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Enraizado en las prácticas físicas, el sistema del haṭha yoga recorre el cuerpo con un peine fino, tirando de ciertos hilos para despertar diferentes sensaciones y sentimientos internos, estimulando campos y espectros enteros de sensación y sensibilidad que han permanecido dormidos durante años en la base del cuerpo. Gradualmente, podemos separar nuestros patrones de sentimientos y sensaciones estancados que están asociados con el pasado (saṁskāras) de los sentimientos y sensaciones que surgen como respuesta a lo que estamos experimentando en este momento, aquí y ahora. Aprendemos a implementar este discernimiento en todo el cuerpo: desde las puntas de los dedos de nuestros pies a los dedos de nuestras manos, por el largo de la columna vertebral y hasta la coronilla de la cabeza. Cuando practicamos yoga, descubrimos que se despiertan todos estos campos de sensibilidad, los cuales penetran el cuerpo entero como los filamentos diminutos dentro de una flor. Cada pensamiento, cada movimiento de la mente viaja a través de estas fibras sensibles que recorren el centro del cuerpo.
La forma en la que sostenemos y movemos nuestros cuerpos refleja una historia de patrones de percepción, de nuestros pensamientos acerca del mundo, de mapas mentales que trazan territorios dentro y fuera del cuerpo, así como patrones de movimiento y las devoluciones que recibimos al respecto. La materia prima de nuestro cuerpo lleva nuestra historia mental y emocional impregnada en sus células y, mientras sigue vivo, el cuerpo nos ofrece lecciones y hasta oportunidades para sustraer la libertad y la comprensión desde la confusión mental. La práctica del āsana, cuando se realiza conscientemente, es un miniteatro de la mente y el corazón, que enseña verdades viscerales e intelectuales a quien puede prestarles atención. Por ejemplo, un principiante comienza a practicar la postura del triángulo al seguir instrucciones sencillas: “Separa las piernas por la distancia de una pierna. Gira el pie derecho hacia el costado y alinéalo con el borde anterior del talón del pie de atrás. Inhalando, levanta los brazos y luego, exhalando, estírate a través del brazo derecho y rota la pelvis para que puedas apoyar la mano derecha en el suelo, cerca del tobillo derecho; o toma el dedo gordo del pie derecho con los dedos del medio e índice.”. Estas instrucciones verbales, aunque precisas, funcionarían mejor con una demostración física o, por lo menos, un dibujo o ilustración de la postura. La dificultad es obvia. Aun con instrucción personalizada, es difícil transmitir esta técnica. Resulta más difícil todavía comunicar los desafíos del trabajo conjunto entre la inteligencia y la técnica para convertir el āsana en un manantial trasparente de meditación y discernimiento.
Cada giro, cada espiral, cada extensión eventualmente tiene que encontrar su giro opositor, espiral opositora, extensión opositora o flexión; estos movimientos a veces son intensos, otras veces resultan sutiles. En el momento justo, cada instrucción o técnica requiere una instrucción o técnica opositora para crear apertura y equilibrio. En la medida en que el samādhi puede surgir espontáneamente, la observación consciente se puede cultivar gradualmente en āsana. Practicamos para que se puedan observar, desde un plano mental, nuestras teorías sobre las técnicas y los apegos sectarios y políticos que establecen (hasta nuestra necesidad de comprobar una teoría teísta o metafísica) desde una perspectiva imparcial. Así podremos reconocer todos estos fenómenos como partes inherentes a sus contextos. El peine fino de la práctica de āsana hará visible los nudos y enredos de los errores de percepción del pasado y el presente, así como su capacidad de mantenerse enraizados en los patrones que se sostienen en las profundidades del cuerpo. Aquello que describimos como la alineación consiste en la acción de balancear e interconectar los opuestos en distintos niveles; esto empieza desde los patrones de movimiento muscular en una oleada plena de respiración y continúa por las capas aun más sutiles del cuerpo y la mente. La alineación es una llama constante de la inteligencia.
