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A continuación de los Vedas, los primeros Upaniṣads (y otras escrituras) aparecieron alrededor del año 800 a. C, en el plano histórico. Este nuevo movimiento inició una nueva era de indagación filosófica directa y la investigación sistemática e intencional de la práctica del yoga y sus experiencias. Luego, con el tiempo llegaron los poemas épicos, como el Mahābhārata y el Rāmāyaṇa, los Purānas o las historias, los sūtras de distintas escuelas, los tantras, los textos del haṭha yoga, la creación continua de nuevos Upaniṣads, el canon budista. Estos escritos representan solo algunas de las miles de escrituras que siguieron a los Vedas y que se relacionan de forma directa o indirecta al yoga. Todas las principales escuelas del yoga están ligadas a textos clásicos, y muchas tradiciones comparten algunas de las mismas escrituras. Estos textos están escritos generalmente en sánscrito o algunos de sus derivados, como pālī. Ocasionalmente, los textos se escribían en un dialecto local, y por lo tanto eran más accesibles para los alumnos de esa época y de ese área.
La mayoría, aunque no todos, de los textos clásicos fueron escritos en sánscrito y este idioma ha adquirido un estatus especial. La palabra sánscrito significa “perfecto”, “pulido” o “construido” y, como lenguaje, se ha refinado de esta manera desde su uso inicial en los primeros himnos védicos. El sánscrito se ha confeccionado para revelar el sonido refinado y la resonancia que forman mantras fácilmente. El método para unir una palabra con la siguiente permite extender la base resonante y meditativa que atrae la atención del practicante como un imán. De hecho, la experiencia de entonar mantras se considera la experiencia de un estado yóguico. Tal como ocurría con las enseñanzas de muchas culturas antiguas, los himnos sánscritos se compusieron en verso o con métrica y rima para que los practicantes pudieran memorizar y cantarlos fácilmente, asegurando así el pasaje de las enseñanzas de una generación a la otra. Hasta el día de hoy, la memorización y la entonación de textos en sánscrito son consideradas prácticas sagradas en la India. De la misma manera, esta lengua sigue enriqueciendo la conexión cultural con la filosofía antigua del yoga; cuando se contempla un texto mediante la recitación, naturalmente se siembran las semillas del discernimiento, las cuales florecen en la experiencia directa del mensaje de la escritura. Las tradiciones del yoga clásico son el resultado de las reflexiones de centenares de miles de personas que han observado durante generaciones cómo operan sus mentes, mientras investigan su experiencia de la realidad. Un aspecto maravilloso de las enseñanzas de una tradición milenaria se ve en el enriquecimiento natural de ciertas ideas que nacen del proceso. Con tanta práctica, experimentación, reflexión y comunicación, los individuos y las escuelas enteras evolucionan. Con el tiempo, surge orgánicamente el intercambio verdadero entre los practicantes de las distintas escuelas. Esta conversación dinámica refina la técnica, el lenguaje y la amplitud del conocimiento. La exposición a personas fuera del grupo expone, renueva y clarifica ciertos patrones comunes o universales de una práctica y sus enseñanzas de base.
