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El mercenario, tras su largo día, había llegado a la taberna. Abrió la puerta y Wilice, el tabernero, un hombretón de espeso y castaño bigote, lo recibió de buen agrado alistando la jarra en la que le sirvió el aguamiel mientras esperaba la comida. Con aire ausente, bebió su pinta y no se dio cuenta de que el volumen de los comentarios en la taberna había bajado de nivel. Si hubiese estado un poco más alerta habría entendido que esto solo ocurría cuando alguien ajeno al lugar entraba en el sitio. De no haber estado tan absorto en sus pensamientos, hubiese visto la menuda y delgada silueta que había llegado hasta su lado, sentándose junto a él.
Ya era tarde.
Usó toda su disciplina para no sobresaltarse. Sus sentidos se activaron de inmediato y de no ser por su rápida capacidad de observación hubiese golpeado a la figura en el rostro con tal fuerza que posiblemente le hubiese destruido la mandíbula. En vez de eso, disimuló tomando un largo sorbo de su jarra mientras la miraba de reojo, tratando de hacerse una imagen de quien lo acompañaba. Pero para lo que vino a continuación no estaba preparado. La mujer, cubierta por una túnica que impedía ver su rostro, habló; y la sangre del guerrero se congeló de inmediato. Él conocía muy bien ese tipo de cadencia suave y elegante, casi cantada, casi hipnótica, de cada palabra que salía de los labios de la criatura. Su mente viajó en menos de lo que dura un parpadeo hasta un pasado que creía lejano, todos sus músculos se tensaron, sus nudillos se pusieron blancos de la fuerza con que cerró sus puños, su frente se perló de sudor. Para su suerte, la mujer no lo estaba mirando.
—Conozco de usted y de la profesión a la que se dedica y quiero contratarle. Requiero de sus servicios —dijo Krina con su voz suave mientras jugaba de manera ausente con la copa de vino que le habían puesto al frente, lo cual dejó ver que sus brazos estaban totalmente cubiertos por finos guantes. Ello que puso al mercenario de vuelta en la taberna. La mujer repitió sus palabras dejando salir una pequeña entonación que denotaba impaciencia.
—No estoy interesado. —Fue todo lo que respondió y regresó a su bebida. La mujer giró un poco su cabeza con algo de sorpresa, que disimuló gracias a su capuchón, ya que imaginaba que él estaría tratando de salir de ese sitio muerto en busca de fama y riquezas. Después de todo, los humanos son de esencia simple.
El mercenario no la miró. Cuando su mente retornó a la taberna, recuperó el control de su cuerpo, pero no el de sus sentimientos: ahora lo invadía el odio, el desdén, un impulso irracional y asesino causado por el dolor y la soledad; él lo sabía muy bien, estaba perdiendo el juicio. Solo bastaba un rápido y fuerte movimiento, directo hacia el delgado y delicado cuello de la mujer, apretar con fuerza por unos segundos hasta que no se moviera más. No, no trataría de matarla, ella no le había hecho nada, y no la juzgaría, por ahora, por los crímenes cometidos por los suyos en antaño. Solo quería que ella se fuera y lo dejara en paz, pero eso no pasaría.
—La paga será bastante buena, no se arrepentirá, se lo prometo. Y además, puede estar seguro de que su hazaña llegará a oídos de gente que pued…
—¡Que no estoy interesado! —El hombre de rostro fuerte y facciones finas y duras marcadas por la experiencia, las batallas y el sufrimiento, cortó tajante. El golpe que dio con la jarra a la barra fue tan fuerte que causó un silencio súbito. Guardó su compostura y repitió en un volumen de voz más bajo—: No estoy interesado…
—Como guste, pero cuando los que vienen tras de mí lleguen hasta este lugar y acaben con este mugroso pueblo y con usted, espero no se arrepienta de su necia voluntad —dijo la mujer en un susurro a su oído para que nadie más escuchara, tratando de engañar al hombre, apostándole a su suerte en busca de dar con un elemento que lo hiciese cambiar de opinión—. Si cambias de parecer, mañana estaré en un pequeño claro en la parte sur de la villa, alejada del camino y de los ojos imprudentes. Mi nombre es Krina. —Al terminar estas palabras, con la gracia de una damisela se levantó de su lugar y salió de la taberna.