Desde una práctica de āsana bien alineada, empezamos a reconocer que nuestros sentimientos y sensaciones están conectados integralmente con la respiración. Se dice que la mente y el aliento interno se mueven juntos como dos peces que nadan en tándem. Cuando la mente se mueve de una forma particular, el pez del aliento interno se mueve en conjunto con ella, atravesando el núcleo del cuerpo y topándose con sensaciones y sentimientos profundos en el camino. De la misma manera, si el pez interno de la respiración se mueve de una cierta manera, este estimula o despierta patrones asociados con el pensamiento o la imaginación que se encuentran en la mente. La conexión entre estos dos peces forma un axioma básico que utilizamos para la práctica del yoga: la unión de los opuestos. Un pez se llama prāṇa, el aliento interno. Prāṇa es la manera en la que moldeamos sensaciones y sentimientos para que tomen formas reconocibles. El otro pez se llama citta, o la mente. Se dice que cuando o prāṇa o citta vibran, el otro realiza el mismo movimiento. Si logramos tomar consciencia de las vibraciones de cualquiera de los dos, prāṇa o citta (o mejor aun, si podemos controlar uno de los dos), entonces podemos ejercer dominio sobre el otro. Esta relación entre la mente y la respiración es el truco más elemental, el “secreto” de la práctica profunda corporal que se llama haṭha yoga; al modelar y estirar, y por consecuencia liberar la respiración, podemos liberar la mente. A través de las prácticas del haṭha yoga, podemos empezar a identificar los procesos fisiológicos que se establecen en las raíces de nuestra mente. Por supuesto, esta mente genera sufrimiento, pero ella misma nos ofrece salvación. A través de la mente, si desenredamos los patrones físicos que habitan el cuerpo de sus travesuras psíquicas, podemos permitir que el cuerpo y la mente funcionen en conjunto de forma más inteligente. En lugar de perpetuar nuestro propio sufrimiento, con el tiempo podemos forjar nuevos caminos que nos liberarán del sufrimiento.
LA POSTURA DEL TRIÁNGULO (2)
En la postura del triángulo, trikoṇāsana, existen muchos movimientos y fuerzas estructurales opositores que se unen para despertar la inteligencia tonificada en el suelo pélvico, cuyo centro se representa como un triángulo en la tradición tántrica. Los patrones espiralados que rotan internamente luego irradian hacia afuera y se involucran con el prāṇa, que controla la inhalación. Los patrones espiralados que rotan externamente luego se contraen de nuevo hacia el centro y están asociados con el apāna, que rige la exhalación. El prāṇa y el apāna se equilibran, interactúan y se exprimen juntos para crear el movimiento interno y meditativo de la postura. Los ojos se estabilizan para sostener una mirada suave (dṛṣṭi) y los oídos se abren para otorgar espacio a todos los otros elementos del cuerpo. Cuando la alineación de una postura adquiere la sintonía correcta, es fácil seguir el eje central del cuerpo en su trayecto hasta atravesar la coronilla. De esta manera, la postura y su residuo conducen al practicante a un estado de meditación profunda.

El aliento interno, el prāṇa, se considera como el sustrato de toda sensación y sentimiento; es el medio a través del cual se presenta toda la experiencia del cuerpo. Existen muchas subdivisiones del prāṇa que describen el rango amplio de los movimientos y patrones que realiza dentro del cuerpo, pero hay dos variantes cuya importancia es sobresaliente en nuestra práctica del yoga: el prāṇa y el apāna. El prāṇa es el patrón físico de aquello que se eleva, florece y se extiende. El opuesto directo del prāṇa es el patrón de apāna, un movimiento que desciende, contrae y enraíza. (Vale notar que la palabra prāṇa se utiliza para describir tanto el patrón de la inhalación como la idea general del aliento interno. Esto a veces genera confusión.) Si imaginas un árbol, puedes visualizar un sistema similar: la unión de un patrón expansivo (asociado con el prāṇa) con un patrón que arraiga (asociado con el apāna). Las raíces que profundizan en la tierra encuentran los nutrientes necesarios para el crecimiento y la supervivencia del árbol. Gracias a esta capacidad de echar raíces y alimentarse de la tierra, la copa del árbol puede expandirse, ya que las hojas y flores del árbol están expuestas al aire, la luz del sol y el cielo abierto. Sin la estabilidad y el alimento que las raíces proveen, es imposible que la parte superior del árbol se expanda, y sin la expresión de vida en la copa del árbol, el enraizamiento no tiene sentido. Sin la inspiración para crecer, no se estimula el deseo de atravesar la tierra y enraizar. Los dos patrones se necesitan íntimamente. Se dice que el apāna reside en el corazón del prāṇa y que en el corazón del apāna reside el prāṇa. Son como dos amantes, el yin y el yang en el sistema chino del Tao; cada uno habita el corazón del otro, pero en realidad, son inseparables. De una forma similar, podemos separar las ideas del prāṇa y el apāna en la mente para poder conceptualizarlos, discutir acerca de sus esencias o experimentarlos, pero así como se dividen las raíces de la copa del árbol únicamente para que nuestras mentes puedan comprender sus diferentes funciones, el prāṇa y el apāna nunca se separan verdaderamente.
