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—Mire dónde las llevo —dijo extrayéndolas del interior de la camisa atadas a una cadena—. ¡Como ve, siempre están conmigo! No se separan de mí en ningún momento.
—Bueno, por nuestra parte no tenemos más que hacer aquí. Seguiremos en contacto, bien sea a través de nuestro grupo o el que designen por las peculiaridades del caso.
De vuelta al cuartel a bordo de los vehículos, comentaban impresiones sobre el caso y el sargento preguntó a los que viajaban en el suyo:
—¿Qué os parece?
—Complicado donde los haya, sargento —respondió Ríos—. Este asunto se tiene que derivar al Grupo de Patrimonio Histórico. Es de su competencia, ¿no?, porque esto es un muerto de mucho cuidado. Nosotros no tenemos capacidad para llevar una investigación de este calibre. Aquí, aunque no lo parezca, hay mucho gato encerrado. Yo al menos lo veo así.
—Sí, yo lo veo igual, muy oscuro, farragoso; no obstante, cuando lleguemos al cuartel haremos la sucesión de acontecimientos, implicación de personas, intereses, posibles móviles y veremos qué nos sale. Perea, Gustavo y Cristina, moveos por ahí fuera a ver si algún confite[3] nos chiva algo. Si pasados unos días no sacamos nada en claro, habrá que hacer lo que estás apuntando. No tenemos ninguna pista, no hemos reactivado ninguna huella y las que hay están corridas o son de guantes de látex, como dice Ríos. ¡Esto es un marrón que nadie quiere! Que se lo coman los chicos de Madrid, que acaban de comenzar a andar y tendrán muchas ganas de demostrar su valía y ganar medallas.
El sargento, dirigiéndose a Perea, le preguntó si habían citado al vigilante para la declaración.
—Sí, por supuesto.
—¡Vale, vale! Yo le tomaré declaración al jefe de seguridad, y Ríos, tú se la tomas al vigilante de noche. Pasado mañana estará listo el atestado y podremos entregarlo en el juzgado de guardia, luego veremos si se hace cargo el Grupo de Patrimonio Histórico.
—¡Ah! Ríos, tendrás que introducir en el sistema las fotos del facsímil que ha facilitado la directora, es importante. No todo el mundo sabe lo que han sustraído; no obstante, con la novedad mandaremos a todos los grupos de España por grouvisse[4] nota informativa explicando los hechos por si alguien nos puede informar de algo. Después de la toma de declaraciones nos reunimos y tratamos el asunto.
El sargento prosiguió:
—La cosa está muy complicada. No hay ninguna huella, ni daño o rotura del armario expositor, el cual solo se puede abrir con llave, y... ¿habéis visto dónde la lleva la directora? Aunque sabemos que hay gente virguera que es capaz de todo sin forzar nada. ¿Os acordáis del grupo aquel del robo por butrón de Caja de Madrid? ¡Eran unos artistas! Si no hubiera sido por las cámaras nos hubiésemos comido un pimiento. Perea, no te olvides de mencionar que, si trascurrida una semana no sacamos nada, harás al juez una diligencia de remisión del caso al Grupo de Patrimonio Histórico como especialistas en estos temas. Si no recuerdo mal, a cargo del teniente Pontificio. —¿Cómo ha dicho que se llama el teniente? —preguntó Perea.
—Pontificio.
El cabo primero exclamó:
—¡Qué nombre más raro, no lo he oído nunca! Por lo demás, no te preocupes, si vemos algún indicio en la declaración te lo comunico por teléfono. Se hará todo conforme has ordenado.
A las dieciocho horas sonó el teléfono en la casa de Crisanto. El cabo primero Perea lo citaba para las diecinueve horas en las dependencias oficiales, adelantando así la toma de declaración.
Crisanto respondió afirmativamente:
—No estaba haciendo nada, no hay ningún problema, dentro de media hora, estoy ahí.
—De acuerdo —respondió Perea.
La llegada de Crisanto fue más rápida de lo previsto. En diez minutos se encontraba en la sala de espera del cuartel gracias a su ciclomotor. Allí fue interrogado por el guardia de puertas.
—¿Qué desea? —He sido citado por el equipo de Policía Judicial.