El hombre quedó consternado, sus sentimientos de odio pasaron rápidamente a ser angustia. ¿Sus perseguidores arrasarían con la villa? Algo olía muy mal para el mercenario, pero más que eso eran los recuerdos traídos a la memoria los que lo impulsaban a la aventura. Mientras estuviese en sus manos, jamás dejaría que por culpa de esta mujer destruyeran Villa de Solaria.
Finalmente dio la vuelta y se dirigió a su habitación: necesitaba poner en orden sus pensamientos y acostarse temprano para descansar el mayor tiempo posible, ya que seguramente sería la última cama cómoda que probaría en muchos días.
CAPÍTULO II El encargo de Krina
Valentine descansaba mientras miraba hacia el horizonte recostado sobre uno de los barandales en proa. El mar estaba calmo y el clima estaba a favor de la embarcación; un sol meridiano y un viento fuerte de sur a norte que empujaba el pesado barco por las vastas aguas del mar de Ivinie mantenían de buen humor a toda la tripulación.
Aunque aún estaba recuperándose de las heridas de la última batalla, se encontraba con muy buen ánimo, por lo que prefirió dar un paseo por la borda antes que quedarse en su camarote.
Sus ojos azules exploraban el vasto mar mientras que a su mente regresaban imágenes de la batalla contra los peligrosos sahuagins que habían invadido el barco hacía unos pocos días y, mientras revivía en su mente el combate, analizaba con calma sus acciones para poder corregir los errores.
Recordaba que el ataque había sido inesperado. Empezaba a oscurecer bajo una suave niebla y uno de los marinos que se encontraba amarrando cabos escuchó un ruido extraño; sonaba como si algo hubiera rasgado el casco de la embarcación. Para el marino fue algo insólito pues le parecía imposible que en medio del profundo mar pudiera haber arrecifes a la altura de la superficie, y ciertamente el vigía no había advertido de restos flotantes de algún barco hundido, así que se asomó con cautela por uno de los bordes, mas de nada le sirvió tanta prevención ya que una mano fuerte y escamosa lo tomó por el pecho de manera sorpresiva y lo aventó con potencia a mar abierto. Un grito ahogado fue lo único que logró salir de su boca, pero por fortuna esto fue suficiente para alertar a sus camaradas.
—¿Wiggels? —preguntó uno de sus compañeros al escuchar el ruido—. Wiggels, ¿te encuentras bien?
Mas Wiggels no respondió. Ya nunca más lo haría. El marino esforzó su vista a través del traslúcido manto gris que se alzaba sobre barco y tripulación para determinar mejor la figura que se acercaba hacia él y su sospecha pasó a ser alarma al ver que otras figuras empezaban a asomar cargando largos tridentes. Ningún marino usa tridentes.
—¡Nos abordan! ¡Capitán, nos abordan por estribor! —gritó el hombre mientras apuntaba con su ballesta a los invasores.
Sin menor dilación, los demás tripulantes tomaron sus armas y empezaron a correr la voz mientras se dirigían hacia el peligro. Las criaturas para entonces habían tomado ventaja y empezaron a cargar velozmente con sus tridentes y redes. Los sahuagins, criaturas reptilescas con fauces amplias y dientes puntiagudos, manos y pies palmeadas para moverse con soltura en el agua y fuertes y peligrosas colas, tenían una forma de pelear bastante organizada: uno de ellos lanzaba una red a su presa mientras otros dos picaban frenéticamente al desdichado que quedaba dentro de ella o lo golpeaban salvajemente en la cabeza para dejarlo inconsciente y capturarlo vivo.
