Casa propia

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Con mi vieja podemos pasar horas en el mesón de don Nico conversando con él o con su vendedora, la señora Adriana, una mujer diligente que envuelve paquetes con la eficiencia de un androide de la tele.
–Qué pasa, mijito –me dice don Nico; él me ha visto en apuros, como cuando estuve tres horas y media aguantando la mierda porque el baño de LaSeñoraLaura estaba vetado para nosotros, debido a que mi vieja se atrasó dos días en pagar el arriendo. Fue un sábado, lo recuerdo bien. Don Nico cerraba más temprano y con la cara llena de vergüenza, mi vieja le pidió el uso del baño para mis acongojados intestinos.
Desde esa ocasión, incómoda para él y para mí, y en donde me dejó pasar detrás del mesón en dirección a su WC personal, don Nico se mostró más piadoso con mi vieja (“No fume, señora Teresa, que no puede morirse todavía”, le suele decir en voz muy alta y modulando cada sílaba, como si fuera sorda) y conmigo (“¿Qué cuaderno necesita, mijo?”, me suele preguntar porque sabe que me termino rápido los cuadernos escribiendo y dibujando huevadas como Mihai).
Puta, Mihai.
Respiro hondo y me acerco al oído de don Nico.
Mientras le susurro lo acontecido que estoy, admiro a mi alrededor esta librería en la que me siento a gusto y seguro. Los estantes repletos de cuadernos nuevos, con espirales y sin espirales, los escaparates montados con estuches de 24 lápices de colores, cajas de témperas, distintos tipos de gomas de borrar, sacapuntas metálicos, tubos de óleo, pinceles de pelo de camello, blocks de dibujo tamaño mediano, atriles de madera y el delicioso olor del papel de la cartulina; todos juntos me susurran el dulce idioma de la creación: herramientas amigables listas para ayudar en la que podría ser una mejor vida con medios de producción como la gente.
Estoy divagando en esas ideas cuando me fijo que a un lado tengo una mujer mayor mirando con curiosidad cómo le hablo al oído a don Nico, lista para meter cuchara, pero la señora Adriana, atinada como siempre, interrumpe sus intenciones y desvía las ganas de chismosear de la vieja, hacia el camino de una venta simple y discreta.
En tanto, don Nico asiente y me dice:
–Espérate un poquito acá.
Se dirige hacia el pasillo que ya conozco porque ahí, a la derecha, está el WC. Lo pierdo de vista mientras mete un poco de ruido al fondo, caen unas piezas de metal, asumo que herramientas y al cabo de unos pocos minutos, vestido en una cotona beige, aparece con una caja metálica de herramientas.
–Vamos –me dice.
Son apenas tres minutos caminando desde su negocio a nuestra pieza y rezo porque nadie le vaya a decir a LaSeñoraLaura que don Nico, el bueno de don Nico, está yendo a su casa. Don Nico es decé, democratacristiano, y eso es como decirle a LaSeñoraLaura que don Nico es el anti Cristo, porque es opositor al General.
Don Nico cruza el portón deforme de la entrada principal y, detrás de mí, sigue mis pasos.
–Deberían barrer un poquito, parece la playa acá –echa la talla don Nico sobre la abundancia endémica de polvo.
No le explico la situación, es decir, lo inútil que resulta barrer, porque el polvo llega y llega, solo para que siga pensando mal y peor de LaSeñoraLaura y sus criaturas malvadas a las que ella llama familia.
Ahora cruzamos la puerta que da al pasillo, estamos frente al baño sin puerta y don Nico, como un policía examinando la escena del crimen, me lanza una mirada incrédula.
–¿Qué cresta hiciste para romper esto, cabro?
–...
Balbuceo y trato de contestar algo, pero antes de que siga, don Nico me da instrucciones para levantar la puerta caída en combate y ponerla junto al marco, mientras él, con fuerza y exactitud, comienza a reparar la bisagra que quedó colgando como una tripa fuera de un vientre acuchillado. Con un destornillador y luego de darme más órdenes para contrarrestar el peso y poner en posición las dos bisagras nuevas que trae consigo para el reemplazo, termina todo el proceso de reparación en menos de 12 minutos.