El guardia se introdujo, a través de una puerta entreabierta, en el interior de la dependencia. Por teléfono interno conectó con el guardia Gustavo y le comunicó que había una persona citada por ellos.
Gustavo miró el reloj y preguntó a Perea:
—¿A qué hora hemos quedado con el vigilante?
—En media hora estará aquí. ¿Ya ha venido? Se ha adelantado, ¡joder, sí que ha corrido!
—Pues ya sabes lo que tienes que hacer, Gustavo. Le dejas esperar un poco, que la espera, como dice el refrán, desespera; técnica que por otra parte empleaban con casi todo el que pasaba por sus dependencias. Cuando se está en esas circunstancias, se cometen errores y la gente se vuelve más vulnerable.
Trascurrida una hora, Gustavo y José salieron a recibirlo. Lo saludaron y le pidieron disculpas por la tardanza: había surgido un imprevisto. Crisanto respondió quitando importancia a la espera, pues no entraba a trabajar hasta la mañana siguiente.
Se situaron estratégicamente: el cabo Perea de frente, con las manos en el teclado de la máquina, y los guardias Gustavo y José en oblicuo, como intentado no perder detalle. A Crisanto aquella manera de observarlo lo incomodaba.
—¿Tiene a mano el DNI?
—¡Sí, claro!
—Bien, le tomo las generales de la ley y enseguida comenzamos.
Durante ese tiempo no se pronunció palabra alguna, solo se oía el sonido de las teclas de la máquina de escribir.
—¡Es usted joven, Crisanto!, apenas 29 años.
—Bueno, ya llevo varios años en la empresa. Después de la mili tuve la suerte de colocarme en el sector de seguridad. La verdad es que durante un tiempo quise entrar en la Guardia Civil, pero más tarde me di cuenta de que me encontraba bien, el sueldo no estaba mal y sin responsabilidades. Con estar pendiente basta.
Tanto a Perea como a Gustavo y a José no les pasaron desapercibidos los tatuajes del brazo izquierdo y el pequeño brillante en el lóbulo de la oreja, así como el temblor de las manos.
Una vez tomada la filiación, Gustavo se dirigió al fichero. Con ficha amarilla figuraba Crisanto, relacionado con tenencia de sustancias estupefacientes. Perea entendió el gesto de Gustavo, para que viera la ficha. Ya contaban con algo que utilizarían más adelante, si convenía.
—Entonces, ¿qué puede usted contarnos?, ¿qué es lo que vio?
—¡Sí, claro! Hoy me tocaba el turno de mañana. Sobre las siete entré en las dependencias. Mi cometido consiste en dar apoyo a los bedeles. Al darme una vuelta por la sala me di cuenta de que el Códice Áureo no estaba. Enseguida di aviso por radio y por teléfono al jefe de seguridad, a la vez que, a voces, a los compañeros que prestan servicio en otras salas del monasterio, quienes acudieron corriendo a mi llamada. También hice gestos con las manos al vigilante de las cámaras, que en cuanto me vio puso en marcha el protocolo para estos casos. No observé nada más.
—¿Cuál es su horario de trabajo?
—Todos los días ocho horas. Durante la semana turno de mañana y alguna que otra noche —su voz se debilitó al pronunciar las últimas palabras—. Libro una vez a la semana.
—¿Tiene usted deudas? —inquirió Gustavo.
—¿Tengo que contestar a ese tipo de preguntas?
—Si no quiere, no.
—Mi sueldo me da para vivir y permitirme algún que otro caprichillo. Paso con mi novia casi todo el tiempo libre. Dentro de unas semanas nos casamos, para final de mes.
Perea, tras un guiño a sus compañeros, sacó a relucir las varias denuncias por tenencia de drogas.
Crisanto, azorado, se puso rojo como un tomate.
—¡Eso fue hace tiempo! Fueron pequeñas cantidades.
Perea contestó:
—No hace tanto tiempo, y han sido varias veces, en cantidades que, aunque pequeñas, rayan el límite del consumo propio.
—Bueno, mire, son errores que comete uno. Afortunadamente lo dejé y no consumo nada en absoluto.
—Gustavo, ¿su novia trabaja?
