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El ego se manifiesta cuando la mente identifica que nuestra propia experiencia tiene un centro o un ser que es único y ajeno del objeto que estamos experimentando, pero el ego se considera como el sujeto principal. Este ser que construimos mentalmente se toma como el estándar de valor real y de la felicidad de nuestro ser. Descubrimos que el ego esquivo se alimenta desde una necesidad de la certeza. Es así que, incluso en una práctica bien intencionada del yoga, el ego se puede presentar fácilmente si transformamos cualquier aspecto de la práctica en una fórmula que conocemos. El ego quiere hacer esto desesperadamente porque su función primordial trata de reducir todo, incluso la tradición entera del yoga, a una fórmula que puede captar y comprender definitivamente para poder decir “¡Lo sé! Y por lo tanto no hace falta que me haga responsable. Ya está todo dicho y hecho. ¿Ahora qué sigue?”. El ego busca reducir la verdad. Incluso quiere reducir a Dios para convertirlo en un sencillo ídolo, para poder limitarlo, y decir “¡Ya está! ¡Entendí!”. De esta manera, el ego puede reinar con soberanía por encima de toda la creación. Esto es, por supuesto, una extensión perversa del proceso saludable y beneficioso de lo que el ego realmente es: un punto de referencia desde el cual se puede iniciar la observación para así mantener la salud del cuerpo y la mente en relación con su ambiente. Pero, en un pestañeo, el ego distorsionado se alista para ser el rey del cuerpo, la mente, todos los demás, y eventualmente, toda la creación; esta última ambición es el fin absoluto de todo ego descontrolado. La historia humana nos demuestra, una y otra vez, que esto puede ser problemático.
Entonces, en nuestra práctica del yoga tenemos que hacer una ofrenda continua de compasión hacia la inteligencia de nuestro propio ego. Debemos practicar de una forma que nos habilite el discernimiento acerca de la unión del cuerpo y la mente, de la inhalación y la exhalación, la torsión principal y la torsión opositora, para poder experimentar la fusión de nuestra forma con aquello que percibimos naturalmente como el fondo: vemos que nuestro ser está separado del resto. Nuestro ego existe porque lo podemos separar del fondo, y nuestra práctica se vuelve una ofrenda constante del nudo sagrado del ego para que pueda volver a su raíz dentro del cuerpo y la mente, para que el ego pueda relajarse, tranquilizarse y permitir que nuestra inteligencia innata se asome. Así, se empieza a desarmar el nudo que ata al ser a lo que no es el ser, el lazo que confunde la consciencia pura con el inconsciente. Pero es muy difícil mantener este aspecto complejo y huidizo de la práctica, porque la mente y el ego siempre están listos para meterse con entusiasmo y organizar, caracterizar y “saber” todo para seguir. Por ejemplo, el cuerpo resulta infinitamente más complejo y rico que los mapas y teorías que la mente y el ego dibujan para representarlo. Nuestras teorías y los patrones que reconocemos como el cuerpo nos ayudan hasta un cierto punto. Pero al fin y al cabo, las tenemos que soltar para que no se conviertan en nudos en los que nos enredaremos mientras interactuamos física y mentalmente con el mundo. Es importante comprender y clasificar, pero es de igual importancia soltar cada una de estas herramientas de organización en el momento justo. De la misma manera que sabemos que un mapa que observamos no es el territorio real que representa, así también sabemos que la obra de nuestro ego y la mente no es la suma de todo. Los mapas son extremadamente útiles y sin ellos podríamos perdernos, pero ningún mapa puede describir la totalidad del territorio. Imagina que fueras capaz de crear el mapa perfecto. Si tuvieras un mapa así, comprenderías todo: todas las rutas, las calles, las colinas, los valles. De hecho, el mapa perfecto no sería solamente de las calles sino también de la topografía, y sería tan detallado y misterioso como las configuraciones de los granos de arena del territorio mismo. Tendrías el mapa más perfecto del mundo, pero no podrías plegarlo para llevarlo en la guantera del auto. Sería bastante difícil de utilizar. Este es el problema inherente a los mapas. Son maravillosos y útiles pero ningún mapa es el territorio que representa. De la misma forma, el yoga no es una búsqueda de la omnipotencia, como el ego quiere hacernos creer. De lo contrario, nos libera de la misión interminable y para siempre incompleta que el ego emprende en busca de la omnipotencia. Paradójicamente, el sendero que nos lleva hacia esta libertad se radica en la capacidad de trazar un camino teórico hacia el conocimiento, el poder y la interconexión con nuestro entorno. Tenemos que estar dispuestos a borrar este bosquejo para luego crear otro mapa, cultivando niveles cada vez más sutiles de conocimiento.
