- -
- 100%
- +
De este modo visitaba los puertos del mundo. Era chino, hindú, un jeque; en la India montaba caballos asiáticos salvajes y a lomos de elefantes, y en camellos cruzaba los páramos africanos; pero cuanto más lejos viajaba, más estrambóticas y notorias eran sus aventuras, y menos satisfactoria su vida en la pared. Cada vez más su inventiva tenía que suministrarle objetos a su visión, tenía que inventarse incluso el curso y el color del sol, el tacto del suelo, tan distinto por todas partes, y por encima de todo, los olores que habitaban los confines de la tierra. Era consciente, siempre, de lo inadecuado de sus detalles, de la vaguedad de sus imágenes, de la falsedad de todos sus etcéteras implícitos, porque no sabía nada, no había estudiado nada, no había viajado a ninguna parte. En consecuencia jamás se hallaba del todo en la pared, estaba en parte asido a las sábanas, arañándose la piel de las piernas y mordiéndose los brazos. Solo en parte se encorvaba ante la lluvia, la arena o la cellisca, se encogía ante el ataque de leones o de tribus salvajes, nadando por su vida. Entonces el dolor golpeaba sin obstrucción, y como una araña Israbestis se cerraba sobre él.
Los mejores días abandonaba la pared aunque siempre comenzaba en ella. Cerrando con suavidad los párpados para que entrara una pestaña de luz, zarpaba de la orilla y costeaba las colinas hendidas, impulsándose con una pértiga por la mancha de grasa que era el marjal, y para cuando había encarnado su anzuelo y largado el sedal en el pegote de yeso se encontraba ya en la historia de su vida, fuera de la pared, en el lento y viejo mundo. Se sentaba junto al fogón de Lloyd Cate o se recostaba en un banco en el porche de Lloyd Cate con un tiempo estupendo. Daba su paseo matutino por el pueblo, el yunque tañendo, e iba tres veces al día a la terminal a por el correo. Paraba por casa Mossteller para charlar o por la panadería, pasando el tiempo del modo más placentero con las noticias de la gente, el estado de las tierras o de las cosechas, el parte meteorológico. Todos sus amigos aparecían con claridad en sus figuraciones. Los conocía por sus ropas, por sus maneras de caminar, por el modo característico en que se inclinaban y gesticulaban. Sus sueños no se avergonzaban de los clichés, y en cada uno sabía siempre cuál era el tacto preciso del aire, la manera en que cantaban los pájaros, la posición del sol, el tipo de nube, la forma de la emoción en su interior y en los demás, y todas las dichas de la vida. A medida que se aproximaban sus amigos él los saludaba a voces con regocijo. «Hola, Pete. Buenos días, Michael, Billy. Pero bueno, si es Claude Spink, por dios, y Nichol Ames». Venían a visitarlo durante su enfermedad. Hog Bellman. Una bala en la espalda. Prudente Lacy. Los pantalones desabrochados, una sonrisa tonta en la cara. Bob Stout con clavos en la boca. Samantha. Hermana. Como una caña en muaré. Él contaba una historia tras otra, todas una y otra vez, y las contaba bien o lo procuraba, maravillado de cuánto había olvidado y de cuánto recordaba. En todas ellas había un secreto y él intentaba descubrirlo. Cuando se incendió Hen Woods, por ejemplo, por la forma en que lo contó uno podía notar el sabor de las cenizas en la boca de Prudente Lacy. La indecisión era reflejada con la claridad con que uno ve una vaca en un campo. Luke Ford. Ben Jasper. Willie Amsterdam. Y luego May Cobb. Él por supuesto que no, pero sabía lo que se sentía al ser el hombre que la había poseído. Dios. No era bonita. No tenía las nalgas respingonas ni los pechos grandes, ¡pero dios! Cada una de sus arrugas era esencial. Eso también lo reflejaba con claridad. Hacía que pareciera que se le iban a escurrir todos los jugos del cuerpo. A veces la veía metida hasta los codos en nata. La boca torcida. ¿Me servirías un poco más de ponche?, preguntaba educadamente ella. La banda tocaba fortísimo.
