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Se estremeció la noche.
Las vacas habían dejado de bramar.
Reinaba el silencio a pesar de los ruidos que esos hombres hacían al dormir, o tal vez a causa de ellos.
EL PIE DE ELOY

Así de pronto, solo recuerdo haber visto tres cosas en mi vida que me hayan impresionado al instante, para bien o para mal. La primera fue la pata de palo del señor Lazlo, el cabecilla del parque de diversiones que llegaba al pueblo en carnaval; no me impresionó porque fuera una pata de palo, porque eso en el pueblo era, al fin y al cabo, algo trivial; fueron las hormigas serenamente talladas que subían por la pata las que me cautivaron. Tenían por ojos piedras ámbar pequeñísimas, símbolo de salud y alegría, decía el señor Lazlo, mientras caminaba con las hormigas, estatuas presas en su pata de palo. La segunda fue el día en el que sin querer entré al cuarto de mis nodrizas cuando Mara le estaba dando masajes en la espalda a Esther, que sufría de la ciática y yacía tendida en la cama con las nalgas a la vista del mundo entero, unas nalgas que se caían de lado y lado como si se tratara de una masa para hornear. La tercera fue el pie de Eloy.
Lo vi la primera mañana que ellos despertaron en casa. Después de mucho tiempo acompañados de los bramidos de las vacas, amanecimos envueltos en silencio, como si la casa se hubiese llenado de susurros que decían: escóndete, cállate, quédate quieto.
Pasado el mediodía nadie se atrevía a acercarse al cuarto donde ellos dormían. Usted, padre, solo nos había dicho sus nombres: Felisberto y Eloy.
«Denles un buen desayuno. ¡Vienen de lejos!», gritó antes de desentenderse de su acción de buen samaritano del día anterior y salir corriendo al pueblo a hacer sus negocios.
Sarai, Noah y Mara se reían en la cocina por lo bajo mientras se miraban como si guardasen un secreto de niñas. La presencia de esos hombres las ponía nerviosas. Esther decía que lo que habíamos dejado entrar a casa era un par de pelafustanes que no sabían nada de modales porque la noche anterior habían dejado el comedor como un cuchitril. Mi madre estaba inquieta y angustiada porque a ella nadie le había consultado y «esto me da mal presentimiento, Lucas. Me huele fatal. Fatal», me dijo al oído cuando fui a verla en el jardín, donde ella sembraba la última línea de alelíes que coronaba su gran obra: un espiral inmenso de flores que se llenaba de distintos colores según los meses del año. Yo iba de la cocina al piso de arriba y de vuelta al jardín y volvía a empezar. Esperaba que los gigantes peludos salieran de su cuarto, con las tripas convulsionadas de curiosidad, pero de ese cuarto no salía ni un solo sonido.
A las dos de la tarde la curiosidad y las ansias se estaban convirtiendo en temor. Una ola de miedo nos recorría a todos, padre. Yo lo sabía, mi madre lo sabía, Esther lo sabía, hasta las plantas del jardín lo sabían: esa tarde los dientes de león se cerraron antes de que anocheciera. Cuando nos sentamos a la mesa dispuestos a comer unas callosas patas de cerdo, nadie habló. Servimos cada alimento con lentitud, las patas de cerdo con su caldo, las papas con su salsa y el mote con sal. Lo servimos todo sabiendo que había en la casa dos extraños que bien podrían estar muertos. Todo olía bien, pero nadie empezaba a comer. De repente, Noah empezó a gritar:
«Vienen por el sendero, vienen por el sendero. ¡Son ellos, son los visitantes!».
Me asomé por la ventana junto con mi madre y los vimos acercarse.
«Para volverse loca», dijo ella. «Han salido por la casa sin que nadie los escuchara. Será para volverse loca».
Antes de cruzar la puerta se sacaron las botas y las medias y fue entonces cuando vi el pie de Eloy. Estaba lleno de costras, algunas se pegaban en las medias. El pie se descascaraba como los troncos de los árboles de papel del páramo. Él parecía no darle importancia y de tanto en tanto se limpiaba como si se quitara una pelusa y los pedazos de piel caían al piso. No se avergonzaba ni un poco de ese pie.
Cuando entraron a la casa yo no le quité la mirada al pie con costras, que cojeó todo el camino hacia mi madre. Fue tal el impacto de verlo que ni siquiera me fijé en que el otro, Felisberto, traía en las manos un ciervo, un ciervo menudito y muerto.
«Señora Torrente, encantados». Fue todo lo que dijo Felisberto antes de dejar el ciervo sobre el mesón de la cocina, ya sin cabeza y con las patas atadas.
Apenas vio al animal, mi madre vomitó a un lado de la silla. Un vómito infantil porque hacía horas que había desayunado. Se levantó y agarró enseguida un mantel con el que empezó a limpiarse la boca. Esther intentó mover sin éxito al ciervo hasta que Sarai corrió a ayudarla y lo empujaron hacia el lavabo con la sangre chorreando por el mesón de la cocina. Noah iba detrás fregando el piso, mientras Mara se ponía las manos en la boca repitiendo «¡ay, pequeño!, ¿qué te han hecho?».
