La fragata Johana Maria

- -
- 100%
- +
El deber hacia el barco se hizo sentir por primera vez con creces cuando no le concedieron más que una semana de luna de miel. Su mujer lo acompañó hasta el puerto de Nieuwediep, y el pañuelo que agitó o con el que se enjugó las lágrimas fue lo último que alcanzó a divisar en tierra firme, una mancha blanca que significaba tristeza en los pensamientos con los que el viaje se hizo corto de días y largo de felicidad. Hizo su trabajo casi con alegría.
Sin embargo, a su primer regreso a casa lo esperaba un cúmulo de preo-cupaciones, tantas que Wilkens, al multiplicarse como suelen hacerlo con el correr de los años, sólo atinó a afrontarlas con la fuerza de la juventud, sin lograr nunca ahuyentarlas del todo. Una mujer enclenque, una criatura enclenque, gastos demasiado elevados para su fortuna, soberbia y deshonestidad por parte de los nuevos parientes, indignación causante de desavenencia, varias cosas que quedaron sin aclarar cuando hubo que volver a levar anclas. Así, Wilkens partió con incertidumbre sobre la suerte de los suyos al igual que tantos otros, sólo que él vivía atormentado por ello; si las necesidades del barco lograban distraer sus pensamientos, aquello que mueve el corazón estaba firmemente orientado hacia el cuarto donde su mujer amamantaba a su hijo. De no haberlo colmado de continuo el deseo, los tormentos tal vez habrían resultado más ligeros, pues le estaba dado lo mejor: amor y amor correspondido, un hogar donde nacían hijos, y ventura en el trabajo.
Jan Wilkens era joven todavía cuando los armadores le confiaron el mando de su nuevo barco. Ya al cabo del primer viaje pudieron manifestarle su satisfacción ofreciéndole una participación en la carga mayor a la estipulada. El diario de navegación mencionaba un viaje de ida de ochenta y cinco días, sin más percances que la pérdida de unos palos; el de vuelta, de una duración mayor, no registraba más daños que los sufridos por alguna que otra vela menuda y algunas perchas. Las particularidades correspondientes carecían de la importancia necesaria para justificar su asiento.
En el Atlántico meridional reinaba una calma chicha, que tuvo al barco cautivo durante varios días bajo un sol de justicia. Todos esperaban con impaciencia que volviera a soplar el viento, en primer lugar el capitán, pues le tiraba su hogar y había prometido a los propietarios un viaje veloz. Cuando el viento llegó, se volvió inesperadamente tan fuerte que no consiguieron cargar y arrizar las velas a tiempo y dos perchas del palo trinquete se rompieron. Antes de ponerse a reparar las velas, que, como ya había dicho anteriormente, en su opinión eran demasiado anchas, Brouwer pidió permiso al capitán para acortarlas. Éste se negó, recrimi-nando al velero que no entendía su oficio, ante lo cual Meeuw y otro levantaron la vista asombrados, porque todos a bordo sabían que no era verdad. Brouwer devolvió las velas a su estado original, sus camaradas vieron que no podía hacerse mejor, y el mismo día volvieron a rifarse. Si bien le costó trabajo, el capitán Wilkens comprendió que era necesario decirle a Brouwer que las estrechara y reconoció que se había equivocado, pero el tono de su voz reveló que estaba irritado. Este hecho, por nimio que fuera, lo rebajó ante los verdaderos navegantes, porque un barquero que no pone su barco —con todo lo que a él pertenece, incluidas las vidas humanas— por encima de todo, por encima de sí mismo, de sus sentimientos, su ambición, su orgullo o mal talante, no es hombre en que puedan confiar.
Hay personas que ejercen su profesión a conciencia, y sin embargo todo su trabajo permanece ajeno a su vocación. Si un barco pudiera hablar, le habría dicho a Wilkens: ciertamente has hecho por mí lo que correspondía atendiendo a tu deber, pero nada más. Y pocos entienden el significado de ese “más”.
Él mismo conocía la carencia, pero el daño que causaba sólo pudo sentirlo cuando ya no tuvo fuerzas para otro. En aquel primer regreso a casa se apostó orgulloso —y con razón— en el castillo cuando la Johanna Maria se aproximaba al puerto de Nieuwediep y, describiendo una elegante curva, llegó a su fondeadero.
