El tesoro oculto de los Austrias

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– Sin embargo – continuó el padre Galdeano percibiendo que había ganado a su interlocutora para la causa -, la intención actual de nuestro rey es que el cuerpo de don Juan de Austria permanezca enterrado en los Países Bajos. La intención del monarca, es que sus hazañas y su imagen se vayan difuminando poco a poco para que, con el tiempo, el antaño Jeromín quede finalmente en el olvido.
– Ahora os entiendo – dijo Isabel convencida de la oportunidad que se le presentaba, por una parte para desquitarse del repudio que le infringió el rey, y por otra, para cimentar las bases que en un futuro servirían de apoyo para fundamentar la posición de su hijo -, contad conmigo para todo lo que esté en mi mano.
El prior explicó, cómo el cadáver de don Juan debía entrar en España clandestinamente y con todo sigilo, para evitar que los espías del rey le pusiesen sobre aviso y se fuese toda la operación al traste. Además, si les descubrían las consecuencias serían imprevisibles, podían terminar ajusticiados o cuando menos pasar el resto de sus días pudriéndose en una mazmorra.
– Una vez en España necesito que con los contactos que tenéis, hagáis correr la voz de que unos leales transportan el cuerpo de don Juan de Austria hacia El Escorial. De esta forma, si el rey intenta oponerse se originará una revuelta popular, que nosotros los agustinos, a través de nuestras iglesias, nos encargaremos de fomentar si llegare el caso – manifestó el padre Galdeano mostrando la seguridad de quien tiene todo controlado -. Y cuando llegue el momento de apaciguar la revuelta, nosotros seremos más útiles al rey que sus queridos jerónimos.
– Ya veo que habéis planeado todo perfectamente – dijo Isabel entusiasmada con la idea.
Unos meses más tarde, en una noche de luna llena de la primavera de 1579, un grupo compuesto por seis hombres perfectamente escogidos, con todo sigilo y sin que nadie ajeno a la operación pudiese advertirlo, exhumaron el cuerpo de don Juan de Austria, enterrado en Namur, para su traslado secreto hasta España.
Con el fin de evitar ser descubiertos, el cuerpo se cortó por las articulaciones y fue embalsamado y embalado en bolsas de cuero. El transporte se realizó por tierra para evitar el riesgo de su pérdida en una probable tempestad marina. Ochenta de los incondicionales de Don Juan, que combatieron en sus últimas campañas, custodiaron el cuerpo de su comandante durante todo el trayecto.
Una vez en España se dirigieron directamente al Monasterio de Parraces, donde el cuerpo se recompuso nuevamente y se introdujo en un ataúd. Ahora ya, sin ningún tipo de ocultación, y una vez trasmitida la noticia a todos los rincones de la península, se inició la última etapa de su traslado definitivo hacia El Escorial.
Durante el trayecto, el cortejo fúnebre con el ataúd de Don Juan y sus leales recibió vítores y aplausos de las gentes apostada a los lados del camino. En algunas poblaciones, incluso las autoridades de las mismas recibieron con honores la llegada de la comitiva fúnebre.
– ¿Por qué no he sido informado de la exhumación y traslado a España del cuerpo de mi hermanastro? – requirió un colérico Felipe II.
– Perdonad Majestad – dijo su secretario nervioso -, pero no hemos tenido conocimiento del hecho hasta que ha salido el cadáver del Monasterio de Parraces.
– ¡Alguien perteneciente al círculo más íntimo de don Juan ha tenido que organizar toda la operación, y quiero saber quien ha sido! – exigió el rey sin disimular su enfado.
– Me temo Majestad que no existe una cabeza pensante – expresó titubeante uno de sus ministros -, sino que todo se debe a una reacción en masa protagonizada por los leales de don Juan, que como sabéis no son pocos.
– Y ahora, ¿qué actitud debe adoptar el rey? – preguntó Felipe II dirigiendo una mirada inquisitoria a todos sus consejeros.
Ninguno de ellos se atrevía a sugerir nada al respecto, hasta que el sabio prior de los jerónimos tomó la palabra.