Se considera que el apāna reside en el chakra mūlādhāra (que se encuentra en el perineo) y se dice que se enrolla con forma de espiral para ser almacenado como un grano o una semilla en el punto central del suelo pélvico. Se estima que el prāṇa mora en el centro del corazón, el chakra anāhata. Al seguir la corriente de tu respiración, es posible identificar la naturaleza de estos dos aspectos de la respiración y también sentir sus puntos de apoyo dentro del cuerpo. Cuando inhalamos, experimentamos físicamente el patrón expansivo, ascendente y extenso del prāṇa. Si simplemente te observas internamente y sigues el flujo del prāṇa mientras tomas una inhalación plena, larga y consciente, notarás que el patrón se inicia alrededor del ombligo. Mediante el proceso de la inhalación, surge una sensación de ascenso y ensanchamiento que se vuelve plena y amplia mientras la respiración se expande por los bordes del diafragma. Este patrón espacioso aumenta, se extiende y florece mientras sube hacia el corazón; en esta instancia, muchas veces estimula al corazón, y como consecuencia, la mente se vuelve errante. Hay un momento al tope de la inhalación cuando el árbol de la respiración alcanza el auge de su florecimiento, y de repente todo cambia y el patrón del apāna asume el control. Gradualmente, la respiración se relaja y las sensaciones expansivas asociadas con el prāṇa son reemplazadas por un impulso de retracción hacia el centro del cuerpo. En esta etapa, se produce un descenso, una estabilidad y un enraizamiento que ocurren mientras la exhalación se concentra en dirección al suelo pélvico para radicarse allí, sujetando el cuerpo y la mente a la tierra. Pensar en las estaciones del año es una forma útil de comprender el vínculo entre el prāṇa y el apāna. El comienzo de la inhalación es como el inicio de la primavera, rebosante de vida nueva: las plantas muestran sus brotes y los arboles florecidos están cubiertos de hojas delicadas. Mientras los capullos o los árboles se aproximan a su máxima expresión del florecer, abejas entusiasmadas los rodean y predomina una gran sensación de optimismo, de la fuerza de la vida. Pronto, la estación empieza a cambiar. Llega el verano y luego se va. Mientras madura la fruta y se acerca el otoño, la savia del árbol vuelve hacia el tronco y las plantas se estabilizan en la tierra, señalando la transición hacia el momento en el que la presencia de raíces profundas toma una importancia primordial. Las hojas y las flores empiezan a caer hasta que desaparecen en pleno invierno; todo pulso vital se esconde bajo tierra. Después de un cierto tiempo, la primavera se hace notar cuando los primeros bulbos atraviesan la tierra congelada, los árboles comienzan a despertarse y los primeros indicios de brotes aparecen en las puntas de las ramas. Este patrón cíclico de expansión hasta el máximo florecimiento, seguido por un enraizamiento en la tierra (de lo que podríamos entender como nuestra atención), es una forma de comprender el vínculo entre el prāṇa y el apāna en nuestros cuerpos.
