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Romina se puso contenta ante la buena noticia que ella le dio y desde entonces todo volvió a la normalidad.
Capítulo V
Cuando Romina cursaba los cuatro meses de embarazo, Jorge, le pidió que lo acompañara a la provincia de Córdoba. La razón era doble: la primera por trabajo y la segunda aprovechar el fin de semana largo para visitar juntos esa provincia.
Ella aprovechó la oportunidad para invitar a Rocío quien aceptó por tener unos días libres sabiendo de antemano que esos días no tenía previsto cumplir con alguna guardia médica en ambas instituciones. Lo cual les permitió viajar esa misma noche.
Al otro día, luego de hospedarse en el hotel, realizaron una salida turística para conocer lugares patrimoniales que hacían a la cultura cordobesa. En el recorrido pudieron degustar comidas típicas de cada región y realizar algunas compras para llevar en su regreso.
El día posterior y en horas de la mañana, lo aprovecharon para ir a visitar un shopping que se encontraba en la zona céntrica, cerca del hotel. Allí Jorge, por simple casualidad, vio a un amigo que hacía mucho tiempo que no sabía nada de él.
—¡Esperen aquí, ya vuelvo! —dijo antes de ir a saludarlo.
Su amigo se encontraba solo sentado en un café, leyendo un libro. El encuentro entre ambos fue sorpresivo.
—¡Antonio...! ¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Jorge sonriente.
—¡Eh...! ¡Jorge, tanto tiempo! ¿Cómo estás? —respondió. De inmediato se levantó de la silla y se fundieron en un cordial abrazo.
Las dos, que desde el pasillo central observaban, tuvieron que acudir al sitio ante las insistentes llamadas que Jorge les hacía con una de sus manos.
—Antonio, ella es Romina, mi pareja y Lucía nuestra hija.
—Y veo que viene otro en camino —interrumpió mientras la saludaba con un beso en la mejilla.
—... Sí, y ella es Rocío, una amiga de Romina —agregó.
—Un gusto conocerlas —retribuyó Antonio—. Tres motivos para felicitarla Romina: uno por Lucía, otro por el que vendrá y el tercero por su amiga. De Jorge ni hablar.
Los tres se rieron a modo de chiste.
—¿De dónde lo conocés? Nunca me habló de usted —preguntó Romina.
—Nos conocimos en Buenos Aires cuando fui a rendir la tesis de Administración de Empresas, hace muchos años.
—Jorge tiene razón, fue por simple casualidad. Lo encontré deambulando por la universidad con un par de chicas —continuó con la broma.
Romina percibió que su amiga no dejaba de observarlo.
—Hoy a la tarde presenta su novela —intervino Jorge.
—¡Ah! Es escritor. Lo felicito —acotó Romina.
—Así dicen. Muchas gracias. Pero lo hago como hobby. Mi trabajo pertenece al rubro inmobiliario.
En ese pequeño espacio de conversación Jorge se comprometió en acudir a la presentación de la obra y Antonio luego de despedirse a Rocío le guiñó un ojo sin que ellos dos se dieran cuenta. Ella no le dio mucha importancia, estaba con su amiga disfrutando de las pequeñas vacaciones.
Mientras continuaban caminando Romina le preguntó a Jorge sobre la vida del amigo. Él mencionó que era casado, que tenía dos hijos y se había separado hacía cinco años. Que era difícil dar con él pese a que vivía en Luján, porque siempre se encontraba de viaje atendiendo el negocio inmobiliario y a veces, cuando podía, exponía charlas de narrativa.
Romina en ese momento pensó que podía ser un buen partido para su amiga, pero a raíz de lo comentado por su pareja no se atrevió a impulsar la propuesta.
En horas de la tarde, las dos juntas, con Lucía se quedaron en el hotel porque Jorge se había retirado a la presentación de la obra de su amigo. Sin que Rocío lo supiera, ella le había pedido que intentara traerlo a cenar.
En la amena charla que ambas tenían en el salón interno, colindante al ingreso al hotel, Rocío notó la cara de complicidad de su amiga y comentó:
—Espero que a Jorge no se le ocurra traer a su amigo a cenar.