Ellos se sentaron sin darle importancia a lo que había sucedido y el pie desapareció bajo la mesa.
–Ha sido muy amable su esposo por recibirnos, señora –dijo Felisberto con esa manía que tenía de tocarse la barba mientras hablaba como si todo el tiempo fuese a decir algo muy serio.
Mi madre asintió con la cabeza e intentó sonreír a su pesar mientras continuaba limpiándose la boca con el mantel y respiraba profundamente porque lo del vómito la abochornaba.
–Disculpen. Es que no solemos comer venado –dijo mamá y por debajo de la mesa me tomó la mano.
–¡Pero hoy lo probaremos por nuestros invitados! Siempre tiene que estar uno dispuesto a comer cosas nuevas, a probar cosas nuevas, mi querida Josefina –dijo usted, que en ese momento entraba por la puerta de casa.
Mi madre lo miró confundida. A veces mi madre lo miraba como si cada día se despertase y pensara: ¿Quién es este? ¿Y yo qué hago aquí? Así justamente lo miró, padre. Y no solo ella, yo empezaba a verlo así también.
–¿Qué les parece si preparan un estofado, señoritas? Y, mi Josefina, qué tal si vienes a conversar con nosotros. ¿Han visto ya a mi mujer? Un espécimen de lo más extraño, se los aseguro –les dijo, mirando a Felisberto y Eloy. Y empezó a reírse.
Mamá pidió permiso para lavarse antes de acompañarlos, mientras usted se llevó a sus invitados a la sala y les contó sus peripecias de la mañana, sus tratos con los comerciantes del mercado: «Esa gente cree que pueden conmigo, pero cuando ellos van, señores, yo ya he dado dos vueltas», les comentó y siguió riendo. Siguió riendo al tiempo que empezó a mostrarles la mesa antigua estilo art déco, la lámpara de araña de la tal bisabuela, la alfombra que el abuelo había traído desde el viejo continente.
–Me olvidaba, caballeros, ¿gustan un coñac o un aguardiente helado? Tomen el aguardiente, que no hay nada mejor que la caña para una vida ligera.
Felisberto asintió por el otro también y en menos de una hora ya se habían acabado una botella entera entre los tres. Usted se comportaba tan extraño, tan gentil y bonachón que me asustaba, sobre todo porque parecía ajeno a todos nosotros, parecía que solo los miraba a ellos, parecía estar dispuesto a ser el mejor anfitrión que se haya visto jamás. Un anfitrión dócil, sumiso y crédulo. Y no dejó de comportarse así, padre. Desde ese momento lo hizo todo igual. Día tras día. Como si hubiese estado esperando a esos hombres desde siempre. Como se espera la muerte.
CHINCHE ASESINA

Ahora que he vuelto, padre, de pie frente a nuestra casa, lo vuelvo a ver a usted en esa noche fría y sucia. Vuelvo a verlo todo. Mis nodrizas sentadas de medio lado, Esther trenzándoles el cabello con fuerza, con las manos temblorosas; mi madre mirando por la ventana, asustada con aquel sonido que nos agotaba, y usted parado en la banca de esterilla vieja: cierra los postigos de la casa, pone las trancas y ajusta los candados.
¿Nos estaba encerrando en su propia pesadilla?
Todavía no ha amanecido pero el cielo está viscoso y no hay viento. Cruzo el jardín con cinco zancadas lentas y meditadas. En mi mente todo da vueltas. Es como si no estuviese viendo con mis ojos, como si en lugar de carne y vísceras tuviese dentro una bruma espesa y fría. Algo, aún no definido, late debajo de mi piel y me empuja.
La pintura descascarada de las paredes de la casa deja ver el adobe agrietado, cuando me apoyo cae la tierra y cruje; el tejado de la casa, con espacios como hileras de dentaduras viejas y podridas, traquetea con lentitud; los postigos se pegan contra las ventanas y chirrían. Y yo camino porque no me puedo arrastrar.
Con un poco más de suerte, yo podría haber sido una mantis flor espinosa, un escarabajo Hércules o una chinche asesina. Si fuese una chinche asesina, ahora mismo me escabulliría por el piso hasta lo que queda de nuestra casa y la rondaría entera sin que nadie me mirase, incomodando por aquí y por allá, subiendo por los cuerpos de Felisberto y Eloy, llamando a mi banda de amigos a hacer de las nuestras. Les picaría las manos, el cuello, detrás de las nalgas, los muslos, les comería todo el cuerpo y cuando no pudiese más y estuviese inflada, obesa, llena de sangre, quizá explotaría de pura placidez.
Pero me he tenido que conformar con lo que soy y afinar mis habilidades más provechosas. Incluso a veces cuando ha sido necesario he aprendido a robar y mentir casi sin remordimientos, padre. Al señor Elmur le robaba fruta, sobre todo mangos, dejaba que se pudrieran y cultivaba moscas, después alimentaba babosas y caracoles y a mí mismo con la cáscara.
