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—La sociedad española está con ansias de cambio, de modernización, de democracia.
—Lo que jode al españolito medio es que se le prohíba aquello que es normal más allá de los Pirineos.
—Cierto, que se tenga que viajar a Perpiñán para ver Emmanuelle o El Último Tango en París.
—O a San Juan de Luz para jugar al casino, o a comprar un condón casi de forma clandestina; o ir a Inglaterra a abortar quien pueda permitirse ese lujo.
—Sí, creo que la sociedad española vive en una perenne contradicción: es apolítica, pero manifiestamente franquista; desea nuevos aires de libertad, pero teme perder sus privilegios de clase media, como la segunda vivienda en la costa o los veraneos en Benidorm; apostólica-romana de misa semanal, pero con ansias de destape y de que se acabe la censura moralista.
—Te entiendo: una España que teme al cambio, pero que sueña con él.
—Muy bien definido —exhortó Velarde.
—Al españolito de a pie le importa bien poco la legalización de los partidos políticos; está más preocupado por verle las tetas a Victoria Vera o la separación de Carmen Sevilla y Augusto Algueró. En este país hay cosas que nunca cambian. —Ambos rieron.
El Citroën cruzó el antiguo cauce del Turia por el puente de San José, camino de jefatura.
—¡Solo faltaba el gilipollas del Hassan ese! —exclamó el subinspector, refiriéndose a una nueva noticia de la radio.
«El rey Hassan II, aprovechándose de la enfermedad del Caudillo, amenaza con anexionarse los territorios españoles del Sáhara Occidental.
El ministro del Ejército, el teniente general don Francisco Coloma Gallegos, ha confirmado a Radio Nacional de España que todas las guarniciones militares de la zona están en alerta y preparadas para intervenir, especialmente la División Acorazada Brunete, que desde septiembre del año pasado está destinada al norte del Sáhara, junto a la frontera marroquí».
Tras la noticia, Gálvez giró el botón de la radio para apagarla.
Aprovechó su compañero para preguntarle.
—Oye, ¿tú sabes mucho acerca de la religión católica?
—¿Yo? Para nada. Voy a misa casi todas las semanas, pero me limito a reproducir siempre los mismos gestos y las mismas frases, pero casi nunca escucho lo que dice el cura. Y en cuanto a la oración, mi Reme reza por los dos.
—Pues tendremos que ponernos las pilas y volver a estudiar Religión. Yo recuerdo aún bastantes cosas; cuando estudié la carrera de Derecho una de las asignaturas era Derecho Canónico.
—Pues lo dejo en tus manos. Sabes que confío en ti —afirmó Gálvez con aire socarrón.
—Es curioso, pero de aquella época de estudiante recuerdo haber leído un episodio histórico relativo a la religión católica que me impresionó de tal manera que aún hoy lo recuerdo en lo esencial.
—A ver, cuéntame.
—Se le conoce como la matanza de Béziers.
—¿Tiene que ver con la Santa Inquisición?
—No, pero sí con los cruzados.
—Soy todo oídos.
—Te lo cuento grosso modo. A principios del siglo XIII, las tropas del papa Inocencio III asediaron la ciudad de Béziers, al sur de Francia, donde se ocultaban varios centenares de seguidores de la religión cátara. Los ciudadanos, tanto de una religión como de otra, se refugiaron en las iglesias temerosos de la ira y violencia de los cruzados. Cuando estos llegaron a las puertas de los templos, no se atrevieron a entrar en los mismos, pues eran incapaces de distinguir a los católicos de los herejes, por lo que consultaron al representante del papa, que fue tajante en su sentencia: «Entrad y matadlos a todos. Ya se encargará Dios de separar a los buenos de los malos».
—¡Qué cabrón!
—Quien dictó la orden de matar a todos, que era un abad católico, le envió una carta al papa Inocencio III alardeando del éxito de la batalla: «Nuestras tropas, sin perdonar rango, sexo ni edad, han pasado por las armas a veinte mil personas. Tras una enorme matanza de herejes, toda la ciudad ha sido saqueada y quemada. La venganza de Dios ha sido admirable».
