El desarrollo y la integración de América Latina

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Es importante esta distinción porque las visiones holistas-deterministas suelen implicar filosofías de la historia que no dejan espacio para la acción humana individual o grupal. Tampoco se confundió con una visión atomista o individualista, en la que el comportamiento micro social, considerado agregadamente determina por sí mismo el funcionamiento del todo (todo concebido como la suma de sus partes). El contrapunto individuo-sociedad (o más precisamente atomismo-holismo) estuvo muy presente en los razonamientos de los padres fundadores de la escuela, en especial Prebisch4 y Medina Echavarría.
Esta consideración explica por qué la ELD fue una corriente heterodoxa que no puede ser encuadrada en las visiones predominantemente holistas del marxismo ni predominantemente atomistas del individualismo metodológico. La filiación más clara de los economistas del así denominado, estructuralismo latinoamericano los vincula, más bien, con la economía así denominada institucional o institucionalista.
El enfoque económico de la Escuela, a diferencia de la tradición neoclásica en economía que predominaba académicamente, no presenta un modelo formal cuyos criterios científicos reposen exclusivamente en su coherencia interna o en su capacidad para pronosticar, como es el caso con la propuesta epistemológica de la escuela económica neoclásica.
El punto de partida de la visión centro-periferia para estudiar el proceso de desarrollo fue la Revolución Industrial Británica, motor y meollo de los cambios que, en el largo plazo, dieron inicio al capitalismo como sistema económico contemporáneo. A partir de ese punto los criterios de periodización histórica se han apoyado en las sucesivas revoluciones tecnológicas (revolución americana de fines del siglo XIX, y actual revolución de las tecnologías de la información).
El hecho de que la visión tome como punto de partida realidades históricas y no asuma “en bloque” esquemas teóricos prediseñados en el mundo académico de los centros, ya posee un profundo significado epistemológico porque desde el inicio busca definir sus propias categorías de análisis para procesos históricos que son específicos. La denominación misma de “centro-periferia” es una muestra decisiva de este replanteamiento. Aunque la expresión había sido utilizada por Werner Sombart en el prólogo a uno de sus estudios sobre el capitalismo, el contenido que los estructuralistas confirieron a la misma fue totalmente original.
Sin embargo, la visión no parte de “cero” porque utiliza tanto abordajes epistemológicos como categorías totalizadoras originarias de las ciencias sociales europeas, como son precisamente los conceptos, claramente sistémicos, de capitalismo y democracia, pero los reformula sustancialmente en función de las realidades históricas que estudia.
En las versiones iniciales específicamente económicas de la visión centro-periferia, el concepto de capitalismo se aceptó como tipo ideal de sistemas económicos imperantes tanto en las sociedades desarrolladas como en el orden internacional de posguerra. A pesar de partir de este conocimiento acumulado sobre el capitalismo, su impacto en las sociedades periféricas se examinó de manera autónoma arriesgando nociones “abiertas” como “semicapitalismo”, además de “precapitalismo” para provocar discusiones conceptuales, que animarían el debate sociológico de los años sesenta y setenta, y que, más tarde se traducirían, por el propio Prebisch, en sus versiones sobre lo que denominó el “capitalismo periférico”.
Lo mismo aconteció, en el ámbito de la sociología política latinoamericana, con la otra gran categoría englobadora, característica de las sociedades contemporáneas de occidente: el concepto de democracia. También aquí a pesar del conocimiento acumulado sobre la categoría “democracia”, tanto el proveniente de la antigüedad clásica como de la modernidad, el impacto de las instituciones democráticas en las sociedades periféricas, debió ser reexaminado por la ELD de manera autónoma, dando lugar a modalidades específicas y a desviaciones respecto de sus tipos ideales clásicos y modernos, que son características de América Latina: (populismo, burocratismo, autoritarismo, clientelismo, personalismo, caudillismo, etc.) enérgicamente rescatadas en los trabajos fundacionales de José Medina Echavarría quien, junto con Prebisch, fue el gran artífice en la formulación de los temas y problemas tratados por la ELD.
El enfoque de la ELD es sistémico, además, en una expresión epistemológica más o menos estricta del contenido de este concepto. La visión centro-periferia estudia sistemas: totalidades dinámicas cuyos agentes son los Estados nacionales, sus estructuras son las relaciones tecnológicas e institucionales que ligan esos agentes en el orden internacional, y sus procesos son los mecanismos que se establecen entre los agentes del sistema y explican sus relaciones asimétricas de poder. El énfasis en las instituciones y las tecnologías es la lectura estructural del enfoque. Esa lectura descubre estructuras diferentes y asimétricas en las sociedades latinoamericanas comparadas con las sociedades de los centros.
