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Recogía la mesa con la frágil paciencia de la prisa por llegar a mi almohada, por poblar de recónditas montañas mi inocente cintura, por hacer agua dulce en mis pupilas y cascada en mis venas. Sacudía los cuadros de un mantel con tu nombre a la espalda; con olor a parrilla me llevaba mezclado el secreto de tu aroma hasta el diario febril donde hacías palabras, donde pausadamente deshojabas los pámpanos aún tiernos de mi otoño. Saberte fue de pronto como un porrón vacío en medio de la siega…
Mus
Después de la ternura de las sayas me llegó el vértigo desde la mirada de mi abuelo. Las cartas barajaban el bolsillo remendado de los sentimientos y yo, cual aprendiz de mus, siempre dejaba la grande en paso para que mis ojos no parecieran faroles. Mi abuelo me llevaba a una Salamanca fría, a amores que ocupaban los asientos de un cine en tardes de domingo, a muchachas bonitas heridas por el hambre, a la soledad de las paredes húmedas de una pensión barata. Guardaba los secretos, en el alto donde las pasas se hacían a la sombra, entre los cañizos que habían besado la hierba del campo, a ras de la ventana desde la cual se divisaba el monte y si cerrabas los ojos, se podía escuchar la angustia chirriante de la huida. En el corto espacio en que piedras y amarracos ocupaban las aristas de una mesa, la superficie vital de su memoria (los celemines de amor y las fanegas de lágrimas guardadas) envidaba mi escucha. A veces, en los pares, las medias se saldaban con el recuerdo de dos piernas prohibidas, de noches censuradas de soldado en tugurios que ocultaban su condición de rojo, del malnutrido cuerpo del deseo pintando las pestañas de la noche. Yo, sin bajar la guardia al paso o al envite pisaba los rincones de una plaza donde las lunas fueron de guadaña y los días oscuros. Mi inocencia, tan blanca, daba luz al latido del pasado y el himen de mis cartas descosía en el juego su bandera con tres sietes y sota soleada. “Envido más —decía con aires infantiles de princesa—. Vaya republicana, con un reino en las manos —sospechaba él en voz alta—”. Y tiraba las cartas como mártir y mirando mis ojos, la silueta de un ángel silencioso le llevaba de nuevo a una litera, al podrido colchón de la penumbra, a besos refugiados, a pieles desgastadas por el hambre, a la metralla adicta a la conciencia…
Trueques
En la plaza de la fuente, los miércoles de escuela pintaban un mercado. Contando los minutos, la destreza seducía a una pizarra de números y resolvía los problemas a tiempo para el recreo. Antaño había sido la plaza de la Tela la que albergaba el imperio del trueque, el cambalache para paliar el hambre, la permuta de una alacena donde pasar el invierno. Pero ahora su ancho de frontón y su largura de reino, hacían de ella la corte donde olvidar durante media hora las obligaciones del aprendizaje, y la harina, el aceite, el azafrán o el jabón de lavanda, seducidos por otra necesidad, se vestían con pantalones vaqueros “lois” o “cimarrón”, con bragas de puntillas y con zapatos siempre discotequeros en puestos que describían una órbita alrededor de un manantial de piedra del cual manaba un agua solo para guisar. Las madres esperaban la hora del recreo sujetando en las manos dos tallas de un pantalón y el fin de mes afilando sus tímpanos. Aquella economía sumergida en el compartimento secreto de una cartera o bajo una baldosa del cuarto de la plancha hacía de los miércoles un domingo cualquiera donde estrenar la muda de la felicidad. Y al tiempo que a su hora tocaba la campana de vuelta a los libros, la otra edad de los hombres desataba despacio el delantal de la tarea y compraba enaguas de seda para la siesta y la memoria. Porque en el fondo, todavía habitaba una conciencia de subsistencia en la órbita caprichosa de los miércoles donde el agua de una fuente compensaba a los hombres con guiso de domingo.