Prudente Lacy a caballo por caminos secundarios; el fuego era una nube. Conocía el secreto que había en aquello. Recorría la totalidad de su pasado historiado, saludando a todos: a Kick Skelton, a Eliza Martin, a May Cobb. Él le besaba las marquitas del cuello. Estaban Brackett Omensetter, Lucy Pimber, Lemon Hank. Y todos los perros. Y todos los gatos y las reses. Hog Bellman con un cuchillo. Cerdos y ovejas. Madame DuPont Neff, de París, y sus ubres. Menuda francesa. Pero lo mejor de todo May Cobb y sus omóplatos. A veces Israbestis abría los ojos y bajaba de la cama como un muchacho sano y atravesaba los resonantes pasillos. Iba por toda la casa, febril, poniendo las manos sobre muebles y cachivaches hasta que se le volvían negras. Algunas veces subía al ático y palpaba las reliquias. Otras veces iba al granero de atrás o al sótano. Pero al final siempre se agotaba y caía de rodillas al suelo, allá donde estuviera, llorando ruidosamente. Era entonces cuando tenía los peores ataques.
Bien, amigos, aquí tenemos esta porcelana. Todos sabéis lo que la señora Pimber hacía con las pinturas. Sé que muchísimos de vosotros estabais a la espera solo de esto. Hace bastante calor así que pongámonos ya mismo manos a la obra. Tenemos aquí esto decorado, ¿esto es un envase para el cepillo de dientes, Grace?, un envase para el cepillo de dientes pintado a mano dice mi esposa. Es de porcelana, y está firmado con el nombre de la señora Pimber. ¿Veis? Bien, esto lo vais a querer todos así que cuánto va a ser, ¿cuánto? De acuerdo, un dólar, un dólar tengo para empezar, un dólar, uno tengo pues, uno, alguien da dos, dos, dos dólares tengo por allí, vamos allá, todo el mundo lo quiere, bien, he oído tres, tres, gracias, bien, cuatro, he oído cuatro, cuatro, alguien da cincuenta entonces, cincuenta. Tengo tres y quién da cincuenta, tres con veinticinco, oíd, no es mucho pedir por un envase para el cepillo de dientes pintado a mano, última oportunidad y queda vendido. ¿Tres veinticinco?, ¿veinticinco? Tres, pues, adjudicado por tres a esa señora de allá, gracias. Bien, aquí tenemos un estupendo cuenco de porcelana, también pintado a mano, y es una monada. Levántalo hacia allá, George, para que nuestros amigos puedan verlo. No es moco de pavo, ¿eh? Qué son, ¿pájaros? Este también está firmado por la señora Pimber, justo aquí. Levántalo más, George, para que nuestros amigos puedan verlo. Oh, decidme a ver con cuánto empezamos. ¿Veis los pájaros? ¿A que son bonitos? Cuánto me ofrecéis. Ahí dentro cabe un buen montón de puré de patatas, muchachos. Bien, bien, bien, empecemos pues, ¿cuánto ofrecéis por este cuenco pintado a mano?
Una araña de patas largas, como un pequeño guijarro pulido andante, cruzó un ladrillo y se detuvo en una franja de argamasa. Si avanza otra fila la aplasto, pensó Israbestis, pero la araña recorrió tres y se detuvo, agitando una pata fina como un hilo. Israbestis cubrió la araña con la sombra de la mano. Se frotó las patas. Del extremo marchito de una caléndula se balanceaba otra araña de un hilo de seda. Esta era pequeña y negra con puntitos amarillos. Un revuelo de hormigas junto al muro, persiguiéndose unas a otras de acá para allá. Israbestis se enjugó la frente y se dejó caer contra la casa. Podía sentir la sangre palpitándole en el estómago. No hables con viejos verdes.
Disculpe. Quizás pueda usted decirme los años que tiene aquella cuna. La que está al lado de la mantequera, allí junto al árbol.
La sombra del joven oscureció la araña de Israbestis. Esta corrió rauda dos hiladas y se detuvo a pleno sol. Israbestis siguió el dedo del joven y sacudió la cabeza. Tendría que verla, dijo, aunque lo más probable es que lo sepa.
No se moleste. Solo pensé que quizás lo sabría.
Vi cómo levantaban esta casa. La primera de la calle.
¿De verdad?
Vi cavar el sótano y cómo ponían el primer ladrillo. De hecho estaba en esta casa el mismo día que Bob Stout, el que la construyó, se cayó de aquel campanario de allí.
¿De verdad?
Bob era todo un albañil. Salta a la vista. Mire qué ladrillos. Todos hechos a mano. Se cayó justo encima de la verja que la rodeaba. Era sábado. Entre el Viernes Santo y Pascua.
¿La metodista? Mi esposa y yo vamos allí.
