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Seguro. Seguro que podía volar.
Pues claro que no podía.
Podía.
No.
Por la noche. Por la noche sí.
Vaya, pero quién conoce al gato, chico, ¿tú o yo?
Cuéntame cómo lo sabía todo sobre trenes y estaciones.
¿Vas a escuchar o vas a hablar?
Quiero que sea una historia larga.
Es una historia larga.
No te dejes nada.
Yo nunca me dejo nada.
¿Es buena y larga? Las buenas historias son largas.
Bueno, así deberían ser, en cualquier caso. Bien, veamos: el gato de Kick lo sabía todo sobre trenes y estaciones. Podía galopar por un raíl como si estuviese de paseo y cruzar brincando las vías sin mover ni una carbonilla del balasto. Se posaba en los caños y se dejaba caer de sopetón en los arcones vacíos para arañar y olisquear la madera de la ciudad. Cuando había un tren parado marchaba por los vagones, con el rabo esponjado y enroscado por encima del lomo, frotándose contra los pasajeros y ronroneando cuando ronroneaba, con un ronroneo bajo y profundo, como el de un tractor. Los pasajeros le daban de comer: cacahuetes y galletitas y caramelos y fruta y a veces el centro de sus sándwiches. El gato de Kick odiaba el pan. Eso te lo tengo que contar. Le venía de la vez en que unos chicos estúpidos lo encerraron en el lavabo cuando el tren se iba. Se llamaban Frank y Ned y Harry y eran unos chicos estúpidos que jugaban a ser bandidos. A esta historia la llamo la historia de la feroz venganza del gato de Kick, o a veces la llamo la historia de los chicos que jugaban a ser bandidos. Depende del final al que llegue.
Caray.
En cualquier caso, el gato de Kick odiaba el pan. Lo lamía hasta dejarlo limpio si traía taquitos de jamón, pero luego enganchaba la rebanada con una garra y la tiraba por debajo del vagón. Se comió el relleno de montones de sándwiches, ahora que caigo.
Los gatos odian la fruta.
El gato de Kick no. No era un gato común, ¿no te lo vengo diciendo?
Yo odio el pan.
Tú no odias el pan.
Que sí.
No lo odias.
El gato de Kick odiaba la leche.
Le encantaba la leche. Le pirraba. Se bebía más de doce litros al día.
No hacía eso.
Puede que más. No sabría decirte.
¿En serio?
Es una costumbre que tienen los gatos. Les tiene que encantar la leche y el pescado y perseguir ratones y pájaros. De lo contrario no son gatos. Es lo que se llama una ley de la naturaleza.
Yo odio el helado.
No lo odias. Pero eso me recuerda al viejo doctor Orcutt.
A la porra los doctores.
Ah, pero Orcutt era especial. Tenía una barba preciosa.
A la porra las barbas. ¿Se llamaba así de verdad?
¿Orcutt? Pues claro. Y puedes apostar a que estaba al tanto. Pero contaba unos chistes maravillosos sobre sí mismo. Señor. Hubo una vez, bueno, es la historia que yo llamo la historia de la amigdalectomía de saldo.
No quiero oírla.
Es divertida.
Si va de amígdalas no es divertida.
Me he acordado por lo de los helados. Piénsalo de ese modo.
Mi gato odia la leche.
Tú no tienes gato y si tuvieras uno no odiaría la leche, y si odiara la leche sería un castor y te partiría en dos de un bocado igual que a un leño.
El gato de Kick pues.
Bien. Era grande y ambarino. Tenía la cara redonda como un barril y los ojos grandes, anchos y circulares.
Jolines. Me tengo que ir. Aquella es mi mamá. Se enfadará un montón si me ve.
Pero ¿y qué pasa con el gato de Kick?
Me tengo que ir.
Pero si no he llegado a la historia. Tampoco has oído lo de la rata. Verás, había una rata gris particularmente grande, grande como una bota tal vez, tal vez más grande, y aquella rata no le tenía miedo a nada.
Caray. Pero me tengo que ir. Me tengo que ir.
Pero la rata. Esa fue la rata que le mordió a Kick en la nariz. ¿Recuerdas? Fue el desafío de la pelea.
Adiós.
