Eco

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Si una civilización alienígena contemplase nuestro planeta, si recibiese la luz emitida hace 35 años desde la distancia apropiada, si contemplase no justo nuestro planeta, sino mi cachito de planeta, contemplaría, al tiempo que convalezco en mi cama bajo una silueta inventada o no, la luz de mi infancia, la luz acomplejada de mi infancia, con suerte el niño abstraído en el fragor del juego, un navajazo de felicidad de oreja a oreja, ese espejismo de células incandescentes surcando el vacío hasta alcanzar una retina a años luz de las mías: la memoria.
Cambio de idea y decido no lanzar la moneda al aire. En lugar de eso, despejo la mesita de noche y barro con la mano el montón de libros, el blíster de analgésicos y el móvil. Sujeto la moneda en posición vertical, el canto apoyado en la mesita y, con la otra mano, catapulta con los dedos pulgar y corazón, la golpeo para hacerla girar. La moneda comienza a dar vueltas sobre su eje. No se desplaza, no efectúa ningún movimiento de traslación: gira sobre sí misma y cobra volumen, se esferifica, la cara y la cruz se funden en una única figura desquiciada.
Aguardo unos segundos. ¿Tantos? La moneda, para mi estupefacción, no se detiene, continúa girando sin dar muestras de cansancio y emite un zumbido que tampoco soy capaz de saber si tiene lugar dentro o fuera. Reparto la mirada entre la silueta del techo, ese trazo de tiza inventado o no, y la moneda que gira a perpetuidad sobre su propio eje. Si sale cara llamo a la Rubia, si sale cruz me jodo.
Aguardo a que algo me venza. El sueño. El cansancio. La moneda. Algo. Algo. Algo.
Tengo que cortarme las uñas.
Hay una capa de polvo sobre polvo sobre polvo sobre qué. La luz no alcanza las cosas, o las alcanza mal: lame las cosas sin ganas, con asco, como si estuviesen podridas.
El piso está sumergido en kilos de sedimentos de mí, una milhojas de los restos aposentados tras un derrumbe. Hay primero un temblor, un estallido de perros, que siempre son los primeros en advertir la tragedia y se anticipan en coro y, segundos después, el edifico se viene abajo, cae sobre sí mismo y levanta un humo de escombros que reemplaza, con su fragilidad de niebla, la torre de hormigón, acero y gritos que hasta hace nada dispensaba un punto álgido a la gráfica de la ciudad.
Desvarío.
Mi pensamiento se embota, se asfixia en esta atmósfera a la que le falta oxígeno o nitrógeno o la Rubia.
Vacío la mente, o sea, mi discurso, y, muy al fondo, emerge la Rubia. Como la aguja de un campanario cuando se seca un pantano.
Hace ya dos años sin la Rubia –¿dos años?, ¿en serio dos?– y la convalecencia resucita no su recuerdo, su proyecto: siempre estaría el uno para el otro en caso de derrumbe, siempre estaríamos cerca para abrigarnos del frío, todo lo que habríamos hecho juntos y ya jamás haremos.
La convalecencia saca a la luz –a la luz turbia e incompleta de los 40 vatios mal apretujados– la parte más blanda de mí.
Una milhojas de sedimentos cubre la lámpara, la mesita de noche, el falso mármol del suelo, el esqueleto de la cama.
Respiro eso por la boca.
Casi todas las paredes de mi infancia contenían amianto, unas fibras que, al ser inhaladas, incrementan la probabilidad de desarrollar al menos tres tipos de cánceres. Eso lo supimos luego, tarde. Los edificios de la infancia se vienen abajo, no aguantan más y el amianto se dispersa, flota durante un tiempo en la atmósfera circundante y, finalmente, se posa sobre los objetos: si no se limpia pronto, si se descuida la higiene –y la higiene termina por descuidarse–, acaba solidificándose, una costra tóxica revistiéndolo todo.
Inhalo lo tóxico de mi infancia tras el derrumbe.
Oler, no huelo. Los tapones nasales no sólo sostienen el tabique en su sitio y evitan la aparición de coágulos, también suprimen el olor, o la capacidad de olor. ¿Existe el olor sin la capacidad de olor? La emanación de gases, vapores y polvos que llamamos olor sigue produciéndose con independencia de mis tapones nasales, no es eso lo que se cuestiona. Pero ¿se puede hablar de olor en ausencia de olfato? Dios existe porque no podemos olerlo. Si oliésemos a Dios, si tuviésemos un órgano capaz de captar las emanaciones de Dios, enseguida nos daríamos cuenta de su farsa. No sé.
