Ádeiocracia, HIPERliderazgos, Nueva geografía del mundo, Sociedad de la pospandemia

- -
- 100%
- +
Seguramente, todos los actores sociales y políticos en Colombia tenemos una cuota de responsabilidad. Problemas de décadas se manifiestan ahora con vehemencia. El gobierno inicialmente quedó conformado de manera mayoritaria con gente educada, sin experiencia política ni actitud autocrítica. Del ABC en el entendimiento de lo que significa gobernar es saber que la retroalimentación al interior del gobierno es distorsiva y minada por el autoelogio. El ejecutivo ha confundido la consistencia que es virtud, con la porfía que es defecto. Rectificar no es debilidad, por el contrario, es un atributo de los estadistas. El legislativo no ha podido fraguar una relación colaborativa con mediadores de desarrollo regional y pactos que no dependa totalmente de la participación burocrática o contractual. La capacidad propositiva de la oposición deja mucho que desear y el momento del país no brinda un escenario para mezquindades o juegos de negociación. La ruta del diálogo está planteada y debemos todos utilizarla a fondo aguzando la inteligencia colectiva en la generación de proposiciones estratégicas.
Adaptando las tesis gandhianas podemos afirmar que no hay una ruta para el diálogo, el diálogo es la ruta. El Papa Francisco nos habla al oído, como lo hizo recientemente desde Abu Dabi al proclamar su “Documento sobre la fraternidad humana” en el cual invita a todos los hombres sin distingo de ideologías o creencias a “asumir la cultura del diálogo como camino, la colaboración común como conducta; el conocimiento recíproco como método y criterio”. Tal es la forma de superar el fenómeno de la ÁDEIOCRACIA, la categoría que he acuñado para llamar a la ciudadanía y a los gobiernos a dejarla atrás. Del griego ádeio, vacío y kratos, poder, la incomunicación entre gobierno y ciudadanía, la perplejidad, el desconcierto, la percepción de una institucionalidad sin enjundia, la no aparición de alternativas, han venido proyectando una sensación de vacío que se extiende a toda la sociedad. Tanto el poder como el cuerpo social odian el vacío, por momentos parecemos un tiesto sin contenido y maltrecho. Para superar la ádeiocracia, hay que desafiar responsablemente la imaginación.
A partir del paro nacional del 21 de noviembre de 2019, la movilización vinculó grupos intermedios e incluyó métodos con fuerza creativa en el plano cultural, el país venía preparándose para una fase de diálogo dentro de un fuerte debate sobre los alcances del proceso. El gobierno suscitó una “Conversación Nacional” entendida como una gran retro alimentación de los sectores sociales para que el ejecutivo obtuviera un conocimiento más cercano de los problemas sectoriales y/o regionales que le permitiría actuar en consecuencia. La oposición planteó un diálogo con negociación para lo cual formuló un pliego de más de 100 puntos desde elementos coyunturales o locales, hasta grandes reformas estructurales de los órdenes político y económico, verdaderamente fuera de toda proporción, lo cual hacía temer por un 2020 con un nuevo ciclo de protestas sociales que el gobierno enfrentaría realizando cambios en la coalición parlamentaria, gracias a la entrada de un grupo parlamentario de significativa representación en el Congreso y a la llegada de cuadros con mayor correlación con la política partidista. El año comenzó. Múltiples voces pedían la convergencia nacional hacia un diálogo significante que produjera resultados. Con temeridad inteligente y orientación hacia los logros colectivos. Al final, lo sabemos, los acuerdos son la pauta para la interpretación de la diversidad moral, para la necesaria elección entre pluralismo y fanatismo, desafiando todas las expresiones de imperialismo ético, tanto de quienes hacen uso de la fuerza para imponer su propia moral a otros, como de quienes hacen uso del terror para resistirla.
El diálogo que demandan la situación global y la de Latinoamérica en particular, está más allá de los lugares comunes de los encuentros internacionales de líderes o de las declaraciones de los organismos multilaterales. Implica construir nuevos puentes, crear narrativas conectoras, trabar relaciones con sujetos sociales ignorados o excluidos, y practicar la comunicación no violenta hasta llegar a abrazar las paradojas de las transiciones.