– Creo que lo más sensato e inteligente en estos momentos, es que recibáis el cuerpo de vuestro hermanastro y preparéis un entierro en este monasterio. Y os sugiero humildemente que se haga con todos lo honores que merece un miembro de la Casa de Austria, héroe de la batalla de Lepanto y de los Tercios de Flandes.
– ¿Estáis insinuando que encumbremos aun más su figura después de muerto?
– Exactamente eso es lo que os aconsejo – insistió el monje mientras el resto de consejeros permanecían en silencio en un segundo plano.
– ¡Y qué gano yo con ello! – rugió el monarca.
– Tened en cuenta – continuó el prior con toda la calma propia de su condición – que existe un clamor popular a favor de la figura de don Juan como si de un mártir se tratase. Con un entierro honorable, vos mismo os pondrías al frente de ese clamor ganando para vuestra causa a todo el pueblo.
A regañadientes, el rey aceptó el sabio consejo del prior de los jerónimos, lo cual dejó sin efecto la estratagema del prior de los agustinos para encender la mecha de la esperada revuelta popular.
– Parece que vuestro plan finalmente no se ha desarrollado como esperabais – dijo Isabel al padre Galdeano con cierto aire de frustración.
– Estoy seguro que esa decisión, de no oponerse a la llegada de Don Juan, no se le ha ocurrido al rey. La mente astuta de ese viejo monje jerónimo, ha vislumbrado lo que se podía originar y ha salvado nuevamente a su rey.
Sin más controversias, el 24 de mayo de 1579 don Juan de Austria era enterrado en el Monasterio de El Escorial con los máximos honores.
Aun así, Isabel por su parte quedó bastante satisfecha por la forma en que se habían desarrollado los acontecimientos. Pensaba, que ése era sin duda un hito más para que su hijo Álvaro recibiera algún día, el mismo grado de reconocimiento que había recibido don Juan de Austria. Con ello, tarde o temprano, se convertiría en el infante Álvaro de Austria. Ello, sin embargo, no hizo que en Isabel se aplacase el odio que sentía hacia el monarca y sus queridos jerónimos.
Felipe II sufrió otro duro golpe un año más tarde en 1580. Encontrándose batallando en la guerra en Portugal, recibió la noticia de la muerte de su querida reina Ana. Se produjo en Extremadura debido a una epidemia, y el rey no pudo siquiera asistir a las ceremonias del sepelio, al tener que mantenerse al frente de su ejército. Por otra parte, aunque no sirvió de consuelo para el monarca, resolvió con relativa rapidez el problema portugués obteniendo una victoria contundente sin apenas sufrir bajas en su ejército.
El príncipe Felipe III tenía tan solo 2 años de edad cuando murió la reina Ana, por lo que Isabel deseaba y esperaba que el niño corriese la misma suerte que su madre. De momento había desaparecido la mujer que a lo largo de diez años había sido la causa del distanciamiento del rey, tanto de ella como de su hijo, así como de su expulsión del Parque de la Fresneda. Por ello, a pesar del intenso odio interior que sentía, Isabel volvió a albergar esperanzas de conseguir un nuevo acercamiento al monarca.
Con estos pensamientos en mente, decidió que la única forma era desplazándose a El Escorial. A través del padre Guillermo Galdeano consiguió que los agustinos adquiriesen una casa en las inmediaciones del monasterio, donde ella y su hijo, que estaba en plena adolescencia, pasarían inadvertidos. Así, una vez que la primavera dio paso a los calores del verano, se desplazaron desde la capital hasta el clima más saludable de la Sierra del Guadarrama.
– Padre Guillermo – dijo Isabel una vez instalada en la casa escurialense de los agustinos -, podéis contar con que si consigo reconstruir mi relación con el rey hablaré a favor de vuestra orden.
– Eso espero señora – dijo el prior complacido -, pero no se como conseguiréis acercaros al monarca. Recordad que cuando volvió de la campaña portuguesa, le pedisteis audiencia para trasmitirle vuestras condolencias por el fallecimiento de la reina y sin embargo no accedió. Así que, os será muy difícil penetrar en la fortaleza que suponen los muros del monasterio.
