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Fundirse de esta manera en el corazón del yoga es un acto de honestidad. Es el arte de la humildad, de la reverencia y la apreciación genuinas del proceso de la vida tal como es. El yoga se revela cuando permitimos el despliegue de nuestros sentidos, inteligencia y cuerpos para que estos mismos se liberen de cualquier imagen propia, meta o motivación. Mediante este proceso de apertura y expansión, nos encontramos envueltos en una libertad poco común en la que experimentamos la luminosidad de cada joya de nuestra atención. Vemos cómo esta luz se potencia mientras juega con las otras gemas dentro de nuestra consciencia. En cuanto más meditamos sobre este patrón interconectado, el misterio de sus puntos de contacto y profundidad se vuelven más accesibles y amigables. Esta cercanía nos ayuda a relajarnos y a soltar un poco, sabiendo que nos sostiene un entramado extremadamente antiguo de una tradición que se renueva todo el tiempo. Nos podemos recostar en esta cuna de la matriz que es el yoga, permitiendo que la realidad se despliegue sin cargarla con nuestros preconceptos o el peso de nuestros deseos. Libre de obstáculos, nuestra experiencia se abre de forma ilimitada.
LA RED ENJOYADA DE INDRA (1)
La red enjoyada de Indra representa un modelo de experimentación del universo desde una inteligencia refinada. En cada intersección de la red, aparece una joya y cada faceta de la joya refleja todas las demás joyas en la red. En este universo, cada punto contiene el centro, y el universo entero está en cada punto. Desde esta mirada, ya no se puede sostener la ilusión del ser separado y entonces abandonamos el intento de escapar. Al ver que cada “cosa” es un compuesto del fondo, donde sea que la mente se apoye, ese mismo lugar se vuelve un destino supremo. No existe un espacio dentro o fuera de la red; de la misma manera que no puede haber un solo centro o un punto de vista predominante. Cada centro y cada punto de vista contiene todos los demás centros y puntos de vista.

2 EL CUERPO Y LA MENTE
COMO CAMPOS DE EXPERIENCIA
maṇi bhrātphaṇā sahasravighṛtaviśvaṁ
bharāmaṇḍalāyānantāya nāgarājāya namaḥ
Saludos al rey de los Nagas,
al infinito, al portador del maṇḍala,
quien encauza el universo con miles de cabezas encapuchadas,
cada una engarzada con joyas ardientes y refulgentes.
Se dice que la serpiente mitológica, el rey Nāgarāja, quien es el objeto del mantra que hace de epígrafe para este capítulo, tiene una cola y una cantidad infinita de cabezas. En la cosmovisión hindú, se considera que esta serpiente es la energía de fondo y el sostén de todo aquello que se manifiesta en la creación. La tierra por debajo de tu casa y sus cimientos, el suelo por debajo de tu mesa, el vaso de agua que estás tomando, etc. (y puedes seguir buscando hasta encontrar algo que no esté al servicio de otra cosa), todas estas cosas son aspectos de esta serpiente. El rey de las serpientes podría ser cualquier cosa que hace de sostén o que ofrece un servicio y que parece existir desinteresadamente en función de algún otro. El aliento interno y consciente, dentro del cual descansa la mente de un yogui habilidoso, se considera un aspecto de esa misma energía expansiva de la serpiente. En cuanto a la práctica del yoga, se puede considerar que aquellas cosas que sostienen y asisten al cuerpo del practicante también se experimentan como Nāgarāja. La tradición te invita a considerar tu espacio de práctica, tu esterilla, el bloque o la cinta que usas, o el almohadón donde te sientas, como manifestaciones de la serpiente divina. Con esa perspectiva, el canto para Nāgarāja se utiliza para santificar el espacio y el suelo donde se practicará āsana.
