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- ¿Verdadera o falsa?, insistí yo, ¿Cuáles son los criterios?
- Convenciones, evidencias, testigos, dijeron varios a la vez.
- ¿Y entonces?
- No podemos proveer ninguno, dijo uno.
- ¿Y entonces?
- ¿Indeterminada?
- Pues, claro. No tenemos otra opción, ¿verdad?
- Pues, no.
- Y el que dice que «Dios no existe», ¿en qué se basa entonces?
- ¿En la fe?, preguntó extrañado uno de ellos.
- Evidentemente, les dije yo. No tiene otra opción. Quienes afirman tanto lo uno como lo opuesto, sólo pueden hacerlo como un acto de fe. Ambos hacen sus opciones basados en la fe. ¿Qué quiero decirles con esto? Que la ontología del lenguaje no puede resolver esta disyuntiva. Sólo puede advertirles que cuando se enfrenten a ella, asuman responsablemente el hecho que, de acuerdo a la respuesta que den, la vida tendrá un sentido diferente. Pero la opción final le corresponde a cada uno. La ontología del lenguaje sólo los invitará a respetar a quienes den ambas respuestas.
- Muy bien, Rafael, me dijo uno. Pero tengo la impresión de que te nos has escapado. Quizás la ontología de lenguaje no pueda dirimir este asunto. Pero tú, ¿cuál opción tomas tú? ¿Tú crees que Dios existe o que no existe? ¿Cuál es tu respuesta? ¿Por cuál de las dos «fés» te inclinas?
- Nuevamente, por consideraciones éticas, no es pertinente que yo les responda esa pregunta. Mi rol frente a ustedes es de maestro y desde él hago un esfuerzo importante para que me sigan y aprendan. Este esfuerzo debo concentrarlo en lo que es pertinente que les enseñe. Pero no es pertinente que abusando de la autoridad que ustedes me confieren como maestro, los haga partícipe de mi opción personal. Y no descarto que algunos de ustedes la puedan vislumbrar a partir de las cosas que haré y que les diré. Pero será siempre vuestra interpretación y yo me negaré en todo momento a validarla.
Me miraban sonriendo. No sé si ello se debía a que creían que yo los había engañado o ello era el resultado del proceso que habíamos vivido juntos. Los dos alumnos que se me habían acercado en el refrigerio y que habían provocado esta experiencia en el grupo optaron por quedarse en el programa, se certificaron y por lo que sé, hicieron muy buen uso en sus carrera de lo que aprendieron.
Mientras daba por terminado este episodio, me volvía a acordar de Michael Graves y, en la distancia, le daba las gracias. Sentía que su consejo me había sido útil.
Palabras de cierre
Estamos llegando al final de este capítulo. Su objetivo ha sido mostrar que el discurso de la ontología del lenguaje –tal como sucede con nuestros programas de formación– representa algo bastante más importante que lo que obtenemos cuando procuramos dar cuenta del conjunto de sus temáticas. Representa por sobre todo una plataforma particular de observación, plataforma desde la cual muchas de esas temáticas pudieron ser desarrolladas. Reducir el discurso de la ontología del lenguaje a los temas que hoy en día hemos sido capaces de desarrollar en su interior es reducir la capacidad futura de proyección de este discurso.
La ontología del lenguaje es un discurso nuevo, emergente, y como tal tiene un potencial de desarrollo futuro que somos incapaces de medir. Abrigamos la esperanza que este nuevo discurso pueda contribuir en el futuro a remodelar nuestro sentido común, tal como en el pasado lo hiciera el discurso de la metafísica. Es curioso. Sin saber mucho de filosofía, los individuos occidentales representan la encarnación de una propuesta filosófica que fuera desarrollada hace más de dos mil trescientos años. Las premisas de esa propuesta filosófica devinieron los presupuestos desde los cuales se levantó el sentido común del hombre y de la mujer occidentales, de hoy y del pasado. Tal sentido común, que nos fue muy útil por largo tiempo, se ha convertido actualmente en un obstáculo para que podamos vivir con plenitud y de una manera que nos sea a todos mutuamente satisfactoria.
Para salir de él, para poder despegarnos de los supuestos del programa metafísico, estamos obligados a repensarnos nosotros mismos. Ese es su núcleo problemático y ese es el gran «talón de Aquiles» del programa metafísico. Hoy entramos en una confrontación cuyo campo de batalla es la comprensión del ser humano. Nunca ha sido tan urgente volver a preguntarse, ¿cómo somos?, ¿qué tipo de ser es el ser humano? Esa es la pregunta fundamental que guía, como el relámpago de Heráclito, las preguntas que se hace la ontología del lenguaje.