—No —respondió—, está preparando oposiciones para juez. Terminó Derecho hace unos años. Ha realizado algunos trabajillos para un par de despachos de abogados, también trabajó en el turno de oficio. Actualmente solo se dedica a estudiar, es la única forma de lograr esas oposiciones. Dedica una media de doce horas, se desplaza a Madrid los martes y viernes, donde un fiscal que da clases particulares le va indicando cómo debe estudiar el temario, a la vez que se lo pregunta.
La declaración concluyó con dos folios, que le dieron a leer para firmar en prueba de conformidad. Más tarde, y una vez que se hubo marchado Crisanto, Perea colocó un pósit que decía: «No me gusta». Llamó al sargento Ramírez manifestándole esa inquietud y también le preguntó sobre su tarea con el jefe de seguridad. Lo tenía citado a las nueve de la noche.
Con puntualidad casi británica se personó el jefe de seguridad. El sargento y el guardia Villalobos, dada la hora, no le hicieron esperar. Habían decidido darle trato preferente. A veces resolvían casos gracias a lo que estas personas habían visto u oído.
—¡Señor Peñalver! —exclamó el sargento a la vez que le extendía la mano—, nos conocemos ¿verdad?
—Creo que coincidimos una vez. No sé si recordará, durante la visita del príncipe al monasterio. Estuvo usted con un superior suyo, creo que el capitán.
—¡Ah, sí, ya lo recuerdo!, por lo de la caja de zapatos con cables que apareció, ¿verdad? Bueno, han pasado varios años.
Hablaron de cosas intrascendentes, tales como la vida, la familia, el trabajo y los problemas, pero como este ninguno.
—Usted sabe que las empresas de seguridad se juegan mucho, y cuando las cosas no salen bien, ¡vamos!, cuando los elementos de custodia o a los que das seguridad son sustraídos, o les producen algún daño, el planteamiento empresarial es que se te paga para algo y tienes que dar demasiadas explicaciones, contestar muchas preguntas y requerimientos, a diferencia de su colectivo, al que paga el Estado. Ese, en la mayoría de los casos, no pregunta.
—Tiene razón. Bueno, si le parece entremos en materia. ¿Cómo cree usted que han podido sustraer el Códice Áureo?
—No quiero ser grosero... Si lo supiera, sargento, no estaría aquí.
—Sí, claro, ¿qué me dice de las personas que trabajan a su cargo?
—De los mayores de 45 años no tengo ninguna queja; de los otros, sí. Hoy los jóvenes no quieren trabajar; además, tienes que tener un cuidado exquisito, todo son derechos, ¡el poder de los sindicatos! ¡Vamos, para volverse loco! ¿Ustedes aún no tienen sindicatos? ¡No saben lo que ganan! Mire, sargento, algunos sé y me consta que fuman porros en su tiempo libre, y no puedo hacer nada. Ahora bien, si los sorprendo en el trabajo, van a la calle, al igual que si los cojo dormidos.
—¿Ha pillado a alguno dormido?
—Sí, a varios, y no me ha quedado más remedio que despedirlos. Créame, es muy doloroso. Ellos no lo entienden, dicen que solo daban una cabezada; ¡pero si los he cogido hasta con el pijama puesto! Claro que esto pasó al principio. Tras los primeros despidos todo el mundo espabiló y ahora, o son más diligentes, o no los cojo en el momento. Mi sistema es presentarme cuando menos lo esperan, lo mismo a las dos que a las cinco de la madrugada. Ayer se casó mi hija, motivo por el cual tomé dos días libres. El casamiento de una hija es un acontecimiento muy especial, tanto para ella como para los padres. Usted lo entenderá, si es padre. Por ello tengo una inmensa alegría, todo salió francamente bien. Por otro lado, le diré que no suelo librar ningún día del año y hoy me encuentro con esto. ¡Es muy fuerte!
El sargento procuró que no se culpara por lo ocurrido.
—Es producto de la casualidad, los malos no piensan el día que van a cometer sus fechoría, ¡así de sencillo!
