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“En cuanto a los robots, estudiar cómo prescindir de ellos sin menoscabo para la producción industrial, sustituyéndolos buscando la manera de crear máquinas que puedan llegar a hacer los mismos trabajos sin ser consideradas robots, a pesar de sus alcances automáticos, utilizando las más modernas y grandes tuneladoras que aun habían de superarse a trabajar en la construcción de búnkeres y refugios; preocupando poner en la lista de robots a los drones.”
Todo dicho y entendido con pocas y autoritarias palabras; pues la Asamblea General esperaba oír a los 19 del Consejo de Seguridad dirigiéndose a ellos y al mundo en general, aunque ya se temían lo que habían acordado oyendo a los musulmanes conforme abandonaban la Asamblea, y los más cercanos a los 19 escuchando a éstos hablar por teléfono.
Hasta que por fin se decidió recurrir a la alerta general planética, que se dio a exponerla desde el Consejo de Seguridad a la representante de Australia, quien, temblándole la voz, lo expresó así:
―Este Consejo de Seguridad.., ha tomado por mayoría.., tras deliberarlo.., asumiendo la responsabilidad recaída..: que no podemos aceptar el ultimátum con el que se nos amenaza a la Humanidad…, encubierto en que tomemos la decisión de abandonar la producción de robots… decisión que podría… de aceptarla sin más, anticipar la prohibición de todo o parte del automatismo en que se asienta nuestra industria tecnológica, arruinándonos y haciéndonos… más débiles… En consecuencia nos unimos por el establecimiento de un Gobierno Mundial Terráqueo.., dirigido desde este Consejo con Presidencias rotatorias de sus miembros, empezando por la del Presidente de los Estados Unidos de América durante tres o seis meses, a decidirlo, en los que todo el planeta habrá de ponerse al servicio de esta Causa…; advirtiéndose que aquel Estado que se muestre rebelde a esta Causa…, será considerado enemigo de la Humanidad..., y en consecuencia, de no rectificar, habrá de sufrir nuestro propio ultimátum previo a ser obligado a unirse forzosamente a la Causa por la Humanidad… ¡Ah! Este ultimátum previo rige desde ahora… No obstante, entendiendo que quienes nos amenazan, los extrasolares… y los Diez Insólitos como sus portavoces, nos estarán oyendo…, esperamos de ellos un último esfuerzo para entablar conversaciones de paz en un plazo… razonable; y esperando de los Diez Insólitos su intermediación recordándoles ser humanos terrícolas. Pues, efectivamente, estamos dispuestos a solucionar el asunto de los robots, impidiendo desde ya implantarles… inteligencia superior y aspectos androides.
Se dejó entonces la voz al representante japonés que la pidió, más bien tomándola por su cuenta, quien, sorprendiendo especialmente a los del Consejo de Seguridad, pues no se le dio altavoz con el que hacerse oír en toda la Asamblea, dijo :
―No debe aceptarse… la destrucción total de los robots, pero sí la de los sapierrobots, es decir, de los con inteligencia sabia… y apariencia humana. Por el bien de nuestra terráquea tecnociencia.
Los del Consejo de Seguridad, tras mirarse mutuamente, pero en especial a los Seis Grandes que, a su vez, interrogaron con la mirada al japonés, hicieron que éste se viera obligado a explicarse:
―El peligro para la humanidad, y al parecer para los extraterrestres y el universo natural, pueden ser los robots inteligentes, especialmente aquellos que puedan pensar por sí mismos y posean una fuerza mecánica muy superior a la natural de cualquier especie. Si prescindimos de éstos, los otros nos harán falta para el trabajo y la defensa militar… Si les rebajamos la apariencia humana… y superior fortaleza e inteligencia.
