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Generación tras generación de peruanos hemos entrado al siglo XX estudiando en la escuela la asignatura de Literatura Peruana que empezaba con la Literatura de la Conquista y la Colonia. Se omitía cualquier vestigio de creación literaria anterior al testimonio de las crónicas, redactadas, por supuesto, por los clérigos y escribidores de la época. Los maestros de colegio no se detenían a preguntarse por qué una literatura nacional era levantada por manos extranjeras. Grandes mamotretos religiosos o relaciones de prodigios, donde resplandecía una fauna y una flora portentosa, eran dictados por espíritus interesados en algún favor de la corona española o en alguna prebenda divina. No obstante, desde muy pequeños aprendíamos, en la asignatura de Historia del Perú, que el origen del Imperio Incaico residía en una historia maravillosa. Nadie ponía en duda la veracidad de ese relato. Me refiero a “La Leyenda de Manco Cápac y Mama Ocllo”, dada a conocer por el Inca Garcilaso de la Vega, cronista mestizo, hijo del capitán español Sebastián Garcilaso de la Vega y de la ñusta Isabel Chimpu Ocllo, nieta de Túpac Yupanqui, quien establece con sus Comentarios reales8 una de las piedras de toque de nuestra historia, gracias a su esmerada educación occidental, pero, sobre todo, al oído que prestó de niño a la voz de su madre y de los amautas incas, conocedores a fondo de la mitología_y cultura aborigen.
Una figura del siglo XX de similar importancia para nuestra historia, que concilia en su literatura la tremenda colisión de dos mundos, el occidental y el andino, la representa el escritor José María Arguedas. A fines de la década de 1930, con veintiocho años de edad, Arguedas consigue un puesto de profesor en el Colegio Mateo Pumaccahua de Sicuani, en el Cusco. Por entonces radica en Lima, sin empleo estable; de modo que este viaje al interior no solo le permite abandonar una ciudad fatigosa, sino que significa “la realización del más viejo y querido de mis sueños” (Rescaniere, 1996). Porque él presiente —y lo constatará después— que desde la docencia es posible construir un oficio de esperanza y estímulo, que culmine la ilusión por una sociedad más afectiva y justa. Y es como asume su vocación, con utopía e integridad, además de un ingenio propio de sus dotes creativas.
Al término de su primer año de trabajo, Arguedas publica un folleto con los ejercicios de sus alumnos. Él escribe las páginas liminares. Es sorprendente la precisión y actualidad que contienen: juzga con dureza nuestro sistema educativo por el exceso de información, el ánimo memorístico y ninguna curiosidad por la investigación; descalifica a muchos profesores por seguir con fidelidad militar el programa estatal; lamenta no haber leído, durante sus años de estudiante, un solo libro en clase ni haber escuchado palabras amistosas de sus profesores. “Más tarde —afirma Arguedas—, tuve la convicción de que los colegios del Perú… debían trabajar de otra manera”.