– Lo sé – convino Isabel -, pero no pretendo traspasar esos muros, y por eso e indagado sobre las costumbres del rey extramuros del monasterio.
– ¿Habéis averiguado algo que os pueda ser de utilidad? – preguntó interesado el prior agustino.
Isabel explicó como había llegado a saber que en vida de la reina Ana, Felipe II tenía por costumbre desplazarse hasta una roca situada hacia el sur, a unos tres kilómetros del monasterio, que resultó ser un mirador privilegiado desde donde el rey podía divisar con una amplia panorámica el desarrollo de las obras.
– El pico de la roca fue cortado para obtener una base plana – siguió explicando Isabel tal y como se lo habían trasmitido a ella misma -, excepto en sus dos extremos norte y sur, donde fueron labradas en la roca una y tres sillas respectivamente. En las tres que están enfrentadas a la fachada sur del monasterio se sentaban el rey, la reina y un infante, mientras que en la de enfrente se sentaba el arquitecto Juan de Herrera para dar al monarca las explicaciones oportunas.
– Eso era en vida de la reina – apuntó el padre Galdeano -, pero quizás tras su muerte, el rey no haya vuelto a ese lugar.
– Ya me he informado de ello – dijo Isabel triunfante – y parece ser, que las visitas del monarca a ese lugar, que ya es conocido como “Silla de Felipe II”, son cada vez más frecuentes.
Con su plan perfectamente trazado, Isabel y Álvaro, acompañados por el prior agustino, se desplazaron una calurosa tarde de verano hacia la Silla de Felipe II. Al llegar al lugar, ascendieron hasta el promontorio formado en la parte más alta a través de unos escalones labrados en la propia roca para facilitar su acceso. Una vez en lo alto quedaron maravillados ante la panorámica que se desplegaba frente ellos, resaltada aun más al tener el sol de poniente que se proyectaba como un foco sobre el bosque, que tenían a sus pies, y el colosal edificio de granito que como un gigante resaltaba sobre lo diminutas que a su lado parecían las casas de la población escurialense.
– Ven Álvaro – reclamó Isabel -, siéntate aquí, que es donde se sientan los hijos del rey, yo me sentaré donde solía sentarse la reina, y usted padre Guillermo haga las veces de rey sentándose entre nosotros dos.
El prior se sonrojó ante la propuesta de Isabel y declinó su ofrecimiento desplazándose hasta la silla que supuestamente ocupaba el arquitecto principal del monasterio.
Durante ese verano, repitieron la misma excursión varias veces. Con ello buscaban la coincidencia con el rey, aunque sin éxito alguno. No obstante, no cejaron en su empeño, entre otras razones porque la excursión en esa época del año era por sí misma muy saludable. Teniendo en cuenta la belleza de las vistas que se disfrutaban desde el mirador real, lo tomaban como un regalo del cielo.
Cuando ya no albergaban ninguna esperanza, un día en que los calores del verano resultaban sofocantes, los tres excursionistas habituales intentando llegar a la Silla de Felipe II, se encontraron con que el monarca ya se estaba allí con Juan de Herrera. Sin embargo, la guardia real no permitía el acceso al lugar hasta que el rey concluyese su visita.
Finalmente, el monarca se retiró hacia el monasterio totalmente escoltado, sin posibilidad alguna de que nadie se aproximase al cortejo real. A partir de ese día, Isabel fue consciente de que ella por si misma no podría acceder al monarca. Por consiguiente, tendría que esperar hasta que Álvaro alcanzase los 18 años de edad, para que fuese él quien accediese al soberano.
La falta de éxito para restaurar su relación con el rey no fue óbice para que año tras año, todos los veranos Isabel y Álvaro se desplazaran hasta El Escorial para alojarse en la misma casa que allí tenían los agustinos. Buscaban el frescor de la sierra y siguieron siendo fieles a sus reiteradas excursiones a la Silla de Felipe II.
Desde la privilegiada situación que les proporcionaba la vista que tenían frente a ellos sentados en los asientos de piedra, se deleitaban con la maravilla que suponía, tanto la obra del monasterio que estaba concluyéndose, como el entorno natural que la rodeaba.
