El conde de Montecristo

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–¿Durará mucho? -murmuró el magistrado saludando al ministro, cuya fortuna se deshacía, y buscando con los ojos un coche para volver a su casa.
A una seña de Villefort se acercó un fiacre, a cuyo conductor dio las señas de su casa, lanzándose al fondo en seguida, donde se entregó a sus sueños ambiciosos.
Diez minutos más tarde, el magistrado estaba ya en su casa, y mandó a par que le sirviesen el almuerzo y que preparasen los caballos para dentro de dos horas.
Iba ya a sentarse a la mesa, cuando sonó fuertemente la campanilla, como agitada por una mano vigorosa. El ayuda de cámara fue a abrir, y Villefort pudo oír que pronunciaban su nombre.
–¿Quién puede saber que estoy en París? -murmuró.
En este momento entró el ayuda de cámara.
–¿Y bien? -le dijo Villefort-. ¿Quién ha llamado? ¿Quién pregunta por mí?
–Una persona que no quiere decir su nombre.
–¡Una persona que no quiere decir su nombre! ¿Y qué quiere?
–Desea hablaros.
–¿A mí?
–Sí, señor.
–¿Ha dado mis señas? ¿Sabe quién soy yo?
–Indudablemente.
–¿Qué trazas tiene?
–Es un hombre de unos cincuenta años.
–¿Alto? ¿Bajo?
–De la estatura del señor, sobre poco más o menos.
–¿Blanco o moreno?
–Muy moreno; de cabellos, ojos y cejas negros.
–¿Y cómo va vestido? -preguntó vivamente el magistrado.
–Un levitón azul, abotonado hasta arriba, con la roseta de la Legión de Honor.
–¡Él es! -murmuró Villefort palideciendo.
–¡Diantre! -dijo asomando en la puerta el hombre que hemos descrito ya dos veces-. ¡Diantre! ¡Qué conducta tan extraña! ¿Así hacen en Marsella esperar los hijos a sus padres en la antecámara?
–¡Padre mío… ! -exclamó el sustituto-, no me engañé… , sospechaba que fueseis vos.
–Si lo sospechabas -contestó el recién llegado dejando el bastón en un rincón y el sombrero en una silla-, permíteme entonces, querido Gerardo, hacerte ver que has obrado mal haciéndome esperar.
–Dejadnos, Germán -dijo Villefort.
El criado se retiró, y veíase que le sorprendía lo ocurrido.
Capítulo 12 : Padre e hijo
El señor Noirtier, porque, en efecto, era él quien acababa de llegar, siguió con la vista al criado hasta que cerró la puerta, y luego, sin duda receloso de que se quedase a escuchar en la antecámara, la volvió a abrir por su propia mano. No fue inútil esta precaución, y la presteza con que salía Germán de la antecámara dio a entender que no estaba puro del pecado que perdió a nuestro primer padre. El señor Noirtier se tomó entonces el trabajo de cerrar por sí mismo la puerta de la antecámara, y echando el cerrojo a la de la alcoba, acercóse, tendiéndole la mano, a Villefort, que aún no había dominado la sorpresa que le causaban aquellas operaciones.
–¿Sabes, querido Gerardo -le dijo mirándole de una manera indefinible-, sabes que me parece que no te alegras mucho de verme?
–Padre mío -respondió Villefort-, me alegro con toda el alma; pero no esperaba vuestra visita y me ha sorprendido.
–Mas ahora que caigo en ello -respondió el señor Noirtier-, que yo os podría decir otro tanto. Me anunciáis desde Marsella vuestra boda para el 28 de febrero, ¡y estáis en Paris el 3 de marzo!
–No os quejéis, padre mío, de mi estancia en París -dijo Gerardo acercándose al señor Noirtier-. He venido por vos, y mi viaje puede salvaros.
–¿De veras? -dijo el señor Noirtier acomodándose en un sillón-; ¿de veras? Contadme eso, señor magistrado, que debe de ser cosa curiosa.
–¿Habéis oído hablar, padre mío, de cierto club bonapartista de la calle de Santiago?
–¿Número 53? ¡Ya lo creo! Como que soy su vicepresidente.
–Vuestra sangre fría me hace temblar, padre.
–¿Qué quieres? Quien ha sido proscrito por la Montaña, quien ha huido de París en un carro de heno, quien ha corrido por las Landas de Burdeos perseguido por los sabuesos de Robespierre, se acostumbra a todo en esta vida. Sigue. ¿Qué ha pasado en ese club de la calle de Santiago?