Y esa otra manera consistía, por ejemplo, en leer y comentar los informes de sus alumnos sobre las costumbres de sus pueblos. También sobre lecturas de cuento y poemas efectuados en clase. Luego el profesor Arguedas ordenó el frondoso material, añadió valiosas explicaciones y lo entregó a la imprenta. Aquella publicación ha cumplido setenta años, y significó el punto de partida para un trabajo posterior titulado Mitos, leyendas y cuento peruanos (Lima, 1947), elaborado con el escritor y maestro Francisco Izquierdo Ríos. El libro fue realizado por iniciativa de Arguedas, cuando ocupaba la Dirección de la Sección de Folklore y Artes Populares del Ministerio de Educación. Sobre este volumen hace unos años llegó a Lima de Madrid una bellísima edición (Siruela, 2009). Años después, el Grupo Editorial Santillana publicó, en nuestro medio una modesta edición del libro en Punto de Lectura (2013), que reproduce el amplio prólogo de Arguedas e incluye una nota de Sybila Arredondo de Arguedas, quien enfatiza el carácter folclórico del relato popular, cuyo propósito fundamental es, en palabras del escritor:
recrear el espíritu de sus oyentes, para ilustrarlos, para exaltar lo bueno y lo bello, para afirmar las reglas o valores morales que rigen la conducta de sus grupos sociales, para infundir temor a los castigos que sufren quienes infringen esas reglas, para explicar el origen de las cosas. (p. 13)
En el prólogo de Mitos, leyendas y cuento peruanos de Izquierdo Ríos (1947), titulado “Algunas consideraciones acerca del contenido y finalidad de este libro”, el autor hace un recuento histórico de la resistencia cultural desde la llegada de los españoles y cómo la tradición aborigen se protegió, a veces gracias al desplazamiento geográfico —sobre todo de los pueblos amazónicos— y la mayor parte de las veces gracias al proceso de fusión con la cultura invasora, en el que nuestra cultura nativa supo mantener una importante dosis de presencia. Otro aspecto en que incide Arguedas, cuando toca la literatura popular —y lo hace con contrariedad— es la proliferación de cierta literatura folklórica manipulada ex post por un autor. De este modo se destruye el valor artístico de origen y la esencia antropológica; es decir, el dato científico. Con el propósito de rescatar material en su mayor integridad autóctona, Arguedas realiza una gran convocatoria a los maestros de aula de todo el país a fin de que envíen, en su versión más fiel, los relatos tradicionales de sus pueblos. Con este ingente material, depurado y distribuido en las tres clásicas regiones de nuestro territorio: costa, sierra y selva. Ciento veinte relatos conforman el volumen, con textos escritos por profesores y alumnos, que provienen de alejados rincones del Perú y que cumplen, de este modo, un ardiente sueño de Arguedas por transmitir la sabiduría ancestral y estrechar los vínculos entre hermanos para lograr una educación equitativa y liberadora.
Otros ámbitos de la literatura infantil
En un texto perspicaz titulado “Contra la literatura infantil”, el extravagante escritor argentino César Aira despotrica contra el género y da razones que el tiempo ha sabido comprender. Se queja, en primer lugar, de las puerelizaciones de muchas adaptaciones —las califica de “criminales”— en las que han caído obras importantes del pasado como Los viajes de Gulliver, Robinson Crusoe, Alicia en el país de las maravillas o La isla del tesoro. Han dañado —creo entender— la esencia del lenguaje, por el afán de los editores de acercar la gran literatura a un mercado infantil. Este empeño comercial ha convertido la literatura infantil en un subproducto literario del siglo XX; la categoría que conocemos como subliteratura.
Otro aspecto que considera Aira es la negación de la libertad; la genuina literatura inventa a su lector, mientras que la literatura infantil fecunda sobre un organismo definido y examinado como si fuera un sujeto embalsamado, sin voluntad ni inquietudes. No solo trabaja sobre niños arquetipo, sino sobre edades determinadas. Para lo cual, fabrica libros que no son objetos aburridos, como los que leen los adultos, sino que son objetos manipulados como juguetes para hacer de la lectura una mera diversión: ahí están, dice, “libros acordeón, libros de tela, con ventanitas en las páginas, desplegables, transparentes, con ruido, transformables (como los que hizo el genial Lothar Meggendorfer), libros impresos con tinta invisible, libros origami, elásticos, y los maravillosos flip-books o folioscopios”, (Diario El País, Madrid, sábado 22 de diciembre de 2001).
Y creo que del lado de dicho esparcimiento —a menudo algo banal y que ha adelgazado el género— está la práctica de una literatura sin mayor responsabilidad artística o formativa. Ganada por intereses subalternos, como la visión política conservadora o los réditos de orden empresarial que han lesionado nuestra genuina literatura infantil. Fenómeno que se ha advertido también en la gran literatura peruana con diversos temas; con el tema del indio, por ejemplo, que desde el siglo pasado, durante el romanticismo, fue visto como un personaje decorativo y retórico. Casi una figura de álbum histórico, que fue modificándose y adquiriendo en el tiempo una dimensión más real: recordemos el indio montaraz de los Cuentos andinos (1920) de Enrique López Albújar; el indio pintoresco de La venganza del cóndor (1924) de Ventura García Calderón o el indio poético de Los perros hambrientos (1939) de Ciro Alegría. En esa línea llegamos al punto de intensidad narrativa de José María Arguedas, con un indio no solo carnal sino profundamente humano, desplegado desde su libro de cuentos Agua (1935) hasta su novela Los ríos profundos (1958).
