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Pedro tenía siempre a gala decir que fue la primera que leyó, consciente de que leía una novela y, que encima, le encantó. A Eslava, a quien ya siendo periodista llegó a entrevistar en más de una ocasión, solo le conocía entonces de vista, al cruzarse con el profesor por los pasillos del instituto Virgen del Carmen durante aquel curso académico 78/79.
En su estreno como estudiante de 1º de B.U.P. la experiencia más esperada por cualquier pipiolo era participar en el entierro de la sardina, una actividad que se hacía coincidir con el último día lectivo antes de las vacaciones de Navidad. Los de niveles superiores se encargaban de recorrer los pasillos alentando al resto a desalojar las aulas y sumarse a un cortejo multitudinario encabezado por una especie de caja fúnebre.
La práctica totalidad de alumnos del masculino recorría en procesión los alrededores al son de coplillas tarareadas en señal de alegría por la finalización del primer trimestre. La comitiva solía detenerse a las puertas del instituto Santa Catalina de Alejandría, conocido como El femenino, en busca de que las chicas se sumaran al festín. Las más atrevidas lo hacían causando la ovación de los muchachos y el lógico revuelo en el resto que, asomadas a los ventanales, saludaban y unían sus voces al jolgorio callejero.
Pero si injusto podía ser el suministro de cuartos al pregonero para —con lo acontecido en el trastero del chalet del Puente Tablas— desprestigiar el negocio de carnicería del padre de Andrés; tanto o más injusto sería para oscurecer la brillante consagración de la madre del amigo de Pedro como peluquera. Consagración que ella misma había explicitado mientras deglutía patatas fritas; ofreciendo —de esa asquerosilla manera— una sorprendente demostración de habilidad para llevar al unísono ambos cometidos: hablar y masticar.
Esa aludida consagración se la ganó la señora peluquera, madre de Andrés, la mañana del viernes 12 junio de 1970. Ese día, del que hacía ya nueve años, dos meses y 17 soles, fue llamada por la dirección del Parador de Turismo de Santa Catalina, con el loable fin de moldear ligeramente el peinado a madame Ivonne de De Gaulle, la esposa del general, expresidente de la vecina y republicana Francia. Muy a su pesar, carecía de testimonio gráfico de su quehacer con madame Ivonne, pero sí la página de La Vanguardia, correspondiente a la crónica firmada por Vicente Oya Rodríguez sobre las andanzas por aquellos días del significado octogenario francés. El recorte de la mencionada crónica dijo conservar —patatas fritas en boca de por medio— en un lugar prominente de su peluquería de la calle Arroyo.
Dicha vía, llamada también Mimbres, Benito Pérez Galdós, y, finalmente, Teodoro Calvache, era originariamente una vaguada natural por donde discurrían las aguas pluviales y fecales buscando los extramuros de la urbe. De ahí su nombre de Arroyo. En 1640, el Cabildo decidió que fuesen encauzadas y, posteriormente, una vez urbanizada, acogió las viviendas de modestas familias de labradores. Teodoro Calvache Martínez nació en esta calle en 1841.
A lo largo de su vida consiguió una fortuna con la que hizo importantes donaciones para sus vecinos, hasta fallecer en 1921. Esta calle fue durante muchos años tránsito obligado de los entierros que se encaminaban al viejo cementerio de San Eufrasio; también lo era de la banda de música cuando se dirigía a la plaza de toros, y el espacio urbano que protagonizaba la verbena de San Bernabé.
Pero, con independencia de dar cuartelillo a su imaginación, aquella tarde de domingo del 79, para no menoscabar la reputación del matrimonio Molina y, por añadidura, de sus respectivos negocios de carnicería y peluquería, Pedro, ante todo, lo que quería, sin mayor dilación, era salir pitando del trastero, arguyendo que debajo de la uralita hacía más calor que planchando en el Sáhara y, con tanta gente dentro, no había forma de respirar.
Los padres y tíos de Dulce, más calmados del solivianto por el grito de la Montuno, asintieron al unísono, signo inequívoco de que les pareció razonable dicha sugerencia, hábilmente esgrimida a tenor de la complicada coyuntura acaecida, sobre la cual ya había acudido a interesarse con afanes de cotilla empedernida una verdulera con puesto en el Mercado de Peñamefécit, construido en 1968 por el Ayuntamiento, gracias a un préstamo concedido por el Banco de Crédito Local. A la verdulera le acompañaba su marido taxista, que tenía más cabeza que Bernardo López.