Este libro no propone que te conviertas en un ecléctico prematuro. No busca confundirte con la gran variedad de filosofías, tradiciones y prácticas del yoga que puedes encontrar. Tampoco está pensado para transformarte en un pseudoiluminado. En cambio, proponemos ralentizar nuestro mecanismo de percepción lo suficiente para que podamos profundizar en el tema, en lugar de deslizarnos sobre la superficie, pasando de un lado a otro, de una escuela a otra. Apuntamos a explorar el núcleo de las enseñanzas. Para ir al fondo de la experiencia, descubrimos que la joya dentro del corazón de cada escuela válida nos invita a enfrentarnos a nosotros mismos, así como nos enfrentamos a la realidad. Hay una historia maravillosa sobre un hombre que se pone a cavar un pozo. Comienza su trabajo cavando hacia abajo y después de progresar uno o dos metros –cosa que cuesta bastante trabajo–, no encuentra agua. Entonces sale del pequeño pozo que ha hecho, se desplaza cinco metros hacia el costado y se pone a cavar otro agujero. Pero, después de cavar uno o dos metros hacia abajo, se rinde, se va cinco metros hacia otro lado, y se pone de nuevo a cavar. Esto sigue interminablemente y el hombre nunca encuentra agua. Ocurre lo mismo con el ego inquieto que emprende el yoga en busca de adornarse para lograr una autoimagen superior, pero en simultáneo evita las grandes verdades de la vida. Cuando la escuela o la práctica se vuelven difíciles –una instancia que resulta ser el punto de contacto con la realidad– es en este momento de crisis que realmente tienes que abandonar tus pretensiones para cavar más hondo en la experiencia. Pero, lamentablemente, muchas veces es justo en esta encrucijada cuando abandonamos la práctica. Buscamos un instructor “mejor” o una escuela “más interesante”, en lugar de comprometernos con nuestra primera elección para investigar el trabajo interno que representan el propósito de la escuela y sus enseñanzas a nivel primordial. Por supuesto, si el instructor (o la escuela) no ha hecho su propio trabajo de comprometerse con la práctica en este mismo punto de dificultad, entonces puede ser el momento correcto de buscar a otro maestro. Esta capacidad de discernir, que nos señala cuándo nos toca profundizar y cuándo ya es hora de partir, es parte de lo que una buena práctica del yoga propone.
La mayoría de las tradiciones del yoga están diseñadas para cavar un pozo profundo desde el sitio preciso de nuestras circunstancias particulares y únicas. Al cavar hondo, nos topamos con una experiencia directa de lo que está ocurriendo en este momento, aquí y ahora. A través de ese proceso, comenzamos a despertar para ser testigos de la naturaleza verdadera de la consciencia pura y del mecanismo de la mente. Degustamos el sabor de la liberación total, del acto de soltar. Al abandonar el impulso de buscar compulsivamente la libertad, nos quitamos las ataduras de la identificación con las formas transitorias del mundo. Ya no nos asociamos con el cuerpo y con la imagen propia, y esta soltura nos ayuda a apreciar de una forma totalmente fresca a nosotros mismos y al mundo. Cualquier tradición que cautiva nuestra mente o cualquier forma del yoga (sea antigua, medieval o híbrida) que nos ayuda a cavar profundamente en la naturaleza de la experiencia directa, ese es nuestro punto de partida. Si nos permite realizar el trabajo verdadero y la indagación auténtica dentro de nuestras circunstancias particulares, entonces debe ser la tradición a seguir con entusiasmo. Al mismo tiempo, hay que estar atento a cómo la función del ego puede convertir cualquier práctica, tradición o punto de partida en una vía de escape, una distracción o hasta una agenda política. Una práctica sincera del yoga nos puede salvar de caer en esta trampa.
Es útil examinar el metapatrón que ocurre alrededor de cualquiera de estas tradiciones cuando finalmente nos animamos a poner manos a la obra y cavar el pozo. Un metapatrón es aquello que conecta una forma o patrón con su contexto y luego entrelaza ese contexto con otra capa de contexto. Una parte inherente a la naturaleza universal de los patrones es la realidad de que no existe ningún patrón final o absoluto. En nuestro proceso normal de percepción, todo lo que percibimos (objetos específicos, sentimientos, sensaciones o pensamientos) representa un patrón, en lugar de una cosa sólida y permanente. Nuestro perro querido, el dolor que sentimos al perder a un amigo, nuestra definición acerca de quiénes somos como instructor o pariente, hasta el dolor físico que sentimos en el cuello: todas estas formas resultan ser partes de nuestros propios patrones de percepción. Con una mirada escudriñadora, podemos ver que por debajo de las formas que percibimos, existen otras formas que no son inmediatamente visibles. Aquello que identificamos como una forma completa, una que conocemos o comprendemos, es en realidad una expresión de las capas complejas que constituyen la totalidad subyacente. Nuestro perro es un animal domesticado con cierto nivel de evolución, una raza específica o una mezcla específica de razas; es un amigo, un ser milagroso y un protector. Todas estas descripciones representan diferentes planos que se unen en nuestra mente para crear el patrón de “mi perro”. No importa cuál es la experiencia que estamos viviendo, muchas veces la forma oculta su trasfondo y aparece como algo separado del resto. Pero, gracias a la observación continua y la contemplación prolongada de cualquier forma que percibimos, con el tiempo podemos ver más allá de la forma y reconocer el contexto que alberga. Tarde o temprano, podemos ver que la forma específica es un compuesto único de los patrones que constituyen su trasfondo.