Como los Seis Grandes, interrogándose con las miradas parecieron estar en principio de acuerdo con las palabras del japonés, el resto aceptó dando la callada, hasta ver qué responderían a esta propuesta los Diez Insólitos en nombre de los extrasolares. Y con los del Consejo de Seguridad se dio por aceptada con la callada por cuantos aún permanecían en la Asamblea General y pudieron oírle. No se pudo, pues, oír más en ésta; y en común todos los asistentes decidieron personalmente retirarse a sus naciones o a sus ocupaciones, encabezados por los miembros del Consejo, que lo hicieron por otra puerta; dejando, no obstante, una representación escogida de sus subordinados para recibir el contacto que pudiera haber de los Diez Insólitos o los extrasolares dirigido específicamente a este edificio de las Naciones Unidas, para lo cual se quedó a su cabeza el Secretario General, temblando de pensar no haberse convencido a los extrasolares para entablar con ellos conversaciones de paz, al fin y al cabo otra especie de desconocida inteligencia pensante y poder superior, que tras buenos consejos nos intimidó amenazantes.
El mensaje y la respuesta dada por el Consejo de Seguridad fue una alerta general que el mundo humano se lo tomó muy en serio, muy aterrado y desolado, pues se enfrentaban a una Inteligencia y supercivilización desconocidas. Y ambas y cada una de por sí resultaban terroríficas si había que sufrirlas; como tantas veces se sufrió en la ficción de una película o de una novela. Sólo que ahora no iba a ser ficción, sino fatal realidad.
13 Terror y Fe
Tras el doble ultimátum oído en todo el orbe terráqueo, el extrasolar primero y el terrícola de las Grandes Superpotencias después, éste dirigido a la totalidad del Islam dominante en el Suroeste de Asia y en casi toda África por entendérsele manifiestamente partidario de la invasión extrasolar considerándola enviada de Alá, la Humanidad entera se sobrecogía de un terror indescriptible, que si incluía a buena parte de los islamistas por el ultimátum a ellos dirigido, mayoritariamente el terror se manifestaba en el mundo septentrional y occidental que amenazaba, sobre todo en la multitud de sus pueblos pero también en cierta minoría de sus élites que con la capacidad de una posición superior de conocimientos no solamente entendían el peligro terráqueo y humano de una victoria basada en arrasar al enemigo islamista con misiles nucleares, sino que, aunque fuera en silencio, dudaban que los miembros del pacto militar encuadrados en el AMMAA*, que se fundaba sobre el AMMI* de las Grandes Potencias, fueran a imponerse mediante un ataque nuclear a gran escala que afectaría geográfica y humanamente a todo el planeta.
Y aparte de esas consideraciones estaban los verdaderos creyentes religiosos más una multitud que en semejante perspectiva se les unía, pues tanto en sus adentros como manifestándose en todo el orbe entendían que un masivo ataque nuclear, por sus efectos, enfrentaba a la Humanidad a los designios de Dios como Creador, máxime si Él había mandado venir a los extrasolares; y así tanto los que esperaban la llegada de su Mesías*, su Ungido* o su Mahdi*, pues todos o la inmensa mayoría lo creían o temían ahora, se manifestaban en contra del ataque nuclear propio al Islam, aunque esperaran salvarse de ese infierno nuclear los más ingenuos creyentes, aun con una fe que a veces les hacía temblar sabiéndose culpables de algo que seguramente habrían cometido; de modo que, si no lo tenían claro se esforzaban en recuperarlo en su memoria mientras pedían la misericordia de Dios por lo que fuera; pues en la consciencia de todos previo al Juicio Final que creían se avecinaba les sobrecogía el infierno de fuego que, bien Dios, los extrasolares o ángeles estelares o las potencias de la Tierra esperaban desencadenarían sobre toda la superficie del planeta en el que vivían. Y fuera de esas religiones mesiánicas, también los creyentes budistas, hinduístas, confucianistas*, sintoístas* y demás, entendían, esperando o no promesas divinas, que una tormenta mundialmente explosiva e incendiaria les amenazaba.