Organizaron una pelea entre el gato de Kick y la rata grande como una bota… una carrera y una pelea… entre los vagones, en los muros… bigote contra bigote… duraría hasta la noche. Tendrías que haber oído el modo en que el viento pasaba por entre sus zarpas. Organizan… Así que voy a organizar… Bueno, parecía un chico simpático, uno de esos que nuestros días han perdido. Demasiado joven para la historia de May Cobb. ¿Y cómo se iba a aprender ahora su historia? Imagina crecer en un mundo en el que solo los generales y los genios, solo los imperios y las empresas, tuviesen historias, ni tu pueblo ni tu abuelo, ni tu casa ni Samantha, ninguna de las cosas que amas. No, no he terminado con Bob Stout. Chico, tus propias hojas te impiden ver el tronco. Podría organizar una de piratas. Fuego en Hen Woods. El tío Simon, el sicomoro viejo y nudoso, ardiendo y rompiéndome el corazón. Podría organizarlo. Pero el chico se había ido, arropado por su madre. Aun así lo recuerdo todo. El gato de Kick. Gotitas de leche por toda la mandíbula. Omensetter agitando los brazos en una danza. Tendrían sin duda que servir para algo. No. Un lote raro. No podría ni subastarlas. No obstante, supongamos que se vendieran. ¿Sería capaz él de soportar de nuevo la vida con aquel tiempo apacible, con aquel cielo púrpura y aquella neblina rezagada, las nubes que burlaban al sol, el ocaso que ahondaba los caminos y se tendía en las vías hasta el amanecer? O así parecía entonces, cuando su carne era joven.
La mantequera se vendió. Y la cuna. No vio quién se hizo con ella. Todas las herramientas desaparecieron. La soga. Las conservas. Incluso botellas de soda vacías mates por el polvo. Sam Peach había limpiado la parte de atrás y barrido un lateral. Sofás. Sillas. La fila de señoras estaba vacía. Era por el calor. El cielo era de un azul ausente. ¿Ese tipo era el hijo de Sam Peach? ¿Era posible? Primero, Pike. Veamos. Luego, Meldon, Rush y Furber. En la del Redentor. Después de eso, Huffley, y Peach. Oh, estaba desfasado. Bueno, no se parecían en nada. Faroles. Sombrillas de satén y borlas. Y ahora platos y molinillos de café y tazas. La multitud estaba con él al frente. Parecía más pequeña. Más platos decorados por Lucy Pimber. Molinillos de pimienta. Copas de cristal color arándano. Tazones de cristal tallado. Ropa de cama. Alfombras. Sábanas. Toallas. Colchas. Trapos hechos con ropas viejas. Que perezcan con el propietario. Qué sensato. Samantha. Hermana. Ella vendería hasta los huesos de él. ¿Cuánto sacaría por los huesos?
Israbestis se levantó con esfuerzo. Trepar un árbol tan alto que pudieras ver Columbus desde él, qué maravilla. Fue la suerte de Omensetter. Una historia no, una enfermedad. Él nunca viviría a sus relatos. Henry Pimber también murió de la suerte de Omensetter, de una forma u otra, decían todos. El chico murió de eso, el bebé. ¿Cuánta suerte tuvo él?, ¿cualquier otro?
Ya que me preguntas, ese pastor está loco. ¿Te quieres callar? En aquel jardín, por dios, de acá para allá, de acá para allá, no hace más que caminar.
Bien, le dije al viejo Harris, si usas el corazón de ese modo se te va a parar, dijo el doctor Orcutt, pero si no lo haces se te obstruirá sin más, te mueres igualmente y no tienes ni que esforzarte. El doctor se dio una palmada en el muslo.
Tott, has cerrado tu casa. En efecto, has cerrado tu casa. No te puedes olvidar, y no te atrevas a recordar.
Recuerdo quién decía válgame. En aquel jardín, válgame… Sí. El negrito. Curioso… Omensetter era negro, era marrón, marrón oscuro como una olla de carne en salsa. Israbestis rio entre dientes. Luego Furber, que era negro por sus ropas, pequeño y negro, aunque de piel muy pálida… oh, muy… muy pálida… una luna, dijo alguien, donde antes hubo estrellas.