Por ejemplo, cuando observamos que el agua en el océano cambia de volumen, podemos identificar este patrón como una ola. Sabemos que la ola no está separada del océano, pero el océano y la ola permanecerán en nuestra mente como dos entidades separadas hasta que logremos ampliar nuestra perspectiva. Si permitimos que la mente se suavice un poco para disolver los límites arbitrarios de las definiciones que separan “ola” de “océano”, así podemos ver claramente la unión de lo que percibimos inicialmente como dos formas separadas. Podemos experimentar espontáneamente y directamente desde el fondo de nuestro ser un destello de discernimiento en el instante en que reconocemos la unión de aquellas dos formas “separadas”. En la transformación de formas específicas, se puede ver la cuna primordial en la que se apoyan todos los aspectos internos y externos del universo y, por ende, tener una experiencia directa del tejido interconectado del todo. Formas específicas superficiales (por ejemplo, la ola) representan los patrones que la mente crea como un medio para comprender sus percepciones rápida y eficientemente. Pero, cuando soltamos nuestras formas contingentes y experimentamos el metapatrón interconectado que envuelve y penetra esas mismas formas, se suspenden nuestras teorías y formulaciones (hasta las que abarcan el patrón de base) y se disuelven, convirtiéndose en una inteligencia amplia y despierta. Cuando logramos conectar de esta manera con el momento presente, se revela la esencia de nuestro ser.
Cuando practicamos el yoga, exploramos esta noción del metapatrón que abarca y atraviesa todo aquello que percibimos. Muchas tradiciones filosóficas han contemplado la cualidad interconectada de la vida, y el estudio de los textos clásicos que siguen esta corriente enriquece nuestro entendimiento de esta idea. El carácter físico de muchas prácticas tradicionales del yoga nos ofrece una experiencia visceral y poco común de los infinitos puntos de contacto entre todos los aspectos de la vida. En āsana, esta experiencia puede ser particularmente clara y profunda, porque refleja directamente el contacto íntimo entre forma e idea que ocurre en el cuerpo. Resulta que el cuerpo humano, tu cuerpo, es el campo ideal para la comprensión y la vivencia de este metapatrón: aquello que podríamos describir como una matriz de interconexión o una matriz del yoga.
En la vida normal y cotidiana, nuestra atención se proyecta hacia el mundo externo para que podamos comprender lo que percibimos y, por ende, navegar nuestra experiencia con destreza. Generalmente, cuando observamos el cuerpo, lo vemos a través de esos mismos filtros y teorías. Lo podemos ver como una bolsa repleta de huesos y sangre, o como el continuo de una dolorosa frustración sofocante que se utiliza para justificar todas las opiniones miserables que tenemos de los demás y de nosotros mismos. Nuestra mirada se podría enfocar en una sola parte del cuerpo: la imagen de nuestra cara, la barriga, los muslos, el sistema nervioso, la musculatura; el resto lo dejamos afuera. Mediante una práctica continua del yoga, eventualmente el objeto de nuestra meditación pasa a ser todas las ideas que podemos inventar acerca de lo que constituye el cuerpo y de quiénes somos nosotros. Cuando logramos permanecer en contacto con nuestra observación y cavar un pozo cada vez más profundo, empezamos a ver más allá de las formas de percepción que hemos creado. Ver la cualidad ilusoria de nuestras teorías acerca del cuerpo nos conduce a una experiencia real del centro de nuestro cuerpo. Somos capaces de ver más allá de los patrones y emociones profundos que constituyen nuestra consciencia subjetiva, y también vemos la naturaleza transparente de aquellas partes nuestras que hemos convertido en objetos y que hemos identificado con el cuerpo en sí. Vemos que los conceptos de la piel, los huesos, los órganos y todo aquello que consideramos parte del cuerpo físico son solamente un conjunto de las formas que hemos identificado, en un acuerdo cultural mutuo, para comprender la manifestación del patrón particular de la materia que llamamos “humano”. A raíz de esta práctica, descubrimos que la riqueza del cuerpo humano excede soberanamente cualquier teoría que podríamos formular al respecto. En la práctica de meditación, experimentamos el cuerpo como una matriz abierta de consciencia a través de la cual las teorías, los pensamientos y las sensaciones van y vienen.