Muchas veces iniciamos una práctica del yoga con el canto de mantras. Si contemplamos el significado de las palabras de un canto específico, esta actividad puede establecer el tono correcto para la práctica entera. Además, el acto físico de entonar puede despertar los procesos internos del yoga al unir fluidamente la inhalación y la exhalación. La vibración del canto también estimula la consciencia interna mientras los sonidos rebotan automáticamente desde el paladar y en la boca, resonando dentro del cráneo y a lo largo del cuerpo. Estas sensaciones vibratorias se consideran un aspecto fundamental de la práctica del canto. Muchos cantos, por ende, comienzan o terminan con el sonido de “oṁ”, el cual reverbera fácilmente mientras se funde con el tono relajante del “mmm”. El sonido del “oṁ” viaja hacia adelante y luego hacia atrás y a través de la boca, desplazándose por todo el paladar para pasar por el espectro completo de las posibilidades de los sonidos vocales. Mientras fluye desde los labios hacia atrás en la boca, pasa por detrás del paladar suave, donde la vibración termina naturalmente en la bóveda posterior y superior de los senos frontales, por debajo de la glándula pituitaria. El punto final de la vibración se llama el bindu, que se traduce como “gotita”. La oclusión gradual del sonido “mmm” se llama anusvāra; esta palabra se traduce como “extensión de la fluidez”. En el pensamiento indio, el bindu del anusvāra se considera el origen de un néctar delicioso que puede gotear hacia abajo (cuando lo estimulamos) y saturar todas nuestras percepciones y experiencias. El sentimiento físico de conectar con el anusvāra es muy parecido a lo que sentimos al cierre de una muy buena práctica del yoga. Cuando cantamos, descubrimos que la resonancia final del anusvāra automáticamente nos invita a experimentar la bondad y la compasión, y descubrimos que este mismo punto de cierre del canto también se considera el punto de partida de una práctica del yoga. La sensación de conexión a este origen del néctar es similar a lo que podrías experimentar cuando pruebas alguna comida maravillosa o cuando experimentas algo que resuena en tus profundidades y con tu propia apreciación estética. En estas situaciones, es bastante normal casi desvanecerse con este “mmmmmm”, como ocurre cuando estamos muy satisfechos estéticamente. El canto crea resonancia y sensaciones profundas en todo el cuerpo. Estas sensaciones facilitan el sentimiento inicial de reverencia y libertad interna que experimentamos cuando percibimos el metapatrón interconectado que une nuestra vivencia inmediata al campo que la rodea. Si nos dejamos fundir con las sensaciones que el canto puede despertar en el cuerpo, podemos iniciar nuestras prácticas del yoga y meditación dentro de un contexto de inteligencia y bondad. Desde esta satisfacción inicial, nuestros deseos y necesidades comienzan a disolverse y cada objeto de atención se convierte en un punto de partida para nuestra práctica.
Si somos honestos, muchas veces emprendemos nuestro estudio del yoga con el deseo de aliviar nuestro sufrimiento o de encontrar la felicidad o simplemente porque buscamos un poco de placer. Puede que lleguemos a la práctica para relajarnos o porque nuestra espalda está fuera de alineación, nos duele la rodilla, estamos frustrados o porque necesitamos una nueva distracción. Al seguir, sin embargo, nuestras razones para volver al yoga empiezan a cambiar. Descubrimos que, efectivamente, la práctica resuelve nuestros problemas iniciales, aquellos deseos que nos trajeron a la esterilla en primer lugar. Pero luego sucede que los problemas, deseos y aspiraciones más profundos parecen estar ligados en una cadena de preferencias. “Bueno, primero me voy a ocupar de eso, y luego llegaré a aquello, y por último…”, y así seguimos hasta darnos cuenta de que, aunque utilicemos nuestro cuerpo para experimentar el yoga, el propósito de la práctica no es el de curar nuestros males o satisfacer nuestros deseos; tampoco se trata de la relajación o la estimulación. A pesar de que el yoga puede retrasar temporalmente el inicio de la decadencia inevitable del cuerpo, el propósito del yoga no es la sanación física, de la misma manera que no trata de hacernos más bellos o de eliminar el cuerpo una vez que hemos concebido al cuerpo como una bolsa perecedera de piel y de sensaciones. Al contrario, el yoga es un camino que nos lleva a remover la raíz de todo tipo de miseria. Este proceso ocurre mediante una experiencia directa de la atención profunda, clara y abierta. Al fin y al cabo, descubrimos que hemos sido atraídos desde el primer momento por la dicha de esta experiencia liberadora que habita las profundidades de todos nuestros deseos. Esta es la fuerza que nos trae hacia la práctica.