Me gustaba el olor de su cuello, y eso también era una ficción. De la región de su cuello comprendida entre la oreja y la clavícula, esa porción de cuello. Abrazado al bulto de su amor, respiraba esa porción de cuello. Sin el concurso de mi olfato, ¿existe ese olor? El olor, y esto no lo cuentan los manuales, está compuesto de experiencia. En la experiencia de su cuello, de esa porción de su cuello, concurrían no sólo las emanaciones pertinentes de su cuerpo –alteradas asimismo por su estado anímico, por la mucha o poca actividad física, por lo que hubiese comido ese día, por mil cosas–, concurría también mi aliento –modificado cada vez también por mi estado anímico, cada vez también por la mucha o poca actividad física, cada vez también por lo que hubiese comido ese día, cada vez también por mil cosas– y mi currículum olfativo, la acumulación de olores que había percibido hasta la fecha y que generaban en mi cerebro una atracción o un rechazo instantáneos.
El olor a tabaco me provoca un asco visceral, enraizado en la memoria. El olor a whisky es un tiburón que devora el humor. Visito un aula y el olor a tiza me adormece, me traslada de sopetón al apelotonamiento, al tedio y al sopor de las interminables horas de clase. El olor de su cuello, de esa porción de su cuello, ya no existe, y acaso no existió jamás.
La convalecencia achica las paredes de mi planeta. La falta de sueño –no es posible dormir más de diez minutos seguidos con la nariz taponada–, el dolor de cabeza y esa nube de tristeza que se me ha echado encima y no he visto llegar, me abotargan, contracturan mi ánimo. Casi no como y bebo sólo por necesidad, por un instinto de supervivencia. Permanezco en la cama casi todo el tiempo, sólo la abandono para ir al baño. La convalecencia revela la verdadera dimensión de la soledad.
Un damero de azulejos blancos reviste las paredes del baño. Las junturas están tiznadas de una materia densa, oscura, que no me atrevo a tocar. Sobre los azulejos se desparrama un grafiti de frases soeces, a cada cual más inapropiada, más hiriente. El suelo, el techo, la puerta, la superficie fría y resbaladiza del lavabo, del bidé y del váter se contagian de esa niebla grosera. Sobre lo que es madera y plástico, insultos tallados a punta de navaja o de compás comparten espacio con el grafiti de improperios. Mordeduras, arañazos y escupitajos de una bestia colérica, desalmada, que hacen diana en lo más íntimo, donde más duele.
Me siento en la taza del váter y abato los brazos sobre las rodillas. El cuerpo encorvado, la alcayata de los codos clavada en la carne de los muslos. A mi alrededor, llenando el aire de mi vida, ese cielo de palabras. Cierro la puerta para contemplar su cara interna, para no perder detalle.
Mire donde mire, esa nube.
Un barullo de mayúsculas me grita desde todos los ángulos. Letras picudas, apresuradas y desiguales, escritas o grabadas con prepotencia, con rencor, sin compasión. La descarga de un alma herida, la eyaculación apática de un animal despiadado.
De algunas letras descienden gusanos de sangre, hilachas de tinta roja que no se secaron a tiempo y estiran la agonía de las palabras.
Me siento en la taza del váter y me expongo a esa lluvia, me llueve esa lluvia. Permanezco en la misma postura hasta que se me duermen las piernas, hasta que los pies dos piedras de carne. Sólo lo pegado o despegado de sus sombras me dan una pista de su posición en el mundo.
Alargo los brazos y me toco los pies.
No siento los pies.
Envidio los pies.
En tanto cosa ajena a mi cuerpo, tienen esa rareza de las primeras películas de marcianos de la infancia. Un aire antropomorfo esculpía los rasgos alienígenos de aquellas criaturas, un aire que alcanzaba tan sólo a determinadas zonas de sus anatomías. Resultaba imposible no sentir un repelús ante aquello, resultaba imposible no encariñarse con aquello. Era en lo extraño de las características no compartidas con los humanos donde habitaba el monstruo, la amenaza, la atracción y el escalofrío.