La esencia de toda práctica (āsana, prāṇāyāma, meditación o el estudio filosófico) consiste en el acto de crear un marco que contiene la forma para luego rearmarlo. Es un proceso dialéctico que nos permite experimentar la naturaleza universal o el metapatrón de lo que sea que observamos desde la práctica. Al dar un paso hacia atrás, podemos ver que la práctica nos deja observar lo que se presenta y nos ofrece la capacidad de soltar el marco a través del cual estamos mirando. De esta manera, la práctica nos lleva a profundizar (si es que la seguimos) en una observación cada vez más detallada de la naturaleza del objeto. Esa esencia básica es una plenitud interconectada, una apertura que revela la naturaleza de la consciencia pura en sí. En última instancia, esto es lo que hacen todas las prácticas del yoga: nos abren el centro del cuerpo y el corazón, las raíces de nuestro ombligo, y el mecanismo interno de nuestra mente. Este proceso nos conduce hacia el misterio escondido en nuestras profundidades, al verdadero soma interior, aquello que ilumina la naturaleza verdadera del ser. Esta percepción es el producto de dibujar un círculo para luego borrarlo, de enmarcar un objeto para poder observarlo antes de dar un paso para atrás y volver a crear el marco. Todo esto es similar al proceso de reflexionar sobre un problema, pero esta metodología es más penetrante y concentrada. En algún momento, abandonamos el intento de crear cualquier tipo de marco, y el objeto mismo simplemente proyecta su propia luz, libre ya de cualquier cobertura conceptual u otras prácticas. Cuando practicamos yoga, rápidamente nos topamos con una paradoja: nuestro mantra, nuestro concepto de Dios, nuestro espacio sagrado, nuestro sistema completo, nuestra devoción unidireccional o nuestra concentración en cualquier punto, ninguno de estos sistemas se puede contener a sí mismo. El método, el objeto, el marco son todos útiles para la concentración; pero son contingentes, herramientas temporarias de conveniencia. Estas estructuras no se pueden enmarcar a ellas mismas y por ende se convierten en obstáculos, como pequeños egos o ídolos que debemos descubrir como tales. Imagina que tu casa estuviera plagada de bolsas de plástico (símbolos de un exceso de conceptos, categorías, y técnicas). Entonces, un día decides levantarlas y meterlas todas en una gran bolsa de plástico. Pero todavía te queda una bolsa de plástico. ¿Qué haces al respecto? La próxima vez que te encuentras metiendo bolsas de plástico dentro de una gran bolsa de plástico, te puedes preguntar: “¿Esta es la bolsa de plástico de todas las bolsas de plástico? ¿Cómo la meto dentro de sí misma? ¿Se puede autocontener?”.
Encontramos este tipo de paradoja de autorreferencia cuando nos aferramos a cualquier fórmula única desde la mente o si nos limitamos a una técnica única dentro de nuestra práctica (al permitir que el ego desarrolle un vínculo especial con la técnica que sea). La paradoja se presenta porque eventualmente descubrimos la naturaleza incompleta de nuestra idea o abordaje. Mientras tanto, otro punto de vista se asoma desde el trasfondo. Cuando se presenta una paradoja se crean las condiciones ideales para el discernimiento, y toparse con una es considerado un augurio muy auspicioso, aunque no siempre tan cómodo. Mediante una práctica constante del yoga, puedes descubrir eventualmente que un misterio yace debajo de la práctica y que se anuncia en tu consciencia a través de un dilema. Sin embargo, ocurre con demasiada frecuencia que es en este momento (cuando nos chocamos con una paradoja) que nos retiramos de la práctica. Desviamos nuestra atención de los sentimientos, los pensamientos o las sensaciones que surgen a raíz de un dilema, o buscamos otra práctica en la que no tendremos que enfrentar la maravilla de la paradoja. Surgen patrones para distanciarnos o apegarnos a ciertos aspectos de la práctica del yoga, y habitualmente reflejan hábitos similares que aparecen en otras facetas de nuestras vidas: la forma en la que evitamos o nos apegamos a los demás, la comida, nuestro trabajo, el dinero, la sociedad, la política, ciertas filosofías y hasta nuestro gusto estético. Uno de los valores de una práctica del yoga es que nos enseña la capacidad de observar los patrones fundacionales de pensamiento, sentimiento y sensación que surgen en el cuerpo mediante la práctica. Gradualmente, esta habilidad perceptiva opera en otras áreas de nuestra vida y nos volvemos expertos en simplemente observar las cosas mientras cambian. Con el tiempo, podemos observar, sin reaccionar, nuestros patrones profundos de negación y de apego que generan confusión y sufrimiento en todo lo que hacemos: sin aferrarnos a estos hábitos y sin rechazarlos. Lentamente, la práctica del yoga expone estos patrones de raíz que yacen debajo del tejido complejo de nuestra existencia. Por ende, la práctica impacta en todo lo que hacemos y en cómo nos relacionamos con nuestro entorno.