También en la literatura infantil se ha abordado la literatura popular, sobre todo andina, produciendo una considerable batería de relatos adulterados. Y como existe un reclamo de un sector del magisterio nacional para trabajar con textos peruanos —entendidos exclusivamente como andinos—, la recreación de la narrativa tradicional ha operado como inagotable surtidor del género, sobre todo en provincias, sin prestar demasiada atención a la calidad estética. Hace casi setenta años, José María Arguedas mostró su desazón en el prólogo que escribió para el libro recopilatorio Mitos, leyendas y cuentos peruanos (1947), que convocó con Francisco Izquierdo Ríos y que contó con la colaboración de muchos maestros de escuela de todo el país. El libro fue publicado por un comprometido Ministerio de Educación, escribe Arguedas:
En el caso del folklore, esta ineficacia aparece agravada por una frondosa literatura cultivada en toda clase de publicaciones de las provincias y de la capital. Esta inmensa e inútil literatura prolifera, cada vez con mayor fecundidad, a causa del equivocado concepto que se tiene del folklore y de la peligrosa y tenaz convicción que ha sido difundida en el sentido de que los “temas” folklóricos pueden ser y deben ser aprovechados para la composición literaria; pues, de este modo, tales composiciones tienen, además de valor artístico, interés científico, y por añadidura valor “nacionalista”. Y en realidad, es que casi la totalidad de esa literatura no tiene realmente valor de ninguna especie, pues el valor científico del dato folklórico es totalmente destruido por la fútil y negativa recreación personal de los autores. (2009, p. 18)
De este modo se ha trabajado también el personaje niño, como si fuera un querubín sonrosado y soñador a la usanza de un antiguo cromo. Ojalá me refiriera a la literatura de hace un siglo, pero no. No solo es influencia de una época sino de la entelequia que tienen algunos improvisados escritores o maestros y maestras que no consiguen admitir las travesuras ni los sudores de un niño real. El concepto de infancia o de adolescencia es, mal que bien, una construcción social en la que participamos todos los que formamos parte del entorno de un chico o una chica. Muchos adultos, sobre todo educadores, parecen empeñarse en extender esa brecha generacional y muchas veces la literatura infantil sirve de aliada pedagógica para “enmendar” una nueva generación, según los virtuosos modelos de escritores obstinados en plasmar una retórica nostalgia, o simplemente ávidos de sus regalías de autor.
Tradiciones, recopilaciones y antologías
Para beneficio de nuestra tradición literaria, por supuesto debemos destacar a algunos escritores clásicos animados por nobles motivos artísticos: Ricardo Palma y sus Tradiciones peruanas (bautizadas así desde su edición de 1890 y que reúne cerca de quinientos textos referidos a la historia peruana); Adolfo Vienrich y sus tres libros de relatos regionales titulados Azucenas quechuas (1905), Fábulas quechuas (1906) y Apólogos quechuas (1906). Un tiempo después, José María Arguedas publicó Canto Kechwa (1934) y Canciones y cuentos del pueblo quechua (1949), que agrupa poemas, narraciones y canciones anónimas del universo indígena. De los cuatro cuentos que integran el segundo libro, “El lagarto” es, a mi gusto, un relato preponderante. El también escritor y etnólogo Arturo Jiménez Borja recopila muy bellos relatos en sus libros Cuentos Peruanos (1937), Cuentos y leyendas del Perú (1940) e Imagen del mundo aborigen (1973).
Y llegamos de este modo, casi sin proponernos, al género de la antología de literatura para niños. Me refiero al selecto inventario que realiza un especialista —o más de uno— de la variada producción literaria y que respeta algunas consideraciones, que pueden ser de orden temático o estilístico. Las buenas antologías suelen desempeñar un papel trascendente en la formación del concepto y de la valoración de cierta literatura. Mencionaré las principales antologías de literatura infantil que conozco, publicadas en el Perú desde los años cincuenta hasta la década del 1980.