No se tardó, pues, en todo el mundo, pero principalmente en el septentrional, y de éste en el euroamericano, a pesar de saberse que en una guerra nuclear con el Islam este sería infinitamente más perjudicado; no se tardó, pues, en huir de sus ciudades como si sólo éstas fueran a padecer el infierno de fuego celestial y terrenal, llenándose las carreteras y autovías de caravanas de automóviles, de gentes a pie, en motos y en bicicletas hacia las poblaciones rurales, los campos abiertos o las playas; si bien de éstas muchos temían que una lluvia de meteoritos provocada por los extrasolares o la caída de un asteroide levantara en las aguas gigantescas olas como en la película Deep Impact; temor este último que hizo desistir a muchos de embarcarse, como otros así lo hicieron; a pesar de que en el fondo de sus temores les surgía el inevitable fin. Otros muchos optaron por viajar en los trenes para descender en mitad de los campos. Esto sucedió muy principalmente en Rusia, donde el Transiberiano se abarrotó de viajeros que pensaron perderse en las grandes superficies siberianas, lejos de las grandes poblaciones.
Si bien, no obstante, los más religiosos en vez de huir llenaron con su presencia sus templos esperando que el fin les cogiese lo humanamente limpios ante la divinidad, entre los que los más pudientes vaciaron sus despensas o pasaron a comprar en los mercados todavía abiertos alimentos que llevaron a centros sociales o a sus parroquias a repartir entre los allí reunidos mientras esperaban el fatal desenlace.
Actitudes semejantes que llenaron las iglesias, sinagogas, mezquitas y demás templos y lugares de fervor religioso, igual que en la India sus diversos templos o las aguas fluviales de su sagrado Ganges.
Y a ellos les siguieron, con sus propios sentimientos artistas, escritores, cineastas, historiadores, científicos… a contemplar en una última mirada la belleza artística guardada en los museos admirando el genio de pintores y escultores que se perderían para siempre, la hermosura de las catedrales o de las mezquitas y palacios, a pasearse por las calles centrales de artística arquitectura, adentrarse en las bibliotecas a hojear entre sus libros y a tal vez leer una página o un párrafo del último o el más querido de ellos; o en las filmotecas o en sus casas sentarse a ver sus películas favoritas, o en éstas y discotecas a oír sus composiciones musicales o sus canciones preferidas, o a bailar lo último de moda; o salir a ver en los jardines botánicos la belleza de la Naturaleza; o en otros museos que se exterminarían contemplar la evolución zoológica y antropológica con sus antiguas civilizaciones… Como todo. Pues una guerra nuclear se entendía el fin de la civilización… o peor aún. Y mucho peor bajo el ultimátum extrasolar.
Solamente los más locos, los más desgraciados o los más degradados y los mendigos que no podían salir de las ciudades parecían festejar, despreciar o burlarse de esa tormenta destructora que se entendía inevitable y tal vez los liberaría. Por eso era que principalmente los individuos de la pareja última de ese cuarteto, sobreponiéndose a los temores que también les acojonaron, reponiéndose en el lapso de tiempo por haber hasta el desencadenamiento del huracán ígneo que se esperaba barrería la Tierra, que si ya no fueren los extrasolares o hasta que lo hicieren, era de esperar que precipitándose la andanada atómica contra los islamistas por la supuesta disposición a favorecer la invasión alienígena replicarían esos musulmanes con sus misiles atómicos, que también los tenían aunque fueran menos, contra las ciudades de lo que fue llamado Primer Mundo; y en éste, anticipándose a esos acontecimientos temidos, aquellos degradados y mendigos que no huyeron comenzaron a dedicarse, ante la fuga humana de las ciudades, al atraco y violación de personas indefensas, al saqueo de las tiendas que se fueron abandonando primero, y luego atracando a las que permanecían con sus dueños; y a ellos les siguieron otros, incluso quienes nunca habían sido delincuentes, pero que viendo libres los comercios entendieron vivir las últimas horas o días al menos con algo de lo que siempre carecieron y quisieron disfrutar, mientras algunos comerciantes decidían repartir entre los humildes sus mercancías por temor a todo y a todos, y otros por un sentimiento repentino humano y religioso. Y no solamente los comercios se vieron asaltados, que también los bancos e incluso algunas fábricas; si bien a éstas y a los bancos inmediatamente se mandaron fuerzas que impidieran los atracos, hombres de orden entre los que algunos abandonaron o se pasaron a la delincuencia creyendo que, efectivamente, el fin de todo estaba próximo; y por esto mismo otros y otras acabaron también volcándose en el sexo y la gula con viciosa ansiedad, como nunca la tuvieran.
