El tesoro oculto de los Austrias

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– Espero que a partir de ahora me tutees, y pasa que quiero que veas a alguien – dijo Mercedes dando por terminado el protocolo de saludos.
Nada más cruzar el umbral, Juan se quedó petrificado al observar la figura que con aire cadencioso descendía por la escalera que comunicaba el hall de entrada con las estancias del piso superior.
– ¿Recuerdas a mi hija Isabel?, erais sólo unos jovencitos en la edad del pavo la última vez que os visteis.
El joven, con la boca semiabierta por la sorpresa, continuaba sin pronunciar palabra deleitándose con la imagen de aquella joven de larga melena negra ondulada, con unos minishorts blancos que contrastaban con unas piernas bronceadas y perfectamente moldeadas, sandalias tan abiertas que pareciera como si estuviese descalza y camiseta también blanca y tan ajustada que resaltaba aun más su ya prominente pecho. Según se fue acercando la joven, Juan pudo apreciar en ella su tez morena y unas facciones que le tenían turbado, hasta que la joven comenzó a hablar.
– Bueno Juan, es que después de tanto tiempo sin vernos no me vas a dar ni siquiera un beso – dijo Isabel plantándose frente al joven -, o será qué ya no te acuerdas de mi.
– Claro, claro que me acuerdo– dijo titubeando el joven dando un suave e inocente beso en el definido pómulo de Isabel-, pero es que estás muy cambiada, ¿dónde has estado todo este tiempo?
Isabel relató su estancia en la Sorbonne de Paris, donde había cursado estudios de arqueología. Después le dijo que acababa de regresar de Egipto, donde había permanecido seis meses, gracias a una beca que le habían concedido para participar en la excavación de la tumba del faraón Tutmosis III.
– Y si te has pasado seis meses metida en esa tumba, ¿dónde has conseguido ese bronceado tan estupendo?
La joven continuó explicando que durante las últimas dos semanas se dedicó a conocer algo más de Egipto y su historia, remontando el Nilo a bordo de un barco desde Luxor hasta Asuán, parando y desembarcando en determinados puntos de la orilla para visitar los distintos templos que encontraban a su paso. Así pudo conocer templos tan ancestrales como los de Karnak, Edfú o Filé.
– Mientras navegaba por el Nilo, aproveché para tomar el sol en la cubierta del barco y de ahí este color piel canela.
– ¿Qué es lo que más te ha gustado de Egipto? – preguntó Juan siguiendo el hilo de la conversación.
– Lo más impresionante, a parte de la espectacular pirámide de Keops – continuó Isabel retomando su relato como si estuviese reviviendo la escena nuevamente -, vino después de llegar a Asuán. Allí termina el crucero debido a la existencia del muro de la presa, y tras más de cuatro horas en autobús por una carretera, junto a la cual sólo se ven las arenas de un desierto interminable sometido a la acción de un sol inclemente, por fin llegamos a Abú Simbel.
Isabel hizo una descripción pormenorizada del templo de Abú Simbel. Definió con detalle sus colosales y majestuosas esculturas custodiando la entrada del templo, y cómo había sido rescatado piedra a piedra, de su lugar original, que actualmente se encontraba sumergido bajo las aguas de la gran presa. Había sido reconstruido en un lugar cercano y a una cota superior, a salvo del nivel de las aguas, para que todo el mundo pudiera seguir visitándolo.
– Estoy segura de que te encantaría visitar Egipto y especialmente Abú Simbel, además, por lo que me ha contado mi madre eres un experto en historia, así que ya sabrás de lo que estoy hablando.
– La historia de Egipto la estudié y la disfruté en su momento, pero me gustaría poder ver in situ los vestigios de esa civilización. Y, ¿por qué no?, que me acompañaras para mostrármelo, ya que simplemente con la pasión con la que lo cuentas estoy deseando verlo – dijo Juan con cierto sonrojo.
– Veo – interrumpió Mercedes – que tenéis muchas cosas que contaros para poneros al día, así que dejaremos para otro día la visita a la Casa de los Frailes de la que te hablaré largo y tendido, por cierto ¿te sirvió lo que te mostré el otro día sobre esta casa, o necesitas volver a recorrerla?
– Por supuesto que me sirvió, ya que no es lo mismo la descripción que hacen los libros de algo, que poder verlo con tus propios ojos y más aun de la mano de una experta como usted.
