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—Yo era una gran escritora —me confesó sin que yo se lo preguntara la segunda mañana que pasaba en mi casa.
Había elevado la mirada hacia mí y, luego, en un movimiento abrupto, la había colocado una vez más sobre el ventanal. Así, sin darme la cara, me empezó a contar lo que sabía sobre el proceso de su desaparición.
—No sabía que me odiaban tanto —murmuró y luego guardó silencio como si necesitara respirar a solas para poder darse fuerzas, ánimo, y así continuar—. Pero poco a poco me tuve que dar cuenta. Las máquinas de escribir que utilizaba empezaron a descomponerse. Los lápices a desaparecer de mi escritorio. Y luego estuvo todo ese engorroso asunto de los apagones que sólo afectaban a mi casa. Si supiera cuántas veces me quejé con el Departamento de Recursos Eléctricos y nada. Lo único que me dijeron por mucho tiempo fue que estaban investigando mi caso, que pronto iban a identificar la causa.
—¡Puras mentiras! —la voz se le agitó y, como si eso la molestara, como si estuviera mostrando demasiado y demasiado pronto, se incorporó de la mesa, encendió un cigarrillo y se concentró sobre las aguas azules del océano.
Tardó un tiempo en calmarse. Una vez que se sintió más segura, capaz de hablar con oraciones completas, se sentó y tomó la pluma con la mano derecha. Pensé que volvería de inmediato a su escritura, pero vaciló.
—Y las sospechas de los críticos —dijo con una voz dolida— sembrando la discordia y la desconfianza por todas partes, constantemente. ¿De verdad era capaz de escribir esto o aquello? ¿Era quien yo decía que era? ¿Era una impostora? ¡Todo se volvió demasiado insoportable!
Pensé que había terminado su reclamo. Esperaba que cerrara su cuaderno y se levantara de nuevo para ir hacia el ventanal. Pero continuó, su voz baja, como una pintura que se desvanecía en una casa abandonada.
—Y luego la turba, siempre en busca de sangre, siempre dispuesta a atacar. Gente pequeña y mala. Gente mala y solitaria —me miró, pero veía algo más, un vacío que llenaba de odio y resentimiento—. Sus dientes. Sus cuchillos. Miren, miren esto.
Levantó sus brazos desnudos y señaló algo cerca de su codo derecho que no distinguí bien. Por un momento sentí lástima por ella. Pero una vez más me acordé de quién era y cómo había asumido el control de mi hogar, y mi frustración regresó. Y mi rabia.
No la conocía mucho, no la conocía nada, pero supe instintivamente que ya no saldría de su silencio. Por lo demás, me interesaba muy poco la historia de su desaparición. Y le creía aún menos. Sin despedirme, casi sin voltear a verla, salí de la casa y al abrir la puerta de mi auto pensé en el hospital municipal como un refugio. Nunca se me había ocurrido algo semejante. Manejé aprisa esa mañana. Prendí el radio y, para mi sorpresivo placer, escuché una sonata para violín que a bien tuvo calmarme. Me entretuve observando de reojo los arbustos de colores cenicientos que se extendían al lado derecho de la carretera y las aguas de la playa que casi tocaban los bordes del lado izquierdo de la misma hasta llegar a la puerta principal de la institución. Hospital Municipal. Granja del Buen Reposo. Eso decían los letreros que, ya medio despintados, bordeaban el arco de la entrada aunque ahí difícilmente se administraran medicamentos y casi nadie encontrara reposo, ya fuera malo o bueno. Se trataba en realidad, he de confesarlo, de un establecimiento para enfermos terminales. Los desahuciados. Los desechos. El hospital no era más que un panteón con las tumbas abiertas. Se mantenía gracias a un financiamiento ridículo, casi inexistente, del Gobierno Central. Una especie de limbo a donde llegaban los heridos de muerte que, sin embargo, no podían morir. O no, al menos, todavía. Mi odio, lo comprenderán ahora, no les podía hacer más daño que el que ya traían dentro esos seres, destinados a vivir el resto de su vida insignificante en esa lejana esquina del mundo, la última frontera.
