- -
- 100%
- +
―El Estado que no se sume a cooperar en la defensa mundial frente a los extraterrestres habrá que considerarlo una nación traidora ―respondió con evidente disgusto y violencia en las palabras el presidente chino, mirando a los gobernantes musulmanes―; y defendiéndonos de un enemigo del calibre alienígena estelar no se admite la puerta de entrada para ellos que sería el territorio de una nación inmóvil… traidora a su especie.
Los gobernantes musulmanes palidecieron de rabia observando en los rostros de los otros Cinco Grandes asenso con lo dicho por el chino, mientras el Sumo Pontífice Romano bajaba la cabeza y los párpados.
―¿Nos amenazas? ―se escandalizó el ayatolá―: No somos traidores… Tenemos que convencernos de que son alienígenas estelares y no ángeles de Dios…
―Y no podemos aventurarnos ciegamente contra los ángeles de Alá―apoyó el Rey árabe.
―Pues despejad vuestras mentes y hacedlo antes de que nos movilicemos internacionalmente en la defensa de nuestro mundo y nuestra especie ―advirtió el chino, observando también la aquiescencia a sus palabras de los presidentes ruso y estadounidense.
―Paz, señores ―rogó la que presidía la reunión, desencajada como la mayoría, por las fuertes palabras y la situación que se les venía encima con la aparente decisión de los Seis Grandes de hacer frente común a los alienígenas… o ángeles―. Y salgamos a exponer lo aquí acordado mayoritariamente y a ver cómo lo reciben. Sin olvidarnos de los Diez Insólitos.
―Lo acordado ―rectificó el representante turco―: en disconformidad con el Islam.
Sin más discusiones, alterados, sombríos, pálidos ante la responsabilidad que les tocaba, levantándose todos para salir, expresó entonces una advertencia el presidente de los Estados Unidos:
―Antes de exponer lo aquí acordado ante la Asamblea General, es preciso que hablemos con los miembros de nuestros Gobiernos y cúpulas militares, así como a nuestros representantes del Alto Mando Militar Aliado Antialienígena del búnker más escondido. Aunque sean unos breves minutos, pues más no creo aguanten los demás representantes de las naciones; ni tenemos tiempo que perder.
―Estoy de acuerdo ―aprobó el presidente ruso.
Y seguidamente lo hicieron todos los demás, incluyendo los disconformes islamistas conforme a su decisión para asegurarse la disposición creyente y leal de sus respectivos gobiernos; preguntándoles entonces el presidente hindú:
―¿Acabaremos al menos con nuestro enfrentamiento bélico?
―¿El del Indostán*?
―¿El que nos enfrenta en todo el orbe?―, propuso en su pregunta el presidente de Estados Unidos, pensando en la lucha que se desarrollaba en África y en los atentados yijadistas.
Tras una breve pausa, respondieron al unísono los jefes islamistas iraní y árabe, después que se miraron:
―Alá decidirá.
―Alá luchará por nosotros en los frentes que tenemos abiertos ―concluyó el presidente turco.
Después de esto salieron uno tras otro a enfrentarse a la Asamblea General, decididos a la vez que imponiéndose los Seis Grandes a concluir una defensa de la especie humana toda y el planeta terráqueo todo frente a la intervención extraterrestre que se imponían a creer, contando con el poder militar conjunto pero, sobre todo, por el que les confería su poderío nuclear y la concesión de los misiles, a pesar de no tenerlas todas consigo. Pero es que temían profundamente ser colonizados o tal vez esclavizados si no masacrados o destruidos sin más por una especie alienígena que no había querido dar la cara, manifestándose a través de diez individuos humanos absolutamente manipulados por ellos, según entendían.
En realidad estaban aterrados con la decisión tomada, pero no sabían qué otra tomar. Y siendo la mayoría más o menos creyentes, las voces y convicciones oídas y conocidas del Juicio Final, el Armagedón y el Apocalipsis les conturbaba también, aunque a unos más que a otros, incluyéndose el hindú pensando en el destructor Shiva de la Trimurti* de su religión. Sólo el presidente chino parecía el más entero, aunque la procesión le iba por dentro, pero siendo su faz amarilla no se le apreciaba en el rostro como a los demás, a excepción hecha del japonés.
