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Los jóvenes comenzaron a salir como una jauría de perros de tiro, llevándose mesas por delante, en un solo malón, siéndoles imposible traspasar la puerta todos al mismo tiempo. De todas formas, la física nunca podrá explicar cómo hace para cruzar el ajustado umbral una masa que lo supera diez veces en tamaño. A pesar de eso, ahí están los profesores y sus intereses. Esos misterios no eran de su incumbencia, a él le preocupaban los misterios del espíritu humano, pensó: «que de ese imposible se encargue el profesor de físico química», y salió del aula.
El jardín de infantes se retiraba media hora antes que el secundario, para que la multitud de padres que venía a buscar a sus hijos no se cruzara con la multitud de estudiantes que escapaban de la institución como una manada de elefantes. O eso fue antes, cuando eran numerosas las familias y los alumnos, cuando un profesor podía enloquecer con cuarenta pequeños demonios por curso tratando de explicarles, inútilmente, que un modificador directo podía ser un artículo y también un adjetivo, descubriendo en ese mismísimo momento que ni siquiera sabían bien qué era un dichoso sustantivo. Que el jardín ya no estuviera era, en cierto punto, un alivio; ella ya no estaría por allí para desnudarlo con su mirada y no tendría que acomodarse su escaso cabello con tanta frecuencia ni bajarse el pantalón de jean que a él le gustaba tener bien ajustado para que la camisa no pudiera escapársele por más que insistiera. Salió muy tranquilo entonces empezando a escuchar, a medida que se acercaba a la salida, un creciente murmullo hasta volverse un aluvión de cantos y gritos.
Al salir, observó lo de siempre sin sorpresa ni estupor. El grupo de resistencia formado por docentes y algunas pocas familias de niños de la institución estaba cantando en protesta a la constructora que había dado, en ese preciso día, las señales del paso definitivo: un camión de más ruedas que metros de largo había sido estacionado junto a la escuela y sobre sí tenía una grúa con un martillo demoledor amarillo reluciente. Ante todo, eso era una provocación. «Todos sabemos que ya no hay vuelta atrás», se dijo, «pero no hace falta desmoronar así la ilusión de algunas personas, deberían dejarlos terminar el año en paz y, al siguiente, dejarlos buscar la escuela entre torres de cristal, como si no hubiera sido destruida, simplemente, como si estuviera perdida por ahí.»
El caso era que el gobierno de la ciudad, defensor acérrimo de las empresas y no de los ciudadanos (portadores ellos de una falsa consciencia que no les permitía votar candidatos más representativos y terminaban por elegir a estos que obraban, exactamente, en contra de lo que necesitaban en realidad), apeló con inteligencia a un vericueto legal en que una escuela puede ser cerrada por falta de matrícula y obró así en consecuencia, haciendo que el alumnado pidiese pase obligatorio al igual que los maestros que serían trasladados a otros establecimientos. Esto activó una fuerza opositora fuerte, aunque flaca en número, que se resiste todavía y desde ese primer momento a pesar de ser inevitable su final.
Los contratos de construcción ya estaban firmados y acordados los plazos, solo quedaba un desalojo formal, pero al haber niños de por medio todavía no se había instrumentado formalmente. Y los docentes, por órdenes del director (que pertenecía al grupo de resistencia), seguían asistiendo con regularidad al trabajo como si nada pasara. Muy a pesar de tener un alumnado más que diezmado y un clima de tensión constante que no facilita en nada el aprendizaje. Hasta aquí las cosas.
El grupo de resistencia se puso más agresivo y, con una bocina, la voz del director habló claro y firme: “Si van a destruir nuestra casa, háganlo ahora mismo enfrente de nuestros ojos, ahora mientras vemos sus caras y sus risas disfrutando de echar abajo estos muros que hicieron felices a tantas familias. No voy a dejar que tiren abajo mi escuela sin pelear por ella.”
Miguel sintió vergüenza, sintió un fuego en el pecho que intentó por todos los medios sofocar. Claro que estaba equivocado, claro que el director tenía razón, claro que no entendía lo que era pelear. Encima ahí estaba ella, Eva, metida entre los docentes gritando una y otra vez, peleando con sus capacidades para hacerlo. «Cada individuo tiene sus armas, menos yo», se dijo. Era claro ahora, claro que no era digno de ella.