Al igual que madre e hijo, numerosas familias de distinta alcurnia y abolengo, acudían asiduamente al robledal que rodeaba la peña donde se encontraba la ya famosa silla, donde no faltaban las fuentes de agua fresca para aliviar la sed que provocaba el calor del verano. Algunas marquesas y condesas, iban acompañadas de sus hijos, otras de sus amigas o damas de compañía, y todas ellas con la correspondiente calesa con su cochero y algún que otro lacayo.
También eran frecuentes por esos parajes los encuentros furtivos de enamorados, que aprovechaban la clandestinidad que proporcionaban algunas rocas o la espesura de los árboles del bosque, para dar rienda suelta a sus pasiones sin la mirada vigilante e inquisitiva de la madre o aya correspondiente.
Por su parte, desde la pérdida de la reina Ana, al monarca le invadió una tristeza que le acompañó hasta el final de sus días. Desde ese momento, siempre se vio al rey enfundado en vestimentas de color negro, y ese atuendo le acompañó durante el resto de su vida.
Aunque su cuarta esposa murió cuando él sólo tenía 53 años, no volvió a casarse y se dedicó en cuerpo y alma a la terminación de su gran obra en El Escorial.
En 1583 se concluyó la Biblioteca, la cual albergó numerosos volúmenes, algunos de ellos censurados por la Inquisición, que se venían acumulando en sus almacenes desde varios años atrás. Anteriormente en 1573 el rey había convocado al médico de origen musulmán, Alonso del Castillo, para que le ayudase a catalogar la colección de libros de El Escorial y elaborase medicamentos de origen árabe. Tres años más tarde, en 1576, Felipe II nombró primer bibliotecario de El Escorial a Benito Arias Montano, quien ya había hecho méritos en 1570, cuando siendo asesor del rey en los Países Bajos ideó un sistema de censura que permitía expurgar textos de los libros sospechosos. De esta forma, una obra podía circular sin tener que censurarse por completo, lo cual el monarca recomendó a la Inquisición para que lo adoptase. Así, el hecho de que un libro no obtuviera aprobación, no implicaría necesariamente que fuera destruido.
Un año después de terminarse la Biblioteca, se concluyó la Basílica y se puso la última piedra del monasterio, concretamente el 13 de septiembre de 1584, algo más de veintiún años transcurridos desde la colocación de la primera. Al año siguiente, se terminaron los aposentos permanentes de Felipe II y el prior del monasterio informó al rey que el inquisidor general, Gaspar Quiroga, había dado su beneplácito para que se quedaran en la Biblioteca numerosos libros prohibidos adquiridos por el monarca.
Los años siguientes transcurrieron sin sobresaltos dignos de mención tanto para Felipe II, que había adoptado el Monasterio de El Escorial como su residencia permanente, como para Isabel Osorio que seguía residiendo en Madrid cerca del convento de los agustinos.
Ella seguía manteniendo muy buena relación con la orden agustiniana, en particular con el prior, que ya no era el padre Guillermo Galdeano por haber fallecido recientemente. Como nuevo prior de la orden agustiniana, había sido nombrado el padre Demetrio Ulloa, quien sentía la misma animadversión por los monjes jerónimos que su antecesor.
En 1586, Álvaro se había desarrollado físicamente alcanzando la apariencia de un auténtico hombre por lo que, impulsado por su madre, decidió visitar al rey para planear su futuro. El monarca no pudo recibirle porque tres meses antes, concretamente en mayo, había sufrido un ataque agudo de gota que duró más de dos meses y no le permitió ocuparse de sus asuntos con normalidad, por lo que había muchos problemas acumulados que requerían su atención inmediata.
Isabel interpretó la negativa del monarca como un nuevo desprecio, pensando que la enfermedad de gota era una nueva excusa para no cumplir con sus obligaciones como padre natural, por lo que instigó a Álvaro para que lo intentase nuevamente.
– Hijo mío, no olvides nunca que por tus venas no sólo corre la sangre de los Osorio, sino también la de los Austrias.
– No lo olvido madre – respondió Álvaro con cierto hartazgo -, me lo recordáis a diario.