Los pies dormidos, sin vida, la lluvia, el monstruo.
Me empapo de esa lluvia, dejo que penetre en mí y grito el grito de las paredes, el grito de la puerta, el grito de la cortina de la ducha. Es sorprendente la acústica que encierra un baño. Si tuviese una guitarra cerca, la estamparía contra mi cabeza sólo por el placer de esa acústica.
De puro repetirlas, las palabras se desprenden del plano que ocupan y se lanzan a flotar en este cielo rancio y alicatado.
Los pies sin vida, la lluvia.
Por determinado efecto de la resonancia, los azulejos reproducen, con una dicción distorsionada de borrachera, cada grito que grito. Un bullicio de mil demonios reverbera en todo el baño y me pone perdido.
Cuando me callo –porque me callo, porque los pulmones acaban por quedarse sin aire–, un eco proveniente de alguna región de mi memoria impregna el silencio, contagia el silencio, reconstruye el silencio.
Un silencio hecho de ese eco.
La alcayata de los codos clavada en la carne de los muslos, los pies dormidos.
Una caspa de palabras nubla la visión. En algunas comarcas del aire, la caspa se eleva obedeciendo a la espiral de un remolino; en otras, se precipita al suelo como un suicida desde el octavo piso. Borracho de esa caspa, la carne de mis pies petrificada, desciendo del váter como de una silla de ruedas y repto, ayudado tan solo de mis manos, hasta la pared más próxima. Una vez allí, extraigo una navaja de qué bolsillo, despliego el abanico de su hoja y, eufórico de determinación, esto es, sin tiempo a pensarlo, abro un surco en lo tierno de mi antebrazo. La nieve de caspa motea el gusano de sangre que emerge de mí. Empapo el pincel de un dedo, examino el damero de azulejos de la pared, localizo un hueco:
De noche las cucarachas multiplican su peso escandalosamente, su trote desquiciado llena la habitación, la colma. Se diría que las paredes nocturnas amplifican los ruidos como catedrales mastodónticas, esos ruidos al menos: deditos virtuosos de cucaracha sobre las teclas de la noche en el silencio de un piso sin respiración, sin esos sonidos cotidianos que incordian la convivencia. Un ruidito circunstancial, inédito, del que nunca antes había tenido constancia, algo que debió originarse en la sopa primaria y que retumbaba desde entonces, de manera sorda, en algún recoveco de mi cerebro. Esa clase de ruiditos que nunca haría una cucaracha pero que no podían provenir de otra cosa que no fuese una cucaracha.
La invasión es un hecho. Quizá también una consecuencia.
Hablamos de junio, julio a más tardar. El calor aprieta y, claro, las cucarachas. A grandes rasgos. Habría más que decir al respecto, mucho más, pero qué hacer con este cansancio, qué con tantos kilos sobre la conciencia. Junio, julio a más tardar, de noche es también una definición apropiada, un escuadrón de cucarachas invisibles tomando posiciones. Es alucinante la cantidad de cucarachas figuradas que pueden llegar a haber en un piso, alucinante. Para echarse a llorar. Los escasos metros cuadrados en los que transcurre mi vida se llenan de cucarachas, una puñetera plaga donde más duele, justo ahí, en la madre de todas mis fobias.
De día se esconden en rincones inmundos, regresan a sus guaridas y se hacen bolita, comparten el calor de sus cuerpos y dan buchitos de cuando en cuando para mantenerse con vida. De día, su modus operandi tiene más que ver con la escaramuza que con un ataque orquestado a campo abierto: hablamos de incursiones aisladas que pueden producirse desde cualquier punto del piso en cualquier momento. Hasta la fecha, no he logrado establecer ningún patrón, sus movimientos parecen obedecer a la improvisación o al no hay cojones. Lo cual, si se piensa un poco, resulta más irritante para los nervios, más descorazonador.
Cada vez que veo aparecer una, ocurre lo mismo: me incorporo de un brinco y pongo los brazos en jarras, para enseguida deshacer esa postura. Pienso que soy demasiado joven para ese tipo de gestos, que son gestos más bien de padres, impropios de alguien como yo, extemporáneos, a pesar de tener edad sobrada para ser padre de un hijo, de una hija de veintidós, de veintitrés años.
