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El manuscrito en cuestión, en el que no constaba fecha, apareció en muy mal estado de conservación junto a un relicario de Santa Cecilia y otras sagradas pertenencias sustraídas de la catedral de Jaén por un grupo de maquis desarticulado por el régimen franquista finalizada la Guerra Civil. El hallazgo debió ser puesto en conocimiento de la Santa Sede por algún prelado, quien, a su vez, habría sido informado de ello por el propio Francisco Franco. Antes de ser devuelta a las autoridades eclesiales, la valiosa reliquia formó parte de una exposición de orfebrería y ornamentos sagrados que tuvo lugar en Madrid en octubre de 1941, y sobre la que Franco mostró especial interés.
Dicho documento permaneció décadas en el olvido, seguramente en alguna sala de los archivos vaticanos, hasta que alguien en Roma lo encontró y consideró necesario cursar solicitud a España para que le aportase información del enigmático contenido del manuscrito, y, en su caso, el sitio en el que podrían yacer los restos mortales de un antepasado miembro de la Iglesia. La petición, fechada en mayo de 2012, fue remitida a los servicios secretos del Estado, con uno de cuyos entes venía colaborando desde 1992. Sería su último servicio antes de dar por concluida su vinculación con éste. Inicialmente, Pedro estuvo revisando abundantes archivos fotográficos sobre los lugares en los que el Generalísimo pronunció discursos en sus visitas a la provincia, uno de los cuales habría tenido como escenario la tribuna del estadio municipal de La Victoria.
Franco se dirigió a unos 20000 falangistas desde la tribuna del estadio en la visita que efectuó el 11 de mayo de 1943, de modo que las instalaciones deportivas debieron darse por inauguradas. Coincidía que, en aquel entonces, ejercía de obispo de la diócesis García y García de Castro, con quien departió Franco tras unos instantes de oración ante el Santo Rostro. Según las referencias relacionadas con dicha visita, el Caudillo hizo noche en Úbeda, pasando antes por Mancha Real y Baeza. En el Parador cenó acompañado, entre otros, del agregado naval de la embajada española en Lisboa y del gobernador civil, Fernando Coca de la Piñera. Afanado por ver fructificar sus anhelos de prosperidad en todas las comarcas que visitaba, Franco solía plantear la conveniencia de hacer más llevadera la vida de campesinos y braceros, especialmente en zonas carentes de infraestructuras. Este tipo de comentarios eran tenidos en consideración por las autoridades del régimen con las que departía.
Según las comprobaciones realizadas por Pedro en diferentes archivos y hemerotecas, fueron diez los pueblos con el añadido del Caudillo creados por el llamado Instituto Nacional de Colonización a fecha 30 de septiembre de 1958. Sin embargo, en los listados que había revisado se relacionaban nueve: Alpeñés del Caudillo (Teruel), Bárdena del Caudillo (Zaragoza), Gévora del Caudillo (Badajoz), Alberche del Caudillo (Toledo), Llanos del Caudillo (Ciudad Real), Viar del Caudillo (Sevilla), Guadalcaucín del Caudillo (Cádiz), Águeda del Caudillo (Salamanca) y Bárcena del Caudillo (León): ninguno de la provincia de Jaén. A vueltas con ello, una noche le vino a la memoria que, en 1988, cubriendo para la radio la búsqueda de El Nani en el pantano del Guadalén, oyó decir que Franco inauguró dicho embalse. Ahí iba a volver con un cometido casi idéntico: dar con el paradero de un cadáver. En Vilches quiso comprobar sobre el terreno alguna ligazón del pantano con el texto del manuscrito. Madrugó para llegar a primera hora. Era una fría mañana de primeros de diciembre de 2012. La caseta del guarda estaba abierta y nadie en su interior. Mientras esperaba, vio apilados en un rincón, hierros, varios forjados de ventanas, tapaderas de alcantarilla y una placa de bronce. Tiró de la misma con cuidado y, al tenerla delante, observó grabado el vítor[5] , y la siguiente leyenda:
«El Generalísimo Franco, jefe del Estado, inauguró en abril de 1953 este pantano, que regula los cauces del río Guadalén, y dio paso por los canales y acequias de riego a las aguas que contribuirán al bienestar y alegría en los campos de la provincia de Jaén. Dios bendiga y proteja al Caudillo de España».