Cuando reflexionamos sobre el mundo o los demás, lo hacemos desde sensaciones que surgen en el cuerpo. Esto no es una obviedad inmediata, pero si te sumerges en tus pensamientos de forma meditativa, resulta claro. Imagina el centro del cuerpo como un conjunto de diapositivas para una presentación y que las diapositivas no son solamente como imágenes de nuestra forma de ver las cosas, sino que manifiestan de qué manera hablamos, nos movemos y nos comportamos. A través del poder de nuestra atención o consciencia, proyectamos sobre el mundo las diapositivas de los múltiples patrones profundos de nuestra percepción. La capacidad para descubrir este principio proyectivo, el cual está impregnado por nuestra tendencia a sentir apego o repulsión por distintas sensaciones físicas, es una valiosa herramienta para comprender que el mundo es un tesoro que recibimos. Sin embargo, percibimos este tesoro a través del método personal de organización de nuestras “diapositivas”. Por ejemplo, si has observado a músicos en acción, habrás notado que la mayoría tiene patrones particulares de sostener el cuerpo al entrar profundamente en la música. Estos hábitos corporales los ayudan a concentrarse profundamente en el sonido. Algunos sacan la lengua hacia el costado, otros se muerden el labio, hacen muecas extrañas o empiezan a golpear un pie contra el suelo con intensidad. Estas expresiones físicas externas fijan un patrón corporal de sensación para así sostener el foco de la mente del músico. Todos hacemos esto en la vida cotidiana, aunque de una forma menos notable: al deambular por la calle cuando estamos nerviosos, hablar en voz alta cuando nos sentimos audaces, cerrar el pecho cuando el trabajo nos sobrepasa o apretar la mandíbula cuando discutimos con otro.
Cuando practicamos el yoga, cultivamos la capacidad de enfocar la mente para que, mientras nos disponemos en varias posturas físicas, empecemos a notar los patrones habituales de cómo sostenemos el cuerpo desde adentro, de la misma forma que podríamos observar los patrones que manifiestan los músicos cuando tocan sus instrumentos. Digamos, por ejemplo, que estás realizando una torsión en tu práctica del yoga. Al adentrarte en la postura, tu atención se profundiza y observas los procesos que ocurren en tu cuerpo y mente. También puedes empezar a explorar los diferentes movimientos que haces habitualmente y las teorías que sostienes con respecto a la composición de una postura en particular. Revuelves estos pensamientos, sentimientos y sensaciones hacia un lado y de nuevo hacia el otro, de la misma manera que podrías batir mantequilla de la forma tradicional, introduciendo estos conceptos mentalmente en la postura para luego sacarlos y volver a mezclar todo. Mediante el proceso de permanecer en la postura, experimentas sensaciones desconocidas, patrones que revelan un condicionamiento que habita el cuerpo desde lo profundo. Puedes experimentar sensaciones de apego o de repulsión en relación a lo que sea que surja. Estos patrones y sensaciones habituales se llaman saṁskāras. “Sam” significa recolectar y “kara” refiere a actividades y hechos (en este caso, las cosas que se realizan o ciertos patrones). Los saṁskāras son los patrones de base que se recolectan para formar patrones universales que luego se almacenan en las profundidades del cuerpo. La estructura de nuestro ego está ligada íntimamente a estas configuraciones inconscientes y cualquier práctica digna del yoga nos lleva directo al corazón de nuestros saṁskāras; nos hunde en los bolsillos más hondos de nuestros hábitos. Cuando nos enfrentamos a nuestros saṁskāras, la mayoría de nosotros siente el impulso de mirar hacia el otro lado: “¡Cualquier cosa menos esto!”. Queremos correr lo más rápido posible en la dirección opuesta para no lidiar con nuestros patrones habituales de percepción y reacción, ya que estas respuestas crónicas son tanto familiares como cómodas.