Eva pareció interpelarlo, pero no fue más que un vistazo rápido a los que estaban neutrales o indecisos. A eso, como a una pregunta de examen, le ofreció su mejor respuesta: se acomodó los anteojos, pegó la vuelta y se volvió caminando a su casa.
Se sentó en el sillón y empezó a darle vueltas a la invitación por enésima vez, pensando en lo inútil que sería ir, qué haría, se hundiría en su timidez, no conocía a nadie, tal vez a uno o dos compañeros de trabajo en los que Luis estaba incluido, y eso era otra cosa en contra. Pensó en que quizá no tendría jamás otra chance así, otro regalo del Olimpo como creyó que era, porque no había otra explicación al hecho de que no fuera mágica, cósmica o mitológica (que son, en definitiva, otras maneras de decir literaria). Se vio volverse un pesado, uno de esos lastimosos que se creen perjudicados por la existencia misma y que todo lo que son y les ocurre es lo peor que le puede ocurrir a un ser humano, y que se justifican pensando en que serán realzados en otras vidas por los males soportados en esta. Se vio y se sintió un tipo insoportable y se gritó, literalmente, a sí mismo: «Basta».
Tomó coraje y se convenció de que iría, soportaría como todo el mundo la vergüenza y las miradas intimidantes y rompería sus propios límites. «Esta es la fuerza de las revoluciones después de todo». Miró el reloj de pie que su abuela le había heredado y calculó, fácilmente, que faltaban unas tres horas para la reunión en lo de Eva. Planeó prepararse en ese momento, porque la falta de práctica en vestirse para la ocasión podía costarle más tiempo que el debido y luego, una hora antes de salir, le compraría algún presente de camino.
Tras darle mil vueltas a su ropero, logró sentirse cómodo con una camisa negra y un jean bastante viejo pero que nunca había usado, comprado el año pasado, y que no quería usar hasta que los otros, gastados hasta volverse blancos, ameritaran un cambio. Se miró varias veces al espejo y se afeitó, aunque no lo necesitara. Se peinó otra veintena de veces, aunque no hubiera mucho que peinar y terminó por sentarse en el sillón a matar el tiempo. Los ojos se le irritaron y tras quitarse los lentes se frotó reiteradas veces. Con la invitación en las manos, siguió pensando de todo un poco hasta que comenzó a costarle mantener los ojos abiertos.
Un Monte, el mismo monte. La misma tormenta.
—…Poseen una fortaleza física sin igual, fe en ellos mismos al punto de la egolatría, firmeza de carácter, determinación, valentía, arrojo; pero, también, prudencia.
—Así eran ellos, eso le demostraremos a Crono, ¿no?, que siguen existiendo, aunque se vean diferentes y hayan cambiado un poco —contestó la muchacha mientras seguía a las mujeres por el valle.
—Le demostraremos que podemos seguir en este lugar conservando nuestros atributos, le demostraremos que ni su fuerza puede cambiar ciertas cosas.
—Mis hermanas son benévolas, chiquita, quieren hacer que entiendas la totalidad de los sucesos futuros, cuando lo más importante ahora es que comprendas tu pequeña porción en el acontecer.
Al decir esto detuvieron la marcha y las señoras rodearon a Hebe.
—Sé lo que tengo que hacer, señoras. Comprendo, perfectamente, a dónde nos dirigimos y qué es lo que tengo que hacer ahí. Caminemos más rápido, temer ha salvado a muchos más que a mí, por ahora. Aprovechar que Crono está lejos puede ser nuestra ventaja.
—Pero ¿qué estás diciendo, Hebe? ¿Acaso Crono te alcanzó sin que lo sepamos y te robó lo único que nos hace especiales? ¿Acaso ahora temés a la muerte más que a la simpleza? ¿Con quién creés que estás tratando? —La señora de la antorcha recitó palabras de una hermosura comparable a su ininteligible significado, y una reverberación de luces y destellos germinaron en la madera de la antorcha, prodigios de singular belleza. La madera seca y muerta se volvió un verde florecer de hojas y el fuego, una rosa de increíble tamaño.
