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—Sí que es un caso extraño —aseveró el médico forense mientras apuraba su botellín de cerveza.
De repente, la puerta de vaivén se abrió y apareció una enfermera.
—¿El subinspector Gálvez?
—Sí. —El policía se levantó de su taburete.
—Han llamado por teléfono desde la Jefatura de Policía. Quieren que vuelva al hotel donde se produjo el asesinato.
16
Velarde se aflojó el nudo de la corbata mientras deambulaba de un lado a otro del despacho.
La religiosa seguía sentada. Inmóvil. Cabizbaja, Esperando nuevas preguntas con las que poder ayudar.
El policía sacó del bolsillo izquierdo de la chaqueta su bloc de notas. Lo abrió por una página en concreto.
—Lo más inquietante de todo es la inscripción de la frente.
La monja levantó la cabeza como si le hubiesen accionado algún tipo de resorte, mostrando interés.
—¿Cómo? ¿Le escribió algo en la frente?
—Sí, creemos que utilizando un bisturí.
—¿Le realizó cortes en la frente? —prorrumpió con repulsa—. ¡Es un sádico!
Y se santiguó de forma ostensible.
—Puede ser. Le talló en la frente lo siguiente...
Y Velarde colocó sobre la mesa, frente a ella, el bloc abierto por la página donde estaba anotado el extraño código:

—¡Quince, trece, once! No parece una fecha.
La religiosa cogió el bloc con sus manos. Su mirada se convirtió en incisiva y su ceño se frunció.
El policía se percató del gesto de estupefacción de ella.
—¿Le ocurre algo? —preguntó, perplejo.
—¿RVR 60? Sé lo que significa. Dios mío, la he tenido tanta veces en mis manos.
Se levantó bruscamente de su silla y se acercó a las estanterías repletas de libros. Comenzó a rebuscar entre ellos.
—Está equivocado: no es un quince.
—¿Cómo?
—Lo que usted creía que era un quince es la abreviatura bíblica del libro de Isaías: IS.
Y extrajo un libro de considerables dimensiones que abrió sobre la mesa y comenzó a hojearlo.
—¡Aquí está! —exclamó la monja, con euforia contenida, mientras señalaba con el dedo índice el texto exacto para que el policía leyese—: Isaías, versículo 13, párrafo 11.
—«Castigaré a los impíos por su iniquidad; acabaré con la arrogancia de los soberbios y abatiré la altivez de los despiadados» —leyó Velarde, de forma pausada, casi ceremoniosa.
Aurora se mostraba entusiasmada con su descubrimiento y no cesaba de ofrecer información, con una locuacidad inusitada.
—¿Sabe cuál es el significado etimológico de Biblia? Es de origen griego y significa «libros», porque es el compendio de dos grandes bibliotecas: el Antiguo y el Nuevo Testamento. El que nos interesa ahora es el primero: el Antiguo Testamento está compuesto por cuarenta y seis libros que se dividen en diversos grupos según la temática. El Pentateuco lo forman cinco libros; los Libros Históricos son dieciséis; tres los Libros Poéticos; cinco los Libros Sapienciales; y, por último, los Libros Proféticos son diecisiete: Jeremías, Baruc, Ezequiel, Daniel, Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahum, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías, Malaquías y…, —se detuvo, intencionadamente.
—A ver si lo adivino: Isaías.
La religiosa simuló unas palmas silenciosas.
—Entonces… —continuó el policía—, nos encontramos ante una cita bíblica.
—Pero no una cita cualquiera —espetó ella, aún embriagada por la euforia—, este versículo, el libro entero de Isaías, es un himno a la capacidad punitiva de Dios, a su poder inmisericorde de castigar.
17
El recepcionista del Hotel Tívoli leía, tranquilamente, el periódico.
ABC
Martes, 21 de octubre de 1975
TODO PREPARADO PARA LA «MARCHA VERDE» SOBRE EL SÁHARA.
«Más de medio millón de marroquíes han respondido al llamamiento del rey Hassan II y se han inscrito para formar parte de la “Marcha Verde” (así llamada porque en las costumbres islámicas el color verde simboliza la paz y la buena voluntad).
