- -
- 100%
- +
La criatura ya había estado en el lugar con anterioridad y lo había revisado con calma y por eso sabía que la ventana contaba con cerrojos bastante fuertes y difíciles de violar, así que optó por la puerta. Con un cuidado y una paciencia ancestrales logró quitar el seguro y abrir la puerta en un silencio absoluto, fijó su mirada en la cama donde yacía su víctima y sacó su afilada daga dispuesto a cumplir con su trabajo. Pero entonces una débil ráfaga de viento rompió su concentración. Miró el lugar de donde había venido el viento, se trataba de la ventana, estaba abierta ¡cómo no se dio cuenta desde el primer momento! Había volcado tanto su atención sobre su enemigo que había ignorado por completo el resto de su entorno; estaba tan confiado en su superioridad que olvidó por completo las reglas básicas del acecho. De golpe una advertencia llegó a su cabeza y corriendo hacia la cama, de un solo y rápido tirón, quitó las cobijas para solo encontrar almohadas formando el bulto que creía era su objetivo. Maldijo en silencio, ahora su presa podría estar a horas del lugar.
Pero de pronto sus ojos entrenados vieron una sombra pasar frente a la ventana, a gran velocidad. Sin perder un segundo el asesino corrió hasta allí y agarrándose del marco superior de la ventana hizo una pirueta con fuerza y elegancia que lo dejó de inmediato sobre el tejado de la posada.
Una búsqueda rápida con la mirada le permitió dar con su objetivo, que se desplazaba torpemente por entre los techos planos de la ciudad. Sin perder una fracción de segundo empezó a correr hacia él, seguro de alcanzarlo en pocos pasos, pero, de repente, cuando tenía a Valentine a un brazo de distancia este aumentó su velocidad en un abrir y cerrar de ojos, su andar dejó de ser torpe y errático y salió despedido hacia la pared alta de una casa que se encontraba a su izquierda, la cual usó de apoyo para dar dos pasos rápidos y así impulsarse hacia el siguiente techo que se encontraba justo frente a él. El perseguidor no se quedó atrás a pesar de haber sido cogido por sorpresa; aceleró al máximo y en vez de usar la pared como trampolín hacia el siguiente techo, saltó, se colgó de forma similar a la cornisa de la ventana y empezó a correr por el techo de esa casa, paralelo al aventurero.
De pronto el perseguido trató de dar un giro inesperado hacia la derecha, resbalando un poco. El asesino tuvo mejor suerte y aprovechó el giro y la altura para dar un gran salto con su daga en alto para estocar al joven hombre, pero este ya había recuperado el impulso y logró escapar del feroz ataque con apenas un rasgón sobre su gabán y, dando un respingo, saltó directamente sobre otro techo que se encontraba frente a él, cruzando una calle angosta. El salto fue largo, pero gracias a su espigada estatura lo logró por los pelos. Dando una voltereta para amortiguar los golpes, rodó unos pasos más antes de ponerse de pie y seguir corriendo. El asesino, por el contrario (y siendo una palma más bajo que Valentine), se quedó corto en el salto; sin embargo, a medio vuelo logró corregir su postura para atravesar una pequeña ventana que estaba a punto de ser cerrada por una mujer regordeta que, con un grito de espanto, se agachó en el momento preciso para que el delgado y atlético elfo entrara, rodara y, con ese mismo impulso, continuara corriendo. Destrozó una puerta con un tacle y gruñendo a causa del dolor siguió sin descanso hasta saltar por la siguiente ventana hacia la pared de enfrente y, apoyándose en un par de bisagras, subió rápidamente al techo.
Una mirada rápida le permitió dar con su objetivo quien, al parecer, confiado, nuevamente había aflojado el paso. Esta vez decidió no ir directamente tras él y escondiéndose entre en la noche empezó a acechar al aventurero. Este parecía claramente confuso y miraba hacia todos lados intentando dar con su victimario mientras trataba de no detenerse.
De pronto, como salido del mismo infierno, el elfo asesino saltó de entre las sombras de un edificio de dos plantas que se encontraba a su izquierda, arrojando dos dagas hacia su humanidad. Con un esfuerzo que quemaba sus músculos, Valentine logró esquivar ambas armas con un rollo hacia la derecha, cuando vio cómo el asesino se acercaba empuñando espada y daga.