La pista la consideró buena pero incompleta, ya que Vilches, aun estando en la comarca del condado, no aparecía en la lista del Instituto de Colonización. En el coche, ya de regreso, le llamó la atención a pie de carretera un monolito de piedra. Se detuvo en el arcén y, al acercarse, aunque muy borroso por la erosión, se leía: «Guadalén del Caudillo, 1 km». Ese podía ser, debía ser el pueblo al que se refiriese el manuscrito, pero le parecía una investigación demasiado fácil que la entidad habría resuelto sin necesidad de recurrir a un colaborador como él. Debían existir elementos que interrumpiesen la sencilla relación que aparentaban tener las indagaciones realizadas hasta aquel momento. Para evitar obcecarse en la localización del pueblo, Pedro estimó conveniente dirigir sus pesquisas por otra vía, por ejemplo, dar con un capitán que hubiera combatido por tierras de El Condado, según el manuscrito incautado a los maquis. Eso, evidentemente, hacia improbable que se tratase de un militar del bando nacional, pese a lo cual merecía la pena husmear.
En 1936, Santiago Cortés González, siendo capitán con destino en Jaén, encabezó la sublevación de un numeroso grupo de guardias civiles en el Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza, y asumió el mando de los mismos durante los casi nueve meses que duró el asedio al que fueron sometidos por tropas republicanas. El cerco comenzó el 14 de septiembre de 1936. Ese día, el comandante sublevado Eduardo Nofuentes había llegado a un acuerdo con representantes del Gobierno para evitar un prolongado enfrentamiento que permitía la evacuación de los encerrados en el santuario. Santiago Cortés enfureció cuando se enteró de este acuerdo, y mando detener a los milicianos allí presentes y al propio Nofuentes y a su familia, que pasaron a ser prisioneros. Desde octubre de 1936 hasta enero de 1937 los ataques republicanos fueron débiles. Los 1500 milicianos al mando del oficial Agustín Cantón eran más que los sitiados, pero, al no ser soldados profesionales, su capacidad militar era bastante limitada. En marzo de 1937, los nuevos mandos en la zona, el general Antonio Cordón y sus ayudantes, los coroneles Gaspar Morales y Martínez Cabrera, decidieron que no querían otro episodio como el de Alcázar de Toledo, con el agravante, además, que la iglesia de Santa María de la Cabeza estaba en la retaguardia republicana en aquel momento. Así, trazaron un plan que tenía que culminar con la toma del santuario.
Entre el 23 y el 30 de abril se alternaron los momentos de tranquilidad, en los que intervino la Cruz Roja para atender a heridos, con los dedicados a preparar la estrategia del asalto final. El mismo tuvo lugar el uno de mayo a las cuatro y media de la mañana, momento en el que la infantería, que rodeaba el complejo, lanzó un ataque frontal con la intervención de dos mil soldados, artillería y unos diez tanques T-26 republicanos. Los combates duraron hasta las tres de la tarde, cuando Cortés fue herido por una granada. Media hora después un agente de la guardia civil, apellidado Herrera, enarbolaba la bandera blanca de rendición. El capitán fue hecho prisionero y falleció al día siguiente a causa de las heridas de guerra causadas durante el asalto final.
En la jornada del viernes 21 de abril de 1939 Franco acudía a Andújar, en cuyo cementerio se encontraban los restos mortales de Santiago Cortés, sobre cuya tumba depositó dos coronas de flores, y una sección de legionarios a las órdenes del coronel Castejón le rindió honores. A la salida del campo santo, al Caudillo le fue presentado un niño de dos años, superviviente del asedio e hijo del teniente Ruano. Tras las lógicas muestras de cariño, Franco se dirigió en automóvil al santuario para conocer su estado de deterioro. Allí, Queipo de Llano le informó de que, gracias a la suscripción abierta a través de Radio Sevilla, se habían recibido aportaciones dinerarias para las obras de reconstrucción, teniendo constancia además de iniciativas como la de un fabricante de campanas de Madrid ofreciendo donar una para la ermita, y la efectuada por una firma de San Sebastián dispuesta a aportar todo el cemento necesario. Después de almorzar a orillas del río Jándula, Franco emprendió viaje a Córdoba.