De alguna forma, nuestros saṁskāras son muy funcionales porque nos permiten procesar y reaccionar a nuestras percepciones sin la exigencia de implementar la energía y la atención real que requieren la observación y la evaluación de un fenómeno nuevo que se presenta. Somos animales de costumbres y cada uno de nosotros tiene su forma de observar el mundo y a nosotros mismos: formas que seguramente se asentaron hace tiempo. Estos patrones de percepción son el resultado de aferrarnos a ciertas cosas que creemos que necesitamos o que deseamos. De la misma manera, se basan en el acto de rechazar aquellas cosas que consideramos inútiles o dañinas. Muchas veces, se radica una suerte de ansiedad en las profundidades del cuerpo que luego se asoma a la superficie de nuestra experiencia consciente; eso se debe a nuestros preconceptos acerca de lo que está bien o mal, correcto o incorrecto, necesario o innecesario. Esta ansiedad emerge porque se presenta una visión genuina de lo que realmente está pasando en el momento presente, pero está teñida por nuestras formas rutinarias de percepción (nuestros saṁskāras). Por lo tanto, una gran parte de nuestra vida se dedica a evitar esta corriente subterránea de ansiedad que aparece cuando superponemos una máscara de felicidad o tragedia por encima de lo que experimentamos en un nivel más profundo, el momento presente. Con práctica, aprendemos a observar estos instantes fugaces de ansiedad antes de que los hábitos engañosos de la mente los tapen. El contenido de nuestra observación puede ser maravilloso, luminoso o feliz, o podría ser absolutamente miserable, pero sin embargo logramos permanecer allí presentes para mirarlo con una mente y un corazón abiertos. Esta es la base absoluta de la práctica. Es el arte de entrenarnos para observar la presentación de la mente, del vṛtti, de lo que sea que aparezca y pasee por nuestra atención consciente.
Al pulir esta habilidad de percepción en nuestras prácticas de āsana, prāṇāyāma y meditación, eventualmente descubriremos que estas prácticas son infinitamente más ricas de lo que quizás hemos sospechado. Comprendemos que el poder de la observación clara es mucho más importante que realizar una profunda extensión hacia atrás, de aguantar la respiración durante cinco minutos o cantar de memoria un texto antiguo en su versión completa. Notaremos que con práctica adquirimos cada vez más destreza en observar el contenido de la mente antes de proyectar su patrón externamente hacia nuestros cuerpos y el mundo. Más importante aun es el acto de observar los vṛttis mientras se manifiestan. De esta manera, somos testigos de lo que está surgiendo realmente, a pesar de los saṁskāras que nublan nuestra percepción. Inmersos en este tipo de observación “en el momento” (una técnica esencial en cualquier práctica del yoga), lentamente comenzamos a atravesar las formas más profundamente arraigadas e íntimas de condicionamiento que nos mantienen atascados en las circunstancias dañinas, inefectivas e infelices de nuestra vida. Ocurre este hallazgo cuando comprendemos que nuestras formas condicionadas de percibir el mundo no son solamente hábitos de la memoria (como si nos acecharan los sueños) sino que también son patrones físicos dentro del cuerpo que han echado raíces en nuestra piel y en las capas más profundas de los patrones musculares en nuestro cuerpo. Cuando experimentamos de forma directa la conexión íntima entre nuestra mente y nuestro cuerpo físico, nos podemos relajar y reentrenar el cuerpo. Este abordaje nos ayuda a recibir lo que sea que se presente, en lugar de reaccionar de una forma rutinaria y correr el riesgo de perder la esencia del momento presente. El acto de observar el vṛtti mientras aparece (la presentación inmediata que ocurre en la mente) y, a la vez, la capacidad de resistir la tentación de aceptarlo o rechazarlo crea un efecto profundo sobre los patrones impregnados en el cuerpo. Al iluminar cualquier aspecto de lo que percibimos con la luz ininterrumpida de nuestra atención, nuestros saṁskāras gradualmente se van desarmando y ya no identificamos inconscientemente cualquier sentimiento que almacenamos en las profundidades de nuestro cuerpo: una acción que habitualmente ha servido como un catalizador para ese sentimiento, en conjunto con la presentación de la mente. Este proceso desenreda nuestra experiencia de una forma que resulta emocionante y dichosa. Nos ayuda a soltar todas las tensiones antiguas, las ansiedades y las experiencias incompletas que se han acumulado a lo largo de nuestra vida.