Medidas
El estrecho camino de un metro tomaba las medidas a mi cuerpo. Las manos de mi madre hacían malabares en el ancho descrito por mis hombros o en el descubrimiento de mis caderas. Los días en que Logroño era una lista interminable de recados, un portal del fin del mundo nos abría sus puertas y nos llevaba hasta el piso donde las telas permanecían en silencio. Un metro de madera describía semicírculos imaginarios al contar sobre el retal como si lo estuviese haciendo sobre mi piel, como si fuese un presagio de amor o me estuviese diciendo que un hipnotizador de números y lector de teoremas se incorporaría a la escala métrica de mi vida. Los encajes, la seda, el algodón, el lino… formaban parte de aquel desorden de color extendido en largas mesas rectangulares donde se contaba a la medida del deseo. Donde yo veía color, mi madre veía un vestido, los pliegues de una falda, el escote de una camisa o las rodillas sedientas del verano. Sus ojos me miraban, sus manos componían de nuevo mis coletas, el retal ocupaba mi menuda figura y aquel que hacía magia, aquel que sin esfuerzo daba luz a mi rostro se cortaba con mimo cual si mi nombre ya estuviera inscrito en él. A veces las puntillas adornaban el peso de los hombros y la sobriedad de unos tirantes se adhería a los blancos detalles que alargaban el tiempo de la niñez y ponían un toque de inocencia al camisón de una madre. La tela, envuelta en un papel de calco que a mí me serviría para copiar dibujos y acariciar la desnuda transparencia de un cristal mientras mi madre cosía, esperaba en un mostrador el turno de los botones: un botón a la espalda o tres en un costado para hacer diferente lo sencillo… La tarde se medía en semicírculos y mi madre describía el patrón de una sonrisa sin límites, de un vestido nuevo que estrenaría una estación…
Las cremalleras llegarían más tarde, cuando el camino narrado por la piel necesitara entallar la cintura del tacto desconocido, cuando las caderas se ajustaran al movimiento, cuando un vestido cayera en línea recta por el precipicio de un cuerpo; un metro de diez dedos tomaría medidas al principio de mi espalda mientras abría un espacio nuevo, mientras el color doblaba en pliegues al pecado y mis manos componían despacio una coleta, un alboroto sereno en la nuca que mostraba un retal donde un lector de teoremas dividió el tiempo y un presagio hizo realidad el amor en el ancho descrito por mis hombros.
Densidad
Los humores de Hipatia salieron de mi cuerpo en febrero. El miedo fue de pronto una herejía e implantó su mandato en la órbita de la ternura. El sol se convirtió en extraño; la densidad del tiempo comenzó a depender del peso de las palabras y el volumen de la vida se ponía ante el astrolabio de mis pupilas. La doctrina de la prohibición tomaba entre sus manos la primera piedra y observaba de frente su amenaza; el paño que manchado entre mis piernas me nombraba mujer alertaba también de la rebeldía de mis caderas o del cuerpo desnudo de un amor que ya no era el impuesto. Los años me tendían su trampa, la túnica secreta de la luna me cubría los hombros, la piel de mi niñez era desollada por el vértice marchito del silencio… Aún no conocía el mar y la estrategia de las mareas se acomodaba en mi vientre con su reflujo, con su seductora fuerza, con su voz incansable. Creí que moriría, de pronto las muñecas pasaban a ocupar otra quietud y era inquieto el espejo en donde me miraba. Un ciclo me tenía en la puerta de cada estación: eran frías y lejanas las nanas deshojadas en una cuna, la muerte comenzaba a ser una posibilidad y mientras en mi piel, la primavera tejía su coartada, el miedo, acalorado, se ruborizaba entre mis piernas. Pero los planetas, mantenían su equilibrio alrededor del sol y describían su voz, como de costumbre. Caminé asustada entre la multitud por una Alejandría desconocida y en el templo de lo que no había que decir el aprendizaje de las constelaciones sedujo a la sensualidad de la noche que acababa de llegar y el amanecer secreto de una niña mudaba su piel en una tierra desconocida…
Carmela y las palabras
-I-
Carmela se puso de parto. Andaba faenando por la cocina cuando la cálida humedad del nacimiento se precipitó por sus piernas en busca de la vida y alborotó sus quehaceres. Todavía no había salido de cuentas, y no sentía el más mínimo dolor, pero la presión húmeda de su bajo vientre le advertía de que el parto estaba cerca y que no podía descuidarse. Puso agua en un puchero y al agacharse para encender la cocina de leña, un dolor punzante recorrió sus riñones y se alojó durante unos segundos debajo de su ombligo. ¡Vaya! —pensó— No se anda con bromas la criatura—. Preparó las toallas, la palangana, el trapo para morderlo; no pensaba gritar, no ante la multitud de vecinas que, seguro, abarrotarían su habitación husmeándolo todo y no se irían hasta haber inspeccionado bien al recién nacido. Después, abrió su cama, la misma en la que ella había nacido. Por último, llamó a Sofía, su vecina. Anda —le dijo—. Ve a buscar a mi madre y al practicante. Y manda a algún hombre en busca de Juan, fue a coger fresas a La Venta.