—¿De verdad cree usted que es así? Entiendo que trate de consolarme, pero de sobra sabe que esto es obra de profesionales del robo. Tiene que haber mucho dinero detrás, no es cuestión de tirarlo y que te pillen en dos días. Este tipo de gente planifica todo. Pongo las manos en el fuego por mi personal, como le digo. Alguno que otro sé que fuma porros, pero de ahí no pasa, todos cumplen con su trabajo. Los suelo rotar para evitar el aburrimiento, la dejadez, la monotonía y darle otro atractivo, aunque, la verdad, no tengo muchas alternativas, el monasterio es muy limitado. Hay una frase que dicen mucho los más jóvenes: ¡que no se realizan! Y pregunto yo: ¿acaso un médico se realiza viendo enfermedades? Los habrá a los que les guste su trabajo por encima de todo, para eso han estudiado una carrera, y también los habrá que no tengan el entusiasmo del primer día. Ocurre en todos lados. En el tema de seguridad, usted lo sabe, horas y horas de esperar, estar atentos...; pero hasta qué punto se puede permanecer vigilante y de servicio continuo. Y con todo esto no quiero justificar a nadie que no haga su trabajo como debe, que sin duda debo de tener alguno; pero hoy por hoy me atrevo a poner las manos en el fuego por cada uno de ellos.
—De acuerdo, lea su declaración y fírmela. ¡Ah!, si se entera de algo no dude en llamarme. Tenga una tarjeta donde le incluyo mis teléfonos de contacto.
Sin más, el jefe de seguridad se retiró, con la cara desencajada y tremendamente preocupado.
Villalobos y el sargento intercambiaron pareceres, que acabaron cuando el guardia exclamó:
—Se la han metido doblá. ¿Pero quién? Sin duda el móvil ha tenido que ser el dinero y, necesariamente, alguien ha tenido que colaborar desde dentro.
—¡Joder, Villa, cómo vas aprendiendo en tan poco tiempo! —concluyó el sargento.
El guardia Ríos, nada más tener conocimiento de la llegada del vigilante de la noche, salió a recibirlo, conduciéndolo a la dependencia donde procedería a tomarle declaración, junto con Cristina. Destacaba de él su imponente estatura, de carácter bonachón. Al menos esa era la primera impresión, que luego fue confirmada con su trato y conversación. Entre pregunta y pregunta, reiteradamente manifestaba que él no había nacido para ser vigilante.
Al ser preguntado, por las generales de la ley, dijo llamarse José Molinero Lorenzo, nacido en un pueblo de la provincia de Zamora. Su trabajo anterior había sido el campo, por el que sentía predilección y al que volvería sin dudarlo en cuanto se jubilase. Que si no lo hacía en estos momentos era porque la hipoteca del piso había que pagarla, más otros gastos. De alguna forma se tenía que ganar la vida, y aun así trataba de hacer su trabajo lo mejor que podía. Hoy por hoy daba gracias a Dios por tener un puesto de trabajo.
Al ser preguntado ¿si observó algo raro con las cámaras?, dijo que no, que había sido una noche como otra cualquiera, sin más.
—¿Hay algo que quisiera añadir?
Respondió que no, que era la verdad y nada más.
Ríos, en el último momento y pese a tener cerrada la declaración, le preguntó:
—¿Qué tal se lleva usted con los compañeros?
—Bien, no tengo problemas con ninguno de ellos. Pero... Espere, ahora recuerdo que anteanoche vino Crisanto, tomamos un café de la máquina y se marchó enseguida. Me extrañó mucho, no es habitual, pero tampoco le di mayor importancia, hasta el punto de que había olvidado mencionarlo.
En ese momento la guardia Cristina preguntó:
—¿La máquina de café está alejada de la sala de las cámaras?
Molinero, queriendo quitar importancia, respondió que no.
—¿Cuánto tiempo estuvieron tomando café?
Molinero se ruborizo, consciente de que se estaba complicado con su declaración. De alguna forma le pasaría factura. Por otro lado, debía decirlo aunque fuera una verdad a medias. Por eso manifestó que tomaron el café en el mismo lugar. Sabía que la máquina sirve el café a temperatura muy elevada y que para tomárselo se necesita un tiempo, que fue pasando en animada conversación con Crisanto. Si decía la verdad, bien hubieran podido pasar más de quince minutos sin estar pendiente de las cámaras. No podía contar la verdad tal cual, por eso mintió diciendo que solo fueron un par de minutos y enseguida volvió a su puesto de trabajo.
Rápidamente el instinto de Ríos se puso en alerta ante la más que interesante declaración del vigilante, por eso no dudó un momento en abrir una diligencia, ampliatoria de la anterior. Debía quedar constancia y, por supuesto, que el vigilante la ratificase con su firma.