Aquel marino disparó de manera certera su virote atravesando la cabeza de la criatura y de inmediato desenvainó su sable y saltó sobre otro de los monstruos. Los demás marinos lanzaron dagas y hachas de tiro como primer ataque, para posteriormente cargar con sus armas de cuerpo a cuerpo. Saltaban desde la cangreja, desde los mástiles o las cuerdas. Uno de ellos fue derribado a medio salto por una de las redes, pero para su fortuna una daga atravesó la rodilla de uno de sus victimarios antes de que llegara a él, haciéndolo caer en medio de la borda, mientras que el otro chocaba tridente contra espada. En los momentos en que toda la refriega tomaba lugar, Valentine, estoque en mano, se escondió entre unos barriles en popa, cerca del timón, y observaba con calma el enfrentamiento buscando la mejor oportunidad para atacar. Su espera dio frutos puesto que identificó junto al mástil mayor a un tripulante que se defendía a sangre y fuego de la ofensiva de un sahuagin inyectado en furia. De seguir así, el hombre no sobreviviría a sus impetuosos ataques; por lo tanto, sin dar más espera, Valentine empezó a moverse silencioso como un fantasma a través de la popa, hasta situarse detrás del reptil, y sin que este pudiese preverlo lo estocó justo en medio de la espalda, matándolo de inmediato. Sin perder tiempo comenzó a buscar su próximo blanco y al encontrar otro combate similar decidió ponerse en movimiento. Pero en este caso el marinero, al ver que Valentine llegaba por la espalda de la criatura, decidió dejar ese combate en sus manos para ayudar a otro camarada.
—¡No, espera! ¡Necesito que lo distraigas! —gritó Valentine.
Valentine no era un guerrero. No como un marino o como un soldado. Su estilo era un poco más… silencioso: su verdadero arte se encontraba en sus habilidades y no en su forma de combatir y siempre buscaba apoyarse en un aliado para poder asestar golpes mortales en el momento en que su objetivo bajara la guardia. Así era como funcionaba. O como solía funcionar; ya no contaba con compañeros que entendiesen su forma de luchar y ahora se encontraba de frente con un enorme reptil marino que trataba de ensartarlo entre las puntas de su tridente. Gracias a su agilidad y reflejos logró esquivar los golpes, mas no logró ver la red que le caía encima y lo inmovilizó en el suelo. Vinieron momentos de puro terror. Mientras se revolvía frenéticamente tratando de soltarse, dos sahuagins empezaron a picarlo con sus armas. Uno insertó las puntas en su pierna derecha mientras el otro rozó su antebrazo izquierdo lo suficiente para causarle una dolorosa herida.
Como pudo sacó su filoso estoque por entre la red y perforó el muslo de su primer atacante, haciéndolo retroceder, mas de no ser por el pronto auxilio que le prestaron los marinos que se encontraban a su alrededor, habría terminado como alimento de sahuagin. Los hombres eliminaron a las criaturas y lo liberaron. El combate había terminado pronto, solo había caído un hombre, Wiggels, y pocos habían resultado gravemente heridos.
—Vivirás otro día, muchacho —le dijo uno de los lobos de mar con una amplia sonrisa. Cojeando, Valentine dio las gracias.
—Vamos, hay que tratar esas heridas o se van a infectar.
«Antes era más fácil», pensó Valentine al salir de su ensimismamiento, al volver de sus recuerdos de aquella reyerta. «Aunque tengo tiempo acá en este barco, pocas veces hemos tenido que luchar por nuestras vidas y poco ha sido el tiempo para entenderme en batalla con estos buenos hombres».
—¿Pensando en lanzarte al agua, grumete? —Fue la pregunta que escuchó del capitán del barco, que se acercaba hacia él.
—Solo disfruto de la vista, capitán Baka —respondió el aventurero con una sonrisa ante el comentario del buen y excéntrico marinero.
Valentine no olvidaba el momento en que conoció a este pintoresco sujeto. Ese día lo miró de arriba abajo sin dar crédito a lo que veían sus ojos: el oficial de uno de los barcos más afamados de las costas del sur y oeste de Ebland. El capitán Baka era un hombre pasado ya de los cincuenta años y, de no ser por su estatura, cualquiera podría jurar que se trataba de un enano: regordete, de anchos hombros, cabello y barba negros de los que sobresalían algunas canas; cejas pobladas, nariz ancha y mirada amable. Sus ropas eran las de un marino común excepto por su yelmo, que era el típico casco de orco hecho de manera rudimentaria en hierro pesado y coronado con los cuernos de algún animal. Su cinturón era un cuero negro ancho que tenía por hebilla… ¿unas ubres de vaca? Sí, nada podía parecerle más extraño a Valentine que aquel curioso cinturón, pues jamás había visto a alguien portar uno igual.
—Ah sí… un mar en calma y un cielo despejado, pocas cosas pueden igualar el sosiego que esto te puede hacer sentir, pero creo que algo más ronda en tu cabeza.