Esa mañana pues, gracias a mi trabajo, pude escapar de la rutina que Amparo ya había creado en mi casa. Y aunque mi logro sólo duraba ocho horas en cinco días de la semana, lo festejé con un orgullo secreto y anónimo. Amparo Dávila, ya había tomado yo la decisión, no me desaparecería. Nunca lo lograría.
La desaparición es una condición contagiosa. Todo el mundo lo sabe. Antes se creía que era algo externo, algo impuesto por un agente mucho más poderoso sobre la inocente víctima, usualmente de maneras brutales. Poco a poco, con los avances de la ciencia y de la informática, se ha llegado a saber que para ser un desaparecido se requiere, ante todo, tener contacto previo con uno de ellos. Los mecanismos posteriores del mal varían mucho —mayor o menor grado de violencia, menos o más aislamiento, poco o mucho silencio— pero el elemento común a todos ellos es el contacto. Contacto físico. Piel. Saliva. Tacto. La contaminación física. De ahí que pocos confiesen ese estado y que la desaparición sea algo tan temido. Por esta razón el miedo que me producía Amparo se multiplicó de manera acelerada cuando, casi sin más, casi como si se tratara de algo sin importancia, me confesó que escribía sobre su propia desaparición. Por un par de días anduve pensando en la posibilidad de pedir vacaciones para poder alejarme de ella en esa etapa tan crítica, por temprana, en el proceso de contagio, pero pronto tuve que recapacitar. Recordé que la Traicionada se encontraba también en mi casa, a merced de la ex Escritora, y una sensación de angustia me invadió. Temí por mi examante, sentí una compasión absurda por ella, pero esa no fue la razón por la cual, al final, decidí quedarme y enfrentar las cosas. Ya lo sabía yo de mucho tiempo atrás: no podía alejarme del mar.
El océano me calma. Su masiva presencia me hace pensar, y creer, que la realidad es bien pequeña. Insulsa. Insignificante. Sin él, el peso de la realidad sería mortal para mí. El océano frente al cual viví por tanto tiempo, en una soledad que la casa de la que me proveyó el hospital me ayudaba a preservar, había salvado mi vida hasta entonces. Pero todo eso, todos esos años de sacrificio, todos esos largos minutos de disciplina y sordo desasosiego ante los que me había resignado con tal de estar junto al mar, empezaron a desmoronarse.
Me gustaría culpar a Amparo Dávila por esto, pero no podría hacerlo sin faltar a mi sentido de honestidad. Supongo que en realidad todo se desató cuando, irracionalmente, acepté reunirme con la Traicionada. Ocurrió cuando, de manera por demás irresponsable, acepté la llamada por cobrar que pasaron a mi teléfono del consultorio y cuando, en pleno delirio, le describí la ruta para llegar por tierra hasta este lugar de la costa. Tal vez Amparo tenía intervenida la línea. Tal vez espiaba a mi examante y, fingiendo que esperaba utilizar el teléfono público desde donde esta había hecho la llamada, se apostó lo más cercanamente posible a su espalda para así escuchar los datos. Tal vez la Traicionada, que siempre fue tan negligente en cuestión de papeles, escribió la información en hojas tamaño carta que después dejó a la vista de todos. Cualquier opción era posible y, cualquiera que haya sido, funcionó casi a la perfección. Amparo Dávila llegó apenas con unas horas de adelanto para escribir la historia de una desaparición que ella, sin pruebas de por medio, asociaba de manera francamente enfermiza con la Granja del Buen Descanso, donde yo trabajaba. Eso me lo dijo la tercera mañana que pasaba en casa.
—Tú me puedes ayudar con esto, ¿sabías? —parecía pregunta pero en realidad lo que me estaba lanzando a la cara era una orden.
Me reí porque estaba nervioso y sabía perfectamente lo que ella quería. Un cómplice. Un ayudante. Un confesor.