Este es quizás el aspecto más refinado y maravilloso de la tradición del yoga: aprendemos a concebir el universo desde nuestro cuerpo. Hacemos esto cuando lentificamos todo el proceso, como para decir “Espera un momento. Miremos con ojos frescos y escuchemos con los oídos abiertos para renovar la atención de todos nuestros sentidos y contemplar el misterio de la vida que se presenta a través del cuerpo, dentro del cuerpo y como el cuerpo.”. De esta manera, podemos suspender temporalmente todos los juicios y conclusiones que sostenemos acerca del cuerpo. Una y otra vez, examinamos de nuevo todas nuestras teorías y patrones acerca de cómo experimentamos aquello que reconocemos como el cuerpo. Mediante esta suspensión, recibimos el apoyo de la matriz fundacional y primordialmente inescrutable de la inteligencia ilimitada. Nuestros sentimientos, pensamientos y emociones demuestran el entretejido de la experiencia inmediata con el mundo vasto de patrones subyacentes. Este proceso de discernimiento ocurre espontáneamente cuando nos permitimos percibir de forma plena lo que sea que experimentemos en el momento, sin apegarnos a esta percepción y, al mismo tiempo, sin rechazarlo. Cuando nos volvemos más hábiles en nuestra práctica del yoga, aprendemos a percibir con profundidad pero sin crear un “cuento” que nosotros (y los demás) tienen que sostener como verdadero o falso, bueno o malo, seguro o inseguro. Con el tiempo, no caemos en la trampa de nuestras narrativas personales y tampoco nos aferramos a su desenlace: no las favorecemos ni las rechazamos. Aprendemos a cultivar una consciencia de nuestras percepciones como fenómenos vitales y reales, pero, más importante, reconocemos que nuestras propias vías de percepción representan la puerta de entrada hacia la matriz que nos conecta con todo lo demás.
Matriz significa “vientre materno”. Viene de la palabra madre y sugiere que hay un nido que conecta y sostiene todo lo que existe. Cualquiera sea tu práctica, no importa lo que piensas o experimentas, todo esto está amparado por la matriz que se llama yoga. La matriz en sí no ejerce motivación o deseo, pero habilita la evolución plena de cada componente de la vida para que todo pueda encontrar su pareja y complemento, realizándose como corresponde. De la misma forma que una madre cuida y nutre a su propio hijo, la matriz permite que todo pueda crecer, prosperar y florecer; también permite que todo pueda morirse y desparecer. Así, todas las cosas se descubren y también realizan su vínculo y su contacto con todo lo que hay. Desde cualquier punto en el que iniciamos una práctica del yoga (y efectivamente debemos comenzar desde el lugar en el que realmente nos encontramos), esta matriz empieza a abrirse en nuestra dirección y descubrimos que podemos profundizar aun más en nuestra experiencia inmediata, como cuando cavamos un pozo. Vemos que cada posición filosófica y cada práctica resultan ser parte de todas las otras perspectivas filosóficas y de todas las otras variantes de práctica. Experimentamos personalmente que cada gesto se ampara en el entretejido complejo del patrón de la matriz del yoga. Allí, ninguna práctica o teoría predomina y se revela la presencia pura y radiante de la esencia de la matriz.