¿De verdad? Bueno, pues esa es… de la que se cayó. Antes de aquello ahí estaba la Iglesia del Redentor. O muy cerca… muy por la zona.
Inclinándose sobre la cuna había una joven, claramente embarazada, que la empujaba con un dedo cauto, balanceado ligeramente la cabeza a la vez que la mecía.
Es la mar de bonita, dijo.
Israbestis notó que se le revolvía el estómago. Gases, resolvió. Israbestis conocía aquella cuna, por supuesto, pero ¿cómo la había conseguido Lucy Pimber? Luchó por reponerse.
Esa, esa era la cuna de Brackett Omensetter, dijo Israbestis. La señora Pimber, la mujer de esta casa, nunca tuvo hijos.
E Israbestis continuó hablando mientras se preguntaba. ¿Había estado en esta casa todos estos años? ¿Y qué pudo significar para ella? ¿Cómo la había conseguido?
Cuántos años diría que tiene, dijo el joven.
Es bastante vieja. Me parece que es bastante vieja. No sé cuánto hacía que la tenía Omensetter el día en que llegó aquí en su carreta. Eso fue… fue en el 90. Más o menos.
Pero el reverendo Jethro Furber llenaba la piel y las ropas de Tott. De pie junto a la cuna, sombrío como un rincón, recitando… cancioncillas. A Tott le dolía la cabeza; notaba una presión contra el interior de los ojos. El niño había muerto. Pero el niño había sobrevivido.
Tenía manos de artesano, Omensetter. Es probable que la construyera él mismo. Manos rápidas como gatos. Y había dos niñas, cuando llegó tenía dos hijas. Veamos. Debió de ser… La mayor tenía nueve. ¿No era así? Nueve. Digamos que era 1880 quizás.
¿Se acuerda de eso?
No muy bien, pensó Israbestis. No muy bien. No muy bien. ¿Por qué? El niño había sobrevivido y se marcharon río abajo. Pero si el niño hubiese sobrevivido, se habrían llevado la cuna con ellos.
Me acuerdo de cuando llegó Omensetter, alcanzó a decir Israbestis. Todos los que por entonces vivíamos aquí nos acordamos.
De qué está hecha, ¿de pino?
Sí. Pino.
Pero el reverendo Jethro Furber ondeaba en sus ropas. Hacía calor ahora, como en invierno. El sol a plomo nevaba. Y sujetándose el estómago, Jethro Furber se puso a cantar una canción para Samantha:
una solterona joven y avariciosa
se comió, viva, una langosta
y ahora cada invierno
cuando se sienta a cenar
como una especie de protesta
por dentro la pellizca sin parar
Esto recordó Israbestis. Esto oyó claramente.
Es la mar de bonita.
No creo que pidan mucho por ella. Quizás podamos conseguirla. Vamos. ¿Cariño?
Imagino que no pujará nadie que se acuerde, dijo Israbestis.
¿Por qué no? Es una monada.
Demasiado viejos, pensó. Demasiado muertos. Demasiado atónitos. Omensetter debió de haber abandonado la cuna –la abandonó en la casa de los Perkins– y en algún momento, al cerrarla o al alquilarla, Lucy Pimber se la encontró allí. Y jamás dijo una palabra. Todos estos años.
Es una larga historia, decía Israbestis, una larga historia. Esta es la cuna de Brackett Omensetter. Un nombre que a usted no le dice nada, imagino, pero todavía quedamos algunos, como hojas viejas, supongo –cacareaba desesperado Israbestis– que estábamos aquí cuando Omensetter entró en el pueblo en su carreta. Nunca ha ocurrido nada igual. Aquí no. Ni nunca ocurrirá, creo yo. Omensetter, bueno, era…
¿Cariño?
Demasiado viejos, pensaba. Demasiado muertos. Demasiado atónitos. La forma en que lo había contado siempre, era la suerte.
Había sido una primavera húmeda, como sabéis, continuó Israbestis, bueno, más húmeda de lo que la mayoría de vosotros gustáis de llamar húmeda, y el camino de Windham a Gilean estaba todo embarrado y lleno de rodadas y de hondos hoyos marrones. Apenas hubo un día que no lloviera, pero el día en que Brackett Omensetter apareció fue tan cálido y tan claro como el de hoy. Cuanto poseía lo llevaba apilado en la carreta con esa cuna atada a lo alto, y sin nada que lo cubriera. Brackett Omensetter era de esa clase de personas. Sabía que no iba a llover más. Confiaba en su suerte.