11 Regreso a la Asamblea General
Era, sin embargo, ineludible plantear este acuerdo en la Asamblea General, decidido por los veinte comprometidos con mayor o menor convicción, que habían de convencer en ella, por lo menos a la mayoría, de la puesta en marcha de esa decisión tomada en realidad por los Seis Grandes, aunque de éstos dudara para sus adentros el indio, al que se le venía a la memoria las epopeyas contadas en los dos libros épicos Majhabarata* y Ramayana*, que ahora muchos, buscando rastros de visitas alienígenas en el pasado, las interpretaban en sus historias.
Pero se temía, dada la postura de los gobernantes musulmanes, que fuera ésta ejemplo a seguir por los demás representantes gubernamentales de los países islámicos en la Asamblea como lo era en este Consejo de Seguridad, y que a su vez les siguieran otras poblaciones minoritarias de musulmanes euroamericanos que, aunque no fueran la mayoría en las naciones de acogida, influyeran por su número en ellas, o se rebelasen siguiendo a los gobiernos islámicos, teniendo en cuenta el continuo aumento millonario demográfico que alcanzaban en algunas naciones importantes de Europa y la influencia que ejercían, incluso superando ésta en algunos Estados a los cristianos de su propia identidad cultural.
Así cabía esperar que algún representante de religión cristiana se resistiera igualmente a secundar la decisión de los Seis Grandes, después de haber oído al Papa conectándose subrepticiamente por internet; e incluso se dudaba de la India, a causa de su multiculturalismo y su multirreligiosismo, con una importante población musulmana en rebeldía a causa de la guerra indostánica*. Eran temores éstos que se planteaban para sus adentros parte de los veinte no musulmanes; incluso algunos pensando si lo de “los ángeles” podría ser cierto, porque: ¿acaso no habían obrado milagros en los Diez Insólitos?
Para entonces, desde el Pentágono el Secretario de Defensa había establecido conversación telefónica con el Vicepresidente, que representaba ante los miembros del Senado y la Cámara de Representantes de los Estados Unidos de América a su Presidente ausente, reunidos todos así en el Capitolio ante la expectativa del mensaje de los extrasolares dado por los Diez Insólitos representados en su portavoz el español Julio Grande Lobo, mensaje que conocían y debatían con mucha inquietud y pasión, convenciéndose de que estaban ante el mayor problema en la historia de la Humanidad, sin que nadie fuese capaz de aportar razones de peso convincentes que exponer a los Extrasolares para cancelar, o suspender a lo menos, el ultimátum.
Con objeto de oír todos ellos la conversación entre el Vicepresidente y el Secretario de Defensa, por la importancia de la situación que en común estimaban de conocimiento general de los allí representantes de la Nación, los presidentes de ambas instituciones pidieron silencio absoluto y poderse oír lo que aquéllos hablasen; escuchándose por todos a continuación:
Vicepresidente: ―Las dos cámaras han propuesto, mientras no tengamos conversaciones de paz con los extrasolares para conocer sus verdaderas intenciones, saber quiénes son y de dónde vienen, poner en alerta defensiva-ofensiva a todas nuestras fuerzas armadas, buscando la alianza en el Alto Mando Militar Internacional.
Secretario de Defensa: ―Es lo mismo que en el Pentágono se ha decidido, y se está acabando de elaborar ese primer plan pero a nivel de colaboración mundial, especialmente con las primeras potencias de la Tierra: las del propuesto AMMAA*, sin olvidarnos de todo el hemisferio septentrional, del suroccidental ni aun de los países islámicos, pese a lo que hemos oído a sus líderes iraní y árabe en el Consejo de Seguridad, con la esperanza de hacerles reconocer la verdadera situación…
Vicepresidente: ―Ahora lo que importa es la aprobación explícita de nuestro Presidente…
Secretario de Defensa: ―Dado que está aprobado por las dos cámaras, y aquí la cúpula militar acaba de planear el despliegue militar y la colaboración a establecer con los demás países, especialmente las potencias principales, como he dicho, propongo comunicar este plan a nuestro Presidente inmediatamente, y poner a nuestro comandante en jefe el general de cinco estrellas Fairbanks para hablar sobre el asunto directamente con el Presidente, dado que él sabrá exponerlo mejor que nadie.