Don Nico comprendió al instante la crisis de la que hablé en su negocio al pedirle que viniera. Podré volar y leer pensamientos y ver el futuro, pero cuando estoy en crisis nerviosas y atrapado por el miedo, soy un puñado de nervios, inútil e incapaz de ordenar mis ideas. Menos, de tomar un destornillador o un martillo. Me quedo en blanco. Creo que don Nico me entiende tan bien porque, me ha dicho, su hijo menor es un poco como yo. Estudia ingeniería, pero esculpe y dibuja como los dioses, he visto su trabajo, es un genio, no como yo que solo soy un amateur. Pero a diferencia de su hijo, yo hablo y hablo, mientras que su benjamín, su hijo chico, no le habla ni a él ni a nadie. Es callado. Muy callado. Algo tiene que lo hace distinto al resto. Casi nunca habla de él, del Andrés, pero conmigo y con mi vieja, don Nico se suelta, cuando no hay gente oyendo o mirando, nos dice cosas, cosas de su vida, de las vidas que ha vivido, de su amado Andrés.
Don Nico, incluso, contiene las lágrimas, pero le he leído la mente: sufre por su hijo.
Don Nico ahora encorvado en el pasillo de la casa de LaSeñoraLaura, testea la puerta, la abre, la cierra, y mira el interior del baño. Desde esa caja negra enciende y apaga la ampolleta sujeta al gollete que sale del techo.
–¿Más tranquilo, mijo? –me pregunta don Nico, con el trabajo realizado en tiempo récord, mientras me da una palmada en la espalda. Ambos salimos y afuera, en el patio de tierra, nos espera mi vieja.
–¿Pasó algo?
–Aceité las bisagras, señora Teresa. ¿Cómo está usted?
–¿Quiere un cafecito? Gracias por ayudarnos, don Nico, no queremos más problemas con la dueña... usted sabe.
–No, gracias, no se preocupe. Y acuérdese, no fume. Este cabro no se puede quedar solo todavía.
Y don Nico, riendo, me regala una mirada enternecedora.
–Ah, acuérdese de las bisagras, mijo–, me dice al oído antes de irse.
Y así lo hago: recojo las bisagras del suelo, frente a la puerta del baño, ocultando de este modo cualquier indicio de mi falta.
Cualquiera, menos un tornillo que se me cae, sin darme cuenta, justo detrás del macetero cuya sombra siempre es más grande que su propio contorno: el lugar perfecto para dejar caer y encontrar el error ajeno.
Domingo
Hoy hay cambio de planes. No vamos a ir a Gran Avenida, como generalmente hacemos cada domingo. El almuerzo lo va a traer mi tía María Piedad y mi prima Paty. Mi vieja, desde temprano, más temprano de lo habitual para ser domingo, ha estado moviendo cajas, barriendo, sacando ropa vieja, ordenando con una profunda acuciosidad.
Ellas, que ya han atestiguado lo miserable que es este nuevo entorno, se sientan al borde de una de las camas, cada una en un extremo, y los cuatro comemos sobre el cubrecamas. Antes hemos calentado en una olla sobre nuestro anafe la cazuela que traen y espero que en esta jornada el ritual se cumpla como ha sido siempre, tranquilo, llevadero.
Pero mi vieja está rara.
Cada mañana fuma siempre dos o tres cigarros acompañados por una taza chica de Nescafé. Pero aún no son las 12 y mi vieja ya ha consumido a lo menos seis cigarros con media docena de esas tacitas de café. Los fósforos se han prendido uno tras otro, y entre el olor a quemado y el humo del tabaco, el ambiente se ha enrarecido para formar una pequeña capa de smog.
–¿Todo bien, mami? –pregunto, sentado en una orilla de la cama, mientras giro con un alicate los canales de nuestro televisor IRT. Hace unos meses la perilla se rompió y solo el uso de esta herramienta, que era de mi abuela y estaba en la máquina de coser Singer que heredó mi vieja, me permite rotar el tubo que cambia la señal a través de 13 canales. Y mientras avanzo con indiferencia entre las imágenes de la guerra de hormigas de la pantalla cuando no hay señal a la vista, entre los programas que hay en los canales 7 y 13, por ejemplo, la verdad, sin prestar atención alguna, analizo a mi viejita, sentada en la esquina, bajo el marco de la puerta.