Cuando experimentamos este proceso de discernimiento, no solamente vemos la interconexión de todo sino también el carácter transitorio de aquello que se presenta. Con el tiempo, esta visión incluye nuestros propios cuerpos y los de nuestros seres queridos. La comprensión visceral de la naturaleza transitoria de todo resulta aterradora para la estructura del ego. Es normal que enfrentarse con esta realidad produzca instintos de apego, desasosiego y negación. Pero, si observamos nuestras emociones intensas con una mirada meditativa, así como los estados ominosos y teorías apocalípticas que las siguen, hasta esta tormenta interna parece abrirse para revelar su contexto. De esta forma, se puede ver la naturaleza verdadera de una mente abierta: una base de amor incondicional y apoyo absoluto. Esta consciencia nos habilita la paz interna, aun frente a la transitoriedad de la vida, y también cultiva en nosotros el impulso amoroso hacia los demás, a pesar del hecho de que quizás no los conozcamos a la perfección. Puede que no podamos comprender o controlar a los demás; puede que ni siquiera nos agraden; pero aun así podemos sentir un amor incondicional hacia ellos. De la misma manera, una comprensión profunda de la interconexión de todas las cosas permite que aceptemos el mundo en toda su complejidad y multiplicidad, sin interponer nuestro ego en toda situación para analizarla interminablemente. Resulta que el universo entero, tal como se nos presenta en este mismo momento, es una entidad dichosa cuya esencia es consciencia pura.
Esto puede parecer un poco idealista y hasta inalcanzable, pero en realidad es bastante claro; ocurre automáticamente al observar con profundidad lo que sea que surja. A través de nuestra práctica del yoga aprendemos a cultivar esta habilidad observacional y vemos lo que se nos presenta en el primer plano. Si seguimos implementando esta técnica, la práctica se transforma en algo que penetra en cada aspecto de nuestra vida. Perfeccionamos la habilidad de enfocar la mente en cualquier patrón de percepción que elija contemplar: cualquier pensamiento, sentimiento, sensación o emoción se convierte en el objeto de meditación. Si prestamos atención a la corriente de lo que está ocurriendo en este mismo momento (podría ser un patrón que normalmente consideramos como algo miserable, neurótico o exultante), permitimos que la mente descanse allí hasta que descubrimos un portal que nos ayuda a comprender su estructura primordial. A través de este abordaje meditativo, se revela el contexto de aquello que sea que estamos observando. De esta forma, percibimos con bastante facilidad que una red interconectada de consciencia pura se ha manifestado como lo que sea que estamos observando. Se vuelve claro que un punto que parecía tan separado (dentro del campo de nuestra atención) en realidad toca una cantidad infinita de puntos en su trasfondo inmediato y que este mismo plano (que también se podría percibir como algo separado) se funde en el campo que lo rodea, y así sigue el mismo proceso sucesivamente. Cuando la práctica postural del yoga está bien hecha, experimentamos esta realidad dentro del cuerpo, en las profundidades de lo físico. Esta comprensión visceralmente arraigada de la interconexión entre todo estimula a la mente a fundirse cada vez más en las múltiples capas del contexto. Esta dinámica permite que nuestras percepciones y sensaciones puedan resultar sagradas, inexplicables y maravillosas.
