El tesoro oculto de los Austrias

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Esa gran empresa no había sido necesaria anteriormente, ya que desde la Batalla de Lepanto en 1571, la supremacía naval del Imperio Español fue incuestionable durante años. Sólo era perturbada ocasionalmente, por los intermitentes aguijonazos que los piratas ingleses intentaban infligir a las flotas, cuando éstas regresaban a España con los tesoros procedentes de las colonias en América. No obstante, con el tiempo, la actividad pirata fue incrementándose hasta tal punto, que los continuos ataques de Francis Drake y el apoyo de Isabel I a los rebeldes de los Países Bajos, empujaron a Felipe II a tomar la decisión de invadir Inglaterra.
Don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, que era el mayor experto naval del Imperio y Alejandro Farnesio que comandaba por aquel entonces los Tercios de Flandes, presentaron al rey el plan de invasión de la isla con 30.000 hombres de Farnesio, que debían cruzar el Canal de la Mancha en barcazas custodiadas por la Gran Armada.
Desafortunadamente, unas fiebres tifoideas acabaron inesperadamente con la vida del marqués de Santa Cruz, por lo que tuvo que ser sustituido apresuradamente como comandante de la Gran Armada por Alonso Pérez de Guzmán, duque de Medina Sidonia. El nuevo comandante, pese a haber demostrado una gran eficiencia en tierra y contar con amplios conocimientos teóricos en materia naval, carecía de la experiencia suficiente para liderar la gran cruzada que su rey pretendía.
El duque, consciente de sus limitaciones, solicitó varias veces ser relevado de la misión que le había sido encomendada. Sin embargo, otras tantas veces, su solicitud no fue acogida por el rey. Por consiguiente, el 20 de mayo de 1588, tuvo que hacerse a la mar desde el puerto de Lisboa al frente de una armada compuesta por 127 navíos.
Destacaban el San Martín (48 cañones), buque insignia en el que navegaba Alonso Pérez de Guzmán y el San Joao (50 cañones), ambos de la escuadra portuguesa; el Santa Ana (30 cañones) capitaneado por Juan Martínez Recalde, que ya había escoltado con éxito tres flotas de Indias y había rescatado un galeón repleto de oro de la isla de Madeira, el Gran Grin (28 cañones) y el Santiago (25 cañones), todos ellos pertenecientes a la escuadra de Vizcaya; el San Cristóbal (36 cañones) comandado por Diego Flores Valdés, actuando como segundo en la Armada y sustituto en caso de fallecimiento del duque de Medina Sidonia y el San Juan Bautista (24 cañones), que con otros 14 barcos también de 24 cañones y otro más de 12, componían la escuadra castellana.
Desde el día que el rey tuvo conocimiento de que la Gran Armada había partido hacia su destino, todos los días se arrodillaba en el reclinatorio de sus aposentos para orar, y solicitar al Omnipotente la ayuda Divina necesaria para que la misión culminase con éxito.
La primavera llegó a su fin sin que se hubiese recibido noticia alguna sobre la operación de asalto a Inglaterra. El verano fue transcurriendo bajo un calor sofocante que, en cierto modo, en el interior del monasterio se hacía más soportable debido a que los gruesos muros con los que estaba construido mitigaban las variaciones de temperatura que se producían en el exterior del mismo.
Sólo a mediados de septiembre llegaron informes fiables a El Escorial. Y fueron los ministros del rey, Juan Idiáquez y Cristóbal Moura, quienes anunciaron a Felipe II que el mensajero traía malas nuevas que el monarca debía escuchar sin demora.
El mensajero relató, como las dificultades comenzaron desde que la Gran Armada tuvo que recalar en el puerto de La Coruña para aprovisionarse de agua y alimentos, ya que debido al estado de la mar tuvieron que permanecer allí anclados durante varios días.
– Continuad – insistió el monarca con cierta impaciencia.
– Finalmente – continuó el mensajero, no sin cierta desazón y temor ante la reacción del rey -, el 21 de julio decidieron hacerse a la mar y sufrieron los embates de un primer temporal que provocó la dispersión de la flota. Tuvieron que esperar varios días para reagruparse frente al golfo de Vizcaya, desde donde se dirigieron directamente con viento a favor hacia el Canal de la Mancha.