Después, se acostó con su pequeño cuaderno de escribir bajo la almohada, para que nadie lo curioseara y esperó, pacientemente, las contracciones.
-II-
En los pueblos, cada territorio de labranza, de regadío o de secano, responde a un nombre, que da nombre a su vez a todos los campos que lo componen. Así, Juan y Carmela, tenían fresas y huerta en La Venta, ciruelos en Los Linares, una viña en Los Majuelos y otros veinte renques de fresas en Cabrilla. Juan madrugaba mucho, siempre se iba de noche al campo, y allí en cuanto amanecía comenzaba a trabajar como un mulo. Carmela le había estado ayudando hasta que sus pies, que se hinchaban como botas, le obligaron a permanecer por la casa y a echar un ratito de siesta cada tarde, poco más… Juan la echaba de menos en el campo porque ella tenía el don de decorar la vida con las palabras, inventaba cuentos para él, cuentos de dragones, de caballeros, de amor, cuentos que le permitían olvidarse de la miseria, del hambre, de la injusticia… Por la boca de Carmela las palabras nacían más libres de lo que eran ellos y a Juan le habían alentado a forjar un sueño: el de hacerla plenamente feliz. Su maestro, que tuvo que esconderse por los montes, les había enseñado a luchar costara lo que costase, a ser constantes, a aprender cada día. Juan conservaba todos los libros que él le dio antes de huir, en el alto de su casa, en un falso pilar que Carmela y él construyeron en una sola noche, pegadito a la pared para que no llamara la atención en los días de registro, aislado en un rincón como la libertad. Nunca los demás lo tocaron, nunca llamó la atención, siempre bien cubierto de telarañas, un pilar tan culto, decía riendo Carmela cada vez que cogía un libro, el cemento es más culto que la mente de algunos. A Juan, los libros que más le gustaban eran los que hablaban sobre el universo, se sabía el nombre de cada constelación y, en las noches de verano, abría la ventana y desde la cama alzaba la mano y hacía el gesto de coger una estrella, y después se la ofrecía a Carmela. Y ésta ¿cómo se llama? —le preguntaba Carmela— Irene —le respondía él—, como la paz. Todas las estrellas se llamaban Irene. Una noche, una de esas estrellas le trajo un cuaderno, tinta y una pluma. Escribe todo lo que me cuentas —le dijo Juan—.
-III-
Las contracciones aparecieron a la vez que el practicante, su madre lo hizo después, y Carmela supo que algo pasaba porque traía mala cara y además llegaba tarde; puede ser que Sofía le avisara la última —pensó, pero se le hacía tan raro—. Ninguna vecina, a las que escuchaba murmurar por afuera pasó a la habitación. Ande madre —le dijo—. Salga por la cocina a dar una vuelta y asegúrese que no miren entre las alubias, tengo un libro de Machado que no me dio tiempo a esconder. La madre salió al instante, como si el hecho de estar allí junto a su hija le causara incomodidad. A Carmela le bastó aquella prueba para saber que algo grave pasaba, pero las contracciones, que se habían cebado con su cuerpo, le obligaron a morder el trapo y a no preguntar. Y justo en el momento de dar a luz, la mano de Juan le ofreció una estrella y sin ver a la criatura supo que era niña, y en el instante en que rompió a llorar tocaron a muerto y entonces sí que Carmela comenzó a gritar, porque no estaba preparada para aquél dolor tan fuerte, para vivir sin Juan.
-IV-
Estuvo dos días en cama sin hablar, con la niña en el pecho todo el rato para que la leche le subiera. No pudo ir al entierro, ni el cuerpo de Juan pudo esperar a que ella se recuperase, hacía calor y urgía darle sepultura. Al tercer día, la madre de Juan se presentó con su hijo mayor para conocer a la niña. Necesitas un hombre que te cuide hija —sugirió—. Luis tratará a la niña como si fuera su hija… No le dejó continuar. No voy a casarme con Luis —respondió Carmela—. Saldremos adelante, no se preocupe, no necesito ningún hombre, sé arreglármelas solita.