El enfoque es sistémico, finalmente, en un sentido más general y “profundo”, porque los agentes (sociedades nacionales o supranacionales) de ese sistema global también pueden ser tratados, a su vez, como sistemas, descomponiéndolos en sus propios agentes dinámicos, su propia estructura (tecnológica e institucional), y sus propios procesos y mecanismos. En consecuencia, el enfoque centro-periferia desde el inicio operó a dos niveles: el global o internacional y el nacional o regional.
La visión centro-periferia, también es multidimensional o multidisciplinaria (económica, social y política). Esta multidimensionalidad emerge en cuestiones tan específicas como, por ejemplo, la famosa y polémica tesis del deterioro de los términos de intercambio, donde los factores causales que explican los precios internacionales de los productos primarios (tema claramente económico) incluyen las débiles o inexistentes posiciones de poder negociador de los trabajadores latinoamericanos en las actividades de exportación fuertemente influenciadas por las estructuras no solo económicas sino también políticas y culturales en que trabajaban.
Por último, desde una perspectiva ética, implícita primero y cada vez más explícita después, la visión plantea de inmediato los problemas de la justicia y de la equidad derivados de la desigual distribución internacional y social del progreso técnico y de sus frutos. Este énfasis en las asimetrías de poder, fundadas en un posicionamiento diferente en materia de acceso a la tecnología y a las instituciones dominantes, y de control de los mecanismos concretos a través de los cuales ese poder es ejercido, está en el meollo de la visión centro periferia con implicaciones distributivas obvias e inmediatas
El primer capítulo del Estudio, aquí aludido, constituyó el punto de partida de las contribuciones, debates, y corrientes interpretativas sobre el desarrollo económico que se fueron entretejiendo en torno a la actividad de la Cepal, durante la segunda mitad del siglo XX. Además, el desarrollo de las implicaciones sociales, culturales y políticas del planteamiento impulsó las contribuciones de otros científicos sociales para generar un corpus de pensamiento aquí denominado ELD.
En lo que sigue recapitularemos algunos de los diagnósticos y propuestas fundamentales de los economistas de Cepal, y su impacto sobre las reflexiones en el campo social correspondientes a la segunda mitad del siglo XX. La selección es obviamente arbitraria, pero pretende ilustrar algunas contribuciones especialmente relevantes, aunque descartando, inevitablemente, muchas otras que hubieran merecido la mención de esta reseña5.
3 El Estudio desarrolla esta visión en ocho párrafos constitutivos de la primera sección del capítulo primero. En él se formulan las siguientes proposiciones básicas. Plantea la sesgada propagación universal del progreso técnico derivado de la Revolución Industrial Inglesa. Se introduce la terminología de “centro y periferia” respecto de la desigual distribución mundial del progreso técnico y de sus frutos. Define la posición “primario-exportadora” y tecnológicamente subordinada de las periferias en la especialización productiva mundial. Destaca la insuficiente asimilación del progreso técnico y de sus frutos por parte de la mayoría de la población mundial. Resalta los beneficios económicos y sociales derivados del proceso no deliberado de industrialización por sustitución de importaciones, y la posterior estrategia productiva industrializadora deliberada. Desecha la idea de que las etapas del desarrollo de América Latina se cumplan “a imagen y semejanza” del desarrollo de los centros, y esboza una distinción tipológica básica entre la herencia colonial y la expansión capitalista inducida desde los centros. Alude al enorme impacto que la reducción del empleo en la agricultura tendrá sobre la economía latinoamericana a medida que esta asimile el progreso técnico originado en los centros. Y, por último, promueve la superación “de ciertos modos precapitalistas o semicapitalistas de producción conforme a los cuales trabaja aún buena parte de la población”.
4 “La estructura social prevaleciente en América Latina opone un serio obstáculo al progreso técnico y, por consiguiente, al desarrollo económico y social. Tres son las principales manifestaciones de este hecho: (a) esa estructura entorpece considerablemente la movilidad social, esto es, el surgimiento y ascenso de los elementos dinámicos de la sociedad, de los hombres con iniciativa y empuje, capaces de asumir riesgos y responsabilidades, tanto en la técnica y en la economía como en los otros aspectos de la vida colectiva; (b) La estructura social se caracteriza en gran medida por el privilegio en la distribución de la riqueza y, por consiguiente, del ingreso; el privilegio debilita o elimina el incentivo a la actividad económica, en desmedro del empleo eficaz de los hombres, las tierras y las máquinas; c) ese privilegio distributivo no se traduce en fuerte ritmo de acumulación de capital, sino en módulos exagerados del consumo en los estratos superiores de la sociedad en contraste con la precaria existencia de las masas populares” (Prebisch 1963: 4).