Florián, Mario. Poesía infantil. Lima: Edición GUE Bartolomé Herrera, 1956.
Salazar Bondy, Sebastián. Cuentos infantiles peruanos. Lima: Editorial Rumbos Nuevos, 1958. Enseguida aparece la segunda edición. Lima: Librería Editorial Juan Mejía Baca & Editorial Rumbos Nuevos, 1958.
Sologuren, Javier. Cuentos y leyendas infantiles. Lima: Librería Editorial Juan Mejía Baca & Editorial Rumbos Nuevos, 1958. Años después aparece la segunda edición. Lima: Ediciones de La Rama Florida, 1964. (Carátula del autor).
Florián, Mario. Poesía para niños. Lima: Biblioteca Básica Peruana. Ediciones del Ministerio de Educación Pública, 1961.
Bonilla Amado, José. Cuentos infantiles peruanos. Lima: Ediciones Nuevo Mundo, 1963. Poco después aparece la segunda edición. Lima: Ediciones del Nuevo Mundo, 1970. (Carátula de Alfredo Ruiz Rosas e ilustraciones de Rolando Cisneros).
Cabel, Jesús. Poesía infantil peruana. Lima: Edición UNMSM, 1963.
Cerna Guardia, Rosa. Los niños del Perú y sus poetas. Lima: Editorial Nueva Educación, 1976. (Ilustraciones de Alicia Ferrarone y Marianela Cerna).
Rosario Vidal, Roberto. La barquita de papel. (Poemas y cuentos para niños). Lima: Conaim, 1979.
Organización Internacional del Libro Juvenil - IBBY, Cuentos infantiles del Perú. Lima: Ediciones de la Sección Peruana de la Organización Internacional del Libro Juvenil-IBBY, 1964.
Salas, Luzmán. Antología de la literatura infantil cajamarquina. Lima: Lluvia Editores, 1981.
Soracel, Lourdes y Víctor. Cuentos infantiles peruanos. Lima: Editorial Ricchay Perú, 1982. (Volumen compartido con Cuentos infantiles universales, de los mismos autores, pseudónimos de Teresa y Fernando Lecaros).
Zúñiga Segura, Carlos. Poemas para niños: antología. Lima: Ediciones Capulí, 1983.
Lozano Alvarado, Saniel. Patio de recreo. Trujillo: Editorial Sudamericana, 1984.
En abril de 1983 publiqué a mimeógrafo, en los talleres del Colegio Los Reyes Rojos, dos antologías contemporáneas —una de cuento y otra de poesía— con carátulas e ilustraciones de mis alumnos de quinto grado de primaria. Creo que esa era una virtud: todos los textos habían sido trabajos en el aula y las ilustraciones de los chicos y chicas constituían conjuntamente una recreación de su lectura. Y en 1988, con el sello Editorial Colmillo Blanco, la selección de narrativa breve titulada Puro cuento, integrada por once relatos a manera de una alineación futbolística; al año siguiente publiqué la antología Reino animal: poesía peruana, reunión de sesenta poemas alusivos a la zoología, desde la poesía aborigen hasta el siglo XX.
De la presente relación debo destacar el trabajo de Javier Sologuren, quien realiza una antología de literatura infantil universal y al lado de cuentos populares de procedencia árabe, asiática y nórdica incluye dos fábulas quechuas: “El sapo y la zorra” y “El zorro y el Huaychao”. Más adelante, dentro de la literatura moderna, entre escritores de la magnitud de Oscar Wilde, León Tolstoi y Hans Christian Andersen considera a Ricardo Palma (“Los ratones de Fray Martín”), Carlota Carvallo de Núñez (“La flauta maravillosa”) y Francisco Izquierdo Ríos (“Zenón el pescador”), confiriendo implícitamente a nuestra literatura infantil una envergadura equivalente.
