El tesoro oculto de los Austrias

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Al poco tiempo de haber golpeado la puerta, los ojos de un fraile agustino aparecieron al descorrer la tabla que cubría la mirilla de inspección.
– Hermano, soy Isabel Osorio de Cáceres y necesito hablar al instante con vuestro prior.
El fraile les franqueo la entrada y tras indicar a la criada que pasase a la cocina para calentarse, acompañó a Isabel hasta otra instancia para que pudiera acomodarse mientras avisaba de su presencia al padre Demetrio Ulloa.
– Me han dicho que requeríais mi presencia con urgencia – se presentó el agustino - ¿acaso necesitáis confesión?
– No padre Demetrio, ya sabéis que ayer mismo confesé todas mis faltas y cumplí la penitencia que por ellas me impusisteis – dijo con una pícara sonrisa -. Sin embargo, con respecto al servicio que os voy a pedir, deberéis guardar secreto como si de confesión se tratase.
– Soy todo oídos para lo que vuestra merced pueda requerir, y podéis contar con que mis labios permanecerán sellados en relación con lo que me confiéis.
Isabel, sabedora de la animadversión que el prior de los agustinos profesaba hacia los jerónimos, la cual era compartida aun en mayor grado por ella misma, relató al padre Ulloa las elucubraciones que previamente le había confiado el ministro real Juan Idiáquez.
El religioso escuchó con suma atención, y a continuación preguntó a Isabel si tenía alguna idea de lo que los jerónimos habrían ido a buscar a las Indias con semejante flota.
– No estoy segura, pero lo habitual es que las flotas regresen cargadas de tesoros.
– Está bien – empezó reflexionando en voz alta el padre Demetrio mientras se rascaba la barbilla -. Lo que me habéis contado podría llegar a ser de interés para ambos, pero ¿cómo creéis exactamente, que este humilde servidor podría ayudaros?
La Osorio, entrelazando los dedos de sus manos mientras caminaba en círculos, demoró unos segundos su respuesta como si estuviese meditando la misma, aunque cuando tomó la decisión de visitar al fraile, ya tenía muy clara la misión que le iba a encomendar.
– Creo que lo que necesito de vos, está perfectamente a vuestro alcance y no supondrá ninguna dificultad.
– Siendo así, decidme simplemente de que se trata.
– Tengo entendido, que existe desde hace un tiempo un convento de agustinos en Cartagena de Indias.
Una vez confirmada, por el asentimiento del padre Demetrio, la presencia de agustinos en esa ciudad, Isabel continuó con su petición.
– Bien, entonces se trata de que enviéis una misiva a ese convento en Cartagena de Indias, para que algún fraile de vuestra confianza, con la mayor prudencia y sigilo, entable relación de alguna forma con el grupo de los jerónimos una vez que allá se hayan instalado, y averigüe el propósito de la misión que el rey les ha encomendado.
– Contad conmigo señora, la prudencia y sigilo que demandáis para ello estarán garantizados.
– De lo anterior no debéis informar a nadie, excepto a mi o a mi hijo Álvaro – exigió Isabel dando por concluida la reunión.
– Se hará tal y como pedís.
El padre Demetrio Ulloa sabía que contaba en Cartagena de Indias con la persona adecuada para esa misión. La orden agustiniana había recalado hacía ya algún tiempo en la ciudad caribeña, donde tenían su propio convento. Para consolidar allí su presencia, el prior de los agustinos había enviado a su discípulo más aventajado, al cual conocía desde su época de seminarista y al que apadrinó desde el momento en que advirtió sus cualidades intelectuales.
Sin más dilación, escribió una carta a la atención del padre Paulino, con el encargo de localizar a los jerónimos lo antes posible, puesto que al recibo de la misma ya llevarían en Cartagena varios días. Sus instrucciones eran obtener, por cualquier medio, la mayor información posible sobre sus intenciones.