–Lo que ha pasado es que han citado a él al general Quesnel, y éste, que salió a las nueve de la noche de su casa, ha sido hallado muerto en el Sena.
–¿Y quién os contó esa historia?
–El mismo rey, señor.
–Pues a cambio de ella voy a daros una noticia -prosiguió Noirtier.
–Supongo que ya sé de qué se trata.
–¡Ah! ¿Sabéis el desembarco de Su Majestad el emperador?
–¡Silencio, padre! Os lo suplico por vos y por mí. Ya sabía yo esa noticia, y aún antes que vos, porque hace tres días que bebo los vientos desde Marsella a París, rabioso por no poder apartar de mi imaginación esa idea que me la trastorna.
–¡Hace tres días! ¿Estáis loco? Hace tres días no se había embarcado todavía el emperador.
–No importa. Yo sabía su intento.
–¿Cómo?
–Por una carta que os dirigían a vos desde la isla de Elba.
–¿A mí?
–A vos: la he sorprendido, así como al mensajero. Si aquella carta hubiera caído en otras manos, quizás estaríais fusilado a estas horas, padre mío.
El señor Noirtier se echó a reír.
–No parece -dijo-sino que la restauración haya aprendido del imperio el modo de dar remate pronto a los asuntos. ¡Fusilado! ¿Adónde vamos a parar? ¿Y qué es de esa carta? Os conozco bastante bien para temer que hayáis dejado de destruirla.
–La quemé, temeroso de que hubiese en el mundo un solo fragmento; porque aquella carta era vuestra perdición.
–Y la pérdida de vuestra carrera -repuso fríamente Noirtier-. Ya lo comprendo todo; pero no hay por qué temer, pues me protegéis por vuestro interés.
–Más que eso aún: os salvo.
–¡Vaya, vaya! El interés dramático sube de punto. Explicaos.
–Volvamos a hablar del club de la calle de Santiago.
–Parece que el tal club ocupa mucho a la policía. Si lo buscasen mejor ya darían con él. Ya han dado con la pista.
–Esa es la frase sacramental. Cuando la policía no ve más allá de sus narices en un asunto, asegura que ha dado con la pista; y con esto espera el gobierno tranquilamente a que venga a decirle con las orejas gachas: he perdido la pista.
–Sí, pero encontró un cadáver. El general ha sido muerto: en todas partes del mundo se llama eso un asesinato.
–¿Un asesinato decís? ¿Quién prueba que el general ha sido víctima de un asesinato? Todos los días se encuentran en el Sena cadáveres de desesperados o de personas que no saben nadar.
–Sabéis muy bien, padre mío, que el general no se ha suicidado, así como que en el mes de enero nadie se baña. No, no, no os engañéis a vos mismo. Su muerte está bien calificada de asesinato.
–¿Y quién la califica así?
–El propio rey.
–¿El rey? Lo tenía por filósofo: ¿cómo cree que en política haya asesinatos? En política, querido mío, y vos lo sabéis tan bien como yo, no hay hombres, sino ideas; no sentimientos, sino intereses; en política no se mata a un hombre, sino se allana un obstáculo. ¿Queréis que os diga cómo ha acaecido lo del general Quesnel? Pues voy a decíroslo. Creíamos poder contar con él, y aun nos lo habían recomendado de la isla de Elba. Uno de nosotros fue a su casa a invitarle para que asistiera a una reunión de amigos en la calle de Santiago. Accede a ello, se le descubre el plan, la fuga de la isla de Elba, el desembarco, todo en fin; y cuando lo sabe, cuando ya nada le queda por saber, nos declara que es realista. Entonces nos miramos unos a otros; le hacemos jurar, pero jura de tan mala gana que parecía como si tentase a Dios… Pues oye, a pesar de esto, se le deja salir en libertad, en libertad absoluta… Si no ha vuelto a su casa… , ¿qué sé yo? Habrá errado el camino, porque él se separó de nosotros sano y salvo. ¡Asesinato decís! Me sorprende en verdad, Villefort, que vos, sustituto del procurador del rey, baséis una acusación en tan malas pruebas. ¿Me ha ocurrido nunca a mí, cuando cumpliendo vuestro deber de realista cortáis la cabeza a uno de los míos, me ha ocurrido nunca el iros a decir: habéis cometido un asesinato? No, sino que os he dicho: bien, muy bien; mañana tomaremos el desquite.