Vicepresidente (tras esperar breves segundos con la mirada la aprobación de las dos cámaras a la escucha del diálogo): ―Aceptado. Te pongo de inmediato con el Presidente, al que he de comunicarle por delante que el Senado y la Cámara de Representantes aprueban el plan. Y que Dios nos ayude… Y se ponga de parte de nuestra Humanidad.
―Así sea.
―Por cierto ―se apresuró a decir el Vicepresidente ―: Me hacen señales algunos congresistas para que no oculte los escrúpulos milenaristas que se les presenta, justo cuando se sospecha va a cumplirse los dos mil años de la crucifixión de Jesucristo…
―¿Sospechan el Juicio Final?
―Habría que sopesarlo, ¿no?
―Por supuesto… Hasta el Papa tiene sus dudas… Y no te digo lo que me sé que predican los testigos de Jehová… ¡Para yá, para el fin!
―¿Creen también que son ángeles los extrasolares?
―Creen que se nos echan encima los Cuatro Jinetes del Apocalipsis.
En el Pentágono los escasos minutos que tuvieron que esperar para la conexión telefónica con el Presidente de los Estados Unidos de América no fueron los únicos, en esos minutos cruciales para la Humanidad, que estuvieron en esa espera; pues casi al mismo tiempo se comunicaban del mismo modo el resto de los Seis Grandes y algunos del resto de los componentes del Consejo de Seguridad con sus cúpulas militares, vicepresidentes y parlamentarios; es decir, se comunicaron a través del teléfono clásico que les acercó a cada uno su secretaria o secretario personal, para evitar su escucha interferida por los medios más modernos, cuyos interferentes perseguían ávidamente estas comunicaciones. Para hacer efectivas la comunicación telefónica un grupo de funcionarios especializados conectaban diligentemente los cables de telefonía alargándolos hasta ellos desde los puntos de conexión. Pero no todos lo pudieron tener al mismo tiempo, ni todos poseían en sus países la capacidad de inmediatez telefónica, que se dio con primacía a los Seis Grandes, aunque los demás comenzaron a recibirla a poco.
Y es que se tenía miedo del inteléfono o smartphone*, igual que de las computadoras.
Previamente el Secretario General de las Naciones Unidas comunicó al resto de los miembros de la Asamblea General que aún permanecían, que en breve el Consejo de Seguridad les informaría de la decisión mayoritaria tomada por sus representantes, que expondrían para la aceptación general o mayoritaria de la Asamblea, cuyos miembros aún en ésta se mostraban inquietos, temerosos de lo peor, y con ganas de salir corriendo.
Todo esto, salvo las conversaciones telefónicas de los presidentes miembros del Consejo de Seguridad, se difundió por los medios audiovisuales al mundo entero terrestre con absoluta expectación en sus poblaciones, que de momento quedaron paralizadas de cualquier actividad, tanto laboral como política, religiosa o tumultuaria. Esa expectación llegaba ya hasta a los más apartados lugares de la civilización, si acaso con la excepción de algunos grupos todavía ajenos por completo a ésta, perdidos aún en sus selvas, desiertos e islas menores, si es que aún podía haberlos vivir salvajes como en alguna isla del Golfo de Bengala. Sin embargo en la mayoría de esos recónditos lugares de las sabanas, desiertos, cordilleras e islas perdidas en la inmensidad de los océanos, sin olvidarnos de los desiertos de la taiga y tundra siberianas, en éstas seguramente algún despistado buscando caza o perdiéndose en su inmenso territorio, no faltaba alguien informado e informante con su inteléfono o simplemente su fonomóvil*, absorto y temeroso ante el acontecimiento transmitido desde la gran sala de la Asamblea General de las Naciones Unidas, de la que a lo mejor se enteraba de su existencia por primera vez.