El proceso funciona porque, al observar algo, le brindamos espacio. Esto significa que temporalmente suspendemos nuestro deseo incesante de conocerlo, empaquetarlo o compararlo con otras cosas. Momentáneamente, desprendemos lo que sea que estamos percibiendo de la etiqueta que le solemos poner automática o habitualmente con el afán de seguir de largo y evitar experimentar su presencia plena. Cuando creamos espacio alrededor de algo (una idea, un ser, un hecho), practicamos la fisiología de la bondad y ofrecemos la estructura de la compasión. Este es un gesto de respeto hacia el objeto que sea y que honra el entorno desde el cual el objeto surge. Cuando prestamos atención de esta manera a lo que se presenta, generamos algo que se llama tapas o “calor”. Este calor no es necesariamente físico; es un ardor metafórico, un despertar hacia aquello que realmente está sucediendo dentro de la mente o de las percepciones. Cuando la gente experimenta tapas por primera vez, muchas veces aparece una sensación de incomodidad, un deseo de esquivar la profunda autenticidad de la situación. Es como si los bordes de la vida fueran consumidos por un incendio. Pero si logramos perseverar en nuestra práctica de observación, si no salimos corriendo cuando llegamos al punto en el que tapas aparece inicialmente, entonces podemos discernir con mucha claridad que todas las cosas sí cambian. Más allá de comprender esto conceptualmente, podemos experimentar el impacto que ejerce este principio de transformación dentro del cuerpo. Lo sentimos en nuestras sensaciones físicas más profundas, en el mero centro del cuerpo. Cuando percibimos el cambio de esta forma y luego actuamos conscientemente en relación a las circunstancias que se presentan, podemos soltar nuestros saṁskāras sin rechazarlos, más bien apreciando su esencia. Así, aprendemos a interactuar de una forma más integrada y completa con aquello que surge. No importa si se trata de un patrón antiguo de pensamiento o sensación o si aparece una percepción totalmente nueva. Por otro lado, cuando nuestras acciones son inconscientes, motivadas por nuestros saṁskāras, buscamos atrapar ciegamente las cosas a nuestro alrededor y actuamos de manera impulsiva o inapropiada, agravando o ampliando nuestros problemas.
Cuando practicamos el yoga de la observación y prestamos mucha atención a algún objeto (el que sea), se produce un residuo de lucidez y alivio que se nota en la respiración y que se siente en el cuerpo. Es similar a las sensaciones que experimentas cuando has luchado para comprender algo y luego de repente lo “captas”; o reconoces el sentimiento que te atraviesa cuando te has engañando con respecto a algún tema y finalmente confiesas la verdad. La sensación que aparece es de un gran alivio, apertura, frescura y dicha. Podemos experimentar este proceso cuando prestamos atención plenamente a las cosas mientras surgen. Por ende, las percibimos directamente, en lugar de distorsionar nuestra facultad de la observación o al imaginar que las cosas son como deseamos que sean. La observación simple y clara nos permite atravesar las capas de nuestra programación, nuestro preconcepto y la percepción rutinaria. Cuando se suspenden nuestros saṁskāras, en lugar de sentir ansiedad debido a la tensión entre nuestras proyecciones y la verdad, podemos experimentar una sensación de alivio profundo dentro del cuerpo: el sentimiento glorioso del residuo de la verdad. Es, en realidad, bastante sencillo de comprender. Mientras progresamos en nuestra práctica del yoga, podemos observar que a veces somos capaces de observar con detenimiento, sin sentir el poder de nuestros patrones habituales. De la misma manera, nos damos cuenta de los momentos en los que nos toman por completo nuestros viejos hábitos mentales y corporales. Gradualmente, entrenamos tanto al cuerpo como a la mente para mantenerse despiertos y, poco a poco, desarmamos el circuito cerrado de los hábitos que nos opacan y nos atascan en la rutina de nuestro propio sufrimiento. Cultivamos la capacidad de observar claramente en lugar de implementar una mano dura para aplastar los impulsos que manejan nuestros saṁskāras. Es totalmente normal generar respuestas automáticas a los estímulos mientras aparecen. Por lo tanto, nuestro trabajo y nuestra práctica se dedican a cultivar la capacidad de no reaccionar, proyectar o superponer nuestras ideas preconcebidas. Nuestro propio cuerpo, el cual está inmediatamente accesible en todo momento, se convierte en un laboratorio de nuestra atención: un campo para explorar la verdad de nuestra propia existencia para que, simbólicamente hablando, el cuerpo se convierta en un templo de la más amplia consciencia.