En esas circunstancias estábamos al inicio del corriente año cuando llegó el coronavirus. A la caída en los precios del petróleo, la crisis del sector externo, la devaluación del peso y el bajo crecimiento, a la eliminación de líderes sociales, a las disidencias narco financiadas de las FARC y al desesperado deambular terrorista del ELN vino a sumarse la pandemia cuando Colombia estaba tratando de sortear la migración de casi dos millones de venezolanos de los cuales, poco menos del 80% viene de padecer hambre y abandono, mientras el restante 20% ha perdido los trabajos profesionales, las empresas y negocios menores e incluso muchos de ellos ha sufrido la persecución delincuencial de la nueva forma del paramilitarismo latino, los colectivos terroristas de estado del neopopulismo criminalizado.
Puede ocurrir - la historia a menudo se escribe desde lo improbable – que la pandemia haya servido de acicate al Presidente Duque y que un nuevo grupo de mandatarios territoriales elegidos en los comicios de octubre haya llegado con aires renovadores. Lo que se observa, fuera del retardo en el cierre aeroportuario que produjo una cuota de contagio evitable por llegada de extranjeros portadores o enfermos, y del ascendiente tecnocrático en el diseño de medidas amortiguadoras de la crisis en la Mipyme que puede malograr la protección del empleo y de los grupos intermedios, es un mejor desempeño presidencial, al frente de la emergencia, aglutinante y esforzado. La nación ha respaldado las medidas y la ciudadanía ha hecho del dolor una fuente de convergencia y solidaridad activa. Los trabajadores de la salud y la sociedad civil han realizado un gran aporte. La profundidad del daño económico es tal y la desintegración histórica del tejido social tan honda, que no sabemos si logremos mantener esta articulación reintegradora del alma nacional y de la fuerza productiva de este país probado en las dificultades. El liderazgo presidencial se pone a prueba y la resiliencia de Colombia también. Si queremos llenar de frutos frescos el camino de salida de la ádeiocracia, necesitamos lo mejor de nuestra inteligencia, requerimos de lo que Michael Foucault llama “un brote epistémico”, esto es, en palabras de Iván Illich, “una desviación de imágenes repentina en la conciencia colectiva, en la cual lo inconcebible se vuelve concebible”.
La lumpenización de América Latina
CUANDO UN CONTINENTE PIERDE TODOS SUS REFERENTES MORALES Y EL NÚMERO DE HABITANTES EN POBREZA EXTREMA SE INCREMENTA DURANTE UNA DÉCADA, APARECE EN MEDIO DE LA CRISIS DE OPORTUNIDADES Y DEL DESARRAIGO ÉTICO, UNA FUERTE TENDENCIA A LA LUMPENIZACIÓN DE LA SOCIEDAD. SE CREA ENTONCES UN ESPACIO POLÍTICO PARA ASUMIR LA DEFENSA DE LOS GRUPOS INTERMEDIOS, LAS CLASES MEDIAS, PERDEDORAS EN LA RULETA DEL PUDRIMIENTO.

América Latina continúa atravesando un valle de bajo crecimiento y pese al aumento del gasto social, la distribución del ingreso sigue siendo desastrosa. Un cuarenta por ciento de la población laboral recibe menos de la remuneración mínima, 48.7% en el caso de las mujeres y 55.9%en el de los jóvenes. La cifra verdaderamente desalentadora es la de la población laboral joven femenina, dentro de la cual, el 60% recibe menos del salario mínimo.
Las políticas de inclusión laboral y social son insuficientes o brillan por su ausencia. La situación de precarización laboral tiende a agravarse por cuenta de la oferta creciente de mano de obra juvenil y de la formulación de políticas públicas que reciclan mecanismos fracasados, instrumentos orientados a la habilitación de mercados marginales de pobres que celebran estadísticas de bancarización o formalización transitoria, mientras pasan de largo sobre la transformación requerida para hacer de los pequeños empresarios del campo y las regiones, auténticos acumuladores de capital insertos en el desarrollo económico.