– Hemos quedado en que me tutearías – insistió Mercedes tras sentirse alagada por el joven.
– Es verdad perdona, de todas formas… - hizo una pausa prolongada.
– Dime querido.
– Es que hay un tema relacionado con esta finca al que llevo muchos años dándole vueltas.
– Si te puedo ayudar, soy toda oídos – insistió intrigada la anfitriona.
Entonces, el joven relató la leyenda que había escuchado de labios de su abuelo, la cual se había transmitido en su familia de generación en generación, preservando la creencia de que existía un túnel que comunicaba la finca de la Granjilla con el Monasterio de El Escorial.
Al instante, Juan percibió una reacción de tensión y preocupación en Mercedes, que con una expresión de maldad, que hasta ese momento no se había traslucido, miraba a su hija al tiempo que ésta miraba a su madre como si ambas estuvieran intercambiando mensajes telepáticamente, hasta que Mercedes volvió su mirada inquisitiva hacia el joven.
– ¿Quién te ha contado eso y quién más lo sabe? – preguntó de forma exigente.
– Tal y como te he dicho, me lo contó mi abuelo, pero como una leyenda popular - respondió Juan queriendo quitarle importancia al percibir que, de algún modo, había inquietado a su anfitriona -, y hasta donde yo sé, mi padre también conoce esa leyenda.
– Has de saber, que es la primera vez que escucho tal cosa, lo cual me extraña porque, tanto con tu abuelo como con tu padre, he conversado en numerosas ocasiones sobre la historia de esta finca y jamás lo han mencionado.
– Bueno, en el caso de mi padre es lógico ya que él mismo no le da al tema ninguna credibilidad. En cuanto a mi abuelo, no se realmente porque no lo mencionaría, pero supongo que siendo como yo historiador, no daría mucha validez a una leyenda popular sin ningún soporte histórico.
– Esta bien, no obstante si llegases algún día a averiguar que pudiere haber algún atisbo de veracidad en ello, me gustaría que me informes antes que a nadie – solicitó Mercedes volviendo a su expresión de dama educada -, ya que no querría que empezasen a aparecer por aquí un montón de espeleólogos curiosos.
– No dudes que así lo haré – se comprometió el joven historiador.
– Bueno no os entretengo – dijo Mercedes como si de repente necesitase quedarse sola -, ir a dar un paseo que tendréis muchas cosas que contaros.
Poco después de abandonar la pareja de jóvenes la casa, Mercedes cogió el teléfono y marcó los dígitos de un número que tenía perfectamente memorizado. Al otro lado de la línea sonaba un teléfono móvil entre un grupo de frailes agustinos que se encontraban en el Monasterio del El Escorial, cuando uno de los más jóvenes percibió el sonido.
– Padre prior, creo que es su teléfono el que está sonando.
El prior, un hombre alto y fuerte que a pesar de su edad aun conservaba una figura atlética y una cabellera blanca totalmente poblada, al identificar el origen de la llamada se apartó del grupo antes de responder.
– ¿Dígame?
– Padre Servando, soy Mercedes y tenemos que vernos en privado lo antes posible.
– Esta tarde estaré confesando feligreses en la basílica del monasterio, así que acércate al confesionario y hablaremos. Pero, ¿no puedes adelantarme algo por teléfono?
– No padre, prefiero contárselo cara a cara, porque lo que le voy a revelar puede influir positivamente en nuestros intereses y necesito conocer su interpretación al respecto.
– Entonces, aquí nos vemos más tarde.
La mañana en La Granjilla con una temperatura ideal, se prestaba para que los dos jóvenes se dedicaran a pasear por la finca bordeando sus estanques, lo que aprovecharon para relatar sus respectivas experiencias universitarias en París y Madrid respectivamente. Isabel terminaba su relato con su estancia en Egipto e insistiendo una vez más en la espectacularidad de Abú Simbel.
– Y lo que hubiera sido una tragedia y una pérdida irreparable, es que con la construcción de la presa de Asuán hubiera quedado sumergido bajo las aguas para siempre, ya que con el transcurrir del tiempo nos habríamos olvidado de su existencia. Pero gracias a la pericia de unos ingenieros, consiguieron desmontar todo el templo pieza a pieza y volver a reconstruirlo sobre una bóveda de hormigón, construida fuera del alcance de las aguas, la cual forraron con todas las piedras previamente rescatadas. Y todo ello para que hoy podamos disfrutar de su majestuosidad.