Hay momentos en la historia en los que prevalecen las respuestas. Hay, sin embargo, otros momentos en los que lo que predomina son determinadas preguntas. Estamos viviendo uno de esos momentos. Y la pregunta que hoy observamos que está siendo enarbolada es la pregunta sobre nosotros mismos. Durante mucho tiempo vivimos de respuestas que nos parecían satisfactorias. Hoy, sin embargo, sospechamos que hemos estado profundamente equivocados. Esta ya no es sólo una sospecha intelectual. Nuestras vidas nos ofrecen el mejor testimonio de que se hace necesario revisar las respuestas que en el pasado dábamos por válidas y de rectificar el camino. De lo que se trata es de rectificar la manera de cómo hemos estado viviendo.
Son varias las voces que se han levantado en estos últimos doscientos años, advirtiéndonos sobre esta necesidad y mostrándonos los diversos problemas que encierran los presupuestos del programa metafísico. Todas esas advertencias han ido lentamente fermentando y hoy alcanza una fuerza que muchas veces pareciera incontenible. Hasta ahora, sin embargo, esta confrontación se daba fundamentalmente en el terreno de la filosofía. Se trataba en lo fundamental de un debate académico o, al menos, de sujetos ilustrados.
Hemos entrado en una nueva fase. Este debate hoy en día ha saltado las murallas de la ciudadela filosófica y se está apoderando de la calle. La sospecha de que hemos seguido un camino errado y de que hemos estado profundamente equivocados está llegando al ciudadano común. Él y ella están pidiendo una forma diferente de encarar la vida, una manera distinta de observarse a sí mismos. Ellos se están armando para tomar por asalto la ciudadela de filosofía, a la que hasta ahora se les negaba el acceso.
No estamos sosteniendo el exterminio de los filósofos. Muy por el contrario. Ellos serán cada vez más importantes. Pero esas murallas que han separado por tanto tiempo el quehacer filosófico del quehacer de los hombres y mujeres comunes, están por venirse abajo. Vemos brechas en ellas por todos lados. Sospechamos que estamos por presenciar un reencuentro entre los filósofos y el resto de los ciudadanos. Nuestro propio quehacer se ha definido desde siempre como un puente que busca concretar ese acercamiento, a través de modalidades diversas. Nuestros alumnos lo saben. Ellos salen de nuestros programas enarbolando banderas filosóficas. Salen hablando de Heráclito, de Sócrates, de la metafísica, de Nietzsche, de Heidegger, de la alternativa ontológica. Es un buen comienzo.
Pero no basta que enarbolen banderas. Es preciso también que penetren en el propio quehacer filosófico. Que a su manera, participen en el ejercicio de una forma de pensar desde la cual se generan respuestas que nos afectarán a todos. Es preciso que les arrebatemos a los filósofos el monopolio de la reflexión filosófica. Es preciso advertir que no pensamos que todos podremos realizar lo que personas adecuadamente adiestradas serán capaces de hacer. La filosofía es un área de especialidad y, como tal, requiere como toda profesión de especialistas.
Pero ha pasado algo curioso con la filosofía. Yo no soy músico, pero me permito disfrutar de la música. No soy deportista, pero me gusta asistir a espectáculos deportivos. Tampoco soy político y no por ello dejo de participar en política. Quizás entienda que en áreas muy delimitadas que se concentran y requieren de un particular nivel de especialización, como sucede en determinados campos científicos, podamos aceptar en paz quedarnos fuera.
Pero este no es el caso de la filosofía. Sin negar que existan áreas en la filosofía que requieren de un alto nivel de especialidad, no es menos cierto que la filosofía tiene un vasto territorio de reflexión general. En ellos, lo que la filosofía muchas veces realiza es un pensar sobre nosotros, sobre la vida. Sus reflexiones, como sus conclusiones, debieran comprometernos, afectarnos, inquietarnos, interesarnos. Lo sorprendente es que esas reflexiones hayan llegado a interesarnos tan poco y que parecieran ser completamente irrelevantes a la forma como conducimos nuestras vidas. Eso nos habla de un serio problema, no tanto de nosotros, sino de la filosofía. ¿Qué ha pasado con ella?
Son muchos los filósofos que, de una u otra forma, han estado denunciando este problema durante el último tiempo. Algunos de ellos han mirado a la filosofía con desprecio e ironía. Russell y Wittgenstein han mostrado cómo muchos argumentos filosóficos resultan de una falta de rigor con el lenguaje. Heidegger procura, desde la filosofía, reivindicar el quehacer del hombre y la mujer comunes. Este ridiculiza a Descartes por haber entendido al ser humano según el modelo del filósofo y por terminar haciendo del pensamiento el fundamento de la existencia. Nietzsche abandona la academia para lograr la libertad que le permite una reflexión desde afuera. Moore nos insiste en alejarnos de la jerga filosófica y reivindica el lenguaje ordinario. Por desgracia, muchos de ellos –es el caso, por ejemplo, de Heidegger– suelen llevar a cabo esta crítica a partir del lenguaje hermético de los propios filósofos.