–Pero tened en cuenta, padre mío, que cuando nosotros la tomemos será terrible.
–No os comprendo.
–¿Vos contáis con la vuelta del usurpador?
–Confieso que sí.
–Pues os engañáis. No avanzará diez leguas al corazón de Francia, sin verse perseguido y acosado como un animal feroz.
–Mi querido amigo, el emperador está ahora camino de Grenoble; el día 10 ó 12 llegará a Lyon, y el 20 ó 25, a París.
–Los pueblos van a sublevarse en masa.
–En su favor.
–Sólo trae algunos hombres y se enviarán ejércitos numerosos contra él.
–Que le escoltarán el día de su entrada en la capital. En verdad, querido Gerardo, que sois un niño todavía, pues os creéis bien informado porque el telégrafo dice con tres días de atraso: “El usurpador ha desembarcado en Cannes con algunos hombres. Ya se le persigue”. Sin embargo, ignoráis lo que hace y la posición que ocupa. Ya se le persigue, es el non plus de vuestras noticias. Si son ciertas se le perseguirá hasta París sin quemar un cartucho.
–Grenoble y Lyon son dos ciudades fieles que le opondrán una barrera infranqueable.
–Grenoble le abrirá sus puertas con entusiasmo, y Lyon le saldrá al encuentro en masa. Creedme: estamos tan bien informados como vosotros, y nuestra policía vale tanto como la vuestra… ¿Queréis que os lo pruebe? Intentabais ocultarme vuestra llegada y sin embargo la he sabido a la media hora. A nadie sino al cochero disteis las señas de vuestra casa, y no obstante yo las sé, pues que llego precisamente cuando os ibais a sentar a la mesa. A propósito, pedid otro cubierto y almorzaremos juntos.
–En efecto -respondió Villefort mirando a su padre con asombro-; en efecto estáis bien informado.
–Es muy natural. Vosotros estáis en el poder, no disponéis de otros recursos que los que procura el oro, mientras nosotros, que esperamos el poder, disponemos de los que proporciona la adhesión.
–¿La adhesión? -repuso riendo Villefort.
–Sí, la adhesión, que así en términos decorosos se llama a la ambición que espera.
Y esto diciendo Noirtier alargó la mano al cordón de la campanilla para llamar al criado, viendo que su hijo no le llamaba; pero éste le detuvo, diciéndole:
–Esperad, padre mío, oíd una palabra.
–Decidla.
–A pesar de su torpeza, la policía realista sabe una cosa terrible.
–¿Cuál?
–Las señas del hombre que se presentó en casa del general Quesnel la mañana del día en que desapareció.
–¡Ah! ¿Conque sabe eso? ¡Miren la policía! ¿Y cuáles son sus señas?
–Tez morena, cabellos, ojos y patillas negros, levitón azul abotonado hasta la barba, roseta de oficial de la Legión de Honor, sombrero de alas anchas y bastón de junco.
–¡Vaya! ¿Conque se sabe eso? -dijo Noirtier-. ¿Y por qué no le ha echado la mano?
–Porque ayer le perdió de vista en la esquina de la calle de Coq-Heron.
–¡Cuando yo os digo que es estúpida la policía!
–Sí, pero de un momento a otro puede dar con él.
–Sí, si no estuviese sobre aviso -dijo Noirtier mirando a su alrededor con la mayor calma-; pero como lo está, va a cambiar de rostro y de traje.
Y levantándose al decirlo, se quitó el levitón y la corbata, tomó del neceser de su hijo, que estaba sobre una mesa, una navaja de afeitar, se enjabonó la cara, y con mano firme quitóse aquellas patillas negras que tanto le comprometían.
Su hijo le miraba con un terror que tenía algo de admiración.
Cortadas las patillas, peinóse Noirtier de modo diferente, cambió su corbata negra por otra de color que había en una maleta abierta, su gabán azul cerrado, por otro de su hijo de color claro, observó ante el espejo si le caería bien el sombrero de alas estrechas de Villefort, y dejando el bastón de junco en el rincón de la chimenea donde lo había puesto agitó en su nerviosa mano un ligerísimo junco del cual Villefort se servía para presentarse y andar con desenvoltura, que era una de sus principales cualidades distintivas.
–¿Y ahora crees que me reconocerá la policía? -preguntó volviéndose hacia su estupefacto hijo.
–No, señor -balbució el sustituto-. A lo menos, así lo espero.