III
Jacob Brouwer había nacido en Oostenburg, una barriada próxima al puerto de Ámsterdam, en una calle donde las casas, viejas y medio hundidas, se encontraban por debajo del nivel del agua. Fue en un sótano compuesto por una sola habitación que, como la camareta de una barcaza, recibía la luz del día desde arriba. La puerta era tan baja y tan estrecha que su padre, un hombre corpulento, capataz de obras de cimentación, tenía que franquearla de lado, agachando profundamente la cabeza. No tenía cerradura, porque unas grandes botas siempre la abrían y cerraban de una patada.
Jacob tenía seis años cuando la emoción forjó por vez primera una ima-gen que recordaría toda su vida. En la pared humeaba una lámpara que producía una luz rojiza; pisando agua, los pies bien separados, su madre se inclinaba sobre una tina, sosteniendo en brazos a una criatura recién nacida y amamantándola con el pecho al aire. En la negra abertura de la puerta apareció una bota que la alcanzó en medio de los riñones, haciendo que cayera hacia delante encima de la tina. Hubo un grito clamoroso, se percibió un olor acre a ginebra y moho. Jacob sintió la salinidad de una lágrima en sus labios.
La mayor emoción posterior no sólo engendró una imagen en el re-cuerdo, sino que permaneció y se acrecentó, convirtiéndose en la pasión de su vida, su servicio y veneración. Ignoraba cuántos hijos habían tenido sus padres, no conocía más que a dos hermanas, una que lo había llevado en brazos cuando todavía no sabía andar, la otra con la que jugaba. La mayor inclinaba a veces su pálido rostro hacia él, agachándose, y entonces él veía en sus ojos algo que le era más caro que su propia madre y le hacía estirar los brazos para tocarla. Cuando ella pasaba al otro lado de la puerta y se sentaba en un peldaño a pelar papas al sol, él se apartaba de los otros niños y se sentaba junto a ella, contemplando sus manos. Cada vez que ella pronunciaba su nombre, sentía la suave sonoridad de su voz.
Era invierno cuando ella empezó a toser, y le tocó a él hacer todos los recados. Un domingo, al regresar con una cesta de turba, vio a su hermana sentada en una silla, las piernas desnudas bajo una simple camisola; le sangraba la rodilla y en el suelo yacían trozos sucios de nieve caídos de una bota. Después de aquel día, rengueó.
Luego llegó la gran emoción, que no fue más que silencio.
Por los vecinos, que contemplaban la escena cuando se llevaron el féretro, se enteró de que su nombre era Johanna, y así la llamó en adelante en sus pensamientos. El invierno mantuvo su oscuridad por mucho tiempo. Con la otra hermana ya no pudo seguir jugando cuando la lejanía empezó a tirar de él; ésta lo conducía por caminos desconocidos, pero él no veía nada que lo detuviera, y escrutaba siempre el final, donde debía haber otro camino. Así, en una ocasión llegó hasta las puertas del nuevo cementerio y supo enseguida que la habían llevado allí. Entró como otros y siguió a unas personas que iban leyendo los nombres de las lápidas. Había aprendido a leer por su cuenta en poco tiempo, pero no encontró ninguna lápida con el nombre de su hermana, y por eso nunca más regresó.
Se mantenía alejado de casa errando por los muelles del Y,2 pues había pasado a ser él el blanco de los golpes, y su madre le daba la venia para volver al hogar cuando el padre dormía. Se iba solo, ya que los otros niños se quedaban jugando en el barrio, y su boca se fue sellando. Junto al agua empezó a conocer la luz cambiante de las nubes. A veces pescaba algún trocito de madera procedente de un barco, sentía el sabor salado que traía del mar y aspiraba el olor a alquitrán.
En un taller de velería, frente al cual se había quedado mirando a me-nudo, le dejaron deshilar cuerdas viejas para hacer estopa, lo que le permitió llevar cada semana un chelín3 a casa de su madre. Se familiarizó con la lona tal y como venía del tejedor, y con las cuerdas tal y como venían del cordelero. Como tenía brazos fuertes, le dejaban desenrollar los paños de lona y ayudar a extenderlos, y no tardaron en permitir que se ejercitara en el manejo del pasador. En menos de un año ya hacía el trabajo de un aprendiz de oficial sin que nadie se asombrara de ello, pues había crecido rápido y era ya por entonces fornido y ancho de hombros.