II
Pedro optó por descartar a Cortés porque, pese a haber constatado que fue un valeroso un capitán, su pertenencia al bando franquista reducía al mínimo las opciones de ser el aludido en el manuscrito hallado en poder de los maquis, integrantes de la facción republicana. Otra probabilidad era que su autor hubiese pretendido destacar el arrojo de alguno de los bandoleros que combatieron contra la invasión del ejército francés de Napoleón, caso de José Ulloa Tragabuches, Juan Caballero El Lero o José María Hinojosa El Tempranillo, ya que los demás fueron anteriores o muy posteriores a aquella confrontación bélica. Sin embargo, al quedar especificado en el manuscrito el rango de capitán, Pedro decidió acotar las averiguaciones a algún oficial de las tropas españolas que lucharon en la Guerra de la Independencia.
En julio de 1808, el general Francisco Javier Castaños ideó el plan Porcuna. Dos divisiones: una regular al mando de Félix Jones y la de reserva, al mando de Manuel de la Peña, debían atacar Andújar, clavando a las fuerzas del francés Dupont. Una tercera división, al mando del marqués de Coupigny, cruzaría el Guadalquivir más al este, a la altura de Villanueva de la Reina. Mediante una serie de osadas maniobras, realizadas de día y de noche, Castaños iba cambiando constantemente a sus efectivos de dirección, originando desconcierto en las tropas invasoras. Año y medio más tarde, el 20 de enero de 1810, en una acción coordinada del ejército imperial francés al mando de Sebastiani, se desarticuló la línea defensiva española dispuesta entre el Viso del Marqués, por el puerto del Muradal, y Santa Elena, cuando, a la altura de Las Correderas, las fuerzas españolas fueron sorprendidas por la caballería gala, disolviéndose aquellas apresuradamente, excepción hecha de un cuantioso número de hombres que fueron apresados. Los soldados españoles que lograron escapar se refugiaron por los cerros para reponer fuerzas y organizarse. En la siguiente jornada, cuando retrocedían desde Despeñaperros, se encontraron en las inmediaciones del Guadalimar con el ejército de Sebastiani, que había atravesado la sierra por la zona de Montizón, llegando hasta las inmediaciones del término municipal de Arquillos. Las diezmadas fuerzas españolas estuvieron dirigidas por Vicente Moreno, un capitán antequerano de gran valor que conocía bien el terreno que pisaba.
La investigación parecía estar encarrilada. El pueblo debía ser Guadalén del Caudillo, situado en el Condado por donde combatió un valeroso militar; pero había que hallar la conexión de esos datos recogidos en el manuscrito con un embajador de Carlos V, cuyos restos mortales quedasen allí sepultados. Por ello, Pedro se puso a repasar pormenorizadamente la biografía del rey y emperador, cuyo nacimiento se produjo durante la celebración de un baile en el palacio Casa del Príncipe de Flandes, cuando la embarazada archiduquesa doña Juana comenzó a sentir fuertes dolores en el vientre. Creyendo que se debían a una mala digestión acudió al baño y allí, sin ayuda de nadie, dio a luz a su primer hijo.
Carlos de Habsburgo nació a las tres y media de la madrugada del martes 24 de febrero de 1500. Doña Juana quería ponerle el nombre de Juan en recuerdo de su fallecido hermano, pero finalmente fue bautizado como Carlos por deseo de su padre y en recuerdo de su bisabuelo, Carlos el Temerario, quien murió en la batalla de Nancy en 1477. El 22 de enero de 1516, el abuelo del príncipe Carlos, Fernando II de Aragón, redactaba su último testamento. En él lo nombraba gobernador y administrador de los reinos de Castilla y León en nombre de la reina Juana I, incapacitada por su enfermedad.