Terminaba de hablar Isabel cuando llegaron a la orilla del estanque grande, donde Juan se detuvo repentinamente quedando maravillado ante la magnitud de ese lago artificial, y ello a pesar de la cantidad de veces que había tenido ocasión de contemplarlo.
– Miras el estanque – dijo Isabel sorprendida –, como si fuera la primera vez que lo ves.
Juan, aunque oía a Isabel, seguía absorto en la contemplación del paisaje que tenía delante y no era porque lo viera por primera vez, sino porque ante el relato de Isabel sobre Abú Simbel, era la primera vez que se le ocurría que quizás la entrada del famoso túnel legendario estuviera justo delante de ellos, oculta bajo las aguas del lago y fuera ese el motivo por el que nadie lo había visto, pudiendo ser esa la razón por la que con el tiempo había quedado en el olvido. Lo mismo que habría sucedido con el templo egipcio de no haber sido previamente rescatado.
– ¿Estás aquí? – preguntó Isabel agitando su mano frente a los ojos de Juan intentando reclamar su atención.
– Si perdona – respondió el joven como despertando de un sueño y dudando, sobre si debía revelar lo que se le acababa de ocurrir o esperar hasta estar más seguro -, es que…
Ante el silencio repentino de Juan, la joven volvió a insistir.
– Es que, ¿qué? – preguntó Isabel casi a punto de echarse a reír ante el estado de despiste de su acompañante.
Juan desvió su mirada hacia el rostro de Isabel, pero apenas dos segundos después volvió a desviar su atención hacia las aguas del lago.
– Es que – decidió no desvelar su posible descubrimiento -, cada vez que veo este lago me parece distinto, dependiendo del punto de la orilla en que estés situado, si lo ves en la mañana o durante la tarde, si el día es soleado o nublado y sobre todo cambia con la estación del año en que nos encontremos. En definitiva, en cualquier caso es una auténtica belleza, como tu.
En ese momento, Juan desvió su mirada desde el lago nuevamente hacia Isabel, cogió la cabeza de ella entre sus manos mezclando los dedos bajo su espeso cabello negro, para acercar sus caras lentamente y fundir sus labios en un cálido e interminable beso.
– Perdóname – dijo Juan separándose de ella -, ha sido un impulso incontrolable que no he podido evitar.
– No hay nada que perdonar – respondió ella sonriente – lo has hecho muy bien, ya veo que con tus compañeras de la facultad has aprendido algo más que historia. Además, resultas de lo más gracioso pasando de estar completamente ausente a una reacción pasional digna de una escena de película.
En ese mismo instante, se produjo un pequeño estruendo provocado por un grupo de patos que levantaba el vuelo, agitando la superficie del agua y provocando unas olas diminutas. Ello fue la causa de que ambos jóvenes salieran del ensimismamiento transitorio en el que se encontraban, producto de una atracción tan correspondida como desconocida hasta ese instante, tanto para Juan como para Isabel.
A continuación siguieron paseando, relatando Juan que estaba terminando su doctorado, lo que complementaba dando clases en la misma facultad de historia como profesor no numerario. Después, preguntó a Isabel la razón por la que había ido a estudiar a Francia.
– Ya sabes que mis padres se separaron hace varios años cuando tu y yo éramos aun niños, por eso no se si recuerdas a mi padre – comenzó Isabel.
– La verdad, es que no tengo muchos recuerdos de él – Juan se esforzaba rebuscando en su memoria -, sólo sé que siempre que venía a pescar con mi abuelo, se acercaba para preguntarnos que tal nos iba con la pesca.
– Si – dijo Isabel entusiasmada -, yo también me acuerdo de eso, porque siempre le acompañaba en esos paseos.
– Claro, tu eras la niña con trenzas, que mientras tu padre encendía una pipa y fumaba conversando con mi abuelo, tu te dedicabas a molestarme diciéndome que no era capaz de pescar nada.
– Y tu, ni te inmutabas, seguías concentrado en la pesca y ni siquiera me dirigías la palabra.
Juan, miró fijamente a Isabel sin dirigirle la palabra por unos instantes, tal y como hacía en los tiempos a los que ella se refería.
– ¿Qué, no vas a decir nada? – preguntó Isabel esperando alguna respuesta de su interlocutor.