Cuando somos capaces de apreciar el contenido de la mente de esta manera, más allá de medir sus perfecciones o imperfecciones, hemos logrado suspender temporalmente el hábito de reducir nuestra experiencia inmediata a las teorías sobre ella. Así como ocurre cuando miramos la punta de un iceberg e intuimos que es un pedazo inmenso de hielo cuya parte inferior está escondida, también podemos discernir cómo la matriz profunda del yoga permanece continuamente nueva y sagrada. Las prácticas y la apariencia del mundo inmediato, tal como se nos presentan, revelan la pequeña punta de nuestras percepciones. También podemos darnos cuenta de que ninguna de estas perspectivas (ni la punta del iceberg ni su parte inferior) es mejor que la otra, de la misma forma que ninguna puede existir sin la otra. A través de una práctica constante del yoga, aprendemos gradualmente a movernos con destreza entre distintos puntos de vista: desde los más específicos a los más universales de nuestra experiencia. Esta fluidez de perspectiva nos otorga una riqueza y profundidad para nuestra comprensión que excede la capacidad de cualquier punto de vista aislado. La posibilidad de ver las cosas desde una perspectiva global y específica suena más difícil de lo que resulta ser. Imagina un bosque repleto de árboles. Cuando te paras al lado de cualquier árbol en particular, tienes una vista única del bosque entero. La esencia del bosque reside en el hecho de que los arboles esconden su totalidad internamente. Nunca puedes ver el bosque completo cuando lo habitas. Puedes volar por encima del bosque y verlo como un mar verde de textura, pero aun esta perspectiva es incompleta porque no se pueden percibir ciertos detalles de lugares específicos del bosque desde una mirada tan lejana. Entonces, de una manera, cada punto de vista del bosque te ofrece una degustación sabrosa del “bosque” que resulta más real que la visión que obtienes desde arriba (al ver toda la arboleda). La esencia del gusto del “bosque” es el misterio. El bosque nos resulta tan tranquilizante y apasionante cuando lo habitamos porque la mayoría de sus puntos de vista están ocultos, son enigmas. Aun así, el único punto de vista que tienes inspira el asombro. Como si estuviéramos resguardados dentro del bosque, una buena práctica del yoga revela una sensación de seguridad que surge del discernimiento de que todo aquello que observamos pertenece a nuestras circunstancias particulares, pero a la vez, está totalmente conectado a la estructura universal de todo aquello que nos parece ajeno.
En la mitología india, se dice que el dios Indra tiene una red de ilusión (maya) que lanza sobre los seres, con el fin de liberarlos o enjaularlos. Se ha descrito esta red como la red enjoyada de Indra, porque cada punto de unión en el entramado cuenta con una joya preciosa. La metáfora de esta red revela que la ilusión y el discernimiento representan dos lados del mismo fenómeno. Cuando predominan la ignorancia y el egoísmo, la red demuestra (desde la falsedad) que todo está separado. En nuestros intentos de salir de la red, intentamos atrapar los objetos que captan nuestros sentidos, pero este esfuerzo solamente nos atrapa más, ya que estos objetos solamente aparentan estar separados de su entorno. Si eres afortunado y puedes asimilar las enseñanzas acerca de la naturaleza de la realidad y la ilusión, puedes examinar la red con mayor discernimiento. Si este es el caso, una vez que estás envuelto en la red y te topas con una coyuntura en el entramado, puedes mirar todas las facetas de la joya que encuentras allí. Si prestas atención, verás reflejadas en esa gema todas las otras coyunturas y los miles de joyas dentro de la red. Cada punto de intersección y cada joya de la red contienen el patrón en su totalidad. Esta visión ilumina la comprensión de que se puede descubrir la verdad de toda experiencia y de toda la existencia desde cualquier punto de vista particular. Al mismo tiempo que puedes ver que la visión de las formas separadas es una ilusión, también puedes comprender que es innecesario escaparte de tu lugar o de tu punto de vista dentro de la red. En vez de escaparte, puedes ver más alla de tus ilusiones. De la misma forma, la práctica del yoga revela una red enjoyada de percepción dentro de tu propia experiencia. Durante la práctica, donde sea que se apoye tu mente, si eliges esa percepción como el objeto de tu meditación (como una joya dentro de la red), tu consciencia se transforma automáticamente en un punto germinal del discernimiento; esta perspectiva refleja las formas más profundas de consciencia y compasión contenidas por la red entera de tu experiencia inmediata. A través de la observación de tus propios sentidos puedes ver con total nitidez que cada punto contiene tanto la totalidad como su trasfondo. Si meditas sobre lo que sea que se presenta de esta manera, una sensación de inmenso placer y satisfacción empezará a inundar tu consciencia y descubrirás que de repente tu vida se ha convertido en una experiencia abierta, mágica, fresca y autorenovable. Tu percepción de la sensación más simple o cotidiana te puede llevar hacia profundidades ilimitadas y es aquí donde realmente se revela el corazón del yoga.