—¿Sabés que no lo había pensado? No estaría mal avisarle que lo invite.
—No cuentes conmigo, Romi. Te conozco y presiento que ya lo habías planeado, ¿o me equivoco?
—¿Por qué no? No creo que sea un pirata. Vamos Rocío, falta que te hace tener alguien a tu lado —su amiga la miraba pensativa.
—El amiguito de Jorge me guiñó un ojo cuando nos retirábamos. Presiento que anda a la pesca y no soy tan fácil de morder el anzuelo.
—Ahora decís eso, antes te tirabas al río todos los fines de semana.
—Eran otros tiempos, Romi. Me encantaba nadar.
—¿Te acordás de los pajaritos carpintero lavallinos? —cambió la conversación.
Los recuerdos las trasladaron a los tiempos vividos en la Facultad cuando estaban solteras y no había un sábado que no acudieran a un boliche a bailar. Mientras se reían de las locuras de adolescentes que habían hecho, llegó Jorge.
—¡Creí que ibas a traer a tu amigo a cenar! ¿Qué pasó? —le preguntó Romi.
—Lo intenté, pero me dijo que dentro de unas horas viaja a Rosario. Mañana a la tarde presenta la obra allí y al otro día tiene dos charlas en la Universidad de Rosario. Después viaja a Buenos Aires por negocios y no sabe cuándo regresa a Mendoza.
—Veo que no pierde el tiempo. ¿Por qué no lo acompañás Rocío?
Su amiga la miró sonriente y no agregó respuesta.
—Me regaló un libro —agregó Jorge acercándoselo a Rocío—. Lo puedes leer si quieres.
—No estaría mal —respondió hojeando el libro—. A veces me cuesta retomar el sueño y me gusta leer de noche. Me vendrá muy bien. Después te lo devuelvo.
A la mañana siguiente, por las calles de la ciudad la gente transitaba con normalidad, Jorge había concurrido a la reunión programada por la empresa donde trabajaba.
Ambas aprovecharon la cálida mañana para salir a recorrer los alrededores del hotel que mostraba una algarabía de personas acudiendo a sus labores dominicales. Miraban vidrieras, observaban con detenimiento algunas iglesias y hasta se dieron el lujo de jugar un rato con Lucía en una plaza.
De regreso al hotel y en horas de la tarde los cuatros regresaron a casa en colectivo.
Sabían que al otro día debían comenzar de nuevo con la rutina diaria. Fue así como pasó el tiempo donde Romina estaba a punto de traer al mundo al segundo hijo. Para la felicidad de todos, la ecografía había mostrado que era un varón y esta vez los padrinos serían los papás de Romina.
Capítulo VI
Había pasado bastante tiempo desde aquel viaje. Rocío junto a otras colegas se encontraba trabajando en el subsuelo de la Clínica Privada donde estaba ubicado el laboratorio central del mismo nosocomio. En la planta baja era donde realizaban extracciones de sangre a pacientes que habían sido citados en horas de la tarde fuera del horario habitual que era en la mañana.
Luego que las personas entregaran las órdenes médicas a la recepcionista, Antonio, que era uno más entre otros pacientes, esperaba sentado en la sala acondicionada para tal fin. El salón era bastante amplio y frente a las filas de sillas había un mostrador donde por detrás se movía la mujer que entregaba los sobres con los resultados a las personas que concurrían a retirarlos en ese horario.
A la izquierda se encontraban los boxes, separados del recibidor por vidrios ploteados en color crema, con las insignias de la clínica en color blanco.
En ese momento Rocío y dos colegas más, que salieron del ascensor, por el acotado pasillo llegaron con las chaquetas blancas puestas y sus respectivas cajas plásticas que contenían el material esterilizado. La recepcionista, les entregó las órdenes de los pacientes e ingresaron a los boxes.