Cuando volvía a casa al final de la semana, su madre lo esperaba sentada; el dinero que le procuraba aseguraba al menos comida para dos días. A su padre rara vez lo veía. En ocasiones, por la noche, lo despertaban sus ruidos e insultos; otras, al amanecer, cuando se vestía apresuradamente y salía a la calle con un trozo de pan en la mano, lo veía incorporarse en la cama empotrada y apoyar con dificultad los pies en el suelo. Pero también sucedía que el padre los sorprendiera regresando más temprano, sin estar lo suficientemente borracho como para dormirse enseguida, y que diera un puñetazo encima de la mesa o lo dirigiera hacia la cabeza de alguno de ellos. Jacob lograba por lo general refugiarse en la calle, donde se quedaba esperando hasta que amainaran las lamentaciones, en señal de que lo peor había pasado.
Un día le dijo a su madre que no lo soportaba y que saldría a navegar tan pronto como tuviera edad suficiente. Ella no le respondió.
Partió una tranquila tarde de verano, un sábado. Su padre había regresado más temprano y con su enorme mano había agarrado a Jacob por la nuca, inclinándolo hacia el suelo y rematando su acción con un golpe seco en la cabeza. Pero Jacob se enderezó de súbito y le propinó una patada en el cuerpo, haciéndolo caer hacia atrás. Acto seguido, agarró la gorra, abrió la puerta y se marchó. Oyó el croar de una rana, una vecina le gritó algo en la oscuridad. En el cuello del jubón llevaba sangre.
Caminó durante dos días hasta llegar al puerto de Nieuwediep, sin hambre, sin cansancio. Allí vio fondeado un barco listo para zarpar. Un hombre lo llamó haciendo bocina con las manos. Jacob saltó a una yola, le dieron dinero para ir a comprar tabaco y, cuando regresó con él, estaban maniobrando el molinete del ancla. Uno le dijo que lo ayudara y así lo hizo, sin que nadie supiera que no pertenecía allí. Sólo a la mañana siguiente, cuando apareció en la cocina junto con los demás, el cocinero le preguntó quién era. Lo condujeron frente al capitán, un hombre gordo que ordenó que le dieran cinco golpes, pero que luego lo hizo volver, le preguntó por la edad e inquirió si tenía hambre.
El contramaestre se percató enseguida de que sabía manejar la jarcia, y el maestro velero, cuando supo dónde había trabajado, pidió que se lo asignaran como ayudante. Le dijo que subiera a revisar la jarcia superior, y en su primera mañana de trabajo Jacob fue trepando de un estay a otro, cumpliendo tareas difíciles. El capitán, que había estado observando, le dio unas palmadas en la espalda y le prometió una paga. Ya no era ningún niño, en aquel primer viaje se convirtió en un joven trabajador, dedica-do en cuerpo y alma a su oficio. No hablaba, sólo se fijaba en las velas y sus jarcias.
Se quedó navegando por las Indias hasta que le cambió la voz. Un buen día despertó de un sueño con una congoja que le hizo contemplar la lejanía como había hecho de niño alguna vez. La nostalgia le tiraba para que volviera a Ámsterdam, por más que sabía que allí no encontraría nada preciado, nada más que una escalinata en la que se había sentado su hermana, nada más que el recuerdo de un rostro. Aun así, el calor se le hizo insoportable, el color del cielo, del mar y las montañas lo aburría, las palmas le molestaban. Sintió la necesidad imperiosa de volver a ver el cielo gris y los oscuros canales de su ciudad, de oír hablar a su gente. Su melancolía no hacía otra cosa que ver y oír Ámsterdam.
Se enroló en un barco grande. Durante la travesía falleció el maestro velero, y Jacob, muy joven aún, obtuvo su puesto.
Regresó y volvió a ver la casa en la que había nacido, una fachada inclinada hacia delante, ladrillos corroídos de color marrón, los peldaños desgastados que conducían a la vivienda del sótano. Había una chica sentada a la mesa, su hermana pequeña, una pobre figura, un rostro pálido. Habla-ron toda la mañana y ella sirvió café. La madre había fallecido, el padre era peor que antes. También ella tenía que salir a trabajar, y además pedir mucho prestado, porque el dinero no alcanzaba. Jacob la escuchaba mientras hablaba, y deslizaba al mismo tiempo la vista por las paredes; le pareció estar buscando algo que no encontraba. Le dio dinero a su hermana y se marchó.