De noche la historia cambia.
De noche las cucarachas multiplican su peso escandalosamente, y si me repito es porque no me queda otra. De noche tomo conciencia, tomo verdadera conciencia de la situación en la que me encuentro. A estas horas los humanos duermen a pierna suelta, o exploran cuerpos ajenos, o sudan música y alcohol en garitos que nunca cierran; a estas horas, en el mismo momento en que las cucarachas y yo.
En fin.
De noche.
Cuando comenzaron a aparecer las cucarachas, cuando a la primera le siguió una segunda y a esta una tercera, y así hasta que perdí la cuenta, consideré aquello una advertencia que me daba la vida, un toque de atención, y me sumí por un instante en una tristeza honda, sucia. No tardé en racionalizar a las cucarachas: eran los primeros días de un calor insoportable, habrían fumigado en el barrio como cada año y el resto era de lo más predecible: cucarachas en desbandada trepando por las cañerías y saliendo por los desagües, colándose por debajo de las puertas e instalándose en los rincones más propicios. Poco más.
La vida no da avisos.
No tiene tiempo para eso.
Hago malabarismos para esquivar cucarachas, o la posibilidad de cucarachas. Creo distinguir una trazando filigranas entre mis pies, anudándome una cuerda metafórica para hacerme tropezar. Al verla, o al creer verla, reacciono con un salto ridículo. Aunque consiga esquivar una, dos, varias, tarde o temprano termino perdiendo el equilibrio. He desarrollado lo que puede definirse como un estilo para la ocasión. En lugar de apoyar las manos para amortiguar la caída, encojo los brazos y los aprieto contra el pecho. A continuación doblo el espinazo y me recojo sobre mí mismo, al tiempo que giro el tronco y le ofrezco mi perfil derecho al suelo. Todo esto en el tris de desplomarme. La gravedad se encarga del resto. Caigo entonces sobre mi hombro. No a plomo, sino con suavidad, con blandura, y ruedo sobre mi cuerpo cuando presiento el contacto con el suelo. Una pirueta que raya la hermosura.
Con todo y con eso, aun con la fortuna de contar con un estilo, a veces acabo golpeándome en la caída, un coscorrón contra la pata de una mesa o el filo de una puerta incrustado en las costillas. El mundo está lleno de obstáculos, nunca se puede estar seguro. Cuando me recompongo, cuando consigo estabilizarme, busco con la mirada la cucaracha esquivada o la posibilidad de la cucaracha esquivada e, invadido por una ternura que siempre me sorprende, me dirijo a ella con voz suave, calmada: No es tu culpa, le digo. De verdad que no es tu culpa. Si fuese de otra forma te lo diría. ¿Qué gano mintiéndote? Repite conmigo, anda; pero no con la boca, no con el cerebro, repite conmigo con el corazón: No es mi culpa, no es mi culpa, no es mi culpa.
A eMe y a la Rubia les debo el haber medio superado mi fobia a las cucarachas. Aún resuena en mí un temor que, si no es ancestral, le hace la competencia: todavía tuerzo el gesto cada vez que una cucaracha trepa la cortina del baño mientras me ducho, o salta del cajón de los cubiertos cuando lo abro, o imprime una sombra escurridiza en la distancia que va de la lavadora a la nevera, el rabillo del ojo todavía se inventa apariciones y se sobresalta por nada. Pero gracias a que eMe ya no está conmigo y lo mío con la Rubia ya es historia, ahora soy capaz de espachurrar cucarachas sin ayuda de nadie. Ya no salgo de la habitación, o puede que hasta del piso, ni suplico porfavorporfavorporfavor no me avises hasta que hayas acabado con la cucaracha, te lo ruego por lo que más quieras porfavorporfavorporfavor. Me mal acostumbraron, puede decirse. O sea, me quisieron.
Pongo cepos, rocío cada zócalo, cada esquina, cada bajo de puerta con flis flis, instalo dispositivos eléctricos que emiten ultrasonidos y que, al decir de unos, resultan infalibles, y, según otros, no sirven para una mierda. Lo que sea con tal de acabar con las cucarachas.