Encorvada, con su pelo lacio y derrotado por la falta de tintura, fuma sentada sobre un tronco a medio cortar que los dueños de este lugar han colocado en un intento por decorar el patio. Mi vieja se ha puesto su mejor vestido: una prenda verde musgo que, arriba del tronco, da la impresión de formar, entre ella sentada y la madera bajo su cuerpo, una nueva especie vegetal.
–¿Todo bien? –reitero, y ella se voltea y detrás de una lacónica mirada, asiente sin decir nada, mientras vuelve a enfocar al punto ciego del horizonte donde parece estar perdida.
No puedo ver el futuro que se nos viene ahora mismo, ni idea tampoco de esos pensamientos que parecen hechos de la misma materia que las cenizas que caen desde los cigarros. Todos mis sentidos, sin embargo, me dicen que algo va a pasar.
Mi tía María Piedad y mi prima Paty siempre son puntuales y ya queda poco para que lleguen. Mi vieja, a medida que se acerca la hora señalada, da vueltas y gira en círculos concéntricos dentro de la pieza, como una gallina con la cabeza cercenada, una agitación bajo la cual jamás la había visto. Está susurrando en voz alta nombres que no ha pronunciado en años, como el de mi padre, Remo, como el de su hermano, el hermano de mi padre y de quien no supimos más, Carlos, y de otros muertos, como mi abuela materna, tías abuelas y parentela de nombres compuestos que nunca había escuchado.
Fuera de sí, queda de una pieza cuando escucha el llamado de LaSeñoraLaura, quien abruptamente entra con su mano derecha hacia adelante y portando, entre su pulgar e índice estirados, un inesperado adminículo de metal.
–Señora Teresa, buenos días, ¿alguna idea de qué se trata esto? –escupe LaSeñoraLaura, mostrando de forma insolente, bajo las narices de mi vieja, un tornillo dorado y que toma desprevenida a mi viejita.
–Perdón, SeñoraLaura, no entiendo...
–Este es un tornillo que acabo de encontrar dentro de MI casa –le responde gimiendo la regordeta a mi vieja–. Es un tornillo suelto, estaba en el piso cerca de la puerta del baño...
–Perdón, sigo sin entender...
–La puerta del baño tiene bisagras nuevas y hay astillas en la madera, como si se hubieran echado la puerta... O sea... ¿se echaron ustedes la puerta sin decir ná y la arreglaron pa’ callao?
–Perdone, SeñoraLaura, no tengo idea de qué habla.
La voz de mi madre ahora suena conectada con lo que está pasando. Hasta hace unos momentos hablaba desde un lugar lejano, con un hilo apenas audible, pero ahora, con la firmeza de alguien ofendido, mi vieja está levantando educadamente la voz.
LaSeñoraLaura no se esperaba esta reacción. Se nota en su expresión de sorpresa, ahora mismo doblegada por la honestidad real expresada por mi vieja. La SeñoraLaura, entonces, da media vuelta, aturdida, con el tornillo en la mano, y sale echando humo pero callada.
Mi vieja y yo lanzamos un suspiro de alivio, aunque en su mirada hay algo de castigo. Sin embargo, altiro me guiña el ojo izquierdo y dice: “Por eso vino don Nico, a arreglar la cagadita que te mandaste”. En eso LaSeñoraLaura regresa, contra todo pronóstico. Su figura desbordada se agita nerviosamente bajo del dintel de la puerta de nuestra pieza, que en verdad es su dintel de su puerta de su pieza.
–Es que sabe, esto no se puede quedarse así, usted tiene que venir a ver el baño –gruñe y toma por el brazo a mi vieja, incapaz de reaccionar ante este contraataque feroz. Yo las sigo desde atrás y mi vieja, durante los primeros cinco pasos que siguen a lo largo de ese pasillo oscuro, logra desprenderse de la mano-tentáculo de esta mujer cuya deformidad aumenta en forma proporcional a su furia. Estamos llegando frente a la puerta del baño y LaSeñoraLaura la abre con molestia.
–Estas bisagras son nuevas, esta y esta –indica con una voz nasal mientras sus ojos bizcos se disparan en todas direcciones y uno podría pensar que este aberrante ser humano está hablándole al techo o al suelo o a la puerta, porque mira a todos lados y, a la vez, a ninguno–. ¿No me creen que se quedan callados? De acá adentro se cacha más mejor, miren.