La jovencita observó con admiración el prodigio de la rosa y la vio volverse un báculo brillante que la señora apoyó en el suelo con una suavidad tal que el estruendo que hizo al golpear el suelo fue su opuesto exacto. La muchacha radiante de juventud cayó de bruces y sintió su mano derecha lastimarse al hacer un mal contacto con el mismo suelo enigmático que fue conmovido por el báculo.
—No debés temer a Crono tanto como a tu propia y escondida voluntad de rendirte. Abandonala ya mismo o no podrás seguir con nosotras.
La joven se puso en pie frotándose la mano derecha con la izquierda como una respuesta impronunciable. Las tres señoras aceptaron el gesto y la invitaron a seguirlas a bajar por el monte.
Tres golpes a la puerta de su casa lo despertaron. «Por Dios, ¿qué hora es?» saltó del sillón con el arco de los anteojos marcado en la nariz y se fue apurado a la puerta. Preguntó quién era unas tres veces y, después de no recibir respuesta, abrió, imprudentemente. Nadie allí, nadie en todo el pasillo. Quizá lo soñó, pero de lo que Miguel estaba seguro era de que ya no llegaría a comprarle ningún presente a Eva y que llegaría tarde y que todo lo que había planificado se iría al trasto.
Tomó la invitación y se la puso en el bolsillo trasero del jean, insultó varias veces mientras buscaba las llaves de su casa y salió apurado hacia la casa de la maestra jardinera que tantos problemas les había creado a sus pequeñas rutinas.
Un barrio así, de casas con parque, un barrio así de casas con árboles entre torres de cristal y edificaciones faraónicas de ciudad era, por lo menos, literario; era como una cuadra que se le había escapado al tiempo que todo lo cambia, como un milagro entre vicios de cemento. Pensaba… al fin y al cabo eso hacen los profesores de Literatura.
Al dar la vuelta a la esquina, ya notó a mitad de cuadra una casa con luces encendidas, odiosos automóviles estacionados en las veredas y un aroma a querer escaparse lo invadió de repente. Ese aroma le dio nauseas, parecía que iba a vomitar y se llegó a tomar la garganta pensando en que no podría soportar ese revoltijo en que se había convertido su estómago.
Miró la dirección en la invitación y no había dudas, aquella era la casa. Se detuvo, se dio aire con ambas manos y, sin pensárselo mucho, volvió sobre sus pasos, primero dando pasitos cortos y luego apurado como si estuviera desbandándose en presencia de un enemigo imbatible, como si estuviera desertando de sus obligaciones y huyera, finalmente, por algún oscuro pasillo. «No», se dijo y se detuvo de improviso como lo había hecho antes. «Ya llegué hasta acá, tengo que ser un hombre y volver». De dónde había nacido ese impulso, imposible de decir, tal vez era la misma fuerza que revoluciona la que seguía efectuando sus prodigios en él.
Caminó el trecho que quedaba hasta el porche de la casa como un camino del calvario. Realmente, estaba sufriendo todo aquello, pero pensaba, solo pensaba, y eso quería decir que nada había ocurrido todavía, por qué anticiparse a lo que todavía no había pasado, «dejá de pensar tonterías, Miguel», se sugirió, y se obligó a poner la mente en blanco (aunque de más está decir que no pudo lograrlo, por todo aquello que está en la naturaleza de los profesores de Literatura). Se paró frente a la puerta y las risas comenzaron a escucharse y a amedrentarlo. Deseó pasar desapercibido al entrar, deseó tener libre alguna silla en algún rincón oscuro atrás de algún mueble inmenso. Respiró profundo y se decidió como si en todas las decisiones le fuera la vida. Buscó el timbre por todos lados y no dio con él. Al mirar con más detenimiento, notó que la puerta tenía una aldaba de metal oscuro. No comprendió qué tenía que ver una puerta tan antigua con una casa tan moderna, pero no le disgustó ese toque de distinción. Por el contrario, una mueca de orgullo le hizo desear ver a Eva cuanto antes. Tomó la aldaba y la hizo sonar dos veces; primero, tímidamente y, luego, con más impulso. Pero las risas ahí dentro parecían tan poderosas que no dejaban escuchar la llamada. Encontró allí su excusa y se dijo: «si no me escuchan esta vez, me voy». Y fue que apenas iba a hacer sonar la aldaba por tercera vez contra la puerta, un silencio dentro de la casa hizo que el golpe fuera seco y poderoso, que hasta le pareció oír un hondo eco del llamado al otro lado como si la casa, en su hilarante imaginación, se hubiese vuelto un resonante campanario o un cóncavo templo antiguo.