—Sí, bueno… La verdad, nuestro encuentro con los reptiles hizo que recordara épocas pasadas —contestó Valentine y por un breve instante sus ojos reflejaron un sentimiento de nostalgia—. Siempre me ha impresionado ver cómo las circunstancias pueden hacer que tu vida cambie en un parpadeo.
—Bueno, mi amigo, la vida se mueve como un mar tormentoso. Si no te gusta el mar, busca un lugar en tierra firme, lejos de las aguas turbulentas, pero… ¿en verdad no quieres saber qué hay detrás del horizonte? —Después de unos segundos el rostro de confusión de Valentine cambió, como si finalmente hubiese entendido lo que el capitán quería decir.
—Navegar —respondió el aventurero.
—Es de lo que se trata, no del puerto, porque cuando llegues, ¿que harás? ¿Será el fin de tu viaje? —El viejo lobo de mar dejó de mirar a los ojos del hombre y con la mano extendida miró hacia la lejanía, invitando al aventurero a seguir su mirada—. ¿La furia del mar ha cambiado tu rumbo? Bueno, busca un nuevo horizonte y avanza hacia él hasta que el mar decida lo contrario.
—¿Y qué hay si encuentro un puerto?
—Busca otro barco. O forma un hogar si crees que has encontrado el horizonte que buscabas.
—¿Y qué hay si no quiero que el mar decida mi camino?
—Ese día morirás, a menos que te conviertas en mar.
—Soy un navegante —respondió el aventurero con resolución.
—Y un pésimo marinero. —Los dos rieron y el capitán Baka finalmente le dio unas palmaditas en la espalda—. Pronto llegaremos a tierra firme. Te aconsejo que descanses y pienses con calma si tu camino está con nosotros o no.
Baka puso sus regordetas manos alrededor de su hebilla de ubres y caminó de nuevo hacia el timón. Valentine miró otra vez al horizonte, ahora con una nueva interrogante.
***
Por fin tocaron puerto. El puerto de Tabask. Valentine descendió del barco con energías renovadas. El dolor en su pierna era casi inexistente y el clima era perfecto: un sol meridiano que llenaba de calor los cuerpos de marinos y tabanenses. Los barcos que llegaban eran rápidamente rodeados por los mercaderes y sus trabajadores para negociar precios y objetos con el almirante o primer oficial mientras los capitanes se dirigían hasta la capitanía del puerto para reportar su arribo y pagar los impuestos pertinentes. La ciudad, incluso su puerto, tenía una arquitectura impresionante: casas de diseños estilizados (incluso las más humildes) y, aunque no eran ostentosas, tenían esbozos de arte en sus paredes, que las hacían conjugar finamente con el estilo de la ciudad. Las calles se encontraban en perfecto estado y eran lo bastante amplias como para permitir el paso cómodo de dos carretas a lado y lado; y las murallas, en especial las del lado sur, se encontraban bien fortificadas, haciendo a cualquiera desistir de querer entrar en la ciudad a la fuerza, por el mar.
El aventurero, aunque contento y fascinado con la ciudad (era la primera vez que pisaba Tabask) no dejaba de prestar atención a lo que había a su alrededor, ya que sabía muy bien que en los puertos proliferan los rapaces que tratarían de tomar todo lo que pudieran de aquellos que se descuidaran, como marineros ebrios o viajeros desprevenidos. No obstante, había algo que le llamaba particularmente la atención. No era solo que había poca guardia de la ciudad, sino que marinos y comerciantes negociaban tranquilamente sin preocuparse de lo que pasaba alrededor; incluso los ayudantes de unos y otros esperaban despreocupados sin prestar mayor vigilancia a los carromatos y sus pertenencias. Todos estaban demasiado confiados y eso, en cualquier puerto de Ebland, no era normal.
«Ya me enteraré de que ocurre en esta ciudad», dijo para sí el joven hombre mientras buscaba un lugar para hospedarse. Los demás marineros de El Mugido Constante, el barco que capitaneaba el buen Baka, lo invitaron a la posada favorita de ellos, El Último en Pie (llamada así a razón de que suelen apostar por quién de los marinos en una mesa será que el más aguante sin caer inconsciente ante el licor de la casa), pero Valentine rechazó amablemente la invitación ya que quería recorrer la ciudad y hospedarse en un lugar con lujos y buen servicio. Después de todo, había trabajado duro por muchos meses y quería algo mejor que el camarote de un barco, y las posadas que solían escoger los marinos para descansar acostumbraban tener habitaciones no muy diferentes a estos.