Pero…—balbuceó su suegra—
No hay pero ni pera, y no hay más que hablar —dijo Carmela—. Fue la primera discusión de las muchas que tuvo en aquellos días con todo el mundo, parecía como si una mujer no fuese capaz de vivir sola; pues ella saldría adelante. Sofía y su madre le ayudarían y no les haría falta nadie más. ¡Qué manía con las tradiciones! ¡Qué manía con casar a la gente! También discutió por el nombre, la mayoría decía que la niña había de llamarse Juana, en honor a su padre y porque había nacido en junio, el mes en el que se celebra San Juan, o al menos Dora, como su abuela paterna. Ella le puso Irene, como cada estrella que Juan le regalaba y porque su maestro, aquél que tuvo que irse al monte, les contaba que Eirene era la más bella de las tres horas o estaciones que formaban la paz, el orden y la justicia. A Juan, le encantaba aquella historia. Irene significa paz, madre —le explicó—, y a través de ella vendrá la prosperidad.
Como tú quieras hija — aceptó su madre—.
-V-
Nadie pensó que fuera fácil. El verano fue duro, el campo es lo que tiene; Sofía y Carmela se pasaban el día en él, no menos que las demás mujeres del pueblo, salvo que ellas estaban solas y las demás “ayudaban” a sus maridos; claro, lo de siempre; la realidad era que trabajaban en el campo con ellos y en la casa mientras ellos echaban la siesta o iban a la bodega. Juan no era así, él no hubiera sido como ellos —sedecía todos los días Carmela—.
La niña se criaba bien, se agarraba al pezón de su madre como si le fuera a faltar el alimento y, cada tres horas, Carmela dejaba su trabajo en el campo para darle el pecho. Los martes y sábados por la tarde descansaban del campo para ir a lavar al río y los domingos ella escribía cuentos y enseñaba a leer y a escribir a Sofía mientras su madre acudía a misa para no llamar demasiado la atención, y así, cada una en sus quehaceres fueron pasando los días y las estaciones; no obtuvieron grandes beneficios, los justos para seguir tirando, pero consiguieron que todos los hombres las odiaran y las mujeres las envidiasen. Eran luchadoras de los pies a la cabeza. Mujeres así no convienen —comentaba el alcalde en la partida de cada tarde—. Si apedreara, suplicarían el matrimonio al primero que se le ponga delante —añadía el boticario—. Pero no apedreó ni nadie tuvo ganas de hacerles la vida imposible. Allá ellas, ya caerían del burro.
Una tarde de lluvia invernal, las mujeres, que habían andado hablando por el lavadero, se presentaron en casa de Carmela: “queremos aprender —le pidieron—, la maestra dice que bastante tiene con nuestros hijos”. Y así fue como el alto de aquella casa se convirtió en una escuela, donde Carmela enseñó a leer y a escribir a todo el que quisiera a cambio de nada. Alguna tarde contaba las historias que su maestro le había enseñado y les hablaba de las constelaciones y de Eirene y sus hermanas. Más tarde les enseñó los números, al principio contaban con garbanzos, después con destreza. Sofía, que sorprendió a todas con su habilidad con el carboncillo, comenzó a plasmar en papel aquellas lecciones y el sueño de Juan casi casi se hizo realidad. En primavera, los hombres reclamaron la presencia de sus mujeres en el campo pero Carmela, a la que acababan de publicar su primer libro de cuentos, las contrató. Para la mayoría de ellas, que en su vida habían salido del pueblo, supuso el primer sueldo, una victoria contra la opresión que les habían impuesto por el hecho de ser mujeres. Más que a leer y a escribir habían aprendido a luchar, a que sus opiniones importaran, a tomar decisiones. Cuando en la Cooperativa, aquel verano, no quisieron recoger la cosecha de Carmela, lejos de venirse abajo, las mujeres fundaron una cooperativa propia que recogió las cosechas de todo el valle. Todavía hoy la Cooperativa de Carmela, que así se llamó, recoge los frutos de la poca gente que se dedica al campo; también alberga un recinto, que en invierno hace las veces de escuela, en el cual las palabras y los números se aprenden con el aroma de las frutas, de las hortalizas, de las legumbres… En una de las ventanas que mira hacia el valle, un telescopio permite ver el cielo y los vecinos dicen que en la noche de San Juan, la noche más corta del año, cuando uno mira a través de él, cada estrella toma forma de nombre y todo el universo, en esa noche, pasa a llamarse Irene.