El aventurero creía que su enemigo lo superaba marcialmente, así que pensando rápido y tratando de ajustar su plan a la situación, dio una patada a la empuñadura de una de las dagas que yacían en el suelo, arrojándola hacia elfo quien, al no esperar el movimiento, se vio en dificultades para bloquearla, teniendo que retroceder y encogerse. Al ver que el humano no se había movido mucho y que solo había cortado su primer impulso, de inmediato se abalanzó sobre él y este, en un rápido movimiento, lo tomó por la chamarra y ayudándose con el impulso del rival se dejó caer de espaldas para, con sus pies, arrojarlo lejos. De hecho, de no ser por el poste de un viejo tendedero de ropa, el asesino hubiese terminado en la calle con algún tipo de fractura. Este pequeño lapso fue aprovechado por el humano para emprender carrera nuevamente, y fue seguido en el acto por el enfurecido asesino.
En el siguiente movimiento, ambos descendieron a las desoladas calles de Tabask y en un momento inesperado Valentine giró hacia su izquierda y entró a un pequeño callejón sin salida.
El elfo no perdía de vista a Valentine. Cuando este giró hacia la izquierda, el asesino sonrió perversamente pues conocía muy bien las calles de la ciudad y sabía de antemano que su presa se había metido en un callejón sin salida. Lo haría sufrir, lo iba a torturar antes de matarlo por haberlo hecho quedar como un idiota. Pero eso tendría que esperar... Cuando entró al callejón, este se encontraba vacío. «¿Qué demonios?». El rostro del elfo se encontraba sumido en la total confusión, pero después de unos segundos lo entendió.
El perseguido había girado hacia su izquierda, entrando al pequeño callejón donde, sin perder un momento, usó toda la fuerza y agilidad para impulsarse de una pared a la otra hasta subir los tres pisos de alto, terminando en el techo del edificio derecho dispuesto a emprender carrera una vez más. El elfo entonces comenzó el ascenso de manera similar, pero cuando llegó al final no pudo ver a su presa por ninguna parte. Saltó de un techo a otro y volvió al edificio de la derecha del callejón, mas no podía encontrarlo. Empezó a maldecir su suerte cuando sintió un punzón en la nuca, un punzón frío y firme. El elfo sabía que había sido derrotado. El humano se había descolgado por una de las cornisas del edificio pegándose a la pared para desaparecer y cuando escuchó al asesino maldecir supo que era su momento.
—Ha robado a la gente equivocada, pirata. No habrá un día en que su cabeza no esté en juego: muchos lo están buscando, ha ofendido a familias poderosas.
—Por el contrario —contestó Valentine sonriendo—, he robado a las personas correctas. «Cuando llegues a una ciudad nueva, la mejor carta de presentación es que en poco tiempo hablen de ti. Entonces no buscarás trabajo, el trabajo te buscará a ti» —citó y sin dejar de presionar la nuca del elfo con su estoque y buscó algo entre sus bolsillos.
—¿De qué está hablando? —preguntó el elfo sin entender muy bien a qué iba todo este juego.
—Tenga, son dos de los anillos que tomé de la casa de uno de sus señores —dijo Valentine arrojando una pequeña bolsa a los pies del asesino—. Diles que devolveré los demás con gusto, que solo quiero una… oportunidad de entrar a su interesante gremio de comerciantes.
—¡Está loco! Nadie roba la Casa del Murciélago y sale impune. —Valentine finalmente quitó el estoque del cuello del elfo y lo envainó, a lo que el elfo recogió la bolsa y, tras confirmar su contenido, encaró al aventurero.
—Diré que se los arrebaté.