Al alargar la mano el grifo estaba caliente. Buscó los ladrillos, consciente del sudor. Sus ojos revisaron cada hoyo y cráter. Vio su escupitajo costroso y plano en el polvo y volvió a escupir encima un escupitajo algodonoso. Apartó los tallos de las caléndulas e inspeccionó todos sus pétalos dorados. La fragancia acre le aclaró la nariz. Rebuscó con paciencia por sus hojas. Ahí, junto a su pie en la acera, sobre esos zancos que eran sus patas finas como hilos, se alzaba el guijarro. Israbestis se encorvó y la araña huyó de pronto. La persiguió por la acera con su pulgar, atizando. A punto estuvo de escapar a su alcance, lo cual habría sido una pena, porque ambos estaban solos en el mundo, pero bajó el pulgar y las patas surgieron como rayos en torno a este. Luego se curvaron poco a poco hacia arriba. Capum, acabas capum, dijo Israbestis, sintiendo cómo el cemento le calentaba el pulgar.
Qué está haciendo, señor, matando arañas, dijo una chiquilla. Sí. Matando arañas, susurró Israbestis, levantándose.
Bien. Odio las arañas. Se te suben encima.
Sí.
Son repugnantes.
Sí. Repugnantes, dijo Israbestis Tott.
EL AMOR Y LA PENA DE HENRY PIMBER
1
Brackett Omensetter era un hombre ancho y feliz. Sabía silbar como silba el cardenal rojo en la nieve espesa, o zumbar como zumba el tímido blanco al salir de su refugio, o ser la alondra que ante el cielo sofoca una risita. Conocía la tierra. Metía las manos en el agua. Olía el olor limpio del abeto. Escuchaba a las abejas. Y reía con una risa profunda, fuerte, amplia y feliz siempre que podía, que era a menudo, un buen rato y con alegría.
Le dijo a su mujer: cuando llegue la primavera nos iremos a Gilean en el Ohio. Que es un lugar estupendo para el chico que estás gestando. El aire es puro.
Así pues, cuando la nieve se hundió en silencio en los arroyos; así pues, cuando los lechos de los ríos estaban marrones e imperiosos; cuando el viento rondaba hambriento las ramas desnudas de los árboles y las nubes eran serpentinas; entonces Omensetter dijo: se acerca el momento y hemos de prepararnos.
Lavaron la carreta. Plancharon sus ropas de los domingos. Les trenzaron el pelo a sus hijas. Hicieron todo aquello que no importaba. Les hizo sentir bien.
Cepillaron al perro. Apilaron con esmero la leña sobrante del invierno. Se dieron los unos a los otros una buena cantidad de pellizcos en el trasero. Todo cuanto no importaba y les hacía sentir bien, lo hicieron.
Llovió una semana. Después Omensetter dijo: parece que estamos listos, ¿nos vamos?
Apilaron sus pertenencias en la trasera de la carreta. Las amontonaron, unas encima de otras: flameantes cobertores con pompones y colchas recosidas con retales, orondas bolsas de ropa y sacas de zapatos y labores y un mantel de lino con manchas que los platos siempre ocultaban; dos sillas con peldaños, un taburete y una mecedora Boston, un banco de trabajo de roble bastante duro y elocuente, una mesa de hojas abatibles cuyo tablero tenía caras e iniciales grabadas por alguien que no conocieron jamás; jarras, una vista enmarcada del río Connecticut, unas botas de agua; y en cajas: cucharas de madera y sartenes y las tapas del fogón y paños para mangos de recipientes y cacerolas, una cubertería de hojalata y unos medallones chapados en níquel y un mondadientes, en alguna parte, con un fino baño de oro y una delicada cadena, un grabado a media tinta de san Francisco dando de comer a las ardillas, varias herramientas para moldear el cuero, dos cálices de peltre y trece vasos para la gelatina, siete libros (tres de ellos obras sobre pájaros del reverendo Stanley Cody); una colección de anillos de juguete en latas de tabaco y de collares de arroz enhebrado, piedras ambarinas y figuras diminutas de porcelana y perros y gatos y caballos estampados en metal y dos húsares de plomo con sombreros altos y las armas torcidas cuya pintura roja casi se había desgastado del todo; clavos de diez y veinte centavos, muñecas hechas con cadenetas cosidas de tela rellena, platos pequeños y vasijas enormes, una escarapela de papel, cuatro arañas planas muertas hacía mucho y guardadas debajo de una piedra en el fogón; un serrucho, un martillo, una escuadra, una almádena, otros objetos a los cuales llamaban muñecas pero que eran más bien hierba prensada o piñas o palos con formas extrañas o piedras raras; cualquier clase de caparazón de tortuga, de cascarón de petirrojo o de concha de caracol; y no en cajas: un barril y un arado desmontado, una azada, una pala y un hacha, una mantequera, un balde de madera y una tabla para la colada, y una gran palangana blanca y un gran cántaro blanco