–Encomiendo a la prudencia -prosiguió Noirtier-estos trastos que dejo aquí.
–¡Oh! Id tranquilo, padre mío -respondió Villefort.
–Ya lo creo. Oye: empiezo a comprender que en efecto puedes haberme salvado la vida; pero, anda, que muy pronto te lo pagaré.
Villefort inclinó la cabeza.
–Creo que os engañáis, padre mío.
–¿Volverás a ver al rey?
–¿Quieres pasar a sus ojos por profeta?
–Los profetas de desgracias no son en la corte bien recibidos, padre.
–Pero a la corta o a la larga se les hace justicia. En el caso de una segunda restauración pasarás por un gran hombre.
–¿Y qué he de decir al rey?
–«Señor, os engañan acerca del espíritu reinante en Francia, y en las ciudades y en el ejército. El que en París llamáis el ogro de Córcega, el que se llama todavía en Nevers el usurpador, se llama ya en Lyón Bonaparte, y el emperador en Grenoble. Os lo imagináis fugitivo, acosado, y en realidad vuela como el águila de sus banderas. Sus soldados, que creéis muertos de hambre y de fatiga, dispuestos a desertar, multiplícanse como los copos de nieve en torno del alud que cae. Partid, señor, abandonad Francia a su verdadero dueño, al que no la ha comprado, sino conquistado; partid, señor, y no porque estéis en peligro, que él es bastante poderoso para no tocaros el pelo de la ropa; sino porque sería una mengua para un nieto de San Luis, deber la vida al hombre de Arcolea, de Marengo de Austerlitz.» Dile esto, Gerardo… , o mejor será que no le digas nada. Disimula tu viaje a todo el mundo; no te vanaglories de lo que has venido a hacer, ni de lo que hiciste en París; si has bebido los vientos a la venida, devóralos a la vuelta, entra en tu casa de modo que nadie lo sospeche y en particular sé desde ahora humilde, inofensivo, astuto; porque te juro que obraremos como aquel que conoce a sus enemigos y es fuerte de suyo. Andad, andad, mi querido Gerardo, que con obedecer las órdenes paternales, o mejor dicho, si queréis, con atender a los consejos de un amigo, os sostendremos en vuestro destino. Así podréis -añadió Noirtier sonriendo-, salvarme por segunda vez si la rueda de la fortuna política vuelve a levantaros y a bajarme a mí. Adiós, mi querido Gerardo: en el primer viaje que hagáis, venid a parar en mi casa.
Y con esto se marchó tranquilo, como no había dejado de estarlo un solo momento durante esta conversación, mientras que Villefort, pálido y agitado, corrió a la ventana, desde donde le pudo ver pasar impasible entre dos o tres hombres de mala traza, que emboscados detrás de la esquina, y en los portales, esperaban quizás al de las patillas negras, el gabán azul y el sombrero de alas anchas, para echarle el guante.
Villefort permaneció de pie y lleno de ansiedad, hasta que, viéndole desaparecer en la encrucijada de Bussy, se precipitó sobre el malhadado traje, ocultó en el fondo de su maleta el levitón azul y la corbata negra, aplastó el sombrero escondiéndolo debajo de un armario, hizo pedazos el bastón arrojándolos al fuego, y poniéndose la gorra de viaje llamó al ayuda de cámara, vedándole con un gesto las mil preguntas que éste ansiaba hacer; pagóle la cuenta y se precipitó al carruaje que ya le estaba aguardando. En Lyón supo que Bonaparte acababa de entrar en Grenoble, y participando de la agitación que reinaba en los pueblos del tránsito llegó a Marsella henchida el alma con las angustias con que la ambición y los primeros medros suelen envenenarla.
Capítulo 13 : Los cien días
El señor Noirtier resultó un profeta verídico. Tal cual los auguró pasaron los sucesos. Todo el mundo conoce lo de la vuelta de la isla de Elba, suceso extraño, milagroso, que no tiene ejemplo en lo pasado ni tendrá imitadores en lo porvenir probablemente.
Luis XVIII no trató parar golpe tan duro sino con mucha parsimonia. Su desconfianza de los hombres le hacía desconfiar de los acontecimientos. El realismo, o mejor dicho, la monarquía restaurada por él vaciló en sus cimientos mal afirmados aún; un solo gesto del emperador acabó de demoler el caduco edificio, mezcla heterogénea de preocupaciones y de nuevas ideas. Villefort no alcanzó de su rey sino aquella gratitud inútil a la sazón y hasta peligrosa, y aquella cruz de la Legión de Honor, que tuvo la prudencia de no enseñar a nadie, aunque el señor de Blacas le envió el diploma a vuelta de correo, cumpliendo la orden de Su Majestad.