Este jiennense fue el segundo de seis hermanos en una familia dedicada al comercio. Inició sus estudios en el instituto de la calle Compañía, pero en 1850 se trasladó a Granada, e ingresó en el colegio de San Bartolomé para proseguir con el bachillerato y la carrera de Derecho. A finales de 1858, estando en Madrid, publicó su oda Asia, en el periódico republicano La Discusión. Pasó desapercibido hasta que, en 1866 publicó en El Eco del País, donde era redactor, su celebérrima oda patriótica El dos de mayo, que obtuvo tan formidable éxito. Desde entonces, Bernardo López García fue conocido como El cantor del dos de mayo, oscureciéndose injustamente toda su obra anterior y posterior, llegando a ser proverbial el recitado de su primera estrofa:
Oigo, patria, tu aflicción
y escucho el triste concierto
que forman, tocando a muerto,
la campana y el cañón...
Antimonárquico y de tendencias revolucionarias, participó en los sucesos de Loja, lo que le valió ser apartado del Romancero de Jaén que se preparó con motivo de la visita de Isabel II. No perdió contacto con su ciudad, manteniendo relaciones amorosas con Patrocinio Padilla, joven jiennense, con la que tuvo una hija, María de la Aurora. En 1865 se casó con Patrocinio, que fallecía tres años más tarde. Meses después Bernardo se enamoró apasionadamente de Concha López, hija de su amigo y editor el impresor Francisco López, que se opuso frontalmente al casamiento por la indigencia del pretendiente. En 1867 publicó a su costa la primera edición de sus Poesías, que apenas se vendió: la miseria y las privaciones arruinaron su salud. A mediados de 1868 marchó a Madrid, donde fallecía el 15 de noviembre de 1870.
Fuera ya del trastero donde había sucedido lo aún por desvelar —idos ya la verdulera y el taxista, con Dulce bastante aliviada— estaban reunidos los dos matrimonios en torno a una fuente de ponche elaborado con un litro de gaseosa Revoltosa, dos de vino tinto Savin, trozos de canela en rama y sabrosas rebanadas de melocotón comprados en Simago. Los excelsos ingredientes no se correspondían con un aspecto agraciado del mejunje, que no aparentaba estar fresco, más bien calentón. ¿El motivo? las exiguas frigorías de la nevera que —a años luz de la gama Otsein que vendía entonces en Jaén Comercial Juaniguez— generaba muchísimo más ruido que frío.
Sancho Montuno, con una gorra de Industrias El Ángel y una camiseta de Pavimentos Litón, con más manchas que un papel de tallo, requirió a su sobrino Andrés para que disminuyese el volumen del tocadiscos que, igual que el radiocasete de Dulce, reproducía exclusivamente composiciones de elepés de John Denver comprados en la sección de música de Tejidos Gangas, cuyo encargado, Antonio Fernández —primo hermano de Pedro— había logrado colocarse tras abandonar Los Maristas sin terminar bachiller, con el consiguiente disgusto de su padre, Alonso Fernández Valenzuela.
El cargo, sin remuneración, que ocupó desde 1968 hasta noviembre de 1972 como delegado provincial de la Federación Andaluza de Fútbol le generó a Alonso algún disgusto que otro, porque había quienes le reprochaban tener el privilegio de entrar gratis a los partidos. Así, de viva voz, se lo espetó intencionadamente José Luis López Carmona, Biguri, directivo del Real Jaén, a las puertas del estadio La Victoria. Casualmente, en ese instante entraba un hombre que acudía en moto todos los domingos, colándose sin mostrar carnet ni acreditación, solo portando una barra de hielo metida en un saco que decía era para el ambigú de tribuna. «Este sí que entra de balde», le dijo Alonso a Biguri mientras le mostraba su carnet de socio. Luego, entre 1975 y 1980, como miembro de la directiva del club jiennense, presidida por José María Carrasco Sánchez, protagonizó una de las peripecias que batían todos los registros del absurdo. Se produjo en el descanso de un partido en el que estaba en juego el descenso. El árbitro, a las puertas del vestuario local, delante de Alonso Fernández, le expresó lo siguiente: «Estoy harto de decirle a los jugadores que se tiren dentro del área, y no se tiran. Yo no puedo hacer más por ustedes». Pedro, además de seguir con atención las vicisitudes directivas de su tío, les estaba muy agradecido por haberle regalado, cuando cumplió cinco años, un banderín del Real Jaén correspondiente al primer Trofeo del Olivo, disputado el fin de semana del 10 y 11 de junio de 1967.