5 Entre los nombres que, por razones de espacio, han sido omitidos, o no lo suficientemente destacados en la reseña, podríamos incluir: de Chile a Aníbal Pinto, Osvaldo Sunkel, Pedro Sainz y Ricardo Ffrench Davis; de Argentina a Aldo Ferrer, Benjamín Hopenhayn, Alfredo Eric Calcagno, Adolfo Gurrieri y Pedro Paz; de Brasil al propio Celso Furtado (“padre fundador” junto con Prebisch de la ELD), Helio Jaguaribe, Carlos Lessa, María Concepción Tavares y Antonio Barros de Castro; de México a Juan Noyola; de Uruguay a Octavio Rodríguez; de Perú a Aníbal Quijano. Esta lista podría extenderse mucho más y seguiría siendo irremediablemente sesgada e injusta. De allí nuestra exhortación a visitar la Sala de Cepal preparada por don José Besa exdirector de la Biblioteca de Cepal.
CAPÍTULO III
El contexto histórico de posguerra
Las condiciones históricas que enmarcaron el pensamiento de la Cepal incluyen factores de naturaleza global o planetaria y factores propios de la dinámica interna de las sociedades latinoamericanas. Entre los factores globales cabe señalar la situación mundial de posguerra que dio origen a un nuevo orden internacional signado por un espíritu de paz y cooperación internacional, fuertemente asumido ante los terribles estragos de la Segunda Guerra Mundial.
A diferencia de la primera mitad del siglo XX caracterizada por dos cruentas guerras mundiales asociadas a posiciones nacionalistas y colonialistas de varias grandes potencias, el fin de la Segunda Guerra Mundial inauguró un nuevo orden que trató de contener el flagelo de la guerra y sustituirlo por el mecanismo de las negociaciones internacionales. Asimismo, el nuevo espíritu negociador y pacificador incluiría el fin de la lógica colonialista y una rápida expansión en el número de las naciones políticamente independientes.
Fue en ese marco que los temas de la pobreza de las ex colonias y, en general de las regiones periféricas, se ubicaron en el centro de los foros mundiales y fueron asumidos por las naciones desarrolladas, a través de la fundación de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). A la ONU se fueron incorporando, además de América Latina, las ex colonias de Asia, África, y el Caribe no latino, cuya independencia fue teniendo lugar al fin de la Segunda Guerra Mundial.
América Latina, era una región claramente periférica con pasado colonial, pero su proceso de descolonización había tenido lugar tempranamente a inicios del siglo XIX. Su inserción en el orden internacional de ese siglo se había apoyado en la producción y exportación de alimentos y materias primas, requeridos para el desarrollo de las potencias occidentales (en particular Gran Bretaña), las que, durante el siglo XIX, profundizaban su revolución industrial.
Además, en el plano de la producción intelectual, América Latina heredaba rasgos principales de la cultura occidental. Era el “extremo occidente”, como la denominó Alain Rouquié (1989), pero occidente al fin. Un rasgo de esa adscripción a la cultura occidental provenía de los influjos premodernos de los más de tres siglos de colonización ibérica cristalizados en los idiomas y la religión predominantes.
Los valores de la modernidad occidental, recién comenzaron a institucionalizarse en América Latina a comienzos del siglo XIX. Provinieron en primer lugar de la independencia política, con la adopción de cartas constitucionales de corte liberal, emulando la impuesta por la Revolución Americana de 1776. En segundo lugar, el otro rasgo del occidente moderno fue la inserción en el orden capitalista mundial liderado por Inglaterra. Pero, como es obvio, ninguna de estas formas de modernización, tuvieron lugar “a imagen y semejanza” de los procesos acontecidos en Europa y Estados Unidos. En América Latina ambos procesos históricos implicaron la superposición de la ideología liberal (económica y política) sobre los valores, principios e instituciones pre-modernas, pero claramente occidentales, de la herencia colonial.
Además, la complejidad de las sociedades latinoamericanas se acrecentaba mediante dos datos históricos adicionales. Primero, por el hecho de la existencia de civilizaciones prehispánicas que, a pesar de haber asumido, en general la lengua y religión de sus conquistadores mantenían latentes los rasgos fundamentales de sus propias culturas. Y segundo, por la internación de inmigrantes africanos (y en menor medida asiáticos) en condiciones de esclavitud, quienes también portaron sus rasgos culturales. Ambos grupos étnicos guardaron en su memoria colectiva los sufrimientos de la opresión colonial.
