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Ninguno se apercibió de la entrada de la señora de la casa hasta oír el campanilleo de las llaves al chocar contra el cristal del florero de la entrada; alertados, escucharon la sintonía de unos tacones de mujer que se aproximaba. Luis hizo silencio, sabía que eran las pisadas de su mujer. Solo le quedó girar la cabeza hacia el lugar donde presumía iba a entrar la propietaria de los tacones que sonaban como notas musicales por el salón.
Caballerosamente, Luis se levantó, seguido por sus acompañantes, y, acercándose a su mujer, le dio dos besos en la mejilla de forma que la cara de ella quedó en la dirección donde se encontraba Pontificio, que sintió cómo le clavaba la mirada.
—Me alegra que estén aún aquí, ¡qué les estará contando Luis! Seguro que les estará hablando de coches.
—No querida —respondió Luis—, han venido en plan profesional.
—¡No me digas! ¡Qué interesante! ¿Qué mal hemos hecho, Luis?
Y mientras hablaba dirigió, de nuevo, la mirada a Pontificio.
Patricio salió al quite:
—No por favor, no lo tome al pie de la letra. Su marido es una gran persona y un erudito en un personaje que, por casualidades de la vida, está relacionado con la actual investigación de mi compañero, y de paso con él mismo por tener la misma procedencia. Luis nos está ayudando de sobremanera, ya que conoce como nadie a nuestro ilustre personaje, que no es otro que don Benito Arias Montano.
—¡Ah, por supuesto! —respondió, y con un elegante gesto tocó las palmas.
La sirvienta apareció de nuevo en el comedor, bandeja en mano con una bebida que depositó diligentemente en la mesa, a la vez que continuó:
—No interrumpan su conversación. ¿Les molesta que me siente un rato a escucharlos?
—Por supuesto que no —respondió Luis—. Tú eres siempre bien recibida.
Felisa tomó asiento cruzando las piernas de forma muy insinuante (al menos así le pareció a Pontificio), quedando expuesto a su mirada el muslo derecho de forma claramente intencionada.
La presencia de Felisa enfrió el diálogo. A Luis le costaba retomar el tema, ante su mujer no quería parecer un charlatán. Había asumido que el protagonismo fuera siempre de ella; consciente de su belleza, de su toque de glamour. Su hermosa mujer no pasaba desapercibida, no le era ajeno que excitaba a los hombres, y en aquellos momentos estaba encendiendo a Pontificio, cosa que tenía asumido, lo tomaba como un juego; bien es cierto que quien había abierto la caja de los truenos había sido precisamente él.
—¿Cuándo vamos a organizar una cena con nuestros amigos?
Felisa, como si nada y dirigiéndose a Pontificio, le preguntó si era casado, quien respondió con un rotundo «¡No!, tengo amigas...».
—¡Qué interesante! Vale, en unos días organizamos algo. No todo van a ser reuniones de trabajo, ¿verdad?
—¡Claro, claro! —respondieron los dos amigos.
Entre copa y copa y risas, las miradas encendidas no pasaban desapercibidas al resto de los presentes, que se cruzaron con las procedentes de la sirvienta, que casualmente entró en escena. Pontificio se dio cuenta de que las miradas entre Luis y Sandra, la asistenta, iban en el mismo sentido.
Se despidieron dando las gracias por la cálida acogida, acompañados por los anfitriones hasta la puerta con el compromiso de una cena acompañados de sus mujeres. Felisa, con cierta curiosidad y sin importarle la presencia de su marido, se dirigió a Pontificio:
—Mi querido teniente, ¿a quién nos traerá de acompañante?
Patricio se apresuró a contestar sin dejarle hablar:
—¡Uf, mi amigo en eso de las mujeres es un fenómeno! Nos sorprenderá, ya lo verán.
Pontificio se ruborizó ante una insinuación tan directa hecha en presencia de su esposo, a la vez que estupefacto por las miradas de Luis hacia la sirvienta, que Felisa no ignoraba. En fin, estaba lleno de curiosidad e incertidumbre. Este tipo de relación de pareja últimamente se llevaba mucho, conocido como de buen rollito, donde todos salían beneficiados.
Ahora se le planteaba otro problema: ¿a quién invitaría a la cena? Desde luego no deseaba comprometer a nadie de su entorno. Tenía donde elegir, desde mujeres cultas hasta hermosuras que con su sola presencia volverían loco a cualquiera. ¿Debería elegir alguien que siguiera los dictados de las buenas costumbres de saber estar o de belleza corporal? ¿Y para satisfacer a quién? No le daría más vueltas, su amiga Isabel Herrera, de muy buenas maneras y singular belleza, sería capaz de desempeñar el papel que se le ordenara; ni siquiera le diría a Patricio cuál era la verdadera identidad, no convenía. Ahora bien, debería prepararla antes, explicarle el ambiente en el que se iba a desenvolver. Entre sus virtudes destacaba su capacidad de mimetismo en cualquier circunstancia.