Y es que la Humanidad había caído a padecer un trastorno desquiciador, siendo muchos los que pretendían huir de la quema alejándose a los campos para contemplarlos llorando o, si tenían alguna embarcación lanzarse a navegar pensando algunos que el mar no ardería, y otros olvidándose de la película Deep Impact y de los maremotos. En cambio los aviadores particulares se asustaban de pensar volar al encuentro del fuego, o lo hacían con la intención de estrellarse contra el suelo; mientras otros se imaginaron hallar refugios bajo tierra e incluso bajo las aguas marinas enfundados en sus trajes submarinistas y acaparando bombonas de oxígeno. Pero también había los inactivos, acostándose a esperar dormidos lo que viniere o sentándose a emborracharse o dormirse ingiriendo narcóticos, o decidiendo otros encerrarse a disfrutar a satisfacción por última vez los placeres de la gula y el sexo desenfrenados; como también hubo los que decidieron ir al encuentro de la muerte; y peor que todos esos los que decidieron suicidarse en familia.
Incluso en los países musulmanes, aunque fue mucho menor ese espectáculo delirante, hubo situaciones paralelas, especialmente violaciones de mujeres, asesinatos de homosexuales, atracos y algunos saqueos. Pero la más extensiva creencia religiosa de la población en la intervención divina del fin y el juicio universal decididos por Dios, mas la mano dura con que procedieron las autoridades, amainó los ánimos autodestructivos y rebeldes; aunque no tanto en las fronteras con la India, donde pakistaníes, bangladíes, talibanes y afganos procedieron con más ánimo belicoso, y donde en su contra por primera vez intervinieron con eficacia los soldados-robots junto a las tropas hindúes y sus soldados voladores, mientras a sus espaldas se vieron hostigados también por grupos de musulmanes de la propia India, el grueso de los cuales se rebelaron tomando las armas dentro del país, donde eran una minoría contra la que el Gobierno mandó un poderoso ejército de exterminio.
Y en general los musulmanes emigrados, voceando la llegada de Alá, se manifestaban tumultuaria y violentamente en todos los países euroamericanos después de sus visitas a las mezquitas, convencidos de que el fin no iba con ellos, siendo esa situación menor o faltando en Rusia y países colindantes de sus fronteras europeas, donde no hubo en estos, o fue muy minoritaria y controlada la inmigración islamista provocada en la Unión Europea por la guerra de Siria y la decisión del gobierno de Angela Merkel en Alemania, y tras la proclamación del Estado Islámico o Daesh, cuyos sobrevivientes finalmente se desperdigaron tras el fracaso y muerte de su líder y el final de ese Estado no reconocido y vencido años atrás. En cambio continuaron en África las acciones bélicas musulmanas, así como sus ataques guerrilleros en las islas occidentales filipinas y el Sureste asiático.
Mientras, en el búnker AMMAA, los generales de las Grandes Potencias pergeñaban una acción general decisiva contra el mundo islámico, decididos a evitar en la Tierra países que pudieran cooperar con los extrasolares invasores.
Es de notar que, en esta tesitura, el ánimo de los militares en general comenzó por apartar de los puestos clave de mando al sexo femenino ―salvo muy pocas excepciones―, designándose su contribución a un segundo y tercer planos, que las mujeres llevaron a cabo con entrega responsable, salvo algunos grupos de feministas, entre los que se encuadraban con fuerza las denominadas por algunos “hembristas”* y por otros feminazis*, dado su enfrentamiento directo al sexo masculino generalizándolo machista. Solamente en las comunicaciones, la sanidad y otros servicios de oficinas y de índole cuartelaria se les asignarían por propia valía los mandos y puestos requeridos, aunque bajo la influencia de la importancia de sus países de origen. Si esto sucedía en las naciones euroamericanas y extremorientales asiáticas, en los islámicos aún lo fue más drástico, perdiéndose en la mujer lo conseguido en las últimas décadas.