Al día siguiente el sargento Ramírez llegó más tarde de la cuenta. La causa, que no había pegado ojo en toda la noche dándole vueltas al robo del códice, sin ningún resultado; esperaba, y además deseaba, que en la reunión con sus compañeros alguien pusiera algo de luz. Nada más llegar los convocó a su despacho para hacer el estudio de pareceres, analizando las incidencias del caso.
—Veamos —sin más comenzó a escribir en una pizarra—, objeto del robo, medidas de seguridad, persona que lo descubrió, hora de presentación de la denuncia, declaraciones tomadas, huellas o indicios, fotos... ¿Qué opináis y que tenéis que añadir?
Perea manifestó:
—¡No me gusta Crisanto, el vigilante de la mañana! Te lo he dejado puesto en una nota aparte, lo vi nervioso.
—Quizá —respondió Gustavo— por el consumo, pero por ahí no creo que lleguemos a ningún lado. Y también me parece un poco raro. Manifestó que próximamente se casaba.
—¿Cuándo?
—Espera que mire su declaración... Dentro de veintisiete días. ¿Por qué no indagamos su economía?
—¿Adónde nos llevará eso? —preguntó Perea.
—¡Tú eres el primero que has dicho que el tío ese no te gusta! Comprobemos su economía, a ver qué resulta. Por mirar no se pierde nada. A pesar de haber afirmado que se ha rehabilitado, ese se mete todos los días alguna dosis. Sé que sabes a cuánto está el pollo. Creo que con su sueldo no llega a fin de mes, ¿no te parece?
En ese momento intervino Ramírez:
—Sí, debéis mirar eso. Preparad una petición fundamentada para el juzgado. Por cierto, ¿cuál está de guardia?
—El número tres —respondió Cristina.
—Pues debéis fundamentarlo muy bien, ya sabéis que la del tres es muy quisquillosa. Dudo que conceda el auto para investigar las cuentas. ¿Alguien quiere apostar algo?
Todos sabían que perderían, pero había que intentarlo, era una pista que podía dar algún fruto, aunque no tuvieran evidencias.
En ese momento interrumpió Ríos:
—El vigilante de las cámaras ha mencionado que Crisanto estuvo anteanoche tomando un café con él durante la guardia. Aunque puede ser producto de la casualidad, no es habitual, y no lo digo yo, lo dice él en su declaración.
El sargento preguntó dirigiéndose a Ríos:
—¿Por qué no has dicho eso antes?
—No he tenido tiempo para hablar.
—Eventualidad que hay que investigar —dijo Ramírez—. Por otro lado, el jefe de los vigilantes, que es el único que los controla con sus vigilancias esporádicas, tuvo la boda de su hija la tarde anterior —y prosiguió— Por algún lado hay que empezar. La declaración del vigilante de las cámaras cambia mucho las cosas de cara a la solicitud del auto para comprobar las cuentas de Crisanto. Con todo, aún tengo dudas de que el juzgado tres dé la autorización. ¡Sigo admitiendo apuestas, señores!
Nadie dijo nada.
—Gustavo, ¿qué explicación hay para el hecho de que no hayamos reactivado ninguna huella? ¿Ni siquiera un vestigio de fuerza en las cosas y que el vigilante de las cámaras no haya observado nada? ¡Cómo se explica todo eso!
—Ramírez, sinceramente ninguno de los que estamos aquí lo sabemos. Podemos hacer muchas hipótesis de trabajo, pero ¿cuál sería la verdadera? ¿Tendríamos pruebas que fueran sólidas y que un juez nos las admitiese? A mí se me ocurre que a lo mejor se ha perpetrado desde dentro, o al menos han debido tener algún cómplice en el monasterio.
—Bueno, abriremos y daremos de alta la operación en el sistema conjunto de policía. ¿Qué nombre le damos?
—No debemos complicarnos mucho, yo sugiero Operación Códice Áureo —dijo Villalobos.
A todos les pareció bien.