Aunque solamente el rey sabe la fecha de su comienzo y, presumiblemente, no la hará pública hasta que todo el contingente humano esté concentrado en Tarfaya, ciudad marroquí situada a unos treinta kilómetros del Sáhara».
CAMPOS MINADOS
«Según informaciones procedentes de El Aaiun, la frontera entre el Sáhara español y Marruecos está sembrada de minas. Algunas de ellas constituyen la línea defensiva española y otras han sido colocadas por los propios marroquíes tanto a un lado como a otro de la línea divisoria.
La existencia de tales minas, muchas de ellas desconocidas para las fuerzas españolas, e imposibles de desactivar en un plazo tan corto, añade un peligro más a la iniciativa provocadora de Hassan II.
Desde el Alto Estado Mayor se nos confirma que el contingente militar español está en extrema alerta y preparado para intervenir en cualquier momento, mientras que los esfuerzos diplomáticos se intensifican para que el monarca marroquí desista de sus provocaciones».
La lectura es interrumpida al abrirse la puerta de acceso desde la calle. El recepcionista se levantó de su asiento para recibir al visitante.
—Buenos días, señor, le doy la bienvenida al Hotel Tívoli. ¿En qué puedo servirle? ¿Desea una habitación?
—Soy el subinspector Gálvez y…
—Ah, sí. Resulta que esta mañana, recuperados ya de la impresión del crimen de ayer, hemos repasado los registros del hotel y hemos comprobado que el día en que se reservó la habitación se nos entregó un pequeño paquete para su custodia en nuestra caja fuerte.
—¿Y ese paquete fue retirado? —preguntó, perplejo, el policía.
—No. Nadie lo ha retirado. —Y seguidamente colocó sobre el mostrador un pequeño paquete, de forma rectangular, envuelto con papel de regalo.
Gálvez quedó inmóvil, pensativo, todavía estupefacto por aquella nueva pista.
Cogió el paquete entre sus manos. Lo sopesó. Lo zarandeó levemente para escuchar si su contenido se movía.
Dudó qué hacer.
Al final, decidió abrirlo allí mismo, ante la mirada expectante del recepcionista.
Sacó del bolsillo del pantalón una estilizada navaja con la que cortó, con la precisión y la cautela de un cirujano, el celo que sujetaba el envoltorio.
Descubrió una pequeña caja de cartón color añil.
Ayudado con un pañuelo levantó la tapa y la depositó, cuidadosamente, sobre el mostrador.
Ambos se inclinaron, lentamente, para escudriñar el interior de la misteriosa caja.
18
—¿Cómo ha sabido que se trataba de un versículo de la Biblia?
—Me lo ha desvelado la parte inferior de la inscripción.
—¿RVR60?
—Es la abreviatura de la Biblia Reina-Valera, en su revisión de 1960. Cualquier experto en los libros sagrados lo hubiese adivinado.
—¿Biblia Reina-Valera? ¿Qué es? ¿Alguna versión prohibida por la Iglesia?
La religiosa sonrió.
—Bueno, no va del todo desencaminado.
Velarde se dejó caer sobre el sillón, apoyó los codos sobre los reposabrazos y juntó los dedos de ambas manos, formando una especie de triangulo.
—Ilústreme de nuevo —dijo, adoptando una postura de alumno aplicado que espera recibir una lección magistral de su maestro.
La monja se sentó frente a él; sus ojos brillaban de satisfacción por el hecho de que un policía reclamase sus conocimientos con el fin de resolver un perturbador crimen.
Respiró hondo.
—La primera traducción completa de la Biblia al castellano partiendo de los idiomas originales, el hebreo y el griego, la realizó Casiodoro de Reina, monje jerónimo que tuvo que huir de España para escapar de la Santa Inquisición. Hasta entonces, las traducciones provenían del latín. Tras doce años de ardua labor, por fin la Biblia de Reina, en castellano, fue publicada en Suiza, allá por el año 1569. Es también conocida como la Biblia del Oso, por tener dibujado en su portada a un oso encaramado a un árbol.
