- -
- 100%
- +
La forma de proceder de Snowman introdujo importantes factores de restricción, que limitaban el grado de especulación de forma efectiva. Finalmente, pidió a los colaboradores (una vez más, todos eran hombres) que concluyeran su contribución con una reflexión sobre sus implicaciones. Todo ello dota a su recopilación de una unidad que encontramos en pocos casos.
Sin embargo, sigue presentando problemas. El primero, tal como reconoce Snowman, es que al escoger “grandes hombres” (y en efecto son todos hombres) da crédito a la desacreditada idea de que la historia la hacen los grandes hombres y poco o nada más, mientras que la mayoría de historiadores señalarían el papel de factores más impersonales además del impacto del individuo, o incluso en lugar de él. Desde luego, tal como admite Snowman, “solo un necio o un romántico incurable atribuiría los movimientos fundamentales de la historia casi exclusivamente a un puñado de dirigentes”. No obstante, finalmente el recopilador más que afrontar el problema lo esquiva y se limita a comentar que los ensayos del volumen “no pretenden adscribirse a un punto de vista en uno u otro sentido sobre el papel que han jugado los ‘grandes’ hombres de la historia, sino más bien proporcionar datos para un debate que a buen seguro seguirá muy vivo”.33 Quizá resulta más interesante que Snowman mencione la cuestión del libre albedrío y el determinismo, y señale que el presente es, o como mínimo parece ser, indeterminado, con un amplio abanico de posibles formas de proceder ante nosotros; no es hasta al cabo de un tiempo cuando empezamos a identificar las razones de tipo más general por las que escogimos una opción y no otra.34 Sin embargo, también en este caso deja la cuestión sin resolver, quizá como no podía ser de otra manera, ya que las condiciones en las que pide a sus colaboradores que imaginen que se escoge una opción distinta están cuidadosa y estrechamente circunscritas.
Lo que es más importante, tal como ha señalado Niall Ferguson, es que todo el volumen de Snowman cae en la trampa de expresar deseos.35 Ningún historiador, si le preguntan cómo se habría comportado si hubiera estado en la piel de un personaje histórico, dirá que no habría igualado la sagacidad, brillantez o valentía de aquella persona. La gracia del ejercicio es que lo hará mejor; no caerá en los errores de su personaje y tendrá éxito en aquello en lo que este fracasó. De este modo, Roger Thompson, en el papel de conde de Shelburne, evita la independencia de Estados Unidos; Esmond Wright, haciendo de Benjamin Franklin, impide que el descontento estadounidense de la misma época desemboque en una revolución; Peter Calvert, como Benito Juárez, salva al emperador Maximiliano, que los franceses endilgaron a los mexicanos, y trae décadas de paz a esa conflictiva tierra; Maurice Pearton es Adolphe Thiers y evita la guerra franco-prusiana de 1870-1871; Owen Dudley Edwards, que hace de Gladstone, resuelve la cuestión irlandesa; Harold Shukman, en el papel del demócrata liberal Aleksandr Kérenski, jefe del gobierno provisional en los meses que siguieron a la revolución de febrero de 1917 que derrocó al zar, evita que los bolcheviques lleguen al poder; Louis Allen, en la piel del general japonés Hideki Tojo, descarta bombardear Pearl Harbor; Roger Morgan es el canciller Konrad Adenauer y reunifica Alemania después de la nota de Stalin de 1952 que ofreció negociaciones; Philip Windsor, de Alexander Dubček, evita la invasión del Pacto de Varsovia que en realidad derrocó en 1968 al régimen comunista liberal que él encabezaba en Checoslovaquia; Harold Blakemore se encarna en Salvador Allende y salva el gobierno socialcomunista que este presidía en Chile, al impedir un golpe militar en 1972-1973.