—Bueno, a ver lo que podemos averiguar. Mantendré al capitán jefe de la unidad al corriente. Si no llegamos a nada, se derivará a los del Grupo de Patrimonio Histórico, con los que colaboraremos en la medida de lo posible. Lo que prevalece es que en nuestra demarcación se ha cometido un delito de cierta envergadura, sin duda de gran repercusión mediática a nivel nacional. Lo que interesa es descubrir a los culpables y recuperar el códice, lo demás son piques absurdos que no llevan a ningún lado.
—¡Joder!, sargento, no sé por qué dice eso. De sobra sabe que trabajamos en esa línea. Hemos tenido otros delitos más graves, como asesinatos, y así lo hemos hecho —dijo José.
—Sí, lo sé; pero por si acaso se ha olvidado, no está de más recordarlo. ¡Bueno, a trabajar!
[1] Expresión utilizada en la zona de Rosal de la Frontera, la saliva que sale de la boca al hablar en pequeñas burbujas.
[2] Servicio que hace la guardia civil por la demarcación de un puesto.
[3] Confidente.
[4] Sistema de comunicación interna de la Guardia Civil.
El caso
El teniente Pontificio Arias Perduro de las Eras, recién ascendido, habría podido llegar a ese grado de la jerarquía de la Guardia Civil más joven. Ya tenía 42 años y para qué engañarse, para él lo duro de la oposición fueron las pruebas físicas. Correr ya no entraba en sus planes. A su edad, hacer el kilómetro en cuatro minutos y doce segundos significó un esfuerzo superlativo. Estuvo a punto de abandonar la prueba, sentía que el pecho le explotaba en el momento de ser rebasado, en la segunda vuelta, por un compañero que le dijo:
—¡Vamos, que solo quedan doscientos metros y entramos en tiempo, no te vengas abajo!
Era su gran amigo José Bravo, que le ganaba en kilos y edad; así que apretó las mandíbulas y levantó las rodillas hasta la cintura, para que las zancadas fueran mayores y le permitiesen perseguirlo como el perro a la liebre.
También le costó dar el paso a oficial, porque se encontraba cómodo desempeñando su trabajo como suboficial; se excusaba con que él no había nacido para mandar, aunque de hecho ya lo venía haciendo en los diferentes grados de suboficial, es algo implícito en el cargo. Era una manera de justificarse ante sí mismo y ante los guardias.
De joven valía para los estudios, así como para la protesta. Tenía madera de líder, pero he aquí que se le planteó el servicio militar de obligatorio cumplimiento por entonces y por un espacio de tiempo considerable, ¡quince meses! Le tocó Infantería de Marina en Cartagena. La mili no le aportó nada, exceptuando domesticación, servilismo y pérdida de tiempo. Lo único bueno fue experimentar lo largas que se hacen las horas, especialmente si no se hace nada en las tardes de sol, sentado con otros soldados en un banco y con el único entretenimiento de comer pipas; eso sí, cuidando de no tirar las cáscaras al suelo, pues el responsable de la guardia, por regla general un brigada, se solía pasar a determinadas horas y si comprobaba falta de limpieza procedía al arresto de todos los que estuvieran en los bancos. Aquellos bancos en lo único que se parecían a los de los parques era en el nombre. Parecían hechos aposta para resultar incómodos. Un rato sentado en ellos y tenías dolor de trasero hasta el día siguiente.
Tuvo suerte de que el capellán se fijara en él, por dos razones: la primera el nombre, al leer la lista de los nuevos reclutas, quizá por el parecido a Pontificado, el caso es que lo mandó llamar; la segunda por tener estudios, pues lo recomendó para la oficina, con la única ventaja de librarse de las guardias.
Por el destino en las oficinas se ganó buenos dinerillos que, a modo de estipendio, cobraba a los soldados por algo que resultaba totalmente gratis, meros trámites; pero los reclutas insistían en que les tramitara las partidas de bautismo cuando algún soldado obligado por circunstancias contraía matrimonio, ¡la ignorancia era mucha! Él hacía el trámite requerido y a la pregunta de «¿Qué te debo?», decía: «¡Nada, hombre!», y así en agradecimiento le dejaban buenas propinas, que le venían muy bien para sus gastos. Los reclutas se marchaban llenos de alegría, orgullosos de tener el papel en las manos (muchos ni sabían lo que había escrito, solo que las promesas de matrimonio a la moza se cumplirían, ¡los papeles eran los papeles!).



