que daban eran por cinco mil”. “Ahí sí, cinco mil realmente son algo, para que te caigan así sobre el regazo. ¿Merezco algo por entregar la noticia?”. Poco después fue hasta la tienda de dulces de la esquina, consiguió mucho cambio y discó el número de la NEA desde una cabina que tenían allí. La mujer que le dijeron que sabría responderle, con la que finalmente consiguió hablar, dijo: “Eso es extraño. No tenemos ningún subsidio de quinientos dólares. Déjeme que me fije y lo llamaré”. “No tengo teléfono”, dijo él. “Entonces tendrá que quedarse en línea mientras verifico”. Volvió unos diez minutos más tarde y dijo: “¿Todavía está ahí? Tenía razón. A su carta de notificación le faltaba un cero”. “¿Entonces el subsidio es por cinco mil?”. “En una semana debería estar recibiendo un duplicado de la carta que recibió hoy, con la diferencia de que la cifra va a estar corregida”. “¿Cuándo puedo empezar a recibir el dinero?”, y ella dijo: “Después del duplicado recibirá otra carta con algunos formularios que deberá llenar”. “¿Puedo recibir el dinero todo junto, o lo distribuyen a lo largo del año?”, y ella dijo: “Todo estará explicado en las instrucciones que acompañan los formularios. Pero para responder a su pregunta, sí”. “¿Todo junto?”. “Si así lo quiere”. “¡Bien!”, dijo él, palmeando el estante metálico debajo del teléfono. “Vaya, voy a escribir como un poseso el próximo año”. “Eso es lo que nos gusta oír”, dijo ella.
¿El onceavo o doceavo momento más feliz de su vida? Ya no se acuerda en qué número dejó. Puede haber sido cuando vivía en un hotel barato en París y la propietaria lo llamó desde abajo para que respondiera una llamada “des États-Unis”, dijo. Bajó las escaleras corriendo. Algo terrible sobre alguno de sus padres, estaba seguro. Eso fue en abril de 1964. Estaba en París desde hacía tres meses, aprendiendo francés en la Alianza Francesa; su objetivo último era conseguir un trabajo de escritura en la ciudad para alguna compañía estadounidense o británica. Era su hermana menor. “Papá no está muy encantado que digamos con que yo haga esta llamada”, dijo. “Demasiado cara. Un telegrama sería más barato, dijo, si no lo hago muy largo. Pero yo le expliqué la urgencia de llamarte. Prepárate, mi afortunado y talentoso hermano. Tengo algo fantástico para decirte.” “Vamos”, dijo él, “¿qué es? Aquí a madame no le gusta que yo acapare el único teléfono”. “Recibiste una llamada telefónica de alguien de la Universidad de Stanford. Te concedieron una beca de escritura creativa por tres mil dólares, desde septiembre”. “Ay, Dios mío”, dijo él. “Me había olvidado por completo, lo que te da una pista sobre la fe que tenía en la posibilidad de conseguirla”. “Pero escucha. Esta mujer dijo que dado que les tomó tanto tiempo seleccionar a los cuatro becarios, quieren tu decisión enseguida. Si es un no, necesitan elegir de apuro a alguna otra persona. Le dije que estaba segura de que la aceptarías, pero que te llamaría y que luego volvería a llamarla con tu respuesta”. “No sé qué hacer”, dijo él. “Quiero decir, estoy agradecido, y debería estar saltando de alegría, pero realmente me está empezando a gustar aquí y estoy aprendiendo el idioma y haciendo amigos. ¿Crees que me dejarían postergar la beca un año?”. “Ya le pregunté por esa posibilidad”, dijo ella. “Me dijo que tienes que aceptarla ahora para este año o volver a postularte el año que viene con un dossier completamente diferente, aunque no necesitarías conseguir referencias nuevas. Esa es su política”. “Madame me está mirando fijo. Tengo que colgar. Supongo que la aceptaré, entonces. Tengo sentimientos mezclados, como puedes ver, pero es una oportunidad demasiado buena para dejarla pasar. Y California debería ser divertido”. “Monsieur?”, dijo la propietaria. “A veces”, dijo su hermana, “tienes que renunciar a algo bueno para conseguir algo mejor, o incluso parecido. Y yo podré tomar un avión a California para ir a verte, lo que me proporcionará unas lindas mini-vacaciones”.
