El santo olvidado

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La verdad es que Domingo estaba feliz en San Pedro de Gumiel. Asistía al rezo de las horas y a todas las liturgias conventuales, además de encerrarse a leer durante horas. Le gustaba esa vida solitaria y contemplativa, en medio de una comunidad, aunque le parecía egoísta que el mundo no se pudiera enriquecer del mensaje de Cristo por ignorancia y superstición. Tendría que existir algo intermedio, pero mientras lo encontraba le llegó la fecha en la que se tenía que incorporar a la escuela de Palencia, y lo hizo, desbaratando las ilusiones del abad y acrecentando las suyas.
—Señoras, ha llegado el momento de interrumpir el relato y tomarnos un buen aperitivo –dijo Isabel a sus tías.
—Pero, hija, si estas cosas las hacemos después de la misa del domingo en el bar Roma al que hemos ido toda la vida.
—Pues hoy romperemos la costumbre para celebrar la marcha a la universidad de Domingo. Esta mañana después de correr he entrado en una tienda para comprar un vino blanco con el que brindaremos, salchichón, queso, aceitunas y pan.
—Qué cosas, hija –dijeron a la vez las señoras mayores, que no disimulaban su satisfacción.
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