En la tradición del yoga, el cuerpo se considera como el medio para nuestra práctica, nuestro instrumento de percepción y el laboratorio en el que percibimos la realidad. Conocemos el mundo a través de nuestros cuerpos. Nuestra condición como seres encarnados es extraordinaria. Desde nuestra experiencia individual, tenemos una visión muy limitada del mundo como una totalidad. Cada uno de nosotros está ubicado en un punto geográfico específico en este momento particular histórico; estamos recibiendo y procesando información desde nuestros ojos, oídos, piel, nariz y boca. Podemos pensar que somos testigos de una gran cantidad de información, pero en realidad nos toca una perspectiva diminuta dentro del ámbito vasto del mundo en toda su complejidad. Disponemos de la información que recopilamos para que tenga sentido, confeccionando conclusiones, elaborando teorías e imaginando todo tipo de cosas en un intento por comprender el mundo, formular ideas acerca de quiénes somos nosotros y los demás y postular cómo estos aspectos del universo están relacionados. Todo esto ocurre naturalmente (y, en general, de manera inconsciente) dentro del cuerpo de cada uno de nosotros en todo momento, como parte de nuestra experiencia corporal. A través de las prácticas del haṭha yoga, āsana y prāṇāyāma, las cuales se enfocan en la unión de las corrientes de patrones opositores dentro del cuerpo, empezamos a reconocer este cuerpo fenomenológico como la base de toda nuestra experiencia. Esta mera masa mortal es el campo de toda nuestra experiencia de este mundo. Desde una sensación sutil a una proyección espacial, mentalmente proyectamos y experimentamos eventos, seres y mundos (tanto lejanos como cercanos) pasados, presentes y futuros. Mientras posicionamos y movemos el cuerpo de una forma inteligente en posturas del yoga, los sentimientos, sensaciones, pensamientos y emociones que surgen se convierten en la estructura misma de nuestra práctica; sus patrones y detalles transitorios e intrincados conducen nuestra atención hacia una profunda meditación natural. En el Tejo Bindu Upaniṣad, hay un verso famoso que afirma que una verdadera postura del yoga ocurre cuando la meditación fluye de forma incesante y espontánea, sugiriendo que los āsanas del yoga invitan al cuerpo y a la mente a integrarse. Una práctica de āsana no tortura el cuerpo físicamente, y tampoco distrae la mente. En cambio, el āsana posibilita un refinamiento cada vez más profundo cuando se abarca internamente. Una cualidad consciente y concentrada de la atención se implementa para crear una forma dinámica y alineada. El mismo foco de la mente se utiliza para observar las sutilezas que surgen en todo el cuerpo. Un cierto nivel de meditación crea las condiciones para la postura, y una postura refinada agradece el gesto con el regalo de una meditación fluida. Se produce un rico jugo mediante la práctica rigurosa de alternar entre los patrones opuestos de percepción, técnica y evaluación, al exprimir estos opuestos entre sí. Ocurre algo parecido cuando exprimes una naranja y sale un líquido de color vibrante, una bebida saludable, un aroma exquisito y una deliciosa asimilación estética; el āsana también nos ofrece un “jugo” maduro y multifacético de experiencia. Dentro del contexto de una práctica del haṭha yoga, este es el jugo poderoso o el elixir de la sabiduría (el discernimiento acerca de la verdadera naturaleza del cuerpo) que exprimimos desde el cuerpo físico.