Antes de partir se encontró con Jan de Ruiter, Dirk Janse y Hendrik Meeuw, muchachos del barrio que, al enterarse de cómo le había ido, también quisieron salir a navegar. Todos se embarcaron en el mismo barco con rumbo a las Indias.
Jacob se sentía aliviado. En el cementerio había una lápida con un nombre. Ahora que ya no podían maltratar a su madre, dejaba atrás únicamente a esa hermana menor, a la que después de cada viaje podía entregar dinero suficiente para su manutención. Sabía que su único hogar estaba en la mar, aunque a su ciudad volvería a verla periódicamente. A bordo viajaban amigos de su misma calle.
Si bien continuó siendo serio y parco de palabras, por las noches escuchaba las canciones y las historias. Por lo demás, dado que no hacía guardias, se le veía levantado desde temprano hasta tarde, ora aquí, ora allá, envuelto en hilos y cordones, empuñando punzones y la maza. Gracias a su atención continua a las herramientas, a la manera en que querían ser utilizadas, a la particularidad de cada paño y cada vuelta, a cómo una cosa sirve mejor para esto, la otra para aquello, adquirió la capacidad que satisface más al trabajador que el elogio que cosecha. A la edad de veintitrés años, Brouwer tenía fama de ser el mejor maestro velero que pudiera encontrarse.
Sucedió que, estando con licencia, presenció en el astillero la botadura del barco que en la popa llevaba la inscripción Johanna Maria. Meeuw, De Ruiter y Janse afirmaban que nunca habían visto nada más hermoso que la manera en que el casco hendió las aguas, y a los tres les pareció un barco a su gusto. Por eso decidieron esperar junto con Brouwer hasta que hubiera terminado de construirse.
Brouwer fue el primero en ser contratado por los armadores. El día en que subió a bordo sintió un hormigueo en la sangre, fue su radiante felicidad lo que vio en él el capitán cuando enfiló hacia la proa, la dicha excepcional de aquellos que extraen certeza de una simple fe. La mano que tocó el mástil era suave y fuerte, no por la ternura del ánimo o por la fortaleza de los músculos, sino por el calor que emanaba. El afecto puro y desinteresado se percibe por más que se intente esconderlo; los marineros no tardaron en decir que Brouwer podía hacer con el barco lo que quisiera, al comprobar que no eran sólo sus músculos los que le permitían hacer sin esfuerzo un trabajo que a otros hacía sudar, tras advertir en un instante cómo debía hacerse. Tesaba un amante con un par de movimientos, como deslizándolo por las manos, mientras que otro hombre igualmente vigoroso debía tirar de él con todas sus fuerzas. Buscaba conocer todo lo perteneciente al barco, no para poder sacarle provecho ni por mero interés o curiosidad, sino para saber qué podía ser mejor para éste. Hacía el trabajo tanto con el alma como con las manos.
Los armadores eran los propietarios; el capitán Wilkens, el patrón del barco, de forma pasajera como suelen serlo los patrones y los propietarios; Brouwer lo conocía y lo entendía, y poseía la perdurabilidad del entendimiento.
2 Nombre antiguo de la actual bahía de IJ. El nombre deriva del término para “agua”, y está formado por el dígrafo ij, que se considera una sola letra y, por lo tanto, se representa con mayúsculas. [n del t.]
3 Antigua moneda holandesa, que circuló oficialmente hasta 1816. Su valor ascendía a 30 céntimos de florín. [N. del T.]
IV
Antes de la segunda partida, el capitán Wilkens se despidió de uno de sus hijos que estaba postrado y del que el médico había dicho que podría quedar con una pierna coja. Se había visto obligado a pedir un anticipo a los armadores. Cuando largaron velas, impartió las órdenes de forma hosca, la mirada orientada hacia tierra. Soplaba un fuerte viento nordeste, y mientras ponían a la Johanna Maria en derrota, bajo el cielo oscuro se vislumbró la costa, blanca por la nieve. El barco comenzó a cabecear y a embarcar agua, escoró por un exceso de paño, pero Wilkens, que iba y venía a barlovento, no le prestó atención. Pasado el mediodía, el piloto mandó recoger algunas de las velas, tras lo cual varios pasajeros se ani-maron a salir a cubierta. Cuando desapareció de su anteojo lo último de la costa holandesa, el capitán dio orden de fachear tan pronto como divisaran un falucho. Esto sucedió poco después, y Wilkens le encomendó una carta destinada a Ámsterdam. Luego tuvo una breve conversación con Evers, a quien ordenó desarrollar la mayor velocidad posible durante toda la travesía, pues —según decía— aquello de lo que era capaz otro barco, uno que llevara un aparejo como la Johanna Maria también de-bería poder hacerlo. Con viento favorable, calculaba hacer el viaje en ochenta días.