Los historiadores del volumen de Snowman hacen lo que un historiador no debería hacer nunca: aleccionan a personas del pasado sobre cómo debían haber hecho las cosas. ¿Realmente pensamos que podríamos haber evitado los errores que ellos cometieron? Desde luego, es fácil caer en esa tentación. Pero debemos resistirnos. Como observa Ian Kershaw en su estudio de las actitudes de los alemanes de a pie hacia la dictadura nazi: “Me gustaría pensar que si yo hubiera vivido esa época habría sido un antinazi convencido comprometido con la resistencia clandestina. Sin embargo, en realidad sé que habría estado tan confundido y que me habría sentido tan indefenso como la mayoría de la gente sobre la que escribo”.36 Nos imaginamos que lo haríamos mejor que la gente del pasado porque tenemos el lujo de la perspectiva y, esto es crucial, porque somos personas distintas con ideas y supuestos distintos y formas distintas de tomar decisiones. Evidentemente, Snowman es consciente de este problema y por lo tanto insiste en que el comportamiento de los personajes históricos cuya identidad asumen los autores tiene que estar alineado con lo que sabemos de ellos por los datos históricos. Pero, como él mismo reconoce, esto no resuelve del todo el problema de ponerse en la piel de un actor histórico muerto hace tiempo.37 En la práctica, lo que estos historiadores hacen es desear un cambio de personalidad de las figuras históricas que abordan: Kérenski se vuelve más decidido de lo que en realidad era; Stalin se vuelve más sincero en su nota de 1952, en la que ofreció la reunificación alemana, de lo que realmente era; Allende se vuelve menos confundido de lo que estaba; Tojo se vuelve menos agresivo de lo que era; Maximiliano está menos desamparado de lo que estaba; y Thiers se vuelve más perspicaz de lo que era. Para que el truco funcione, hay que desobedecer la consigna de Snowman de respetar la personalidad de los individuos en cuya piel se ponen los colaboradores.
Sin embargo, en el contexto de un análisis de la historia alternativa, resulta más importante que cualquiera de estas consideraciones el hecho de que los colaboradores dicen poco o nada sobre las consecuencias de las decisiones alternativas que analizan. Cuando lo hacen, sus especulaciones son tan breves que constituyen poco más que sugerencias provisionales. Dos siglos después de que Shelburne consiga evitar la independencia de Estados Unidos, la máxima autoridad del país es la reina Isabel II; se cree que probablemente la victoria del emperador Maximiliano de México no habría provocado grandes cambios a largo plazo, con una serie de golpes de estado y dictaduras, aunque se apunta a la posibilidad de que no hubiera habido revolución mexicana en 1911 y que por tanto tal vez Estados Unidos no hubiera intervenido en la Primera Guerra Mundial, que también podría haberse evitado si no hubiera estallado la guerra franco-prusiana de 1870. Pero se omiten todos los años intermedios, y por consiguiente no se toma en consideración ninguno de los posibles acontecimientos o evoluciones que hubieran podido ocurrir en ese tiempo. De hecho, en última instancia, estas hipótesis a largo plazo son de interés secundario para los colaboradores, estrictamente subordinados a la tarea principal que se les ha encargado, es decir, examinar las decisiones y ponerse en la piel de los actores que les corresponden, y explorar su contexto histórico inmediato.38 Además, estas especulaciones ponen una enorme capacidad imaginativa en manos de políticos concretos, y les dan retrospectivamente los medios para desafiar o dar la vuelta a las grandes fuerzas históricas a las que se enfrentaron.