Se escuchó una cerradura y la puerta se abrió. Eva estaba reluciente, con un vestido amarillo, fresco y distinguido. Sonrió al verlo y eso ya había hecho valer las penas vividas de camino.
—¡Me alegra muchísimo que hayas venido, Miguel! —Y el tonto se quedó sin reacción parado ahí como una maceta—. Pasá, no te quedes ahí.
—Feliz cumpleaños, Eva —le dijo y creyó oírse suspirar luego, como sacándose un gran peso de encima.
—Gracias... Pero pasá por favor, recién salen las pizzas.
Cruzó el umbral y siguió a la muchacha, ciegamente, hacia el living por un extraño largo pasillo. «Qué raro», pensó, «no parece tan grande esta casa desde afuera». Pero ya es muy repetitivo volver a decir que era un profesor de Literatura, porque ya sabemos cómo funcionan esta clase de profesores, piensan y piensan para escapar de la realidad porque el mundo de la imaginación parece ser su elemento más natural.
Aprovechó la extensión del pasillo para tratar de observar todo lo que tuviera que ver con Eva, fotografías de la familia, muebles y decorados que le dijeran algo más de ella, pero, o todo estaba muy oscuro o, en verdad, Eva no tenía ni un solo cuadro o fotografía. De hecho, Eva seguía siendo un enigma para Miguel. Lo poco que conocía de ella lo sabía por halagos de las porteras que la adoraban por su simpleza y su simpatía; y por el cavernícola de Luis que cada dos veces que se acercaba para molestarlo había una que se acercaba para contarle lo mucho que Eva le correspondía con sus cortejos. Sin embargo, pensaba, como es habitual, que de simple y de enamorada de Luis no tenía nada esa joven señorita de jardín, aunque todo eso fuera una opinión de alguien que solo miraba desde afuera y, a veces a gran distancia, todas las cosas.
A lo lejos (¿pero cuán lejos si era un simple pasillo?) notó que Eva tenía vendada la mano derecha y, cuando aceleró el paso para alcanzarla, ella cruzó otro umbral luminoso hacia el living y la perdió de vista durante un instante. La ansiedad por entrar en el living de la casa superó cualquier divague mental que pudiera haberlo achacado en ese momento y cruzó por esa arcada luminosa sin cuestionarse siquiera de dónde provenía esa claridad antinatural.
Entró con extraña seguridad y allí una primera visión lo empequeñeció como a una hormiga entre las manos de un gigante: Luis estaba sentado en la punta de la mesa contando a viva voz una anécdota estúpida de cómo fue que logró que sus alumnos trabajaran. Correctamente, en clase utilizando métodos poco ortodoxos que se valían de amenazas y advertencias bastante agresivas.
—Sentate acá, Miguel —Eva le ofreció justo el lugar opuesto al de Luis, en el otro extremo exacto. Eso no le permitió esconderse demasiado. Tuvo que saludar uno por uno a los invitados, a pesar de que nadie había notado que llegó a la cena, por estar todos prestándole atención al engreído de Luis.
—Eva… —murmuró Miguel antes de que Eva saliera para la cocina— ¿Qué te pasó en la mano?
—Soy una tonta, me quemé con el horno hace unas horas. No es nada —dijo riéndose avergonzada.