El proceso primordial del haṭha yoga nos invita a explorar profundamente esta relación entre la inhalación y la exhalación, a descubrir la raíz del apāna que reside en el prāṇa y la expansión del prāṇa que habita el apāna. Hacemos esto inicialmente al observar y cultivar los patrones opuestos fisiológicos que constituyen el cuerpo. Cuando inhalamos y se manifiesta naturalmente el patrón expansivo del florecimiento, permitimos que nuestra atención se establezca en la raíz del cuerpo; la respiración se arraiga en el perineo y tomamos contacto con las piernas y los pies, los cuales son extensiones del suelo pélvico (que a su vez nos mantienen conectados con la tierra). En lugar de dejarnos llevar por una de las ramas metafóricas del “árbol” que se presenta en la inhalación, nos enfocamos en las raíces del patrón respiratorio. Luego, mientras exhalamos, cuando el patrón estable del prāṇa se vuelve dominante y nos podríamos distraer con la exhalación, dejamos que la mente permanezca en el centro del corazón para mantener la consciencia del patrón florecido del prāṇa que aún reside en el cuerpo y así disfrutar el proceso. Esto ocurre hasta que llegamos al final de la exhalación y se inicia el patrón de la inhalación nuevamente. Cuando no experimentamos conscientemente la naturaleza unida de la inhalación y la exhalación, perdemos contacto con las cualidades esenciales de cada patrón. Mientras exhalamos, ignoramos las características del patrón de la inhalación, y de la misma manera, perdemos noción de las cualidades del patrón de la exhalación cuando inhalamos. Como resultado, en algún momento durante la exhalación cerramos el corazón. O, durante la inhalación, nos invade tanto la sensación de expansión que se corta nuestra conexión con la tierra. Esto ocurre como resultado de un apego por o de la repulsión hacia algo que asociamos con uno de los patrones inherentes a la respiración: un saṁskāra que se remueve gracias al florecimiento o el enraizamiento del patrón respiratorio. Por esta razón, es perfectamente normal que al exhalar surja una sensación de ansiedad, un sentimiento abrumador que se asemeja al miedo a la muerte, porque el patrón apánico estimula las sensaciones físicas asociadas con el cambio y la disolución. Es muy común que el corazón se cierre en algún momento durante la exhalación y que desaparezcan todos los patrones fisiológicos del prāṇa en el cuerpo. De lo contrario, cuando el patrón ascendente y amplio se despliega por todo el cuerpo, nos puede dominar un aspecto en particular de la expansión y así perdemos el contacto con nuestras raíces y el patrón del prāṇa. Nuestra imaginación es tan estimulante que nos perdemos en el punto máximo de la inhalación. En la práctica del yoga, cuando estamos inhalando, mantenemos el foco en permanecer enraizados para no proyectar la cualidad de alguna esencia u “objeto” hacia los bordes externos del árbol de las sensaciones del prāṇa. En la exhalación, comprendemos que su esencia reside en el corazón; entonces, dejamos caer las hojas y flores del árbol de nuestra respiración sin experimentar ansiedad o miedo como respuesta al patrón apánico de la disolución. Por supuesto, es muy fácil decir esto e infinitamente difícil de realizar, pero ejemplifica la esencia de lo que estamos cultivando en el estudio del haṭha yoga, aun mientras practicamos un āsana.
Unir los polos de la respiración también constituye el proceso fundamental de una práctica de prāṇāyāma, el cual (en conjunto con āsana) representa una forma fundacional de práctica dentro del haṭha yoga. El prāṇāyāma se puede definir como varias técnicas de respiración que unen el prāṇa y el apāna conscientemente, con el fin de liberar el aliento interno y así lograr que se despliegue en su forma verdadera y libre. Enfocar la atención en la respiración a través de la práctica de prāṇāyāma es esencial en la tradición del haṭha yoga. Esto requiere un trabajo consciente para sostener la percepción activa en las transiciones entre la inhalación y la exhalación, mientras se aprende a alargar la respiración. Se dice que la experiencia de la muerte es la separación del prāṇa y el apāna. El yoga es el opuesto de la muerte: la unión consciente del prāṇa y el apāna. Con bastante práctica, en particular al realizar los āsanas, aprendemos a ver la inhalación como una parte integral de la exhalación y la exhalación como un componente inherente a la inhalación. De esa manera, con el tiempo la experiencia física de la interacción y el entrelazamiento de estos dos patrones respiratorios afectan toda la estructura del cuerpo y de la mente.