– Decid de una vez que ocurrió – apremió nuevamente Felipe II.
– Tras un primer enfrentamiento a la altura de Calais y otro a continuación frente a Gravelinas, los navíos ingleses consiguieron dispersar la flota española – el mensajero hizo una pequeña pausa viendo como su rey se tapaba la cara con sus dos manos, hasta que con la mano derecha hizo un gesto para indicar que continuase -. Los vientos se encargaron del resto impulsando a los españoles hacia el norte, e imposibilitando su vuelta hacia el Canal para escoltar y avituallar a los hombres de Farnesio.
Mientras la tragedia empezaba a tomar forma en la mente del monarca, el mensajero continuó su relato describiendo cómo los barcos españoles tuvieron que bordear por el norte las islas británicas, y explicando como nuevas tormentas a la altura de Escocia e Irlanda completaron el desastre. Aun así 67 embarcaciones, poco más de la mitad de las que habían partido, consiguieron regresar al puerto de Santander.
El Rey, después de escuchar el mensaje totalmente apesadumbrado, permaneció desde entonces encerrado en sus aposentos en completa soledad. Repentinamente, y habiendo transcurridos siete días desde su aislamiento, citó de urgencia al prior de los Jerónimos.
– ¿Que os ocurre Majestad? – preguntó el prior con cierto aire de preocupación- ¿Acaso necesitáis confesión?
– Algo parecido, ya que en realidad he pecado de soberbio al pensar que podría dominar el mundo entero. Y ello, ha provocado que el castigo divino haya caído sobre la que consideraba mi Armada Invencible.
– No debéis atormentaros por ello. Los designios del Señor son inescrutables y no sabemos a ciencia cierta porque ha sucedido esa tragedia. Quizás simplemente quiera hacernos ver que, por grandes y poderosos que sean los hombres, somos muy pequeños frente a su poder.
– Tenéis razón – dijo el rey haciendo ver que ya había superado el tormento -. Os he llamado porque quiero que seáis testigo del agradecimiento que tengo a Nuestro Señor, ya que también es grande su misericordia, pues de otra forma no habrían regresado a puerto más de la mitad de los navíos.
A continuación y estando a solas, realizaron juntos una plegaria en la que el soberano agradecía al Ser Supremo el regreso de los supervivientes.
Después hizo una especie de juramento, por el que se comprometía a que los barcos de la escuadra castellana, que aun se mantuvieran a flote, junto con sus respectivas tripulaciones, se dedicarían a reunir el mayor tesoro que jamás hubieran visto los ojos del hombre.
Era su deseo, que semejante tesoro, fuera ocultado convenientemente y dedicado en exclusiva como ofrenda a Dios Nuestro Señor, de tal forma que nunca fuese destinado a sufragar guerras entre los hombres, pudiendo ser usado exclusivamente en alguna causa que fuese lo suficientemente digna a los ojos del Altísimo.
A continuación Felipe II transmitió en privado al prior de los Jerónimos un escrito con su real voluntad:
“Hoy primer día del mes de octubre del año 1588 de Nuestro Señor, he decidido que todos los hombres que hayan conservado la vida en los barcos pertenecientes a la escuadra castellana de la Gran Armada y los que sea menester reclutar para completar las tripulaciones de los navíos que hayan sufrido merma, dediquen sus esfuerzos a transportar desde nuestras minas en las colonias de Indias tanto oro y tesoros como sean capaces de acopiar en sus bodegas y sea entregado a la Orden de los Jerónimos en El Escorial para su custodia. De todos estos tesoros una parte será dedicada a las pagas y mantenimiento de la flota, así como al socorro de las viudas y huérfanos de los que perecieron frente a las costas inglesas. Los barcos que llegaren con el oro estarán exentos del control de los registradores del Reino y no arribarán por la bahía de Cádiz y San Lúcar de Barrameda para remontar el Guadalquivir hasta el puerto de Sevilla como viene siendo costumbre obligada, sino que recalarán en distintos puertos del Cantábrico y desde allá se transportará la carga hasta El Escorial sin que quede registro alguno de ello. Vos padre prior junto con once de vuestros frailes en los que mayor confianza tengáis, constituiréis una hermandad secreta encargada de custodiar el tesoro y darle un uso digno, si alguna causa fuere merecedora de ello. Todos los integrantes de la Hermandad de los Custodios del Tesoro deberán previamente juramentar el voto de mantener bajo secreto el paradero del tesoro, y no transmitirán fuera de la hermandad información alguna sobre la existencia del mismo.”