Antonio se vio sorprendido por la cara de una de ellas y no estaba seguro de saber si se trataba de la misma persona que había visto en Córdoba. Sin embargo, presentía que podía ser ella, la amiga de la esposa de Jorge, por su caminar y por la voz. Pero a la vez pensaba que podía estar equivocado porque en aquella oportunidad su amigo nunca le había mencionado la profesión que tenía.
Después de ordenar los elementos que iban a utilizar, Rocío se acercó al pasillo central y con la orden en la mano llamó al primer paciente que tenía.
—Antonio Jofré.
—Sí, soy yo —respondió, se paró y acudió al llamado, mientras las otras bioquímicas llamaban a otras personas más.
En principio ambos cruzaron las miradas sin recordar exactamente de dónde se conocían. Rocío, intuía que en algún lugar lo había visto, pero no se atrevía a preguntarle por temor a equivocarse. Antonio en cambio, con más acierto que duda comenzó a observarla con más atención.
—Extienda el brazo derecho —dijo Rocío. Le colocó la banda elástica y mientras repasaba la vena con un algodón embebido en alcohol, agregó—. Ahora cierre el puño.
Antonio, con suma tranquilidad esperaba que le dijera algo, pero no mirarlo a los ojos le causó una sensación extraña que lo obligó a desistir de alguna pregunta.
—Respire hondo —le dijo, mientras le introducía la aguja.
Después de llenar la jeringa con la medida adecuada, continuó:
—Abra el puño.
A posterior le desató el cordón de goma del brazo, sacó la aguja con precaución presionando con suavidad sobre ella con la otra mano sujetando un pedacito de algodón embebido en alcohol y le ordenó:
—Sostenga con fuerza el algodón.
Mientras de espalda a él realizaba el procedimiento con los tubitos de ensayo y el marcador indeleble, Antonio tenía la esperanza de que en algún momento lo reconociera, pero no sucedió.
—¿Por qué motivo le han pedido el análisis? ¿Para un control o para una cirugía?
—La doctora Jiménez es una vampira, quiere mi sangre a toda costa —respondió con cierto humor—. Le he dicho que tengo la yugular lista y se niega a morderme. ¿Usted qué opina?
Ella se dio vuelta para retirarle el algodón y colocarle la curita estéril en el brazo mientras sus amigas en los boxes colindantes apenas se rieron del comentario.
—Dígale a la doctora Jiménez que la próxima extracción se la haga ella misma — agregó sin mirarlo a los ojos y con bastante seriedad.
—Se lo he dicho varias veces; al parecer no le han crecido los colmillos. ¿No sabe si por aquí hay alguna que los tenga bien afilados? —con ese chiste intentaba que lo mirara a los ojos o al menos se riera.
Rocío, sin inmutarse continuó con la tarea evitando darle importancia y desde su lugar, mientras él se retiraba, le mencionó:
—Los resultados estarán para el lunes que viene... señor Jofré.
—Gracias preciosa —respondió sonriente desde el ingreso para continuar camino.
Luego de salir el último paciente, las colegas suyas empezaron a comentar entre sí:
—¿Quién era ese hombre, tu novio? —preguntó Esther.
—Estoy segura de que lo dejaste solo anoche en el castillo y se quedó con ganas de morderte antes del amanecer —sostuvo Raquel, la otra chica.
—No es mi novio, ni nada por el estilo.
—Anda con ganas de que alguien le clave los colmillos —recalcó Esther.
—A ver Rocío, abrí la boca, quiero ver tus colmillos —continuó Raquel entre risas.
—Dejen de hablar pavadas —respondió Rocío entrando a ese clima.
—Me parece... o ese tipo te conoce de algún lugar —señaló Esther.
—¿Por qué dices eso? —insistió Rocío.
—De la forma que te habló y te dijo preciosa... vamos nena, no me digas que no sabés quién es.
—Vos sabés que no tengo ni idea de dónde lo conozco. Le hallo cara conocida, pero te juro que no sé de dónde.
—Querida —intervino Raquel ansiosa por saber quién era—, si este fin de semana no estás dispuesta a chuparle la yugular... avisame, así me afilo los colmillos y te reemplazo.