Decíamos que la ontología del lenguaje es un discurso emergente, un discurso incipiente. Ello implica que su potencial está muy lejos de haberse alcanzado. Que es mucho más lo que desde él queda por reflexionar si lo comparamos con lo que a la fecha ha logrado acometer. Que los territorios por ser explorados desde el «claro» ontológico son ilimitados y que es preciso comenzar a conquistarlos. El «claro» ontológico nos anuncia un nuevo mundo por descubrir. Un mundo que ha estado siempre acá pero que requiere de nuevas luces para comenzar a develarlo. Un mundo que requiere también ser construido, más allá del nivel discursivo, y que será muy diferente de aquel que hasta ahora hemos conocido. Mundos de sentido que podremos observar y mundos que requeriremos construir con nuestra capacidad de acción.
Uno de los propósitos más importantes que posee la noción del «claro» ontológico consiste en el hecho que nos entrega una plataforma con capacidad generativa. Nos proporciona las coordenadas básicas desde la cuales podremos construir nuevos sentidos y, a partir de ellos, orientar nuestra acción en la construcción de nuevos mundos. Terminó la época en la que nos era posible descubrir en la faz de la tierra nuevos continentes, territorios previamente inexplorados. A nivel de la geografía, el mundo está al descubierto. Sin embargo, los seres humanos tenemos una capacidad ilimitada para construir nuevos mundos en las mismas tierras. Los nuevos mundos del futuro no serán aquellos que buscaban los exploradores de los mares y de los nuevos continentes del pasado. Serán aquellos nuevos mundos que podremos inventar con la capacidad que nos proporciona el lenguaje, tejiendo nuevos sentidos y desplegando nuestra capacidad de acción.
Para concretar esas nuevas conquistas requeriremos de nuevos mapas y de nuevas maneras de construir mapas. Esto es precisamente lo que nos ofrece la distinción del «claro» ontológico. Para hacerlo, no requerimos necesariamente ser filósofos. Y el aporte que ellos puedan realizar será importante y bienvenido. Pero, desde el «claro» ontológico surge una invitación a todo el mundo a utilizar sus propias experiencias de vida para participar activamente en este proceso de conquista. Todos estamos en condiciones de poder contribuir en él.
¿Estamos diciendo que los filósofos no son indispensables? No estoy seguro. Pero de lo que no tengo dudas es del hecho que, a la vez, estamos sosteniendo que todos, que cada uno, deben darse el permiso para comenzar a hacer filosofía. Se trata también, de alguna forma, de despertar el filósofo que todos llevamos dentro. Poder ayudar a ello es uno de los objetivos de este libro.
Weston, mayo de 2006
20 Me refiero a los graduados de los tres programas de formación de coaches ontológicos que diseñara a partir de 1991. En su momento, los programas «Mastering the Art of Professional Coaching» (MAPC) y «El Arte del Coaching Profesional» (ACP) y, actualmente, nuestro programa «The Art of Business Coaching» (ABC).
21 Para los efectos del argumento que busco desarrollar, estoy dejando fuera las respuestas que aludían específicamente a las competencias de coaching.
22 Esta distinción está hecha en el primer capítulo, «Antecedentes de la ontología del lenguaje» del libro Actos de Lenguaje, Vol. I: La Escucha, J. C. Sáez Editor, Santiago, 2006.
23 Johann J. Winkelmann, Historia del arte en la Antigüedad, Folio, Barcelona, 2002.
24 Quienes han estado expuestos al discurso de la ontología del lenguaje conocen la experiencia de un aprendizaje que los expone a una mirada diferente de lo que siempre han tenido ante sus ojos. Es la revelación de lo mismo como diferente. Es lo obvio hecho novedad.
25 Ver a este respecto, mi capítulo «El nacimiento de la filosofía en Grecia» en Raíces de Sentido: Sobre egipcios, griegos, judíos y cristianos, J.C. Sáez Editor, Santiago, 2006.
26 Eugen Fink, La filosofía de Nietzsche, Alianza Universidad, No.164, Madrid, 1976.
27 Martin Heidegger & Eugen Fink, Heraclitus Seminar, Northwestern University Press, Evanston, Il, 1993, p. 6.
28 Ver Rafael Echeverría, El búho de Minerva, J. C. Sáez Editor, Santiago, 2004.
29 Desde entonces, he abandonado la noción de paradigma adoptando, en cambio, la noción de observador. Sin embargo, la temática sigue siendo la misma.