El señor Elmur no merecía esos mangos porque no esperaba por ellos, me hacía arrancarlos cuando estaban verdes y no le importaba que me llenara la piel de ampollas y quemaduras. Y no solo le robaba mangos, también tunas que me comía enteras, aunque luego pasara días con espinas invisibles en las manos, que picaban cuando me las metía en el bolsillo. Y también le robé, una sola vez, un pollo enfermo, que dejé morir y pudrirse, y de los pliegues y surcos de su carne coseché gusanos y luego moscas que volaron a mi alrededor en aquel hueco oscuro del campo donde me refugiaba y luego se asentaron en los zarzales y las rocas y se multiplicaron.
Y qué música bellísima escuchaba, padre, cuando volaban; eran alas y eran vida, bendita simetría que susurra.
A Felisberto y Eloy no me molestaría colgarlos del techo y herirles el cuerpo hasta que la carne se les gangrenara, para que los rodearan tantas moscas que el zumbido les partiera la cabeza. Quiero todo eso y no más, padre. Quiero la resurrección de la carne que solo viene con el fin y la inmundicia. Lo que quiero en el fondo es solo volver, pero volver sin más es tan imposible como convertirme en mantis religiosa; porque las mantis religiosas mueven sus patas a una velocidad que yo jamás alcanzaría, porque a mí se me calientan los cascos. Las mantis religiosas se mueven, las vacas rumean, los pájaros silban y yo me caliento el cerebro con tantas palabras por segundo hasta estrellarme contra todas las masas del universo.
Camino por el porche y los pasillos que rodean la casa, busco en los aleros avispas, orugas de mariposa o polillas; en las partes donde la pintura se descascara, me acerco a mirar entre los bloques de tierra; donde hay ladrillos, miro entre los huecos, espío las grietas; ahí es donde están mis arañas, mis trompudos gorgojos, mis hábiles ciempiés. Sé que están todos en esta casa, nuestra casa, costra de tierra seca, con su oscuridad, que es un caldo de cultivo, les ha dado posada para que esperaran mi regreso. Ellos son minúsculos, hermosos y leales.
A veces, cuando estoy en medio de mis observaciones minuciosas, siento que usted, padre, entra por alguna puerta de mi mente y grita: «Espabílate, Lucas, deja de caminar como un pelele». Y yo tiemblo, pero no es un miedo que me aterrorice. No es en verdad su voz, padre. No puedo recordarla, aunque me esfuerce solo escucho esas frases mustias de tanto uso que usted empleaba para todo. Pero son ecos. Ecos que crecen y toman la forma que yo les doy.
Soy el creador de un padre. Y no será a mi imagen y semejanza como nazca en mis recuerdos, sino con voces inventadas, articulaciones laxas, un padre que se arrastre por mi mente: arrepentido, preso de mi memoria.
Padre mío. Horror mío.
Cuando llego frente a la puerta, golpeo y hago lo único que puede hacer uno en una situación así: una cochinada. Recuerdo que no he comido, dormido o defecado en los últimos días, que todo ha sido volver. Ya que no puedo hacer ni lo primero ni lo segundo, los nervios me obligan a lo tercero. Cuando siento que unas pisadas se acercan a la puerta, unas pisadas grandes que conozco bien, siento también mis orines calientes caer por mis muslos. El olor me calma por un momento.
Lo aspiro tan hondo como puedo y me lleno el corazón de amoníaco, pero pronto siento el peso en la parte de atrás de mis pantalones. Algo cae. Tres piedras pequeñas. El espanto descompone las entrañas. No puedo negar que me alegra la expresión de Felisberto al mirarme como si me estuviese pudriendo, justo antes de sentir el bofetón en la cara. La mano de acromegálico me sacude la cabeza.
El olor a amoníaco ha desaparecido por completo. Huelo a estanque y me late la mejilla. Mi regreso es triste. Solo el gigante peludo me recibe. Me están obligando a enfadarme. ¿Dónde están ellas ahora que he vuelto, padre? No hay rastro de ninguna.
Nadie hace justicia al huérfano. En estas condiciones, por un segundo, soy como un dios castigador. Soy como el mismísimo Dios del Antiguo Testamento, aunque menos sanguinario, no quiero extinguir el planeta, porque por eso Dios se quedó tan solo y miserable que tuvo que hacerse tres: Padre, Hijo y Espíritu Santo (este último es de todos el más pelmazo y no sirve para nada).
Se quedó solo porque destruyó a los hombres, porque vio que su maldad era mucha y quiso rehacer todo lo que había creado, como un niño descontento con sus figuras de arcilla; las miró informes, siempre inacabadas y se arrepintió y se enfureció, y a veces era mejor cuando Dios actuaba de esa manera porque después perdió hasta sus ganas de jugar con figuras y destruirlas y las dejó corromperse.
Pero no supo Dios lo que yo sé, no supo Dios enseñarle al hombre a pudrirse, a perder su voz y sus palabras, licuar sus vísceras, elevarse y escapar de su cuerpo de hombre, que es solo una pupa.
Bendita música, bendita melodía que susurra.
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