A todas las mujeres del mundo rural, y a todas las que han hecho posible que sus voces se oyeran.
CAPÍTULO 2
LA CALLE
PUERTAS
Labradores
Nací en un pueblo de labradores. En una calle de labradores. El otoño entraba en ella descalzo para pisar la uva y las casas se teñían con el color del vino. Había restos de escarcha en el tiempo, rincones donde el registro de los años pasados había quitado el hambre cerrando bocas y el invierno a jornal podaba la palabra. El amor se prestaba sin esperar nada a cambio. Las mujeres cosían a la sombra mientras los hombres faenaban; el río cambiaba la muda los domingos. En primavera las cocinas florecían con los árboles y los atardeceres se vestían con el aroma del campo; la vida se ponía su falda corta y plisada y una diadema llenaba mi cabeza con el canto de pájaros alegres.
Los menos afortunados pagaban sus deudas con el dinero de las primeras fresas que en junio esperaban al sol para tachar con lápiz los préstamos apuntados en los cuadernos. En verano la distancia se acortaba y uno quedaba libre de culpa; el sudor de la siega se calmaba con el néctar de una bota y el porrón hacía el amor con la bodega.
Se compartía la comida y la tristeza, el caballo, el delantal, la tierra, la moraga, los surcos de la memoria, la risa, la radio… En enero se adobaba el corazón para mantenerlo a salvo del rencor y se recogía el agua de la lluvia. Los besos se aireaban en los altos entre cañizos y abril tenía otra lectura.
Nací en una calle de labradores, en un pueblo de labradores. La tierra no sacaba de pobres pero daba de comer.
Los secretos de los tacones
A la memoria de Ángel Ramírez, zapatero y capitán de calle…
En las mañanas de los sábados de invierno, el tic-tac de un reloj de zapatos nos llevaba a mi primo y a mí a un pequeño taller a la vuelta de casa. Mi “ángel zapatero”, como así le llamaba, rodeado de cueros y lonas y de una horma donde estoy segura ensanchaba su corazón me enseñaba los secretos de los tacones. Alguna vez, tras pedírselo mil veces, dejó que le lustrara algún par de zapatos de piel y parecía propiamente que le estuviera sacando brillo a mi sonrisa o a la suya que acababa en una de esas carcajadas al ver mis manos teñidas de negro. Solía cantar y era entre otras cosas hijo de cestero, capitán de calle y labrador de días. Y aunque su cadera le hacía cojear y a veces apoyar el pie en el suelo fuese un suplicio, él escondía el dolor al tiempo que me guiñaba un ojo, en uno de esos compartimentos secretos de los tacones y de las cuñas y a golpe de martillo terminaba la faena murmurando en mi oído: “ya está. De aquí el dolor ya no sale” Cada vez que doy betún a mi memoria me envuelven sus alas; cada vez que pongo un pie en la calle y miro su casa escucho el rumor de su risa y el traqueteo de un taller. Y guiñándole un ojo al silencio voy hasta la horma donde él ensanchaba su corazón y haciendo más ancho el mío a golpe de latido termino la faena murmurando con la mano en mi pecho: “ya está; de aquí ya no sales”
El Oeste de la memoria
A Luis.
De todos los oficios que había en mi calle, el de ojeadora de puertas era el que más me gustaba. Porque me hacía ocupar un puesto de guardia con el sol de las cuatro junto al hueco por donde Noble, mi caballo del alma, asomaba su cabeza. Como una niña buena, yo peinaba con mimo a las muñecas y apuntaba la hora en que un Paul Newman, jovencito y serrano, pasaba ante mis ojos. La tienda imaginaria de bicicletas y artículos de cine era una tapia enfrente de mi casa en cuyo escaparate estaban escritas las iniciales del nombre de mi abuelo. Mi Paul Newnam de calle llevaba los vaqueros ajustados y fumaba a escondidas. Yo filmaba discreta el hoyuelo insinuante de su barbilla, su andar de actor seguro de sí mismo, la infinita complicidad de su rostro, en unos exteriores donde la primavera ya no era detenida y el cielo azul comenzaba a ser fútbol. Nunca llevó sombrero, aunque luego los años desprendieron su aroma de cowboy o la magia de un Oeste aprendido en la calle o la camisa recién planchada del sol de las cuatro. Ahora, en la ventana que una vez fue hueco, la parte de una puerta por donde Noble asomaba su cabeza, miro las bicicletas de la imaginaria tienda de enfrente, la esquina de la tapia donde firmó mi abuelo y hago hierba en las piedras y el cemento; y casa en el desierto de la tarde. De puntillas regreso a mis muñecas, a un estudio de cine en donde el calendario ya ha rodado su historia, a la espalda del tiempo. En el primer ojal de la camisa de mis años, Noble vuelve a asentir cual confidente hecho a mis caprichos mientras suelto a una niña sus coletas oscuras y ojeo lentamente la puerta abierta del Oeste de la memoria.