– Si quieres que sea sincero, la verdad es que lo único que me apetecía en aquella época, era tirarte al agua. Pero comprenderás que delante de tu padre y mi abuelo nunca me atreví a hacerlo.
– Bueno, ahora no están ni mi padre ni tu abuelo, así que estando solos te puedes quitar ese trauma de la infancia tirándome al agua.
Juan miró a Isabel con una sonrisa en el rostro acompañada de una expresión cargada de ternura.
– Tranquila, que no tengo ningún trauma de la infancia y ahora en lugar de tirarte al agua me apetece más hacer otras cosas contigo.
Nada más terminar la frase, la cara de Juan se sonrojó como un tomate maduro, y sólo supo añadir que lo sentía y que no le interpretase mal.
– Te he interpretado perfectamente, porque te has explicado muy bien, así que no te hagas ahora el estrecho.
– Bueno, en todo caso disculpa, no es cuestión de estrecheces, pero hace mucho tiempo que no nos veíamos y no quiero pecar de descortés.
– Relájate – dijo Isabel haciéndole una caricia en la mejilla y agarrándole de brazo para retomar el paseo -, no has sido para nada descortés.
Continuaron caminando un buen rato rodeados de un completo silencio, alterado únicamente por el sonido de algún conejo que paralizado bajo un tomillo, repentinamente corría despavorido ante la proximidad de la pareja de jóvenes, confundiéndoles posiblemente con la presencia de un cazador.
Finalmente, Isabel decidió volver al tema de conversación donde lo habían dejado previamente.
– Aunque dices que no tienes traumas de la infancia, Joaquina me ha dicho que lo de tu abuelo te afectó bastante.
– Joaquina me conoce bien y además, tanto ella como Amalio, fueron testigos casi directos de lo que sucedió el día que mi abuelo sufrió el infarto. Si no me equivoco, ello fue a pocos metros de donde nos encontramos justo ahora.
– Perdona, no pretendía que revivieses escenas que seguramente son muy tristes para ti.
– No te preocupes, la verdad es que después de aquello lo que menos me apetecía era volver a este sitio a pescar, pero ya sabrás por Joaquina o por tu madre, que hace tan solo unos día estuve aquí pescando con mi padre.
– Y, ¿no te afectó?
– Pues no, disfrutamos de lo lindo con la pesca e incluso recordamos anécdotas del abuelo. Al final los malos recuerdos se diluyen con el paso del tiempo y sólo quedan en la memoria los buenos.
No obstante, Juan tuvo que reconocer que en muchas ocasiones extrañaba a su abuelo y le encantaría seguir disfrutando de su compañía.
– ¿Te imaginas?, si estuviera vivo podría aconsejarme sobre como enfocar mi tesis doctoral y obviamente seguiríamos disfrutando de la pesca en tu lago.
– Claro que puedo imaginármelo, pero las cosas son como son y a veces no podemos cambiarlas. Sin embargo la vida sigue y, tal y como tu mismo has dicho, lo importante es quedarnos con lo buenos recuerdos.
En ese momento, Juan pasó su brazo por el hombro de Isabel y la atrajo hacia si para darle un inocente beso en la frente.
– Sentémonos aquí – propuso Isabel aprovechando que habían llegado a una roca que se introducía como un dique en el lago y que en su parte superior ofrecía una superficie plana para poder acomodarse sentados o tumbados -, así recibiremos directamente la energía de los rayos del sol.
Juan ayudó a Isabel a trepar a la roca y cuando vio que estaba segura, volvió sobre sus pasos para coger unas cuantas piedras del camino. Escogía las que fueran del tamaño de una ciruela y siempre que fueran planas.
– ¿Se puede saber qué estás haciendo? – preguntó Isabel un tanto inquieta -, ¿no pretenderás dejarme aquí sola?
– Tranquila, que no te voy a abandonar – respondió él desde el camino que rodeaba el lago -, sólo estoy cogiendo unas cuantas piedras y ahora verás lo que pretendo con ellas.
A continuación, Juan trepó con agilidad hasta la roca en la que se encontraba Isabel medio tumbada disfrutando del astro rey, y pasó por encima de ella para llegar hasta el extremo de la roca que se sumergía en las tranquilas aguas del lago.
– ¿Estás preparada?
– No sé – respondió Isabel sorprendida -, ¿para qué tengo que estar preparada, o qué quieres que haga?