Los comentarios continuaron por unos minutos más hasta que terminaron con el procedimiento bioquímico de todos los pacientes para luego llevarlo al laboratorio, procesarlo y obtener los resultados.
Antonio se había quedado unos minutos más antes de salir de la clínica para evitar marearse y después había continuado camino a un bar que estaba a dos cuadras del nosocomio a tomar algo caliente. Unos metros más adelante y por la misma vereda había una parada de colectivos.
Desde el interior del local por la ventana observaba el subir y el bajar gente de los colectivos ultimando detalles para un futuro escrito. Además, recordaba aquel inesperado encuentro tiempo atrás porque jamás se olvidaba de las caras y los nombres.
Cuando el sol comenzaba a ocultarse decidió regresar a casa. Tenía el auto estacionado a una cuadra de la clínica arrimado al cordón de la misma vereda. Rocío, intentaba recordar de dónde lo conocía. Sabía que lo había visto en alguna parte, pero su mente se encontraba bloqueada.
Estando afuera detuvo los pasos, abrió el bolso y miró en el interior para saber si no se había olvidado de algo. Sacó el abono del colectivo, cerró el bolso y caminó hacia la parada de ómnibus.
A mitad de la otra cuadra, mientras caminaba por la vereda lo vio, en ese momento él estaba abriendo la puerta del auto y decidió detenerse para mirarlo con más atención.
Antonio, antes de ingresar al auto alzó la vista y la vio parada frente a él observándolo. Por unos segundos quedaron como paralizados por la inesperada situación.
—Discúlpame —reaccionó ella para sacarse la duda de la cabeza—, ¿puedo hacerte una pregunta?
—Sí, ¿por qué no? —entendió que aún no lo había reconocido.
—Sé que te llamás Antonio y te he visto en alguna parte, pero no recuerdo dónde.
—¿Sos amiga de Romina y Jorge? —agregó arrimándose a la vereda donde se encontraba ella.
—Sí, pero en casa de ellos no te he visto —respondió con una sonrisa.
—Hace tiempo nos vimos en Córdoba, en un shopping, ¿te acordás?
—¡Aaah! Qué tarada que soy, ¿usted es el amigo de Jorge?
—Exactamente.
—Te pido mil disculpas —acotó con cierta alegría dándole un beso en la mejilla.
—Sólo si aceptas una invitación.
—¿Invitación? Ah bueno, esto no me lo esperaba.
—No te asustes. No creo que ir a cenar sea un problema; no tengo otra intención —agregó colocando una mano en el pecho.
Rocío miró su reloj pulsera, levantó la vista y con un regocijo inusual respondió:
—Acepto la invitación.
Subieron al vehículo, Antonio lo puso en marcha y se dirigió a un restaurante céntrico que él ya conocía. En el camino ella le preguntó:
—¿Cómo le va con los libros?
—Por el momento bien, no puedo quejarme. ¿Leíste mi obra? Perdón por la pregunta, pero necesito tu opinión, si es que Jorge te prestó el libro.
Rocío respondió con franqueza:
—Sí, tuve la oportunidad de leer la historia. Si bien no es de mi gusto, es bastante interesante. Espero que no se ofenda por mi observación.
—Al contrario, siempre es bueno saberlo y ante todo tutéame, llámame, Antonio, todos lo hacen. Lo de usted me hace sentir más viejo.
La cara de Rocío se había transformado, era diferente a la que solía tener frente a los tubos de ensayo y el sonido de las máquinas inteligentes.
Antonio no apartaba la vista del tránsito, prestando atención a los comentarios que ella exponía.
—¿Tiene algún problema de salud en particular? Me refiero al pedido de los análisis.
—No exactamente. Es un pedido de control que la doctora Jiménez lleva conmigo. A propósito —agregó—, no sabía que eras bioquímica y que trabajabas en esta clínica.
—Si, lo soy desde hace varios años y aquí llevo poco tiempo trabajando.
—¡Bien, llegamos! —interrumpió.
Estacionó el auto en la calle Mitre y luego entraron al restaurante que en particular a él ya lo conocían.