8
Se abrió la puerta del ascensor y de su interior salió Víctor Velarde portando dos bolsas de plástico con productos del supermercado.
Dejó las bolsas en el suelo para buscar las llaves en el bolsillo y, seguidamente, acceder a su vivienda.
Encendió la luz del recibidor.
Se dirigió a la cocina y depositó las bolsas sobre la encimera. Las vació y almacenó los productos comprados, unos en los armarios y otros directamente en el frigorífico.
Seguidamente se dirigió al salón-comedor; allí, encendió el televisor, se quitó la chaqueta, dejándola cuidadosamente sobre el respaldo de una silla; y se quitó la camisa blanca, quedándose en camiseta interior de tirantes.
Una sintonía pegadiza recabó su atención; giró la mirada hacia la televisión; era el nuevo capítulo de una serie americana que mostraba las vicisitudes de una humilde familia en un pequeño pueblo del oeste americano: La Casa de la Pradera. Se habían emitido pocos capítulos, pero la familia Ingalls ya había conquistado el corazón de millones de españoles.
Velarde no tenía el cuerpo para historias sensibleras.
Marchó al cuarto de baño, donde se refrescó la cara abundantemente; quedó apoyado sobre el lavabo, mirándose, fijamente, en el espejo.
Se sentía cansado.
De repente, el sonido estridente del timbre le sobresaltó.
Miró el reloj de pulsera: eran las 20:18 horas.
Se sorprendió, pues no acostumbraba a recibir visitas.
Cogió la toalla y se secó el rostro.
Se dirigió a la puerta de entrada. La abrió.
La luz del descansillo estaba encendida.
Pero no había nadie.
El policía miró a un lado y a otro. Se acercó a la escalera. Oyó en la distancia unos pasos que se alejaban.
9
Se preparó en la cocina un bocadillo de tortilla a la francesa. Abrió una pequeña lata de aceitunas; cogió un tercio de cerveza; y con una bandeja lo llevó todo al salón, dejándola en una mesa baja situada frente al sofá.
Se acercó al televisor y pulsó el canal UHF, la cadena residual de Televisión Española que ofrecía programas culturales o con audiencia minoritaria.
Era la reposición de una obra de teatro emitida en el programa Estudio 1. Era en blanco y negro; de vez en cuando se emitía algún programa en color, pero aún en fase de prueba y de forma reducida.
De inmediato adivinó de qué obra se trataba: Doce hombres sin piedad, de Reginald Rose.
Le complacía una velada de teatro, y aquella obra le encantaba, amén de estar interpretada por los mejores actores de la escena teatral del momento: José María Rodero, José Bódalo, Ismael Merlo, Fernando Delgado, Luis Prendes, Jesús Puente, Carlos Lemos, Manuel Alexandre, Antonio Casal, Pedro Osinaga, Sancho Gracia y Rafael Alonso.
Subió el volumen, agarró el botellín de cerveza y se dejó caer en el sofá.
Se disponía a dar un trago cuando sonó de nuevo el timbre de la puerta.
10
Abrió la puerta enérgicamente.
Una voz femenina le saludó.
—Hola.
Valverde no le devolvió el saludo.
Quedó sorprendido por la mujer que se hallaba frente a él. Era joven, pero con un atuendo sofisticado y provocador.
Vestía un jersey o vestido corto de punto, de color púrpura y ceñido al cuerpo por un ancho cinturón de cuero negro con ornamentos metálicos. Sobre el jersey, un chaquetón de piel, de color negro. Botas altas de color granate. Y le cubría la cabeza una coqueta boina rosa.
El policía se apercibió de tres grandes collares de distintas extensiones que colgaban de su pecho. En uno de ellos pendía una cruz metálica con incrustaciones de cristal.
Su melena era corta, rubia; y sus ojos azules y expresivos.
Sus carnosos labios estaban pintados de rosa.
Era extraordinariamente hermosa. Por eso tenía Velarde la certeza de que nunca antes la había visto.
11
—Soy la vecina de arriba. Me he dejado las llaves dentro de casa y no me apetece esperar a mi madre sentada en la escalera. ¿Puedo esperarla aquí, en tu piso? No creo que sea más de media hora.