Comenzaron a pasar así varios días, durante los cuales un delgado hombre de aspecto extraño, una mezcla de marino y guerrero tan alto que un hombre promedio le llegaría al pecho, piel blanca tostada por el sol, cabello negro en rastas cubierto por una pañoleta roja, guantes de cuero que dejaban al descubierto sus dedos para no perder la agilidad de estos, y con un gabán largo y negro al que le faltan las mangas y permitían ver unos largos y fuertes brazos, uno de los cuales se apoyaba en el puño de su estoque, deambulaba por las calles de la ciudad con una ligera sonrisa mientras anotaba mentalmente todo dato que le pudiera ser de utilidad.
En unos pocos días entendió que su «mar» se encontraba en tierra firme, donde sus habilidades serían mejor aprovechadas y donde podría relacionarse con muchas más personas que le ayudaran a cumplir sus objetivos. Ya había navegado por mucho, mucho tiempo, en el barco del capitán Baka y había logrado entablar amistad con él y varios (si no todos) los tripulantes de su barco. Había conocido lugares impresionantes y criaturas de leyenda, pero ya era el momento de volver a su elemento: las ciudades, el bullicio.
Acudió a El Mugido Constante antes de que este zarpara a mar abierto. Allí se despidió entre abrazos y promesas de cada uno de los marineros y esperó hasta que el barco ya no fuera visible en el horizonte. «Ahora, a navegar», pensó el aventurero con una gran sonrisa pintada en el rostro. De cara a la ciudad y manos en la cintura, sintió cómo su espíritu se regocijaba.
—Bien, como un muy buen amigo mío me enseñó hace mucho: «Cuando llegues a una ciudad nueva, la mejor carta de presentación es que en poco tiempo hablen de ti; entonces no buscarás trabajo, el trabajo te buscará a ti». —Y así emprendió su camino hacia una nueva aventura.
CAPÍTULO III El encargo de Krina
En las primeras horas de la mañana, después del pequeño ritual diario con Ilinea, partió el mercenario hacia el lugar señalado por la misteriosa mujer. Sentía cómo su corazón palpitaba con fuerza dentro de su pecho y sus pies avanzaban más rápido de lo que él conscientemente deseaba, y esto se debía a una sola cosa: la emoción de la aventura recorría su cuerpo. Su sangre le quemaba ardiendo en deseos de combatir y explorar, de hacer su nombre más grande como mercenario.
Mercenario. Aquella palabra le agradaba mucho pues al único que debía explicaciones, al único al que le debía lealtad era a sí mismo y a su propio código de conducta; él y solo él decidía qué era bueno o malo, sin obligación ante un rey, una orden o una nación. Estaban los contratos, claro, pero podía decidir si tomarlos o no, o dejarlos a voluntad, aunque de esta parte él prefería no valerse, ya que repercutiría en su mal nombre. Tenía que encontrarse ante un peligro realmente grande, algo que lo abrumara, o de lo contrario no abandonaría sin cumplir su trabajo.
Casi sin darse cuenta llegó hasta el pequeño claro donde había sido citado por Krina. Allí pudo ver una carroza bastante elegante con un toldo extendido desde la puerta hasta unos tres o cuatro pasos más adelante, y algunos enseres y barriles en la parte de afuera. Al hacer un paneo del lugar observó a dos humanos bastante jóvenes, que no superaban los dieciocho años. Uno de ellos, de cabello castaño y contextura mediana, vestía pieles de animales y anillas de metal como armadura, mientras el otro, que era algo más delgado, estaba envuelto en una túnica gris que no develaba nada de sus ropajes. Por armas, el primero cargaba, al igual que el velkariano, un enorme espadón, mientras que el segundo sostenía entre sus manos una guadaña sobre la que se apoyaba a modo de cayado.
«Dos niños: uno pretende ser un aventurero y el otro lleva como arma la herramienta de un labriego. ¿Qué hacen acá?», pensó mientras se acercaba.