* * *
La flota comandada por don Antonio Alvear continuaba su travesía, y en ella fray Pedro de la Serna sufría de continuos mareos, que le llegaban a provocar nauseas y vómitos interminables hasta dejarle resecas las entrañas. Era tal el malestar, que no pasaba día en el que no desease abandonar este mundo para escapar a tan insoportable sufrimiento. La debilidad se iba apoderando de él día tras día, debido a que los continuos vómitos no le permitían alimentarse convenientemente y contribuían a su vez a una deshidratación paulatina. Por ello y para no cejar en su empeño, enviaba continuas plegarias al Señor para que le proporcionara las fuerzas necesarias para superar tanto malestar corporal y así poder completar su misión.
A pesar de los mareos de fray Pedro, lo cierto es que el grupo expedicionario llevaba varias semanas disfrutando de un clima bastante apacible, lo cual facilitaba la navegación e invitaba a la tripulación a pasar el mayor tiempo posible en cubierta.
La brisa reinante, junto con los rayos del sol iban tornando la tonalidad de las pieles de la mayoría de los tripulantes de un blanco lechoso a un bronceado oscuro. Desde cubierta, los hombres se deleitaban con los delfines que en algunos momentos acompañaban el avance de las naves, emergiendo de la superficie del agua salada y volviendo a zambullirse en la misma.
Sin embargo, un día sin previo aviso, todo cambio repentinamente. El comandante Alvear lo intuyó antes que cualquier otro tripulante, al divisar por babor la negrura de unas amenazantes nubes que, sin posibilidad de esquivarlas, se aproximaban inclementes hacia ellos.
El resto de la tripulación comenzó a ser consciente de lo que se les venía encima, cuando en el horizonte de babor observaron el espectáculo luminoso que proporcionaban los continuos relámpagos que se producían con cada rayo proveniente de las oscuras nubes, seguidos un instante después del sonido de unos truenos ensordecedores. Contando los segundos transcurridos entre cada relámpago y el trueno posterior, el comandante Alvear calculaba la distancia a la que se encontraban de la tormenta y la velocidad de avance de la misma hacia ellos. Inmediatamente comenzó a impartir órdenes, iniciándose una actividad frenética en cubierta, que derivó en terror para los hombres no habituados a la mar.
Siguiendo las instrucciones del comandante, los gavieros comenzaron a arriar velas y a amarrar fuertemente las jarcias. Idénticas operaciones se realizaban al unísono en todos los navíos de la flota, y al mismo tiempo los respectivos pilotos viraban sus correspondientes naves para recibir de proa las olas que aumentando de tamaño acompañaban a la tempestad de la que no podían escapar, ya que sabían de sobra que una gran ola que embistiera al barco por babor o estribor, provocaría con seguridad el volcamiento del mismo.
El viraje de los barcos y las numerosas carreras de hombres aterrorizados sobre una cubierta húmeda, derivaron en unos cuantos accidentes con los correspondientes heridos, comenzando así una actuación de emergencia de los médicos de cada barco, teniendo cada uno de ellos asignado un ayudante para auxiliarles en las labores de enfermería, lo cual empezó a resultar insuficiente ante la repentina llegada de heridos, por lo que en los navíos donde viajaba un fraile jerónimo, la ayuda de éste fue requerida de inmediato.
Esta situación de emergencia, provocó en fray Pedro de la Serna una reacción tal en su organismo, que en un instante se olvidó de los mareos y se presentó ante el doctor presto a colaborar en todo lo que fuere necesario. Los hombres de cubierta estaban terminando de amarrarse con jarcias, cuando las primeras gotas de agua descargadas por las nubes, acompañadas de un viento cada vez más intenso, empezaron a arreciar lateralmente con fuerza y dificultando las maniobras de los marineros.
Sin tiempo para más preparativos, rayos y truenos acompañados de inmensas olas que superaban en varios metros la altura de los barcos, empezaron a precipitarse sin compasión alguna sobre los quince navíos. En la inmensidad del océano parecían diminutos cascarones sometidos a la fuerza e inclemencia de los elementos. Las probabilidades de ser engullidos por las aguas marinas aumentaban con cada instante.