– Simplemente observa y cuenta los saltos que darán las piedras que voy a lanzar sobre el agua.
Juan se dispuso a lanzar la primera la primera piedra, flexionó las rodillas, giró la cadera y efectuó el lanzamiento. Cuando la piedra toco el agua y rebotó, Isabel empezó a contar.
– Uno, dos, tres, cuatro…
Los dos jóvenes observaron como después del cuarto rebote en el agua, la piedra se había hundido definitivamente en el fondo del lago.
– Este ha sido sólo de prueba, porque hacía mucho tiempo que no practicaba – dijo Juan acercándose hasta la posición de Isabel -, ¿estás preparada para un lanzamiento serio?
– Lanza cuando quieras.
El lanzador realizó el mismo ritual del primer lanzamiento, flexionado las rodillas y girando la cadera.
– Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis,…- fin del conteo de Isabel -, increíble, como lo haces.
– Ven, acércate y prueba por ti misma – invitó Juan tendiendo su mano -, verás que no es tan difícil.
Isabel se levantó y con pasos cortos y temerosos para no caer al agua, se fue aproximando hasta coger la mano de Juan. Éste le explicó como tenía que realizar el lanzamiento para que fuese efectivo, tratando de conseguir el mayor número de saltos sobre el agua antes de hundirse.
Tal y como le había indicado su instructor, Isabel cogió la piedra entre sus dedos pulgar e índice por la parte mas estrecha para mantener la cara plana de la misma paralela a la superficie del agua. Según le había indicado Juan, esa era la clave para que la piedra se pudiera deslizar sobre el agua y saltase en lugar de hundirse.
Con el primer intento, la piedra se escapó de los dedos de Isabel y cayó vertical y sin fuerza sobre el lago hundiéndose irremisiblemente.
– No te preocupes – dijo Juan para animarle -, eso siempre pasa la primera vez, inténtalo otra vez sin soltar la piedra antes de tiempo.
– No la he soltado intencionadamente, se me ha escapado sin más – respondió Isabel con cierta frustración.
– No te enojes, simplemente concéntrate y lanza.
Isabel flexionó las rodillas, tal y como le había visto hacer a Juan, hizo dos movimientos girando su cadera, y al tercero lanzó la piedra con todas sus fuerzas hacia el centro del lago.
– Uno – empezaron a contar los dos jóvenes al unísono -, dos, tres,…
Esperaron unos segundos para confirmar que la piedra se había hundido y entonces Isabel miró a Juan esperando su dictamen.
– ¡Fantástico!
En ese momento Isabel empezó a dar saltos de alegría para finalmente abrazarse a Juan con tal ímpetu que casi provoca la caída de ambos al agua.
– Ves como no es tan difícil.
Hicieron unos cuantos lanzamientos más, hasta que se terminó el puñado de piedras recolectado por Juan.
– Creo que deberíamos volver antes de que mi madre empiece a preocuparse. Lo estoy pasando muy bien contigo, pero quiero evitar que luego se ponga insoportable.
Cuando volvían por el camino hacia la casa, Juan sacó nuevamente el tema de los traumas de la infancia.
– Volviendo a nuestros traumas infantiles, ¿cómo te tomaste la desaparición de tu padre?
Isabel explicó, que llegó un momento en que sus padres no se entendían, según ella porque su madre sometía a una fuerte presión a su padre sobre un tema relacionado con su profesión, hasta que un día decidió marcharse, siendo algo que su madre aun no había superado y nunca le había llegado a perdonar.
– Si recuerdas, mi padre es arqueólogo y aunque mi madre intentó evitar por todos lo medios que mantuviésemos contacto alguno, lo cierto es que mi padre, gracias a la colaboración de Amalio y Joaquina, consiguió contactar conmigo periódicamente sin que mi madre se enterase. Fue él, quien me consiguió una plaza en la Sorbonne de París para que estudiase arqueología. Como podrás imaginar ha sido también él quien me incorporó a su equipo en las excavaciones en Egipto, lo de la beca es una tapadera para que mi madre no se entere de que estoy con mi padre.
– ¿Y ni siquiera sospecha, teniendo en cuenta que has estudiado la misma carrera que él?
– Al contrario, fue ella quien me animó a que estudiase arqueología y en cuanto a mi padre, ella cree que está en algún país de América por un programa relacionado con el estudio de las culturas precolombinas.
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