Muy distinto fue el intento de Alexander Demandt, historiador alemán especialista en la antigua Roma, de justificar la historia contrafactual en 1984. En su breve tratado Ungeschehene Geschichte [Historia que no ha ocurrido], sostuvo que “las referencias a posibles desarrollos alternativos nos descubren acontecimientos cruciales que fácilmente habrían podido terminar de otra manera”. El problema de esta idea relativamente banal es que en realidad esas referencias no son necesarias para descubrir los acontecimientos en cuestión. Los quince ejemplos de Demandt abordaron temas recurrentes como la derrota de Carlos Martel en 732 (una Europa en paz marcada por un avance temprano del conocimiento científico); la victoria de la Armada Invencible en 1588 (una Inglaterra católica, quizá liberal debido a la destitución del duque de Alba y la proclamación de la tolerancia religiosa); y la supervivencia del archiduque Francisco Fernando en 1914 (ni Primera ni Segunda Guerra Mundial). Por lo tanto, Demandt tenía tanta tendencia a expresar deseos como el resto de contrafactualistas. Sin embargo, introdujo una serie de cuestiones clave que iban a ocupar a los estudiosos del género por algún tiempo, con sus afirmaciones de que las “alternativas alejadas de la realidad son improbables”, “los acontecimientos están predeterminados en mayor o menor grado” y “los acontecimientos improbables van aparte”; en otras palabras, planteó el problema de hasta qué punto y de qué manera se puede restringir o limitar la imaginación contrafactual. “Hay que contrastar la fantasía histórica –señaló acertadamente– con la plausibilidad empírica. La medida de lo irreal es lo real”.39
El tratado de Demandt aportó una nota de seriedad alemana al tema, pero la frivolidad angloestaounidense no tardó en reafirmarse con un fino volumen que contenía veintidós ensayos de varios autores, en su mayor parte historiadores profesionales británicos y estadounidenses, editado en 1985 por el especialista en historia de Francia y profesor de Yale John Merriman, titulado For Want of a Horse: Choice and Chance in History [Por falta de un caballo: elección y azar en la historia], una referencia al pasaje del final de Ricardo III de Shakespeare en que el rey muere en una batalla porque no encuentra un caballo que montar, con lo que se da inicio a la nueva dinastía de los Tudor y en Inglaterra se pone fin a la Edad Media. Publicitadas en la cubierta como “especulaciones humorísticas”, la recopilación incluyó breves análisis de una gran variedad de temas, incluido el papel de las palomas en Francia, o del borsch, la sopa de remolacha, en Rusia, o, de forma más general, la mala suerte (como en el caso de los Estuardo, a los que les tocó más parte de ella que la que les correspondía), o el azar y la contingencia, como el giro equivocado del coche del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo en 1914, que resultó en su asesinato. De hecho, solo cinco ensayos son realmente especulativos, en el sentido de que se dedican principalmente a analizar cursos alternativos que hubieran podido tomar los acontecimientos en lugar de narrar los propios acontecimientos y subrayar el papel del azar y la contingencia en la forma como acabaron sucediendo.
Hay ensayos entretenidos sobre qué habría pasado si Fidel Castro, que en su juventud fue un talentoso jugador de béisbol, hubiera aceptado el contrato que le habrían podido ofrecer los Giants de Nueva York (no habría habido revolución cubana); o si Voltaire se hubiera instalado en Pensilvania (habría proporcionado ideas a la revolución estadounidense); o si la niña india americana Pocahontas no hubiera salvado al colono John Smith (Virginia habría fracasado, de modo que no habría habido ni revolución estadounidense ni guerra civil); o si la Confederación hubiera ganado la guerra (la “cortesía sureña” se impone en la Unión); o si Jaime II hubiera triunfado en 1688 (Inglaterra habría vuelto al catolicismo); o si el gobernador Hutchinson hubiera logrado evitar el motín del té (Estados Unidos se habría convertido en “otro Canadá”). Sin embargo, el sentido de todo esto, como dice el editor, es reintroducir “espíritu lúdico y buen humor” en la escritura de la historia y no mucho más.40 La derivación de grandes consecuencias a partir de pequeños acontecimientos forma parte de la diversión. Una vez más, en muchos casos se atribuyen capacidades casi sobrehumanas a actores individuales: ¿realmente pensamos que Jaime II de Inglaterra tenía la capacidad de convertir al catolicismo a los protestantes ingleses, la abrumadora mayoría de la población? Y también se requieren cambios de personalidad. ¿Realmente pensamos que Fidel Castro se habría olvidado de sus inquietudes políticas si hubiera llegado a ser un jugador profesional de béisbol?41