—¿Cómo? —no alcancé a detener la pregunta detrás de mis dientes por más que lo intenté.
En lugar de apresurarse a responder, Amparo guardó silencio. Sus tácticas siempre fueron muy sofisticadas. Estoy seguro de que sabía que una respuesta rápida resultaría en una fácil negativa o, peor, en una burla inmediata. Su silencio, acompañado del arco sospechoso de su ceja derecha, tuvo el efecto esperado: me urgía saber. Necesitaba su respuesta. Pero, otra vez, en lugar de ceder tan fácilmente se parapetó, y se hizo aún más fuerte, dentro de su silencio. No habló de todo este asunto por días enteros.
Mientras tanto, ella actuaba como si nada pasara en realidad. Su rutina la salvaba y la protegía. Seguía levantándose temprano para preparar té y café. Continuaba subiendo el caliente líquido a la recámara donde la Traicionada empezaba a dar señas de una leve mejoría. Bajaba las escaleras con cuaderno en mano y, con una interacción cada vez más corta y monosilábica, se disponía a continuar con la historia de su desaparición al mismo tiempo que yo salía con rumbo al hospital. Así pasaron esos días nerviosos, llenos de expectación, en los que el invierno se perpetuó a sí mismo.
—¿Cuánto tiempo tienes trabajando en el hospital? —me preguntó sin mucho énfasis un día en que la lluvia transformaba el color de las aguas del océano.
—Veinticinco años —le respondí sin percatarme del riesgo que estaba corriendo.
—¿Y tienen expedientes desde entonces?
Su pregunta me hizo volver la cara y enfrentar el efecto de expansión que se producía en sus ojos. Estaba solo, absolutamente solo y sin voz. En ese momento me di cuenta de que mis sospechas eran adecuadas. Amparo Dávila quería tener acceso a los documentos de mi institución por motivos que desconocía y que, con toda seguridad, ella no compartiría conmigo.
—No lo sé —dije con calma, como si no me hubiera percatado de su juego—. Tendrías que preguntarle al Director.
Ella sonrió como si creyera en realidad lo que le estaba diciendo. Luego volvió a subir las escaleras y a encerrarse, para mi total desconcierto, en la habitación de la Traicionada. Fue así como supe que habían empezado a dormir juntas. Y una vez más, de manera por demás irracional, temí por la suerte de mi examante. Desaparecería también, estuve seguro en ese momento. Luego, casi de inmediato, no pude evitar reírme de mí mismo. Recordé el lugar donde vivía, su aislamiento agreste, la manera en que nos llegaban los víveres en cajas de cartón semanalmente desde las dos ciudades que nos circundaban, la ausencia de correo, el limitado número de teléfonos. Tomé conciencia, tal vez como nunca antes, de que la comunidad que se había formado alrededor de un puñado de moribundos estaba desaparecida. Y desaparecidas nuestras voces, nuestros olores, nuestros deseos. Vivíamos, por decirlo así, a medias. O mejor: vivíamos con un pie dentro de la muerte y otro todavía pisando el terreno de algo parecido solamente de manera remota a la vida. Pocos sabían de nosotros y aún menos se preocupaban por nuestro destino. Iba a ponerme melancólico, a punto estuve, pero me incorporé a observar el mar, su silueta nocturna, su lomo inmenso. Me serví, de entre todos los licores disponibles, una copa de anís y recapacité: nuestra irrealidad, nuestra falta de evidencia, no sólo constituía una cárcel, sino también una forma radical de libertad. ¿Cuántos en las ciudades vecinas podían darse el lujo de posar los ojos ininterrumpidamente sobre el animal marino? ¿Cuántos entre todos ellos podían disfrutar esta relajación, este tremendo descanso ocasionado por la carencia de una historia propia, por la falta de una inscripción? ¿Cuántos, entre todos ellos, podían vivir su muerte día tras día, hora tras hora, puntualmente? ¿Cuántos la conocían tan de cerca, saboreándola sin resquemor, aprendiendo poco a poco a no temerla? Iba a ponerme eufórico pero me contuve. Nunca he sido dado a victorias fáciles después de todo. Las respuestas, que sabía ciertamente, que podía ofrecer sin chistar y sin sonrojarme, no le interesaban a nadie. Reí otra vez en silencio y a solas. Abrí la puerta trasera de la casa y bajé los escalones hasta llegar a la playa. Caminé por horas. Perdido. Ensimismado. Preguntándome a cada paso si estaba realmente vivo. Si estos eran, en realidad, mis huesos.