—¿Una biblia con un oso de portada? —exclamó un sorprendido Velarde.
—Todo tiene una explicación: la Iglesia solo permitía biblias en latín; cualquier traducción estaba perseguida; por eso, cuando se publicó la biblia de Casiodoro de Reina, en castellano, se evitó, intencionadamente, cualquier símbolo religioso para no delatar su naturaleza.
—¡Vaya! Ya conocemos la biblia de Reina. ¿Y Valera?
—Cipriano de Valera, en 1602 amplió y mejoró la traducción de Casiodoro de Reina.
—¿Esa es la biblia Reina-Valera?
—Así es. Y su última revisión o actualización tuvo lugar en 1960, siendo, a fecha de hoy, la biblia más seguida y aceptada en Latinoamérica y España.
—Y se conoce con la abreviatura RVR60: Reina-Valera revisión 1960.
—Cuando he advertido la abreviatura que identificaba la versión de la Biblia, he imaginado que el resto de la inscripción se refería a una cita bíblica o versículo.
—No cabe duda de que el asesino tiene cierta cultura religiosa —aseveró Velarde.
—Es cierto que existe mucha literatura escrita en torno a los textos sagrados y a sus distintas versiones o traducciones, pero, como he dicho anteriormente, la Reina-Valera en su actualización de 1960 es la Biblia que rige en nuestro país; no requiere ser un erudito para tener conocimiento de su existencia.
El policía quedó pensativo. Seguidamente miró su reloj y se alzó, abruptamente, de su asiento.
—¡Vamos! La invito a comer.
—¿Cómo? Pero…
—Venga, no se haga de rogar, conozco un buen restaurante cerca de aquí.
—Pero…
—¿Las monjas no comen?
Se produjo un breve silencio, como si la religiosa necesitase meditar su respuesta.
—Claro que sí. —Aurora se levantó, lentamente.
—¿Entonces…? —Velarde la miró de una forma peculiar, entre la dulzura y la seducción.
19
Gálvez se sorprendió al advertir un inusual número de furgones policiales en la puerta de la Jefatura Superior de Policía. Se acercó a un agente uniformado.
—¿Ha ocurrido algo?
—Los de la Político-Social.
—¿A quién han detenido esta vez? ¿Más estudiantes?
—No, a varios «húmedos».
—¿Sabes quiénes son?
—El capitán de Infantería Quijano, el comandante de Ingenieros Ribó y un guardiacivil, el teniente coronel Díez-Abad.
—Hostia. Peces gordos.
—Sí, un buen palo para esos traidores.
El subinspector no respondió, se limitó a continuar su camino hacia el interior de la sede policial con su paquete debajo del brazo. Recorrió varios pasillos hasta llegar a un pequeño despacho con cuatro mesas de oficina. Se sentó en una de ellas, posiblemente la más desordenada; abrió uno de los cajones y depositó en él la pequeña caja de color añil.
Se recostó sobre el sillón sin poder evitar pensar en los militares detenidos.
Su mente, casi de forma instintiva, rememoró el origen de los «húmedos». En septiembre del año anterior se había constituido en Barcelona una asociación clandestina que aglutinaba a militares de los tres ejércitos y de la Guardia Civil. La Unión Militar Democrática, la UMD, personificaba la oposición democrática dentro del bastión sobre el que se sustentaba el Régimen: el Ejército.
A los militares que pertenecían a esta asociación prohibida se les conocía despectivamente como «húmedos» por derivación de sus siglas.
Los miembros buscaban concienciar a la mayor parte posible de los mandos castrenses que el Ejército no podía suponer un obstáculo a la transición democrática una vez muriese Franco. Consideraban que el Régimen tenía los días contados, pero sabían que la cúpula militar estaba formada por militares reaccionarios que no estaban dispuestos a perder el poder consolidado tras casi cuarenta años de dictadura.