La frivolidad y el carácter caprichoso son dos de las principales razones por las que las historias alternativas no han sido tomadas en serio por los historiadores, incluso por algunos que han contribuido a ellas. Los historiadores siempre han considerado que su tarea primordial es averiguar qué pasó en realidad, no imaginar lo que podría haber pasado, y aunque la primera tarea entraña retos más o menos importantes, la última es prácticamente imposible, ya que la historia depende sobre todo de la aportación de pruebas, y en el último caso hay pocas o ninguna que aportar. Tradicionalmente los historiadores han desconfiado de la especulación, de modo que en general su reacción a los escenarios de “y si...” ha sido hostil o indiferente. Aviezer Tucker se ha preguntado con escepticismo: “¿Para qué sirve la historia contrafactual, aparte de para entretener nuestras facultades imaginativas?”. Tucker reconoce que los historiadores utilizan implícitamente un marco contrafactual cuando califican una causa de necesaria, con lo que dan a entender que si no hubiera estado presente, las cosas habrían acabado de otra manera. Pero añade acertadamente que en general los historiadores no son tan osados y, en cualquier caso, al calificar una causa de necesaria en lugar de posible o coadyuvante, casi nunca especulan sobre el curso alternativo que hubieran podido tomar los acontecimientos si esa circunstancia no hubiera estado presente.42
Y la pregunta de “¿y si...?” a menudo ha amenazado, por así decirlo, con dejar a los historiadores sin trabajo al reducirlo todo a una cuestión de azar. En efecto, algunos exponentes del género parecen deleitarse en atribuir pequeñas causas a grandes acontecimientos, en la línea de las especulaciones de Pascal sobre lo que habría ocurrido si Cleopatra hubiera tenido una nariz más pequeña; A. J. P. Taylor fue uno de los principales exponentes de esta aproximación, tanto en su explicación del estallido de la Primera Guerra Mundial en La guerra planeada (War by Timetable: How the First World War Began, Londres, 1969) como en su autobiografía A Personal History [Una historia personal], publicada en Londres en 1983. Pero si todo fuera producto del azar, sería imposible explicar nada, y de hecho el propio Taylor subrayó la inevitabilidad del nazismo en su libro The Course of German History [Los derroteros de la historia de Alemania], publicado en 1946. A ningún historiador se le ha ridiculizado más que a H. A. L. Fisher, que en su historia de Europa, escrita a principios de la década de 1930, concluyó con cierta desesperación que solo podía haber “una regla segura para el historiador: que debía reconocer el papel de lo contingente e imprevisto en el desarrollo de los destinos humanos” y admitir que “no puede haber generalizaciones”.43 El punto de vista de Fisher ha suscitado un amplio rechazo entre los historiadores porque la mayoría ven la generalización y la explicación como su principal cometido. Si los historiadores no explican las cosas, caen al nivel de cronistas.
Por otra parte, tal como hemos visto, la pregunta de “¿y si...” se ha vinculado a menudo a individuos, como en las especulaciones sobre qué habría cambiado si Hitler hubiera muerto antes o si Lenin hubiera muerto más tarde de cuando murió. Incluso E. H. Carr estaba dispuesto a admitir en sus últimos años que puede que la Rusia soviética se hubiera ahorrado los peores estragos de las grandes purgas de Stalin si Lenin hubiera vivido hasta la década de 1940, como era muy posible hasta que quedó gravemente herido después de un intento de asesinato durante la guerra civil rusa. Esta idea –otro ejemplo de grandes consecuencias derivadas de pequeños acontecimientos– delata una ingenua creencia en las capacidades extrahistóricas de los grandes hombres, o como mínimo los poderosos, que en sus primeros años Carr no hubiera aceptado. Puede considerarse la propia especulación de Carr sobre Lenin como un ejemplo de lo que el historiador criticó tan mordazmente en ¿Qué es la historia?: la expresión de un deseo. En el caso de Carr, delataba una tendencia quizá sorprendente a intentar salvaguardar la reputación y legitimidad históricas de la revolución bolchevique al sugerir que Stalin la había pervertido, y al culpar a un solo hombre y no al propio sistema soviético de la violencia, los asesinatos en masa y la hambruna intencionada de los años treinta.44 Al subrayar la importancia de individuos como Lenin y Stalin, Carr iba a contracorriente del alejamiento del enfoque centrado en los “grandes hombres” característico de la segunda mitad del siglo xx que tuvo lugar con el ascenso de la historia social y luego cultural, que, mucho antes del momento en que escribía Carr, proporcionó otra razón por la cual la pregunta de “¿y si...?” generaba desconfianza.