Después de esa declaración privada, el rey ordenó que le trajeran papel, pluma y el sello real para de su propio puño y letra, expedir diversas cédulas reales, que entregó al prior, para que cualquier militar o civil bajo el imperio de Su Majestad se pusiera a disposición de la Orden de los Jerónimos en lo que por estos monjes fuere menester. En otra de las misivas dirigida al comandante de la escuadra castellana, instruía a éste para que sin pérdida de tiempo se dirigiese a las Indias atendiendo en ello los detalles e indicaciones que le fueren transmitidos por los frailes jerónimos.
El prior se reunió en cónclave secreto con once frailes elegidos por su lealtad, inteligencia y condición física. Todos ellos juraron mantener el secreto de la misión que se les iba a encomendar antes de que su prior les revelara el contenido de la misma. La constitución de la Hermandad de los Custodios del Tesoro se celebró en los sótanos del Monasterio de El Escorial, a los que la docena de frailes accedió por una entrada secreta situada bajo la esquina suroccidental del magno edificio.
Aquel lugar, apenas iluminado por cuatro teas de resina, era fresco y ligeramente húmedo, encontrándose adosadas en tres de las cuatro paredes del habitáculo enormes tinajas, conteniendo las correspondientes a dos de los lados vino y las del tercero aceite. El muro libre de tinajas estaba ocupado por diferentes estanques largos y estrechos con distintas alturas decrecientes para facilitar el discurrir de agua de unos a otros y así facilitar su renovación, ya que funcionaban como piscifactoría para la cría de truchas.
En ese ambiente lúgubre donde el silencio dominante era suavemente alterado sólo por el murmullo del agua pasando de unos estanques a otros, los doce frailes allí congregados, hicieron uno a uno voto de silencio hacia el exterior de la hermandad en todo lo referente al objeto de la misma.
Acababa de terminar su juramento el último monje, cuando un escalofriante sonido de ultratumba proveniente de las entrañas de la tierra, hizo que los doce hombres se sobrecogieran sin saber que hacer ni que decir.
Cuando el sonido desapareció para dar paso a un silencio sepulcral, uno de los once elegidos se dirigió al prior.
– ¿Que ha sido eso?
– Parecía como una mezcla de rugido y lamento de un monstruo encerrado – dijo otro al que le temblaba la voz.
– El voto de silencio que acabáis de profesar – respondió el prior -, debe hacerse extensivo al sonido que habéis escuchado y al relato del que a continuación os haré partícipes.
Los once monjes asintieron en señal de aceptación sobre la ampliación del juramento y rodearon a su prior para escuchar lo que éste les iba a revelar.
– Debéis saber – comenzó mirando a todos y cada uno de ellos -, que la ubicación de este monasterio no es casual.
– ¿No es cierto que nuestra orden monástica intervino en la elección de este lugar? – indicó uno de los monjes.
– En efecto, ello fue recomendado al rey por nuestro anterior prior. La razón fue que Lucifer habitó en una cueva situada a los pies del monte Abantos. Y justo antes de que el Todopoderoso lo expulsara al infierno, creo siete puertas en la Tierra para acceder a las tinieblas, y una de esas puerta está precisamente bajo este monasterio.
– Entonces el monstruo que ha emitido ese sonido terrorífico, no es otro que el mismísimo Lucifer – interrumpió uno de los frailes más jóvenes.