—Claro, claro —reaccionó, Velarde, de forma timorata—. Pasa.
Y la joven se dirigió al salón.
—Anda, siéntate en el sofá. ¿Quieres algo de beber?
—Sí, gracias, una cerveza; al igual que tú.
Se quitó el chaquetón y lo lanzó sobre el respaldo del sofá.
Es entonces cuando Velarde pudo apreciar la cortedad de su vestido y la esbeltez de sus piernas.
Le entregó la cerveza y un vaso.
Ella se sentó en el sofá y cruzó una pierna sobre otra, mostrando lascivamente sus muslos.
—¿Ibas a cenar?
—Sí. ¿Quieres que te prepare algo? ¿Te hago otro bocadillo?
—¿Y si compartimos este?
Velarde regresó con un cuchillo. Y se sentó en un butacón, junto al sofá.
—¿Y dices que vives en este edificio? Es la primera vez que te veo.
—Porque nunca estás. Sales temprano y siempre vuelves tarde.
—¿Has sido tú quien ha llamado antes al timbre?
—Oh, sí, perdona. Pero después de llamar, oí el ascensor y creí que era mi madre.
—¿Y…, por qué yo?
—¿Cómo?
—De todos los vecinos que hay, ¿por qué me has elegido a mí?
Ella se quitó la boina con extrema lentitud, casi de forma teatralizada, y la dejó sobre el chaquetón.
—La portera me dijo que eres policía; de esos que no llevan uniforme. He pensado que era una buena ocasión para conocerte.
La joven le ofreció medio bocadillo.
—Toma.
Y comenzó a comer de su mitad.
—Está muy bueno —farfulló, ella, con la boca llena.
—Le pongo bastante queso a la tortilla y unto el pan con mahonesa.
—Pues está delicioso.
—¿Qué edad tienes? —preguntó el policía, con inusitada curiosidad.
—¿Cuantos años me echas?
—El maquillaje y esa ropa sofisticada enmascaran tu verdadera edad. Pero no creo que tengas más de veintitrés años.
—Vaya, eres un buen policía. Tengo veintidós.
Y dio un nuevo mordisco a su medio bocadillo.
—¿Estás viendo una obra de teatro?
—Sí.
—Parece un tostón; están encerrados en una sala y no paran de hablar.
—Es lo que tiene el teatro.
—A mí me aburre.
—Es cuestión de ponerle interés; de abrir la mente y estar dispuesto a aprender y a disfrutar. ¿Sabes de qué va esa obra?
Ella negó con la cabeza.
—Es la deliberación del jurado en un juicio por homicidio. Al inicio, todos los miembros quieren acabar pronto y coinciden sobre la culpabilidad del acusado, a excepción de uno de ellos, que propone debatir todos los aspectos del juicio. La tensión que provoca el obligado encierro, las disputas y los ataques personales, unido al sofocante calor del verano, provocará que afloren los prejuicios y las miserias de los miembros del jurado.
—Sí que parece interesante, tal y como lo cuentas, pero, por ahora, lo que más me atrae es la música y el cine americano.
—¿Estudias?
—Sí, en una academia para modelos.
—Vaya; el mundo de la moda, de los desfiles, de las sesiones fotográficas…, debe de ser muy…, especial.
—¿Qué hora tienes? —interrumpió la conversación.
—Las nueve menos cuarto.
Ella se levantó. De forma sutil, se estiró levemente la escueta falda.
—Es hora de irme.
Se colocó la boina. Después, el chaquetón.
Velarde la observaba desde el butacón. Hizo ademán de incorporarse.
—No, no te levantes. Hay confianza.
Pero en lugar de irse se le quedó mirando.
—¿De verdad mi ropa es sofisticada? —Mostró una fingida extrañeza.
—A mí me lo parece.
—Pues no puedo decir lo mismo de ti; con tu pantalón de traje y tu camiseta blanca de tirantes.
—Ya, poco glamour.
—No creas; con esa camiseta, la cerveza, esa barba de varios días que tan bien te queda y sentado en ese sillón mientras me desnudas con la mirada…, ofreces una imagen de hombre rudo y varonil, como Marlon Brando en Un tranvía llamado Deseo.