Por estas razones, por tanto, los historiadores han tendido en general a evitar la especulación sobre lo que podría haber pasado y se han centrado mayoritariamente en intentar averiguar y explicar lo que pasó. Como señaló el gran historiador alemán Friedrich Meinecke: “En la historiografía, uno suele evitar dar una respuesta explícita a la pregunta de qué habría pasado si un acontecimiento concreto hubiera terminado de forma distinta, o si una personalidad concreta no hubiera estado presente en la acción. Estas consideraciones se tachan de vanas y lo son”.45 Sin embargo, en las dos últimas décadas ha habido síntomas de cambio. Ha llegado de dos ámbitos. En primer lugar, de la historia económica cuantitativa o historia econométrica, y en este caso en especial del estadounidense Robert Fogel, cuya primera publicación importante planteó lo que él llamó una suposición “contrafactual”, es decir, construyó un modelo estadístico sobre qué le habría pasado a la economía de Estados Unidos si no se hubiera construido el ferrocarril, como hipótesis “contrafactual”, para mostrar estadísticamente cuál fue la contribución del ferrocarril al crecimiento económico estadounidense, o, en otras palabras, su importancia en la economía estadounidense. Se trataba de un ejercicio estadístico, en realidad no era un intento de imaginar unos Estados Unidos sin ferrocarril, o de caer en la nostalgia del oeste de Estados Unidos de los años anteriores a que el caballo de hierro atravesara las Grandes Llanuras, ni tampoco se trataba de sostener que había habido alguna posibilidad, por muy remota que fuera, de que no se hubiera construido el ferrocarril. No tenía nada que ver con lo que hubiera podido ser. El concepto de “contrafactual” correspondía en este caso a la literalidad de la palabra, a saber, desarrollar un elemento que no ocurrió para explicar mejor las consecuencias de lo que ocurrió. La fuerza de este tipo de análisis derivaba justamente de la imposibilidad de imaginar que el acontecimiento hubiera podido convertirse en, por así decirlo, factual.46
El análisis de Fogel era esencialmente estadístico: el ferrocarril aparecía, o más bien desaparecía, como un elemento de una serie de ecuaciones que producían a grandes rasgos el mismo resultado que si se incluía el ferrocarril; en otras palabras, Fogel mostró que el ferrocarril no fue tan determinante para el crecimiento económico de Estados Unidos. Se han utilizado métodos similares en otros ámbitos de la historia económica o econométrica, aunque se les ha criticado por aplicar a frágiles estadísticas del siglo xix un peso de procesamiento de datos numéricos que sencillamente no pueden aguantar, y por establecer una serie de supuestos no probados y quizá imposibles de probar sobre la vinculación o no de la construcción del ferrocarril a otros sectores de la economía, supuestos que al fin y al cabo acaban demostrando la tesis que se sostiene. Finalmente, cualesquiera que sean sus méritos o deméritos, la utilización de escenarios contrafactuales por parte de los econometristas no tiene nada que ver con el azar y la contingencia en la historia, sino más bien al contrario.47 En realidad, en este caso no estamos ante una pregunta del tipo “¿y si...?”, ya que no se plantea una verdadera alternativa a lo que pasó.
Hasta los años noventa, pues, las especulaciones contrafactuales se mantuvieron fundamentalmente en un nivel de entretenimiento, aparecieron de forma intermitente y no pretendían que las tomaran en serio. Sin embargo, en ese momento llegó un cambio desde otro ámbito. Apareció un caudal de nuevas colecciones y el flujo de publicaciones ya no se ha interrumpido. En 1997 Niall Ferguson editó una recopilación con el título de Historia virtual (Virtual History, Londres, 1997). Esta colección expresó y potenció un interés renovado por el género. Se publicó casi al mismo tiempo que una colección muy extensa de ensayos de historiadores estadounidenses, If the Allies Had Fallen: Sixty Alternate Scenarios of World War II [Si los aliados hubieran perdido: sesenta escenarios alternativos de la Segunda Guerra Mundial], editado por Dennis E. Showalter y Harold C. Deutsch (Nueva York, 1997). En 1998 salió un número especial de la revista Military History Quarterly dedicado al tema, reimpreso al año siguiente con el título de What If? The World’s Foremost Military Historians Imagine What Might Have Been [¿Y si...? Los principales historiadores militares del mundo imaginan lo que hubiera podido suceder], editado en Nueva York por Robert Cowley, un historiador militar estadounidense y editor y fundador de la Military History Quarterly. Las palabras “principales” y “del mundo” desaparecieron en las sucesivas ediciones, pero Cowley, ni corto ni perezoso, siguió con dos recopilaciones más: More What If? Eminent Historians Imagine What Might Have Been (Nueva York, 2001) y What If? America: Eminent Historians Imagine What Might Have Been (Nueva York, 2005). En 2004 Andrew Roberts sacó a la luz una colección titulada What Might Have Been: Leading Historians on Twelve ‘What Ifs’ of History (Londres, 2004). Dos años después, el trío compuesto por Richard Ned Lebow, Geoffrey Parker y Philip Tetlock publicó el ya mencionado Unmaking the West: ‘What-If?’ Scenarios That Rewrite World History (Ann Arbor, Michigan, 2006). Por lo tanto, a ambas orillas del Atlántico, la historia contrafactual se ponía claramente de moda hacia finales del siglo xx y principios del xxi.