Dos semanas más tarde volvió Álvaro Osorio a El Escorial tras haber solicitado una nueva audiencia al rey. Esta vez, la enfermedad de gota que padecía el monarca, le había dado una tregua y por tanto estaba de mejor humor y salud.
En lugar de celebrar una audiencia cargada de protocolo en los aposentos reales, padre e hijo se dedicaron a tener una conversación más distendida, mientras paseaban por el jardín de los frailes que se encontraba al pie de la fachada sur del monasterio.
Recorrieron las calles trazadas entre las plantaciones atendidas por numerosos jardineros. Durante el paseo, el rey se interesó por la salud de Isabel y le reconfortó saber, por boca de Álvaro, que su madre disfrutaba de una salud excelente y aun conservaba parte de la belleza de antaño.
Después, el soberano preguntó a su hijo sobre la formación que había recibido de los agustinos hasta ese momento. Álvaro hizo una descripción pormenorizada de todas las materias en las que había recibido una instrucción tan precisa como profusa.
A continuación, y tras mostrar su conformidad con lo que su hijo le había referido, Felipe II recomendó a su hijo que se enrolase en el ejército. Ello, lo consideraba el monarca imprescindible para completar la formación del joven, pero advirtiéndole que para ello debía contar con el beneplácito de su madre.
Al escuchar Isabel lo que su hijo le transmitió sobre las ideas que el rey tenía en relación con su futuro, montó en cólera lanzando improperios contra el soberano.
– Es increíble que quiera enviar a su propio hijo al ejército, sin tener experiencia alguna, para que muera en el frente de batalla – dijo Isabel totalmente fuera de sí, ante la preocupación de Álvaro que no esperaba semejante reacción por parte de ella.
– Madre, no creo que sea tan grave – replicó Álvaro que no estaba en absoluto de acuerdo con su madre -, creo que el ejército es la forma más rápida y directa de labrarme un futuro de éxito, y si no, mirad lo que hizo don Juan de Austria.
– Por eso precisamente – insistió Isabel -, recuerda que don Juan murió con tan solo 32 años de edad. No hablaremos más de este asunto, mi decisión es firme y no irás al ejército.
Todo ello supuso un distanciamiento aun mayor entre el monarca y los Osorio, Isabel y su hijo, por lo que Álvaro no volvería a encontrarse con su padre hasta el año 1588.
CAPITULO II
LA HERMANDAD DE LOS CUSTODIOS DEL TESORO – AÑO 1588
En 1588, cuatro años después de haberse colocado la última piedra del Monasterio de El Escorial, Felipe II, estando convencido de contar con el favor divino, tomó la decisión de emprender una nueva gran empresa, para la cual contaba con que su hijo bastardo Álvaro adquiriese un papel relevante. Por tal motivo organizó una jornada de caza en los terrenos que la realeza tenía reservados para esos menesteres, muy próximos al Parque de La Fresneda, a la que invitó especialmente a Álvaro Osorio de Cáceres y por su puesto a su madre Isabel.
Los cazadores, acompañados por ojeadores, lacayos y una jauría de perros, se adentraron en la espesura del bosque que, en aquel entonces, constituía la zona cinegética más importante de las heredades de su Majestad. Mientras Isabel, con la compañía de una sirvienta se acomodó en un pequeño torreón, conocido como el Mirador de la Reina. Tal edificación, tenía como función permitir la observación visual del entorno, ya que se trataba de una torre cuadrada asentada sobre una roca, dotada de altura suficiente sobre el espeso bosque para convertirse en un punto de observación inmejorable.
La torre construida sobre una roca, estaba cubierta a cuatro aguas con un chapitel de pizarra, contando con las respectivas ventanas en tres de sus lados y la puerta de acceso en el cuarto. Se accedía a través de una escalera tallada en la roca berroqueña que servía de promontorio al mirador. Isabel se dedicó, desde el interior de la torre, a seguir los pormenores de la cacería, gozando al mismo tiempo de una vista privilegiada del Monasterio de El Escorial.