Poco tiempo después recibió una llamada de Patricio, citándole para el sábado siguiente, si no tenía problemas de agenda o de servicio, a la vez que lo interrogaba con gran curiosidad sobre la compañía que llevaría.
—Ponti, ¿con quién vas a venir?
—Me reservo la respuesta.
Conocía a su amigo, sabía de sus debilidades y sus preferencias en el mundo de las mujeres, no en balde habían compartido muchos días de estudios y diversión. Simplemente se conocían. Estaba seguro de que le impresionaría. La guardia Herrera era hija del Cuerpo, desde pequeña su ilusión era ser guardia. Cursó estudios universitarios y para aumentar su currículo realizó multitud de másteres. Sentía que esa sería su profesión, como un estilo de vida. Podría llegar muy alto en cualquier otra faceta laboral que se propusiera, pero lo tenía muy claro, quería ser guardia civil y empezar su carrera desde abajo. No quería ir directamente a la academia de oficiales, a pesar de que su padre le repetía sin cesar que no era lo mismo salir de teniente que de simple guardia.
El aspecto físico de Isabel Herrera López era impresionante: 1,70 m de estatura, pelo castaño, cara redonda con una tez fina y pecosa que le daba un aire juvenil. Estaba en su plenitud con apenas veintitantos años y un cuerpo moldeado a base de gimnasio, a fin de preparar las pruebas físicas para cabo. Lo que más le costaba era correr el kilómetro en cuatro minutos y treinta segundos, porque sus senos, aunque muy bien puestos, por su tamaño le incomodaban en la carrera.
Isabel estaba preparada para desarrollar cualquier tipo de conversación, vivía al día, no se quedaba atrás en ningún aspecto.
Pontificio, de acuerdo con Isabel, le adjudicó la profesión de ejecutiva, residente en Madrid, tras explicarle que sería su acompañante en una cena, con unos amigos en la sierra de Huelva, lugar que por cierto no conocía. No tuvo que indicarle nada más, sabría desempeñar perfectamente el papel encomendado.
Marisa estaba encantada, realmente salía poco, a lo sumo a algún concierto. Consideró la cena como un evento especial, por ello sorprendió a su marido con el vestido que se compró para la ocasión.
Patricio sí tenía un verdadero problema con la ropa. Como casi siempre iba de uniforme, cuando vestía de paisano lo hacía con aire informal; no soportaba la corbata. Con el uniforme no quedaba más remedio, en más de una ocasión se la hubiera quitado. Al final recurrió, como siempre, al pantalón azul con el que se sentía cómodo, camisa blanca (que era lo más socorrido) y chaqueta cruzada. Tuvo que aguantar los comentarios de su mujer, que le decía:
—Siempre te pones lo mismo, sobre todo ese pantalón tan desgastado por el uso, lo tienes desde que nos casamos. La gente dirá que no tienes dinero para comprarte ropa. Verás como tu amigo Pontificio va hecho un dandi.
—¡Vale, Marisa!, que cada uno vaya como quiera. Tengamos la fiesta en paz. Ya sabes que haré lo que crea conveniente. Agradezco tu interés por mí y porque vaya bien, pero de ninguna manera voy a consentir que la ropa sea un motivo de discusión.
Como buenos anfitriones, Luis y Felisa salieron al jardín para recibirlos en perfecta conjunción.
Las primeras palabras fueron piropos hacia las mujeres de los otros, especialmente Patricio hacia Isabel, tanto que Marisa le tuvo que pellizcar el brazo. Realmente estaba sorprendido con la ejecutiva Isabel Herrera, la amiga de ratos compartidos. Sintió sana envidia.
Luis se sorprendió de la belleza de Isabel, y a Pontificio le volvió a sorprender Felisa. Le llamó la atención que llevaba de nuevo el mismo collar, y un vestido de color negro, por supuesto de alguna firma cara especializada. Así lo vieron las otras mujeres, pues fue comentario durante la cena, aunque Isabel no le dio importancia, como si estuviera acostumbrada a verlos o, lo que es mejor, a tenerlos.
Luis, como buen anfitrión, hizo que las mujeres de sus invitados se sintieran cómodas, curiosamente de la suya se preocupaba poco. Ofreció un vino de uvas pasas de Antonio, un gran amigo que poseía una bodega en un pueblo de Córdoba y que cada año le regalaba unos litros. Era algo especial, para conseguir un litro del vino se necesitaban diez kilos de uvas pasas. Era un caldo de primera prensa, lo que le imprimía exclusividad y un valor en el mercado elevado, si es que se encontraba, según le hubo explicado en su momento su amigo Antonio; excelente para abrir el apetito y un buen reconstituyente para los hombres, comentario que provoco la hilaridad de todos.