30 La circularidad es un rasgo inherente del lenguaje. Este no siempre pone de manifiesto tal circularidad, pues detiene arbitrariamente el proceso reflexivo al concederle a determinados términos la capacidad de dar cuenta de otros. Pero si continuáramos la reflexión y procuráramos dar cuenta de estos últimos y luego de aquellos a los que estos remiten, muy pronto nos daríamos cuenta que terminamos por utilizar los primeros términos cuyo significado buscábamos en un inicio elucidar. Es lo que pasa con los diccionarios en los que cada término remite a los demás y así sucesivamente.
31 Tómese en consideración que no decimos «el sentido de vida» sino «el carácter del sentido de la vida». Con ello reconocemos que «el sentido de vida» propiamente tal, depende también de las condiciones concretas de la vida de cada individuo y no sólo de la posición adoptada al nivel de esta matriz básica.
32 A diferencia de los filósofos clásicos, Heidegger define la pregunta ontológica como la pregunta por el Dasein, la pregunta por aquel ser que se pregunta por el ser, lo que representa, en último término, la pregunta por el ser humano. Hay en Heidegger la intuición de que la respuesta que ofrecemos a esa pregunta representa el sustrato fundamental de todo lo que hacemos, siendo el pensar tan sólo una de las cosas que hacemos.
33 Lo que acabamos de sostener referido al pensamiento puede ser igualmente generalizado a todo lo que hacemos, a la manera como nos comportamos.
34 Tómese en consideración que estamos realizando sucesivas ampliaciones de sentido a partir de una primera premisa.
35 Es importante advertir que esta es una formulación equívoca pues separa acción y ser e incluso presupone el ser como antecedente de la acción. Una formulación adecuada es aquella que sostiene que «toda acción constituye una determinada forma de ser». El ser no es sino la expresión formal de la acción, trátese de la acción tal como ésta se expresa en su proceso de ejecución, o bien como ella se manifiesta en los resultados que genera.
36 Todo esto representa obviamente una interpretación. Se trata de una interpretación que procura dar cuenta de las raíces de nuestras diferencias como seres humanos; interpretación que será válida mientras nos resulte ventajosa para ver y hacer cosas que juzguemos que expanden nuestras posibilidades de existencia. En la medida que surja –y no nos quepa duda de que surgirá– una interpretación alternativa más poderosa que esta, ella se disolverá. Desde la posición que asumimos, no nos es posible pretender más que eso. Lo interesante, sin embargo, es que esto que acabamos de decir (en este mismo párrafo) sobre el carácter interpretativo de lo previamente señalado, es expresión de la propia interpretación desarrollada, interpretación que se advierte a sí misma y advierte a los demás de su carácter interpretativo. Como puede apreciarse, resulta imposible eludir el carácter circular de lo que exponemos.
37 Vásquez, S., (ed.), La presencia de Dios, EDAF, Madrid, 1996, p. 75.
38 Hasta ahora, esta fue una línea de formación que sólo ha sido parte de nuestro Programa Avanzado, ofrecido sólo a quienes habíamos previamente certificado, a un nivel básico, en los programas de formación en coaching.
39 Así como el Programa Avanzado que hemos comenzado a ofrecer y del cual nace este libro.
40 Las formas de apropiación serán discutidas más adelante.
41 Ver a este respecto, Rafael Echeverría, Ontología del lenguaje, J. C. Sáez Editor, 2002, Santiago, 1994 y Rafael Echeverría, Actos de lenguaje, vol.I. La escucha, Capítulo I, J. C. Sáez Editor, Santiago, 2006.
42 A este respecto sugiero remitirse al capítulo «Como dioses: juicios, acción y ser individual» que aparecerá próximamente en mi libro Actos de lenguaje, vol.II: El habla, J. C. Sáez Editor, 2007, Santiago.
43 Este Modelo OSAR, llamado también el Modelo del Observador, el Sistema, la Acción y los Resultados, ha sido una pieza central en nuestros programas de formación a partir de 1996. Nuestros alumnos lo conocen muy bien. Este modelo será ampliamente desarrollado en un libro que está en preparación y que lleva como título El observador y su mundo.
44 Lo que caracteriza precisamente al coaching ontológico de otras modalidades de coaching no es sólo el hecho de que remite a un determinado discurso sobre lo que significa ser humano (la ontología del lenguaje), sino que, al nivel de sus intervenciones se abre a la posibilidad de acceder a estos dos condicionantes ocultos del comportamiento: observador y sistema. Para estos efectos se apoya en una reflexión profunda y en un tratamiento sistemático de ambos.
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