¿Y su siguiente momento más feliz? Ahora no se le ocurre ninguno, ni cuándo fue igual de feliz o incluso más de lo que lo fue en alguna de las veces que ha mencionado. Tal vez remontándose muy atrás, cuando ganó el Gran Premio del Acampante en el campamento de verano al que fue con sus hermanas y su hermano Robert, en el verano de 1948. Así que sería el momento en que el instructor le dijo que había ganado. O cuando el director de su escuela primaria –esto fue en 1949, un par de meses antes de egresar– los llamó a él y a otros ocho alumnos a su oficina para decirles que todos ellos habían entrado en una de las escuelas secundarias de élite en Nueva York, y que uno de ellos había entrado en dos y tendría que elegir, y cuáles eran las escuelas. La suya era la Brooklyn Tech. Estaba feliz pero a la vez un poquito decepcionado, porque él quería ir a Stuyvesant, donde Robert estaba en segundo año, pero obviamente no había hecho un examen de ingreso tan brillante como para entrar. Curioso, porque él creía que el examen de Stuyvesant era pan comido comparado con el de la Brooklyn Tech.
¿Y alguna otra vez? Oh, ¿cómo se pudo olvidar? Estaban en un pueblo sobre una colina en el sur de Francia, mirando un dibujo de Giacometti en la pared de un pequeño museo, cuando se volvió hacia su esposa, medio año antes de que se convirtiera en su esposa, y le dijo: “Casémonos”. Ella dijo: “¿Estás bromeando?”, y él dijo: “No podría hablar más en serio. Aquí, o en Niza, que nos case un rabino si es que lo hay, o algún juez de paz”, y ella: “Si vuelvo a casarme tendría que ser en Nueva York, así mis padres y parientes y amigos podrían ir. Y apostaría a que tú también querrías que tu familia esté presente. Pero hablemos de eso dentro de unos meses”. “¿Así que entonces lo considerarás como una posibilidad?”, y ella dijo: “Digamos que no estoy rechazando la idea de manera rotunda, tan absurdamente como fue presentada”, y él dijo: “No tienes idea de lo feliz que acabas de hacerme. De acuerdo. No diré nada sobre eso durante algunos meses”. Por supuesto, la abrazó y la besó, y después la tomó de la mano y la llevó hasta el siguiente dibujo de Giacometti.
¿Y los momentos más tristes de su vida? La muerte de su esposa, por supuesto. Y después la de Robert. Y la de su hermana menor. Y más tarde la de su hermano mayor, en un accidente mientras navegaba, un par de años atrás. Luego la de su madre. Y al poco tiempo la de su padre. Después de eso, sus dos mejores amigos que se vienen a morir con un año de diferencia, los dos de derrame cerebral. Pero no tiene ganas de pensar en ellos. En realidad, el segundo momento más triste de su vida tiene que haber sido cuando su esposa, dos años antes de que muriera, estaba en el hospital con neumonía y los médicos le dijeron que tenían que entubarla y que había escasas probabilidades de que sobreviviera. “De uno a tres por ciento”, dijeron, ¿o era “tres a cinco”? No se acuerda; cuando le dijeron, varios días después, que ella iba a sobrevivir, ese fue uno de los momentos más felices de su vida. Estaba demasiado triste en esa época. Acababa de verla en Cuidados Intensivos… de hecho, se acuerda de ese momento mientras la miraba en su cama… luchando con el tubo de la respiración asistida que tenía metido dentro. “Sácame esta cosa… por favor, por favor”, parecía decir su mirada dolorida. No, él conocía bien su mirada: era eso lo que estaba diciendo. Pero si iba a hacer una lista de los momentos más tristes de su vida, probablemente fueran esos, más un par que ahora se le escapaban. Su esposa primero, su esposa segundo, luego el resto en el orden que ya dijo.
Y para terminarlo, algo como esto: Se levanta del banco y camina el resto del camino hasta su casa. El gato lo está esperando junto a la puerta de la cocina. Quiere que lo deje entrar y lo alimente. Después querrá que lo deje salir, pero él no lo dejará. Ya se está poniendo oscuro. Saca de la heladera la lata de comida para gatos abierta, levanta del piso el plato vacío del gato, lo lava y sirve el resto de la comida que queda en la lata y lo vuelve a poner en el suelo. El gato comienza a comer. Está a punto de prepararse un trago –algo con ron esta noche, piensa; ha estado tomando vodka todas las noches desde hace una semana– cuando se da cuenta de que se olvidó el libro de Gorki encima del banco. Déjalo hasta mañana. No, ya no estará ahí, o si llueve, se va a mojar. Búscalo ahora.