y una gran cacerola blanca y esmaltada con la tapadera descascarillada que por las mañanas estaba terriblemente fría; una escopeta y varios arreos y una rueca, una brújula que siempre apuntaba al sudoeste en un estuche de cuero, y flechas para que el chico aún por nacer disparara a las hojas que caen y a los gorriones en otoño. Las apilaron, una encima de la otra, hasta que en la carreta se hizo una torre. A lo alto ataron la cuna. La torre se tambaleó al ponerse en marcha la carreta. Dijeron: igual se cae todo por el camino, pero en realidad no lo pensaban, y no se preocuparon de cubrir nada. Pues claro que va a escampar, dijeron, y así fue. Omensetter enganchó el caballo a la carreta. Se montó con una gran floritura y se dirigió al mundo con los brazos. Todos disfrutaron con aquello. La mujer de Omensetter se subió también. Ella apoyó una mano en su muslo y le estrechó la rodilla. Las hijas de Omensetter ulularon en la trasera. Se acurrucaron debajo de las colchas. Se hicieron una casa en la torre. Todos rezaron por el muñeco de nieve muerto una semana atrás. Entonces Omensetter sofocó una risita, ladró el perro y salieron hacia Gilean en el Ohio donde el aire era puro y bueno para los chicos. Tras ellos dejaron, donde hubieron compartido besos y charlas, el ligero gotear del agua desde los aleros de su último hogar feliz.
Todavía quedaban algunas personas en Gilean cuando llegó Brackett Omensetter. No había llovido, cosa rara, en todo el día. El remolque de George Hatstat se había quedado atascado en el lodo de South Road a pesar de que South Road desaguaba en el río, y Curtis Chamlay se había dado la vuelta en su carreta aquella tarde en la colina occidental, hombre terco que era, tres horas después de que esta empezara a derrapar por los ribazos amarillos. Eso significaba que la colina estaba intransitable dado que la otra ladera estaba por lo general peor. En consecuencia todos quedaron absolutamente maravillados al ver la carreta de Omensetter deslizándose cuesta abajo y remolcar su tambaleante cumbre de muebles y herramientas y ropas hasta el interior del pueblo por detrás de un solo caballo maltrecho. Miraron las colchas sin proteger, las cajas y los zancos, el perro embarrado, la bamboleante cuna atada a lo más alto con asombro desconcertado, pues durante todo el día, en la distancia, cargadas nubes grises habían dejado caer sus aguas en los bosques, e incluso mientras observaban la llegada de la carreta, lejos sobre la colina occidental, a la luz del sol que desde allí brillaba, había una zona de lluvia claramente definida.
Parando tan solo para pedir indicaciones, Omensetter condujo enseguida hasta la herrería, berreando su nombre antes de que la carreta se hubiese detenido del todo y anunciando su oficio con voz enorme y áspera a la vez que se bajaba de un salto, hundiendo tanto sus talones en el suelo blando que por un momento este lo retuvo, dando tumbos, mientras se frotaba la nariz con la parte superior del brazo y Matthew Watson aparecía en el umbral parpadeando y sacudiéndose el mandil. Omensetter corrió a la fragua y se inclinó sobre ella con ansias, alabando la belleza y la calidez del fuego. Se tambaleó mientras se golpeaba una pierna que dijo que le hormigueaba, con la cara roja por las brasas y ondeando su sombra. Mat le preguntó qué asunto le traía. Omensetter gimió y bostezó, desperezándose con tal esfuerzo que le entró un escalofrío. Luego con una callada exclamación se arrimó a Mat y cogió un trozo de cuero del banco de trabajo; con él se envolvió el dedo como con un rizo de pelo; dejó que poco a poco se enderezara. Lo sostuvo con delicadeza en sus enormes manos marrones, frotándolo con el pulgar a la vez que hablaba. Lo hizo con monótona voz de ensueño cuyo flujo interrumpía de vez en cuando para escudriñar los rebordes de la tira que sostenía o para abatirla bruscamente contra su propio muslo, sonriendo ante el sonido del chasquido. Era muy bueno, dijo. Empezaría mañana mismo. En el pueblo no había nadie iniciado en el cuero, y Mat tenía muchísimas cosas que hacer. En efecto, aquello era cierto, pensó él. Ya vería Mat cuánto lo necesitaba. Movía rítmicamente el pulgar. Sus palabras eran felices y confiadas, y si las dudas de Mat suponían algún obstáculo, con serenidad fluyeron en torno a aquellas. Trabajaré muy bien y te puedes permitir sin duda contratarme. Antes de que Omensetter se marchara, Mat le dio el nombre y las señas de un amigo suyo, Henry Pimber, que tenía una casa que quizás le alquilara, ya que estaba vacía y desintegrándose y que se encontraba a la orilla del río igual que una rana.