También debo subrayar la antología de Sebastián Salazar Bondy por sus criterios y contenido. Se abre con un prólogo dirigido al niño (incluido en las Lecturas Ejemplares 1 de esta Primera Unidad), que sugiere un interés por desescolarizar la lectura y trasladarla al hogar; y se cierra con un “Epílogo para el maestro”, que ofrece explicaciones didácticas y profundas para comprometer al docente en la tarea complementaria de corregir falencias culturales y asumir este libro como “una solución de emergencia”. La otra virtud de esta antología es el conocimiento que evidencia el autor, gracias a una muestra de gran amplitud temporal y versatilidad estilística que va desde la literatura folklórica hasta Enrique Congrains Martín —con la adaptación del cuento “El niño de junto al cielo”, de Lima, hora cero (1954)—, pasando por autores aunque poco nombrados muy justificados como José Portugal Catacora y María Wiesse.
Revistas literarias
En el Perú hemos tenido escasas revistas de creación literaria para niños; tal vez la primera sea Cultura infantil, fundada en 1913 por Julio Eduardo Manucci, director de un colegio en el centro de Lima. En cinco años se editaron treinta y nueve números. Está probado que César Vallejo publicó allí algunos de sus poemas, todos ellos de carácter didáctico, anteriores al libro Los heraldos negros (1918). Disponemos de referencias de Carlota Carvallo respecto a Cholito y Figuritas9, dos revistas limeñas muy antiguas, así como Avanzada, aparecida en 1952, dirigida por el padre Ricardo Durand Flores. El infatigable maestro de teatro y literatura, director muchos años del Teatro Universitario de San Marcos (TUSM), Guillermo Ugarte Chamorro dirigió entre 1940 y 1945 la revista Palomilla, que llegó a publicar cuarenta y cinco números.
Al parecer la revista de mayor difusión ha sido Urpi, con cuarenta y siete números publicados y probada circulación nacional. Aparecía como suplemento sabatino del diario La Prensa, a mediados de los años setenta, bajo la dirección del educador Walter Peñaloza. La edición estaba a cargo de la bibliotecaria y periodista Gladys Padró, y contaba con las distinguidas colaboraciones de Carlota Carvallo de Núñez y su hija, la ilustradora Charo Núñez. Otras revistas han sido Collera, Cholito, La mariposa de Crista y Arco Iris; publicaciones de fines de los setenta y comienzos de los ochenta. Y menciono finalmente la revista El Cabezón, editada por el Colegio Los Reyes Rojos, que sigue siendo la más efervescente y longeva, con más de treinta años de existencia.
En Urpi y El Cabezón he tenido la enorme suerte de trabajar. En la primera empecé diagramando en los talleres del diario y llegué a tener una página quincenal donde escribía semblanzas de personajes históricos peruanos: José Olaya, Mariano Melgar, Ricardo Palma, César Vallejo… textos que eran ilustrados por mi hermano Óscar; mientras que El Cabezón era la revista del taller de periodismo que dirigí durante la década de 1980, cuando trabajé como profesor en el colegio. En ella reuníamos artículos de docentes y entrevistas a personalidades de nuestra cultura, pero, sobre todo, trabajos creativos de los alumnos, tanto textos literarios como dibujos y fotografías.
Ninguna revista, sin embargo, se ha propuesto divulgar la producción de literatura para niños escrita por adultos, ni reflexionar sobre el género como lo viene haciendo Rayuelo, la revista oficial de la Asociación Peruana de Literatura Infantil y Juvenil del Perú (APLIJ). Tengo sobre mi mesa de trabajo diez de los diecinueve números que han aparecido en cada encuentro nacional realizado por la APLIJ. El formato de la revista es claro: una primera sección de ensayos, historiografías y semblanzas de escritores representativos de diversas regiones del país; luego, una pequeña sección de creación literaria, y cierra con unas páginas de reseñas. Es evidente el énfasis democrático y educativo de esta publicación, actualmente dirigida por el maestro y escritor Saniel Lozano Alvarado.