—¿En serio? ¡Ha de ser muy listo!, pues tendrá que explicar cómo es posible que haya fallado en el intento de matarme o, mejor aún, si dice que me mató se preguntarán dónde están los demás objetos robados. Y entonces, ¿qué dirá? —La sonrisa que se dibujaba en el rostro de Valentine era una mezcla de seguridad y peligro, como pocas había visto el elfo en su vida—. No, no dirá que hizo bien tu trabajo, tendrá que decir que falló y entregar un premio de consolación, y entonces algún día un mensajero anónimo dirá que lo vio con uno de los anillos robados. ¿Y qué hará entonces? —Cuando dijo esto, la cara del elfo, que trataba de mantenerse impávida ante los acontecimientos, sucumbió en una mueca de perplejidad y confusión; fue entonces cuando Valentine, sin perder su encantadora sonrisa, señaló uno de los bolsillos del asesino. El elfo de inmediato palpó el bolsillo izquierdo de su chamarra y encontró otro de los anillos robados. Sus ojos se abrieron tanto que parecía que se iban a salir de sus órbitas. Fue justo cuando daban el bote, la única vez que habían tenido contacto en toda la persecución, fue cuando Valentine le plantó el anillo robado. Entonces, como si una ola descomunal lo hubiese golpeado, comprendió que toda la persecución, todo el camino, que todo el trayecto recorrido, había sido previamente planeado por el exmarinero; incluso la fugaz reyerta y, de no ser porque él mismo le advirtió del anillo, lo hubiese llevado sin saber hasta sus habitaciones y entonces... ¿qué hubiera pasado si se lo encontraban oculto entre sus ropajes?
El elfo no pudo más que mirarlo con odio y admiración.
—Ah… parece que ahora entiende mi punto. Hable con sus superiores, mis habilidades pueden ser de gran ayuda a su gremio. Los demás objetos están a salvo… y sobre esta noche… bueno, sé que será prudente con lo que tenga que decir.
—¿Qué le hace creer que te contratarán y que no le matarán y arrancarán de tu cuerpo frío los demás anillos?
—Son hombres de negocios, son hombres prácticos. —Ambos sabían que tenía razón, que las probabilidades jugaban a favor del pícaro y ahora el elfo empezaba a verlo como un aliado y como una amenaza. De ahora en adelante se andaría con más cuidado.
Al finalizar estas palabras, Valentine hizo una pequeña reverencia y se deslizó hacia el callejón donde comenzó a perderse en la noche.
***
Habían pasado ya varias semanas desde aquel «incidente», las cuales se habían reportado sin novedades. No habían vuelto a entrar en la habitación de Valentine y no había visto que lo estuviesen vigilando. Los días habían transcurrido tan normales que la monotonía empezaba a aburrir al aventurero. «Una semana más, tal vez un par, y me voy a otro lugar», pensaba cada día al volver de las calles.
En esta ocasión su andar era más lento de lo normal, llevaba las manos apoyadas en el cinturón y miraba hacia la calle principal que llevaba a la puerta de salida oriental de la ciudad. Se encontraba algo aburrido pues en verdad le agradaba la ciudad, pero sus fondos empezaban a agotarse y aun no lo contactaba de ninguno de los gremios ni casas mercantes.
Al entrar en la posada saludó a los dueños de buen agrado, pero rechazó la invitación a cenar argumentando que se sentía cansado y que solo quería recostarse un rato. Había estado preguntando por las ciudades vecinas y necesitaba un tiempo a solas para decidir cuál de todas estas sería la que más le convendría como nuevo destino.
Al llegar al segundo piso pudo ver que la puerta de su habitación se encontraba abierta, lo que le produjo curiosidad pues nunca la mucama llegaba tan tarde a hacer aseo. No le dio mayor importancia y continuó hasta el marco de la puerta, donde quedó detenido en seco. Sus manos ahora se encontraban empuñadas a los costados y, aunque no se sentía amenazado, sí puso todos sus sentidos a trabajar en caso de llegar a necesitarlos.
Dentro de la habitación se encontraba un hombre de gran tamaño; alto y corpulento, de cabello negro y corto peinado hacia atrás, que vestía unas ropas elegantes y una fina capa púrpura; en su mano derecha sostenía el hermoso astrolabio de Valentine. Recostado contra el marco de la ventana se encontraba aquel elfo asesino con cara de muy pocos amigos. A la entrada del aventurero, el único en voltear a mirar fue el elfo, mientras que el humano siguió mirando el astrolabio como si nada hubiese pasado.
Tras recomponerse de la sorpresa, Valentine sonrió al elfo mientras asentía ligeramente con la cabeza, a lo cual el asesino frunció más su ceño y desvió la mirada.