Donde en ella el tumulto se caracterizaba por los movimientos de sus asistentes, los del corro volviendo a sus asientos esperando lo que hubieran de exponerles y proponerles los Seis Grandes o en junto el Consejo de Seguridad, igual que aquellos que no se movieron de sus asientos. Pero el mayor tumulto lo provocaban los gobernantes musulmanes con sus séquitos siguiendo a los alborotadores iraníes y árabes que abandonaban la gran sala llamando a seguirles a sus correligionarios, advirtiendo de los propósitos infieles. Y aunque sin ese alboroto, también se vio al representante supremo católico retirarse con sus nuncios, no a la salida del edificio, pero sí a sus asientos en la Asamblea, junto a los religiosos ortodoxos.
Quedaba así el Consejo de Seguridad compuesto por veinte miembros, que al vérseles y contárseles faltando los cinco musulmanes, ese número 20 empezó a correr con mal presagio por toda la Asamblea y aun fuera de ella sin que hubiera precedente ni razón entendible, pero saltando a todos los países, gobiernos, poblaciones, familias, etcétera, seguramente no por otra causa sino por la de no reflejar la totalidad de los escogidos para decidir la actitud frente a una amenaza divina o alienígena que decidiría el futuro y, quizá sobre todo, porque faltaban los cinco representantes de una población que, sumando las propias y las de todos los demás musulmanes repartidos por el planeta, superaba los dosmil millones de islamistas, verdaderos combatientes de fe, que creían ser los extrasolares ángeles enviados de Dios; a más de haberse retirado a su asiento en la Asamblea la única autoridad cristiana que se reunió con el Consejo de Seguridad a puerta cerrada.
El futuro apocalíptico a temer parecía iba a ser anunciado AHORA por las VEINTE autoridades estatales representativas.
12 Declaración de Resistencia y Ultimátum al Islam
Ya en el gran auditorio de la Asamblea General, acabadas sus cortas conferencias telefónicas de los Presidentes en el Consejo de Seguridad con sus Gobiernos, presentándose los Veinte Gobernantes ante aquélla y observando el tumulto que producían los islamistas retirándose y provocando a seguirles a sus correligionarios igual que a los más dubitativos de otros representantes nacionales no islamistas, fue el presidente chino el que tomando el altavoz que se les había acercado para pronunciarse, les reprendió airado en inglés, para que todos le entendiesen:
―¿Adónde van. Acaso creen escaparse de la tormenta y de sus rayos mortíferos que caerán sobre los traidores que huyen? Si no los electrocutan los rayos extrasolares los electrocutaremos nosotros…
―¡Habrá que hacerlo! ―le apoyó el ruso.
Ambas amenazas y la rigidez severa mayoritaria, especialmente la de los Seis representantes de las Grandes Potencias, hicieron palidecer y temblar más si cabía a los indecisos que ya se habían levantado para huir, volviendo la mayoría de ellos a sentarse por temor a los Seis Grandes y vergüenza ante el resto de asambleístas; siendo únicamente los islamistas y algún que otro representante de Estado menor los que persistieron en su retirada cuando no huida, sin convicción alguna la mayoría de los no islamistas de hacer lo conveniente, máxime escuchando aterrados los trallazos verbales procedentes de los persistentes del Consejo de Seguridad:
―¡Sí, huid: ¿Adónde?!
―¿Acaso vais a salir del planeta? ¿O del espacio alrededor?
―Creeréis escapar de las furias extrasolares, pero no escaparéis de nuestras furias por traidores y cobardes.
A contradecirles se oyó, alejándose, una voz islamista:
―No huimos. Sólo esperamos una revelación de Alá.
―¿Desde cuándo se entiende que los ángeles se presenten en cosmonaves? ¿No son espíritus?
―Dios decide.
Lo último apenas fue oído y no le hubo respuesta.