Teatro para niños
Aunque conozca muy poco del teatro para niños que se ha cultivado en el Perú, es justo dedicarle unas líneas a esta práctica casi inexistente y, sobre todo, hacer un homenaje a aquellas personas que contra viento y marea ejercieron la creación, la enseñanza o la crítica de este género poco reconocido. Cuando se habla de narrativa o de poesía contemporánea en el Perú, es fácil distinguir sus iconos representativos (Arguedas o Ribeyro, Eguren o Vallejo); pero en el teatro nacional, teniendo el precedente del drama quechua Ollantay y contando con dos modelos antagónicos del costumbrismo del siglo XIX como fueron Manuel Ascencio Segura y Felipe Pardo y Aliaga, no ha surgido una figura de gran ascendiente en el siglo XX.
Me sorprende además que no se haya aprovechado adecuadamente el teatro en las escuelas, entre niños y niñas, siendo como es un género literario de naturaleza colectiva y dinámica, con inmensas propiedades lúdicas y formativas. En los colegios donde enseñé, con excepción de Los Reyes Rojos, no había teatro como práctica constante —las actividades vespertinas se limitaban a los deportes y algún taller de reforzamiento académico—, aunque no faltaba una escena teatral o un sketch en las actuaciones bien por el día de la madre, del maestro o de fiestas patrias. Eran siempre montajes efectuados con la mejor intención, pero a menudo resueltos a última hora, bajo una dirección desorbitada y con pataletas de alumnos y padres de familia. Al final la puesta en escena resultaba apresurada y divertida, aunque la obra fuera una representación dramática.
En la actualidad que visito muchos colegios, no dejo de preguntar, cada vez que converso con los docentes, por tres aspectos que considero complementarios para formar en los estudiantes una cultura escolar: la biblioteca de la institución, el cine que ven en el aula y el teatro al que asisten con sus alumnos. La cara de sorpresa de los docentes es elocuente. Qué hago preguntando eso en lugar de debatir sobre la malla curricular y las estrategias de lectura. Creo que urge reflexionar sobre los conceptos que modelan los estudiantes de todo aquello que no figura en el currículo oficial y que la pedagogía ha denominado currículo oculto10; en ese sentido, qué noción construyen los alumnos del teatro, del cine que atiborran las pantallas o de la música que consumen como fast food, a lo loco y sin nutrirse.
A pesar de los inconvenientes de nuestro ambiente educativo y cultural, el teatro para niños ha tenido algunos gestores primordiales como Ernesto Ráez, Sara Joffré e Ismael Contreras. De los tres conocí a Sara Joffré11, maestra creativa e infatigable, quien dejó un ejemplo de vida honesta y comprometida con los valores más altos del arte. Su quimera fundamental fue el teatro, tanto para adultos como para niños. Fundó y dirigió Homero Teatro de Grillos (1963), con el cual impulsó el teatro para los niños en el ambiente cultural peruano. Más adelante cultivó la crítica teatral durante muchos años en el diario El Comercio y editó veintiún números de su revista Muestra, que solo publicaba a dramaturgos peruanos. Como apasionada seguidora de Bertolt Brecht, dirigió varias de sus piezas teatrales y dictó talleres hasta el final de su vida.
Sara Joffré publicó varios libros dirigidos principalmente a maestros de escuela, los dos más destacados son Teatro para la escuela. 4 piezas de un solo juego (Lima: Homero Teatro de Grillos, 1984), que contiene cuatro cuentos populares peruanos adaptados al teatro: “Cosecha, Cosecha”; “La leyenda del pájaro flauta”; “Los Wari”; y “La mamá Raiguana”. Y Cuentos de Teatro para Niños, del que existen dos ediciones (Lima: Banco Central de Reserva del Perú, 1998; y Lima: Fondo Editorial Biblioteca Nacional del Perú, 2008) y que reúne doce cuentos infantiles. La primera parte del libro congrega siete cuentos universales: “El gato con botas”, “El flautista de Hamelin”, “Las ropas nuevas del rey”, y la segunda parte contiene cinco cuentos de origen tradicional, cuatro de ellos formaron parte de su libro anterior y, junto a “Los más gallos”, fueron reelaborados por la autora. Las versiones que se ofrecen constituyen un valioso instrumento para desarrollarlo en la escuela.