– No debéis alteraros – continuó el prior -. El día que nuestro anterior prior y el entonces secretario del rey, don Pedro de Hoyo, se acercaron a los pies del monte Abantos para confirmar el lugar, fueron recibidos por un viento huracanado, que no les dejaba llegar al sitio lanzando contra sus rostros las bardas de la pared de una viñuela. Aun estando convencidos de que se trataba del soplo de Lucifer, sobrevivieron al mismo. No obstante y para mayor seguridad, la recomendación al monarca fe construir cuanto antes este monasterio, para sellar para siempre una de las siete puertas del infierno.
A continuación, el prior entregó a los frailes las cédulas reales que les permitirían conseguir la ayuda necesaria para el cumplimiento de la misión. Tal y como les explicó, consistía en recaudar el tesoro en Cartagena de Indias y reunirse en la bahía de la Habana con la flota procedente de México. De este modo podrían contar en el viaje de vuelta con una amplia superioridad numérica, frente a los ataques piratas que de seguro sufrirían.
Después debían proseguir viaje hasta la altura de las islas azores donde las dos flotas se separarían, dirigiéndose la de México hacia Cádiz siguiendo su ruta habitual. Los barcos procedentes de Cartagena, con los jerónimos a bordo, recalarían en distintos puertos del Cantábrico. Una vez en tierra y con la carga repartida en partes más pequeñas, para evitar los posibles riesgos tanto del asalto de ladrones como de la avidez de los recaudadores, deberían dirigirse hacia El Escorial para la ocultación definitiva del tesoro.
El 20 de enero de 1589 once frailes jerónimos salieron del El Escorial con dirección al norte de la costa española, lo que constituía el inicio de la misión real que tenían encomendada.
Tras un mes transitando caminos y atravesando diversos pueblos de Castilla, donde aprovecharon para reclutar hombres dispuestos a hacer el gran viaje a las Indias, llegaron al puerto de Santander. Con un ligero bamboleo provocado por el tenue oleaje que ingresaba por la bocana del puerto, se hallaban amarrados los navíos supervivientes de la Gran Armada. Fray Pedro de la Serna encabezaba el grupo formado por los once frailes más 162 hombres y varios carros tirados por parejas de bueyes, cuyo contenido oculto por lonas debía ser pesado en exceso a la vista del esfuerzo que los mansos hacían en el tiro.
Antonio Alvear había sido ascendido a comandante de la escuadra castellana, tras la retirada del cargo a Diego Flores Valdés, quien había sido arrestado por sus desavenencias con el duque de Medina Sidonia en el fallido asalto a Inglaterra. El comandante se encontraba en su navío cuando fue advertido que un fraile jerónimo, llamado Pedro de la Serna, con un mensaje del mismo rey Felipe II, le esperaba en tierra.
El nuevo comandante, ávido de noticias pues llevaba más de cuatro meses esperando instrucciones, se apresuró a desembarcar en busca del misterioso fraile.
– Fray Pedro, soy Antonio Alvear, comandante al mando de los navíos que aquí podéis ver y que sobrevivieron a los temporales que sufrimos frente a las islas británicas.
– Comandante, por esta misiva real entenderéis lo que se precisa de vos. Y a fuer de no perder tiempo, os ruego lo leáis en este instante para iniciar sin más dilación la misión que Su Majestad nos tiene encomendada – dijo el fraile sin titubeos.
– Pero…- leía don Antonio sorprendido -, me temo que para ese viaje no contamos con la marinería necesaria, pues perdimos una cantidad considerable de hombres en las tempestades. Como podéis observar necesitamos marineros y artilleros para esos 15 barcos, en los cuales hay que atender 14 de ellos con 24 cañones cada uno y aquel que yo capitaneo de 36 cañones – terminó señalando con orgullo al San Cristóbal.
– No debéis preocuparos por ello, ya que conmigo y mis hermanos vienen 162 hombres dispuestos a hacer la travesía, donde tendrán tiempo de aprender los oficios de artillería y marinería. El resto de hombres que sean necesarios nos los proporcionará el alcalde de esta ciudad a través de la correspondiente recluta – dijo con total aplomo.