Sobre el lumpemproletariado y la lumpemburguesía:
Promediaba el siglo XIX y Francia sufría los conflictos propios del asentamiento institucional después de una revolución profunda, seguida de un ascenso napoleónico con sello imperial, de un período donde la nación tuvo gran incidencia en el mundo y de un ciclo convulsivo con signos de cierta fatiga, dentro del cual fueron múltiples los conflictos y chantajes entre el ejecutivo y el legislativo, como también los juegos de complicidad al interior del régimen y el desdibujarse de las agrupaciones políticas que mostraron antes un fuerte arraigo ideológico. El país respiraba la nostalgia del siglo XVIII y la corrupción se extendió en paralelo con un desempeño económico mediocre, como suele ocurrir cuando toma cuerpo el amafiamiento del estado ya sea bajo el emblema de una proclividad con énfasis “democrático”, o tras la insignia de gobiernos de sesgo autocrático populista.
Fue dentro de ese contexto que Marx escribió El 18 Brumario de Luis Bonaparte, documento en el cual define la categoría lumpemproletariado y advierte la presencia degenerativa de la descomposición en la clase alta, a la cual más tarde teóricos de la economía política, la denominarían lumpemburguesía… “junto a roués arruinados con equívocos medios de vida y de equívoca procedencia, junto a vástagos degenerados y aventureros de la burguesía, vagabundos, licenciados de tropa, licenciados de presidio, huidos de galeras, timadores, saltimbanquis, lazzaronni, carteristas y rateros, alcahuetes, dueños de burdeles, mozos de cuerda, escritorzuelos, organilleros, traperos, afiladores, caldereros, mendigos, en una palabra, toda la masa informe, difusa y errante que los franceses llaman la bohème”. Desde entonces el concepto de lumpen ha evolucionado, pero mantiene como elementos inmodificables, los de ser desechos de las clases en descomposición, como lo afirma Joaquín Estefanía, sin conciencia de clase (la clase en sí frente a la clase para sí).
Casi 170 años después, asistimos en América Latina a la lumpenización de la sociedad. A la crisis de oportunidades se suma la crisis moral, a los fracasos de los modelos neoestructuralista y neoliberal los suceden los partidos efímeros en la esfera política lanzando pregones neopopulistas de izquierda y de derecha, la concentración de la riqueza trae consigo la cartelización de la economía, vale decir, la cartelización de las élites políticas, financieras y de los servicios. Una sola multilatina de la infraestructura incide en diez procesos electorales y hoy vemos a más de una docena de presidentes y vicepresidentes procesados o huyendo de la justicia. En el caso de Colombia, el ciudadano medio observa en su desasosiego, los problemas de la justicia, la caída de las reformas judiciales y políticas, los carteles y carruseles de la contratación, hasta los nunca imaginados carteles de la toga, el pañal, la alimentación de los infantes, la hemofilia, la vigilancia, el transporte y los medicamentos. Y al no existir un referente moral, el vacío político es perceptible, las aspiraciones personales liquidan los proyectos que en un momento parecieron viables y abundan las personas que convierten la descripción de la maldad en su justificación para dar curso a sus propias transgresiones.
En medio de tan dura realidad, cunde el escepticismo y cuesta advertir las nuevas posibilidades, particularmente cuando ellas surgen precisamente de las complejas realidades que enfrentamos tales como la migración venezolana, el posconflicto, las disidencias criminales y los paramilitares resurrectos, el envejecimiento de la población, la crisis motivacional y laboral de la juventud, la modificación tanto de la forma como de la extensión de la familia, y en ocasiones, el bajo nivel de apropiación tecnológica cercano a un nuevo analfabetismo, para hablar de lo colombiano; mas también de los tránsitos democráticos cargados de imperfección, del hartazgo en materia política, de las polarizaciones entre facciones corruptas, del lánguido atardecer del ALBA y de los problemas de productividad en la mayoría de naciones hermanas.
Oportunidad para los gobiernos y las administraciones territoriales:
Ahora que se abre el debate sobre el Plan de Desarrollo en Colombia, el presidente Iván Duque tiene un gran escenario para mostrar su don de mando y su capacidad de aglutinación en torno a propósitos transformadores. El presidente tiene la oportunidad de emprender razonablemente las rectificaciones que conduzcan al mejoramiento del ciclo de posconflicto, las cuales deben correr a la sombra de la materialización de los compromisos superiores de los acuerdos y no contra ellos. Algunos de sus partidarios arremeten contra todo lo actuado y pretenden un gobierno destructor, no reformador ni unificador.