Las acuarelas del mar
A Tomás.
“Al pasar la barca me dijo el barquero, las niñas bonitas no pagan dinero” — cantaban mi abuela y mi madre mientras me daban a la comba—.
El barquero pasaba en su barca las acuarelas del mar. En el estuario del verano y a veces, en abril, la casa del pintor abría sus puertas y la calle se llenaba de colores. En sus lienzos, la luna parecía poner en práctica su influjo y la asombrosa voz de las mareas susurraba en el blanco y rectangular tímpano que sobre un caballete narraba en azules y violetas su atenta escucha. A veces eran los barcos de los pescadores quienes llegaban al puerto de una Pasaia que él conocía de memoria y que imprimía seguro en un atardecer que sabía a pescado. Años más tarde, “Buenavista” puso en mis ojos su memoria, la barca y el barquero que amarraban la vida en las orillas de la luna, la paleta de colores de los veranos de sal y caracolas. La piedra de una puerta abierta al océano erosionó mis pupilas y tuve la sensación de haber estado allí antes, quizás transportada por el banco de madera que pegado a la pared de su casa me ofrecía un sitio de recreo desde el cual leía la escritura de sus pinceles. Ahora miro su trozo de mar y, desde la orilla donde el Txotxolo es aroma de marisco y vino, veo la entrada de los barcos que buscan las luces del amanecer y las casas que cuelgan sobre el agua. La calle del verano y de abril, se convierte en un puerto de regreso y un banco de madera en desembocadura de acuarelas.
“Al pasar la barca me volvió a decir, las niñas bonitas no pagan aquí” —cantan mi madre y mi abuela mientras salto a la comba—.
El barquero pasaba en su barca las acuarelas del mar.
Las postales del verano
A Luciano y Paco.
Cuando el candil del río se apagaba y el alba se lavaba la cara junto a los chopos, el cartero cruzaba el puente hacia el empalme del pueblo en busca de la correspondencia. Con el macuto al hombro y el silencio del sueño, emprendía después su viaje de regreso dejando en el camino el olor de la tinta de los nombres que serían escucha. Las cartas de América tenían unos sellos nunca vistos que mirados con lupa agrandaban el hueco y la distancia de familias separadas por el ancho océano y que, probablemente, jamás volverían a abrazarse; y la cenefa azul y roja del correo aéreo, en el que yo imaginaba azafatas de cartas que en las bodegas del avión podían adaptarse al frío y cambiar las malas noticias por primaveras de palabras. Porque la muerte en tiempos del noviazgo de mis abuelos llegaba por escrito y sin censura y el amor se guardaba en los cajones de una mesa de roble que tenía el poder de crucificarlo. Cuando yo era muy niña, la boina y la gabardina del cartero en los días de lluvia me esperaban con carta de Bilbao o Madrid o de una Pontevedra donde mi corazón de dieciséis fue bruja y aquelarre de mariposas. Mi abuela se ponía las gafas y en la silla chica me leía en voz alta las noticias alegres y guardaba las tristes para la almohada con mi abuelo. A veces, una foto narraba la belleza del tiempo y el desembolso de unos ahorros, el esfuerzo inmaculado en el alquiler de un vestido de comunión o de la costura de noches sin descanso. Las fotos de familia llegaban en Navidad, con participaciones de lotería y postales de nieve que yo miraba durante largas horas y que se guardaban en cajas para las tardes largas de brasero. Pero era en el verano de camisetas blancas de tirantes y faja en los riñones y campo y criba de sol a sol cuando llegaban postales de alegría que anunciaban la playa y las palabras parecían desprenderse de la ropa de abrigo, tumbarse en la toalla y besar las mejillas del calor o el abanico de la siesta. Porque en invierno todas las despedidas acababan en un cordial saludo o un abrazo sin adyacente, ni adjetivo ni adverbio; y los besos de las postales del verano acababan en la piel.