Ella sonrió.
—Disculpa si mis palabras te escandalizan.
Él no respondió, se limitó a devolverle la sonrisa.
La joven le lanzó un beso al aire, dio media vuelta y comenzó a andar, pero se detuvo bajo el quicio de la puerta y se giró.
—Por cierto, me llamo Desirée.
12
Martes, 21 de octubre de 1975
Velarde escrutaba, absorto, la pintura de San Sebastián mientras recordaba la explicación del canciller. Se encontraba solo en aquel gran salón de la sede de la Archidiócesis de Valencia. Su inseparable compañero estaba de camino al Instituto Anatómico Forense.
Oyó acercarse unos pasos cortos y casi imperceptibles. Se giró y quedó sorprendido al encontrarse con una mujer de aproximadamente treinta y tantos años, tan erguida que simulaba un saludo castrense, de melena corta que le llegaba a los hombros, y vestida con inusual sobriedad: falda marrón por debajo de la rodilla, una blusa beige abotonada hasta el cuello y una rebeca de color marrón claro. Las manos entrelazadas sobre el vientre. Rostro hermoso, pero adusto, como si estuviese enojada.
—Buenos días, soy la hermana Aurora. El canciller me ha elegido para mostrarle el despacho del señor obispo coadjutor, que Dios tenga en su gloria. Asimismo, quedo a su disposición para aclararle cualquier duda de índole religioso.
—¿Usted? —recalcó, extrañado.
—Sí, soy licenciada en Teología y profesora de Derecho Canónico en la Universidad de Valencia. Podría afirmarse que, aunque mujer, soy una experta en todo lo que concierne a la religión católica, sus ritos, simbología, historia.
—Disculpe, nada tiene que ver mi sorpresa con su condición de mujer; esperaba a un miembro de la jerarquía eclesiástica. No pongo en duda sus conocimientos y estoy convencido de que será de gran ayuda en nuestra investigación.
El policía advirtió que aún no se había presentado.
—Soy el inspector Víctor Velarde, de la Brigada Criminal.
Y extendió su mano, que fue estrechada con escaso entusiasmo.
—Acompáñeme.
Y la religiosa comenzó a andar con paso firme y marcial, rompiendo con el crepitar de sus zapatos negros el silencio sordo que imperaba en aquel edificio.
Ambos emprendieron un largo paseo por enrevesados pasillos hasta llegar al despacho del fallecido.
La religiosa sacó una vieja llave del bolsillo de su rebeca y abrió la puerta, apartándose para que entrase primero el policía; Velarde le cedió el paso en un acto de cortesía, pero ella se mantuvo impasible.
El despacho era extremadamente sobrio y oscuro; con muebles muy antiguos, casi reliquias. El escritorio era de color negro con patas en forma de columna salomónica o entorchada, con un gran sillón de madera y dos sillas confidente. Una enorme librería, también de color negro, cubría la pared ubicada tras el sillón.
El inspector se sentó y comenzó a abrir cajones de forma arbitraria; únicamente encontró material de oficina perfectamente ordenado.
La mujer quedó de pie, inmóvil, frente a él, y de nuevo entrecruzó sus manos, como si esperase pacientemente a que el policía acabase su labor de inspección.
Velarde, sentado, miró a un lado y a otro de la estancia para acabar fijando su inquieta mirada en aquella mujer de rostro imperturbable.
—No veo ningún archivo.
—El canciller ordenó ayer recoger toda la documentación en la que estaba trabajando don Gregorio.
Se produjo un incómodo silencio por parte del policía.
—¿Puede darme alguna información acerca del señor obispo?
—¿A qué se refiere?
—¡No sé! Si tenía algún enemigo o…
—¿Enemigo? —interrumpió la religiosa—. Don Gregorio era un hombre de Dios, profundamente cristiano, todo fe y corazón.
—Ya, pero ha sido asesinado.
Ella guardó silencio.
El policía respiró hondo.
Seguidamente, señaló una de las sillas confidente, invitándola a sentarse; la mujer rehusó con la cabeza.
—Por favor —insistió.
Ella tomó asiento. Las rodillas juntas y la espalda recta, sin apoyarse en el respaldo.