El Régimen franquista ordenó una contundente persecución de los militares «húmedos», temeroso de que en España pudiese reproducirse la Revolución de los Claveles habida en Portugal en abril de 1974, donde gran parte del ejército se enfrentó a sus generales y provocó la caída de la dictadura de Salazar.
Gálvez recordó, asimismo, que una semana atrás, el capitán José Domínguez, de la Fuerza Aérea, exiliado en París, ofreció una rueda de prensa internacional recalcando que el único objetivo de la UMD era la transformación de España en un régimen democrático, y mostraba su apoyo al príncipe Juan Carlos siempre y cuando fuese la decisión del pueblo español refrendada en unas votaciones democráticas.
La repercusión mediática de aquella rueda de prensa intensificó, aquí, en España, la represión hacia los militares rebeldes, pero también provocó un incremento exponencial de su dimensión política, hasta el extremo de que prestigiosos juristas de la oposición ofrecieron rápidamente sus servicios profesionales a los militares detenidos.
Tal fue el caso de Enrique Tierno Galván, Joaquín Ruiz-Giménez, Enrique Múgica, José Bono o José María Gil Robles.
Gálvez no comulgaba con ningún movimiento opositor al Régimen, e incluso albergaba serias dudas sobre la legalización futura del resto de partidos políticos, pero consideraba que las ansias de libertad de la sociedad española requerían, indefectiblemente, una transformación democrática. Por lo que lamentaba profundamente que en los estertores de Franco, con todo un futuro incierto por delante, se recrudeciese la persecución política.
Tenía claro que aquellos militares detenidos por la Político-Social no eran delincuentes, ni un peligro para España, solo valientes patriotas que arriesgaban su privilegiado estatus social con tal de perseguir un sueño: los militares facilitando y liderando el cambio político y social que anhelaba la sociedad española.
20
La monja mostraba cierto nerviosismo sentada en aquel restaurante y acompañada de un hombre que le era prácticamente desconocido.
En aquel instante cualquier nimia decisión suponía un dilema crucial: cómo colocar las manos, la postura más adecuada del cuerpo para transmitir seguridad y confianza, la actitud para interactuar con su acompañante, ¿sobriedad cordial o amabilidad mesurada?
Con la espalda erguida y las manos entrelazadas sobre el mantel, miraba a un lado y a otro del salón mientras esperaba que el policía se sentase. Con el rabillo del ojo le observaba minuciosamente —sus gestos, sus movimientos, su entonación—, cómo saludaba efusivamente a una mujer de edad avanzada con atuendo de cocinera que no cesaba de abrazarlo y acariciarle la cara.
Ella disimuló cuando el policía regresó a la mesa.
—Disculpe, quería saludar a la dueña del restaurante.
—Le tiene mucho aprecio.
—Es un cariño recíproco. Hace más de diez años que nos conocemos, pero hacía meses que no me pasaba por aquí. Estoy seguro que le gustará la comida.
Se produjo un silencio incómodo; ella sorbió de su vaso de agua mientras él untaba un poco de alioli sobre una rebanada de pan.
—Bueno, hábleme de usted —propuso el inspector—, prácticamente no nos conocemos…, no obstante serme de gran ayuda.
—Exagera.
—No, de verdad, estoy entusiasmado por el hecho de que haya descifrado la inscripción de la frente. Un gran avance en la investigación que se lo debemos a usted.
—Cualquier prelado podría haberlo hecho.
—Puede, pero fue usted y no otro quien me facilitó esa información y, por ello, repito, le estoy muy agradecido.
Ella bajó la mirada, quizá un poco avergonzada.
—Hábleme de usted —insistió él.
—Hay poco que contar, inspector Velarde.
—¡Víctor!
—¿Cómo?
—Llámeme Víctor, por favor.
—Bien… Víctor…, le decía que hay poco que contar sobre mí; ya le comenté que soy licenciada en Teología y profesora de Derecho Canónico. Desde los diecinueve años pertenezco al Instituto Secular Misioneras Apostólicas del Amor Divino.
—¿Secular? —interrumpió el policía—. El canciller la presentó como la hermana Aurora, como una monja.