Empecé a espiarlas al día siguiente. Dejé la puerta de mi cuarto entreabierta para detectar con precisión la hora en que Amparo empezaba la rutina de toda la casa. Se levantaba a las 5:30 de la mañana, salía de puntillas del cuarto de la Traicionada para darse un regaderazo rápido en su propio baño. Una media hora más tarde ya estaba trajinando en la cocina. No sólo preparaba brebajes calientes sino también desayunos suntuosos, de complicados aromas, que llevaba en una charola hasta el cuarto de mi examante. Me di cuenta también de que no la dejaba sola mientras comía y que, incluso, la ayudaba a llevarse la cuchara a la boca cuando se quedaba sin fuerzas. La cercanía entre las dos me molestó. Desde la rendija de la puerta pude observar la delicadeza con la que se trataban, la dulzura con la que se veían la una a la otra. Su mutuo encariñamiento acaecido en unos cuantos días y, además, con una de ellas en estado semiconsciente, me hizo sospechar de toda la situación. Supuse que se conocían de antes y que, aliadas en mi contra, no hacían otra cosa más que planear una venganza femenina. Supuse que la Traicionada había convencido a Amparo de venir con ella hasta esta casa perdida en la costa con la intención de que la ayudara a convencerme a mí de lo poco hombre que había sido con ella. Seguramente, me dije, se trata de una especie de refuerzo moral porque, en las pocas veces que habíamos hablado del asunto, cuando la Traicionada se aferraba a su historia de mi maldad, yo usualmente lograba amainar sus acusaciones con preguntas inesperadas y razonamientos lógicos. Supuse que a Amparo Dávila le gustó el reto. Además de ofrecerle una oportunidad de airar sus rencores contra los hombres en general usando a uno en particular, algo que ninguna mujer deja pasar, el viaje le garantizaba una estancia algo cómoda, y gratis incluso, en la costa. Debió haber sido una especie de mendiga. Una vagabunda o una bohemia. Una de esas indigentes de espíritu libre que ha perdido el contacto con la realidad y sus rituales. Debió de haber pensado que aquí podría escribir sin interrupción alguna acerca de su desaparición con el océano de fondo y el silencio de forma. Y en todo eso, mucho me temo, Amparo Dávila estuvo en lo correcto.
Ese primer día de mi espionaje, sin embargo, traté de calmarme. Salí a caminar por la playa donde me distraje recogiendo fósiles marinos y persiguiendo cangrejos pequeñísimos. El océano, como siempre, me sacó de mi aprehensión. Me recosté sobre la arena y, observando la lenta transformación de unas nubes altas, imaginé el rostro afiebrado de la Traicionada, los ojos expansivos de Amparo. Contra toda expectativa, justamente al contrario de las emociones que me habían llevado hasta la playa, sentí conmiseración por ellas. Ahí estaban las dos, débiles y perdidas, tratando de encontrar en su mutua compañía un remedo de contacto humano. Desaparecidas las dos, aunque cada cual a su manera, daban la impresión de estarse obligando a entrar en un estado de aparición que las volviera reales otra vez, aunque esto sólo ocurriera en el escenario que formaban ellas mismas. Todos esos esfuerzos, todas esas injusticias, todos esos imaginarios dolores que, sin embargo, veía claramente en sus rostros, me hicieron sentir lástima por ambas. Lejos estaba ya de considerarlas mis enemigas patibularias. Me reí de mí mismo incluso. Me dije que el miedo que las mujeres provocan en los hombres era siempre tal que, cuando uno menos lo esperaba, se descubría inventando conspiraciones demenciales que sólo existían, por otra parte, dentro de la mente. Entonces decidí regresar y, mientras caminaba descalzo sobre la arena, me acomodé sin más en un nuevo estado de plena relajación.