No se preocupe por mis dientes, la boca la tengo…
Sam Peach llegó de pronto y la gente se derramó en torno a él. A Israbestis lo empujaron por detrás. Sam estaba hablando en voz alta y señalando la mantequera. Movió el mango arriba y abajo. Israbestis batalló contra la multitud. Había piernas extrañas junto a las suyas. Empujó hasta el margen, con el estómago revuelto. Sam rio a carcajadas. Rugió la multitud. Las risotadas cayeron como golpes sobre él. Un granjero alto dio palmas y aulló. Peach estaba vendiendo la cuna. Que perezca con el propietario, qué sensato.
Israbestis descansó bajo un olmo que moría enfermo. ¿Aquella era Mabel Fox? Mabel Fox tenía la cabeza más grande y las orejas como las de un zorro. Cuando era niño, y Mabel una chiquilla, los chicos decían: ¿conocéis a Mabel Fox?, y luego reían con estridencia. Solían corear: Mabel Fox tiene orejas de zorro; ponedle una caja en la cabeza y tirémosle piedras. Aquella no podía ser Mabel Fox. Tenía la cabeza demasiado pequeña. Qué habrá sido de Mabel, se preguntó. También muerta, lo más probable. Se quedó mirando al suelo hasta que su visión se desdibujó. ¿Conocéis a Mabel Fox? Vio una brizna de hierba seca, de repente, como algo extraño, en absoluto como hierba. Era como mirar una palabra hasta que se disolvía. Mabel Fox tenía orejas de zorro. El mundo parecía menguar en su visión de la brizna. Entonces se agachó y la arrancó. Tirémosle piedras. La sostuvo un instante con la yema de los dedos. Se elevó, se detuvo en el aire, cayó entre sus pies. Examinó su reborde comido, su punta roma. Colocó con cuidado el tacón sobre uno de los extremos sin vida.
Un comportamiento propio de Furber. Tott estalló en risas, dolorido.
Estaba la historia del hombre que se hizo pedazos, y estaba la historia de la verja alta de hierro. Estaba la saga del tío Simon, el incendio en Hen Woods y la batida por Hog Bellman. Él las tenía todas. Horas, días, meses –una vida– le costarían. ¿Eran todas tan imprecisas como la de la cuna? Bueno, había dicho que al verano lo vería caer, y eso hizo… un pequeño logro. Que vería… Fue la mañana del seis de abril… la mañana del seis… Dickie Frankmann encontró degollados dos de sus cerdos Tamworth. Hacían, entre los de Huff y Staub y Gustin, ocho en seis días, y Ernie dijo que Hog Bellman, enloquecido como puede estarlo un hombre, lo había hecho. Curtis Chamlay cabalgó hasta la casa de Frankmann como había cabalgado hasta la de Huff y hasta la de Staub y la de Gustin. Frankmann cabalgaba a su lado, en exceso de pie sobre los estribos. Miró los cadáveres y la sangre. No había una sola huella pese a que la pocilga estaba embarrada y el peso de Chamlay forzaba el agua hacia el reborde de sus botas. Por ahora son solo los Tamworths, dijo Dickie Frankmann, y no hay muchos. ¿Qué puede tener un fantasma contra los cerdos ingleses?
Los zapatos frente a los suyos eran como los de él. Negros y agrietados como los suyos, tenían ganchos por ojales y llegaban por encima de los tobillos. Unos calcetines blancos de algodón sobresalían sucios de los zapatos y se amontonaban sobre unos pantalones holgados de reluciente sarga gris. Los pantalones tenían puntitos de manchas de grasa. Tenían tierra cuajada en las arrugas, la bragueta desabrochada. Unos tirantes de cincha amarilla y cuero marrón sujetaban los pantalones a un pecho encogido donde una camisa raída, sin cuello, formal, se plisaba bajo estos y bajo cintas elásticas de un azul florido. Es que acaso no oyes bien, exclamó el alguacil. Un coche salió bruscamente marcha atrás del camino de entrada. El alguacil se apartó, abanicando el aire. Israbestis se sonó el polvo de las narinas, pero se le había alojado entre los dientes mellados y le recubría los zapatos. Israbestis se frotó la pelusilla del mentón. Se hundió de espaldas con un quejido agotado.
Cuál es el gato más grande que has visto nunca, preguntó el chico.
Pues he visto algunos bastante grandes, dijo Israbestis Tott.
¿Cómo de grandes?