El proceso de exprimir la planta divina del soma para el antiguo rito del sacrificio védico ofrece un paralelo interesante de esta experiencia que ofrece una buena práctica del yoga. En sánscrito, la palabra soma refiere a un elixir o néctar. (Casualmente, en griego, la palabra soma significa “cuerpo”.) El elixir soma era una droga con un fuerte efecto psicoactivo o alucinógeno. Después de cortar, limpiar y exprimir la planta para sacar el jugo, todo según un rito preciso, los sacerdotes védicos disfrutarían de la bebida. Los efectos deben haber sido extraordinarios. Capítulos enteros de los himnos védicos, y en particular el noveno capítulo del Ṛg Veda, elogian el poder y el éxtasis que resultan de ingerir los jugos de la planta. Hoy, no se sabe a ciencia cierta la identidad de la planta sagrada; es decir, no podemos identificar cuál de las plantas u hongos psicoactivos se usaban como soma, aunque sabemos que crecía en zonas de gran elevación. En los himnos védicos y en gran parte de la mitología india, el soma se considera un néctar. Todos los dioses, diosas y sabios alababan y buscaban el soma. Después de tomar el soma (dentro de una práctica ritual), uno cantaría himnos védicos, exquisitos y repletos de imágenes psicodélicas, siempre caracterizados por una gran forma poética de rima y métrica. Estas composiciones se recitaban en un sánscrito védico fascinante, profundo y resonante. Se considera, desde la ortodoxia, que cantar estos himnos es una forma de practicar el yoga en sí porque el acto de cantar deja al cantante estimulado, concentrado y alerta mentalmente. El acto de cantar y de enfocarse en las imágenes profundas que aparecían a raíz de la profundidad verdadera de las ideas presentadas en los himnos (en conjunto con el impacto del elixir), les otorgaría a los sacerdotes un grado considerable de discernimiento acerca del significado de los textos.
En el proceso del yoga, abarcamos el cuerpo de la misma forma en la que los sacerdotes védicos utilizaban la planta sagrada que producía el néctar del soma. Mediante los āsanas, literalmente torcemos el cuerpo y lo exprimimos para producir el néctar o el soma del yoga, el cual nos sumerge directamente en una experiencia de la esencia real de nuestras mentes (y, en última instancia), la del universo. No es tan difícil observar el proceso superficial de la mente; está activo en todo momento y se manifiesta en la forma de nuestras conclusiones, símbolos, teorías, y en nuestras formas de comprender y manejar el mundo. Pero, si queremos extraer el jugo y encontrar la verdad, el significado y la felicidad, tenemos que hacer un esfuerzo mayor, cavar más profundamente y encontrar el proceso oculto de la mente que yace lejos de la superficie, envuelto y enredado en el núcleo de nuestro cuerpo. El despliegue de esta conexión más profunda del cuerpo-mente es precisamente lo que ocurre cuando practicamos āsana en el yoga.
Otro aspecto físico importante de la práctica del yoga es prāṇāyāma, los ejercicios de respiración que extienden los patrones del aliento y luego desatan los nudos que restringen la respiración interna, el prāṇa. El concepto del prāṇa comprende mucho más que simplemente el aire que respiramos. Es una inteligencia que toma sensaciones de todo el cuerpo y las organiza en patrones para luego presentar esos patrones de sensación y sentimiento a nuestra consciencia. Mediante la práctica de enfocar la atención en esta forma de la respiración que conocemos como el prāṇa, observamos que las sensaciones que surgen en el cuerpo son solamente un fenómeno vibratorio o el prāṇa en sí. Seguimos los polos de la respiración y observamos la transición entre la inhalación y la exhalación y cómo el proceso se vuelve a iniciar. De esta forma nos volvemos cada vez más conscientes de los movimientos de los patrones del prāṇa en el cuerpo. En primera instancia la respiración, y luego los sentimientos y sensaciones se convierten en el objeto de nuestra meditación. Por ende, si tu práctica del yoga consiste exclusivamente en la meditación sentada, el canto de mantras, āsana o prāṇāyāma, descubrirás que el cuerpo es el medio a través del cual encontrarás avenidas interconectadas de consciencia que conducen a una experiencia directa del discernimiento. Este destello puede surgir mediante cualquier forma de la práctica, aunque sea instantáneo. Quizás ocurra al final del canto del sonido oṁ o