El Plan de Desarrollo debe ser el eje de un gran empeño en pro de la formalización, no el mandoble contra la informalidad. Necesitamos sumar a la base de propietarios antes que perseguir a los informales sin discernir sobre las causas que inhiben su formalización. Las políticas del último lustro en Brasil son una buena referencia.
Las políticas de asimilación e integración de los migrantes venezolanos han de volcarse al ámbito municipal y dirigirse por igual a las mujeres, los jóvenes y la niñez colombianos y venezolanos. La vigilancia de la competencia irregular por bajos salarios es urgente, el desplazamiento de trabajadores nacionales estimula la xenofobia y los conflictos.
La progresiva actualización catastral rural no puede detenerse. En cambio, la tasa incremental de los avalúos en grandes ciudades está golpeando a las clases medias y va a desestimular la cadena de la construcción y el empleo juvenil urbano.
La lucha por la recuperación de la ética social no puede manejarse como un slogan ni caer en manos de los oportunistas que deambulan vociferando con su proclama de superioridad moral. Lo ha dicho con propiedad el papa Francisco al hablar del moralismo elemental…el engaño, la calumnia, el egoísmo y tantas formas sutiles de autorreferencialidad. Y en ello la consistencia del gobierno es determinante. La actuación del estado debe ser nítida y no puede permitir la existencia de cuartos traseros para la distribución de mermelada.
La revisión y actualización de la Ley Mipyme, cuyos incentivos fueron desmantelados, es vital. El pronto pago y la eliminación de la letra menuda en los contratos, así como el fin de las renovaciones amarradas o compulsivas, están a la orden del día. Y el presidente debe mostrar su liderazgo. Concertar no es temer al ejercicio sobrio de la autoridad democrática. La batería de instrumentos de promoción y fomento de economías con Pymes insertas y exportadoras tipo Taiwán es un ejemplo práctico y válido.
La internacionalización debe ser pragmática, con buen piso técnico y gran discernimiento. Hay que concretar los acuerdos de inversiones en negociación o perfeccionamiento y recuperar el principio del beneficio recíproco en las relaciones bilaterales. El reconocimiento de la interdependencia y la reciprocidad son las claves de la partitura competitiva internacional. Desde luego, la mejor política internacional es la que cuenta con una gran política industrial activa para la economía abierta a los acordes de la economía social de mercado. No se trata de buscar denominaciones sugestivas para hacer más de lo mismo. El mandato es construir la base para una nueva fase de industrialización con desarrollo tecnológico, innovación social y productiva, sostenibilidad y articulación productiva en minicadenas, cadenas, corredores nacionales e internacionales, logística competitiva, emprendimiento de mérito mediante el uso de ventajas territoriales y articulación entre servicios, industrias locales, comercio, turismo e industrias culturales.
El presidente Duque y los nuevos mandatarios latinoamericanos están urgidos de apoyo ciudadano. Empero, necesitan granjeárselo. Y en el caso colombiano, el mandatario tiene de donde, incluso siguiendo la línea de sus propios logros, tales como el acuerdo con el movimiento por la defensa de la educación, la creación del ministerio de ciencia y tecnología, la definición concertada del salario mínimo, el planteamiento de la economía naranja como una nueva arteria. El mandatario se juega su suerte en lograr el apoyo de las clases medias, evitando con hechos, que lo cataloguen como su persecutor.
Brasil en su laberinto

Estamos en Bahía concediendo plena razón a quienes afirman que no conocer este estado es renunciar al entendimiento de Brasil como totalidad. San Salvador de la Bahía de todos los Santos, primera capital de Brasil, epicentro de un estado cuya extensión representa más de la mitad de Colombia entera. La metrópoli frente a la gran bahía, la segunda del mundo, está poblada por algo más de cuatro millones de soteropolitanos, hermoso gentilicio, 70% de afrodescendientes que disfrutan de una moderna infraestructura, una buena batería de bienes públicos y sufren el déficit habitacional que produce y multiplica las favelas, esa oprobiosa aglutinación de desposeídos, ocupantes ilegales y urbanizadores piratas. Es sin duda un bello escenario natural donde se ha levantado una ciudad caracterizada por un denominador, el contraste. Bahía es la cuna de extraordinarias personalidades como Jorge Amado y Castro Alves, Astrud Gilberto y Gilberto Gil, Dida y Bebeto. Es también gran centro petroquímico, agrícola, turístico, automotor y de agronegocios.