Lo que no sabía nadie es que los Diez Insólitos aun tan alejados como pudiera suponerse que estuvieran ―si acaso no estaban invisibles en la misma Asamblea o sus cercanías como todavía persistían algunos en creer―, oían cuanto se decía en ella, porque entre sus aumentadas capacidades físicas estaba también la de unos oídos sumamente sensibles a la audición; y por si fuera poco no les faltaba capacidad telepática, aun en distancias inconcebibles. Facultades ignoradas o que se ignoraron y que les permitían estar al corriente de cuanto se dijo en el departamento al que se apartaron los 25 miembros del Consejo de Seguridad y lo que se decidía ahora en la Asamblea General. Oyéndolo todo tal si fuesen dioses.
Impacientábase el resto mayoritario de cuantos asistían a la Asamblea General por conocer la propuesta de los 20, que, para mayor alarma antes de exponerse se observó reducirse a 19, pues a los cinco musulmanes en retirada se sumó luego en solitario el representante israelí, si bien lo hizo remolonamente para no juntarse con los musulmanes, marchándose después que oyera cómo se iba a exponer la decisión tomada, y desde luego lo hacía tras ser aconsejado intelefónicamente por el Gran Rabinato de Israel*, reconocido por ley, diciéndole que según las Sagradas Escrituras nada se oponía a que los mensajeros de Adonai* (Jehová Dios) pudieran venir en carros de fuego, como el que se llevó a Elías; recordando entonces que el mismo versículo fue citado por el Cabeza de la Iglesia Católica. ¿Sería entonces que iban a tener razón los musulmanes oponiéndose a la alianza militar antialienígena? ¿Íbamos a tener que ponernos al lado de los islamistas, nuestros enemigos acérrimos? Pensaba el presidente israelí conforme se retiraba. Pero si los estelares vienen en cosmonaves ―le inquietaba pensarlo―, ¿hemos de entender, o no, que sean ángeles? ¿Qué podemos entender que fueran, o sean, los ángeles? ¿Iba a tener razón quien apuntó que el carro de fuego que se llevó a Elías sería una astronave? Pues: ¿Qué otra cosa iba a ser?. Entonces...: ¿Nos han visitado en el pasado… seres inteligentes de otro mundo?
Acosado por estos razonamientos el presidente israelí era en esos momentos el político más dubitativo en cuanto a la entidad de los ángeles, su misión y su origen; no muy lejos de las tribulaciones que en el mismo o parecido sentido angustiaban al Sumo Pontífice Romano y, generalizando, a los patriarcas ortodoxos y cabezas de las iglesias protestantes, incluyendo aunque con los máximos reparos a los testigos de Jehová que podían creer, ciertamente, que el ultimátum extrasolar era el preámbulo del Apocalipsis.
Y de otra índole religiosa también los pensamientos del presidente hindú oscilaban en la duda de si la profética destrucción que había de provocar Shiva* iba a ser próximamente por mano de extrasolares, o aún mantendría su reinado conservador Vishnú*; pero igualmente reflexionaba si un político de su categoría debía ajustar su actitud a unas creencias que hasta aquí superó por míticas, y en un momento que podía ser clave para la Humanidad de la que formaba parte importante por la razón de la importancia de su país, el segundo más poblado de la Tierra... o quizás ya el primero. Y cuando se le daba el rango de superpotencia en el Consejo de Seguridad.
Y mientras, con la inquietud general que producía la retirada del representante israelí sumándose, pero no juntándose, a la de los cinco miembros musulmanes del Consejo de Seguridad, a los que les seguían el resto de líderes de la misma confesión, sunnitas y chiítas, crecía también en el sentimiento creyente mayoritario de los cristianos que el ultimátum podía ser en realidad el aviso previo a los fieles del cumplimiento profetizado del Juicio Final; más cuando vieron volver al Papa meditabundo para sentarse al lado no sólo de sus cardenales sino también próximo a los patriarcas ortodoxos y demás cabezas del Cristianismo, con los que ahora debatía en un aparte; por lo que tanto en la Asamblea como allá donde contemplaban la actividad en ésta a través de los medios informativos, la expectación resultaba opresiva, e igual que creían los musulmanes en el advenimiento del Mahdi y los judíos en el de su Mesías, para los cristianos podía ser el advenimiento de Jesús en toda su gloria, pero tras las furias apocalípticas. Y aun se podía temer que el presidente hindú, que se mantenía entre los 19 ―ahora convirtiéndose éste en el número fatídico―, en sus adentros prefiriera abandonar esta posición pensando en su religión abandonada, renovando su creencia en la Trimurti*, según le observaban como viniéndole a la mente que ahora podría ser el tiempo de Shiva, el destructor…que podría serlo del mundo actual… terrestre; pensamiento que se hermanaba en la India con el conjunto de religiones en ésta, que a los budistas los hacía mejores imaginándose en qué ser animal o humano se reencarnarían sus almas. Y así en todos los países y en todos sus lugares los seres humanos, mayoritariamente, se acogían como nunca espiritualmente a sus fes en la consciencia del fin del mundo y su renovación, que se temía sobrevenir.