Pontificio, como buen sabueso, observó cómo Luis no miraba a los ojos a su mujer, no así con el resto, con quienes de forma secuencial para mantener su atención paraba la mirada; sin embargo, cuando llegaba a la de Felisa pasaba rápidamente a la búsqueda de otros ojos. De cualquier manera esa actitud no pasó desapercibida a ninguno de los comensales.
La cena trascurrió sin grandes sorpresas. A Marisa todos los detalles le resultaron sumamente exquisitos. Supo que Felisa se había encargado personalmente. A lo largo de la velada, entraron en animada conversación Pontificio con Felisa. Isabel fue acaparada por Luis, por lo que no le quedó más remedio que conversar con su marido de los avatares cotidianos de sus vidas, que tenían más que hablado. Estar allí esa noche no dejaba de ser un premio. Entendían la situación, ellos se debían a sus hijos y envejecer juntos, eran felices. Asistir a este tipo de actos no era muy habitual.
Pontificio observó que el desencanto en el matrimonio de Luis y Felisa era recíproco, de alguna forma llevaban vidas paralelas; notaba cómo Felisa quería acapararlo y algo más, estaba muy claro, se insinuaba de manera abierta, sin cortarse nada.
Realmente a estas alturas de su vida no deseaba este tipo de encuentros, sabía que no tendría ningún problema en el contacto físico, era una mujer deseable. Desde el primer momento en que la vio sintió esa atracción fatal que había sentido otras veces; esa sensación que te invita a no dejar escapar aquello que se te ofrece, pero que se sabe que se complicará por las razones que sean. Vendrá la segunda parte que mostrará la cara amarga.
A su edad este tipo de encuentros no le convenían, por eso trató de llevar la conversación por los derroteros de la amistad, algo francamente difícil ante una mujer de esas características. Algo, en su interior, le decía que debía hacerlo así.
Continuó toda la velada hablando de cosas informales, y aguantando como hacía mucho tiempo no había hecho las embestidas de una mujer que de manera directa le pedía que la poseyera sin más. Tácitamente le decía que no se iba arrepentir, que no debía preocuparse. No sería un estorbo en su vida. Y cuanto más insistía ella, más fuerte se hacía él, porque la insinuación era demasiado directa: las piernas cruzadas, con medias negras y zapatos de tacón alto, dejando a la vista parte del muslo, así como sus hermosos senos, entre los que se abría paso un medallón que llamaba poderosamente la atención, separándolos como Moisés al mar Rojo... No se atrevía a preguntar sobre él para no despertar falsas expectativas.
Para Isabel las cosas eran diferentes. Se sentía hasta ruborizada ante el acoso al que la sometía Luis, quien cayó rendido a los pies de su belleza; hasta el punto de pedirle, sin rodeos, una cita. Trataba de sorprenderla, aunque entendía que era difícil, pues a una alta ejecutiva costaba conquistarla con cosas materiales. Aquella mujer no se le debía escapar, su deseo de poseerla era superior a todo. Estaba acostumbrado a conseguir lo que quería, aun a pesar de parecer muy enamorada de Pontificio, a pesar de haberla presentado como una amiga. No era capaz de entender el comportamiento de este hombre, que lo tenía todo: posición, estudios, una bella mujer... Si bien no se correspondían, deberían guardar respeto mutuo ¡y no lo hacían! La cosa venía de lejos. Todo parecía muy comedido y educado. Sus vidas eran una olla a presión que más tarde que temprano estallaría, solo era cuestión de tiempo, ¡seguro! Por tanto, desempeñó el papel que su teniente le había asignado y sin más desaparecería de la vida de aquel matrimonio.
De regreso a Madrid, Pontificio recibió un aviso por radio del sargento Ramírez en el que le comunicaba que la suerte les sonreía. La jueza sustituta había concedido —sin ningún
problema— el mandamiento para controlar las cuentas de Crisanto.
Habían comprobado que recibió una trasferencia bancaria hecha en París de ocho millones de pesetas, sin ningún concepto, desde la cuenta de una sociedad norteamericana. Había más sorpresas, aunque no tan interesantes: ¡el vigilante era licenciado en Historia!, hecho que no había manifestado.
Pontificio sugirió probar si la sustituta autorizaba una escucha telefónica del vigilante. Ramírez, entusiasmado, le respondió:
—Eso mismo estaba a punto de decirle, ¡creo que estamos en el buen camino! Lo mantendré al corriente de lo que vaya surgiendo.
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