—Y, en la práctica, lo soy. Es cierto que no formo parte de ninguna congregación u urden religioso de formato tradicional, con hábito y convento, pero nuestra vocación de vida y entrega a la Iglesia es plenamente equiparable a la condición de monja entendida en sus estrictos términos. Los institutos seculares son una de las últimas formas de vida, de consagración a la fe cristiana, que nacieron para atender las necesidades que la Iglesia encuentra hoy al realizar su misión social. Fueron reconocidos por el papa Pío XII en 1947.
Velarde quedó pensativo.
—Pero…, ¿es una…?
—Soy una monja secular.
—¿Y tienen las mismas…, obligaciones que una monja normal?
Aurora sonrió.
—¿Quiere saber si también profesamos el voto de castidad?
El policía quedó aturullado, sin saber cómo reaccionar, sabedor de su indiscreción.
—Bueno… —carraspeó, azorado.
—Nos consta que la severidad de nuestras responsabilidades u obligaciones pueda sorprender a la mayoría de la gente, más, si cabe, tratándose de un hereje empedernido como usted. A saber qué imagen perturbadora y patológica tendrá usted de nosotras; seguro que nos considera unos bichos raros: mujeres sin voluntad propia e intelecto decadente que reducen su marco vital a abrazar la fe y a una convivencia humilde sin excesos.
La religiosa parecía haber superado la barrera del nerviosismo y la incomodidad, y se atrevía con comentarios jocosos e irónicos.
—Se equivoca. Es cierto que tengo una idea preconcebida de todo lo que envuelve a la religión católica, o a cualquier otra religión, sea la que fuere.
—¿Un prejuicio?
—Un juicio de valor. Es inherente a la condición humana juzgar y valorar las percepciones que nos llegan sobre cualquier materia. Pero no es mi intención participar en disquisiciones o debates tan profundos o sesudos —intentó zanjar el tema de conversación regresando a la pregunta inicial—. Solo pretendía conocer la esencia o la naturaleza de una monja secular.
La religiosa contestó de inmediato, casi de corrido, como si fuese una respuesta aprendida de memoria o expresada en numerosas ocasiones.
—Entregamos la propia vida a la consagración de Cristo y al apostolado de la Iglesia, pero con la plena vocación de una presencia y de una acción renovadora desde dentro del mundo para perfeccionarlo y santificarlo.
—Ya —exclamó, casi de forma inaudible.
Ella sonrió al ver el rostro confuso del policía.
—Hay dos formas de entender la entrega y vocación cristiana: la vida contemplativa, basada en la oración, el recogimiento, el aislamiento de la realidad que nos rodea; es el ejemplo de las órdenes católicas tradicionales que visten sus hábitos y conviven de forma silenciosa agrupados en los conventos o monasterios.
—Sí, las monjas de toda la vida, las que todos tenemos en mente —intervino el inspector para transmitir su interés en la conversación.
—Pero también hay otra forma de consagración de la fe cristiana, quizá más actual, quizá más moderna, que busca comprender las necesidades materiales y espirituales del rebaño de Cristo, y ello exige, indefectiblemente, nuestra presencia, la de las monjas seculares, en todos los estamentos de la sociedad, en igualdad de conocimientos y capacidades que el resto de ciudadanos, con implicación y actitud activa frente a esa sociedad que se pretende conocer. Resumiendo, las monjas seculares hemos elegido servir a Dios desde dentro de la sociedad, no apartándonos de ella; queremos desplegar el evangelio sobre los problemas cotidianos.
—Ahora distingo las diferencias entre ambas formas de consagrarse a Dios.
—Para impartir la fe a nuestros conciudadanos hay que ser como ellos, conocer sus problemas, sus ansias, hay que embarrarse, remangarse, mancharse las manos si hace falta, sudar, sangrar, reír, disfrutar de nuestros trabajos…, siempre junto al resto de creyentes. Esa es la vocación de las órdenes católicas seculares. ¿Lo tiene claro ahora?
Velarde asintió con la cabeza. Iba a responder, pero oyó de nuevo la voz de Aurora.
—Y sí, las monjas seculares seguimos los tres consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia.