—Me habían informado que tiene algo que me pertenece, joven…
—Valentine, señor. Espero no haberlo ofendido… en demasía, solo busc...
—La muerte. Pero no se preocupe, me ha impresionado, no cualquiera sobrevive a Udólanan Silentread. Es más, no cualquiera se burla de Udólanan Silentread —dijo el hombretón mientras miraba al elfo quien, a su vez, rojo de rabia, volteó a mirar a Valentine para luego salir de la habitación hecho una furia. Valentine vio todo el rencor y odio que Udólanan sentía por él y lo tuvo muy en cuenta.
—Mi intención no era burlarme de nadie.
—No me importa, lo hizo, pero para su fortuna nadie más que mi círculo íntimo se ha enterado de lo que ha pasado así que, felicitaciones, ahora hace parte del gremio del Murciélago. Recoja sus cosas, devuélvame las mías y vaya a mi hogar en cuanto esté listo —dijo el noble señor y de inmediato empezó a salir de la habitación. Cuando ya se encontraba junto al aventurero, se detuvo. Sosteniendo en alto el astrolabio lo miró y agregó—: Esto me lo quedaré como pago por sus agravios. —Valentine no pudo más que hacer una reverencia de agradecimiento.
—Agradezco la oportunidad, mi señor... —empezó a decir el joven de ojos azules.
El hombre giró su cabeza y, mirando de reojo, le contestó:
—Karl Torím. —A Valentine casi se le desprende la quijada. El mismo dueño de la Casa del Murciélago en persona había venido a amenazarlo, a ofrecerle trabajo… y a quedarse con su preciado astrolabio.
Al llegar Torím al primer piso, se despidió amablemente de los dueños del lugar. Valentine desde la segunda planta observó cómo el posadero hacía miles de venias y agachaba la cabeza mientras la esposa agradecía por la visita. Karl Torím entonces sonreía amablemente mientras le respondía algo a la mujer y dejaba el lugar. Al salir, la pareja de esposos se abrazó fuertemente llena de alegría y los empleados se mostraban muy orgullosos de haber servido al gran señor de la Casa del Murciélago.
CAPÍTULO VII El camino del montaraz
André Alexander se encontraba agazapado entre un par de arbustos, completamente inmóvil. Sostenía con firmeza un arco a su costado mientras observaba con detenimiento a su presa. El sudor corría por su frente y las cortas trenzas de cabello, que adornaban su rostro como patillas, se pegaban un poco a la piel sudada. Su corta estatura le ayudaba a mantenerse escondido. Trataba de mantener controlada su respiración y sentía como el corazón le palpitaba rápida y fuertemente en su pecho: había tenido que correr durante mucho tiempo entre árboles, riachuelos y piedras para poder alcanzar a su presa. Y ahora la podía observar desde los arbustos.
Podía distinguir a más de un orco en el lugar. Lamentablemente no había podido interceptarlos antes de que llegaran hasta el campamento. La tarde empezaba a caer. Se trataba de un grupo de seis orcos, seguramente una avanzada que se encargaba de peinar la zona en busca de comida, viajeros y esclavos. Esto último, según parece, es para lo que pensaban utilizar a los dos jóvenes que habían sido capturados por el orco que perseguía André desde la tarde, antes de que el sol empezara a ocultarse por el horizonte. El montaraz sabía que al viajar solo debía ser cuidadoso.
Esperando con paciencia en su escondite, el arquero observó con sus ojos castaños, tan agudos como los de un elfo, cómo dos de los orcos salían del pequeño campamento para hacer las primeras guardias, otro más vigilaba al par de jóvenes rehenes mientras los que quedaban calentaban en la hoguera lo que parecía ser carne curada. Después de analizar el terreno y a los adversarios, decidió que se encargaría primero del guardia que estaba junto a los prisioneros, luego de los que se encontraban de vigías y por último de los tres que cenaban. La distancia que había entre los orcos y el joven arquero era de unos cuarenta pasos largos. Lograr un disparo certero no sería nada fácil para un arquero común: no solo la distancia, sino la escasa luz que quedaba del día y el viento que soplaba de occidente a oriente hacían del disparo casi una proeza. Pero André Alexander no era un arquero común. Para ser un humano (y uno tan joven) tenía la precisión y agilidad de un elfo que ha entrenado por varias de sus décadas con el arco y la flecha.