En el San Cristóbal, uno de los hombres, seguido de otro y otro más, dominados por un pánico aterrador, producto de la situación a la que estaban siendo sometidos, se desamarraron para correr a refugiarse en las bodegas del barco. En ese momento la llegada de una gran ola colocó el barco en posición prácticamente vertical, lo que hizo que los tres aterrorizados marineros se deslizasen por la cubierta del barco en dirección a la popa del mismo. A continuación, mientras el barco retornaba a su posición horizontal, la ola barrió con su corriente de agua todo lo que estuviera suelto sobre la cubierta del mismo, arrastrando con ella a los tres hombres que desaparecieron para siempre en las fauces del océano.
El comandante Alvear convenientemente amarrado, no sólo pensaba en la suerte que correría el San Cristóbal, sino también en el resto de navíos que completaban la flota bajo su mando. Debido a la magnitud del oleaje, había perdido el contacto visual con el resto de las embarcaciones. Sumido en sus pensamientos, elucubrando sobre el estado en que quedaría su flota, vio como de la nada y tras una inmensa ola, apareció uno de los barcos aproximándose hacia ellos. Ya estaban a punto de hacer contacto los palos de las dos naves, con lo que lo más probable es que ambas quedasen desarboladas, cuando el San Cristóbal se escoró hacia estribor, mientras que el otro milagrosamente se escoró hacia babor, aumentando la distancia entre las puntas de los palos de los dos navíos. Sin embargo, repentinamente se escucho un sonido motivado por el choque entre los cascos de las dos embarcaciones, que hizo que ambos navíos con todos sus tripulantes a bordo se estremecieran ante los crujidos de la madera de ambos barcos, los cuales parecían a punto de descuartizarse, con un ruido semejante a los quejidos de un animal herido de muerte. Seguidamente, se escucho un chirrido insoportable para el oído humano, producto del roce que sufrieron entre si nuevamente los cascos de los dos navíos.
Para evitar el desgarrador sonido, que producía el deslizamiento interminable de la madera húmeda de los dos cascos, el comandante Alvear presionaba con sus dedos sus oídos. En ese momento pensaba si aquello sería semejante a lo que Homero describió en La Odisea, cuando Ulises se enfrentó al canto de las sirenas en su viaje de vuelta a la isla de Ítaca. Tampoco podía evitar pensar si ambas naves, con motivo del encontronazo, habrían sufrido desperfectos que hubieran permitido la entrada de agua suficiente para hundirles para siempre en el fondo del mar.
Después de varias horas, que para algunos parecieron días, luchando para mantenerse a flote, el temporal comenzó a amainar y el comandante Alvear supo que el mayor peligro había pasado. A continuación soltó las jarcias con las que se había amarrado en el alcázar cerca del palo de mesana, siendo secundado en esa acción por todos los hombres de cubierta. La primera orden fue para el carpintero, pues quería saber si se había abierto alguna vía de agua en el casco de la embarcación, para que se taponase con urgencia y se bombease el agua que hubiese podido entrar.
Tras una revisión de urgencia, el jefe de carpinteros informó que no habían detectado deterioro alguno en el casco.
– Por suerte, mi comandante – explicaba el carpintero con una sonrisa -, esta vez ha sido más el ruido que las nueces.
– Por suerte, ¡voto a Dios! – confirmó Antonio Alvear -, porque con la embestida que hemos tenido con el otro navío lo suyo es que los dos estuviéramos ahora siendo pasto de los peces.
Tardaron un día completo en reagruparse los 15 barcos de la flota, ya que con la tempestad habían quedado totalmente dispersados. Todos ellos estaban en perfecto estado para la navegación, aunque en la mayoría había varios heridos de distinta consideración y en algunos, al igual que en el San Cristóbal, habían perdido a alguno de los tripulantes que por no estar convenientemente amarrados habían caído al agua sin posibilidad alguna de ser rescatados.