Oh, pues veamos. Estaba el gato de Mossteller, enorme y con los ojos amarillos, cuando murió tenía cerca de doce años y el tamaño de un perro.
¿Un perro cómo de grande? ¿Como un poni de grande?
No seas tonto. Ningún gato es tan grande. Aun así, te juro que el gato de Skelton podría haberse puesto así de grande, con el tiempo y las ratas suficientes, allá junto a la estación donde cazaba. Era vivaz. Por la noche había estrellas desperdigadas por entre los arcones del cobertizo, todos por pares, de un rojo gastado. Caray, recuerdo que si uno hacía rebotar una piedra allí dentro se formaba una desbandada como de hojas que un viento fuerte aventara por un camino. El gato de Skelton te bufaba por arruinarle el acecho, y veías cómo le centellaban de pronto los ojos desde lo alto de la caja en la que estuviera sentado, dando coletazos, me figuro, al compás de los latidos de su corazón.
Eso no se puede oír.
Desde luego que no. Yo no he dicho eso. Pero los gatos tienen corazón de cazador. Si sabes, y ojo que sencillo no es, cómo evitar que te cojan como a una canica y se te lleven a casa en el bolsillo, puedes oír sus pálpitos al anochecer, la hora justa en que puedes ver a través de sus ojos voraces, si los miras fija y atentamente mientras ensanchan por la noche, y ver a lo largo de sus estrechas hebras gatunas hasta el fondo mismo de su hambre.
¿En serio?
Tú escucha. Sencillo no es. Más silenciosa aún que sus pisadas es toda su charla interior; de igual modo, sus corazones hablan a la hierba y al rocío que cae y a la piedra.
¿Qué dicen?
Nada que pueda expresarse con palabras. Pero ya has visto cómo los gatos se agazapan en la hierba y fijan sus ojos en lo que vayan persiguiendo. ¿No has visto cómo les tiembla la boca sin que salga de ella sonido alguno? Quieren que el mundo entero se quede quieto mientras ellos se mueven.
¿Para que la rata no salga corriendo?
Sí, eso es, para que la rata no salga corriendo. También para que no salga volando el pájaro. Para que el saltamontes patilargo le cepille los dientes y que la carpa flote en el agua al alcance de su garra.
¿Qué edad tenía el gato de Skelton cuando pesaba casi lo mismo que un perro?
¿El gato de Mossteller?
El gato de Skelton.
Tenía casi la misma edad que yo entonces.
¿Qué edad era esa?
Puede que catorce.
Pues no era muy viejo. El mío tenía veintinueve.
¿De verdad? ¿Tan viejo?
Bueno, veintinueve o treinta y tres.
Es lo más viejo que he oído jamás.
Lo sabía.
Pero vivió demasiado y se puso demasiado gordo.
¿Qué le pasó?
Eso tiene su historia.
Lo sabía.
Sé que lo sabías.
Cuéntame la historia, entonces. Me gustan los gatos, al menos los mansos, los que no arañan.
Este no era un gato manso, chico. No señor. Tenía el pelaje de cuero, y en lo de arañar, caray, era capaz de dejar su marca en un ladrillo igual que Guy, bueno, igual que hace surcos un rastrillo en la tierra primaveral.
Caray. Lo sabía.
Sé que lo sabías.
Por favor, cuéntame la historia entonces, si tenía cuero por pelaje, caray. Eso me gusta. Me gustan las historias sobre Kick Skelton.
¿Te he hablado yo de Kick Skelton? Él es el hombre que se hizo pedazos.
Claro que lo hiciste.
No lo hice.
Sí que lo hiciste, ¿su gato salía a cazar con él igual que hacía su perro?
Tú espera. Como he dicho, el gato de Kick vivía junto a la estación. Vivía cerca durante la primavera y el otoño y el verano como viven las aves cerca de sus nidos. Supongo que también como las ratas cerca de la basura, pues eso hacían. Quizás el gato de Kick no vivía junto a la estación en absoluto. Quizás, como el vertedero no estaba lejos, y las ratas se quedaron a vivir cerca del vertedero, el gato de Kick se quedó a vivir cerca de las ratas y la estación estaba allí solo por casualidad. Nunca estuve seguro. Eso hizo, en cualquier caso, aunque nunca estaba en ningún sitio en particular, cuando mirabas. Pero todo era suyo y nunca andaba lejos. Si algo extraño ocurría: si dos cosas diferentes hacían ruido a la vez, o si alguien se reía de un modo que nunca antes había oído, o hacía crujir un par de botas nuevas o algún movimiento raro, como Able Hugo que a veces solía dar saltitos en el aire, por pura diversión; cada vez que sucedía lo más nimio fuera de lo normal, pues él estaba terriblemente en contra de eso, salía a mirar, y a todos los trenes. Cuando un tren venía con retraso él se sentaba en el balasto y se quedaba mirando las vías y daba coletazos hasta que sonaba el silbato. Aun así seguía allí sentado hasta que el tren se le echaba encima y en el último segundo, con la lentitud y la pereza que se le antojara, se daba la vuelta y se iba.