La moda ha seguido hasta nuestros días. En el año 2006 también salió a la luz la colección de Duncan Brack President Gore… and Other Things That Never Happened [El presidente Gore... y otras cosas que nunca ocurrieron], publicado en Londres en 2006, una continuación de Prime Minister Portillo... and Other Things That Never Happened (Londres, 2004) y a la que seguiría Prime Minister Boris… and Other Things That Never Happened (Londres, 2011), ambas editadas conjuntamente por Duncan Brack y Iain Dale, que en el último caso se apartan de la historia alternativa y se adentran en el campo todavía más arriesgado de la predicción del futuro. El autor más prolífico del género, el exmilitar estadounidense de origen griego Peter Tsouras, ha publicado media docena de “historias alternativas” a las que dio inicio en 1994 con Disaster at D-Day: The Germans Defeat the Allies (Nueva York, 1994), seguida de libros sobre Stalingrado, la Guerra Fría, el frente de Europa oriental, la batalla de Gettysburg y una colección de ensayos titulada Hitler triunfante: once historias alternativas de la Segunda Guerra Mundial (Third Reich Victorious: Alternate Decisions of World War II, Nueva York, 2002). El divulgador histórico Dominic Sandbrook escribió una serie de artículos en la revista New Statesman en 2010-2011 en los que exploró historias alternativas parecidas sacadas de la historia de Gran Bretaña. Jeremy Black escribió un libro entero dedicado al tema de What If? Counterfactualism and the Problem of History [¿Y si...? El contrafactualismo y el problema de la historia], publicado en Londres en 2008. Seguro que ha habido más contribuciones al género aparte de estas; y seguro que vendrán más, sobre todo desde el mundo intelectual angloestadounidense.48
¿Cómo podemos explicar esta moda reciente de la historia contrafactual? En su esclarecedor libro The War Hitler Never Won [La guerra que Hitler no ganó],49 Gavriel Rosenfeld la atribuye en primer lugar a la decadencia y caída de las ideologías que dominaron el pensamiento occidental en los siglos xix y xx. Al desaparecer de la escena el fascismo, el comunismo, el socialismo, el marxismo y otras doctrinas o transformarse en ideologías más blandas y menos rígidas –cuando los ismos se convirtieron en cosa del pasado– también desaparecieron las teleologías y la historia se volvió algo abierto, lo que liberó un espacio para la especulación sobre el curso o cursos que podría haber tomado. Quizá podamos trazar un paralelo con el fin de la historia providencialista que permitió que escritores como D’Israeli, Geoffroy y Renouvier empezaran a pensar en la historia alternativa en el siglo xix. A finales del siglo xx, junto a las ideologías, el concepto de progreso también ha recibido un duro golpe, lo que ha quitado al futuro certidumbre o incluso probabilidad. Una nueva incertidumbre ha sustituido al optimismo de la generación de los años sesenta, al extenderse la sensación de desorientación y miedo ante amenazas como el calentamiento global, el terrorismo, las pandemias, el fundamentalismo religioso y muchas otras. La creciente desconfianza en la posibilidad de prever el futuro ha animado la especulación sobre el curso que hubiera podido tomar la historia en el pasado, cuando este también parecía abierto. Al mismo tiempo, el público lector y cinéfilo se ha entregado a la fantasía, con lo que llena el vacío dejado por la decadencia de las grandes ideologías.