En lo concerniente a la Corona de Aragón, el rey Fernando dejaba todos sus estados a su hija Juana, nombrando, también en este caso, gobernador general a Carlos en nombre de su madre. Con la muerte del rey Fernando en Madrigalejo (actual provincia de Cáceres), Carlos comenzó a pensar en tomar el título de «rey», aconsejado por sus consejeros flamencos. En aquellos años, los papas debieron conceder prerrogativas a los reyes de España, que solo se extendían a obispados y beneficios consistoriales. Sin embargo, más tarde acabaron cediendo la mayoría de facultades atribuidas a la Iglesia en el gobierno de los fieles, convirtiéndose la Corona, de hecho y de derecho, en la máxima autoridad eclesiástica en los territorios bajo su dominio. Además, Carlos V sumó el cargo de patriarca de Indias, obteniendo el control de toda la labor evangelizadora. Igualmente, el 24 de febrero de 1530 —una década después de ser proclamado electo— fue coronado como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico por el papa Clemente VII, quien se convirtió en aliado de la causa imperial.
III
Toda aquella minuciosa investigación conformaba parte de varios capítulos de su novela. Así que, al escribirla, decidió dejar justo aquí, en suspense, el hilo de sus averiguaciones, a pesar de que, seguramente, a cualquier lector o lectora no le iba a hacer nada de gracia experimentar un coitus interruptus, ni siquiera, como este, literario. No digamos ya, del otro. Bastante tendrían algunas o muchas parejas con vivirlo en sus propias carnes en pleno lecho de las respectivas alcobas, dando por sentado que siguiera siendo el escenario coital predominante —que es dar mucho por sentado— en la actualidad. Acordó consigo mismo no bajarse del burro, como buen Pedro, dejando constancia, eso sí, de que las páginas recobrarían más adelante la interrumpida trama. No había prisa, y, quien la tuviese, acabaría olvidándose de ella al aguardarle múltiples alicientes narrativos como —por ejemplo— los acaecidos cuando él andaba bordeando los catorce. Entonces, a Pedro lo que le encantaba era estrenar los zapatos Gorila, comprados en Almacenes Cubero, que traían de regalo una pelota de goma. Época aquella en la que, a las nueve en punto de la mañana de primeros de agosto, esperaba nervioso para que Fernando, el de los cohetes, lanzase el primer chupinazo anunciando la salida de gigantes y cabezudos con motivo de las fiestas en su jaenero pueblo de Pegalajar. Días en los que se preguntaba repetidamente por qué no había más generalísimos francos a punto de morir para no tener que ir a la escuela.
Noches en las que cerraba los ojos e imaginaba ser Garbancito metido en la barriga del buey. Años en los que su querido rey Gaspar le sorprendía trayéndole siempre el juguete que había pedido. Periodo en el que cometió el gran error de anteponer el resultado al conocimiento. Las misas a las musas. La premura a la paciencia. El fulgor al candor. Aquella tarde en la que, sin pelos en el pecho ni en ninguna otra parte, se le ocurrió una buena idea que, como dijo Einstein, no hacía falta anotar porque «una buena idea nunca se olvida».
De ahí que no se le fuera de la cabeza hacerse periodista, una manera, como otras posibles, de superar a James Dean y ser siempre lo que ya era: un rebelde con causa. Pedro reconocía que tuvo una infancia sin lujos, propia de cualquier familia de clase media de los 60 en Jaén, a donde sus padres decidieron trasladarse año y medio después de nacer Chus, como le llamaban de pequeño.