A Miguel le bastó aquel intercambio de palabras para ponerse tan feliz como si él fuera el cumpleañero; es que las comunicaciones humanas le costaban tanto como las matemáticas. Eva fue a la cocina a buscar las pizzas y algunas bebidas y él se sintió terriblemente solo. Utilizó ese tiempo tan solitario para observar a todos allí, cosa que no había podido hacer cuando saludó, ya que los nervios de interactuar con desconocidos lo obnubilaban un poco. Vio personas raras, como si todos fueran viejos aunque fuesen jóvenes, es decir, miraban tan seriamente aunque rieran, hablaban tan extraño aunque hablaran el español, y bebían de copas, pero tomándolas con las dos manos como si se tratase de copones o algo por el estilo. «Raras costumbres tienen los conocidos de Eva», reparó, y no supo nunca cómo describirlos. Cuando Luis terminó su anécdota, no reían, aunque su objetivo, obviamente, fuera provocar risas, sino, por el contrario, hacían comentarios y se cuestionaban entre ellos un método mejor para dominar a esos jóvenes del colegio. A lo cual, como si fuese armado, todos miraron a Miguel y le preguntaron cómo hacía él para inspirar a los jóvenes, le cuestionaron cuál era su método. Miguel se sintió absorto por aquel cuestionamiento, porque supo que su respuesta provocaría una comparación horrorosa con Luis y que Luis, a partir de ella, se posicionaría por encima de él en tan solo un segundo. Así que dijo:
—Nunca puedo dominarlos, no existe un método… —un murmullo creció alrededor de la mesa y trató de extenderse más—: lo único que siempre me ha funcionado es leerles con entusiasmo. Es que no sé qué les provoca, pero sé que a los chicos les gusta que les lean… ¡yo sé que comienzo a pronunciar las palabras escritas y por lo menos se callan! —sin duda alguna, quiso inculcarles a sus palabras un tono humorístico, pero al igual que con Luis, se produjo un murmullo y le pareció, solo le pareció, que alguien había aplaudido por allá al fondo.
El resto de la velada fue una pesadilla para él. Se pasó viendo a Eva hablar con Luis toda la noche y él se pasó acomodándose el pelo o los anteojos, y levantándose al baño cada veinte minutos, quizá por incomodidad, quizá por aburrimiento. Si había allí una competencia, la había perdido apenas entró. Se levantó por última vez al baño y, al mirar para la cocina, vio la espalda encorvada de una mujer mayor, quizá la madre de Eva, que parecía tener en sus manos un ojo humano que se llevó a la cara con sumo cuidado, obviamente, trató de olvidar aquella relación imposible sacudiendo su cabeza para terminar deduciendo que era un huevo hervido como los que, de hecho, había sobre la mesada. La mujer tomó un pequeño platito que tenía una vela encendida y casi al instante se dio la vuelta dirigiéndose hacia una puerta que seguro conducía a un patio trasero. Se sintió un curioso, de esos que podrían ser mal interpretados: un mirón. Quiso saludar, pero prefirió evitarse más incomodidades, entró al baño sin prestarle más atención a la vieja, se sacó los lentes y se mojó la cara, se vio tremendos derrames de sangre en los ojos y decidió que debía irse.
«Llegó la hora de irme», avisó al salir al living ante la mirada de Luis que parecía insinuar que su presencia le molestaba, y Eva lo condujo hacia la salida, por el mismo pasillo que ahora le había parecido demasiado corto con respecto al que recordaba haber recorrido. Cruzó la puerta y se dio la vuelta para decirle algo, pero se quedó mudo al verle las pecas y el esplendor de su pelo rojizo.
—Gracias, Miguel, espero que este sea el comienzo de una gran amistad.
«Sí, sí…», comentó por dentro mientras que lo que pronunció, realmente, fue «espero lo mismo Eva, gracias por invitarme», como si en verdad hubiera hablado un autómata digno de Mary Shelley.
No obstante, se fue caminando a casa, increíblemente feliz por haber superado la prueba, con un mínimo de tristeza asomando por ver sus ilusiones rotas.