—Solo quiero hacer mi trabajo: encontrar al asesino de don Gregorio. Pero en estos momentos únicamente tengo dudas; y unas pocas pistas que no sé cómo interpretar. Por eso preciso de su ayuda, que colabore conmigo. ¿Lo hará? —su voz se volvió cadenciosa, como si su pregunta fuese, en verdad, un ruego.
Ella se le quedó mirando fijamente, sin pestañear. Sus ojos eran verdes, nítidos y luminosos. Pero su rostro seguía rezumando desconfianza y recelo.
—¿Es usted ateo?
Velarde se recostó sobre el sillón.
—Mas bien…, un hereje.
Ella, a duras penas, pudo reprimir una sonrisa.
—Bien, le ayudaré, pero desconozco los detalles de la muerte de don Gregorio. Se dedicaba exclusivamente a su función pastoral; desconozco sus relaciones privadas y la existencia de potenciales enemigos.
El policía la miró, agradecido; seguidamente se levantó de un brinco de su sillón y comenzó a pasear por el despacho.
—En primer lugar…
—¿Sí?
—¿Cómo he de dirigirme a usted? ¿hermana, sor Aurora…?
En esta ocasión la religiosa no reprimió la sonrisa, la cual quedó plasmada en la comisura de los labios.
13
El subinspector Gálvez entró en una de las salas de autopsias del Instituto Anatómico Forense empujando con ímpetu la doble puerta de vaivén que quedó batiendo hasta detenerse.
—Buenos días, Balmes, a ver qué me cuentas esta vez.
El médico forense le esperaba ataviado con su bata verde.
—Te va a encantar; el obispo es una caja de sorpresas.
El cuerpo desnudo del prelado se hallaba sobre una mesa metálica; destacaban, por un lado, la extraña inscripción de la frente y, ahora, una gran cicatriz en forma de Y, aún sin suturar, sobre el pecho y el abdomen.
Al policía le sorprendió, desagradablemente, el tono amarillento de la piel.
—¿Ya sabéis el significado? —El médico señaló la frente.
—Todavía no. Aparte de la asfixia, ¿sabemos algo más?
—Sí. Ven, te enseño. —Y ambos se inclinaron sobre la cara del fallecido—. ¿Ves esta ligera abrasión sobre la zona de la boca?
—¿Cloroformo?
—¡Bingo! Y juraría que es casero.
—¿Se puede hacer en casa? —preguntó Gálvez.
—Es muy fácil; basta con mezclar doscientos mililitros de lejía y diez mililitros de acetona en un recipiente cerrado y esperar dos horas para que la reacción se materialice; transcurrido ese tiempo, la mezcla se habrá convertido en dos líquidos claramente diferenciados: en la parte inferior el cloroformo, transparente, y sobre él, un residuo acuoso que debe ser desechado. Basta con una simple jeringuilla para aislar el cloroformo.
—Gracias por la lección de química. Entonces, ¿el asesino se sirvió del cloroformo para dejar inconsciente al obispo?
—Inconsciente, mareado, indispuesto…, lo suficiente para que no ofreciese resistencia ni pidiese auxilio; e introducirle el rosario hasta morir de asfixia.
—¡Vaya por Dios!
—Nunca mejor dicho. Pero aún tengo más —anunció el médico con cierta euforia mientras le mostraba el contenido de un pequeño cubilete—. Estaban en el estómago. El asesino le obligó a ingerirlos.
—¡La hostia! —exclamó, Gálvez, sorprendido.
—¿Sabes cuántos hay?
Gálvez asintió con un sutil movimiento de cabeza.
—Treinta y tres.
14
El estridente sonido del teléfono les sobresaltó. La hermana Aurora se apresuró a descolgar el auricular y colocárselo en el oído, pero seguidamente alargó el brazo.
—Un compañero suyo pregunta por usted.
Velarde, de pie, cogió el teléfono.
—Gálvez, ¿algo nuevo?
Escuchó con atención, prácticamente sin articular palabra.
Colgó el auricular al tiempo que volvió a sentarse frente a ella.