Después de la tempestad surgió un espléndido día soleado, que incitó a los hombres que se habían refugiado en el interior del barco a subir a cubierta. Fray Pedro fue el primero en aparecer y rápidamente fue al encuentro del comandante para compartir con él la buena nueva del cambio experimentado en su organismo, probablemente provocado por la propia tempestad y también por las numerosas plegarias que había dirigido al Altísimo. En definitiva, lo importante era que los mareos habían cesado y a partir de entonces estaba presto para colaborar en todos los quehaceres en los que pudiera ser útil.
– Estupendo padre – le recibió Antonio Alvear -, entonces aprovecharemos la larga travesía que aun tenemos por delante para convertiros en un auténtico hombre de mar.
El comandante empezó por explicar al fraile lo más básico, con el fin de que éste aprendiera a orientarse en la cubierta del barco.
– Mirad padre, la parte de allá al frente se llama proa, la posterior a nuestras espaldas es la popa, el lado izquierdo siempre mirando hacia la proa lo denominamos babor y este otro lado estribor. Para evitar equívocos a la hora de transmitir las órdenes, en un barco nunca escucharéis derecha ni izquierda, sólo babor y estribor.
Con el paso de los días, y viendo que el fraile resultaba ser un alumno aventajado, el comandante decidió continuar instruyéndole cada vez más. Así, durante los días que iban sucediéndose, fue enseñándole los nombres de los palos, trinquete, mayor y de mesana, así como la denominación de las distintas velas, como la de trinquete, la mayor, la de gavia, la cangreja, los juanetes, la sobremesana y los foques, indicándole cuales servían para impulsar el barco y cuales para ayudar en las maniobras de giro. También le describió las distintas partes de la cubierta, mostrándole el alcázar, el combés y el castillo de proa, para seguir con la batería de cañones allí instalada y luego descender a la batería inferior, la cual contaba con la mayoría de cañones.
Después de varias semanas, iniciaron el aprendizaje del arte de la navegación, donde fray Pedro se familiarizó con el manejo del sextante y la interpretación de las cartas náuticas. Al poco tiempo, el comandante Alvear le animó a que impartiera órdenes tanto a la marinería como a los oficiales en cuanto al rumbo que debían seguir y al izado y arriado de las distintas velas.
Por último, una vez superadas todas las pruebas satisfactoriamente, el comandante permitió a fray Pedro anotar las incidencias acontecidas diariamente en el libro de bitácora.
Tras algo más de dos meses de travesía, en la que toda la vista se había reducido a la inmensidad de un mar verdoso que confluía en la línea del horizonte con el azul del cielo, como un presagio de que se aproximaban a tierra firme, empezaron a aparecer algunas gaviotas sobrevolando los barcos. No había transcurrido una hora desde la aparición de la primera gaviota, cuando avistaron la isla de Puerto Rico. Todos los hombres que componían las tripulaciones de los 15 navíos, sintieron una emoción especial, pues sabían que aunque la muerte les había estado rondando, de momento habían superado el peligro que siempre suponía la travesía del océano.
Ingresaron en la bahía de San Juan, cuya entrada estaba protegida por los amenazantes cañones de la fortaleza del Morro, la cual divisaron por babor. Una vez que todos los navíos estaban al resguardo del puerto natural que suponía la bahía y antes de desembarcar, fray Pedro de la Serna comunicó al comandante Alvear que los galeones habían pasado la prueba de sobrecarga satisfactoriamente, por lo que podrían vaciarse sus bodegas de adoquines, los cuales deberían destinarse al empedrado de las calles de San Juan.
– Fray Pedro – dijo el comandante mirando hacia el infinito -, sabéis de sobra que no era partidario de trasportar esos adoquines en mis galeones, pero tengo que reconocer que esa carga en la bodegas, probablemente haya evitado que nos fuéramos a pique cuando en medio de la tempestad colisionamos con el otro navío.
– Querido comandante, los designios del Señor son inescrutables y todo sucede por algo, aunque a veces no alcancemos a comprender su sentido.