Continuó explicando fray Pedro de la Serna, que en tierra permanecerían seis de sus hermanos jerónimos y los arrieros que conducían los carros que esperaban a la entrada del puerto. El comandante preguntó intrigado por el contenido de los carros, a lo que el jerónimo respondió que estaban cargados con adoquines de piedra que transportarían a las Indias.
– Pero fray Pedro, ¿no hay suficiente piedra en las Indias para que tengamos que llevar semejante sobrecarga en tan larga y peligrosa travesía?
– Comandante, con estos adoquines llenaremos las bodegas de vuestros galeones para ponerlos a prueba, ya que no podemos arriesgarnos a que aun tengan secuelas de su última misión, y si han de hundirse, es preferible que se vayan al fondo del mar cargados de piedra que de oro.
Antonio Alvear, militar experimentado en numerosas contiendas y herido en su orgullo porque un fraile sin conocimientos navales pusiera en cuestión los barcos de su escuadra, no quiso prolongar el debate con el astuto religioso. Más bien pensó, que sería preferible que fuera el propio tiempo el que demostrara la valía de sus navíos. Primero, superando la prueba que imponía fray Pedro, y después otras de mayor envergadura que a buen seguro tendrían que afrontar, tanto a la ida como al regreso del aventurado viaje que se disponían a iniciar.
A continuación, fray Pedro envió a uno de sus hermanos jerónimos a El Escorial para que informara al prior que todo estaba resultando según lo previsto. Después, eligió a los cinco frailes que no embarcarían, permaneciendo uno de ellos en Santander y los otros cuatro distribuidos en otros tantos puertos de la costa cantábrica previamente seleccionados.
En cada puerto esperarían el regreso de los barcos con el tesoro y tendrían dispuestos para entonces, los carromatos con sus arrieros para el transporte hacia el interior.
El 13 de marzo de 1589, partieron del puerto de Santander con dirección a las islas Canarias 15 navíos, pertenecientes a la escuadra castellana, de los 67 supervivientes de la Gran Armada.
Desde la cubierta del San Cristóbal, Fray Pedro de la Serna y el comandante Alvear, observaban juntos la aparición de la isla de Gran Canaria.
– Comandante – dijo fray Pedro -, convendréis conmigo en que el clima que rodea estas islas, es en esta época del año mucho más benigno que el que hemos dejado hace unos días en la costa cantábrica.
– Así es padre, aquí se goza de un clima suave todo el tiempo, independientemente de la estación del año en la que nos encontremos. Y un clima similar nos encontraremos cuando lleguemos a América.
Después de una semana de avituallamiento en el puerto de Las Palmas, donde hicieron la primera escala, iniciaron la travesía con rumbo al Nuevo Mundo. Para ello, se dirigieron por la misma ruta que en 1492 había seguido Cristóbal Colón, lo que les permitiría aprovechar las corrientes marinas unidas al impulso de los vientos que, hinchando las velas de las naves, les llevaría hacia su destino en el otro lado del océano.
Para algunos, incluidos los cinco jerónimos que iban a bordo, era la primera vez que realizaban una travesía de ese calibre. Otros como el propio comandante Alvear, ya habían experimentado anteriormente ese viaje y sabían de sobra los peligros que les esperaban.
* * *
Al poco tiempo de haberse constituido la Hermandad de los Custodios del Tesoro y cuando Álvaro Osorio de Cáceres ya había cumplido veinte años de edad, Isabel recibió una visita inesperada. Era noche cerrada en Madrid, cuando los repentinos golpes de la aldaba sobre la puerta principal de la vivienda, sorprendieron a la dueña de la casa en el momento en que esta procedía a retirarse a sus aposentos.
– Doña Isabel, un caballero embozado solicita una audiencia con vos – explicó la criada un tanto alterada.
– ¿Quién es el tal caballero, que osa perturbar la paz de esta casa a tan altas horas de la noche? – preguntó Isabel sin ocultar su enfado.
– No lo sé señora, no ha querido identificarse, pero ha insistido en que no tenéis nada que temer, que es persona bien conocida por vos y que quiere pediros consejo y ayuda sobre algo que afecta directamente al imperio.