Todo en vano. Cada mañana el suelo del salón-cocina amanece con entre una y muchas cucarachas bocarriba, muertas del todo o sacudiendo apenas una pata con movimientos irregulares, espasmódicos, desesperantes. Como si se estuviesen despertando de una anestesia y sus miembros recobrasen poco a poco la sensibilidad. Al parecer, la efectividad de estos métodos es limitada. Sólo resultan eficaces con las cucarachas que son alcanzadas de lleno con el flis flis o con las incautas que prueban el veneno de los cepos. Las demás, las más prudentes, las que permanecen agazapadas en sus nidos, no se ven afectadas. Por no hablar de la inmunidad que pueden llegar a desarrollar por la sobreexposición a estos productos. Una locura.
Cómo de largas pueden ser las noches pobladas de cucarachas nadie lo sabe. Uno puede pensar que está a punto de quedarse dormido cuando de repente, abriéndose paso desde lo más profundo de la noche, escucha con una claridad apabullante el avance de cientos de cucarachas, un estruendo de pasitos que me espabila de golpe y me devuelve a mi realidad de élitros y antenas. Cientos es una exageración, soy consciente. Lo que no significa que sea mentira. Que haya cientos o ninguna es lo de menos. Algo irrelevante. Anecdótico. Hace rato que entendí que la manifestación física no es un requisito necesario para que algo exista, que la existencia tiene lugar en diferentes planos, ninguno de por sí más consistente que otro, ninguno más real. Hay múltiples formas de crear presencia, y la corporización es sólo una de ellas. Ni mejor ni peor. Igual de válida. Igual de tramposa.
Con un insomnio descomunal a cuestas, me sumerjo en internet en busca de los métodos más eficaces. Leo blogs, consulto tutoriales en YouTube, visito foros, hasta llegar a la conclusión de que lo mejor para acabar con las cucarachas es elaborar un mejunje a base de dos cucharadas de ácido bórico, tres de azúcar glas y un poco de leche. Una vez removido eso, se forma una pasta con la que se rellenan tapones de botellas, que luego se colocarán en distintos puntos del piso, en los lugares donde haya visto cucarachas o crea que pueda estar el hábitat más adecuado para ellas. A saber: rincones cálidos, cerca de una fuente de agua y de migajas de alimentos. Según parece, este remedio casero es un manjar irresistible para las cucarachas. Una vez ingerido, se solidificará en sus intestinos y les provocará, al cabo de los días, tal tapón que hará que exploten de puro estreñimiento. Las demás cucarachas, atraídas por el contenido de las entrañas desparramadas, devorarán el cadáver y, con ello, los restos del mejunje, un proceso que se repetirá hasta la completa extinción. Mano de santo, dicen.
Y parece ser cierto. En los días sucesivos a la instalación de las trampas, aparecen más cucarachas de lo normal a deshoras, a plena luz del día y caminando con pasitos lentos y tambaleantes, como un reproductor de casettes que se estuviera quedando sin pilas. Cucarachas sin el vigor acostumbrado en sus escaramuzas diarias, sin el nervio. Abandonan sus nidos, avanzan a campo abierto y, ahí mismo, en plena cocina, explotan sin más. Es un estallido sordo, sin parafernalia, un estallido minimalista, reducido a lo esencial: la cucaracha partida en dos, su cuerpo mutilado enmarcado en el jugo de sus vísceras.
Un espectáculo que no se lo recomiendo a nadie. Tristísimo. Ese suspiro en el que aún conservan un hilo de vida. Su expresión de incredulidad. Hay que tener un corazón muy podrido para no sentir al menos un pellizquito al contemplar aquello. Contemplar aquello me sume en un estado que no sabría explicar del todo. Por un lado, me invade cierto alivio. Por otro, está también cierta pena, una opresión en el pecho como si me estuvieran estrujando los pulmones para escurrirlos.