La retirada de los representantes religiosos chiíta y sunnita, habiendo sido este último aliado de los Estados Unidos, reforzaba en los estadistas musulmanes la decisión a tomar de abandonar la alianza, o cualquiera posición favorable con los estadounidenses, rusos, chinos o de otro país europeo y extremoriental si la tuvieren, sobre todo si se les pedía una actitud frontal al ultimátum, es decir, a los venidos de los cielos.
Entretanto se acababan las últimas conversaciones telefónicas, las del resto de los 19 presidentes no permanentes con sus cámaras legislativas. En realidad éstas ―como también los representantes políticos de Israel a través de una línea excepcional intelefónica mientras se retiraba su Presidente de la presencia en el Consejo de Seguridad, y lo mismo a los Jefes Políticos de los Seis miembros permanentes― pedían la autorización de medidas a tomar, principalmente de orden público y de defensa militar, a más de mensajes públicos que tranquilizasen a la población de sus Estados. Y, desde luego, si se había tomado o se iba a tomar alguna decisión internacional; y si había que creer en Dios y los ángeles en todo aquello.
Sabiendo las autoridades gubernamentales que el ultimátum extrasolar era ya de conocimiento mundial, “por causa de los malditos medios de información modernos”, las respuestas de los Jefes de Gobierno de los 19 más el de Israel, fueron coincidentes, y no tuvieron más que indicar cumplir el Plan General, entre los planes que previamente habían estudiado, diseñado y dispuesto tras el conocimiento de la presencia en este día de los Extrasolares e Insólitos a exponer un mensaje estelar a la Humanidad ante la Asamblea General de las Naciones Unidas de la Tierra, según fuese y terminase el mensaje.
Y entendida la finalidad del mensaje por un Ultimátum a la Humanidad, pese a los consejos previos de casi todo su contenido, los miembros del Consejo de Seguridad, exceptuando los islamistas, decidieron poner en práctica el Plan General más radical diseñado:
“Reforzar las fuerzas de orden público y militares predisponiéndolas al estado de excepción, de alarma o de guerra, en la medida que lo demandase la alteración de cada población; y poner en práctica el estado de alerta en los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire, incluyendo, en los países que las tuvieran, las nuevas fuerzas astronáuticas que se iban creando tras la de Estados Unidos durante la presidencia de Trumps, a la vez que estudiar con los aliados la defensa común del planeta ante una hipotética, pero probable, agresión alienígena, con la ampliación a una alianza defensiva mundial, especialmente entre las primeras y segundas grandes potencias y sus aliados; adelantar el aumento de los efectivos de los Ejércitos, aumentar las instalaciones médicas obligando a todos los sanitarios a presentarse a cooperar, así como a las industrias farmacéuticas, con atención a los epidemiólogos, por si el arma enemiga más peligrosa fuese epidémica; y en general poner en práctica la superación tecnológica y productiva industrial, en especial la militar, a la que debía supeditarse el conjunto; sin olvidar la puesta en marcha de una producción y almacenamiento intensivos de alimentos y su racionamiento. Y con todo ello, pedir la cooperación de la ciudadanía, abandonar todo el que pudiese las grandes ciudades, y en éstas y fuera de éstas abrirse y reformarse los refugios que hubiere, y construirse otros nuevos tipo búnker.”