Napoleón hubiera destituido a Villefort, de no protegerle Noirtier, que gozaba de mucha influencia en la corte de los Cien Días, tanto por los peligros que había corrido, como por los servicios que había prestado. El girondino del 93, el senador de 1806, protegió pues a su protector de la víspera; tal como se lo había prometido.
Durante la resurrección del imperio, resurrección que hasta a los menos avisados se alcanzaba poco duradera, se limitó Villefort a ahogar el terrible secreto que Dantés había estado en trance de divulgar.
El procurador del rey fue destituido de su cargo por sospechas de tibieza en sus opiniones bonapartistas. Sin embargo, restablecido apenas el imperio, es decir, apenas habitó Napoleón en las Tullerías que acababa de abandonar Luis XVIII, apenas lanzó sus numerosas y diferentes órdenes desde aquel gabinete que conocemos, donde encontró abierta aún y casi llena sobre la mesa de nogal la caja de tabaco del rey Luis XVIII, Marsella, a pesar del vigor de sus magistrados, empezó a dejar traslucir en su seno las chispas de la guerra civil, nunca apagadas enteramente en el Mediodía. Muy poco faltó para que las represalias fuesen algo más que cencerradas a los realistas metidos en su concha, los cuales se vieron obligados a no poder salir de su casa, porque en las calles los perseguían cruelmente si se dejaban ver.
Por un cambio natural, el naviero, que como dijimos pertenecía al partido del pueblo, llegó a ser en esta ocasión, si no muy poderoso, porque Morrel era prudente y algo tímido, como aquel que con su laborioso trabajo va amasando lentamente una fortuna, por lo menos, alentado por los bonapartistas furibundos que criticaban su moderación, hallóse, repetimos, bastante fuerte para levantar la voz y hacer una reclamación, que como ya se adivinará, fue en favor de Dantés.
Villefort continuaba siendo sustituto, a pesar de la caída del procurador: su boda, aunque resuelta, habíase aplazado para mejores tiempos. Si el emperador se afianzaba en el trono, necesitaba Gerardo de otra alianza, que su padre buscaría y ajustaría; pero como una segunda restauración devolviese Francia al rey Luis XVIII, crecería la influencia del marqués de Saint-Meran, y la suya propia, con lo que llegaría a ser la proyectada unión más ventajosa que nunca.
El sustituto del procurador del rey era el primer magistrado de Marsella, cuando una mañana se abrió la puerta de su despacho y le anunciaron al señor Morrel.
Otro cualquiera se hubiera alarmado con el solo anuncio de semejante visita; pero el sustituto era un hombre superior, que tenía, si no la práctica, el instinto de todas las cosas. Hizo aguardar al señor Morrel en la antecámara, tal como había hecho en otro tiempo, y no porque estuviera ocupado con alguien, sino porque es costumbre que se haga antesala al sustituto del procurador del rey. Hasta después de un cuarto de hora, pasado en leer tres o cuatro periódicos de diferentes colores políticos, no dio orden de que entrase el naviero, que esperaba encontrar a Villefort abatido, y le halló como seis semanas antes, firme, grave, y con esa ceremoniosa política que es la más alta de todas las barreras que separan al hombre vulgar del hombre encumbrado.
Había entrado en el despacho de Villefort convencido de que el magistrado iba a temblar a su vista, y como sucedió al revés, él fue quien se vio tembloroso y conmovido ante aquel personaje interrogador, que le esperaba con el codo apoyado en la mesa y la barba en la palma de la mano.
El señor Morrel se detuvo a la puerta. Miróle Villefort como si le costase trabajo reconocerle, y después de una larga pausa, durante la cual no hacía el digno naviero sino darle vueltas y más vueltas a su sombrero entre las manos, el sustituto dijo:
–Si no me engaño… , sois… el señor Morrel.
–Sí, señor; el mismo -respondió Morrel.
–Acercaos, pues -prosiguió el juez, haciéndole con la mano un signo protector-; acercaos y decidme a qué debo el honor de esta visita.
–¿No lo sospecháis, caballero? -le preguntó el señor Morrel.
–No, ni remotamente; aunque eso no impide que esté dispuesto a serviros en cuanto de mí dependa.