Los viajeros recién llegados ingresaron en la ciudad atravesando la muralla por una entrada con forma de pórtico, dejando a la derecha sobre la muralla la fortaleza Palacio del Gobernador. Seguidamente, ascendieron por una empinada pendiente hasta desembocar en la calle del Cristo frente a la catedral, para terminar accediendo a su interior.
Era costumbre de los marineros, agradecer a Dios Todo Poderoso haber llegado sanos y salvos después de una travesía tan aventurada. El propio fray Pedro ofició una misa junto con el Dean de la catedral y acompañados por sus cuatro hermanos jerónimos.
Tras el acto litúrgico, y mientras la marinería se dirigía a los burdeles de la ciudad y cuatro de los frailes jerónimos buscaban aposento en el convento adyacente a la catedral, fray Pedro y el comandante Alvear se dirigieron a la fortaleza para entrevistarse con el gobernador.
Una vez presentadas sus credenciales, solicitaron avituallamiento para la flota y notificaron que era voluntad de Su Majestad que todas las calles aledañas a la catedral fueran empedradas con adoquín español, por lo que era necesario enviar hombres y carros al puerto para descargar la piedra acopiada en las bodegas de los galeones.
El gobernador, consciente de la firmeza con la que el comandante asentía a las explicaciones del religioso, no dudó un instante en facilitar todo lo que le fue solicitado.
Durante los pocos días que permanecieron en tierra, 18 hombres de la flota fueron apresados y encarcelados en las mazmorras de la fortaleza del Morro. Inmediatamente, el comandante Alvear quiso interceder por sus hombres, por lo que se personó en la residencia del gobernador para pedir explicaciones. El primer mandatario de la isla, le comunicó que existían cargos serios contra esos hombres por los graves disturbios que habían ocasionado en la ciudad debido al estado de embriaguez en el que se encontraban, lo que había tenido como consecuencia un muerto y tres heridos graves por los que tendrían que responder ante los tribunales de justicia.
– Gobernador, permitidme que os recuerde que no andamos sobrados de hombres, especialmente para nuestra travesía de regreso, durante la cual a buen seguro tendremos que repeler el ataque de los piratas, por lo que necesitaremos marineros que no carezcan de bravura y doy fe que los que habéis arrestado no carecen de ella.
– Comandante, no me cabe duda alguna sobre la bravura de vuestros hombres, pero en este caso esa bravura ha sido mal empleada y eso, es algo que no puedo tolerar si pretendo mantener el orden y la convivencia en esta isla. No obstante, consciente como soy de la importante misión que tenéis encomendada, os facilitaré 22 hombres experimentados en enfrentamientos con los piratas, que han solicitado desde hace tiempo el retorno a la Madre Patria. Además no debéis preocuparos por su instrucción, ya que llevan mucho tiempo acostumbrados a la disciplina militar – indicó el Gobernador con una sonrisa de complacencia.
– Siendo así, que se haga justicia con los malhechores y no os quepa duda que os estoy agradecido por dotarnos con esos 22 hombres, de lo cual me comprometo personalmente a que el rey sea informado detalladamente.
En adelante y para evitar mayores disturbios, el comandante ordenó prácticas militares diarias, de forma que la tripulación de la flota estuviese ocupada y agotada al final de cada jornada, sin energías para la pendencia.
Cada mañana nada más amanecer, los hombres que no tenían que permanecer de guardia en los galeones, formaban en la explanada aledaña a la fortaleza del morro para realizar ejercicios militares bajo la dirección de distintos oficiales. También, cada día se daban cita en las murallas de la fortaleza, fray Pedro y el comandante Alvear para planificar la siguiente etapa del viaje.
– ¿Habéis observado la tonalidad de las aguas de este mar? – preguntaba el comandante.
– Ciertamente, son distintas y más variadas que las de nuestras costas – respondía fray Pedro -, aquí me atrevería a decir que he detectado siete tonalidades distintas del color verde.
– Todo se debe a la inclinación del sol y a los fondos marinos que son diferentes a los nuestros.