Después de un rápido movimiento de piernas, ahora estamos los tres dentro del baño, frente al lavamanos y frente al espejo. Estamos en la penumbra, porque LaSeñoraLaura, de avara, no prende la luz. Solo se agacha en dirección a la puerta e indica de nuevo las piezas que han sido reemplazadas. Ella no mira su reflejo, tampoco mi vieja, que sigue con la mirada atenta el dedo de la morsa, cuyo inflado cuerpo apenas nos deja caber con comodidad en este espacio diminuto.
Estoy pensando en salirme para que no cachen que carezco de reflejo frente al espejo, cuando creo descifrar un claro “se van a tener que irse de acá, comunistas culiaos”, en medio de un grito destemplado que, a propósito de nada, está saliendo de la boca de LaSeñoraLaura ante la insistente y razonable negativa de mi madre de asumir alguna responsabilidad por el reemplazo de las bisagras.
Me detengo en seco y giro la cabeza para ver la escena y, entre las sombras de esta caja con un WC y un espejo, creo descubrime, para mi sorpresa, a lo lejos en el reflejo: soy, al parecer, un punto diminuto al otro lado del vidrio, justo al centro de las figuras de mi viejita y LaSeñoraLaura, quienes parecen hablar en cámara lenta en una rutina del dueto de Laurey y Hardy, la Gorda y la Flaca, mientras yo, reflejado 30 metros atrás, al fondo, en un fondo que no existe en este lado del espejo, me distingo situado en el nacimiento de un punto de fuga que físicamente no debería existir. De este lado del espejo, me encuentro pegado entre mi vieja y LaSeñoraLaura. Allá, detrás del vidrio, me hallo lejos. Muy lejos. Pero solo yo parezco notarlo.
LaSeñoraLaura interrumpe mi asombro y repite:
–Se van a tener que irse no más.
Siento como que me muevo hacia el fondo, allá, lejos, en el espejo, cuando en verdad estoy cerca y me comienzo a asustar más debido a la aparición de un insoportable zumbido que rebana mis tímpanos. Estoy atónito, después de meses, ¡me puedo ver!, a la distancia, como un mero punto, cabeza jibarizada, sin facciones claras, solo manchas de colores: el pelo, una mota negra; y un pálido verde amarillo para la cara. Pero no importa, me consuelo, porque, ¡mierda!, ¡me puedo ver!, ¡me puedo ver!
Aunque la verdad esta buena noticia se extingue rápido y sirve de poco y nada para aplacar lo que siento ahora.
Miedo. Siento mucho miedo.
Salgo rápido del baño hacia el pasillo. No quiero que LaSeñoraLaura y mi vieja se percaten de que reflejo una miniatura de mí mismo en el espejo. Cuando doy los cinco pasos para estar en el pasillo de tierra, me tambaleo hacia la izquierda, aunque voy caminando hacia la derecha y, aturdido y confundido, doy un paso en falso sobre una ladera que no había visto: una desviación rarísima en la que marcho sin pensar demasiado. Doy seis pasos más, oigo en la lejanía de lo que parece ser otro sistema solar, otra constelación, mientras las dos continúan en el baño discutiendo. En seguida pongo atención al llamado que surge desde la puerta de entrada. El ruido de un timbre eléctrico disonante, como un pito sin ganas de vivir, luego un “alooooo” entusiasta de mi prima Paty y, después de eso, un ahogado silencio que ha dormido las voces en el baño y que, paradójicamente, ha despertado mi sentido de dónde y cómo estoy: me encuentro caminando sobre el muro contrario de la puerta del baño. Las suelas de mis zapatillas están a 90 grados del suelo, he estado marchando sobre la pared creyendo que es el piso y la fuerza de gravedad no me ha hecho ni una mella. Mi angustia crece y sin pensarlo avanzo hacia el techo, dos, tres pasos y ahora estoy de cabeza, colgando como un murciélago en un cueva, viendo todo boca abajo: el pasillo, el fondo contrario a la salida donde está el comedor de esta familia aberrante, luego más pasillos, dormitorios y cocina.
“Alooooo”, repite de nuevo mi prima desde la calle y noto que mi vieja y LaSeñoraLaura van a salir al pasillo. La sangre me está subiendo a la cabeza y me libero de tocar el techo con mi calzado, arrojándome al vacío debajo de mis narices y mientras lo hago, atino a realizar una cabriola en el aire para caer sobre mis dos pies. Estoy terminando de aterrizar con esta vuelta de carnero, cuando mi vieja sale rengueando sin decir una palabra, mientras detrás suyo esa asquerosa de LaSeñoraLaura lanza insultos varios.