Regresa al banco. El libro no está. ¿Quién querría llevárselo? No había nadie por ahí cerca; ningún auto en el estacionamiento, así que nadie en la iglesia. Y realmente, nadie excepto un estudioso de la literatura rusa o tal vez un escritor serio de ficción podría interesarse en él. Tal vez alguien que vive por ahí cerca salió a dar un paseo y lo vio. Quiere ver el lado bueno de las cosas. Así que es posible que un transeúnte lo haya tomado, y que mañana vaya a llevarlo a la oficina de la iglesia y diga que él o ella lo encontró sobre uno de los bancos de afuera, y pensó que podría ser de alguien relacionado con la iglesia. Ah, simplemente olvídalo, piensa. Nunca va a seguir leyéndolo. Si su esposa estuviera viva, él iría a la iglesia al día siguiente –aunque más bien a media tarde; así le daría a la persona que podría haberlo tomado el tiempo para llevarlo a la iglesia–, y preguntaría si alguien había devuelto un libro sobre Máximo Gorki, el escritor ruso. Vuelve a casa, abre cuidadosamente la puerta de la cocina para que el gato no se escape, y saca un poco de hielo del congelador y lo pone en su vaso. Ron, con una rodaja de lima.
LA CHICA
Verano de 1952. Acababa de cumplir dieciséis años y durante los dos meses de aquel verano fue mozo en un campamento mixto. Él y los otros mozos –eran unos quince, todos varones– fueron a otro campamento a jugar un partido de sóftbol contra los mozos de allá. Él era el mejor bateador de su equipo. No era un chico tan robusto, pero por alguna razón –sus brazos potentes y algo relacionado con sus muñecas, quizá– era capaz de batear la pelota fuerte y lejos. Además, tenía buen ojo para saber cuándo batear. Rara vez quedaba afuera por strikes y a menudo lograba robar base caminando.
Su campamento estaba en Flatbrookville, Nueva Jersey. Le parece que esa ciudad, ahora, se encuentra bajo el agua debido a un lago artificial que se creó cuando construyeron la represa, unos veinte años después de la época en que trabajó allí. Además, el campamento al que habían ido a jugar estaba sobre el río Delaware, cerca de Bushkill, Pennsylvania. Los llevaron hasta allá en un viejo camión militar de la Segunda Guerra Mundial, con la caja abierta y chata, lo suficientemente grande para acomodar a todos los mozos de la cantina con todos sus elementos deportivos. Uno de los directores del campamento y el responsable de los mozos se habían sentado adelante, con el conductor. El viaje les tomó cerca de una hora, que era el mismo tiempo que él había tardado en llegar hasta los terrenos públicos de Bushkill, la única vez que remó con otro mozo hasta allá en una canoa. Su primera vez en Pennsylvania, pensó entonces. No habían hecho gran cosa una vez que llegaron a los terrenos. Comieron la vianda que habían llevado y remaron de vuelta al campamento.
Este otro campamento tenía un diamante de sóftbol mucho mejor cuidado y con bases de verdad, no esos pedazos de cartón o de linóleo que usaban en el suyo. Solo llevaban unos pocos minutos ahí cuando el director del campamento les dijo que hicieran prácticas de bateo, y pronto.
–Quiero que empiece el juego para que puedan estar de vuelta en el campamento a tiempo para servir la cena.
Todos hicieron fila para batear tres lanzamientos cada uno. El director del campamento les lanzaba bolas. Él bateó dos por sobre las cabezas de los defensores, que eran de su campamento y le jugaban muy abierto.
–Así se batea, jonronero –gritó uno de ellos–. Muéstrales de dónde vienes.
–Cuando te toque el turno de batear, haz eso mismo pero de verdad –dijo el director del campamento–. Esta noche quiero anunciar en el comedor que fuiste el orgullo de nuestro campamento y que contribuiste a ganar el partido.
