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—Pero sin una fogata el frío nos matará —dijo Adur mientras trataba de mantener el calor frotando enérgicamente sus brazos pegados al cuerpo.
—Encender una fogata sería como encender un faro para un barco perdido en altamar. Sin fogatas —respondió ceñudo André y tras unos momentos de silencio tendió su petate y su capa—. Acuéstense y cúbranse lo mejor que puedan; mi capa es gruesa y los protegerá del frío. Descansen, aún falta buen camino, en un momento les daré algo de comer.
—¿Y ese par de conejos que lleva en su cinto? —preguntó Josh relamiendo sus labios.
—Sangre de orco —contestó el arquero con una mueca de desagrado—. Puedo escuchar el río hacia el norte, veré qué puedo conseguir, por ahora descansen y no hagan ruido.
Aunque poco tardó en regresar de su excursión al rio Lund, los jóvenes fueron vencidos por el cansancio, así que los halló sumidos en un profundo sueño. André durmió muy poco, pero lo suficiente para recuperar fuerzas, resistiendo de manera estoica el fuerte y frío viento que recorría la pradera. En las horas de la mañana, cuando Adur y Josh despertaron, lo encontraron preparando los dos conejos a los cuales les había lavado la amarga y sucia sangre orca. El sol mañanero brillaba con fuerza y sus tibios rayos llenaban de optimismo los corazones de los jóvenes al igual que el del cazador. Solo faltaba andar unas pocas horas de camino y se encontrarían en un lugar a salvo, con un techo y provisiones.
—Tenemos suerte, la sangre de los orcos no logró contaminar la carne. Acérquense y coman algo —dijo André con una leve sonrisa—, el viaje que nos espera no es muy largo y aunque no creo que los orcos nos estén buscando, es mejor no tentar a la suerte. —Finalmente, con una mirada amable, los invitó a sentarse junto a él alrededor de la pequeña fogata.
—No nos ha dicho su nombre, señor —dijo el joven Josh al tiempo que tomaba un trozo de carne y lo mordía con ahínco. El montaraz lo miró por unos instantes y luego desvió su mirada hacia su arco y flechas.
—Mi nombre es André, André Alexander, de las lejanas tierras de Zúcabar en el continente desértico de Velkar. Soy un montaraz vagabundo, Ebland es mi hogar y mi destino.
—Por siempre le estaremos agradecidos, André Alexander de Zúcabar; somos humildes granjeros, mi señor, pero en casa le atenderemos con nuestras humildes comodidades y las más deliciosas comidas que nuestra tierra pueda dar —contestó Adur con solemnidad mientras hacía una reverencia ante André. Su hermano Josh se apresuró a imitar a su hermano sin dejar caer el pedazo de conejo que sostenía entre los dientes.
—Su padre los ha enseñado bien. —Hizo una mueca que, en su rostro joven pero de duras facciones, parecía una sonrisa—. De cualquier forma, no pueden olvidar que no podemos estar seguros de que la aldea a la que los llevo sea su hogar; los dejaré allí y seguiré mi camino. De cualquier manera, creo que será fácil para ustedes encontrar el camino a casa desde allí. —Estas últimas palabras no dieron mucho aliento a los jóvenes, por lo que terminaron su comida en silencio y se alistaron para el viaje.
***
Como el montaraz lo prometió, el viaje solo duró unas horas y antes del mediodía ya se adentraban en los sembradíos de las primeras granjas. Para alegría de todos, Adur y Josh reconocieron las siembras como las de un vecino de su comunidad. La suerte les sonreía como el sol de la mañana y sin querer perder el tiempo los tres apretaron el paso.
Finalmente llegaron hasta los sembradíos que pertenecían a su familia. Josh, entusiasmado, empezó a correr hacia la casa mientras Adur lo reprendía, pero finalmente André lo convenció de dejarlo ir; a fin de cuentas, era solo un niño de ocho años que regresaba de estar perdido en el bosque.
—¡Madre! —gritaba mientras corría. Del pórtico de la casa salió una mujer de unos treinta y cinco años y unas ocho arrobas de peso. En su rostro, un rostro redondo y hermoso, se veía reflejada la angustia y el desespero. De sus ojos empezaron a brotar lágrimas de alegría y sus mejillas, que antes parecían pálidas, se tornaron de un color rosado ante la vista de su amado hijo. Recuperada del impacto, corrió a encontrarse con su querido Josh, y se fundieron en un maternal abrazo. La mujer lo abrazaba y besaba en la cabeza mientras le repetía lo asustada que había estado al pensar en que nunca más lo volvería a ver.