3 EL PROCESO DEL HAṬHA YOGA:
LA UNIÓN DEL SOL Y DE LA LUNA
suṣmnāyai kuṇḍalinyai sudhāyai
candrajanmane
manonmanyai namastubhyaṁ mahāśaktyai
cidātmane
Saludos a la Suṣumnā, a la Kuṇḍalini, y al néctar que nace de la luna.
Saludos a ti, la mente Unmani,
a la gran śakti, al Ser inmaculado de la consciencia sin contenido.
—Haṭha Yoga Pradīpikā, IV. 64
El epígrafe al comienzo de este capítulo es una serie de saludos que nombra primero a la suṣumnā nāḍī, aquel canal ubicado a lo largo del eje central del cuerpo y que es considerado como el gurú. El verso luego ofrece saludos a la kuṇḍalinī, la energía de la consciencia pura que duerme con forma enroscada y que atraviesa este canal central cuando se despierta. A continuación, se ofrecen saludos a la sudhā, o el néctar, que fluye de la luna ubicada en el fondo del sahasrāra o el chakra del loto de mil pétalos que se encuentra en la coronilla de la cabeza. Este canto ofrece saludos al ser que esfuma la mente, facilitando la liberación de las construcciones mentales. Por último, se ofrecen saludos a la mahāśakti, el gran poder del universo y quien representa la inteligencia pura del ser o la esencia del ser. Contemplar el despertar de la suṣumnā nāḍī en estos términos define todo el propósito de la práctica del haṭha yoga.
Cuando practicamos yoga, el cuerpo se despierta. Enfocamos la mente en los diferentes campos de sensibilidad, y este proceso despierta el centro del cuerpo, el cual nos permite experimentar sensaciones intensas. Esta es la conexión cuerpo-mente. Cuando reflexionamos sobre algo en un nivel profundo, creamos un patrón físico, o una combinación de sensaciones dentro del cuerpo, que nos ayuda a sostener ese pensamiento. Mediante este proceso, asociamos ciertas cosas del mundo externo con sensaciones específicas y sentimientos de base que residen en las profundidades del cuerpo. Esta dinámica resulta un poco arbitraria: conectamos los componentes externos e internos en nuestra mente subconsciente y fijamos la asociación. Esta respuesta tiene una cualidad pavloviana; después de vivir durante mucho tiempo fuera de la casa donde nos criamos, entramos en la cocina de nuestra madre y empezamos a babear. Puede suceder que el cuerpo pierda su brillo y sensibilidad debido a los conceptos, abstracciones, deseos, miedos y experiencias antiguos que se han asentado allí para crear patrones de sensación. Empezamos a creer que estos patrones son auténticos, en lugar de reconocerlos como asociaciones con experiencias o pensamientos previos. Cuando esto ocurre, estos patrones preestablecidos siguen generando pensamientos estancados y reacciones automáticas. Nuestro pensar se limita y se contrae nuestra percepción de sentimientos y sensaciones inmediatos a un nivel tal que nuestros cuerpos se convierten en formas disecadas que dejan de manifestar su verdadero potencial ilimitado.