Rocío quedó sorprendida por las características rústicas del salón. Nada extravagante, muy acogedor y servicial. Un mozo los recibió con mucha alegría.
—¡Antonio! ¡Qué gusto volver a verlo! Margarita siempre pregunta por usted..., Oh perdón, la señorita es...
—Rocío, una amiga. Ten cuidado, es vampira —dijo en tono jocoso.
—¡Oh! ¿No tendré que usar cuello ortopédico, verdad, o sí?
Rocío sonrió al recordar lo que él había dicho en el laboratorio.
—Si se porta bien no le hará falta —respondió con humor.
—Entonces estoy salvado. Siéntense donde quieran por favor, ya les traigo la carta.
Cuando Rocío se iba a sentar, Antonio le arrimó la silla en un gesto de cortesía que la sorprendió. Era raro encontrarse con un hombre de buenos modales
—Veo que te conocen. ¿Quién es Margarita?
—La dueña del lugar. Es una señora encantadora, ama los libros. La conocí hace unos años en una de las presentaciones que hice en San Rafael. Adquirió un ejemplar y con el tiempo se comunicó conmigo para hacer algo informal aquí en su negocio.
Ella escuchaba con atención el relato. Veía en él una paz y una alegría que Miguel, el mozo del restaurante, de improvisto interrumpió.
—Disculpen la intromisión, aquí tienen la carta del menú. Tómense el tiempo que quieran —dijo guiñándole un ojo a Antonio—. Eso sí, algo deben tomar. Tienen mucho de qué hablar y no quiero que terminen consultando a un otorrinolaringólogo.
—Una tónica para mí —respondió Antonio.
—Una gaseosa sabor naranja —agregó Rocío.
El mozo se retiró a traer el pedido y la conversación continuó.
En ese momento le había llamado la atención que el mozo le haya guiñado un ojo. Pensó que algo más que la amabilidad había entre ellos, pero no se animaba a preguntar. Además, no sabía si andaba tras sus pasos para lograr alguna cita o por simple necesidad de sentirse acompañado con ella en particular.
Por el momento no tenía la intención de formar un prejuicio sobre él porque aún no lo conocía del todo. Lo veía bastante agradable y aprovecharía la oportunidad para saber un poco más sobre su vida personal y todo lo que lo rodeaba.
—¿Cómo fue eso de informal? —preguntó.
—Margarita juntó a sus amigos y llevó a cabo una reunión aquí para que me conocieran y les diera una charla sobre la novela que había adquirido.
—A eso le llamo ser afortunado.
—Más que afortunado diría. Margarita me presentó varios amigos que tenían interés en la obra. Desde aquella noche y por su intermedio he logrado viajar a varios departamentos de la provincia, también concurrir a otras provincias.
—¿Córdoba fue una de ellas?
—Exactamente. Me invitó un empresario cuya esposa se dedica a difundir la importancia que tiene la lectura en la vida cotidiana.
—Veo que no pierdes el tiempo. ¿Y con lo inmobiliario cómo te va?
—Bastante bien. Me asocié con un amigo de la facultad después de separarme y desde entonces la escritura es mi hobby.
Mientras cenaban, la conversación continuó a pesar de que ella no se animaba a ir más a fondo sobre su vida privada. Sabía que tenía unos diez años más que ella y esa porción de vida interesante le daba pie para sacar alguna conclusión sobre su persona.
Fuera del restaurante se ofreció a llevarla hasta su casa.
—No por favor, está bien. Vivo por aquí cerca. Iré caminando. Te agradezco la cena, has sido muy gentil —contestó con un beso en la mejilla.
—¿Estás segura de que no quieres que te acerque?
—No te preocupes. No son las cuatro de la madrugada —y agregó antes de alejarse—. Los resultados estarán para el lunes en la tarde, no te olvides de retirarlos.
—¡Gracias! —cuando se alejaba caminando por la vereda agregó— Cualquier cosa que necesites, llámame.
—¡Chau! —saludó Rocío de lejos y se dijo así misma, “¡Qué gracioso! No me dio el número de teléfono y quiere que lo llame”.
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