mientras se hunden nuestros pies en la tierra al practicar una postura del yoga, o al saborear el final de una exhalación en prāṇāyāma. Cuando realizamos estas prácticas, en cualquier momento podemos experimentar una sensación de resonancia dentro del núcleo del cuerpo que facilita la disolución de la mente en el campo que la rodea. Este proceso nos lleva a una experiencia directa del aquí y ahora. Por lo tanto, las prácticas físicas del yoga nos ofrecen algo para observar que resulta inmediatamente accesible, tangible, de espectro amplio, y aparentemente interminable. Pero, más importante, esta experiencia está arraigada en el momento presente y, por lo tanto, es innegablemente transitoria. Apoyarnos en lo que sea que se presente, mientras permanecemos firmemente enraizados en el cuerpo, nos lleva a una experiencia de gran discernimiento. Por este motivo, las tradiciones del yoga atesoran y respetan las prácticas que involucran el cuerpo. Una vez que entramos a la matriz del yoga de esta forma, a través del cuerpo, la mente se satisface porque degustamos la experiencia directa de la naturaleza de la realidad. Mientras seguimos practicando, tocando en cada instancia este punto vital de partida, aprendemos a confiar con mayor facilidad en el proceso de fundirnos en el momento presente. Cuando la mente se siente más a gusto y desarrolla mejor la capacidad de abandonar su necesidad de identificar todas las formas que percibimos como permanentes, entonces empezamos a intuir y a sentir realmente que donde sea que la mente se instale (en un concepto, un sentimiento o una emoción), ese punto particular refleja todo el fondo. De la misma manera que una joya dentro de la red de Indra refleja la totalidad de la red interconectada, así también cualquier punto en el que se detiene la mente se ve como un reflejo de todo el cuerpo, de toda la mente, de toda la creación. Esta observación nos invita, una vez más, a iniciar todo el proceso desde nuestras circunstancias actuales y precisas.
Muchas prácticas iniciales del yoga revelan este proceso profundo, y no es inusual que alguien que acaba de comenzar a practicar tenga una visión profunda acerca de la realidad durante una de sus primeras clases. Luego, por supuesto, este destello de discernimiento termina tan rápidamente como llegó y volvemos a la clase durante años, anhelando que esa misma sensación maravillosa vuelva a presentarse. Pero, como tantas veces ocurre en el yoga (y en la vida, por supuesto), experimentar el momento presente no es algo que haces. Es algo que simplemente sucede. “Haces” las prácticas para estar suficientemente despierto para poder recibir el discernimiento cuando aparece. Por ende, una y otra vez comenzamos las prácticas desde el lugar exacto en el que nos encontramos. Por ejemplo, samasthitiḥ es una postura del yoga en la que simplemente te paras con los pies juntos para conectar con el eje central del cuerpo. Puede que ni parezca una postura del yoga a los ojos de un observador ajeno, pero samasthitiḥ, en realidad, es una postura muy difícil de realizar correctamente. Sama significa “igual” y sthitiḥ significa “pararse”. En esta postura, eventualmente logramos pararnos con equilibrio verdadero, repartiendo el peso de forma equitativa entre ambos lados, desde las partes posteriores a las anteriores. El centro de gravedad desciende, como si siguiera la línea de la plomada2 justo entre los bordes frontales de los talones. Las raíces de los dedos de los pies se abren, los ojos encuentran una mirada estable y suave para que la atención se pueda mantener firme y equilibrada alrededor del eje central vertical. Es bastante parecido a pararse encima de un mástil, una práctica real (aunque no recomendada) del yoga. Para mantener samasthitiḥ, tienes que prestar excelente atención a lo que estás haciendo. El campo de tu concentración debe ser inteligente y flexible, porque cuando estás en la postura, naturalmente empezarás a tambalear sobre la línea de la plomada. Automáticamente emprenderás ciertos patrones de movimiento muscular para compensar estos pequeños desequilibrios y así volver al centro. La mayoría del tiempo, compensamos excesivamente; nos movemos en una dirección y luego corregimos hacia el otro lado, con un movimiento opuesto que requiere otra corrección opositora, y así sigue el proceso. Terminamos oscilando alrededor del eje central de la misma forma que una planta