Por todas las razones señaladas, no es de extrañar que en América Latina surgiera una corriente de pensamiento orientada a tratar de explicar las razones de la pobreza y desigualdad social, partiendo de un examen de las economías latinoamericanas, pero abriéndolo a las restantes dimensiones societales, aprovechando los aportes de las ciencias sociales de occidente, pero, al mismo tiempo, buscando poner de relieve los propios problemas regionales.
La Cepal estaba en condiciones excepcionales para intentar esta empresa, interpretativa y propositiva a la vez, porque era un organismo internacional de Naciones Unidas, gestado en los valores de tolerancia, paz, cooperación y defensa de los derechos y libertades humanas. La cobertura o ámbito de acción de Cepal incluía la América Española y Portuguesa a las que luego se agregó el Caribe de habla inglesa, principalmente descolonizado a fines de la Segunda Guerra Mundial. De muchas maneras, por las razones apuntadas, su posición era excepcionalmente favorable para asumir un papel de vocera de América Latina y portaestandarte de la identidad regional.
El ángulo de los economistas
Las asimetrías o desequilibrios estructurales de las economías periféricas que fueron privilegiados en los exámenes de la Cepal ya incluidos en el Estudio fueron fundamentalmente dos. El primero se vincula con la estructuración económica periférica y sus desequilibrios inherentes. El segundo se vincula con los problemas sociales de la distribución del ingreso y con las relaciones de poder entre las clases que concurren a la apropiación del producto.
El primer desequilibrio estructural, de mayor interés para los economistas, tenía lugar en el plano del comercio y las finanzas internacionales y derivaba de la inserción periférica de las economías latinoamericanas en el comercio mundial. Aquí se plantean dos versiones de esa posición periférica: la decimonónica y la de la primera mitad del siglo XX.
El punto medular radica en que la especialización productiva mundial dictada por dichos centros es de naturaleza tal que los frutos del progreso técnico (ganancias de productividad) son controlados por ellos, y afectan la dinámica de desarrollo de las regiones periféricas, que asimilan pasivamente las oleadas de progreso técnico provenientes de los primeros. En las versiones: decimonónica y de la primera mitad del siglo XX, la especialización productiva mundial asignó a las periferias la misión de producir alimentos y materias primas exportados a los centros a cambio de las manufacturas provenientes de estos, requeridas para satisfacer las demandas de consumo y de inversión de las regiones periféricas.
Dos de las consecuencias principales de esta dinámica sistémica a escala mundial fueron, primero, la tendencia de las periferias a sufrir posiciones deficitarias en el balance de comercio mundial, y, segundo, la tendencia al deterioro de los términos de intercambio de productos primarios periféricos frente a las manufacturas céntricas.
Por el lado de la demanda internacional de productos primarios latinoamericanos, para explicar estas asimetrías, se tomaban dos puntos básicos de partida. De un lado las, así denominadas “leyes de Engel” (en referencia al economista y estadístico alemán Ernst Engel [1821-1896]), registraban una estructuración del gasto familiar y personal en canastas de consumo que crecía asimétricamente a medida que aumentaba el ingreso por persona. Efectivamente, se verificaba una reducción, en términos relativos al gasto total, en el consumo de alimentos y de otros productos escasamente elaborados, en favor del aumento del componente manufacturero y de servicios. De otro lado se partía de las proposiciones que el propio Prebisch había formulado sobre los procesos técnicos industriales y sus estructuras de costos, respecto de la decreciente participación de los productos primarios en el valor final de las manufacturas elaboradas por las economías centrales a medida que, en ellas, crecía la productividad laboral por introducción del progreso técnico.
Como consecuencia de este doble orden de factores la demanda mundial por manufacturas era, tanto en el plano nacional como en el internacional, mucho más dinámica que la de productos primarios. Así, los países periféricos que importaban las primeras y exportaban los segundos generarían balanzas comerciales crónicamente deficitarias. De aquí derivaría, en la interpretación de Cepal, una tendencia igualmente crónica a convertirse en economías deudoras.