El orco que cuidaba de los dos jóvenes los punzaba con su lanza constantemente como una forma de distraerse pues se encontraba en extremo aburrido. Reía y decía algo en su idioma que los muchachos no podían entender, seguramente una amenaza o una promesa de muerte. Los dos humanos trataban de arrinconarse contra una piedra lo más que podían en un intento inútil de alejarse de la mortal lanza. De repente los dos vieron pasar un destello plateado, uno que el enorme y feo orco no vio y murió sin saber qué o quién lo había matado. Una flecha había atravesado su cráneo de lado a lado haciéndolo trastabillar hasta golpear contra una pequeña roca que lo hizo caer para nunca más volver a levantarse. Casi de inmediato un centinela se dobló sobre una de sus rodillas mientras que en uno de sus muslos se clavaba otra flecha igual de veloz.
El primer disparo de André dio justo en el blanco y, casi sin respirar, caló la siguiente flecha en su arco y la disparó con premura y potencia más que puntería. Igual, había dado en el blanco. Ahora debía aprovechar la confusión para causar el mayor daño posible. Uno de los tres orcos que comían se había puesto de pie y se había girado hacia la dirección de donde había venido la flecha, tratando de pillar al enemigo furtivo. Error. Su enorme pecho era una diana fácil e indiscutible y la siguiente flecha del arquero terminó justo en el centro de este, atravesando su corazón. Otro más trató de correr por su alfajón, pero una flecha lo hirió en el hombro.
El segundo centinela empezó a correr hacia André, quien con cuatro flechas lanzadas en menos de un suspiro ya había delatado su posición; él lo sabía y tenía que sacar el máximo provecho al tiempo que le quedaba antes que llegaran hasta él. El primer centinela sacó con furia la flecha clavada en su pierna y, tomando de nuevo su lanza, siguió a su compañero para darle muerte al montaraz intruso.
Pero André no perdió la calma. Sin romper su concentración apuntó de nuevo hacia los dos orcos que aún se encontraban en el campamento, pues temía que trataran de matar a los jóvenes en represalia por su ataque. Pausando un poco su respiración dejó que sus sentidos lo guiaran hacia su enemigo: aguzó su vista, dejó que el viento que golpeaba su rostro le indicara su dirección y fuerza y finalmente soltó el proyectil que viajó como un rayo hasta impactar en la cabeza de otro de sus enemigos. Los orcos vigías estaban ya casi sobre él, pero no podía desesperar, tenía que mantener sus nervios bajo control: aún había un orco en el campamento y aunque estaba herido aún podía cargar un arma y usarla contra los muchachos.
No podía apuntar a la cabeza del orco; no con el poco tiempo que le quedaba, así que caló dos flechas a la vez en su arco sosteniéndolas con sus dedos índice y anular, apuntó al voluminoso cuerpo y dejó salir los proyectiles. Casi inmediatamente salir las flechas soltó su arco al tiempo que daba un bote hacia la izquierda para esquivar por los pelos la mortal lanza del orco vigía, que le había dado alcance. Sin perder tiempo y aprovechando el impulso se puso de pie y se alejó dos pasos del orco que atacaba por derecha al tiempo que descolocaba la posición de ataque del que cargaba por la izquierda. Ya de pie tuvo el tiempo suficiente para desenvainar su espada larga y desviar el arma de uno de sus contrincantes. Ahora se encontraba cuerpo a cuerpo con dos enormes orcos que intentaban flanquearlo y darle muerte.