Tan pronto como abrí la puerta trasera de la casa, sin embargo, la placidez se transformó en horror. Las oí hablar. Al inicio sólo distinguí los murmullos pero, conforme subí la escalera, descubrí que compartían palabras totalmente desconocidas para mí. No se trataba, además, de algún idioma extranjero. Puse atención. Me senté del otro lado de su puerta entreabierta. Cerré los ojos. Traté de asimilar los sonidos, los ritmos de expresión, buscando similitudes con lenguajes que conocía o que, al menos, había escuchado en mis viajes, pero todo fue inútil. Para mi total desconcierto supe entonces que, en el poco o mucho tiempo que llevaban juntas, se habían hecho de un idioma propio. Me sentí aislado y débil como el exiliado que vive en un país que nunca le resultará familiar. Y tuve que comprender, y aceptar, en ese justo momento, que me había convertido en un apestado en mi propia casa. Los días posteriores a mi descubrimiento estuvieron llenos de largos silencios. Las espiaba, es cierto, pero les huía al mismo tiempo. No quería darles la más mínima oportunidad de que sintieran, o peor aún, de que me demostraran, su nuevo poder sobre mí.
—Que hablen solas, si quieren —me dije muchas veces mientras manejaba a toda velocidad hacia la granja.
Y ahí me perdía entre pacientes y enfermeras con muy poca conciencia de, o consideración por, mi entorno. En lugar de pensar en la muerte, que era en lo único que acostumbraba pensar dentro y fuera del hospital, ahora pensaba en el equipo de mujeres que había tomado mi casa por asalto de la manera más artera y mejor planeada. Y así, mientras auscultaba ámpulas y administraba morfina, mientras cerraba los párpados de una mujer o tomaba la mano temblorosa de un niño, lo único que me obsesionaba era desentrañar la naturaleza del lenguaje con que lucubraban cosas contra mí.
Mi espionaje continuó. Me levantaba temprano para comprobar lo rigurosa que era la rutina establecida por Amparo. No hubo excepción: estaba en pie a las 5:30 de la mañana.
Ningún día faltó el café o el té. Y cada mañana subía con la charola de alimentos al cuarto de la Traicionada. Ese era el momento que yo aprovechaba para tratar de capturar la estructura interna de su idioma desconocido. Me apostaba del otro lado de la puerta y, con los ojos cerrados, me concentraba como sólo lo había hecho antes, muchos años antes, frente a los libros de anatomía. El sonido de los vocablos era insoportablemente melodioso, casi dulce. Y había una repetición intrigante de la que me di cuenta como al tercer día de mi espionaje. Se trataba de un sonido parecido a la sílaba «glu». La repetían incesantemente y, al hacerlo, parecían replicar el eco de la lluvia, el momento en que una gota de agua cae pesada y definitiva sobre la corteza del mar. De mis espionajes, por otra parte, sólo pude sacar en claro que su idioma no era, como supuse al principio, una copia de ese juego infantil que consiste en incluir la sílaba «fa» entre las sílabas de todas las palabras. Se trataba, en cambio, de un idioma completo, sofisticado, compuesto por largas unidades gramaticales donde se presentía el uso significativo de la repetición. Los sonidos guturales en que se enunciaba le otorgaban el aura de algo lejanamente infantil, de ciertas resonancias redondas. De lo demás —sus reglas internas, sus conjugaciones, sus modos— no llegué a saber gran cosa. Cada vez que las oía platicar me hundía en una rabia inconmensurable, paralizadora. No podía hacer nada contra su lenguaje. No podía entrar en él.
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