La historia de Brasil es extensa y compleja, es diferente de la del resto de América si bien discurre durante algunos ciclos en dimensiones paralelas. No es sano pretender explicar Brasil a través de comprimidos o de resúmenes estereotipados. Conquista y colonia, esclavitud, implantación monárquica, independencia con mediación británica y una compleja gestación republicana hacen del recorrido hasta avanzado el Siglo XIX, un camino sinuoso que continuaría en el trasiego hacia esos estados de dimensión continental que han transformado apenas parcialmente la realidad de una nación muy rica con una sociedad cargada de pobres, carente de cohesión y plena de candilejas encendidas por individuos de gran trascendencia mas no por una evolución que supere las lacras del clasismo, el racismo y la discriminación en todos los órdenes. En efecto, las aguas de colores diferentes que corren por el Amazonas a lo largo de leguas como sin mezclarse, parecen reflejarse en un país donde la democracia oligárquica fracasó en tiempos modernos, pese a los testimonios de educadores como Freire o de contribuciones como las de Celso Furtado y Getulio Vargas, del desarrollismo económico o del urbanismo de Oscar Niemeyer o Lucio Costa que no fueron dique para la corrupta decrepitud de la política tradicional, como tampoco podía serlo la dictadura, ni la llamada democracia racial. Todo ello abrió paso al ascenso de Lula, el líder obrero de los metalúrgicos y su PT. Y el mundo se ilusionó. La lucha por la vivienda, la “Bolsa Familia” contra el hambre, café, oro, azúcar, acero y la perspectiva industrial en escala coronada con la visibilidad para Brasil en las cumbres sociales, daban razones para creer en ese país que tantas veces nos había prometido futuro. Y apostamos, arrobados entre el ingreso a los Brics, las grandes sedes de torneos mundiales y las melodías eternas de Vinicius y Caetano.
Pero no fue así, llegaron la incuria, los abusos, el resentimiento como instigador social, y el cáncer de la corrupción que se encargó de la pésima asignación de prioridades y produjo la metástasis continental de Odebrecht y la lumpenización de latinoamérica. Entonces vino el ciclo de criminalización de la política, aviones derribados, asesinatos, intervención y amafiamiento de la justicia. Y en ese contexto, apareció el neopopulismo de la otra extrema, uno de esos liderazgos redentoristas lleno de ideas ambiente para la galería y con una puñaleta entre las carnes. Bolsonaro es elemental pero tiene un bono cuyo crédito aún puede capitalizar o dilapidar. Obtuvo 57 millones de votos y cuenta con el respaldo amplio del sector empresarial y de una sociedad que le perdonará flaquezas a cambio de oportunidades y, sobre todo, de derrotar la inseguridad que tiene a la gente encerrada en su vivienda y ante la cual, otras capitales del subcontinente, con sus pandilleros en manadas, lucen más tranquilas. Ahí está Brasil en su laberinto, dudando de sí mismo, entre una izquierda agotada y un neopopulismo en erosión. Fue Don José Bergamín, ese amigo íntimo de Unamuno que pasó buena parte de su vida tratando de conciliar catolicismo y comunismo, “con los comunistas hasta la muerte, pero ni un paso más” diría, quien intentó ir un poco más lejos reflexionando sobre el laberinto: “El que solo busca la salida, no entiende el laberinto, y aunque la encuentre, saldrá sin haberlo entendido”. Qué ha de tener claro Colombia en su política exterior, lo dicho, es imposible cambiar el rumbo de Latinoamérica sin una gran alianza con Brasil, es imposible dar el salto internacional de magnitud que necesitamos, sin una fuerte política bilateral con Brasil, robusta, innovadora, potente, orientada a grandes logros.
Nota del autor: Este texto fue escrito en Julio de 2019. Es preciso señalar que el demencial manejo dado por el Presidente Bolsonaro al Covid 19 ha derrumbado el respaldo presidencial y comprometerá la gobernabilidad.
La reincidencia Argentina
Se repiten los síntomas, también los errores en políticas públicas y la anacrónica e inútil oscilación entre los paradigmas neoliberal y neokeynesiano