Caramba.
En invierno a menudo dormía en la estación. Sabía al centímetro a qué distancia dormir del fogón. Sabía dónde escupía todo el mundo y dónde nos sacudíamos a pisotones la nieve de las botas, haciendo retemblar el suelo, y de dónde venían las rachas de viento, trayendo copos, agitando las tirillas de papel que guardábamos en la leñera. Sabía dónde podía aterrizar el ascua de una pipa o las virutas de un tallista, y calculaba dónde caería y cómo rodaría hasta el rincón, estoy seguro, cada dama cuando el tablero se volcaba, como a menudo sucedía si era Jenkins quien jugaba. Jenkins. Espera, había un tipo… Sin embargo… el gato de Kick lo sabía todo sobre la estación. Sabía dónde caía la mayoría de la luz, y de qué se hablaba, y hacia dónde iba el humo. Me juego lo que sea a que sabía, incluso, cuántos copos revoloteaban hasta el fogón cuando Kick entraba. Se hacía una bola sobre un trozo de lienzo debajo de un banco y se tapaba el hocico con la pata. A veces suspiraba y sorbía en sueños, y a veces roncaba.
No es verdad.
Es un hecho. Si tuviésemos tiempo podría enseñarte dónde arañó varios ladrillos tal como he dicho que era capaz de hacer.
¿En serio?
Claro.
No es verdad.
¿Has visto alguna vez a un gato estirarse? Los gatos saben lo que es vivir.
Lo sé.
En eso los gatos nos dan mil vueltas. Aunque Brackett Omensetter…
Lo sé. ¿Se quedaba allí todo el tiempo, en la estación, me refiero? ¿El gato de Kick?
No dormía allí con la frecuencia suficiente como para decir que vivía allí, ya que algunas veces se quedaba fuera con un tiempo malísimo. En mitad del invierno me encontraba sus huellas en lugares extraños, y en invierno sobre todo mantenía sus hábitos en secreto. Luego te cuento eso.
¿Tenía nombre el gato de Kick?
¿Nombre?
Sí, nombre. Como Isaac, quizás, o Brineydeep.
Santo cielo. Brineydeep.
Si tuviese un gato lo llamaría Brineydeep o Isabel.
Creí que habías dicho que tenías gato.
Solo lo he dicho. Si tuviese un gato sería igual de grande que un poni y tendría el rabo largo. ¿El gato de Kick tenía el rabo largo? El mío lo tendría, y cuando lo tuviera, lo llamaría Bigotes en vez de Brineydeep.
No te sigo.
¿Cómo se llamaba el gato de Kick? La tortuga de Molly se llama Sam, se está muriendo.
Se llamaba el gato de Kick.
Si no tenía nombre podrías buscarle uno. Conozco a un niño al que le borraron el nombre y desapareció para siempre. Casi para siempre. Incluso más tiempo todavía. Acabas capum, ya sabes, ¡capum!
¿Qué le pasó?
Se volvió invisible para que nadie lo viera.
¿Nadie?
Solo los árboles. Cosas así.
¿Quién te ha contado eso?
Un hombre. ¡Capum! ¡Acabas capum!
Un mono.
Puede que un mono. Oye. ¿Cuál era el nombre del gato de Kick?
El gato de Kick.
¿Tal cual?
Tal cual.
¿Por qué?
Pues porque el gato era suyo.
Seguro que lo sabía todo sobre trenes y estaciones.
Lo sabía todo sobre trenes y estaciones.
Seguro que sabía cuándo llegaban los trenes a Chicago, Illinois.
Sabía cuándo los trenes hacían cualquier cosa.
Seguro que era más feroz que nada, como un pavo.
Los pavos no son muy feroces.
Yo tengo pavos. Te gluglutean.
Bueno, el gato de Kick era mucho más feroz.