A pesar de que la compañía del comandante le resultaba de lo más complaciente al fraile, este último comenzaba a impacientarse debido a que la estancia en la isla se estaba alargando más de lo que él había supuesto.
Su obsesión era completar la misión que le habían encomendado, y para ello pensaba que cuanto antes abandonasen Puerto Rico, antes cumpliría su objetivo.
– Comandante, no quiero que interpretéis mal mis palabras, pues de sobra sabéis lo agradecido que os estoy, no sólo por todo lo que me habéis enseñado durante esta travesía, sino principalmente porque habéis colaborado sin menoscabo alguno con la misión que nuestro rey nos ha encomendado. No obstante - el jerónimo hizo una pausa para no herir la susceptibilidad del militar -, lo que realmente quiero decir es…
– Dajaos de rodeos e id al grano fray Pedro, pues será la única forma de que nos entendamos.
– A fuer de ser sincero comandante, he de deciros que creo que llevamos demasiado tiempo en esta isla, y ciertamente no soy capaz de entender por qué todavía no hemos partido hacia nuestro destino en la ciudad de Cartagena de Indias.
Antonio Alvear no recibió de buen grado la impaciencia de fraile, teniendo en cuenta las circunstancias en las que se encontraban.
– Voto a Dios que me sorprende que un hombre de vuestra inteligencia no sea consciente de lo que ha impedido nuestra partida.
– Voto a Dios, y que Dios me perdone por mentar su nombre en estas circunstancias, que no alcanzo a comprender los motivos que vuestra merced ve con tanta claridad.
El comandante de la flota hizo acopio de toda su paciencia, templó sus nervios e hizo propósito de no emitir juramentos antes de proceder a explicar al jerónimo las razones que les retenían en Puerto Rico.
– En primer lugar, aun no se ha concluido la descarga de los adoquines de las bodegas de los dos últimos galeones, lo cual se debe a vuestra insistencia en poner a prueba mis barcos.
– De acuerdo, no os alteréis – dijo fray Pedro en un intento de conciliarse con Antonio Alvear -, asumo mi culpa en lo que se refiere a los adoquines.
– En segundo lugar – continuó el comandante mas calmado al ver la nueva actitud del monje -, estamos avituallándonos para una travesía corta hasta Cartagena, ya que quizás no os hayáis dado cuenta, pero antes de nuestra llegada a esta isla habíamos agotado prácticamente todos nuestros víveres.
– Está bien, entiendo vuestras razones y os pido disculpas por mi ignorancia al respecto. También quiero que entendáis que no quiero apuraros, pero ya sabéis que aun estamos lejos de cumplir con la misiva real que tenemos encomendada, por ello me gustaría preguntaros, ¿cuándo creéis que estaremos listo para partir de nuevo?
– No debéis preocuparos demasiado, pues si Dios nuestro Señor lo quiere y la climatología no lo impide, pasado mañana partiremos hacia nuestro próximo destino. Así que sed paciente y orad para que el astro rey siga radiante como hasta ahora y los vientos que insuflan aire en nuestras velas no se conviertan en huracanes.
Tras escuchar las ultimas frases del militar, fray Pedro se santiguó antes de responder al comandante.
– Podéis estar seguro, que todos los día pido al Altísimo que no nos abandone en esta travesía.
– No me cabe ninguna duda que oráis diariamente por todos nosotros, y ello es fundamental para el éxito de nuestra misión, pues lamentablemente y como tendréis ocasión de comprobar, no serán los elementos atmosféricos los únicos obstáculos que tendremos que sortear.
La preocupación de fray Pedro no se circunscribía al tiempo que duraría la navegación, y los problemas que se encontrarían durante la misma, sino más bien a la incertidumbre que tenía sobre si serían capaces de conseguir el tesoro que se proponían transportar hasta España en las bodegas de los quince galeones.
Tal y como había pronosticado el comandante Alvear, sólo habían transcurridos dos días desde su tensa conversación con el jerónimo, cuando la flota se dispuso a abandonar la isla boricua.