—En la habitación del hotel donde asesinaron al obispo encontramos sobre la cama, cuidadosamente extendida, la sotana, pero con los botones arrancados.
El rostro de ella mostró asombro.
—¿Por qué le arrancaría la botonadura morada? —preguntó—. ¿Qué sentido tiene?
—¿Morada? —arqueó las cejas el policía.
—Podría decirse que la sotana es el uniforme de diario o la ropa de trabajo de todo sacerdote; y son los colores los que identifican los distintos rangos existentes dentro de la jerarquía eclesiástica; son como los galones en un uniforme militar. La sotana siempre es negra para todo el clero, a excepción del santo padre, para quien es blanca. En consecuencia, esos colores distintivos se plasman en tres prendas: el fajín, la botonadura de la sotana y el solideo. Estas tres prendas cambiarán de color según la dignidad de su portador. Así, serán de color negro para sacerdotes y diáconos, morado para obispos y rojo para los cardenales.
Velarde escuchaba con la máxima atención aquellas reglas que le eran desconocidas.
—¿Quiere usted decir que cuando el señor obispo salió de su casa llevaba una sotana con botones morados, un fajín morado y un solideo morado?
—Así es. Botones forrados de tela color morado —puntualizó ella.
Él quedó, por un instante, en silencio.
—¿Qué es un solideo?
La religiosa sonrió.
—Es el pequeño gorro de tela de forma circular que cubre la coronilla. El solideo simboliza la dedicación en exclusividad a Cristo, por eso los cardenales y los obispos solo se lo quitan ante el Santísimo Sacramento o en presencia del papa en señal de respeto. Como bien sabrá —esbozó una ligera sonrisa irónica—, el solideo del papa es de color blanco, como el resto de su vestimenta.
De repente, el tono de voz de la monja devino sombrío.
—Usted dijo antes que los botones habían sido arrancados.
—Sí, todos, los treinta y tres.
—¿Han desaparecido? ¿Para qué los querrá el asesino?
—No, los tenemos todos.
—Por curiosidad, ¿donde estaban?
—En el estómago de don Gregorio.
A la religiosa se le escapó una mueca de repugnancia, un amago de arcada.
—El asesino se llevó consigo el solideo.
—¿Y la cruz pectoral?
—¿Cómo?
—Una insignia episcopal que simboliza la excelencia personal y la sumisión cristiana de su portador. Suele ser una gran cruz que pende del cuello.
Velarde se descubrió a sí mismo mirándola fijamente, casi absorto, disfrutando de sus explicaciones y de su voz aterciopelada.
—Aurora.
—¿Sí?
—Como verá…, preciso de su ayuda para resolver este caso.
15
—Resulta difícil de creer que un asesino se haya tomado tantas molestias para ejecutar su crimen —comentó el doctor Balmes.
—Cierto, ello significa que nos encontramos ante un asesinato de connotaciones personales. Parece una ejecución plenamente planificada —opinó Gálvez mientras aceptaba la cerveza que le era ofrecida por el médico.
Ambos se sentaron en sendos taburetes junto al cadáver.
—¿Quizá un ajuste de cuentas, una venganza?
—Puede ser. No cabe duda de que al asesino le guía una motivación personal. No le basta con matar, quiere dejarnos un mensaje. Reserva la habitación del hotel, consigue que vaya el obispo, lo deja inconsciente con el cloroformo, lo desnuda, lo ata a la silla, arranca los botones de la sotana y con un…
—Un laringoscopio —puntualizó el médico—, una especie de pequeña pala que separa la lengua y facilita la intubación. Es fácil obtener uno.
—Eso, con la ayuda de un laringoscopio y con mucha paciencia le introduce en el esófago, uno a uno, los treinta y tres botones.
—Así es, el rasguño que le hemos encontrado en la faringe confirma que utilizó un laringoscopio para despejar la vía al esófago y así introducir los botones. Por lo demás, puede resultar un trabajo meticuloso, pero no complicado, pues el diámetro del botón es de dos centímetros, mientras que el del esófago en una persona adulta es de tres centímetros.
—Por eso inmovilizó al obispo en una silla, para que la gravedad hiciese el resto: que todos los botones llegasen al estómago.