Entronco con mi vieja con una sincronización digna de las olimpiadas, la tomo del brazo y me doy cuenta altiro, por su mirada nerviosa, que está alterada. Los “alooos” de mi prima aumentan en intensidad. A medida que nos acercamos al portón, distingo sus siluetas, pero detrás de ellas hay una tercera persona que no alcanzo a reconocer... detrás de la melena de mi tía querida y el peinado de mi prima me resulta imposible vislumbrar la identidad de la tercera persona.
Hay pocas nubes sobre el cielo de Rodrigo de Araya con Pedro de Valdivia: la luz cae de manera brutal a mediodía, su crueldad seca se expande sin misericordia, pienso, mientras achino mis ojos para tratar de filtrar el blanco hiriente que rodea todo a esta hora. La calle, por donde tarde, mal y nunca pasan autos los domingos, parece estar hecha de manchas incandescentes. Las murallas bajas pintadas con cal clara también brillan con atrevido resplandor y hasta las hojas de los árboles, que apenas se mueven, cambian su color verde por un plateado titilante.
–Te tenemos una sorpresa –me dice Paty riendo delante de este blanco inmenso que nos rodea.
Mi viejita mira al piso y hunde los hombros sin decir nada.
Detrás de las espaldas de mi tía y mi prima se abre paso la tercera persona. Usa el pelo largo, pero tomado en una cola de caballo, y me niego a verle la cara. Bajo la vista y contemplo la punta de mis pies por timidez y, además, porque intuyo lo que se viene.
–Soy tu hermana –me habla a medida que se acerca esta tercera persona, a quien me niego a mirar a los ojos. Su voz es áspera y me doy cuenta de que moldea su tono, bajo la forma de una diplomática cortesía.
–Yo no tengo hermana –pienso aterrado y con la vista aún baja siento cómo me da un rápido beso en la mejilla.
Pero a pesar de la sutileza medida de su saludo, no siento nada.
Nada.
Me atrevo a levantar la vista y mirar directo a sus ojos con todo el odio del que dispongo en este aciago momento. Hago un primer barrido de abajo hacia arriba, desde sus pies hasta su cola de caballo, y me desconcierto porque no encuentro ojos donde sostener la mirada.
No puede ser... pero ella... ¡no tiene ojos!
¡Qué mierda!
¡No hay ojos a los que mirar!
¡Ay! Me descompongo del pavor; siempre el miedo me sorprende como nunca pensé que podía hacerlo. Siempre el miedo abre nuevos caminos por donde hacerme transitar. Siempre.
–Pero cambia la cara, primo. ¿No ves que tu hermana es igual a ti?
No atino a decir algo. Simplemente, no puedo ver los ojos como tampoco puedo verle la nariz ni su boca. No puedo ver los rasgos de ella, de Ella, ahora, aquí, frente a mí. No puedo percibir sus facciones, ni que su cara sea igual a mi cara. Seguro que ella tiene globos oculares, tabique nasal, labios y dientes, pero, no sé por qué maldición o embrujo, no soy capaz de ver su cara. Lo que veo es su vestido de lino blanco y sus zapatos claros al final de unas piernas contorneadas, puedo ver sus manos delgadas y un cuello enjuto. No sé si pestañea, ni tampoco si ella me mira a los ojos, porque para mí su cara es una bola de carne sin expresión. Una bola de piel humana desprovista de humanidad: una bola que ahora, a mediodía, brilla bajo un sol brutal incapaz de cualquier misericordia.
Lunes
No dormí en toda la noche. No pude cerrar las pestañas porque la cara de ella, Ella, la bola que era la cara de ella, no dejó de rondar en mi afiebrada cabeza. Para qué hablar de los ¿sueños? que tuve, si es que logré conciliar el sueño... Oh, Jesús, los sueños o lo que pensé que eran sueños me resultaban aterradores. Su cara de bola al otro lado de un espejo y yo, bajo un techo oscuro y ocre de otro mundo, tampoco tenía facciones. Gritaba de pánico en el ¿sueño?, pero nadie me escuchaba porque no podía abrir la boca para que escapara el grito porque, simplemente, yo carecía de boca.