De forma gradual, somos capaces de tomar la esencia del patrón apánico (que arraiga) y atraerlo hacia arriba por el eje central del cuerpo y hacia las raíces del ombligo. Simultáneamente, logramos estar en contacto con el patrón pránico, el florecimiento que se concentra en el centro del corazón; con el foco correcto, podemos presionar ese patrón hacia abajo en dirección a las raíces del ombligo. Aprendemos a unir el prāṇa y el apāna conscientemente en el lugar en el que se conectan, y este proceso enciende la percepción en el área del ombligo, la cual genera una experiencia de intenso calor interior y éxtasis. Algunos consideran que esta es la iniciación en el mundo interno de la práctica del yoga. Por ese motivo, Gaṇeśa, el santo patrón del haṭha yoga, tiene una gran barriga. Gaṇeśa es el dios con cabeza de elefante que simboliza la kuṇḍalinī despierta. De hecho, como podemos observar en ilustraciones de Gaṇeśa, su cuerpo entero representa los procesos del haṭha yoga. Una cobra envuelve su barriga enorme y, justo alrededor del ombligo, se abren las cabezas múltiples de una cobra en ascenso, creando una imagen simbólica de la unión del prāṇa y el apāna. La parte inferior de la barriga de Gaṇeśa está ahuecada profundamente, bien por debajo de la cobra, con el fin de subir el apāna hacia las raíces del ombligo. Su barriga se ha expandido hasta parecer una flor (el patrón pránico) que ha iniciado su crecimiento desde la base de su ombligo. Las caderas de Gaṇeśa están muy flexibles y toda su presencia es extraordinariamente arraigada y sólida, indicando que el patrón de enraizamiento del apāna está bien establecido. Su cabeza de elefante cuenta con una nariz excepcionalmente larga, para la práctica de prāṇāyāma, y sus orejas largas facilitan su capacidad para escuchar el sonido puro que nace en la meditación más penetrante, el más profundo samādhi. Se sabe que Gaṇeśa también posee un excelente sentido del humor y es considerado como la inteligencia por antonomasia. Su extrema forma corporal representa una lección de no tomar demasiado literalmente las metáforas que se invocan para describir el proceso del yoga. Porque, vamos, ¿quién de veras tiene una cabeza de elefante? Entonces Gaṇeśa se ríe con nosotros de la tontería de nuestras propias mentes y cómo nos aferramos a imágenes y mitos, utilizando nuestros ídolos como vías de comprensión. Se ríe de nuestro afán de tomar estos símbolos literalmente, ya que su valor metafórico es tanto más profundo y rico de lo que sus representaciones literales jamás podrían aportar.
Cuando desplegamos el cuerpo y la mente desde el haṭha yoga, nos conectamos con nuestro “cuerpo yóguico”, el cual puede tomar muchas formas y es, en definitiva, imaginario; de hecho, contemplar imágenes dentro del cuerpo o hasta pensar en las sensaciones que podríamos experimentar en ciertos estados sutiles corporales resulta ser una gran herramienta para abarcar los aspectos más internos y sutiles del yoga. Por ejemplo, puedes imaginar canales respiratorios que se abren como tubos vibrantes desde un canal central hacia ramas diversas, para luego volver a un tubo central dentro del núcleo del cuerpo. Esta es una imagen común que se enseña a practicantes para que puedan conectarse con el flujo del aliento interno. En el haṭha yoga, estos tubos se describen habitualmente como nāḍīs. Nāḍī significa “río pequeño”. Para la mayoría de nosotros, los pequeños ríos por los que corren nuestra respiración y energía están todos tapados. Algunos fluyen un poco, otros están totalmente obstruidos, mientras que varios inundan nuestro sistema en todo momento. Es decir que el pasaje sutil de la respiración por el cuerpo no está equilibrado. Las nāḍīs se tapan con nuestros saṁskāras, abstracciones antiguas, pensamientos, sentimientos y deseos. La huella física de los patrones que asociamos con estas experiencias (nuestros hábitos observacionales, las grabaciones que escuchamos una y otra vez en la mente) pueden crear desequilibrios y obstáculos en la corriente que fluye por las nāḍīs. Estos impedimentos son patrones de separación y miedo que adormecen la conexión entre el cuerpo y la mente y, por ende, crean torpeza mental. Esta es la raíz del sufrimiento. La meta del proceso del haṭha yoga es limpiar aquello que impide el movimiento de las corrientes dentro de las nāḍīs para que podamos experimentar un fluir estable y completo en el cuerpo. Al realizar esto, automáticamente se despierta la inteligencia nativa que nos caracteriza.