A la mañana siguiente mandó llamar de nuevo al piloto, esta vez para consultarlo. Empezó confiándole sus preocupaciones: el que no pudiera pensar en otra cosa que no fueran su mujer y lo abatida que estaba. Con un barco de Róterdam, que zarparía una semana más tarde, ella le enviaría una misiva, que él, en caso de que navegaran muy rápido, no recibiría hasta arribar a Anyer, en las Indias; y si bien no debía primar el interés personal, consideraba que no ocasionaba mal a nadie si dejaban la velocidad máxima para después del Cabo. Evers hizo reparo, pero como le tenía aprecio al capitán y lo compadecía, propuso mantener una buena velocidad hasta la línea, ya que, de perder allí el viento, el retraso sería demasiado grande. El capitán accedió, y esa fue su primera flaqueza. Lo que sí se ganó con su confidencia fue la amistad de un buen hombre, que en adelante lo ayudaría en todo lo posible, pero de un viaje a otro terminó apoyándose demasiado en su ayuda y su consejo, y dejó que tomara decisiones que sólo un capitán debe tomar.
Evers, piloto diestro, hizo lo que pudo. Navegando holgadamente a la cuadra, la Johanna Maria desarrolló fácilmente una gran velocidad. Pero cuando el viento se mantuvo favorable también pasada la línea, el contramaestre y el velero, que de toda la tripulación eran quienes más tiempo llevaban navegando, se quedaron sorprendidos al oír la inesperada orden de virar. En otra ocasión sólo atinaron a encogerse de hombros cuando el piloto mandó bracear de tal modo que hizo batir algunas velas. Mientras, el barco avanzaba menos de lo que era capaz. Se comentó que el capitán no subía tan a menudo al castillo como acostumbraba. En un momento en que volvió a darse una orden de la que nadie entendía el motivo, Bos no pudo dejar de preguntar por qué había que ejecutarla. El piloto respondió que no daba explicaciones. Pero el capitán, que justo apareció, lo oyó. Pudo ser la noción de que se estaba haciendo algo con el barco que no podía llamarse recto, o bien la susceptibilidad por tener la mente puesta en su hogar, lo que lo hizo enfurecer; calificó a Bos de insolente, lo insultó como nunca había hecho antes y lo despachó. El piloto obedeció sin alterarse. Conocía al capitán más que los demás, porque ya había navegado a sus órdenes previamente; pensó que ya no era el mismo.
Una desavenencia como ésta, que un marino puede experimentar a bordo de cualquier navío, habría pasado inadvertida si los hombres no se hubiesen percatado de que el capitán estaba preocupado y de que el piloto navegaba de forma singular. Y no tardaron en notar que el capitán no sólo lo aprobaba, sino que también lo exasperaba que alguno de ellos manifestara su asombro al respecto. Sobre todo De Ruiter, que era incapaz de callar lo que pensaba, pagaba el pato a menudo.
El piloto entendía que llevaban razón. También a él le parecía injusto que les mandaran hacer trabajos superfluos, que no servían al barco ni a los armadores. Y habló de ello al capitán, advirtiéndole que los hombres de proa no eran ningunos novatos y que su asombro podía mudar en descontento. Si le permitía decirlo, el capitán haría mejor en fondear unos días junto al Cabo esperando la noticia, pero navegar como era debido. El consejo no cayó en saco roto.
Consciente de que había hecho preponderar demasiado el interés pro-pio, el capitán Wilkens se propuso evitar que se repitiera; sin embargo, su preocupación siguió creciendo y, con ella, su susceptibilidad.