Él volvió a ruborizarse.
—Lo siento, creo que he sido muy indiscreto.
—No tiene por qué disculparse. La curiosidad es inherente a un policía.
—Ya. La curiosidad mató al gato.
A ella se le escapó una sutil carcajada que animó a un ofuscado Velarde.
21
La comida entre el policía y la religiosa se desarrolló de forma distendida.
Fueron diversos los temas de conversación. Él se interesó por las rígidas normas de convivencia que suponía trabajar en la archidiócesis, dentro de una jerarquía dominada absolutamente por hombres. Ella le confesó la satisfacción que le suponía el contacto con los jóvenes estudiantes cuando impartía clases de Derecho Canónico en la Universidad de Valencia.
Velarde orilló su habitual corrección y mesura y se esforzó en mostrarse afable, recurriendo a amenas anécdotas profesionales o de su época de estudiante universitario.
Aurora también se despojó de su halo de circunspección y formalidad y adoptó una postura relajada con un lenguaje gestual que denotaba cordialidad. Incluso llegaron a bromear sobre la hipotética conversión de Velarde al clero y su similitud con el escalafón policial y el reparto de competencias.
—Ambos pertenecemos a organizaciones piramidales donde las órdenes se deslizan en cascada. Y en ocasiones ni las entendemos ni las aceptamos, pero no queda más remedio que cumplirlas a regañadientes —aseveró Aurora.
El policía asintió con la cabeza, de forma silenciosa, con resignación; su rostro, de pronto, devino sombrío. Ella se percató de ello.
—¿He dicho alguna impertinencia?
—No —se esforzó en sonreír—, sus palabras me han traído a la memoria conflictos personales derivados de la actual situación política.
Ella se inclinó, como signo de atención.
—¡Cuénteme!
—Usted lo acaba de decir. Hemos de cumplir órdenes aunque no las consideremos adecuadas o…
—¿Justas? —espetó Aurora.
—Eso..., justas.
—¿Se refiere a la represión?
—¡Vaya! No se le escapa nada para ser una… —Velarde se frenó en seco, al considerar inapropiado su comentario.
—Para ser una monja.
Ambos sonrieron.
—Así es —continuó el policía—. Llevo años viendo como muchos de mis compañeros se limitan a perseguir a chavales imberbes en las universidades, o a sindicalistas o a cualquiera con ansias de que todo cambie para bien. El cumplimiento del deber frente a la conciencia personal. Todo un dilema para un policía.
De forma inconsciente, la religiosa depositó sus manos sobre las de él.
—La conciencia siempre.
Y las retiró de inmediato cuando se percató de ello, ruborizada por aquel inocente acto reflejo.
Velarde se apresuró a cambiar de tema y le señaló una pequeña medalla que le colgaba del cuello.
—He observado que en muchas ocasiones la acaricia con los dedos.
—Oh, sí. —Y la religiosa la tomó con ambas manos—. Es Santa Inés de Roma, una niña que sufrió martirio en la época romana. Siempre se la representa con un corderito en brazos, símbolo de su virginidad e inocencia. Yo, a veces, también me sorprendo acariciándola, es como si esta medalla me transmitiese fuerza y confianza. ¿Y usted? ¿No tiene fe en alguien o algo?
—No, si se refiere a si creo en favores de algún santo o reliquia concreta.
—¿Cuál es su historia?
—¿Mi historia? —se sorprendió Velarde.
—Todo aquel que se aleja de Dios oculta una historia. ¿Fue a un estricto colegio de curas? ¿Tuvo una adolescencia difícil? ¿O simplemente se considera un progre racional y rebelde que niega cualquier intervención divina? Dígame, ¿cuándo dejó de creer en la religión?
Velarde esbozó una sonrisa.
—Dejé de creer en Dios…, cuando perdí la fe en el hombre.
—Vaya, curiosa argumentación.
—¿Por qué creer en lo divino cuando me perturba lo terrenal? Crímenes, violaciones, traiciones, brutalidad, instintos primarios, crueldad, salvajismo…