Por el lado de la oferta internacional de productos primarios latinoamericanos, el segundo desequilibrio estructural, que abriría espacios a los análisis sociopolíticos, se verificaba en el plano del empleo e influía sobre la capacidad de los trabajadores para captar una justa o equitativa fracción de los incrementos de la productividad laboral. A nivel mundial las principales actividades absorbentes de empleo eran la industria y los servicios asociados a la presencia industrial. Pero las economías periféricas, bajo condiciones de comercio libre y no protegido como las que imperaron en la segunda mitad del siglo XIX, se especializaban solo en la producción primaria y en actividades artesanales de baja productividad, orientadas a los mercados locales y, más bien, ligadas a las economías de subsistencia y autoconsumo. En consecuencia, existía un sobrante estructural de fuerza de trabajo, que se expresaba, no tanto en desempleo abierto, como en diferentes formas de subempleo.
El planteamiento explícito de esta segunda tendencia desequilibrante de carácter estructural fue, a la larga, la manera principal como se conectaron los diagnósticos de la Cepal con los esfuerzos de otros científicos afines por interpretar el desarrollo social de América Latina. Estos aspectos sociales aludían al tema de la capacidad de las economías periféricas para generar suficientes empleos en vista de su particular inserción en la economía mundial, y se referían, además, al poder negociador de los trabajadores ocupados en estas economías para lograr incrementos de salarios acordes con los incrementos de la productividad vinculados a la introducción exógena de progreso técnico. Por lo tanto, cuando el progreso técnico en las actividades primarias de exportación aumentaba las ganancias de productividad, estas no se traducían en aumentos paralelos de salarios sino en aumentos de las ganancias empresariales y/o en reducciones de los precios de exportación.
Estos dos desequilibrios (comercio internacional y empleo) se habían ido poniendo de manifiesto a medida que se profundizaba el, así denominado, “modelo de crecimiento hacia afuera” (basado en la mono producción y mono exportación de productos primarios) y eran derivados del carácter asimétrico del desarrollo periférico. Ese fue el primer paso de la propuesta industrialista de Cepal: poner de relieve la inviabilidad estructural de largo plazo inherente al proceso (o “modelo”) de crecimiento hacia afuera. Nótese bien, sin embargo, que las ideas de Cepal, escritas a fines de los años cuarenta del siglo XX, eran una ratificación (o “racionalización”) a posteriori de las estrategias industrialistas que ya estaban siendo aplicadas en varios de los países de tamaño económico mediano y grande dentro de la región.
Ambos desequilibrios estructurales podían verificarse empíricamente, y quitaban viabilidad a un crecimiento económico fundado solamente (o de manera principal) en la exportación de productos primarios. Esta mono exportación era la recomendación de política inherente a la teoría de las ventajas comparativas en la versión convencional de la microeconomía neoclásica. En vez de tender hacia el ahistórico equilibrio general de “competencia perfecta”, propio de los libros de texto neoclásicos, la dinámica centro-periferia, históricamente fundada, auguraba que la aplicación de la teoría de las ventajas comparativas estáticas, conduciría hacia un desequilibrio estructural inexorable. Esto significaba negar o refutar la pretendida tendencia a la igualación de los niveles salariales en el mundo, pronosticada a partir de los supuestos incluidos en los modelos neoclásicos en boga, referidos a la teoría de las ventajas comparativas en el comercio internacional.
De aquí entonces la necesidad de promover la industrialización, postulada firmemente por los economistas de Cepal en los años cincuenta como única vía para superar ambos tipos de desequilibrios. La propuesta industrialista estuvo en el meollo de la estrategia formulada y perseguida por la ELD.
Otra derivación diagnóstica de estas mismas ideas, de enorme importancia para los planteamientos sociales posteriores de la Cepal, pero ya presente desde los años cincuenta, fue la tesis del deterioro en los términos del intercambio (DTI) de los productos primarios respecto de las manufacturas. Esta tesis constituyó un desafío tanto para la teoría de los precios walrasiana derivada del estudio de un modelo ideal de competencia perfecta, como para la teoría de las ventajas comparativa fundada sobre dicho modelo que predominaba en el mundo académico occidental.
Es interesante observar que, en tesis del DTI, convergen los efectos simultáneos de los dos desequilibrios estructurales mencionados (comercio exterior y empleo) como consecuencia de la lenta demanda mundial de productos primarios y del escaso poder negociador de los trabajadores periféricos en el marco de las instituciones laborales vigentes en las actividades de exportación. Así, los precios reales de los productos primarios tendían a caer por razones susceptibles de ser empíricamente verificadas.
Por oposición, en las actividades manufactureras de las regiones centrales (y aquí la interpretación del enfoque centro periferia alcanzaba una perspectiva planetaria) los incrementos en la productividad del trabajo se traducían en aumentos proporcionales de los salarios y sueldos, así como de los ingresos a la propiedad, dejando inmodificados los precios internacionales de las manufacturas