Distintos textos clásicos mencionan cantidades diversas de nāḍīs; algunos hablan de 72 000, otros de 100 000, y unas fuentes describen hasta 300 000. No importa en realidad cuántas hay (o si, de hecho, son reales o imaginarias). Lo importante es reconocer que fluyen innumerables ríos diminutos de aliento en todo el cuerpo. En relación a la práctica del yoga, todos los textos que mencionan las nāḍīs otorgan importancia especial a tres en particular: la iḍā, la piṅgalā y la suṣumnā nāḍī. La iḍā se considera el canal lunar, que enfría y calma; es accesible a través de las sensaciones de la narina izquierda. La piṅgalā, a la que se accede por sensaciones en la narina derecha, se considera el canal solar; aporta calor y energía vital. Desde una perspectiva yóguica, estos dos canales del prāṇa están asociados con diferentes estados de la mente: la iḍā se considera femenina y la piṅgalā, masculina. Se dice que al estimular una de estas dos nāḍīs primarias, experimentarás estados de ánimo y formas de pensar que se asocian con el temperamento de ese lado en particular. La suṣumnā nāḍī es el canal vacío, el junco hueco, que se encuentra en el centro del cuerpo y al que se puede acceder a través de lo que se llama “la raíz del paladar”. Fisiológicamente, la raíz del paladar se origina en el paladar suave, la parte posterior del techo de la boca donde la úvula pende hacia abajo. La raíz es como una taza ubicada directamente debajo de la glándula pituitaria. Para acceder a la raíz del paladar, primero debes dirigir tu atención al techo de la boca y las sensaciones que presenta. Si pudieras llevar la punta de la lengua hacia arriba, por el borde del tabique nasal, llegarías a este área de la “raíz”. A veces, si pruebas una comida exquisita y experimentas plenamente la confluencia del sabor y el aroma, te conectas automáticamente a la raíz del paladar. Esta conexión también ocurre naturalmente cuando te sumerges en una experiencia de belleza profunda, la cual te puede vincular con la semilla de la apreciación estética que reside en nuestro interior; este proceso automáticamente despierta la raíz del paladar. El enlace con ese punto germinal en el cuerpo suscita una sonrisa espontánea, sutil y suave como la sonrisa de la Mona Lisa. Los textos del yoga describen al sahasrāra, o “el loto de mil pétalos”, como una bella y brillante flor que se extiende de forma infinita, desde la raíz del paladar, para luego abrirse a través y más allá de la coronilla. La puerta de entrada hacia el canal central se encuentra en el paladar suave y sigue hacia la base del sahasrāra. Aquí, las tres nāḍīs –el bastón central de la suṣumnā, la iḍā (el canal lunar) y la piṅgalā (el canal solar)– crean una imagen parecida al caduceo, la vara entrelazada por serpientes que porta Hermes en la mitología griega. Así como las serpientes se envuelven alrededor del caduceo de la vida y suben en espiral con movimientos suaves y delicados, las cualidades opositoras de la respiración y el cuerpo sutil se entrelazan y alcanzan su plenitud en el eje central.