Se había alejado por lo menos una cuadra de la casa de Eva en medio de una noche cerrada, cuando se le reveló lo efímera que era aquella felicidad que había sentido cien metros atrás, pues la tristeza que apenas insinuó en su alma cuando se despidió se hizo, físicamente, presente en un santiamén. Caviló sobre viejas noches de lecturas de Pessoa y su desasosiego, y se vio caminando por la vereda de un barrio perdido en una ciudad hostil, insultándose a sí mismo por ser tan ingenuo, por ser tan poco adaptado al mundo de las relaciones sociales. Se sacó la camisa de adentro del pantalón y se frotó los pelos con un poco de frustración. Pensó en desabrocharse algunos botones de su camisa negra para que el fuego de la bronca se aliviara un poco con la brisa fresca de la noche, lo pensó y lo hizo, paso que raras veces daba. Llegando a la esquina se asustó de muerte al ver a una señora bastante anciana con un bastón bajo una farola, parada simplemente, estática como una estatua, paralizada o perdida. Al buscarle los ojos, instinto automático de un ser humano, la vieja sonrió y Miguel, olvidando los ojos, enfocó su atención en esa boca con sobredosis de encías en donde un único diente afilado era rey. Sin dudas la vieja estaba loca o lo había reconocido de algún lado. Primero sintió ver un fantasma y luego se avergonzó de estar con esa desfachatez caminando por su propio barrio, es que se le ocurrió lo que podrían decirle en la escuela si alguien lo viese de ese modo, «hay formas que se deben cuidar siendo profesor» palabras de alguien más que bien recordó en ese momento. Se abrochó algunos botones de la camisa negra a las corridas, como si estuviera cometiendo un delito al tenerlos desabrochados. Pasó de largo unos metros y giró tratando de ver si reconocía el rostro de la vieja, sin embargo, la anciana ya no estaba más bajo la farola.
Siguió adelante unas cuadras más, y ya de lejos empezó a notar que más adelante había una especie de fogata en el medio de la calle. La decisión más acertada hubiera sido hacer un desvió por otros rumbos porque no era noticia ya que el barrio se había puesto complicado. Quiso aprovecharse de esa cuota de impunidad que suelen tener los profesores de escuela, que ya es sabido que su fortuna es grande en cuestiones de inseguridad, pues parecía que siempre resultaban los asaltantes ser viejos alumnos del profesor, y casi siempre pasaba así, pese a las pocas probabilidades estadísticas que eso tenía. Especuló, obviamente, en todas las chances que tenía, pero eligió continuar a pie en línea recta.
Al acercarse a esa cuadra, desde unos veinte metros, divisó que, efectivamente, algunos de esos jóvenes incendiarios eran alumnos de la escuela donde él ejercía el oficio. Aunque casi todos ellos no eran ni habían sido, puntualmente, alumnos de Miguel, sí reconoció sus rostros y también ellos lo reconocieron a él. Supo a simple vistazo de experto, que por lo menos dos rostros eran de su clase. Ninguno lo saludó o hizo el mínimo gesto y se le ocurrió por qué podría ser aquello: esos muchachos eran del equipo de vóley del colegio, eran los preferidos de Luis y Luis se encargaba de meterles en la cabeza que los peores deportistas eran los que se pasaban leyendo y no entrenaban como ellos hacían en el gimnasio todas las semanas. Eso era traducido por los jóvenes de manera que Miguel y Facundo, el profesor de historia, hacían con sus tareas y actividades de lectura lo posible para empeorar sus habilidades deportivas; Luis lo fue trasformando poco a poco en el enemigo público número uno del equipo de vóley. Tal vez en cierto modo tenía razón, ya que él nunca fue bueno en nada que requiriera una destreza física y sí que se pasó toda la vida leyendo y leyendo. Pero de ahí a que sea una especie de úlcera para los deportistas, eso sí que no parecía ser tan cierto.
Caminó por la sombra, como aconsejaban algunos abuelos argentinos. Aunque cruzaba por enfrente de ellos, los jóvenes no hicieron nada para detener su actividad, es decir que poco les importó que Miguel pudiera verlos o escucharlos. Miró, directamente, hacia ellos para tratar de obligar a alguna mirada a mostrar algo de respeto, pero la indiferencia acompañó ese tramo. Miró de todos modos la fogata que habían hecho y escuchó lo que decían, hablaban de encender un contenedor de basura unas cuadras más atrás, simplemente, para hacer arder algo porque “la noche estaba aburrida”.
«Qué conflictivos», suspiró al tiempo que los observó romper botellas de vidrio contra el asfalto.
Siguió y volvió la vista atrás para mirar si los jóvenes lo seguían, pero tal como dijeron mientras él cruzaba por enfrente, se iban para el lado opuesto del que él caminaba, con palos encendidos enarbolados como si fueran banderas y con botellas de cerveza vacías cantando canciones de cancha de fútbol.