14 Guerras y Amores
El alocado terror que sembraba tales efectos descritos no era tanto a causa de la expectativa de esa Tercera Guerra Mundial Nuclear del Norte y Occidente terrestres contra el mundo musulmán, ya empezada guerra convencional en África, pues en la Nuclear o Atómica el Islam estaba todavía lejos de dañar a los países septentrionales tanto como éstos a ellos. El alocado terror se debía en los países más avanzados sobre todo al convencimiento de que después o sobre esa Tercera Guerra Mundial Nuclear, con todo su espanto caería sobre la Tierra el infierno de la potencia destructiva extrasolar: el Apocalipsis del Holocausto humano.
Esto era lo que principalmente desquiciaba a la población del otrora llamado Primer Mundo y sus asociados; donde entre los que se decidían por el suicidio para no sufrir el infierno esperado, muchos asesinaban por delante a hijos, cónyuges y demás familiares cercanos, de común acuerdo o no, e incluso a mascotas como perros y gatos para evitarse todos los terrores y sufrimientos sin solución de lo que se avecinaba.
Porque se hizo convencimiento general que los Extrasolares, tras su ultimátum condicionado, lo que realmente pretendían era dominar nuestro planeta y para ello había que destruir nuestra Geocivilización*; y seguramente esclavizar a la humanidad que quedase confinándola previamente en los refugios que se exhortó a construir. Y a tal grado fue este el convencimiento más generalizado que no se escuchaban las voces de los que entre las élites humanas pedían se intentara diálogos de entendimiento con los alienígenas, buscándose entonces la intermediación de los Diez Insólitos.
Pero: ¿Dónde estaban éstos?
Donde estuvieran, a los Diez Insólitos no se les escapaba nada de cuanto se decía y sucedía en la Tierra, sufriéndolo y comprendiéndolo. No estaban ya, desde luego, sobre la plataforma desde la que se dirigieron a la Asamblea General de las Naciones Unidas, sólo sabemos que se hallaban en algún lugar desconocido adonde les habían teletransportado los Diez Extrasolares, desde el cual, y muy seguramente también por la intermediación de estos más sus obtenidos poderes superiores de los sentidos telecaptaron*, perfectamente, cuanto se dijo y produjo entre los miembros del Consejo de Seguridad en el despacho del Secretario de las Naciones Unidas, y luego ante la Asamblea General, igual que ahora estaban captando lo que sucedía en todo el orbe humano.
Veían, oían y sentían cuanto acontecía multitudinariamente, pero a veces se fijaban en su atención escenas más personales con todo su dramatismo, resultado de sus nuevas poderosas capacidades, seguramente frutos de los elixires que seguían tomando.
Fueron algunas tan dolorosas que, huyendo de ellas buscando un respiro emocional, recorriendo los Diez la geografía esférica acertaron a coincidir en un hermoso paisaje californiano desde el que descubrían al fondo el océano Pacífico; y he aquí que se toparon con la visión que siguieron de un automóvil que, abandonando el asfalto de una carretera no muy frecuentada entonces precisamente, se desvió por un carril terrizo a su derecha que acababa en un rellano sombreado por unos altos pinos de gruesos troncos y amplias copas.
Temieron entonces con fatalismo los Diez tener al otro lado del rellano, aunque la distancia fuese kilométrica, la temible hendidura de la falla de San Andrés, y en tales circunstancias estar en inmediato grave peligro los ocupantes del coche, igual que la población entre ella y el océano si en breve se produjese el desencadenamiento del conflicto bélico entre la Tierra y los extrasolares, pues las temibles armas que se podían temer de una tan avanzada exocivilización podrían directa o indirectamente abrir la falla al extremo de desplazar desde ella a una buena parte de territorio separándolo del continente o sumergiéndolo en el océano, si no acaso a todo lo largo de esa falla en paralelo a la costa; y máxime podía ocurrir cuando no era la única falla en el territorio de California.