Su madre, Seve González Lucena, le apuntó a La Gota de Leche, una guardería en la que, para no mancharse la ropa, los niños debían llevar un babi. Él se empeñaba tozudamente en remeter la prenda infantil por dentro de sus pantalones para evitar a toda costa que pareciese una falda. El ocho de julio de 1970 se formalizó su inscripción en el libro de escolaridad. Como alumno de los Maristas, cuyo director era don Federico Benito Mozo, cantó todas las mañanas del curso 70-71 el Cara al sol para, seguidamente, marchar a clase de manera ordenada. A sus siete años no era consciente de lo que representaba entonar el citado cántico. Su primer juguete fue un fuerte Comansi, pero sentía lástima por los pobres indios, de ahí que hacía que los comanches acabaran siempre conquistando la fortaleza, imponiéndose a los soldados del Séptimo de Caballería. De Zipi y Zape envidiaba las melenas que lucían por encima de que salieran airosos en las travesuras del tebeo. Odiaba los pelaos, con flequillo recto, a los que era sometido en la barbería de la plaza Troyano Salaberry, dejando así al descubierto unas prominentes orejas, causantes de más de una riña. De las mismas no solía resultar mal parado, porque prefería salir corriendo que romperle la nariz a un compañero de colegio y que, a posteriori, viniese el hermano mayor a atizarle un sopapo de esos que nunca se olvidan, como el día de la Primera Comunión. De la preparación recibida para dicho menester sacramental sacó en conclusión que confesarse era como cuando su padre llevaba el coche al taller de chapa y pintura tras un siniestro. Arreglados los daños, pagaba la factura, y el coche otra vez a circular como nuevo. De los Maristas le pasaron, en septiembre de 1971, al Colegio Nacional de Prácticas Masculino Aneja, dirigido por don José Morales Ruiz, a la sazón dueño de la librería El Estudiante.
El centro, ubicado en la calle Virgen de la Cabeza, tenía a uno de los lados, separado por un callejón, el instituto Virgen del Carmen; al otro, la piscina municipal y pistas polideportivas públicas de El Estadio, en cuyo frontón se proyectaban películas. Unas noches de verano ahí, otras en el Rosales, y tardes de domingo en cines como el Asuán o el Lis Palace, iba a presenciar lo que la cartelera ofrecía en cada momento. King-Kong, El triunfo de Hércules, El lago azul, Tiburón, Grease, Rocky o La guerra de papá.
Un sábado o un domingo —no lo recordaba con precisión— de la primavera del 79 había ido a ver Campeón, cuya emocionante secuencia final, con el desconsolado TJ diciendo a su padre, un púgil sin suerte, «No te mueras campeón, no te mueras», provocó que se le saltasen las lágrimas.
Esas esporádicas llanteras cinematográficas nunca las reconocía ni divulgaba, porque ya era un machote capaz de comprender de qué coño se reían quienes bailaban una rumba de El Payo Juan Manuel con lo que les pasó —a mitad del camino— a una vieja y un viejo que iban pa’Albacete.
La revuelta en las virginales partes nobles de Pedro fue tomando consistencia cuando se percató de que podía parecerse a los policías californianos Starsky y Hutch, que, vestidos de paisano y a bordo de un Ford Torino rojo, se ligaban hasta a la novia del delincuente que pillaban. Le parecía un rollo para empollones amargados el concurso Cesta y Puntos, presentado por Daniel Vindel. Él quería ser como Curro Jiménez para rehogarse en sábanas blancas con espléndidas posaderas o acaudaladas viudas. Un Orzowei por los parques de Jaén, o un integrante de Los hombres de Harrelson, tan listo como Colombo, Banacek y Kojak. Recordaba el titular que le costó un suspenso en el colegio por poner en la edición del periódico escolar «Banacek pega a Jesús Ibáñez», en alusión al tortazo que Pedro presenció en clase, propinado por un maestro conocido así entre el alumnado por su parecido con el protagonista de esa serie. Aquel titular a cuatro columnas ensombreció la noticia de balonmano que aparecía justo debajo, también en la portada.
En su particular periplo escolar, dadas las reducidas dimensiones del patio del colegio Aneja, los deportes en equipo eran muy limitados. Las clases de Educación Física se ceñían a subir a pulso la cuerda, lanzar lo más lejos posible el balón medicinal y saltar el potro. Sin embargo, debido al entusiasmo que ponía en la divulgación del balonmano don Justo Robles, esta modalidad deportiva atrajo a Pedro. De todos modos, su escasa corpulencia y altura eran condiciones físicas que, según consideraba, le impedían tener opciones de jugar al nivel de otros compañeros. El interés creció más a su llegada al instituto viendo los campeonatos en los que jugaba José Carlos Sobrado, un vecino mayor que él, así como compañeros como José María Jiménez Molino, Manuel Latorre Ramiro o Esteban Jodar Gimeno. El equipo del Virgen del Carmen, dirigido por don Manuel Ortega Cáceres, brillaba en los campeonatos entre centros docentes.