– Está bien, hacedle pasar a la sala principal, y no os alejéis demasiado por si os tuviera que pedir ayuda.
El personaje misterioso, no era otro que el ministro Juan Idiáquez, quien al descubrirse, una vez que Isabel y él estuvieron a solas, pidió disculpas por la forma y la hora intempestiva a la que se había presentado.
A renglón seguido, y sin más demora, fue directamente al grano explicando que el monarca tras la derrota de la Gran Armada se había encerrado en sí mismo y era posible que hubiera caído en un cierto estado de enajenación mental.
– Recurro a vos señora por vuestra antigua cercanía al rey y por la confianza que antaño siempre os demostró, por lo que pienso que, con las ausencias desde hace años tanto de la reina Ana como de su hermana menor la infanta Juana, quizás sois la única persona que podríais hacerle reaccionar.
– ¿Acaso estáis insinuando que Su Majestad ha perdido la razón? – preguntó la dama sin ocultar cierta sorpresa.
– Sabéis de sobra cuanto respeto y admiro a nuestro soberano – respondió el ministro sin titubeos -, pero al igual que en su día, el éxito en la batalla de Lepanto infundió en él unas energías renovadas, el reciente fracaso naval de nuestra Gran Armada frente a los ingleses, lo recibió imbuido de un silencio absoluto, quedando desde entonces sumido en una melancolía impropia de su carácter.
Isabel tenía que hacer verdaderos esfuerzos para no dejar traslucir el gozo que suponía para ella, que pudiese haber algo que causara daño al poderoso Felipe II.
– Todo ello, convendréis conmigo que es de lo más natural, pues el rey también es un hombre de carne y hueso con sus sentimientos, y además poco acostumbrado a las derrotas, por lo que resulta un tanto osado por vuestra parte la supuesta enajenación mental que pretendéis atribuirle, – continuó Isabel intentando sonsacar más información al ministro.
– Pensaría exactamente igual que vos, de no ser porque tras recibir la noticia de la derrota, el rey ordenó llamar al prior de los Jerónimos y no permitió que ni Cristóbal de Moura ni yo mismo, que como sabéis siempre le hemos proferido una lealtad incuestionable y por ello somos hombres de su mayor confianza, estuviéramos presentes durante la entrevista con el prior …
– Todavía no se donde queréis ir a parar – insistió la dama.
– Permitidme señora que continúe el relato – se apresuró a intervenir Juan Idiáquez -. La reunión con el prior no concluyó sin que antes el rey solicitara papel y pluma junto con el sello real. Todo ello sin la presencia de su secretario, por lo que deduzco que entregó al prior una o varias cédulas reales cuyo contenido sólo conocen el prior jerónimo y el propio rey.
A continuación, el ministro describió como, a través de su red de informadores, había tenido conocimiento de que el 20 de enero once frailes jerónimos habían partido del El Escorial con dirección a Santander, donde algunos de ellos, embarcaron hacia las islas Canarias con una flota bien nutrida para desde allí, iniciar la travesía con rumbo a las colonias en Indias.
– No se con certeza la intención de esos frailes viajando a las Indias, pero a buen seguro que pronto regresarán.
– ¿Por qué estáis tan seguro de ello?
– Porque la Orden de los Jerónimos no se prodiga fuera de los límites de la península ibérica – concluyó el ministro esperando la reacción de la dama.
– Está bien Idiáquez, dejadme meditar sobre lo que me habéis relatado y mantenedme al corriente de cualquier novedad que se produzca en relación con nuestro rey y esos jerónimos – dijo Isabel dando por terminada la entrevista.
– A vuestro servicio para lo que ordenéis – se despidió Juan Idiáquez haciendo una profunda reverencia.
Nada más desaparecer el ministro, tan embozado y misterioso como había llegado, Isabel acompañada de su criada se dirigió al convento de los agustinos. Aunque la noche no era buena consejera para que dos mujeres solas caminasen por las calles de Madrid, la distancia que tenían que recorrer era mínima.