Decidió que debía atacar primero al orco que estaba herido en la pierna, pues sería más lento y vulnerable, así que sin perder tiempo se abalanzó contra este a la vez que desenvainaba su espada corta. En un principio lanzaba estocadas con su derecha y mantenía la guardia con su izquierda, siempre caminando hacia su derecha para tratar de alinear a los dos orcos e impedir que lo flanquearan. Habiendo conseguido esto, aunque fuera por unos breves instantes abandonó la defensa y empezó a lanzar furiosas estocadas contra la pierna herida del orco, obligándolo a forzar el movimiento de esta hacia un lado y el otro, pero la enorme criatura resistía el dolor y mantenía en alto su defensa y, para empeorar la situación, el segundo orco había logrado zafarse del alineamiento en que los tenía el explorador y empezaba a buscar el flanqueo. Viendo lo que ocurría, André luchó desesperadamente por romper la defensa del primero y en un acto desesperado arrojó su cuerpo de frente, con sus espadas extendidas hacia el pecho de su enemigo, mientras el otro lanzaba una estocada mortal por uno de sus costados. El plan desesperado de André Alexander estaba dando resultado, cuando menos parcial, ya que había logrado ensartar con sus hojas el voluminoso pecho del orco herido y matándolo al instante al tiempo que, en cuestión de un suspiro, arqueó su espalda lo suficiente para no recibir de lleno el ataque del segundo orco, aunque sí le dejó un doloroso corte en uno de sus omóplatos. La inercia del cuerpo muerto del orco lo empujó hacia adelante haciéndolo caer con este. Al tratar de sacar sus armas del pecho del enemigo, la sangre hizo que sus manos resbalaran del mango. El orco que seguía de pie entendió perfectamente que tenía ventaja y sonrió cruelmente mientras se acercaba a su víctima. André haló con todas sus fuerzas una de sus armas y con un solo movimiento sacó la espada corta y la lanzó contra la criatura, tajándole el cuello.
El joven explorador quedó tendido boca arriba tratando de regular su respiración y de recuperar su compostura. Soltó un largo suspiro paliativo y tras un breve momento recordó que los prisioneros aún se encontraban en peligro. Se levantó tan rápido como pudo mirando hacia el campamento para ver con alivio que al orco que le había lanzado las dos flechas había muerto. Tomó las espadas, limpió la sangre orca en las vestimentas de una de sus víctimas, las envainó y recogió su arco.
—Han tenido suerte de que me encontrara por el lugar —dijo con voz calma el montaraz mientras desataba la cuerda que los hacía prisioneros.
—¡Gracias, mi señor, le debemos la vida! Soy Adur y este es mi hermano menor, Josh; hijos de Aduran, el granjero. Salimos a recolectar leña, nuestro padre está enfermo en cama así que debemos ocuparnos de sus tareas. Fue entonces cuando nos perdimos en el bosque, nunca habíamos entrado en este —comentó animado el mayor de los dos hermanos mientras sobaba sus maltratadas muñecas.
André no respondió de inmediato, lo que generó un silencio incómodo. Se alejó de ellos, recuperó algunas de sus flechas y finalmente dijo:
—Los regresaré a casa… o por lo menos a la villa más cercana. Debe haber más orcos en la zona, el sitio no es seguro. Los montaraces somos guardianes de la naturaleza y es mi deber ayudar a quienes se extravíen en ella si no son una amenaza para nadie, de lo contrario… —Dejó la frase en el aire y miró a los orcos muertos como si esto terminara la oración por él.
Empezaron a caminar hacia la villa más cercana guiados por el ágil explorador. Afortunadamente ninguno de los tres se encontraba herido de gravedad, lo que les permitió avanzar con rapidez. Salieron del bosque de arces y olmos donde se encontraban. Los días de lluvia estaban por llegar a la región y con el frío los árboles habían empezado a perder su follaje, lo que ayudó al grupo a ocultar sus huellas.
A André no le gustaba mucho la idea de tomar el camino más directo hacia las afueras del bosque. En otra situación habría dado un par de giros inesperados para tratar de desviar todo rastro, pero creía que no contaban con mucho tiempo y que debían lograr llegar hasta la planicie junto al río Lund antes de que la noche terminara de caer sobre las zonas inhabitadas del reino de Tabask, pues allí, en la vastedad de la planicie, sería más fácil detectar posibles peligros.
El explorador presionó a Adur y Josh hasta el cansancio: la marcha forzada impidió cualquier tipo de conversación. Con todas las energías enfocadas en un solo objetivo lograron avanzar bastante, pero finalmente los dos muchachos pidieron a André detenerse; se encontraban hambrientos, cansados y además el frío viento que recorría los verdes pastos pegaba con fuerza a los adoloridos cuerpos de los tres humanos.