Henry Pimber sonrió al ver las ropas embarradas de Omensetter, a las niñas apoyadas contra un costado de la carreta, riendo; a él corriendo, al perro ladrando, a la esposa plácida, alejada; si bien tenía en mente más que nada a su propia esposa, ahora callada en la cocina, empeñada en oír. Láminas de agua relucían aún en el camino; murmuraba el cielo; la carreta sin embargo iba sin cubrir, las pertenencias apiladas en una torre; y Henry notó cómo el asombro le movía los hombros. Tres moscas caminaban sin pudor por la mosquitera que los separaba. Los alambres cuadriculaban a Omensetter. A Henry le pareció que estaba gordo y que hablaba con unas manos recias y sumamente bronceadas. Tenía el cinturón apretado pese a llevar tirantes. El pelo negro le caía por la cara y había dejado en el porche restos de barro, pero su voz era musical y dulce como el agua, sus labios húmedos sonreían alrededor de sus palabras, sus ojos destellaban desde la superficie de su habla. Dijo que trabajaba para Watson, arreglando arreos y echando una mano. Henry reparó en que había pintura obstruyendo varias cuadrículas de la mosquitera. Aquel tipo tenía un desgarrón en una de las mangas, y las uñas se le habían amarilleado. Goteaba arcilla de sus botas al porche. La esposa de Henry estaba ya en el recibidor, yendo y viniendo de puntillas. Se sujetaba las faldas. Dijo que se llamaba Brackett Omensetter y que venía de cerca de Windham. Era honrado, según dijo. Moscas tan pronto, pensó Pimber, y el matamoscas en el granero. Pero eran algo en lo que fijar la vista y por un momento lo agradeció. Luego su visión se deslizó más allá de la mosquitera y recibió la herida terrible de la sonrisa de aquel hombre. Le sorprendió su propia debilidad y se dejó caer pesadamente contra la puerta. Tenía un caballo, dijo Omensetter. Tenía un perro, una carreta, una mujer encinta y dos chiquillas. Necesitaban un lugar en el que vivir. Ni grande ni lujoso. Un cuarto para las niñas. Tierra suficiente para un pequeño huerto y alimentar al caballo. Henry quedó a la escucha de lo que decía su esposa y sacudió la cabeza. La mosquitera no era protección alguna –fútiles diagramas de aire–. Cambió el peso de pie y las cuadrículas obstruidas emborronaron la mejilla de Omensetter. El barro le llegaba a los muslos. Colgaba de las ruedas de la carreta y formaba cuajos en la tripa del perro. No tenía los dientes limpios del todo. Henry se dio cuenta de que tenía el mentón pronunciado y la misma solemnidad que Matthew Watson, la misma lentitud y cautela, como él la cabeza llena de gansos imaginarios, reproduciendo en ella continuamente el sonido de una escopeta, y sin embargo Omensetter lo había abrumado al instante, apaciguado sus temores, atendido a sus dudas y reemplazado su acostumbrada suspicacia con una confianza casi negligente; pero haber enviado a Omensetter a verlo de aquel modo no era algo típico de él, ya que Watson sabía muy bien que la antigua casa de los Perkins, que hacía bien poco había heredado Pimber, estaba muy pegada al río y que cada año era presa de las crecidas. Estaba perdiendo la pintura y la maleza no tardaría en hendir el porche. Henry suspiró y tiró de la mosquitera. Había abrumado incluso a Matthew. Matthew, que solo atendía a los fuertes graznidos de los gansos y a su propio martillo, y a quien el fuego de la fragua casi le había calcinado la vista.
Tenía una casa, dijo finalmente Henry. Estaba bajando South Road cerca del río, pero no había pensado en alquilarla tan de sopetón, en una época del año como aquella. Había algunos inconvenientes… Omensetter se abrió de brazos y Pimber, temblando, rio. Lo ve, ya está; cuidaremos de ella y la mantendremos en buena vida. Pimber apretó el puño ante aquella curiosa frase. Su mujer estaba en el recodo de la puerta, sujetándose las faldas, respirando con cautela. Está bajando South Road, eso sí, dijo él, y cerca del río. A todos nos encanta el agua, dijo Omensetter. Lucy y yo le sentamos bien a las casas y pagaremos con prontitud.