Sólo dos días estuvo fondeado el barco en el Cabo, los suficientes para hacer acopio de agua y de vituallas y ofrecer a los pasajeros y a la tripulación la ocasión de estirar las piernas en tierra firme. El propio capitán permaneció a bordo. También Brouwer, debido a que parte de la jarcia se había deteriorado por el roce. El capitán, que iba y venía y alguna vez se detenía, lo observó mientras maniobraba en la toldilla; vio que hacía el trabajo con destreza, que incluso adujaba los cabos reparados de tal modo que parecía que nunca se hubieran dañado. Pero la calma y el silencio de Brouwer le pesaban, sus manos se mantenían continuamente en actividad y no levantaba la vista. Wilkens le dirigió la palabra, preguntándole cuánto tiempo llevaba navegando, de dónde venía, si tenía parientes. Brouwer le respondió de la manera más breve, mirándolo fijamente. Esto impacientó al capitán, y el maestro velero, que no había hecho nada malo, no entendió su impaciencia. Con todo, Wilkens se reprimió para ser razonable y, aproximándose a Brouwer y cambiando de tono, le preguntó por qué siempre ponía cara de pocos amigos, si acaso tenía resquemores, y si no era mejor expresarlos que mantenerse siempre callado. Brouwer, cuya boca no tenía costumbre de hablar, no respondió. Entonces el capitán notó bajo la escalera la presencia de De Ruiter, que había estado escuchando y se reía, y de repente, rojo de cólera, conminó a ambos con insultos y amenazas a que continuaran sus tareas en la proa.
Cuando en una tripulación hay almas malignas que instigan al descontento y las supercherías, o cuando un capitán es odiado por su excesiva severidad o mal carácter, las personas que conviven en un barco se dividen en dos campos, uno de los cuales, después de haberse amargado la vida mutuamente, por lo general acaba hundiendo rápidamente al otro. En la Johanna Maria no había nadie a quien hubiera que objetar nada, y el capitán, un hombre de buen corazón, se habría hecho querer de no haber apartado sus pensamientos del barco. Después de zarpar del Cabo, hubo en lo sucesivo claramente dos campos, que, creciendo o decreciendo, se mantuvieron enfrentados durante años sin librar más batalla que por los derechos del barco o los de un corazón inquieto. Desde un principio, Brouwer, Bos y De Ruiter formaban parte de uno de ellos, al que pronto se unió también el cocinero; el capitán y el piloto pertenecían al otro, apoyados de forma intermitente por el carpintero, el mayordomo o un marinero, para quien en todo momento la verdad debía estar del lado de la autoridad. Meeuw era rápido con los nombres, habló del pelo de una mujer y de la gavia —como dice el refrán— en alusión a Wilkens, y de que aquél tiraba más que ésta; pero descreía de ello y confiaba más en Jacob. Cuando en el rancho se hablaba de los humores de quien detentaba el mando, De Ruiter y Meeuw eran los que más se manifestaban, hasta que el contramaestre les dio el consejo de referirse a él con respeto. Brouwer guardaba silencio, nunca se le oía expresar un juicio, ni demostraba a través de sus acciones que estuviera en desacuerdo con el capitán o el piloto. Aun así, todo el mundo sabía que el jefe era él. Cuando se sentaba a escuchar, su ancha figura inmóvil y la cabeza erguida a la luz de la lámpara, todos sentían que estaba por encima de las disensiones, que era el hombre más fuerte porque reservaba la cabeza y las manos exclusivamente para el barco. También en la popa Brouwer cobró fama de díscolo, si bien nunca contradecía, hacía su trabajo sin cometer errores y no había nada que objetarle. También allí sentían que no podía faltarle nada al barco sin que lo vieran sus ojos.
Doblado el Cabo, la travesía se volvió menos venturosa. Primero hubo que navegar dando bordadas, luchando contra un persistente viento nordeste, avanzando tan poco que los marineros decían que el piloto navegaba por distracción. Luego se levantaron los temidos temporales; durante varios días el barco anduvo brandando, corriendo con poco paño y calando los masteleros, librados a la furia del viento y del agua, que mantenía a la tripulación ocupada en trabajos de emergencia, aquí cargando y jalando, allí amarrando o reforzando, día y noche, granizara o diluviara. Cuando amainó, perdieron mucho tiempo en ordenar todo el aparejo y las cubiertas. Al llegar a Anyer, la travesía desde Holanda había durado más que la anterior.