La gran pasión por el balonmano explotó a raíz de la excelente trayectoria liguera del ADA Jaén, que, en la temporada 78/79, se proclamaba campeón de Primera y ascendía a División de Honor bajo la presidencia de Honorato Morente. El ascenso se consumó tras una temporada sensacional. El equipo, entrenado por Justo Gámez, del que emergía el corpulento y magnífico lanzador Carlos De Blas, era recibido a los sones del himno a Jaén por un siempre abarrotado pabellón de La Salobreja. Pedro tenía intención de sacarse el carnet de socio con el fin de seguir animando cada domingo a un equipo que iba a tener rivales tan relevantes como su Atlético de Madrid o el antipático Barcelona. El ADA-Jaén, en cuyas filas seguía De Blas, se había reforzado con Elberdín, López León, Román y Muñoz Benito.
En aquellos años, tampoco ahora —reconocía Pedro— no era ni la mitad de corpulento que esos balonmanistas de antaño, pero quería ser un hombre de carácter, y no un lerdo, como el marido de la señora Mildred en Los Roper.
En el 79 detectaba bienestares nunca antes sentidos al vislumbrar los escotes de Victoria Vera por la Albufera valenciana de Cañas y Barro, prosiguiendo con frecuentes izados de pene derivados de los constantes toqueteos de Tonet a Roseta y de Roseta a Tonet en La Barraca. El estallido hormonal adquirió carta de naturaleza a causa de Los Gozos y las sombras, y a consecuencia de Charo López. Más aún, cuando descubrió —gracias a Buytrago, un espigado compañero del colegio— que hacerlo a dos manos les traería a sus gónadas más placentera cuenta. Aguayo, otro con quien compartió pupitre, trató que Fernández retomara el camino hacia el cielo, invitándole al club Antara. Allí, un cura —no obrero, sino de la Obra[6] — se empeñaba en que saliese del aula de estudio para enseñarle ajedrez, negándose si quiera a recibir las primeras nociones porque el clérigo, en vez de en una mesa, colocaba el tablero en un sofá. A don Claudio, que movía la sotana mejor que Lola Flores la bata de cola, le debió quedar claro que a Pedro lo que le gustaba era jugar a las damas, porque no volvió a verle el pelo.
IV
Donde sí se lo veían a menudo era en el quiosco El Porvenir, al que acudía con la excusa de comprar un par de cigarros Lola y se quedaba prendado de la portada semanal de la revista Interviú. El ejemplar de ocho páginas dedicadas a Sofía Loren le pareció apoteósico, y, por eso, aprovechando un descuido, lo birló. Su tío de Pegalajar, Fernando Gutiérrez, empleado de Simago, mantenía la tesis de que el hombre no debía matrimoniarse con una mujer para compartir solo unos efusivos y exclusivos cinco minutos diarios, como tampoco para 23 horas y 55 minutos, sino para las 24 horas del día.
Según Pedro, su tío hablaba con gran razón y sólido criterio, con un pequeño pero importantísimo matiz en el que no cayó en la cuenta hasta que, en los aledaños de la veintena, conoció a la que se convertiría, no mucho después, en su mujer. El matiz en cuestión es que la pareja con la que llegara a matrimoniarse para 24 horas diarias —tal cual sentenció su tío— fuese muy bella, como mínimo, en consonancia con la espectacular hermosura de la Loren. Espectaculares también le habían contado que eran entonces y seguían siendo, como él había tenido ocasión de comprobar, las viandas, muy concretamente las anchoas en salazón y el chuletón de buey, regadas con excelentes vinos que ofrecía taberna Zurito, inaugurada en 1915 y situada en una calle, céntrica, de las típicamente jaeneras, Correa Weglison.
Las luchas internas por el poder entre el gobernador Francisco Rodríguez Acosta y el nuevo jefe provincial del movimiento, Luis Toro Buiza, provocó la destitución de los dos y el nombramiento en abril de 1940, para ambos cargos, de Antonio Correa Weglison.