Ahora es de día. Una luz lechosa, llena de grumos, se filtra por los visillos. El aire estancado y la presión que soportan mis huesos me recuerdan a un submarino. Nunca he estado en un submarino. Los recuerdos también se heredan. Una cucaracha abandona el escondrijo de la lavadora. Es incapaz de avanzar en línea recta, deja un reguero de eses sobre las baldosas. Unas eses angustiosas, pordioseras. Sus patas –¿cuántas?– apenas la sostienen en pie. Se sabe, porque se sabe, que una araña tiene ocho patas, que un ciempiés tiene cien, pero nadie sabe cuántas una cucaracha. Podría aventurarse una respuesta que lo mismo da en el clavo, pero no se trata de eso, para nada de eso. No hay justicia en el mundo. Se mire por donde se mire, no la hay. Me acerco a la cucaracha, me acuclillo a su vera y, con un aplomo inexplicable, la recojo del suelo y la sostengo en la palma de la mano. Los humanos cometen a menudo tales actos de osadía o de imprudencia. Gracias a eso, los enamorados se atreven a declararse y los desesperados aprietan el gatillo, esos Himalayas. La naturaleza tiene sus mecanismos de compensación. Si no, de qué.
La cucaracha en mi mano. Sus patitas tamborilean en miniatura, me hacen cosquillas. Acuenco la palma para evitar que se caiga y la observo de cerca. Sus élitros están surcados por un laberinto de nervaduras. Con un esfuerzo descomunal, se yergue sobre sus patas –seis– y su cuerpo se eleva unos milímetros como venciendo la gravedad. Noto su peso, su calor. Aquello, esas cosquillas, esa masa, esa consistencia, es la primera cosa viva que sostiene mi mano en mucho tiempo. Una mano que descansa en la mía. Había olvidado el tacto de una mano, su textura, el milagro de dedos entrelazados y la respuesta agradecida de tantísimas terminaciones nerviosas. El peso de una mano desmayada sobre la mía, confiada, segura de mí. Su temperatura. Esa caricia. La cucaracha.
La cucaracha que, para sorpresa de nadie, explota de repente, se parte en dos y desparrama sus vísceras. Un estallido sordo. La incredulidad de que aquello esté pasando, que haya pasado ya.
Repite conmigo: no es mi culpa, no es mi culpa, no es mi culpa.
Hoy he contabilizado seis bajas. El sofá no lo muevo por pereza o por miedo a echarme a llorar. El número de bajas puede ser aún mayor. El mejunje va haciendo efecto con el transcurso de los días. Las hay más débiles, que apenas aguantan cuarenta y ocho horas. Otras, sin embargo, resisten como colosos. Pero todas terminan explotando. Todas. No hay nada que pueda hacerse al respecto, ya no.
Las cucarachas tienen sus estaciones. Como esos árboles que se desprenden de sus hojas llegado el otoño y ofrecen su malestar de manos crispadas al paisaje, manos de incontables dedos suplicando algo o a punto de soltar un zarpazo. Con los primeros fríos a la vuelta de la esquina, las cucarachas desaparecen, hibernan o se esconden en alcantarillas, en rincones infestados de toda la porquería que genera el día a día y no se barre. Eso no significa que ya no me quieran, ni mucho menos. Tardé en comprenderlo, no fue algo que asumí de la noche a la mañana. Tardé en aceptar que las cucarachas tienen sus altibajos, sus intermitencias, sus periodos de no dejarme ni para ir al baño y sus etapas de no querer verme ni en pintura. Está en su naturaleza, lo llevan en los genes. Pero no significa que ya no me quieran.
Una sucesión de fuegos artificiales me saca de mi letargo. Me cuesta ubicarme. La noche, porque es de noche, se llena de ruidos: los coches hacen sonar sus cláxones, pandillas de niños se lían a petardazos, los perros a ladrido limpio con el rabo entre las piernas, sirenas como lobos modernos anunciando poco bueno, cuadrillas de amigos que vienen o van, tantísimas risas agrietando la noche: 31 de diciembre, 1 de enero más bien; esa horquilla, esa frontera. Es el primer fin de año que paso solo. Me digo que no es tan malo, que hay cosas peores. Ese consuelo de mierda. Enseguida todos los sonidos del exterior se atenúan, pierden consistencia, todos menos dos: los petardazos y los fuegos artificiales. Lo demás pasa a un segundo plano. Los petardazos y los fuegos artificiales retumban pero no en la noche, pero no en mi cabeza: en la palma de la mano: un cosquilleo, una suerte de presencia. Extiendo la mano como para comprobar si llueve. Nada. Sin embargo: un repiqueteo, aunque no de lluvia: de patitas. Un peso familiar también. Un estremecimiento con cada estallido, la punzada del lisiado en el miembro que le falta.