IV
El antedicho requerimiento de Sancho, en lo concerniente a bajar el sonido del tocadiscos, no sentó nada bien a su cuñada, porque consideraba que le había parecido como si el marido de su hermana quisiese que Andrés, amigo de Pedro y primo de Dulce, apagara del todo el aparato reproductor de vinilos con canciones de John Denver que le había podido comprar echando más horas que un reloj en la peluquería que regentaba en la calle Arroyo, cerca de la iglesia de San Ildefonso, de la que todos los días a las 12, coincidiendo con el Ángelus, salían los sones del canto mariano que recordaba el descenso y aparición de la Virgen de la Capilla, tal y como lo contaba, en 1628, Bartolomé Ximénez Patón, secretario del Santo Oficio.
«Que a la hora de medianoche del sábado, a diez días del mes de junio de 1430 años, iba una gran procesión de gente muy lucida y con muchas luces, y en ella, siete personas que parecían hombres, que llevaban siete cruces: iban uno detrás de otro, y que las cruces parecían a las de las parroquias de esta Ciudad, y los hombres que las llevaban iban vestidos de blanco o con albas largas hasta los pies. En lo último de esta procesión iba una Señora más alta que las otras personas, vestida de ropas blancas con una falda de más de dos varas y media; y iba distinta de los demás la última, y no iba cerca della otra persona, de cuyo rostro salía gran resplandor, que alumbraba más que el Sol, porque con él se veían todas las cosas alrededor, y contorno, y las tejas de los tejados como si fuera a medio día el Sol muy claro, y era tanto lo que resplandecía, que le quitaba la vista de los ojos, como el sol cuando le miran en hito. Esta Señora llevaba en sus brazos un niño pequeño también vestido de blanco, y el niño iba sobre el brazo derecho. Detrás desta Señora venían hasta 300 personas, hombres y mujeres, estas cerca de la falda de la Señora, y ellos algo más atrás».
Así debió ocurrir el descenso desde los cielos de la Virgen de la Capilla, copatrona de la ciudad con Santa Catalina y alcaldesa mayor de Jaén, imagen de estilo gótico y de autor anónimo, realizada en el siglo XVI. La Virgen fue coronada en 1930 por el cardenal Pedro Segura y Sáenz, y posteriormente recoronada en 1956, fecha en la que la madre de Andrés pidió a su entonces pretendiente que acudiese a pedir la puerta, porque así se lo inculcaron sus padres, Casto Conejo Risueño y Andrea Vello Tieso, abuelos de Dulce, la cual yacía gozosa en una hamaca de franjas verdes y blancas, como la bandera de Andalucía, región que iba camino, entonces, de convertirse en comunidad autónoma.
El cuatro de diciembre de 1978, 11 fuerzas políticas firmaban en Antequera el denominado Pacto Autonómico Andaluz bajo las banderas de España y de Andalucía. Los representantes de los partidos firmantes coincidieron en señalar que este documento era «el más importante de toda la historia de Andalucía», y señalaron como objetivo principal la resolución de los problemas políticos, económicos, culturales y sociológicos de Andalucía. En virtud del pacto, los partidos firmantes —PSOE, UCD, PCE, AP, DC, PTA, PSA, ORT, ID, RFE (Reforma Social Española) y ACL (Acción Ciudadana Liberal)— se comprometían a impulsar y desarrollar los esfuerzos, encaminados a conseguir para Andalucía, en el más breve plazo de tiempo, la autonomía más eficaz en el marco de la Constitución. Precisamente, uno de los primeros acuerdos aprobados por el Ayuntamiento de Jaén, constituido tras las elecciones municipales de abril de 1979, fue apoyar el Pacto de Antequera. Aquella primera Corporación estaba presidida por Emilio Arroyo López, un profesor de Geografía del Colegio Universitario Santo Reino, que, con treinta y pocos años, asumió la tarea de poner orden y racionalidad en un consistorio sin recursos y falto de organización. Arroyo, al contrario que su padre, falangista, se encontraba muy imbuido por la doctrina social de la Iglesia y el Concilio Vaticano II. Pese a su militancia socialista, antepuso criterios de gestión a los de carácter ideológico, ingeniándoselas para hacer funcionar el Ayuntamiento y conseguir avances en infraestructuras.