Era el temor que de pronto sentían los Diez Insólitos podía suceder de un momento a otro en aquel paisaje, incluso imaginándolo antes de como por la extensión del ataque bélico extrasolar sucedería en toda la superficie terráquea, según parecía iba a resultar del ultimátum dado inopinadamente por ellos mismos a la Humanidad al final de un mensaje que en principio les pareció bueno de aconsejar, y ahora, por la respuesta al mismo de las principales potencias militares terrestres, sospechaban que podrían ingenuamente haberse dejado manipular por lo que les pareció buenas intenciones de los Diez Extrasolares, a pesar de no olvidar que les salvaron y les hicieron humanos superiores a sus congéneres. A los cuales habían acabado dando el mensaje con el final más amenazador.
Sus inteligencias más desarrolladas empezaron a desconfiar de aquellos en los que habían puesto con razón toda su confianza y agradecimiento por los beneficios que de ellos obtuvieron, desde continuar sus vidas, obtener salud, rejuvenecer, crecer y hasta estas superiores inteligencias que les hacían dudar… ahora.., ante el holocausto humano que parecía avecinarse causado por la exigencia final planteada en ese mensaje de aquellos a los que, desde que los conocieron, jamás se imaginaron los llevaran a esta situación mundial. Por ello no dudaron en su momento de ser los portavoces del tal mensaje y su colofón.
Pero ahora, ante la resistencia humana a consentir, sin más, cumplir todo ese mensaje extrasolar bajo la amenaza de su final, sentíanse ellos mismos atónitos… ¿Por qué esa amenaza tras unos consejos en los que se podía sentir la protección de una exocivilización superior? ¿Entendían los extrasolares que tanto nos iban a importar la conservación de los robots por su utilidad que habían de conminarnos como se hace a un niño rebelde para que cumpla lo que se le dice por su bien? ¿Lo sospechaban acaso por experiencias acaecidas en otro u otros exoplanetas* habitados de otras estrellas?
Visto de este modo, sentíanse los Diez Insólitos manipulados de los mismos a los que tanto les debían, aun a pesar de sentir también pensar mal, igual que de ellos de sus congéneres, por ver sólo en el mensaje el colofón intimidatorio y entenderlo únicamente así... Pero: ¿habría otro modo de entenderlo?
Les despejaron momentáneamente de estos razonamientos traumáticos, que igual a una conversación telepática mantenían entre sí, ver entonces adentrarse el automóvil que les había llamado la atención en el rellano de los pinos. Y poniendo la atención en su interior, he aquí descubrieron ser pilotado por un joven a quien acompañaba de copiloto una chica, y detrás cuatro jóvenes de ambos sexos, todos oyendo muy atentos las noticias transmitidas desde la Asamblea General de las Naciones Unidas, por la radio del coche, e incluso los cuatro de atrás observando en sus móviles de última generación las imágenes en directo de esa transmisión como las de los acontecimientos en diferentes poblaciones del mundo que provocaba la declaración del Consejo de Seguridad, que en general venía ahora a considerarse de Inseguridad. Y podían observar en los seis cómo se apoderaba de ellos el pánico.
Detuvo el piloto el coche en mitad del rellano y abriendo sus puertas con brusquedad sus seis ocupantes salieron con la misma necesidad que una chica expresó diciendo, toda espantada:
―¡Dios mío, qué miedo: Me meo, me meo!
―Y yo, ¡qué horror!―le acompañó otra.
―¡Esto va a ser el Apocalipsis! ―Sentenció uno de los jóvenes, tan asustado como todos lo estaban, con la mano en sus genitales con evidencia de estar también a punto de orinarse.
Que al parecer a todos los seis les acució repentinamente esa necesidad, invadidos por el temor de los dos ultimátums, pero especialmente por el que evidentemente anunció el regenerado español insólito en nombre de los extrasolares, que podría resultar, en efecto, en el Apocalipsis, imaginándoses el holocausto humano más mortífero o definitivo, viniéndoles a las mentes no solamente ese último libro bíblico sino también las películas y las lecturas de terribles ataques alienígenas a nuestro mundo.