La mañana transcurría sin sobresalto alguno y en el silencio más absoluto, por lo que Isabel pensaba que tendría que armarse de paciencia para soportar una jornada en la que imperarían el tedio y el aburrimiento.
Sin embargo, en un momento dado y procedente del interior del bosque, retumbó el sonido de un disparo de arcabuz. El suceso tuvo lugar junto al conocido canto de El Castejón, y el disparo fue realizado por el príncipe Felipe III, razón por la cual su padre ordeno tallar en la roca del mencionado canto la siguiente inscripción: “En 1588 á 22 de abril tiró a esta peña el primer arcabuzazo el príncipe D. Felipe III de este nombre, siendo de edad de 10 años y 6 días en presencia de la Majestad del rey N. Sr., su padre, y de la Serma. Infanta Doña Isabel, su hermana”.
Después de una exitosa jornada de caza, en la que se cobraron distintas piezas entre las que, además de numerosos conejos y liebres, destacaban un venado de seis puntas y tres jabalís, el rey se dirigió al encuentro de Isabel Osorio de Cáceres. La dama esperaba en el Mirador de la Reina y nada más llegar el rey al pie de la escalinata de acceso al promontorio, Isabel descendió por la misma sin saber exactamente lo que el monarca querría de ella.
El odio que sentía hacia el que había sido su amante no había disminuido con el transcurso del tiempo. Muy al contrario, se había convertido en una obsesión el hecho de desear al monarca todos los males posibles. No obstante, teniendo en cuenta que por el bien de su hijo haría cualquier sacrificio, no descartaba la esperanza de retomar las relaciones de antaño.
Tal esperanza, no era baladí, ya que para nadie en la corte era ajeno que habían transcurrido prácticamente ocho años desde la muerte de la reina Ana. Sin embargo, en todo ese tiempo, al soberano no se le habían conocido relaciones con dama alguna, susceptible de convertirse en la nueva reina. Muy al contrario, pareciere que Felipe II guardaría en su corazón luto eterno a la reina Ana, independientemente de mantener el negro como color predominante en su vestuario por ser la etiqueta de la Corte. No obstante, Isabel reprimiendo su odio y tratando de fingir lo máximo posible, no dudó en mostrarse amable y solícita, para intentar ocupar nuevamente el corazón del rey.
– Majestad – comenzó Isabel al terminar de descender haciendo una reverencia ante el monarca -, veo que aun conserváis el atractivo porte con el que conquistasteis mi corazón, el cual a pesar del tiempo transcurrido no ha dejado de perteneceros. No tengáis duda alguna sobre que mi destino está unido a lo que tengáis a bien disponer.
– Os agradezco el cumplido señora, pero tanto mi cuerpo como mi alma murieron en lo tocante al amor el mismo día que desapareció de este mundo la reina Ana – respondió Felipe II sin acritud, pero aceptando su condición física debido a su avanzada edad y al continuo tormento al que le sometía la enfermedad de gota que padecía.
– Entonces – dijo una Isabel ofendida por sentirse rechazada por un viejo con quien lo último que deseaba era compartir nuevamente cama -, ¿para qué me habéis hecho venir?
A continuación, el rey manifestó que la razón de la convocatoria no era otra, que proponerle nuevamente la posibilidad de la participación de Álvaro en una gran hazaña bélica que tenía entre manos, ya que para ello estaba construyendo una potente armada naval, que sería conocida en todo el orbe como la “Grande y Felicísima Armada”, y quería que su hijo formase parte de ella.
– Perdonad Majestad – dijo Isabel sin ocultar su enojo -, pero ya sabéis que no estoy dispuesta a perder a mi único hijo en el campo de batalla y menos aun si la batalla se desarrolla en el mar, donde si algo le ocurriese, nadie sería capaz de recuperar su cuerpo para darle, siquiera, cristiana sepultura.
Tras su contundente respuesta, la mujer hizo una nueva reverencia ante el monarca y se retiró sin más. El rey por su parte y a pesar del desaire de la dama, no lo tomó en cuenta olvidando cualquier tipo de represalia. Sin embargo, en su interior lamentó profundamente que su hijo varón de mayor edad no fuese partícipe de la gran empresa que se disponía acometer.