Estoy seguro que no soñé. Quizás era yo imaginando cosas despierto. Imposible que soñara. Tan seguro como que no pude dormir porque mi emoción no me dejaba cerrar los ojos para descansar. Seguro imaginé cosas con los ojos abiertos. La emoción es mucha, las cosas que se juntan son muchas y no sé cómo he logrado mantenerme quieto en mi cama bajo las sombras de la noche para no molestar a mi viejita, que descansa agotada debajo de las frazadas.
Ahora son las 5:58 de la mañana. Ya aparecen los primeros rayos del alba y esta pieza, que es una pequeña prisión que me asfixia más que ninguna pieza que yo recuerde en las que hemos estado de allegados, me aprieta el pecho, me estrangula el ánimo y su falta de luz, no sé, quizás sea por su superávit de tierra, de polvo, de rústica indecencia, me hace repudiar lo que somos y donde estamos.
El zumbido de oídos no se me ha quitado desde que LaSeñoraLaura terminó de lanzarnos el ultimátum. Tenemos un mes para encontrar una nueva vivienda. Y eso se ve imposible, pienso, mientras observo a través del visillo de la ventana que mi vieja colocó para darle un toque, un estilo de hogar a la pocilga en que estamos. No sé si tendremos pronto un nuevo lugar donde poner el visillo y la cortina azul marino que lo acompaña y las camas y anafe y tele. Me relaja pensar en el visillo y la cortina, me calma pensar en su existencia pura y al vacío: existen, solo existen. Pero me altera saber que su función y sentido último depende de que encontremos una ventana para ellos, para el visillo y la cortina y, sobre todo, para nosotros: una ventana, ojalá en una pieza, ojalá, en un hogar donde no nos molesten demasiado.
Pero se ve poco probable una solución rápida. Es difícil encontrar algo más barato por estos lados. Y ya hemos hecho todo el circuito de ayuda con parientes cercanos. Más de una vez, inclusive, nos hemos allegado en casas y piezas de tías, tíos, primos, primas. Muchas veces. De hecho, ayer la tía María Piedad, cuando se enteró de que debíamos irnos en menos de un mes, no nos ofreció la pieza de su casona de Gran Avenida en la que hemos vivido años antes porque, decía, es mejor esperar los resultados del subsidio para este año.
Lo decía ayer durante el almuerzo, el almuerzo que comimos sobre la cama donde ahora reposo, sin perder una gota de fe. Ni una gota. A su lado, la chica cara de bola, una extraña en nuestro círculo, asentía con tanta o más fe, y creo que le escuché decir “amén” en más de una ocasión, mientras mi tía María Piedad fabricaba su discurso de viva esperanza para nosotros, los de corazones desvalidos y cansados.
La chica cara de bola habló poco, pero lo que decía siempre empezaba y terminaba en Dios, en lo mucho que yo me parecía a “nuestro padre” Remo, y Dios, Dios, Dios. Me hubiese gustado salir eyectado por la puerta para ahorrarme semejante momento. Pero por respeto a mi madre, que me daba la mano y me la apretaba con fuerza cada vez que se daba cuenta de mi desagrado, no hice nada. No volé ni levité ni huí. Me quedé ahí sentado, comiendo en mi bandeja la cazuela preparada por mi tía.
Ahora son las 6:45 de la mañana. La desazón me invade. Mi vieja se empieza a mover en su lecho. Respira con dificultad, el pecho le suena mucho y no me animo a decirle que hay que levantarse. El fin de semana y especialmente ayer domingo fue mucho más difícil para ella que para mí: conocer y aceptar de inmediato a la otra hija del hombre que amó con locura. La hija de su amado Remo con la otra.
Me levanto y mientras me pongo ropa limpia, trato de no hacer ruido. Decido no ir al baño; una forma de evitar el fuego cruzado con los dueños de casa. Me voy cochino pero tranquilo al liceo. Me baño eso sí con dos o tres puñados de algodón con colonia de lavanda que mi vieja guarda en un frasco de vidrio.
Son las 7:14 y ahora abro la puerta de nuestra diminuta pieza.
–Hijito, ¿ya se va al liceo? –susurra mi viejita desde su cama.
–Sí, mami, ¿se siente bien? –le pregunto.
–Sí, estoy cansada no más... me voy a quedar en cama un rato y luego me levanto.