—Los hombres de la villa los buscaron durante horas… ¿y tu hermano? ¡Adur!, ¿¡dónde esta Adur!? —La preocupada madre tomó en sus manos el rostro del pequeño Josh temiendo lo peor, pero el joven sonrió y señaló en la dirección en que venían sus dos compañeros de viaje.
—Ve con tu madre, joven Adur, hijo de Aduran —dijo en voz baja André, a lo que el joven corrió al encuentro de su hermano menor y su madre, y se abrazaron y lloraron durante un largo rato. El montaraz se acercó unos metros más y contempló la escena; una sensación de bienestar recorrió su cuerpo, sentía que había hecho algo importante: había borrado del mundo un puñado de sucios orcos y en adición había ayudado a la pequeña familia, cumpliendo con dos de los votos de los montaraces: proteger los bosques y los caminos de los enemigos y ayudar a quienes lo merezcan. Suspiró y acomodó mejor su mochila de viajero, lo que le recordó la herida en la espalda. Aunque no quisiera tendría que parar en su camino por lo menos por un día para tratarse el corte en la espalda o podría infectarse.
Tras hablar brevemente con Ivonne, la madre de los muchachos, ella lo colmó de bendiciones y le ofreció estadía y comida hasta que fuera necesario. André, agradecido, se dirigió al granero donde podría lavar sus heridas. Al mediodía, mientras comían, Ivonne comentó que la salud de su esposo había decaído con rapidez: ninguno de los brebajes ofrecidos por los vecinos había podido mejorar la situación de Aduran.
El resto de la comida pasó en silencio, con rostros ensombrecidos. Finalmente, André pidió a la mujer que le dejara ver al enfermo, ya que tal vez sus conocimientos pudieran traer alguna luz a la terrible situación que vivían.
Al acercarse a la humilde cama, André pudo ver a Aduran respirando con dificultad, inconsciente, la fiebre haciendo arder su cuerpo. Ivonne le contó al montaraz que frecuentemente su esposo sufría de ataques de tos hasta el punto de llegar a expulsar sangre por la boca. Para el joven humano esta fue la primera pista, e indagando un poco más en el asunto descubrió que la posible causa de la enfermedad que aquejaba al granjero podía ser un hongo alojado en sus pulmones, un hongo trasmitido por la carne de un animal que ya hubiese traído consigo la enfermedad.
Y efectivamente se trataba de eso. La familia, haciendo memoria, recordó que días antes que Aduran enfermara este había llevado a casa una pequeña porción de carne de la cual ninguno excepto él quiso comer. Fue justo después de esta cena que su salud empezó a degenerarse.
—Necesitaré recolectar un par de hierbas —dijo André a la familia mientras miraba al enfermo—: flor de loto y regaliz. Pero no se consiguen en esta región, tendré que viajar al norte, a los límites de Solaria, allí hay zonas de humedales y aun en los más pequeños hay oportunidades de encontrar este tipo de flores —concluyó el montaraz. Para su sorpresa los tres familiares lo miraban con rostro pálido pues nadie en estas tierras ofrecía tal ayuda sin pedir nada a cambio, y menos ofrecerse a viajar a un lugar como Solaria, pero para André era la excusa perfecta para iniciar su viaje al centro de Ebland, viaje que llevaba posponiendo desde hacía mucho.
—Solaria… Solaria es un lugar muy peligroso, joven André —contestó la mujer—. Seguro debe haber otra forma de conseguir la medicina.
—No, no si queremos salvarlo, provéanme un caballo para hacer mi viaje más corto. —Al ver que los rostros de sus anfitriones seguían igual, trató de calmarlos un poco—. No se preocupen, solo estaré en los límites de Solaria, será una incursión rápida; ahora alisten su mejor caballo, debo darme prisa, la enfermedad de Aduran no da espera, y tranquilos, no pienso escapar con el caballo y si así lo hiciera podría considerarlo el pago por traer de vuelta a sus hijos, pero eso no pasará, ya que volveré con la medicina para su esposo.
Poco tardó Adur en ensillar el caballo para André y la madre preparó unas provisiones para el viaje. Serían por lo menos cuatro días para ir y volver sin contar el tiempo que le tomaría recolectar las hierbas y todo esto esperando que ningún peligro se cruzara en su camino.
Sin más dilaciones y con el equipo listo, André Alexander partió raudo y veloz hacia el norte con destino a Solaria en busca de la medicina que le permitiría a una pequeña familia del reino de Tabask seguir con su vida normal, con su vida humilde y feliz.
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