–Todo depende de vos -repuso el naviero.
–Explicaos, pues.
–Señor -prosiguió Morrel animándose a medida que iba hablando y conociendo así lo fuerte de su posición, como la justicia de su causa-; señor, ya recordaréis que pocos días antes de saberse el desembarco de Su Majestad el emperador, vine a recomendar a vuestra indulgencia a un desdichado joven, segundo de mi barco, a quien se acusaba, como seguramente recordaréis, se acusaba de mantener relaciones en la isla de Elba. Aquellas relaciones, entonces criminales, son hoy títulos de favor. Entonces servíais a Luis XVIII y le castigasteis, caballero… , fue vuestro deber. Hoy servís a Napoleón, debéis protegerle, porque también es vuestro deber. Vengo a preguntaros qué ha sido de aquel joven.
Villefort hizo un violento esfuerzo para decir:
–¿Cuál es su nombre? Tened la bondad de decírmelo.
–Edmundo Dantés.
De seguro Villefort hubiera preferido batirse en duelo a veinticinco pasos, que oír pronunciar este nombre así a boca de jarro; pero ni pestañeó.
«Con esto -dijo para sí-, nadie me podrá acusar de haber hecho una cuestión personal de la prisión de ese hombre.»
–¿Dantés? -repitió-: ¿Decís Edmundo Dantés?
–Sí, señor.
Abrió entonces Villefort un grueso libro que yacía en un cajón de su mesa, y después de hojearlo mil y mil veces, se volvió a decir al naviero, con el aire más natural del mundo:
–¿Estáis bien seguro de no engañaros?
Si Morrel hubiese sido un hombre más versado en estas materias, le chocara que el sustituto del procurador del rey se dignase responderle en cosas ajenas de todo en todo a su jurisdicción. Entonces se hubiera preguntado por qué no le hacía Villefort recurrir al registro general de cárceles, a los gobernadores de las prisiones, o al prefecto del departamento. Pero Morrel, que había esperado encontrar a Villefort temeroso, creía hallarle condescendiente. El sustituto lo había comprendido.
–No, caballero, no me equivoco -respondió Morrel-. Conozco hace diez años a ese joven, y hace cuatro que le tengo a mi servicio. Hace seis semanas, ¿no os acordáis?, vine a rogaros que fuerais con él clemente, así como hoy vengo a rogaros que seáis justo. ¡Harto mal me recibisteis entonces, y aún me contestasteis peor; que los realistas entonces trataban a la baqueta a los bonapartistas!
–¡Caballero! -respondió Villefort parando el golpe con su acostumbrada sangre fría-, yo era entonces realista porque creía ver en los Borbones no solamente los herederos legítimos del trono, sino los electos del pueblo; pero las jornadas milagrosas de que hemos sido testigos pruébanme que me engañaba. El genio de Bonaparte sale vencedor. El monarca legítimo es el monarca amado.
–Enhorabuena -exclamó Morrel con su natural franqueza-; me da gusto oíros hablar así, y ya pronostico buenas cosas al pobre Edmundo.
–Aguardad -repuso Villefort hojeando otro registro-: ya caigo… , ¿no es un marino que se iba a casar con una catalana? Sí… , sí… , ya recuerdo. Era un asunto muy grave.
–¿Cómo?
–¿No sabéis que desde mi casa se le llevó a las prisiones del Palacio de Justicia?
–Sí; ¿y bien?
–Di cuenta a París, enviando los papeles que le hallé… , ¿qué queréis? Mi deber lo exigía. Ocho días después de su prisión me arrebataron al reo.
–¿Os lo arrebataron? -exclamó Morrel-; ¿y qué han hecho con él?
–¡Oh, tranquilizaos! Seguramente habrá sido transportado a Fenestrelles, a Pignerol o a las islas de Santa Margarita… , lo que se llama deportación en lenguaje jurídico, y el día menos pensado le veréis volver a tomar el mando de su buque.
–Que venga cuando quiera, le reservo su puesto. Pero ¿cómo no ha venido ya? Paréceme que el primer cuidado de la policía debió de ser poner en libertad a los presos de la justicia realista.
–Mi querido señor Morrel, ésa es una acusación temeraria -respondió Villefort-. Para todo hay una fórmula legal. La orden de prisión vino de arriba y de arriba ha de venir la de ponerle en libertad. Ahora bien, como apenas hace quince días de la vuelta de Napoleón, todavía no es tarde.