de legumbres se inclina hacia un lado y luego al otro, trepándose en espiral por un hilo, mientras crece. Las posturas del yoga proveen un campo para nuestra atención para que podamos reconocer y responder inteligentemente a los patrones que se presentan. En samasthitiḥ, podemos observar nuestra tendencia a corregir nuestro movimiento excesivamente o la incapacidad de nuestra mente de enfocarse en la postura, o la tendencia de nuestra respiración de acortar o desconectarse. Los detalles específicos de nuestra observación son menos importantes que el hecho de mantener nuestro foco. Nuestra tarea real es la de observar (corregir, observar de nuevo) y utilizar la técnica y su acción opositora para luego soltar todo con el fin de simplemente estar presentes para recibir lo que sea que se presente. Todo esto ocurre sin las distracciones de sacar conclusiones, proyectar, aceptar y rechazar. Al observar nuestro cuerpo como el campo de nuestra práctica, gradualmente empezamos a ver los procesos y patrones interrelacionados dentro de la mente, el cuerpo y la respiración. Este foco nos permite caer en un estado muy profundo de meditación. La práctica física –ya sea algo sencillo como samasthitiḥ, una postura más compleja como una extensión avanzada hacia atrás o un ejercicio detallado de respiración– es una oportunidad que provee una experiencia en la cual podemos reconocer el cuerpo como una verdadera joya dentro de la red vasta de la experiencia del mundo. Las prácticas físicas se vuelven nuestros propios medios para observar el proceso de cómo nuestra propia inteligencia interactúa con el mundo. Al distraerse, se va flotando en una dirección antes de volver, encorvándose en el otro sentido, dando vueltas, aproximándose cada vez más hacia el ideal de la unión entre los patrones opuestos que constituyen el campo de nuestra atención. Esta forma de la inteligencia permanece en el mero centro de todas las distintas tradiciones del yoga y está reflejada como un proceso fundamental del cuerpo y del proceso básico de la vida misma.
La mente también ofrece un espacio vasto de experiencia donde el foco de la atención se puede apoyar como parte del proceso de discernir acerca de la naturaleza del ser en su estado más puro. Pero, como tenemos que observar nuestros propios pensamientos con nuestra propia mente, puede ser muy desafiante observar este campo particular de experiencia. La función de la mente abarca la representación, la organización, la creación de símbolos, la ubicación del sentido en ciertas palabras y categorías. Una vez cumplidas estas tareas iniciales, la mente vuelve a disponer de todo y a organizarlo. De hecho, la mente adora ordenar todo aquello que considera notable, por dentro y por fuera de las categorías que crea, para que todo “cobre sentido”. Sin tener en cuenta el contenido de nuestros pensamientos, dudas, miedos, teorías, o las imágenes de la realidad que fluyen dentro de la corriente interminable de material disponible, la tarea de observar el campo de nuestra propia mente con objetividad puede ser muy ardua. Nos toca observar los patrones, el campo y las conjeturas mentales con el mismo instrumento que creó estos patrones. Esta mente suele no tener consciencia del trasfondo de supuestos que utiliza como materia prima. Es como si el ojo quisiera verse a sí mismo. El ego nace de este enigma y lo adora; florece de este proceso de la mente. Esto ocurre porque el ego es el producto de la confusión o el enredo de la consciencia pura (que uno podría considerar metafóricamente como el cielo despejado) con el contenido de la consciencia (una nube o cualquier cosa que aparece en el cielo). El ego se conoce como el cit-acit granthi. Granthi significa “nudo” y cit describe “consciencia o atención pura”. Acit significa “aquello que es inconsciente” o la materia prima que se presenta en el momento actual y que podemos percibir. Se crean nudos en nuestras mentes cuando confundimos la consciencia pura con los productos de la mente. La fuente de esta confusión es el ego. En la tradición del yoga, el ego se construye desde una visión ilusoria que nos considera separados del resto del tejido del universo. En un nivel más personal, el ego nace cuando nos consideramos algo que ha sido desgarrado de la estructura de nuestro cuerpo o de las percepciones de nuestra mente, o cuando nos percibimos como separados del resto de la creación.