Había unas cien personas del otro campamento, contando niños y adultos, sentadas en las tribunas a lo largo de las líneas de primera y de tercera base. Una de ellas, por el lado de la tercera base, era una chica muy bonita. Tenía más o menos su misma edad, así que asumió que era una instructora en pasantía, o acaso en ese campamento tuvieran algunas mozas mujeres. Largo cabello rubio peinado hacia atrás, delgada, con una buena figura y una expresión serena y concentrada en un rostro luminoso. Tenía el mismo aire que algunas de las chicas inteligentes que conocía, pero era mucho más hermosa que cualquiera de ellas. Llevaba puestos unos shorts que le llegaban muy por encima de las rodillas y parecía tener unas piernas bonitas y fuertes. Cuando se reía con las otras chicas de su edad en cuya compañía estaba sentada, lo hacía modesta y discretamente, no de manera ruidosa y a las carcajadas como las demás. Y la cara no se le deformaba, como las de las otras, cuando se reía. Le gustaba su cara. De hecho, no había nada que no le gustara en ella. Parecía la chica perfecta para él. Le resultaba difícil apartar los ojos y deseaba poder conocerla. ¿Pero qué chance tenía? Él no era el tipo que simplemente va, se le acerca después del juego y se presenta y le dice que tiene poco tiempo para hablar, porque el director de su campamento quiere subirlos al camión y llevárselos lo antes posible, pero ¿querría ella decirle su nombre, aceptaría que le escribiera, tal vez? Antes de salir para este campamento, el director les había dicho que era kosher como el suyo, aunque no tan estrictamente religioso, y que casi todos los internos, así como el personal, venían de Pennsylvania. De los que venían de ahí, la mayoría eran de Filadelfia.
–Me pareció que tenían que saber algo de aquellos con quienes van a jugar y a quienes van a dar una paliza hoy, y que si después del partido ellos les ofrecen un refrigerio, les está permitido comerlo.
En cualquier caso: Pennsylvania. De modo que, ¿qué sentido podría tener conocerla? Pero quién sabe.
Luego de su turno de práctica de bateo, miró hacia donde estaba ella para ver si también lo estaba mirando. Alguna de sus amigas le habría podido decir que la había mirado varias veces. Si ella lo miraba, y si le devolvía la sonrisa, eso le daría coraje, más tarde, para acercársele. Pero estaba muy concentrada, con una mano en la mejilla y una expresión seria, en lo que otra de las chicas decía.
El árbitro, que era el padre de alguno de los del otro campamento, dijo:
–Muy bien, equipo visitante; primer bateador.
Su equipo iba abajo con los tres primeros bateadores. El pitcher era bueno; era difícil conectar sus tiros. Dejó a los dos primeros afuera por strikes y obligó al tercero a batear alto y corto para terminar en el guante de un defensor. Él estaba en el círculo de espera, cuarto para batear, exhibiendo sus bíceps mientras hacía swings con dos bates, aunque ella no parecía ser la clase de chicas que se impresionan con esas cosas.
El otro equipo logró anotar una carrera. Tres sencillos seguidos. Él jugaba en tercera base, y por causa de esa posición en el campo, y porque siempre jugaba pegado al cojín, la pudo ver de más cerca. Era más bonita aun de lo que había pensado. Hermosa, diría. Y con un aire tan maduro y con los brazos y las piernas agradablemente bronceados, pero no su cara. Nada tonta. Pues hasta sus cejas eran rubias. Si no hubiera estado sentada a la sombra –un par de amigas suyas se hallaban a pleno sol–, estaba seguro de que se habría puesto un sombrero. En esa entrada, él le atrapó una bola al ras al bateador, y rápidamente se la lanzó a su compañero en la primera base. Eso hizo que el juego pareciera demasiado fácil. Después del tercer out, salió trotando hacia el banco de su equipo en el ala de tercera base, dándole la espalda. Ella no lo miró mientras él salía del campo. Tampoco las demás chicas que estaban con ella. Demasiado ocupadas con su charla, apenas si miraban el juego, aun cuando los mozos de su campamento iban ganando. Para él, eso era un buen signo. De que no tenía un novio en el equipo. Si lo hubiese tenido, habría estado mirándolo y sonriéndole de cuando en cuando, tal vez alentando un poco a su equipo. Pero entonces, ¿por qué estaban ahí? Tal vez el instructor de su campamento o alguna otra autoridad se lo había pedido: que al menos estuvieran ahí durante el comienzo del juego.
Él era el próximo para la siguiente entrada. Quería impresionarla con un batazo firme y una carrera rápida a la base, o si era posible, incluso un jonrón para empatar el marcador. Alguna de esas dos cosas, sin duda, en su primer turno en el plato, antes de que ella y sus amigas se aburrieran del juego, como acaba siempre por ocurrir con las chicas, y que se fueran, si es que lo tenían permitido, porque si todas eran I.E.P., entonces podría ser que tuvieran que quedarse ahí para estar cerca de sus acampantes. Él sabía que no hay que batear al primer lanzamiento, especialmente si uno está en su primer turno de bateo, pero estaba ansioso y esa bola, que venía lenta y pesada, parecía demasiado buena para dejarla pasar, así que bateó y la mandó más lejos de lo que jamás había enviado una pelota de sóftbol, pero cayó en zona de foul como por cinco metros.