—Saludos —dijo el joven del espadón extendiendo su mano al mercenario. Al ver que este no la tomaba, la retiró—. Mi nombre es Efrand, de Tabask, supongo que has sido convocado por la señorita Krina, como los demás.
—¿Los demás?
—Sí, la señorita Krina ha dicho que vendrán más; no quiere que haya errores.
«Contratar niños es de por sí un error», pensó el mercenario mientras se daba la vuelta para ver a otros dos hombres que llegaban al sitio. Uno de ellos se identificó como Slain. Se trataba de un hombre alto y fuerte de cabello negro a la altura del mentón, de una edad similar a la de él, ataviado con una armadura de mallas adornada con una bufanda de color azul claro. Llevaba en sus manos una espada de doble hoja; algo así como una lanza con hojas largas en ambos extremos, un arma exótica y difícil de manejar por lo que el mercenario se alegró pues pensaba que si tenía la habilidad para manejar dicha espada, estaría bien respaldado en combate. El personaje que lo acompañaba dijo llamarse Thárivol. Este era un guerrero semielfo que vestía armadura de cuero y portaba una espada larga y una corta amarradas al cinto, y aunque se veía algo joven (para el estándar humano), tenía una mirada de confianza y disciplina, como son las miradas de los soldados entrenados.
Después de una breve presentación en la que el joven de la guadaña guardó silencio en todo momento, incluso cuando preguntaron su nombre, miraron al mercenario.
—¿Y tu nombre? No nos lo has dicho aún —preguntó el animado Efrand.
—Mi nombre es… —Y al tiempo que pronunciaba su nombre, la mujer asomaba por la puerta de la carroza. El hombre de armas trató de mirarla a los ojos, que estaban escondidos tras la túnica púrpura, y dirigiéndose a ella más que a sus compañeros continuó—: mi nombre es Scar, mercenario nacido en las lejanas tierras de Velkar, líder otrora de Los Slayers, grupo mercenario que ha combatido desde las inclementes Tierras del Fuego hasta la misma y misteriosa Tabask; guardián de Villa de Solaria, y hoy me encuentro acá ante la señorita Krina ofreciendo a Trueno de Velkar, mi mortal espadón, para las tareas que exija su voluntad. —Al terminar su presentación hubo un corto silencio y la mujer, mirándolo a través de su capucha, sonrió levemente.
—Sabía que no me defraudaría, Scar de Los Slayers, hijo de Velkar. Su reputación le ha precedido, dicen que es mercenario con honor. —La mujer terminó de salir del carromato y para ello extendió su delicada mano envuelta en sus largos guantes para que el mercenario la ayudara a descender. Scar tardó unos segundos en asistirla ya que, aunque no había podido confirmar sus sospechas, creía saber con qué raza estaba tratando, que solo traería problemas, y no la dejaría llevar esos problemas a Villa de Solaria. La mujer se impacientó y movió ligeramente su mano trayendo de vuelta la atención del guerrero, quien la ayudó a salir de la elegante y fina carroza—. Debemos esperar a uno más, no debe tardar mucho.
Tras una hora de larga espera, durante la cual algunos de los aventureros intercambiaron breves palabras, asomó entre los arbustos quien sería el último hombre contratado junto con otra persona que al parecer Krina no esperaba. Al verlo, Scar abrió sus ojos, se giró rápidamente hacia la mujer con su cara de sorpresa y enfado y exclamó incrédulo:
—¡Oh! ¡Por favor!, ¡esto tiene que ser una broma! ¿Acaso ellos saben lo qu…
—Saben lo que necesitan saber, y si saben lo que usted, están aquí por voluntad propia —cortó tajante Krina las protestas del mercenario–. Preocúpese por cumplir su tarea, mercenario; lo demás no es asunto suyo.
—Será un problema. ¿Qué puede ser tan importante para que corra tantos riesgos? —preguntó Scar entrecerrando los ojos al mirarla. La mujer comenzaba a preguntarse qué tan buena idea había sido contratar a un humano tan insolente; jamás en su larga vida había sido tratada tan desvergonzadamente por un hombre, uno que no se dejaba embelesar por su provocativa voz, su silueta sensual o su aura de misterio. Definitivamente, estas no eran sus tierras.