Durante ese primer mandato, apoyado por su grupo, el PSOE, los ediles del PSA y el PCA, hizo gala de su clara disposición al consenso, hasta el extremo de otorgar responsabilidades de Gobierno a todos los miembros de la Corporación, incluidos los diez de UCD (Unión de Centro Democrático) encabezados por Luis Miguel Payá, y el único genuinamente de derechas, elegido por Alianza Popular, Felipe Oya Rodríguez. En él delegaría la concejalía del área de Estadística a la que también accedió a sumar, a petición del propio Oya, el seguimiento del censo de reclutas bajo la denominación de Asuntos Militares.
Allí, en el porche del chalet a medio terminar del matrimonio Molina, en el Puente Tablas, el padre de la prima de Andrés concretó que lo que en realidad había pedido a su sobrino es que redujese el volumen y no que apagase el aparato, con la finalidad —por otra parte, muy juiciosa— de oír bien oídas las esperadas explicaciones de lo acontecido un ratillo antes en el trastero. Dicho altercado le había proporcionado un gran berrinche, no tanto por lo acaecido, sino por haberle pillado haciendo maniobras orquestales en la oscuridad con su excitante esposa en la habitación en la que, a diario, solía sestear su cuñado Molina.
Este era propietario de la modesta pero exitosa carnicería ubicada cerca del campo de fútbol Sebastián Barajas, en el populoso barrio del Polígono del Valle, zona de Jaén en la que, desde principios de los 70, y en sucesivas oleadas, se construyeron viviendas de promoción pública que iban ocupando familias venidas de otros puntos de la ciudad o la provincia.
Esos minutos recorridos entre el grito y el abandono del trastero depararon a Pedro el tiempo suficiente para perfilar en su cabeza una estratagema narrativa que no pareciese mendaz y, consecuentemente, poder salir sin daños, o con los menos posibles, de aquel embrollo. No estaban desconcertados, sino concentrados y con todas las miradas y oídos puestos en él. Así es que, la suerte estaba echada: Pedro tenía que comenzar su relato. Lo recordaba a la perfección:
«Al inicio de la partida de damas —que Dulce se había empeñado en echar conmigo en el trastero— al darse la vuelta para buscar un hueco en el que colocar el radiocasete por los muchos trastos que había en la estantería, saltó un ratón, el cual provocó una enorme alteración en Dulce, que cayó de culo al ver pasar al roedor de sus pechos al tablero, y, de ahí, al suelo. Arrinconado, el ratón pudo encontrar la muerte instantánea si yo hubiese acertado plenamente a propinarle el golpe de gracia que pretendí asestarle con el palo de una fregona. Tocado pero no hundido, el ratón se escapó por la puerta del trastero que Dulce había dejado entreabierta para que corriese algo el aire».
Así, tal cual lo acababa de reproducir, lo expuso aquella tarde de agosto del 79. Una fábula que pudo ensamblar en minutos para borrar cualquier vestigio de lo realmente acontecido: la cruenta envestida que él supuso era deseada y esperada por el culo de la Montuno. Pedro recordaba sonriente que los presentes se dieron, no solamente por enterados, sino también, por alta y gratamente satisfechos. Tanto fue así, que Sancho Montuno optó por llenarse otro vaso de ponche, su cuñado acudió a echarse un chapuzón en la alberca que hacía la veces de piscina en aquella hondonada del Puente Tablas, mientras que las hermanas y esposas de los susodichos se enzarzaban en una improductiva discusión sobre por dónde puñetas andaría el ratón malherido, si habría más roedores pululando por allí y acerca de la necesidad imperiosa de hacer sábado el domingo siguiente, Dios mediante, en el trastero del chalet a medio terminar, empezando por la estantería, que llevaba varios veranos apilada allí, llena de trastos más viejos que el hilo negro y, por ende, más inútiles que cortar niebla. Una dispersa estampa familiar que Dulce, postrada en una hamaca del porche, aprovechó para —complacida por haber dejado impoluta su honra respecto de su novio Quijano— lanzarle a Pedro un guiño aderezado con una oscura sonrisa a consecuencia de los restos de brea negra, comprada el día anterior a ese domingo de finales de agosto del 79 en la tienda de La Pilarica.
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