¿Habrase visto semejantes botas? Cinco tablones estrechos entre sus pies. Tres moscas ganando de nuevo la mosquitera. Las sombras de las nubes en las cristaleras de agua. El suave frufrú de su esposa. Y aquel hombre orondo hablando, sus manos ondeando. Tiene un botón de la camisa roto. Lamparones bajo los brazos. Sus dedos rechonchos que se aferran al aire como queriendo detenerlo. Es-cushe. Es-cushe. El perro pasa corriendo por debajo de la carreta. Nuestras mujeres se llaman igual, se sorprende diciendo Henry.
Lo ve, ya está, dijo Omensetter, como si sus palabras incluyeran una explicación.
Pimber rio otra vez. Está bajando South Road, iré a por la llave. Al alejarse la oyó crujirse los nudillos. Estaba detrás de él tiesa e inmóvil como un palo, lo sabía. Tampoco le haría gracia que hubiese barro en su porche. Él dijo los días de la semana. Siguiendo la costumbre de su padre. Dijo los meses del año. Luego salió por detrás a por su caballo y se preparó para ponerse al corriente de sus crímenes durante la cena. Cinco tablones entre sus botas. Barro en cada escalón. Le faltaba medio botón. ¿Cuántos en la bragueta? La cara se le quebraba al reír. Dios, se preguntó Henry, santo dios misericordioso, ¿qué me ha entrado de pronto?
Omensetter dejó la carreta fuera toda la noche, y a la mañana siguiente bajó a caballo South Road y sacó del barro el remolque de Hatstat donde el día anterior tres caballos habían patinado, coceado y trastabillado. Luego fue a trabajar tal como dijo que haría, llevándose consigo al pueblo el carro de Hatstat mientras su mujer, sus hijas y el perro metían los objetos de la carreta y limpiaban la casa. Henry se despertó al amanecer. Su mujer estaba feroz. Envuelta en ropa de cama lo encaró como un fantasma. Él se demoró de camino a la casa de los Perkins hasta que oyó los gritos de las niñas. Trató de ayudar y de ocuparse por tanto de cuanto pudo: echó a hurtadillas un vistazo en las cajas y se sentó en las sillas y de habitación en habitación retrocedió disculpándose frente a escobas y mopas y el agua que estas despedían, observando y recordando, hasta que, obedeciendo a un impulso abrumador, pasmado y desconcertado por este, pese a que lo colmara del más delicioso de los placeres, a escondidas se metió en la boca una de las cucharas de latón. Pero este acto acabó por asustarlo, en especial el deleite que le produjo, y no tardó en volver a disculparse por estar en medio, y se marchó.
Hatstat dio las gracias a Omensetter con gentileza, y tanto él como Olus Knox, que, con su caballo, había ayudado a Hatstat el día anterior y se le habían embadurnado de barro las ropas y se le habían inflamado las ingles, más adelante le contaron a los demás cosas estupendas sobre la suerte de Omensetter y, al mismo tiempo, pensaron en las crecidas.
Durante una semana cayó la lluvia y creció el río, agua embistiendo agua, en mitad de la confluencia una fina capa de tierra y aire subía y bajaba. La lluvia golpeó sin pausa el río. Desaguó South Road. Bancos de arcilla pasaban deslizándose en silencio, se formaron charcos; los riachuelos se volvieron arroyos, los arroyos torrentes. Tablones dispuestos para cruzar la calle se hundían y se perdían de vista. Todos llevaban botas hasta las caderas, quienes tenían. Todos se preocuparon por el sur.
No le contaste lo del río, verdad que no, decía ella de repente. Ahora cada vez que Henry estaba en casa su esposa lo seguía en silencio y en venenosa voz baja lo sorprendía con la pregunta. Ella esperaba a que estuviera a la mitad de algo, como rellenarse la pipa o sentarse a leer, a menudo cuando no tenía ni idea de que ella estaba cerca, mientras se afeitaba o se abrochaba los pantalones. No le contaste lo del agua, ¿verdad que no? ¿Cómo te vas a sentir cuando el río suba y tú estés allí abajo en un bote, rescatándolo? ¿O acaso no tienes intención? ¿Es peligroso aquello cuando el río se desborda? ¿No podrías ahogarte?



